jueves, 20 de febrero de 2014

UNA LLAMADA ESCANDALOSA - José Antonio Pagola



UNA LLAMADA ESCANDALOSA - José Antonio Pagola

La llamada al amor es siempre seductora. Seguramente, muchos acogían con agrado la llamada de Jesús a amar a Dios y al prójimo. Era la mejor síntesis de la Ley. Pero lo que no podían imaginar es que un día les hablara de amar a los enemigos.

Sin embargo, Jesús lo hizo. Sin respaldo alguno de la tradición bíblica, distanciándose de los salmos de venganza que alimentaban la oración de su pueblo, enfrentándose al clima general de odio que se respiraba en su entorno, proclamó con claridad absoluta su llamada: “Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os calumnian”.

Su lenguaje es escandaloso y sorprendente, pero totalmente coherente con su experiencia de Dios. El Padre no es violento: ama incluso a sus enemigos, no busca la destrucción de nadie. Su grandeza no consiste en vengarse sino en amar incondicionalmente a todos. Quien se sienta hijo de ese Dios, no introducirá en el mundo odio ni destrucción de nadie.

El amor al enemigo no es una enseñanza secundaria de Jesús, dirigida a personas llamadas a una perfección heroica. Su llamada quiere introducir en la historia una actitud nueva ante el enemigo porque quiere eliminar en el mundo el odio y la violencia destructora. Quien se parezca a Dios no alimentará el odio contra nadie, buscará el bien de todos incluso de sus enemigos.

Cuando Jesús habla del amor al enemigo, no está pidiendo que alimentemos en nosotros sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal. El enemigo sigue siendo alguien del que podemos esperar daño, y difícilmente pueden cambiar los sentimientos de nuestro corazón.

Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desear hacerle daño. No hemos de extrañarnos si no sentimos amor alguno hacia él. Es natural que nos sintamos heridos o humillados. Nos hemos de preocupar cuando seguimos alimentando el odio y la sed de venganza.

Pero no se trata solo de no hacerle mal. Podemos dar más pasos hasta estar incluso dispuestos a hacerle el bien si lo encontramos necesitado. No hemos de olvidar que somos más humanos cuando perdonamos que cuando nos vengamos alegrándonos de su desgracia.

El perdón sincero al enemigo no es fácil. En algunas circunstancias a la persona se le puede hacer en aquel momento prácticamente imposible liberarse del rechazo, el odio o la sed de venganza. No hemos de juzgar a nadie desde fuera. Solo Dios nos comprende y perdona de manera incondicional, incluso cuando no somos capaces de perdonar.

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Construye un mundo más fraterno y amable. Pásalo. 23 de febrero de 2014
7 Tiempo ordinario (A)
Mateo 5, 38-48
¡DATE TIEMPO... Y VERÁS!
Escrito por  Florentino Ulibarri

Date tiempo para amar,
para soñar,
para crear,
para trabajar,
para cambiar,
para acompañar... como Él

Y quizá así...
descubras el centro, eje y motor de la vida,
lleves tu carreta atada a las estrellas,
te sientas libre de normas y cadenas,
no esperes recompensa por tus obras buenas
y goces por estar hecho a su imagen y manera.

Date tiempo para estar,
para mirar acá y allá,
para reír,
para compartir,
para perdonar,
para amar como Él.

Y quizá así...
disfrutes de su presencia,
valores el ocio y la fiesta,
aprecies el regalo de la creación entera,
disfrutes de rostros y sonrisas,
y veas que no te falta nada .

Date tiempo para la amistad,
para abrazar,
para acariciar,
para buscar,
para rezar,
para sembrarte... como Él.

Y quizá así...
tejas tapices perennes de hermosos colores,
crezca la paz y la ternura en tu corazón,
sepas por qué tienes entrañas, dedos y piel,
te sorprendas de las maravillas que no brillan,
y crezca la cosecha que necesitas.

Date tiempo para recibir,
para regalar,
para vivir,
para darte,
para hablar... como Él.

Y quizá así...
entres en el reino de la gratuidad,
construyas una gran fraternidad,
llegues a ser como él te quiere,
te enriquezcas hasta desbordar,
y percibas que Él siempre está dentro de ti.

¡Date tiempo, ...y verás!

Florentino Ulibarri





NADIE ES ENEMIGO MÍO SI YO NO QUIERO
Escrito por  Fray Marcos
Mt 5, 38-48

Sigue Mateo en el sermón del monte, con la intención de armonizar el AT con la predicación de Jesús. Ante la lectura de este evangelio, uno se queda sin aliento. "No hagáis frente al que os agravia". "Ama a tu enemigo y reza por él". "Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto". Si repaso detenidamente estas exigencias, descubriré lo que me falta para cumplirlas como nos pide Jesús. Tal vez Nietzsche tenía más razón de lo que pensamos, cuando decía: "Sólo hubo un cristiano y ese murió en la cruz."

Sinceramente creo que la verdadera dimensión cristiana está aún por inaugurar. Hemos construido miles de templos; hemos llevado la cruz a todos los rincones del orbe; hemos elaborado sumas teológicas como para parar un tren; hemos creado leyes que regulan todos los ámbitos de nuestra existencia; pero el único principio esencialmente cristiano está olvidado y sin repercusión alguna en nuestra vida. Parece que nos han colocado el listón tan alto, que hemos optado por olvidarlo y pasar olímpicamente por debajo.

Está mandado: "ojo por ojo y diente por diente" Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. El 'ojo por ojo', fue un intento de superar el instinto de venganza que nos lleva a hacer el máximo daño posible al que me ha hecho algún daño. Tenemos asumido que la meta es la justicia, identificada con el ojo por ojo. Creo que la racionalidad y el jurisdicismo occidental nos impiden la comprensión del mensaje cristiano. Tenemos incrustada esta idea, y no nos queda lugar para la visión cristiana del hombre.

Reclamamos justicia, pero si examinamos esa justicia que exigimos, descubriremos con horror, que lo que intentamos todos, es hacer de la justicia un instrumento de venganza. Se utilizan las leyes para hacer todo el daño que se pueda al enemigo; eso sí, dentro de la legalidad y amparados por la sociedad. Los buenos abogados son aquellos que son capaces de ganar los pleitos cuando la razón está de parte del contrario.

Las frases tan concisas y profundas pueden entenderse mal. No nos dice Jesús que no debamos hacer frente a la injusticia. Contra la injusticia hay que luchar con todas las fuerzas. Tenemos obligación de defendernos cuando nos afecta personalmente, pero sobre todo, tenemos la obligación de defender a los demás de toda clase de injusticia. Lo que nos pide el evangelio es que nunca debemos eliminar la injusticia con violencia.

Si tenemos que utilizar la violencia para eliminar una injusticia, estamos manifestando nuestra incapacidad de eliminarla humanamente.

No convenceré al injusto si me empeño en demostrarle que me hace daño a mí o a otro. Pero si soy capaz de demostrarle que con su actitud se esta haciendo un daño irreparable a sí mismo, sin duda cambiaría de actitud. Lee este párrafo una y otra vez; es vital que lo comprendas bien.

Habéis oído que se dijo: "amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo" Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos. Hay que aclarar que para ellos el prójimo era el que pertenecía a su pueblo, a su raza, a su familia. El "enemigo" era siempre el extranjero, que atentaba real o potencialmente contra la seguridad del pueblo. Para poder subsistir, no tenían más remedio que defenderse de las agresiones. Jesús da un salto de gigante y podemos apreciar que la diferencia entre ambas propuestas es abismal.

¿Por qué tengo que amar al que me está haciendo la puñeta? El camino para la comprensión de esta norma, es largo y muy penoso. Tenemos que llegar a él, a través de un proceso de maduración, en el que debemos tomar conciencia de que todos somos una sola cosa, y que en realidad, no hay enemigo. En el fondo, el amor al enemigo no es más que una manifestación del verdadero amor, que por ir en contra del instinto de conservación, se ha convertido en la verdadera prueba de fuego del AMOR.

La dificultad mayor para comprender este amor, está en que confundimos amor con sentimiento o con instinto. El amor evangélico no es instinto ni sentimiento. Por lo tanto no podemos esperar que sea algo espontáneo. El verdadero amor, sea al enemigo o a un hijo, no es el instinto que nace de mi ser biológico y está grabado en los genes. El amor de que estamos hablando es algo mucho más profundo y también más humano, por lo tanto tiene que estar originado y orientado por la parte más elevada de nuestro ser.

Enemigo es el que tiene una actitud de animadversión, no el que la sufre. El enemigo no tiene por qué obtener una respuesta de la misma categoría que su acción. Alguien puede considerarse enemigo mío, pero yo puedo mantenerme sin ninguna agresividad hacia él. En ese caso, yo no convierto en enemigo al que me ataca. Aquí está la clave para superar la aporía. Si le constituyo en enemigo, he destrozado toda posibilidad de poder amarle.

Un ejemplo puede aclarar lo que quiero decir. En el mar siempre habrá olas, de mayor o menor tamaño, pero siempre estarán ahí. Al llegar al litoral, la misma ola puede encontrar la roca o puede encontrarse con la arena. ¡Qué diferencia! Contra la roca estalla en mil pedazos. Con la arena se encuentra suavemente y de manera imperceptible. Incluso si la ola es muy potente, en la arena rompe sobre sí misma y pierde su fiereza.

¿Necesitas explicación? Pues voy a dártela. Los enemigos van a estar siempre ahí. Pero la manera de encontrarte con ellos dependerá siempre de ti. Si eres roca, el encuentro se manifestará estruendosamente y ambos se dañarán. Si eres playa, todo su potencial queda anulado y llegará hasta ti con la mayor suavidad. Un detalle, la roca y la arena, están hechas de la misma materia, solo cambia su aspecto exterior.

Como en el caso de la roca, tu rígida postura lo que hace es potenciar la fuerza del enemigo, dejando patente su energía. Es lo que espera y lo que recompensa su actitud. La mejor manera de 'vengarte' del que se acerca a ti como enemigo, es privarle de esa satisfacción y demostrarle así lo ridículo de todo su poder.

Así seréis hijos de vuestro Padre... Aquí encontramos una de las mejores muestras de lo que se entendía por hijo en tiempo de Jesús. Hijo era el que salía al padre, el que era capaz de imitarle en todo. Viendo al hijo, uno podía adivinar quién era su padre. También podemos descubrir la idea de Dios que tenía Jesús. Un Dios que ama a todos por igual porque su amor no es la respuesta a unas actitudes o unas acciones sino anterior a toda acción humana. Dios me ama no porque yo sea bueno sino porque él es bueno.

Imposible de comprender esta exigencia del evangelio mientras sigamos pensando en un dios que manda a sus enemigos al infierno. En contra de lo que se nos ha repetido hasta la saciedad, Dios no ama exclusivamente a los buenos, sino que Él ama infinitamente a todos. De la misma manera, el amor que yo tengo a los demás, no puede estar originado ni condicionado por lo que el otro es o tiene, sino por la calidad de mi propio ser. El amor no es respuesta a las actuaciones o cualidades de un ser; su origen tiene que estar en mí, y solo afecta al otro como objetivo, como meta.

Si somos incapaces de amar al enemigo, podemos tener la certeza de que todo lo que nosotros hemos llamado amor, no tiene nada que ver con el evangelio, y por lo tanto con el amor que nos ha exigido Jesús. Es imprescindible hacer un examen de conciencia para saber de qué estamos hablando cuando nos referimos al amor del evangelio.

Meditación-contemplación

Si quieres vivir en paz y en armonía
no pretendas ir a nadie como ola agresiva.
Pero al que venga hacia ti con violencia latente,
acógele con suavidad y quedará frustrado en su violencia.
...............

No se te ocurra intentar amar a otra persona
si te acercas a él considerándolo enemigo.
Descubre, más bien, que no tienes ningún enemigo,
porque eso depende exclusivamente de ti.
..............

El verdadero amor de una madre a su hijo
tiene que haber superado el instinto.
De la misma manera, el amor al que viene a hacerte daño
tiene que superar el instinto contrario.
.................

Fray Marcos





DE LA VENGANZA AL AMOR
Escrito por  José Luís Sicre

El domingo pasado vimos dos recursos de Jesús para combatir el legalismo de los escribas: llevar la ley a sus últimas consecuencias (asesinato, adulterio) y anular la ley en vigor (divorcio, juramento). El evangelio de este domingo termina de tratar el tema añadiendo un nuevo recurso: cambiar la norma por otra nueva. Lo hace hablando de la venganza y de la relación con el prójimo.

Generosidad frente a venganza
El quinto caso toma como punto de partida la ley del talión («ojo por ojo, diente por diente»). Esta ley no es tan cruel como a veces se piensa. Intenta poner freno a la crueldad de Lamec, que anuncia: «Por un cardenal mataré a un hombre, a un joven por una cicatriz» (Génesis 4,23). Frente a la idea de la venganza incontrolada (muerte por cicatriz) la ley del talión pretende que la venganza no vaya más allá de la ofensa (ojo por ojo). De todos modos, sigue dominando la idea de que es lícito vengarse.

En Las Coéforas de Esquilo se advierte el valor universal de esta idea. Después del asesinato de su padre, Electra pregunta al Coro qué debe pedir, y éste le responde:
− Que un dios o un mortal venga sobre ellos...
− ¿Cómo juez o como vengador?
− Di simplemente, "alguien que devuelva muerte por muerte".
− Pero, ¿crees tú que los dioses encontrarán santo y justo mi ruego?
− ¿Acaso no es santo y justo devolver a un enemigo mal por mal?

Jesús no acepta esta actitud en sus discípulos. No sólo no deben enfrentarse al que lo ofende, sino que deben adoptar siempre una postura de entrega y generosidad. Para expresarlo, recu¬rre a cinco casos concretos.

¿Cómo debes comportarte con quien...
te abofetea,
te pone pleito para quitarte la túnica,
te fuerza a caminar una milla (quizá se refiera a los soldados romanos, que podían obligar a los judíos a llevarles su impedimenta esa distancia),
te pide,
o te pide prestado?

Basta hacerse cada una de estas preguntas, pensando cómo responderíamos nosotros, para advertir la enorme diferencia con las respuestas de Jesús.

De todos modos, lo que dice no debemos interpretarlo al pie de letra, porque terminaría amargándonos la existencia. El mismo Jesús, cuando lo abofetearon, no puso la otra mejilla; preguntó por qué lo hacían. Lo importante es analizar nuestra actitud global ante el prójimo, si nos movemos en un espíritu de venganza, de rencor, de regatear al máximo nuestra ayuda, o si actuamos con generosidad y entrega.

Amor al enemigo
El último caso parte de una ley escrita («amarás a tu prójimo»: Levítico 19,18) y de una norma no escrita, pero muy practicada («odiarás a tu enemigo»).

Es cierto que el libro del Éxodo contiene dos leyes que hablan de portarse bien con el enemigo: «Cuando encuentres extraviados el toro o el asno de tu enemigo, se los llevarás a su dueño. Cuando veas al asno de tu adversario caído bajo la carga, no pases de largo; préstale ayuda» (Ex 23,4-5).

Pero es curioso cómo se cambia esta ley en una etapa posterior: «Si ves extraviados al buey o a la oveja de tu hermano, no te desentiendas: se los devolverás a tu hermano. Si ves el asno o el buey de tu hermano caídos en el camino, no te desentiendas, ayúdalos a levantarse» (Dt 22,1.4). La obligación no es ahora con el enemigo y el adversario, sino con el hermano (en sentido amplio). Alguno dirá que, para el Deuteronomio no hay enemigos, todos son hermanos. Pero es una interpretación demasiado benévola.

El evangelio es muy realista: los seguidores de Jesús tienen enemigos. Sus palabras hacen pensar en las persecuciones que sufrían las primeras comunidades cristianas, odiadas y calumniadas por haberse separado del pueblo de Israel; y en la que sufren tantas comunidades actuales en África y Asia. Frente a la rabia y el odio que se puede experimentar en esas ocasiones, Jesús exhorta a no guardar rencor; más aún, a perdonar y rezar por los perseguidores.

Lo que pide es tan duro que debe justificarlo. Lo hace contraponiendo dos ejemplos: el de Dios Padre, el ser más querido para un israelita, y el de los recaudadores de impuestos y paganos, dos de los grupos más odiados. ¿A quién de ellos deseamos parecernos? ¿Al Padre que concede sus bienes (el sol y la lluvia) a todos los seres humanos, prescindiendo de que sean buenos o malos, de que se porten bien o mal con Él? ¿O preferimos parecernos a quienes sólo aman a los que los aman?

No se trata de elegir lo que uno prefiera. El cristiano está obligado a «ser bueno del todo, como es bueno vuestro Padre del cielo».

Primera lectura
La idea de imitar al Dios bueno y santo portándonos bien con el prójimo es el tema de la primera lectura. La formulación es muy interesante, alternando prohibiciones y mandatos. Prohíbe odiar, manda reprender, prohíbe vengarse, manda amar. De ese modo, prohibiciones y mandatos se complementan y comentan. No odiar de corazón significa, en la práctica, no vengarse ni guardar rencor. Reprender es una forma de amar; de hecho, lo más cómodo y fácil ante los fallos ajenos es callarse y criticarlos por la espalda; para reprender cristianamente hace falta mucho amor y mucha humildad.

José Luís Sicre



JOSÉ ENRIQUE GALARRETA
Escrito por  José Arregi

Me gustaría volver a bautizarme, saboreando la salida de las aguas oscuras y asfixiantes, el descubrimiento del Aire, del Viento, del Agua y de la Luz.

Son palabras de José Enrique Ruiz de Galarreta, que hace unos meses nos dejó en testamento la historia de su fe (Mi experiencia de fe, Ed. Feadulta 2013), antes de dejarnos hace 15 días, el 30 de enero. Él se fue con inmensa paz. Nosotros nos quedamos con inmensa pena. Muchos en Pamplona, o en Feadulta.com, se sienten huérfanos de maestro. Pero quedan su palabra, su memoria, su luz. Nos queda su presencia en la entraña de la Vida.

José Enrique, "Giuseppe" para sus compañeros de comunidad más familiares, era un jesuita navarro, de Pamplona de toda la vida. Amante de la montaña, apasionado de los documentales de animales, extraordinario profesor de Filosofía y de Literatura, ha sido sobre todo un maestro del Evangelio y de la vida.

Pero él no quiso ser más que seguidor y compañero de Jesús, recorrer el camino de humanidad que éste predicó y practicó, respirar en el Misterio divino que encarnó y que llamaba Abbá. Así lo llamaba también José Enrique, y cada vez que lo nombraba, vibraba y hacía vibrar.

Nunca se embrollaba en conceptos y explicaciones complicadas. Había encontrado la perla preciosa y simple, el evangelio de la misericordia, y quería compartirlo. Lo hacía con enorme maestría y frescura. Consolaba el alma, liberaba de pesos, y llenaba de ánimo para seguir el camino de Jesús, creyendo en su sueño.

Cada tarde de domingo, en sus misas se abarrotaba la iglesia. Cada semana, en sus conferencias se llenaba el salón de actos del Colegio de Pamplona. ¿Qué buscaban en él? Lo que todos buscamos, y tanto necesitamos: calor, luz, aliento, un poco de aire y fuego. También buscaban criterios, enfoques, palabras nuevas para vivir y decir una fe creíble en la cultura actual. ¿Cómo seguir de otro modo siendo y sintiéndonos creyentes, cristianos, Iglesia de Jesús? Buscaban chispas que iluminaran la mente y caldearan el corazón.

Buscaban que alguien les ayudara a desmontar creencias, absurdas o asfixiantes, que ni podían mantener ni se atrevían a eliminar porque les habían inculcado que eran "palabra de Dios". José Enrique, en cambio, al concluir la lectura de ciertos textos del Antiguo Testamento o incluso del Nuevo, no dudaba en decirles: "Esto no es palabra de Dios". Y de pronto se les abrían los ojos. Buscaban libertad, liberación, inspiración. Y José Enrique se la ofrecía con su palabra entusiasta, ocurrente, profunda, clara. Libre y clara como los torrentes del Roncal.

Seguirán, seguiremos buscando. Él mismo fue un gran buscador, aunque llegó a descubrir que no hay nada que buscar, sino dejarse encontrar, eternamente hallados como somos por la Gracia. Fue lo que hizo de él un hombre libre y "gozón", en expresión de un compañero de comunidad.

Para ser hombre y creyente libre, sin embargo, tuvo que hacer un largo camino, y no dejar de caminar. Y prescindir de dogmas ininteligibles y de normas angustiantes, separar el fruto sabroso de la corteza inservible. Pasó de sufrir por su fe a disfrutar de ella. "Pisé la castaña, aplasté sus pinchos, la reventé", escribe en su libro-testamento. "Murió la sumisión y nació la dignidad".

Su fe se resumía en una palabra, mejor, en una vida: Jesús, el hombre. Fue un discípulo enamorado de Jesús, parábola de la Vida que contaba parábolas y que a José Enrique tanto le gustaba explicar. No le interesaba si había sido concebido sin varón ni si la tumba quedó vacía. "Ya no me importa nada de su generación eterna ni de su consubstancialidad ni de sus dos naturalezas", nos dejó escrito.

Esos y otros dogmas le traían sin cuidado. ¿En qué creía? Creía en el hombre Jesús y en la Presencia buena que él encarnó con su vida buena y que todos podemos encarnar como él, siendo Aire, Viento, Agua, Luz.

José Arregi
(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS)

Para orar
Creo, Señor, ayuda mi poca fe.
Creo en Ti, el Padre con quien puedo contar siempre.
Creo en Jesús, Camino estrecho, Verdad segura, Vida verdadera.
Creo en el Espíritu, que me libera de la tierra.
Creo en la Iglesia, que dice sí a Jesús
Y camina desde sus pecados construyendo el Reino.
Creo en la bondad y en la limpieza de corazón,
Creo en la exigencia y en la pobreza,
Creo que el perdón es mejor que la justicia,
creo que es mejor dar que recibir,
creo que servirte es servir a los hombres,
creo que mi vida tiene valor y sentido,
creo que me quieres y me ayudas,
creo en Ti, Señor, ayuda mi poca fe.

(José Enrique Galarreta)



TERNURA: LA SAVIA DEL AMOR
Escrito por  Leonardo Boff

Los caminos que van del corazón de un hombre al corazón de una mujer son misteriosos. Igualmente misteriosas son las travesías del corazón de dos hombres y respectivamente de dos mujeres que se encuentran y se declaran sus mutuos afectos. De ese ir y venir nace el enamoramiento, el amor y finalmente el casamiento o la unión estable. Como tratamos con libertades, las parejas se encuentran expuestas a eventos imponderables.

La propia existencia nunca está fijada de una vez. Vive en permanente diálogo con el medio. Ese intercambio no deja a nadie inmune. Cada uno vive expuesto. Las fidelidades mutuas son puestas a prueba. En el matrimonio, apagada la pasión, empieza la vida cotidiana con su rutina gris. En la convivencia a dos suceden desencuentros, irrumpen pasiones volcánicas por la fascinación de otra persona. No es raro que después del éxtasis siga la decepción. Hay vueltas, perdones, renovación de promesas y reconciliaciones. Siempre sobran, sin embargo, las heridas, que, aunque cicatricen, recuerdan que un día sangraron.

El amor es una llama viva que arde pero que puede oscilar y lentamente ir cubriéndose de cenizas hasta apagarse. No es que las personas se odien, se vuelven indiferentes unas a otras. Es la muerte del amor. El verso 11 del Cántico Espiritual del místico San Juan de la Cruz, que son canciones de amor entre el alma y Dios, dice con fina observación: «el mal de amor no se cura sino con la presencia y la figura». No basta el amor platónico, virtual o a distancia. El amor exige presencia. Quiere la figura concreta que más que la piel-a-piel es el cara-a-cara y el corazón sintiendo el palpitar del corazón del otro.

Bien dice el místico poeta: el amor es una dolencia que, en mis palabras, solo se cura con lo que yo llamaría ternura esencial. La ternura es la savia del amor. Si quieres guardar, fortalecer, dar sostenibilidad al amor sé tierno con tu compañero o con tu compañera. Sin el aceite de la ternura no se alimenta la llama sagrada del amor. Se apaga.

¿Qué es la ternura? De entrada, descartemos las concepciones psicologizantes y superficiales que identifican la ternura como mera emoción y excitación del sentimiento frente al otro. La concentración solo en el sentimiento genera el sentimentalismo. El sentimentalismo es un producto de la subjetividad mal integrada. Es el sujeto que se pliega sobre sí mismo y celebra las sensaciones que el otro provocó en él. No sale de sí mismo.

La ternura, por el contrario, irrumpe cuando la persona se descentra de sí misma, sale en dirección al otro, siente al otro como otro, participa de su existencia, se deja tocar por su historia de vida. El otro marca al sujeto. Ese demorarse en el otro, no por las sensaciones que nos produce, sino por amor, por el aprecio a su persona y por la valoración de su vida y de su lucha. "Te amo no porque eres hermosa; eres hermosa porque te amo".

La ternura es el afecto que damos a las personas en sí mismas. Es el cuidado sin obsesión. Ternura no es afeminación ni renuncia de rigor. Es un afecto que, a su manera, nos abre al conocimiento del otro. El Papa Francisco hablando en Río a los obispos les pidió "la revolución de la ternura" como condición para un encuentro pastoral verdadero.

En realidad solo conocemos bien cuando tenemos afecto y nos sentimos envueltos con la persona con la cual queremos establecer comunión. La ternura puede y debe convivir con el extremo empeño por una causa, como fue ejemplarmente demostrado por el revolucionario absoluto Che Guevara (1928-1968). De él guardamos esta sentencia inspiradora: "hay que endurecerse pero sin perder nunca la ternura". La ternura incluye la creatividad y la auto-realización de la persona junto y a través de la persona amada.

La relación de ternura no envuelve angustia porque está libre de la búsqueda de ventajas y de dominación. El enternecimiento es la fuerza propia del corazón, es el deseo profundo de compartir caminos. La angustia del otro es mi angustia, su éxito es mi éxito y su salvación o perdición es mi salvación y, en el fondo, no solo mía sino de todos.

Blas Pascal (1623-1662), filósofo y matemático francés del siglo XVII, introdujo una distinción importante que nos ayuda a entender la ternura: distingue el esprit de finesse del esprit de géometrie. El esprit de finesse es el espíritu de finura, de sensibilidad, de cuidado y de ternura. El espíritu no sólo piensa y razona. Va más allá, porque añade al raciocinio sensibilidad, intuición y capacidad de sentir en profundidad. Del espíritu de finura nace el mundo de las excelencias, de los grandes sueños, de los valores y de los compromisos a los cuales vale la pena dedicar energías y tiempo.

El esprit de géometrie es el espíritu de cálculo y de trabajo, interesado en la eficacia y en el poder. Pero donde hay concentración de poder ahí no hay ternura ni amor. Por eso las personas autoritarias son duras y sin ternura y, a veces, sin piedad. Pero este es el modo de ser que ha imperado en la modernidad. Ésta ha arrinconado, bajo un montón de sospechas, todo lo relacionado con el afecto y la ternura.

De aquí se deriva también el vacío aterrador de nuestra cultura "geométrica" con su plétora de sensaciones pero sin experiencias profundas; con una acumulación fantástica de saber pero con escasa sabiduría, con demasiado vigor muscular, demasiada sexualización, demasiados artefactos de destrucción, mostrados en los serial killer, pero sin ternura ni cuidado de unos con otros, con la Tierra, y con sus hijos e hijas, con el futuro común de todos.

El amor y la vida son frágiles. Su fuerza invencible viene de la ternura con la cual los rodeamos y los alimentamos siempre.

Leonardo Boff





Mi pequeña verdad y la gran Verdad
Pedro Miguel Lamet

La pasión con que algunos defienden sus posturas religiosas en blogs, artículos y debates me ha recordado estahistoria que cuenta Anthony de Mello:
En cierta ocasión salió el diablo a pasear con un amigo. De pronto vieron ante ellos a un hombre que estaba inclinado sobre el suelo tratando de recoger algo.
«¿Qué busca ese hombre?», le preguntó al diablo su amigo.
«Un trozo de Verdad», respondió el diablo.
«¿Y eso no te inquieta?», volvió a preguntar el amigo.
«Ni lo más mínimo», respondió el diablo. «Le permitiré que haga de ello una creencia religiosa».

Una creencia religiosa es como un poste indicador que señala el camino hacia la Verdad. Pero las personas que se obstinan en adherirse al indicador se ven impedidas de avanzar hacia la Verdad, porque tienen la falsa sensación de que ya la poseen.

Hay que romper cada día mi pequeña verdad para que pueda acercarme algo más a la gran Verdad.

Pedro Miguel Lamet