jueves, 13 de febrero de 2014

NO A LA GUERRA ENTRE NOSOTROS - José Antonio Pagola


NO A LA GUERRA ENTRE NOSOTROS - José Antonio Pagola

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una
vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.

Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

No es este un hecho que se da solo en la convivencia social. Es también un grave problema en la Iglesia actual. El Papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”. Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: “No a la guerra entre nosotros”.

Así habla el Papa: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.
José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la llamada de Jesús a construir una vida más humana. Pásalo.
16 de febrero de 2014
6 Tiempo ordinario (A)
Mateo 5, 17-37
ESTILO EVANGÉLICO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Neto,
claro,
limpio,
conciso,
escueto,
sonoro,
alegre,
rápido,
vivo...
Como el golpe del herrero
sobre el acero;
como el toque del forjador
sobre el hierro en crisol;
como el martillo del orfebre
sobre la gema.
El estilo evangélico es así,
con la cabeza y el corazón
al unísono.

Amortiguarlo
con explicaciones,
o intentar justificarlo,
o buscarle componendas
o prebendas futuras,
o envolverlo en algodones,
o susurrarlo para que pase sin dejar huella,
o acomodarlo a lo que se estila,
o justificar su extrañeza
apelando a que es cosa de otra cultura,
o vaciarlo de lo que no nos gusta...
es camino torcido
para el estilo evangélico.

No os acomodéis a este mundo.
No juzguéis, no condenéis.
No os hagáis los sordos.
No os escondáis.
Subid a los oteros.
Salid a los balcones y azoteas,
transitad por calles y plazas,
participad en debates y tertulias...
pero hacedlo sin arrogancia.
¡Mostrad que es posible
y merece la pena
la vida y la sociedad evangélica.

Claro,
certero,
transparente,
sencillo,
humilde,
atento,
sin imposiciones...
¡Así es el estilo evangélico!
¡No tiene caminos torcidos!

Florentino Ulibarri



RENOVAR SIN DESTRUIR, SERÍA LA CLAVE
Escrito por  Fray Marcos
Mt 5, 17-37

Seguimos en el sermón del monte de Mateo. La lectura de hoy afronta un tema complicado. Cómo armonizar la predicación y la praxis de Jesús con la Ley, que para ellos era lo más sagrado. Problema radical que se plantea en todos los órdenes de la vida, cuando hay que ir más allá de lo conocido y afrontar la novedad sin destruir lo que ya tenemos.

Tuvo que ser muy difícil para un judío aceptar que la Ley no era algo absoluto. Jesús fue contundente en esta materia y abrió un camino a los primeros cristianos, que a pesar de ello, muchos años después de morir Jesús, todavía se estaban peleando por circuncidar o no circuncidar, por comer o no comer ciertos alimentos, por cumplir o no, el sábado, etc.

Todavía hoy seguimos anclados en muchos clichés que nos impiden avanzar en la humanización. Por ejemplo: la idea que tenemos de "palabra de Dios" es arcaica. Ni una sola palabra de la Biblia es de Dios en sentido propio. Ni siquiera las diez palabras (mandamientos) las ha dicho o escrito Dios. El verano pasado se salió una persona de la iglesia por oírme decir que Dios no había dado ninguna tabla de piedra a Moisés.

Podemos decir que la Biblia es palabra de Dios, pero es, sobre todo, palabra humana y como tal, nunca podrá ser definitiva. Esto bien entendido es el punto de partida indispensable para entender las Escrituras. El hombre siempre tiene que estar diciendo: habéis oído que se dijo, pero yo os digo, porque conocemos cada vez mejor la naturaleza y al ser humano. Si Jesús y los primeros cristianos hubieran tenido la misma idea de la Biblia que muchos cristianos tienen hoy, no se hubieran atrevido a rectificarla.

Cuando hablamos de ley de Dios, no queremos decir que en un momento determinado, Dios haya comunicado a un ser humano su voluntad en forma de preceptos, ni por medio de unas tablas de piedra, ni por medio de palabras. Dios no se comunica a través de signos externos, sino a través del ser. La voluntad de Dios no es algo distinto de su esencia. Dios sólo puede comunicar su voluntad a través del ser en la creación.

Si fuésemos capaces de bajar hasta lo hondo del ser, descubriríamos allí esa voluntad de Dios; ahí me está diciendo lo que espera de mí. La voluntad de Dios no es nada añadido a mi propio ser, no me viene de fuera. Está siempre ahí pero no somos capaces de verla. Esta es la razón por la que tenemos que echar mano de lo que nos han dicho algunos hombres que sí fueron capaces de bajar hasta el fondo de su ser y descubrir lo que Dios espera de nosotros. De esta manera nos llega de fuera lo que tenía que venir de dentro.

Moisés supo descubrir lo que era bueno para el pueblo que estaba tratando de aglutinar, y por tanto lo que era bueno para cada uno de sus miembros. No es que Dios se le hubiera manifes¬tado de una manera especial, es que él supo aprovechar las circunstancias especiales para profundizar en su propio ser. La expresión de esta experiencia es voluntad de Dios, porque lo único que Él quiere de cada uno de nosotros es que seamos nosotros mismos, es decir, que lleguemos al máximo de nuestras posibilidades de ser humanos.

¿Qué significaría entonces cumplir la ley? Algo muy distinto de lo que estamos acostumbrados a pensar. Una ley de tráfico, se puede cumplir perfectamente sólo externamente: aunque esté convencido de que el "stop" está mal colocado, yo lo cumplo y consigo el objetivo de la ley, que no me la pegue con el que viene por otro lado o evitar una multa. En lo que llamamos ley de Dios, las cosas no funcionan así. El objetivo de esta ley es el cambio profundo de mi ser hasta adecuarlo a lo que Dios espera de mí.

Si no descubro que lo que la ley me ordena, es lo que exige mi propio ser; si no interiorizo ese precepto hasta dejar de ser precepto y convertirse en convencimiento total de que eso es lo mejor para mí, el cumplimiento de la ley me deja como estaba, no me enriquece ni me hace mejor. Fijaros en lo que dice Jesús en el evangelio, "si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos." Ellos cumplían la ley escrupulosamente, pero solo externamente, y eso no les hacía mejores sino mezquinos.

Desde esta perspectiva, podemos entender lo que Jesús hizo en su tiempo con la Ley de Moisés. Si dijo que no venía a abolir la ley, sino a darle plenitud, es porque muchos le acusaron de saltársela a la torera. Jesús no fue contra la ley, sino más allá de la Ley. Quiso decirnos que toda ley se queda siempre corta, que siempre tenemos que ir más allá de la letra, de la pura formulación, hasta descubrir el espíritu. Esa actitud de Jesús es la que tenemos que adoptar todos en cualquier época. Siempre la voluntad de Dios estará más allá de cualquier formulación, por eso tenemos que seguir perfeccionándolas.

Jesús pasó, de un cumplimiento externo de leyes, a un descubrimiento de las exigencias de su propio ser. Esa revolución que intentó Jesús, está aún sin hacer. No solo no hemos avanzado nada en los dos mil años de cristianismo, sino que en cuanto pasó la primera generación de cristianos hemos ido en la dirección contraria. Todas las indicaciones del evangelio en el sentido de vivir en el espíritu y no en la letra, han sido ignoradas olímpicamente. Todavía seguimos pensado en un dios legislador, imponiendo su Ley.

"Habéis oído que se dijo a nuestros antepasados: no matarás, pero yo os digo: todo el que está enfadado con su hermano será procesado". No son alternativas, es decir o una o la otra. No queda abolido el mandamiento antiguo sino catapultado a niveles increíblemente más profundos. Nos enseña a ir más allá del las acciones externas para poder descubrir su auténtico valor. Una actitud interna negativa, es ya un fallo contra tu propio ser, aunque no se manifieste en una acción concreta contra el hermano.

"Si cuando vas a presentar tu ofrenda, te acuerdas de que tu hermano tiene queja contra ti, deja allí tu ofrenda y veta a reconciliarte con tu hermano..." Se nos ha dicho por activa y por pasiva que lo importante era nuestra relación con Dios. Toda nuestra religiosidad, sobre todo la confesión tal como se nos ha enseñado, está orientada desde esta perspectiva equivocada. El evangelio nos dice que más importante que nuestra supuesta relación con Dios, es nuestra relación efectiva con los demás.

No dice el texto: "si tú tienes queja contra tu hermano", sino "si tu hermano tiene queja contra ti". ¡Que difícil es que yo me detenga a examinar si mi actitud pudo defraudar al hermano! Es impresionante, si no fuera tan sabido: "deja allí tu ofrenda y vete antes a reconciliarte con tu hermano". Las ofrendas, los sacrificios, las limosnas, las oraciones no sirven de nada si otro ser humano tiene pendiente la más mínima cuenta contigo. Solo lo que hagas con relación a los demás lo estás haciendo con relación a Dios.

Nos hemos olvidado que eliminar las leyes no puede funcionar si no suplimos esa ausencia de normas por un compromiso de vivencia interior que las supere. Las leyes solo se pueden tirar por la borda cuando la persona ha llegado a un conocimiento profundo de su propio ser. Ya no necesita apoyaturas externas para caminar hacia su verdadera meta. "ama y haz lo que quieras" o "el que ama ha cumplido el resto de la Ley"

Jesús descubre que la Ley no es el fin, sino un medio para llegar a Dios que es el fin. Hoy hemos descubierto que ni siquiera Dios es el fin. El fin es el hombre concreto. Si nos hemos liberado ya de la Ley (externa), aún nos falta liberarnos de Dios, es decir, del Dios Señor poderoso que desde fuera nos controla y manipula. "Ama y haz lo que quieras"

Meditación-contemplación

Cumplir la Ley solo evita el castigo. Eso no es buena noticia.
El amor te hace humano y esa es su verdadera recompensa.
El amor no es un medio para alcanzar un premio.
Es el camino y la meta de todos los caminos.
.......................

La voluntad de Dios eres tú mismo.
Si la buscas en otra parte, trabajarás en vano.
Todos los mandamientos son corsés que te impiden crecer,
porque pondrán limites a tu desarrollo interior.
.....................

Las normas religiosas son andaderas que impedirán una caída.
Las puedes necesitar durante mucho tiempo.
Pero el día que aprendas a andar, serán un gran estorbo.
Y si un día pretendes correr, será imposible.
....................

Fray Marcos





LA LETRA MATA, EL ESPÍRITU DA VIDA
Escrito por  José Luís Sicre

Las bienaventuranzas y las parábolas de la sal y la luz, leídas en los domingos anteriores, forman la Introducción al Sermón del Monte. Hablan de quiénes pueden entender el mensaje del Reino de Dios y de dos peligros que les acechan. A partir de este momento es cuando Mateo entra propiamente en materia. Va a presentar la oferta religiosa de Jesús, contraponiéndola a la de los escribas, los fariseos y los paganos. Y esto puede suscitar en el público o el lector la sospecha de una doctrina revolucionaria, en desacuerdo con la tradición de Israel.

Mateo lo tranquiliza. No ocurre nada de eso. «No penséis que he venido a derogar la Ley o los Profetas. No he venido a derogar sino a dar cumplimiento...» La Ley y los Profetas representan para un judío el mensaje de Dios, sus promesas, la alianza con él, la salvación. Jesús no viene a suprimir nada de esto, sino a darle plenitud. No hay que tener miedo a su doctrina.

Más aún. Su enseñanza es tan importante que quien se salte uno de sus preceptos mínimos será mínimo en el Reino de Dios; quien los cumpla será grande en ese Reino. Estas palabras desconciertan a muchos lectores y comentaristas porque Jesús parece defender hasta las normas más pequeñas del AT, en contra de lo que ocurre a lo largo del Evangelio. Creo que esto se debe a un error de interpretación. Cuando Jesús condena «al que se salte uno de estos preceptos mínimos» no se refiere a los preceptos del AT sino a los que el va a indicar a continuación. Jesús no está defendiendo la letra del AT, sino su espíritu.

Ese espíritu del AT también intentaban vivirlo otros grupos de la época, como los escribas y fariseos. Pero Jesús está en desacuerdo con ellos y lo advierte claramente desde el principio: «Si vuestra fidelidad no supera la de los escribas y fariseos, no podéis entrar en el Reino de los Cielos».

Es un desafío durísimo, que exige aclaración. A eso dedica el evangelista las secciones siguientes, donde habla de la actitud cristiana ante la ley (contra los escribas) y de la actitud cristiana ante las obras de piedad (contra los fariseos). En la liturgia de este domingo y del siguiente sólo se recoge el tema de la ley.

1. Los escribas
Sociológicamente, los escribas constituyen un grupo muy heterogéneo, al que pertenecen sacerdotes de elevado rango, simples sacerdotes, miembros del clero bajo, de familias importantes y de todos los estratos del pueblo (comerciantes, carpinteros, constructores de tiendas, jornaleros). Incluso encontramos gente que no eran de ascendencia israelita pura, sino hijos de madre o padre convertidos al judaísmo. El poder de los escribas radica en exclusivamente en su ciencia. Quien deseaba ser admitido en la corporación debía hacer un ciclo de estudios de varios años. Generalmente, desde los 14 años de edad dominaba la exégesis de la Ley (Pentateuco). Pero la edad canónica para la ordenación eran los 40 años. A partir de entonces estaba capacitado para zanjar por sí mismo las cuestiones de legislación religiosa y ritual, para ser juez en procesos criminales y tomar decisiones en los civiles, bien como miembro de una corte de justicia, bien individualmente. Tenía derecho a ser llamado rabí. Y se les abrían los puestos claves del derecho, de la administración y de la enseñanza.

2. El peligro del legalismo
A pesar de la gran estima de que gozan entre la gente, a Jesús no le resultan simpáticos. No quiere que sus seguidores se parezcan a los escribas, ni que los puedan confundir con ellos. Porque en su postura existe un peligro gravísimo de legalismo, es decir, de exaltación de la ley y de la norma por encima de todas las cosas. Al legalismo, se puede llegar por dos caminos muy parecidos:

a) Buscando seguridad humana. Una persona inmadura, con miedo a correr riesgos, prefiere que le indiquen en cada momento lo que debe hacer. Cuantas más normas, mejor, porque así no se siente insegura.

b) Buscando seguridad religiosa. Estas personas conciben la salvación como algo que se gana a pulso, a base de esfuerzo, cumpliendo en todo momento la voluntad de Dios. Esta voluntad de Dios no la conciben como una actitud global en la vida, sino concretada en una serie de actos. Cuantas más normas me dicten, mejor conoceré lo que Dios quiere y me resultará más fácil salvarme.

En lo anterior hay cosas buenas y malas. Pero lo más grave es que la persona amante de las normas corre el peligro de quedarse en la letra de la ley, sin profundizar en su espíritu, que es más exigente. Por ejemplo, la ley manda no comer carne los viernes de cuaresma. Y se queda tranquila con cumplir la letra de la ley, pero no le preocupa comer langosta o gambas. La ley manda ir a misa los domingos y días de fiesta, y la cumple a rajatabla; pero quizá no dedica ni un minuto a Dios durante el resto de la semana.

Otro grave riesgo de la mentalidad legalista es que, con la ley en la mano, se puede machacar al prójimo y amargarle la existencia. Se critica al que no vive como uno considera conveniente, se le condena, incluso se le persigue.

3. La crítica de Jesús al legalismo
Para combatir esta postura legalista y enseñar a sus discípulos a actuar cristianamente, Mateo pone en labios de Jesús seis casos concretos, referentes al asesinato, adulterio, divorcio, juramento, venganza y amor al prójimo (Mateo 5,21 48). Este domingo se leen los cuatro primeros; los dos últimos, el domingo próximo.

3.1. En el primer caso, asesinato, Jesús lleva la ley a sus consecuencias más radicales. El quinto mandamiento prohíbe matar. La mentalidad legalista, ateniéndose a la letra, se contenta con no hincarle un puñal al prójimo. Jesús dice que el espíritu del mandamiento va mucho más lejos. Lo importante no es sólo respetar la vida física del prójimo, sino también toda su persona. El mandamiento hay que interpretarlo en un sentido muy amplio, que prohíbe también el trato airado, el insulto y la calumnia. Este tema es para Jesús tan importante, que añade una consecuencia práctica: «Si yendo a presentar tu ofrenda al altar...»

3.2. En el segundo caso, adulterio, Jesús también interpreta el mandamiento de forma radical. La letra de la ley sólo se fija en el hecho físico. Pero Jesús va a su espíritu profundo, teniendo en cuenta incluso el peligro remoto de caer. Por eso añade una de las frases más duras del evangelio: «Si tu ojo derecho te pone en peligro...» Estas palabras no hay que entenderlas literalmente, pero reflejan la importancia que tiene el tema para Jesús.

3.3. En el caso del divorcio, Jesús anula la ley en vigor. El texto exigiría un comentario muy detenido y técnico. Conviene recordar que, en tiempos de Jesús, el divorcio era algo reservado casi exclusivamente al hombre. Por otra parte, la cuestión se había convertido en tema de disputa entre distintas escuelas rabínicas, unas de mentalidad muy amplia; otras, muy estricta. Para Jesús, el matrimonio es demasiado sagrado, y la situación de la mujer repudiada demasiado trágica, para que se convierta en tema de discusión. Y suprime de un plumazo la ley del divorcio, exceptuando el caso de porneia (término que se presta a diversas traducciones: «impureza», «unión ilegal», «adulterio»).

3.4. En el caso del juramente, también anula la ley. Jesús se mueve en una sociedad que usa y abusa del juramento. Continuamente, en la plaza, en la calle, en la casa, se jura invocando el nombre de Dios, el cielo, la tierra, Jerusalén... Jesús considera esto una falta de respeto y una estupidez. Porque el hombre, al jurar, está invocando algo que no le pertenece, de lo que no puede disponer. Y, al mismo tiempo, puede encubrir con el juramento una mentira. El discípulo de Jesús tiene que moverse en una honradez y sinceridad tan absolutas que le baste decir sí y no. (Es curioso que, actualmente, los que se presentan como cristianos juran; y los que se presentan como laicos, prometen).

En resumen, Jesús combate la postura legalista llevando el mandamiento a sus últimas consecuencias o anulando la ley en vigor. El próximo domingo veremos otro recurso: cambiar la ley por una norma más exigente.

* * *

La primera lectura, del Eclesiástico, corrobora lo que dice el comienzo del evangelio sobre la alternativa de cumplir o no cumplir la voluntad de Dios. Todos tenemos la posibilidad de elegir entre el fuego y el agua, la muerte y la vida, ser pequeño o grande en el Reino de Dios. La última frase, Dios «no deja impunes a los mentirosos» puede aplicarse muy bien a lo que dice Jesús de los legalistas.

José Luís Sicre





TESTIGOS DE SU AMOR
Escrito por  Vicky Irigaray

Como nos dice el libro del Eclesiástico y nos lo recuerda el apóstol Pablo, la sabiduría de Dios nada tiene que ver con nuestra sabiduría, ni con nuestro modo de ver y entender nuestras vidas. Hermanos, presentemos a nuestro Padre Dios nuestro deseo sincero de vivir desde El, lanzados hacía los demás.
Padre, enséñanos a ser testigos de tu Amor.

• Nos presentamos, Padre, los que decimos seguir a tu Hijo Jesús, para que se nos conozca por nuestra actitud permanente de servicio, nuestra capacidad de acogida y nuestro trato delicado hacia los demás.
Padre, enséñanos a ser testigos de tu Amor.

• Te recordamos, Padre, todos los que dentro de la Iglesia tienen la tarea de despertar el deseo de Dios en el corazón de los demás, para que mediante sus palabras, gestos y testimonio sean presencia cercana y cálida de nuestro Padre Dios.
Padre, enséñanos a ser testigos de tu Amor.

• Traemos ante el altar, Padre, a los hombres y mujeres que viven con mucho sufrimiento su día a día, que encuentren en su entorno personas que les ayuden a caminar con esperanza y sentido.
Padre, enséñanos a ser testigos de tu Amor.

• Nos acordamos, Padre, de todos nuestros familiares y amigos que gozan ya de tu compañía eterna, que el testimonio de vida que nos ofrecieron nos anime a conocerte y buscarte cada día un poco más.
Padre, enséñanos a ser testigos de tu Amor.

Gracias, Padre, porque escuchas nuestra oración. Haz que sepamos vivir tal y como tú esperas de nosotros. Te lo pedimos a través de tu hijo Jesús.

Vicky Irigaray





Sabor a domingo
Pedro Miguel Lament SJ

Tienen un olor especial los domingos, a mañana de sol recién estrenada, a romero, colonia fresca y vestido nuevo. Todas las calles confluyen en la plaza del pueblo, donde las campanas convocan a la misa mayor, que parece ungir de intimidad el día de descanso.

Luego vendrá el café con churros en el bar de la esquina y los paseos en bici o correr detrás de la pelota mientras las marías cuchichean y los ancianos contemplan desde el banco el dolce far niente. Pero el domingo arranca allí, en la vieja iglesia que huele a incienso, a cera derretida y suena a desafinados cantos de beatas y chirriar del destartalado armonium. Algunos hombres preferirán quizás quedarse fuera a departir de la siega y el fútbol mientras sale “la parienta”. Hasta que Dios se llevó aquel amigo y ese día sí que entraron  al funeral y se preguntaron si no habría un más allá.

No saben por qué, pero cuando salen de misa en las mañanas de domingo se sienten más ligeros y alegres, distintos, como si el mundo hubiera recuperado su centro, y ellos su sitio en la semana y en la vida. Como si sus almas se hubieran también vestido de estreno.

Pedro Miguel Lamet SJ



Un año después de la renuncia de Benedicto XVI
Jose Arregi

(Respuestas al cuestionario propuesto por RELIGIÓN DIGITAL con ocasión del aniversario de la renuncia de Benedicto XVI, el 11 de febrero)

1/ ¿Qué sintió y pensó, cuando, hace un año, Benedicto XVI hizo pública su renuncia?
Fue una (relativa) sorpresa, y más que nada me provocó incertidumbre. Incertidumbre acerca de los motivos verdaderos de la renuncia y sobre las consecuencias eclesiales que pudieran derivarse de ella.

Como tantas otras grandes instituciones, y más que ninguna otra, el Vaticano es un sistema opaco (y, por lo poco que estamos viendo, más turbio de lo que podíamos imaginar). Esa opacidad me molesta, porque nos condena a hacer cábalas y conjeturas, o a fiarnos demasiado de sedicentes especialistas en intríngulis vaticanos. Malas prácticas institucionales para una Iglesia que Jesús quiso luz y sal. No se ha de poner la lámpara bajo el celemín.

A medida que pasaban los días, a la desazón y la incertidumbre se añadió un cierto hastió del entusiasmo y del panegírico generalizado de Benedicto XVI y de su gesto de renuncia, e incluso de su pontificado entero. Los medios dependen demasiado de los titulares y nosotros de los titulares, en detrimento de la reflexión.

En mí brotaban sobre todo preguntas: ¿Ha sido un gesto de humildad, o más bien de impotencia? ¿De valentía o más bien de rendición? ¿De coraje o más bien de huída?

Así pues, mi reacción ante la renuncia y todo lo que siguió no fue muy positiva. Predominaba en mí el escepticismo, y siguió predominando hasta meses más tarde. Reconozco que, un año después, valoro más el gesto de Benedicto XVI y, sobre todo, lo que luego ha seguido.

2/ ¿Cómo calificaría esa decisión del Papa Ratzinger?
Hoy diría que fue fundamentalmente una decisión honrada de un hombre limpio y sin fuerzas para hacer frente a los poderes fácticos, los “lobos” del Vaticano, en expresión de L’Osservatore Romano (con perdón de los lobos, que son incapaces de hacer tanto daño como nosotros).

Dicho eso, creo que fue también una opción ambigua, muy ambigua. No pongo en duda su humildad, rectitud y buena voluntad, ni niego que fuera una decisión valiente, pero creo que tuvo de debilidad lo que tuvo de humildad, y tuvo de dejación lo que tuvo de valentía. Se preguntará: ¿qué otra cosa podía hacer él si no tenía la fuerza y la valentía necesarias para llevar a cabo su programa de depuración de la corrupción vaticana (pederastia y finanzas)? Renunciar para que otros realizaran lo que él no podía ¿no fue lo mejor que pudo hacer? Así es seguramente, pero eso pone de manifiesto la radical ambigüedad e incluso contradicción de este sistema de papado absolutista. Y Benedicto XVI se fue sin plantear ni abordar este problema en su raíz. Se fue dejando intacto el sistema que le llevó a su callejón sin salida.

Además, su decisión de renunciar dejó en evidencia la obstinación –perversa o santa– con que Juan Pablo II, absolutamente incapacitado en sus últimos años para cualquier tipo de gobierno, se aferró a su cátedra o a su trono, a su misión o a su ambición. No interesa en este lugar discutir si fue despotismo o martirio. Lo que está claro es que la decisión de Benedicto XVI constituyó una desautorización frontal de la de Juan Pablo II.

Por último, y como he sugerido más arriba, quiero señalar que la renuncia de Benedicto XVI descubre la contradicción inherente al sistema actual del papado, proveniente del sigo XI (Dictatus Papae de Gregorio VII: año 1087) y reforzado en el siglo XIX (en el Vaticano I, con Pío IX, en el año 1870: dogmas de la infalibilidad y primado absoluto del papa sobre todas las Iglesias). Siempre ha sido así, pero con el papa Ratzinger quedó más a la vista: un papa con poder absoluto carece de poder, y tiene que renunciar porque no puede. Si un presidente de Gobierno dimite, lo hace porque no tiene más poder que el conferido por su partido, el parlamento y, en definitiva, el pueblo; cuando no quiere o no puede aplicar su programa de gobierno, es lógico que devuelva el poder a quien se lo dio. Pero Benedicto XVI que, según la convicción teológica de Joseph Ratzinger, poseía el poder absoluto conferido por Dios, ¿a quién se lo devolvió al renunciar? A unos cardenales elegidos por él para que elijan otro papa en nombre de Dios. Pero es muy posible que con el siguiente papa nos veamos abocados al mismo callejón sin salida, inherente al papado. Este sistema es no sólo anacrónico, y no sólo va directamente contra el evangelio de Jesús, sino que además hace agua por todos los lados. Es insostenible.

3/ ¿Qué supuso, a su juicio, para la Iglesia y para el mundo?
Está por ver hasta dónde nos llevará, pero hay que reconocer que la renuncia de Benedicto XVI permitió abrir un nuevo camino. Un camino insospechado y prometedor. Saludé con entusiasmo la elección del papa Francisco, síntesis lograda de Francisco de Asís y de Ignacio de Loyola, y al mismo tiempo me mostré cauto e incluso abiertamente escéptico. Hoy reconozco con mucho gusto que fui demasiado negativo: el tono y el enfoque de su mensaje son radicalmente diferentes a lo que habíamos visto en los dos últimos papas. No importa la ortodoxia, nos dice, sino la misericordia. No sirve la salvaguarda de la doctrina, sino la revolución de la ternura. La Iglesia no es aduana, sino puesto de socorro para todos los heridos. No hay nada que añadir. Y de pronto, la inmensa mayoría, cristianos o no, ha vuelto a mirar al obispo de Roma con simpatía y esperanza. Todo el mundo lo quiere, dentro y fuera de la Iglesia, salvo la ultraderecha de dentro y de fuera.

Ante este panorama tan imprevisto, muchos dicen: todo el mérito de esta evolución es de Benedicto XVI y de su renuncia. Yo vuelvo a mis dudas. Se resumen básicamente en dos.

Mi mayor duda es hasta qué punto podrá ser irreversible el nuevo, esperanzador, camino abierto por el papa Francisco. Ello requeriría: 1) Que la teología de este papa sea realmente nueva, acorde con el paradigma cultural de hoy; el enfoque de sus palabras, la primacía absoluta de la misericordia, me parece fantástico; en cuanto a sus ideas teológicas, no lo veo tan claro, pero tampoco importaría mucho, siempre que se mantenga la prioridad absoluta de la misericordia sobre el dogma. 2) Que el siguiente papa, o los siguientes, no vayan a deshacer lo que éste haga, como Juan Pablo II y Benedicto XVI desanduvieron el camino nuevo abierto por el Vaticano II. Y vuelve aquí a plantearse el quid de la cuestión: el poder absoluto del papa. Si el papa Francisco no lo limita radicalmente y si no establece unas bases de organización democrática para toda la Iglesia católica (por ejemplo: separación de poderes, nombramiento de los obispos por las comunidades locales, regulación democrática del Derecho Canónico…), todo podrá volver a ser como era. Y sería una pena. En realidad, creo que significaría el desplome definitivo de la Iglesia institucional. La reforma de la Curia, de las finanzas, y las medidas contra la pederastia son necesarias, pero no bastarán.

Esa es la duda y la cuestión principal. La otra duda se refiere al mérito de Benedicto XVI en la elección y en la reforma en marcha del papa Francisco. ¿Quiso realmente Benedicto XVI que su renuncia diera paso en la Iglesia católica a esto que está sucediendo y que tanto nos alegra? ¿No fue él, más que ningún otro, quien, primero como Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y luego como papa, tomó e hizo tomar las medidas para desandar los pasos dados o el camino abierto por el Vaticano II, el que condenó casi todo lo que hay en el mundo de hoy salvo el capital financiero, ahondó la sima entre la Iglesia y la cultura, condenó a teólogos e impuso obispos reaccionarios? Y todo eso debido al poder absoluto del papa, y a pesar de ser él una persona llena de finura y humildad. El papado es el problema mayor, más allá de la persona.

En cualquier caso, me atrevería a decir que lo mejor del pontificado de Benedicto XVI fue su renuncia, pues hizo posible que en la Iglesia se pueda respirar de nuevo. ¡Ojalá Francisco lleve esta reforma hasta el fin, y deje la Iglesia de ser una institución medieval basada en el poder absoluto sacralizado, abandone la pretensión de poseer la verdad y el bien absolutos, y sea como aquel buen samaritano que no pidió cuentas al herido ni le quiso enseñar nada, sino que alivió sus heridas derramando aceite y vino!

José Arregi
(Publicado en RELIGIÓN DIGITAL)





Para orar. FELIZ QUIEN NO DEJA DE BUSCAR

Feliz será quien ser esfuerza cada día
por vivir sencillamente,
dando gracias  por todo, ofreciendo una sonrisa,
reescribiendo la solidaridad
con la esplendidez del corazón.

Feliz quien intenta vivir según el Evangelio
y lo que le dicta su corazón,
pues esa será su mayor riqueza y alegría.
Abre los ojos cada mañana,
contempla la realidad y la filtra
por el tamiz de su interioridad,
para que se convierta en oración y acción.

(Miguel Ángel Mesa)





Benedicto XVI
Jorge Costadoat Carrasco SJ (Chile)

Un amigo historiador me dice que, en sentido estricto, esta es la primera renuncia de un Papa en la historia de la Iglesia. Me permito reproducir el texto del mismo Benedicto XVI. Tenidas en cuenta las circunstancias, sus palabras tienen una hondura espiritual mayor.
Vaticano, 10 de febrero 2013

Queridísimos hermanos,
 Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

 Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.
BENEDICTUS PP. XVI

Cinco días después yo mismo escribí:

Una decisión ejemplar (15 de febrero)
El impacto de la noticia de la renuncia del Papa nos puede hacer pasar por alto la alta calidad humana de los términos en que esta ha sido hecha. A continuación, sin ánimo de exhaustividad, detallo algunos aspectos de la decisión de Benedicto XVI.

+ Una decisión tomada con conciencia
El Papa decide renunciar porque Dios le ha pedido que renuncie. No parece que se lo haya dicho tal cual, sino que Benedicto lo ha oído en esa concavidad sagrada que todo ser humano tiene llamada conciencia en la cual solo caben dos: el Creador y su creatura. El hombre, en su máxima expresión, solo rinde cuentas a su conciencia. Esta no es un espejo de los propios deseos e intereses. Sino que, en la escucha del silencio absoluto, oye a Dios y no puede dejar de hacerle caso sin frustrar la propia razón de ser. La decisión del Papa no puede ser más libre, porque es la decisión de Dios.

¿No es esta una contradicción? Para nada. En la actuación del Papa se replica el misterio de la Encarnación. En Cristo el hombre nunca ha sido más hombre, porque en él Dios nunca ha sido más Amor (“Dios es amor”, 1 Jn 4, 8). En esta renuncia al ministerio de Pedro, la voluntad de Dios y la libertad de Benedicto coinciden. El Papa le ha consultado reiteradas veces. Según parece, Dios le ha confirmado su decisión. Esta será tan suya como del mismo Benedicto. En este sentido el Papa no puede estar más lejos del individualismo contemporáneo. Su decisión pretende ser libre de todos los condicionamientos a su voluntad; de todo tipo de apegos al poder o a la fama; de querer, por ejemplo, que el futuro de la Iglesia pase por su personalidad. Si en la intimidad de la oración Dios le hubiera dicho “sigue, continúa”, probablemente él habría proseguido en el cargo. El mensaje trasmitido a los cardenales trasunta una disponibilidad total a la voluntad de Dios; bien parece expresión de la libertad de Benedicto.

Llama la atención en el mensaje que la decisión es libre y en conciencia. Benedicto es insistente. Quiere que quede muy en claro. Nadie lo presiona. Nada. Ni los otros ni sus propias pulsiones: miedos, intereses creados, etc. Repite: “Después de haber examinado reiteradamente mi conciencia…”, “he llegado a la certeza…”, “soy muy conciente de…”, “siendo muy conciente de la seriedad…”, “con plena libertad…”. Conclusión: “renuncio”.
¿Es acaso el recurso a la conciencia un privilegio papal? Por supuesto que no. El Papa, probablemente sin quererlo directamente, está dando un ejemplo de cristianismo. Todo cristiano, en las circunstancias cruciales de la vida, es decir, cuando no hay recetas para seguir adelante; cuando el cumplimiento de los códigos resulta estrecho e inhumano; cuando da vértigo equivocarse, él debe seguir su conciencia. Este es su privilegio y su deber. Su honor. Su dignidad.

+ Rendición de cuentas a una institucionalidad
Sin perjuicio de lo anterior, Benedicto XVI sabe perfectamente que su decisión debe ser comunicada y encauzada en una institucionalidad que él no ha inventado para llegar al poder ni para conservarlo. Su decisión, tomada en conciencia, es comunicada a quienes se harán cargo de ella porque ellos, bajo otro respecto, están por encima de él. Los cardenales lo han elegido. Ellos tendrán que elegir otro Papa. Los cardenales no le pueden impedir que renuncie. Ellos también están obligados a acatar la voluntad de Dios que en estos momentos pasa por la conciencia de Benedicto. Pero no podrían permitir que Benedicto los sobrepase autoritariamente con esta y otras decisiones. Ellos no son una corte vaticana dispuesta a escenificar las performances del Pontífice. Ambos, ellos y el Papa, cada cual en lo suyo, nos representan a todos los católicos. Ambos están al servicio de una Iglesia cuya institucionalidad debiera ser intolerante con los abusos del poder. En este caso, Benedicto humildemente, y a la vez con enorme dignidad, rinde cuenta de su acto a quienes él debe respecto y sometimiento.

El Papa Benedicto es consciente de que su cargo es un servicio a una institución que no se identifica con su persona, sino que es el Cuerpo de Cristo. La Iglesia toda es la esposa de un Cristo que se entregó por entero al advenimiento del Reino de Dios. El Papa y los cardenales son servidores del Siervo de Dios. Es así que Benedicto agradece a los cardenales el amor y la ayuda. Pide perdón, ¿a Dios o a ellos? ¿Ambos? Su gobierno es un “ministerio”. Su vida es un “ministerio”. La prueba de la sinceridad de sus palabras es que terminado el cargo no dejará de servir. Él no ha servido para gobernar. Él ha gobernado para servir. Su intención última es esta. Así lo dice: “por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria”.

Por otra parte, como otra prueba de la rendición de cuentas del Papa, es la argumentación misma de su decisión. Esta no es un capricho. El se ve obligado a fundamentar cuidadosamente la razonabilidad de su acto. Benedicto explica con suma seriedad por qué el buen gobierno de la Iglesia hoy requiere de un cambio al más alto nivel.

¿Ha querido el Papa darnos un ejemplo de ejercicio cristiano del poder? Tal vez sí. Pero seguramente esta no es la intención primera. Estamos ante un ejercicio del poder que de hecho, talvez sin quererlo, trasunta una comprensión cristiana de las instituciones humanas. Nadie puede, en cristiano, pretender un poder absoluto. El poder es servicio del que ha de darse cuenta a Dios y a los hombres. Solo en estos términos quien detente el poder cuenta con autoridad para ejercerlo. Quien no, se expone al desacato y a la rebelión.
+ Gobierno espiritual
 En la decisión de Benedicto XVI hay una sabia relación práctica de fe y razón. El gobernante no se deja seducir por la tentación carismática. El Papa sabe, por cierto, que ha sido dotado del Espíritu a través de una consagración para un cargo de una institución que no puede ser juzgada por puros criterios mundanos. Pero, si las instituciones meramente mundanas a estas alturas de la historia impiden que una autoridad se eternice en el cargo con perjuicio del servicio que debe prestar, la Iglesia, precisamente porque está obligada a articular fe y razón, debe operar con sensatez. Benedicto, enfermo y sin fuerzas, actúa con la razonabilidad de un cristiano que cree que la fe en el Creador le exige actuar conforme a la razón que Él le ha dado para usarla sin miedo a equivocarse.

¿Constituye su renuncia una abdicación de la cruz? Para Juan Pablo II, en su momento, lo fue. No nos toca juzgarlo. Si Dios le pidió algo así como: “sigue hasta el final porque hoy se necesita que el Papa dé testimonio del misterio de la cruz”, bien ha hecho en llegar hasta el final como llegó. Desecho. Pero ha de reconocerse, sin embargo, que el mando de la Iglesia quedó entregado a otras personas, pues Juan Pablo dejó de gobernar por varios años. ¿Se equivocó en su discernimiento? No sabemos. Los papas también se equivocan.

El caso es que Benedicto, nos consta, ha querido obedecer a su conciencia. En ella Dios le ha pedido lo contrario de lo que de hecho hizo Juan Pablo II. Probablemente le ha dicho: “para gobernar la Iglesia se necesitan actos y palabras, oración y sufrimiento. Tú has sufrido. Seguirás sufriendo. Seguirás sufriendo por la Iglesia, no solo por el deterioro de tu salud. No te relevo de continuar sirviendo a la Iglesia. Retírate, pero sigue rezando, sufriendo, pensando… Hazlo hasta que puedas. Pero la Iglesia necesita ser gobernada con la cruz y la razón. No solo con la cruz. En este momento histórico, en tú caso, que irás perdiendo poco a poco la mente, creo que es razonable que haya otro Papa. Renuncia”.

El caso es que, sin poder juzgar su interior, Juan Pablo II, al identificar su cruz con la cruz de Cristo, dejó entregada la Iglesia al desorden, a los pillos y a las luchas por el poder; en suma, a la irracionalidad. Benedicto XVI, por el contrario, ha visto que la misión de la Iglesia no es otra que la misión de Cristo, el Siervo que ha proclamado la llegada de un reino cuya razonabilidad es la del amor, y no la del sacrificio por el sacrificio. El amor, que suele ser arduo, opera a través del discernimiento y el control de las fuerzas. El Papa Benedicto, talvez sin quererlo, simplemente practicándolo, nos ha recordado que el amor y la razón van de la mano.

Celebro la decisión de Benedicto. Creo que el Pueblo de Dios anhela que la Iglesia establezca o sugiera los vínculos entre el amor y la razón. Por todas partes detecto el deseo de una Iglesia acogedora y acompañante; que no imponga, sino que ayude a las personas a decidir sobre sus vidas.

Por lo mismo, me parece sumamente rica la comparación entre los dos papas. ¿Por qué excluir que ambos hayan actuado bien? Independientemente de los resultados efectivos, toda persona que actúa con libertad responsable, esto es, con una libertad que “responde” a la propia conciencia, actúa correctamente.

Este campo de posibilidades augura un hermoso futuro para los católicos. Aplaudo, una vez más, la decisión de Benedicto. El no se dejó llevar por un precedente de seiscientos años. Lo rompió. Algún historiador ha dicho que esta es la primera renuncia de un papa propiamente tal. Impresiona pensarlo. Nos sorprendió a todos. Los actos verdaderamente libres son sorprendentes. Me alegra su libertad y su seriedad. La Iglesia espera de sus pastores, en este momento de profunda crisis, gestos y decisiones de gran responsabilidad.

Jorge Costadoat SJ



Los jesuitas aseguran que Francisco está despertando “el deseo de espiritualidad”
José M. Vidal

La Compañía de Jesús celebra los 200 años de su restauración (1814-2014) y quiere seguir siendo fiel a sus señas de identidad espirituales y sociales. Para hacer frente a los "enemigos invisibles actuales", que son la secularización y el relativismo, los jesuitas piden políticas sociales más solidarias, mayor comunión eclesial, la puesta en marcha de la "renovación" que la Iglesia española necesita y aprovechar la oleada de entusiasmo espiritual que está despertando Francisco, el primer Papa jesuita.

Los jesuitas españoles quieren aprovechar la efemérides del bicentenario de su restauración, para "aprender de la historia" y reafirmarse en su carisma de "obreros evangélicos y eclesiásticos" y "remeros experimentados y robustos de la Santa Sede, de los Papas y de la navecilla de Pedro que navega por mares encrespados". Así reza el acta de restauración, promulgada por el Papa Pío VII, el 7 de agosto de 1814. La Compañía había sido suprimida por el Papa Clemente XIV el 16 de agosto de 1773. Estuvo, pues, extinguida, 41 años y sus 5.000 miembros desterrados y refugiados en Prusia o en Rusia.

En la rueda de prensa de presentación del bicentenario de la restauración estuvieron presentes Alfredo Verdoy, director de la revista 'Razón y Fe', Pascual Cebollada, coordinador del bicentenario en España, y Daniel Izuzquiza, director del Centro de Reflexión Alberto Hurtado. Precisamente este último aseguraba que, en la actualidad, los jesuitas siguen "en proceso de renovación" espoleados por la llegada al solio pontificio de un Papa de la orden. "El liderazgo de Francisco nos lanza de una manera más ilusionada a las periferias existenciales".

Esta salida a las periferias se enmarca dentro de la conservación de las cuatro áreas organizativas clásicas de la Compañía: el apostolado social, las universidades, los colegios y la pastoral. Y con dos ejes vertebradores: la denuncia social y el cultivo de la espiritualidad ignaciana.

Políticas solidarias
En el ámbito de lo social, los jesuitas españoles piden políticas mucho más solidarias con los que más sufren la crisis y con los emigrantes. Y es que, según Izuzquiza, "la gestión de la crisis, dominada por el dogma de la austeridad, castiga a la gente más humilde".

El jesuita asegura que "la emigración está aquí para quedarse" y sin ella "no puede entenderse la sociedad española ni ahora ni en el futuro". De ahí que señale que los emigrantes tienen "derecho a no emigrar" y "derecho a emigrar". Estos dos derechos fundamentales tienen que conjugarse con otro derecho subsidiario, el del "Estado a controlasr las fronteras siempre respetando escrupulosamente los derechos humanos".

En este terreno y tras denunciar los "sucesos de Ceuta", lo que quieren los jesuitas es "reforzar la hospitalidad". Por eso, Daniel Izuzquiza asegura que "las cuchillas, las vallas o las pelotas de goma solo crea más hostilidad y sólo levanta muros emocionales", pero no ayudan a solucionar los problemas migratorios, porque "no se le pueden poner puertas al mar".

"La Compañía no se siente perseguida"
Como institución, la Compañía de Jesús, a diferencia de hace 200 años, "no se siente perseguida" y "no tiene enemigos declarados", como explica Alfredo Verdoy. Pero también es consciente de que la vida y la acción de los jesuitas "hoy no vende", porque "ya no se tienen en cuenta los valores evangélicos". Fruto de esa situación es la propia escasez de vocaciones. "Tener jóvenes en los noviciados se ha convertido en un sueño casi imposible. Solemos tener unos 5 o 6 al año, en un presente de zozobra".

Y eso que los tres jesuitas reconocen que su orden se encuentra en un momento dulce, aupada por el Papa. "A mí, Francisco me supuso un subidón", explica Verdoy. Y es que, "después de décadas en las que la vida religiosa estuvo castigada y postergada por parte del propio Vaticano, va el cónclave y elige un Papa religioso y la opinión pública lo refrenda".

Además de agradecer los detalles que el papa tiene con la Compañía, como la elevación a los altares de Pedro Fabro, Verdoy asegura que los beneficios del Papa en la Iglesia se están "notando ya en todas partes". Por ejemplo, en que la gente "se confiesa de estar triste", porque el Papa dice que los creyente no pueden ser pepinillos en vinagre.

O, como dice Pascual Cebollada, "se está notando mucho la afluencia a los cursos de espiritualidad, duplicada en gran parte por el efecto Francisco". Porque está claro que el Papa rezuma espiritualidad ignaciana, basada, como explica Izuzquiza, en "la pasión por Cristo, en la libertad y en el discernimiento" y "encarna en sí mismo que eso es algo que se puede vivir".

Aún así, los jesuitas no quieren caer "ni en el triunfalismo" ni "el ahora nos toca a nosotros". Eso sí, siguiendo al Papa, reivindican que "lo social es el corazón del Evangelio" y piden que la nueva primavera de Francisco cale ya en España.

"En nuestro país, los Gobiernos siempre se han caracterizado por enfrentarse abierta o ladinamente a todo lo que venga de la Iglesia, mientras los propios católicos españoles se enfrentan entre sí y, mientras tanto, la casa sin barrer", explica Verdoy.

De ahí la mayor dificultad para que también en España se 'franciscanice'. "La Iglesia de España tiene que hacer una apuesta grande por la renovación de sus estructuras de gobierno, para poder actuar con pasión, con discernimiento y con libertad", concluye el director de 'Razón y fe'.