jueves, 27 de febrero de 2014

NO A LA IDOLATRÍA DEL DINERO - José Antonio Pagola



NO A LA IDOLATRÍA DEL DINERO - José Antonio Pagola

EL Dinero, convertido en ídolo absoluto, es para Jesús el mayor enemigo de ese mundo más digno, justo y solidario que quiere Dios. Hace ya veinte siglos que el Profeta de Galilea denunció de manera rotunda que el culto al Dinero será siempre el mayor obstáculo que encontrará la Humanidad para progresar hacia una convivencia más humana.

La lógica de Jesús es aplastante: “No podéis servir a Dios y al Dinero”. Dios no puede reinar en el mundo y ser Padre de todos, sin reclamar justicia para los que son excluidos de una vida digna. Por eso, no pueden trabajar por ese mundo más humano querido por Dios los que, dominados por el ansia de acumular riqueza, promueven una economía que excluye a los más débiles y los abandona en el hambre y la miseria.

Es sorprendente lo que está sucediendo con el Papa Francisco. Mientras los medios de comunicación y las redes sociales que circulan por internet nos informan, con toda clase de detalles, de los gestos más pequeños de su personalidad admirable, se oculta de modo vergonzoso su grito más urgente a toda la Humanidad: “No a una economía de la exclusión y la iniquidad. Esa economía mata”.

Sin embargo, Francisco no necesita largas argumentaciones ni profundos análisis para exponer su pensamiento. Sabe resumir su indignación en palabras claras y expresivas que podrían abrir el informativo de cualquier telediario, o ser titular de la prensa en cualquier país. Solo algunos ejemplos.

“No puede ser que no sea noticia que muera de frío un anciano en situación de la calle y que sí lo sea la caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es iniquidad”.

Vivimos “en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”. Como consecuencia, “mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz”.

“La cultura del bienestar nos anestesia, y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esa vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un espectáculo que de ninguna manera nos altera”.

Como ha dicho él mismo: “este mensaje no es marxismo sino Evangelio puro”. Un mensaje que tiene que tener eco permanente en nuestras comunidades cristianas. Lo contrario podría ser signo de lo que dice el Papa: “Nos estamos volviendo incapaces de compadecernos de los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás”.

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde el Evangelio de Jesús. Pásalo. 2 de marzo de 2014
8 Tiempo ordinario (A)
Mateo 6, 24-34

ENTRE LA PROVIDENCIA Y LA INQUIETUD DE CADA DÍA
Escrito por  Florentino Ulibarri

Sé que la vida vale más que el alimento
aunque éste tenga lábel y sea exquisito;
y que el vestido, a pesar de modas y modistos,
es sólo complemento de nuestro cuerpo.

Sé que los lirios del campo no hilan
y son hermosos y dignos de elogio;
y que la hierba, aun siendo tanta y tan barata,
tiene un color que enamora y descansa.

Sé que los pájaros ni siembran ni siegan
ni almacenan en las estaciones buenas,
y, sin embargo, no les falta el alimento
ni otras cosas para sus cantos y fiestas.

Sé que Salomón fue un hito de grandeza.
y que otros reyes y señores siguen sus pasos,
pero ninguno gana en colorido y belleza
a las flores que surgen en praderas y campos.

Sé que para ti soy valiosa y única
pues llevo tu aliento y seña en mis entrañas,
pero no comprendo tu evangelio
y termino rota y volviendo cada día a tu fragua.

Sé que por mucho que me preocupe
no logro añadir un palmo a mi estatura
ni una hora al tiempo de mi vida,
y sigo tropezando en la misma piedra.

Sé que nadie puede estar al servicio de dos amos
que quieren corazones enteros,
por eso nos inventamos el divorcio
y los compromisos no duraderos.

Sé que en toda historia, al final, pugnas
Tú con el dinero, y no puede haber acuerdo,
pues ambos tenéis intereses opuestos
y queréis que seamos vuestros.

Sé que no hay que preocuparse por el mañana,
pues a cada día le basta su propio afán.
Sé que Tú eres el sereno de mis noches y días,
Y a pesar de todo hay días que duermo mal.

Yo, que deseo y busco lo esencial,
a veces me siento desorientado y perdido
en este mundo en el que vivo
y que solo me ofrece señales de ello.

Por eso, a pesar del consejo evangélico,
me preocupo, agobio y y rebelo,
y solo descanso y me entrego a tus brazos
cuando me has vencido y pones en tu regazo.

Florentino Ulibarri



SÉ CIGARRA Y HORMIGA A LA VEZ
Escrito por  Fray Marcos
Mt 6, 24-34

La lectura de hoy se ha saltado tres temas importantísimos del sermón del monte de Mateo: limosna, oración y ayuno. Los trataremos en los domingos de cuaresma que estamos a punto de empezar. Hoy podríamos comenzar el comentario como nos indicaba el evangelio los domingos pasados: habéis oído lo que dice el evangelio, pero yo os digo. Tenemos obligación de preocuparnos por el sustento y por el vestido. Y no solo por el nuestro, sino porque a ningún ser humano le falte lo necesario para vivir dignamente.

Es muy probable que esta idea de vivir sin preocupaciones por el mañana, surgiera en la primera comunidad como consecuencia de una convicción de la inmediata llegada del fin. Si la parusía iba a llegar hoy, no tenía mucho sentido preocuparse por el mañana. Este ambiente parece que fue generalizado, pero debió durar muy poco, porque Pablo ya decía a una comunidad (2 Tes 3,10) "el que no trabaje, que no coma".

Lo que nos pide Jesús es un equilibrio entre lo material y lo espiritual, muy difícil de conseguir. Se puede pecar por los dos extremos. Podemos estar volcados sobre lo material buscando solo asegurar la vida biológica y olvidarnos de que somos mucho más que simple biología. O por otra parte, despreocuparnos completamente de procurar lo que es imprescindible para la vida, una vida que tengo obligación de mantener.

No puede pedirnos Jesús que nos despreocupemos de las cosas materiales sino que no nos agobiemos por satisfacer esas necesidades. Tenemos obligación de procurar lo necesario para la vida, pero sin poner el objetivo de la existencia en ello. Comer para vivir y no vivir para comer. Es decir, preocuparme por satisfacer las necesidades de mi cuerpo, pero no quedarme simplemente en eso, sino buscar mi plenitud como persona.

Debemos tomar conciencia, como Jesús, de que las exigencias de mi verdadero ser están por delante de todas las exigencias biológicas y sicológicas. Mientras no descubra mi verdadero ser y sus exigencias, será inútil que me dedique a hacer programaciones extrañas o a renunciar a lo que sigo pensando que es lo más importante para mí.

Para asegurar que se cumpla el objetivo final de cada instinto, para garantizarlo, la evolución ha desarrollado el placer que lleva consigo. Sin embargo, el ser humano puede desligar uno de otro. En el caso del alimento, el hombre puede comer solo para disfrutar del placer, sin buscar el aspecto de alimentación e incluso yendo en contra de la salud del cuerpo. En este caso, ponemos nuestra inteligencia superior al servicio de la parte inferior, estamos tergiversando el instinto. Esto los animales no lo pueden hacer.

El espectacular desarrollo del cerebro permite al hombre conseguir, con mayor facilidad que los animales, lo necesario para mantener la salud; de este modo, puede emplear tiempo y energías para desarrollar su capacidad mental, que le permite crecer en humanidad. Este crecimiento espiritual es, en este estadio de la evolución, su verdadero objetivo. Si olvidando esta posibilidad, se encierra en su animalidad, por mucho placer que pueda proporcionarle, se quedará sin alcanzar su última y verdadera meta.

El problema está en que una vez que me he acostumbrado a buscar el placer sensorial, cada vez que prive a un sentido o instinto de ese placer sensible, el organismo biológico responderá causando dolor. Superar ese dolor es imprescindible si de verdad quiero llegar a una plenitud humano. La única manera de superarlo es tener claro cuál es mi verdadero objetivo y descubrir las ventajas de ese esfuerzo que me traerá otra clase de satisfacciones mucho más profundas y humanas.

No podéis servir a Dios y al dinero. "Mammona" era el dios dinero. No está haciendo la comparación de una cosa y Dios, sino la contraposición entre dos dioses. La traducción que mejor reflejaría el texto griego podría ser: no podéis servir al dios Mammon y al verdadero Dios. Se trata de un servicio de adoración y sumisión. No quiere decir que usar el dinero sea idolatría. Lo que nos destroza es convertirnos en esclavos del dinero.

Servir a Dios no significa machacarse en aras de un ser superior que me exige pleitesía y vasallaje. Así lo entendieron los humanos durante mucho tiempo. Se trata de llegar al máximo posible de mi plenitud. Dios no puede querer de mí nada para Él. No se trata de sacrificarse, sino de descubrir qué es lo mejor para mí sin caer en la trampa de conformarme con una vida puramente animal, por placentera que sea. Descubrir que mi plenitud está en servir a los demás preocupándome de que también puedan vivir.

Mirad las aves del cielo, mirad los lirios del campo. Hay que tener mucho cuidado con los ejemplos de los lirios y los pájaros. La comparación está hecha desde la idea de un Dios intervencionista, que influye directa y puntualmente en todos los acontecimientos de la historia, sean cósmicos o minúsculos. No somos lirios. Tenemos la obligación de "ocuparnos" de las necesidades que nuestra biología exige. Tampoco somos pájaros, pero fijaros que los pájaros ya se ocupan de buscar el alimento cada día.

Hoy podemos darle un nuevo sentido al texto tomando conciencia de que la tierra produce alimento para todos. Si la comida no llega a todos, o es porque no se busca con ahínco o es porque alguno la acapara. En el caso del hombre tiene además la inteligencia necesaria para producirla, aunque también tiene el egoísmo de no dejar que llegue a los demás; o de no hacer lo necesario para que llegue a todos. Incluso se ha llegado al disparate de preferir destruirla a facilitar la llegada al que la necesita.

Con frecuencia se ha predicado una engañosa confianza en Dios, esperando de Él todo lo que necesitamos aún en los aspectos más peregrinos. De muchos santos se ha alabado esta confianza en Dios. Incluso se ha sugerido que esa era la auténtica confianza. El dejar en manos de Dios el satisfacer mis necesidades biológicas es una falta total de responsabilidad, y si en alguna ocasión se ha interpretado que Dios accedía a esas necesidades, no es más que una mala interpretación de los acontecimientos.

No estéis agobiados pensando qué vais a comer o qué vais a vestir. Cinco veces se repite la palabra "agobio" en el texto. La importancia de este mensaje estriba en que entre todas las necesidades biológicas, las más perentorias para un ser humano son la comida y el vestido. Si las necesidades más urgentes no nos tienen que preocupar en exceso, mucho menos todas las restantes que no llegan a tener esa urgencia.

Buscar primero el Reino de Dios. El Reino no es nada externo que viene de fuera, ni nada que afecte a mi aspecto biológico. El Reino es Dios mismo como fundamento inquebrantable de mi ser. Todo lo demás no afecta a lo que realmente soy. Lo consiga o no lo consiga, mi verdadero yo no quedará afectado para nada. Aunque me falte la comida hasta morir de hambre, puedo seguir en mi plenitud de humanidad.

A cada día le basta su afán. Vivir el presente es la única manera de escapar a las tenazas del ego, siempre intentando hacernos ver que si no lo potenciamos quedaremos sin consistencia. Todos los agobios proceden del falso yo, que pretende acaparar la atención y no deja espacio para descubrir lo que somos realmente.

Meditación-contemplación

Somos mucho más que lirios o gorriones.
Ellos colman su existencia desplegando su biología.
En nosotros la biología no es el objetivo último.
Es necesaria pero no es lo más importante.
...................

Si eres un ser humano, tu plenitud estará en lo humano.
Tienes que ocuparte y preocuparte de tu biología,
pero debes tomar conciencia de tus posibilidades,
más allá de un perfecto estado biológico.
..............

No hay oposición entre mi biología y mi espiritualidad.
Jesús me pide una valoración adecuada de cada una.
Lo espiritual sería imposible sin lo biológico.
Lo biológico cobra pleno sentido si se ordena a lo espiritual.
.........................

Fray Marcos



EVANGELIO PARA TIEMPO DE CRISIS: DEL AGOBIO A LA CONFIANZA
Escrito por  José Luís Sicre

Después de exponer la diferencia entre la actitud cristiana y la actitud legalista de los escribas (los dos domingos anteriores), el Sermón del Monte pasa a indicar la diferencia entre el cristiano y el fariseo con respecto a las obras de piedad (oración, limosna y ayuno). La liturgia ha omitido esta parte. Y también omite el comienzo de la tercera sección del discurso, donde se trata la diferencia entre el cristiano y el pagano con respecto a los bienes materiales.

La doble experiencia de que Jesús fue traicionado por dinero (Mt 26,14-16) y de que «la seducción de la riqueza ahoga la palabra de Dios y queda sin fruto» (Mt 13,22) hace que el primer evangelio trate con gran energía el tema de los bienes materiales, aunque sus expresiones resultan a veces demasiado concisas e incluso oscuras.

Siguiendo el hilo del discurso encontramos los siguientes temas: una exhortación inicial a poner el corazón en Dios, no en el dinero (Mt 6,19-21); una segunda exhortación a la generosidad (6,22-23); imposibilidad de compaginar el culto a Dios con el culto al dinero (6,24); exhortación a no agobiarse y a tener fe en la providencia (6,25-34).

La liturgia de este domingo se limita a los dos temas finales.

La gran alternativa

«Nadie puede estar al servicio de dos amos... No podéis servir a Dios y al dinero».

«No tendrás otros dioses frente a mí», ordena el primer mandamiento. «No podéis servir a Yahvé y a Baal», dice el profeta Elías a los israelitas en el monte Carmelo. La formulación tan parecida del evangelio demuestra que las palabras de Jesús se insertan en la línea de la lucha contra la idolatría. Al principio, los israelitas pensaban que los únicos rivales de Dios eran los dioses de los pueblos vecinos (Baal, Astarté, Marduk, etc.). Los profetas les hicieron caer en la cuenta de que los rivales de Dios pueden darse en cualquier terreno, incluido el económico. Para Jesús, la riqueza puede convertirse en un dios al que damos culto y nos hace caer en la idolatría.

Naturalmente, ninguno de nosotros va a un banco o una caja de ahorros a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los banqueros. Pero podemos estar cayendo en la idolatría del dinero. Según la Biblia, al dinero se le da culto de tres formas:

1) Mediante la injusticia directa (robo, fraude, asesinato). El dinero se convierte en el bien absoluto, un dios por encima de Dios, del prójimo, y de uno mismo.

2) Mediante la injusticia indirecta, el egoísmo, que no daña directamente al prójimo, pero hace que nos despreocupemos de él (recordar la parábola del rico y Lázaro: Lc 16,19-31).

3) Mediante el agobio por los bienes de este mundo, que nos hace perder la fe en la Providencia. A este tema, fundamental para la mayoría de los cristianos, dedica san Mateo el apartado más extenso de esta sección del discurso.

Del agobio a la fe en la Providencia
Seis veces aparece en este breve párrafo el verbo «agobiarse». No habla Jesús de cualquier tipo de agobio, sino del provocado por las necesidades materiales de la comida y el vestido. En ambos casos hace referencia a imágenes cotidianas (Dios alimenta a los pájaros y viste espléndidamente a los lirios) para infundir fe en la Providencia. Pero en medio y al final incluye unas reflexiones más bien irónicas: «por más que te agobies no vas a vivir un año más», y «no te agobies, que ya se encargará la vida de agobiarte».

Algunos consideran este pasaje es el más utópico y alienante del evangelio, contrario a toda experiencia y al sentido común. Pero hay que ponerse en el punto de vista de Jesús, que se mueve en dos coordenadas muy distintas a las nuestras: una profunda fe en Dios y un despego absoluto con respecto a los bienes de este mundo.

Al ponernos como modelos a los pájaros y a los lirios nos está hablando de seres que simplemente subsisten, no acumulan casas, fincas, joyas, tesoros. Para Jesús, basta con subsistir, con tener «el pan nuestro de cada día». Y está convencido de que Dios lo dará. (Los pobres, o las personas que han pasado en algunos momentos de su vida grandes necesidades, entienden esto mucho mejor que los que se limitan a discutir el problema).

Por otra parte, este texto sobre la Providencia se puede entender muy bien aplicando la teoría marxista de los objetivos a corto y largo plazo. Según el marxismo, el objetivo importante es a largo plazo (la dictadura del proletariado); los objetivos a corto plazo (reivindicaciones salariales, aumento del nivel de vida, etc.) pueden convertirse en una trampa para la clase obrera, que terminaría aburguesada y le haría renunciar al objetivo primordial.

Jesús, con una perspectiva humana y religiosa, adopta la misma postura. Lo importante es «el reino de Dios y su justicia», esa sociedad perfecta que debemos anticipar los cristianos en la medida de lo posible. Dentro de ella no tienen cabida las desigualdades hirientes ni la injusticia, el que hermanos nuestros mueran de hambre o pasen terribles necesidades mientras a otros nos sobran cantidad de bienes.

Pero, si nos preocupamos sólo de la comida y del vestido, de las necesidades primarias, renunciaremos a buscar el Reinado de Dios. En cambio, si nos esforzamos ante todo por el Reinado de Dios, «todo eso (la comida, el vestido) se os dará por añadidura».

Para evitar una concepción alienante de la Providencia es útil recordar cómo la entendió la Iglesia primitiva:
1) En primer lugar, no excluye el trabajo. A los cristianos de Tesalónica les dice Pablo claramente: «El que no trabaja, que no coma» (2 Tes 3,10).

2) Cuando alguien pasa necesidad, los demás no piden a Dios que le ayude; lo ayudan ellos. Es lo que hicieron los cristianos de Grecia con los de Jerusalén (2 Cor 8-9). La Providencia de los demás somos nosotros. Lo malo es cuando nuestro egoísmo impide a muchas personas creer en la Providencia. En ese caso deberíamos aplicarnos las palabras de san Pablo: «Por vuestra culpa blasfeman de Dios».

En resumen, todo el mensaje de Jesús se sintetiza en dos principios básicos: a) el valor relativo de los bienes terrenos en comparación con el valor supremo de Dios y de su reinado; b) el valor absoluto de la persona necesitada, que exige de nosotros una postura de generosidad.

El evangelio, para inculcar la fe en la Providencia habla de Dios como un padre que se preocupa de sus criaturas. La brevísima primera lectura usa una imagen más expresiva aún: Dios como madre, incapaz de olvidarse del hijo de sus entrañas.

José Luís Sicre



CAÍN Y ABEL
Escrito por  José Arregi

Caín es el asesino culpable, y Abel es la víctima inocente. Parece muy claro. Pero nuestros juicios son inseguros, a menudo arbitrarios. En muchas guerras, un Caín vencedor es declarado 'Abel', y es declarado 'Caín' el Abel vencido. En cualquier caso, si Caín el malo no puede ser vencido, negociamos con él, en nombre del realismo; si podemos vencerlo sin negociar, entonces apelamos al derecho con énfasis y sentenciamos solemnemente: "Nunca se debe negociar con Caín". Y hacemos como que creemos la mentira, o tal vez nos la creemos.

La historia de Siria y de Ucrania son el último ejemplo de nuestro oscilante criterio: Europa y Obama proclamaban, seguramente con razón, que el presidente sirio Bachar el Asad es un genocida, pero tenía aliados poderosos (Rusia e Irán, incluso China), y todo el mundo se ha avenido a negociar con él como lo más razonable. En el caso del presidente ucranio Yanukóvich, por el contrario, Europa y Obama se declaraban dispuestos a negociar con él hasta el último día, a pesar de sus matanzas, pero, inesperadamente derrotado a última hora, ya lo acusan de asesinato masivo y lo juzgarán por ello (si pueden, lo que parece muy dudoso, pues Rusia y el gas siberiano se interpondrán de nuevo).

Haríamos bien en modular nuestros juicios. Haríamos bien, sobre todo, en ponernos cada uno, al menos por un instante, en el lugar del otro, primero en el lugar del asesinado, pero también en el lugar del asesino declarado Caín. También Caín lleva un signo sagrado en su frente.

Recordemos la historia bíblica. Caín y Abel eran hermanos, hijos del mismo amor, de la misma carne. Eran muy distintos: "Abel se hizo pastor, y Caín agricultor" (Génesis 4,2). Dos modos de ser, dos modos de vida, dos civilizaciones. Y luchan entre sí, o al menos el uno lucha contra el otro, por envidia, por odio. Caín es figura del malo, Abel es figura del justo. Caín es el "culpable", Abel es el justo. Pero miremos más de cerca: el texto no nos sitúa en ese registro de la "culpa" y de la "inocencia".

¿De dónde le viene a Caín su odio a Abel? El relato bíblico lo "explica" de manera desconcertante: "El Señor se fijó en Abel y su ofrenda, y se fijó menos en Caín y su ofrenda" (4,4-5). La inexplicable preferencia de "Dios" por Abel sería la causa del rencor de Caín y de su asesinato. Es comprensible que Caín, al verse postergado, sienta envidia de Abel. Pero ¿es comprensible que "dios" discrimine a Caín? Es una forma de hablar. Una manera de decir que la envidia de Caín es incomprensible. Al decir que "dios" es el "último culpable" del odio y del crimen de Caín, el relato no quiere en absoluto imputar a Dios, sino "excusar" de alguna forma a Caín. Es una manera de decir que Caín no es la razón y la fuente última de su envidia y de su odio o de su crimen. Nadie es culpable absoluto.

Si hoy quisiéramos identificar las razones de este asesinato originario, investigaríamos las circunstancias económicas o sociológicas y las condiciones psicológicas o genéticas o biológicas, y tendríamos razón. Pero ese no es el asunto en el libro del Génesis (ni esa es la cuestión última en todos los crímenes). La cuestión última es la responsabilidad, no la culpa. Y al decir "responsabilidad", no me refiero a quién tiene la culpa y quién ha de pagar por el crimen, sino más bien a quién responde de esta situación y está dispuesto a hacerle frente y repararla.

"Si obras mal, el pecado acecha a tu puerta y te acosa, aunque tú puedes dominarlo" (4,4-6), dice la voz divina a Caín. Es decir: "No busques culpables, Caín, fuera de ti ni siquiera en ti mismo; obra bien, y podrás levantar tu frente, alegrar tu cara. Y créelo, tú eres capaz de obrar bien, eres capaz de ser bueno". En eso consiste la responsabilidad.

La cuestión más decisiva no es identificar la culpa y al culpable –¡tantas veces juzgamos de acuerdo a intereses ocultos o simplemente por error!–. La cuestión decisiva es curar las heridas infligidas, primero del que ha sido herido y luego también del que ha herido. Y nada remediamos castigando al malhechor, sino ayudándole a ser responsable y bienhechor, a reparar el daño en el otro y en sí. Impedir que vuelva a delinquir es una condición necesaria, pero no suficiente.

Así hace "Dios" en el relato del Génesis. No "castiga" a Caín, aunque pueda parecerlo en una lectura superficial. "Dios" se erige en primer lugar, eso sí, como testigo de Abel: ocupa su lugar vacío, y en su lugar toma la palabra, se hace su portavoz. "Dónde está tu hermano?" (4,9), pregunta a Caín, y le impide huir a la indiferencia y al olvido, seguir encerrado en sí mismo, cuando aquel le responde: "No lo sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?" (4,9). Sí, lo sabes, debes saberlo. Sí, eres el guardián de tu hermano, debes serlo, pues forma parte de tu propio ser. Si dejas de serlo, dejarás de ser tú mismo, condenarás tu propio ser. "La sangre de tu hermano me grita desde la tierra" (4,9). ¿Se trata acaso de una áspera acusación por parte de un Juez soberano? No, no se trata de acusación, ni de imputación, ni de severa petición de cuentas, ni de imposición de castigo, aunque el vocabulario ("la tierra te maldice", "andarás errante y vagando por el mundo"...) pudiera sugerirlo.

"Dios" no castiga a Caín ni lo maldice. Le interpela y le hace tomar conciencia de su ser y de su acción. Pero no lo hace para que en adelante se arrastre bajo la angustia de su culpa, sino más bien al contrario: para que sea consciente de su propia dignidad, recupere la confianza en sí mismo, sea capaz de obrar bien y pueda seguir caminando sin miedo como hermano de su hermano muerto y de todos sus hermanos vivos. Caín ha de vivir, aunque sea errando por la tierra, como sucede en realidad con todos los seres humanos, sean Caín o sean Abel.

Caín tiene miedo: "El que me encuentre me matará" (4,14). No, nadie podrá matarte. Dios es testigo defensor de Abel, pero también es testigo defensor de Caín. "Y el Señor puso una marca a Caín, para que no lo matara quien lo encontrase" (4,15).

No es lícito matar al asesino. La venganza hace daño también al que se venga. El castigo del llamado culpable no cura a la víctima inocente. Lo que cura al uno y al otro es la humanidad: que el malhechor no haga daño y se vuelva bienhechor, que el asesino se vuelva guardián y protector de la vida del hermano, que la víctima abra su corazón y acceda a ponerse en el lugar del asesino.

¿Pero será posible? La señal grabada por Dios en la frente de Caín afirma que sí. "Dios" lo cree posible. Dios es esa posibilidad y esa fe, es esa señal de salvación en la frente de Caín, más allá de todos los crímenes y heridas de esta tierra. Más allá también de nuestros criterios, tan inciertos, y a menudo tan contradictorios, sobre la culpa y la inocencia, sobre Caín y Abel.

José Arregi

Para orar
¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Oración franciscana por la paz



LA CARICIA ESENCIAL RESCATA NUESTRA HUMANIDAD
Escrito por  Leonardo Boff

La caricia es una de las expresiones supremas de la ternura sobre la cual hemos tratado en el artículo anterior. ¿Por qué decimos caricia esencial? Porque queremos distinguirla de la caricia como pura moción psicológica, en función de un querer fugaz y sin historia. La caricia-moción no envuelve a toda la persona. La caricia es esencial cuando se transforma en una actitud, en un modo-de-ser que califica a la persona en su totalidad, en su psique, en su pensamiento, en su voluntad, en la interioridad, en las relaciones.

El órgano de la caricia es, fundamentalmente, la mano: la mano que toca, la mano que acaricia, la mano que establece relación, la mano que da calor, la mano que trae quietud. Toda la persona a través de la mano y por la mano revela un modo de ser cariñoso. La caricia toca lo profundo del ser humano, allí donde se sitúa su Centro personal. Para que la caricia sea verdaderamente esencial necesitamos cultivar el Yo profundo, que busca lo más íntimo y verdadero en nosotros, y no solo el ego superficial de la conciencia, siempre llena de preocupaciones.

La caricia que emerge del Centro produce reposo, integración y confianza. De ahí su sentido. Al acariciar al niño, la madre le comunica la experiencia más orientadora que existe: la confianza fundamental en la bondad de la vida; la confianza de que, en el fondo, a pesar de tantas distorsiones, todo tiene sentido; la confianza de que la paz no es un sueño, es la realidad más verdadera; la confianza de la acogida en el gran Útero.

Al igual que la ternura, la caricia exige total altruismo, respeto del otro y renuncia a cualquier otra intención que no sea la de querer bien y amar. No es un roce de pieles, sino una entrega de cariño y de amor a través de la mano y de la piel, piel que es nuestro yo concreto.

El afecto no existe sin la caricia, la ternura y el cuidado. Así como la estrella tiene que tener un aura para brillar, de igual manera el afecto necesita la caricia para sobrevivir. La caricia de la piel, del pelo, de las manos, de la cara, de los hombros, de la intimidad sexual hace concreto el afecto y el amor. La calidad de la caricia impide que el afecto sea mentiroso, falso o dudoso. La caricia esencial es leve como el entreabrir suave de una puerta. Jamás hay caricia en la violencia de azotar puertas y ventanas, es decir, en la invasión de la intimidad de la persona.

El psiquiatra colombiano Luis Carlos Restrepo en su bello libro sobre El derecho a la ternura (Arango editores 2004) dice: «La mano, órgano humano por excelencia, sirve tanto para acariciar como para agarrar. La mano que agarra y la mano que acaricia son dos facetas extremas de las posibilidades de encuentro inter-humano».

En una reflexión cultural más amplia, la mano que agarra corporifica el modo-de-ser de los últimos cuatro siglos, de la llamada modernidad. El eje articulador del paradigma moderno es la voluntad de agarrar todo para poseer y dominar. Todo el Continente latinoamericano fue agarrado y prácticamente diezmado por la invasión militar y religiosa de los ibéricos. Y vino a África, a China, a todo el mundo que se puede agarrar, hasta a la Luna.

Los modernos agarraron la naturaleza dominándola, explotando sus bienes y servicios sin ninguna consideración ni respeto a sus límites y sin darle tiempo de reposo para que pudiera reproducirse. Hoy recogemos los frutos envenenados de esta práctica sin ningún tipo de cuidado y ausente de todo sentimiento de caricia hacia lo que vive y es vulnerable.

Agarrar es expresión de poder sobre, de manipulación, de encuadramiento del otro o de las cosas a mi modo de ser. Si miramos bien, no ha ocurrido una mundialización respetando las culturas en su rica diversidad. Lo que ha ocurrido ha sido la occidentalización del mundo. Y en su forma más pedestre: una hamburguerización del estilo de vida norteamericano impuesto en todos los rincones del planeta.

La mano que acaricia representa la alternativa necesaria: el modo-de-ser-cuidado, pues «la caricia es una mano revestida de paciencia que toca sin herir y suelta, para permitir la movilidad del ser con el que entramos en contacto» (Restrepo).

En los días actuales es urgente rescatar en los seres humanos la dimensión de la caricia esencial. Ella está dentro de todos nosotros, aunque encubierta por una gruesa capa de ceniza de materialismo, de consumismo y de futilidades. La caricia esencial nos devuelve nuestra humanidad perdida. En su mejor sentido refuerza también el precepto ético más universal: tratar humanamente a cada ser humano, es decir, con comprensión, con acogida, con cuidado y con la caricia esencial.



El problema está en la teología
José Mª Castillo

El problema capital, y la raíz de los demás problemas que se nos plantean a los católicos en este momento, no está en la reforma de la Curia Vaticana, ni en el cambio de tales o cuáles cargos en el gobierno de la Iglesia, ni en el nombramiento de nuevos obispos con una mentalidad distinta de la que muchos tienen ahora, ni siquiera en que el papa Francisco se mantenga firme en la conducta y en la imagen pública, tan ejemplar en tantas cosas, que estamos viendo en este hombre tan singular, que es el papa Bergoglio. Por supuesto, todo lo que acabo de indicar es importante. Pero nada de eso es lo verdaderamente decisivo.

La Iglesia tiene su origen y su fundamento en Jesús de Nazaret y en su Evangelio. Como es lógico, y esto supuesto, el problema capital de la Iglesia, y la raíz de todos los problemas que la Iglesia tiene que resolver, está en que sea siempre fiel y coherente con su origen y su fundamento. Es decir, que la Iglesia piense como Jesús pensó. Hable como Jesús habló. Y viva como Jesús vivió. Pero resulta que, con el paso de los tiempos, en la Iglesia se han ido elaborando y afirmando una serie de ideas, de normas, ritos y tradiciones a los que se les concede más importancia que al Evangelio. De ahí, que haya tanta gente, que piensa e incluso dice: “Jesús, sí; Iglesia, no”. Que es tanto como afirmar: “Evangelio, sí; Teología, no”.

Es evidente que, mientras este estado de cosas se mantenga, la Iglesia lo tiene difícil. Y los cristianos, más difícil aún. Porque viviremos divididos dentro de nosotros mismos. Y divididos entre nosotros. Organizados y aparentemente unidos con las enseñanzas de unos concilios y unos dogmas que en realidad no nos unen, ni responden a las preocupantes preguntas que mucha gente se hace. En muchas cosas, tenemos una teología que responde a las preguntas que se hicieron las gentes de otros tiempos. Pero que, en este momento, no sólo no nos dicen nada, sino que incluso nos provocan desinterés o incluso fastidio. Un ejemplo nada más: a mí me fastidia tener que decir en el “Credo”: “Creo en Dios Padre Todopoderoso”. Porque “Todopoderoso” es la traducción del texto original del concilio Nicea, que afirmó su fe en Dios Padre “pantokrator”, el título imperial que se adjudicó la dinastía de los “antoninos” (del 96 al 192). En semejante “dios”, yo no creo. Y como ésta, tantas otras....

Muchas veces pienso en el papa Francisco. Estoy seguro que a él le gustaría ser menos “personaje sagrado” y más “hombre sencillo” y humilde. Esto, por supuesto. Pero el papa Francisco, como seguramente les pasa a muchos obispos, curas, monjas y laicos, se tiene que sentir - también él - partido en su intimidad secreta. Partido, y no sé si roto, por un Evangelio y una Teología que, seguramente, están en su corazón como dos grandes realidades yuxtapuestas, pero no fundidas. Porque es imposible fundirlas. Por eso el papa se ve, seguramente, en la durísima situación de tener que ser fiel a ambas. Él no puede evidentemente modificar el Evangelio. Pero tampoco puede cambiar la Teología, de la noche a la mañana. De ahí, la contradicción de un hombre que es, al mismo tiempo, tan humano, tan sencillo y tan cercano a los más humildes. Pero que, a veces, cuando tiene que hablar como papa y desde la teología establecida, tengo la impresión de que los humildes ya no lo entienden, ni quizá se interesan mucho por lo que les dice. El papa tiene que vivir y hablar de acuerdo con el Evangelio y de acuerdo con la Teología. Pero, ¿puede hacer ambas cosas íntegramente y sin fisuras?

Hermano Papa Francisco, tú fuiste jesuita y yo también. Tú me conoces y yo te conozco. Desde mi modesto y humilde punto de vista, desde lo que veo y oigo a la gente, creo que soy fiel a la realidad si te digo que, en este momento tan duro que estamos viviendo, si en pocos meses has llegado a ser considerado como uno de los hombres más importantes del mundo, semejante importancia sólo se debe a una cosa: tu desconcertante humanidad, tu sencillez y tu bondad. Al decir esto, afirmo, como es lógico, la primacía del Evangelio sobre la Teología. Pero no sólo eso. Además de eso, afirmo también que, por este camino, la Teología se pone al día por sí sola.

José Mª Castillo