jueves, 30 de enero de 2014

FE SENCILLA - José Antonio Pagola


FE SENCILLA - José Antonio Pagola

El relato del nacimiento de Jesús es desconcertante. Según Lucas, Jesús nace en un pueblo en el que no hay sitio para acogerlo. Los pastores lo han tenido que buscar por todo Belén hasta que lo han encontrado en un lugar apartado, recostado en un pesebre, sin más testigos que sus padres.

Al parecer, Lucas siente necesidad de construir un segundo relato en el que el niño sea rescatado del anonimato para ser presentado públicamente. ¿Qué lugar más apropiado que el Templo de Jerusalén para que Jesús sea acogido solemnemente como el Mesías enviado por Dios a su pueblo?

Pero, de nuevo, el relato de Lucas va a ser desconcertante. Cuando los padres se acercan al Templo con el niño, no salen a su encuentro los sumos sacerdotes ni los demás dirigentes religiosos. Dentro de unos años, ellos serán quienes lo entregarán para ser crucificado. Jesús no encuentra acogida en esa religión segura de sí misma y olvidada del sufrimiento de los pobres.

Tampoco vienen a recibirlo los maestros de la Ley que predican sus “tradiciones humanas” en los atrios de aquel Templo. Años más tarde, rechazarán a Jesús por curar enfermos rompiendo la ley del sábado. Jesús no encuentra acogida en doctrinas y tradiciones religiosas que no ayudan a vivir una vida más digna y más sana.

Quienes acogen a Jesús y lo reconocen como Enviado de Dios son dos ancianos de fe sencilla y corazón abierto que han vivido su larga vida esperando la salvación de Dios. Sus nombres parecen sugerir que son personajes simbólicos. El anciano se llama Simeón (“El Señor ha escuchado”), la anciana se llama Ana (“Regalo”). Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todas los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios.

Los dos pertenecen a los ambientes más sanos de Israel. Son conocidos como el “Grupo de los Pobres de Yahvé”. Son gentes que no tienen nada, solo su fe en Dios. No piensan en su fortuna ni en su bienestar. Solo esperan de Dios la “consolación” que necesita su pueblo, la “liberación” que llevan buscando generación tras generación, la “luz” que ilumine las tinieblas en que viven los pueblos de la tierra. Ahora sienten que sus esperanzas se cumplen en Jesús.

Esta fe sencilla que espera de Dios la salvación definitiva es la fe de la mayoría. Una fe poco cultivada, que se concreta casi siempre en oraciones torpes y distraídas, que se formula en expresiones poco ortodoxas, que se despierta sobre todo en momentos difíciles de apuro. Una fe que Dios no tiene ningún problema en entender y acoger.

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la acogida sencilla de Jesús como Salvador. Pásalo.
2 de febrero de 2014
Presentación del Señor (A)
Lucas 2, 22-40
ORACIÓN DE ANA: AQUÍ ESTOY, SEÑOR
Escrito por  Florentino Ulibarri

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo,
estremecida, aturdida, vigilante,
expectante... enamorada,
percibiendo cómo avivas en mi pobre corazón
los rescoldos del deseo de otros tiempos.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo,
sintiendo cómo despiertas, con un toque de nostalgia,
mi esperanza que se despereza y abre los ojos,
entre asustada y confiada,
deslumbrada por el agradecimiento.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu casa,
enfrentada a las paradojas de esperar lo inesperable,
de amar lo caduco y débil,
de confiar en quien se hace humilde,
de enriquecerse entregándose.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu casa,
con la mirada clavada en tus ojos que me miran
con el anhelo encendido y el deseo en ascuas,
luchando contra mis miedos,
queriendo entrar en tus estancias.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo y casa,
medio cautiva, medio avergonzada,
a veces pienso que enamorada,
queriendo despojarme de tanto peso, inercia y susto...
para entrar descalza en este espacio y tiempo de gracia.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo y casa,
intentando traspasar la niebla que nos separa,
rogándote que enjugues tú mis lágrimas,
queriendo responder a tu llamada con alegría
y salir de mí misma hacia el alba.

Aquí estoy, Señor,
orientando el cuerpo y el espíritu
hacia el lugar de la promesa que no veo,
aguardando lo que no siempre quiero,
lo que desconozco,
lo que, sin embargo, es mi mayor certeza y anhelo.

Aquí estoy, Señor,
¡Tú sabes cómo, mejor que nadie!
¡No te canses de venir!
¡No te canses de llegar!
¡No te canses de entrar
en nuestras vidas y en nuestras historias!

Yo continuaré aquí, confiando en tu promesa
y anunciando tu presencia.

Florentino Ulibarri



JESÚS ENRAIZADO EN LA VIDA DEL PUEBLO
Escrito por  Fray Marcos
Lc 2, 22-40

Esta fiesta de la Presentación de Jesús en el templo se llama en oriente "el encuentro" (Hypapante en griego). En occidente tomó el nombre de la purificación de María o "la candelaria" porque la ceremonia más vistosa de este día era la procesión de las candelas. En la nueva liturgia se llama "la presentación del Señor". En esta fiesta se retoma el simbolismo de Epifanía y se recuerda a Jesús como luz de todos los pueblos.

Podría ser interesante hacer una composición de lugar y tiempo para comprender los textos. La familia de Jesús, muy probablemente procedía de Judea. Nos da pie para sospechar esto los nombres de sus miembros y los numerosos indicios que encontramos en todos los evangelios. Se trasladarían desde Judea en alguna de las repoblaciones que se llevaron a cabo en Galilea después de las deportaciones.

Este dato nos puede asegurar que la familia cumplía estrictamente la Ley, aunque sabemos que los galileos, por estar lejos del templo y de los fariseos y letrados, escapaban al control de los oficiales de la religión y eran mucho menos estrictos en el cumplimiento de las normas legales. Esta circunstancia permitió al mismo Jesús predicar y actuar al margen de lo que estaba legislado y exigido.

Aunque podemos estar seguros de que Jesús fue presentado en el templo a los cuarenta días de nacer, no quiere decir que el relato aluda a lo que pasó históricamente. El relato es un tratado de teología que intenta presentarnos a Jesús completamente integrado en el pueblo judío. Todo son símbolos, incluidos los dos personajes que aparecen como próximos al templo y esperando la salvación del pueblo.

En la ley de Moisés estaba prescrito que todo primogénito debía dedicarse al servicio de Dios en el templo. Cuando ese servicio se reservó a la tribu de Leví, los primogénitos debían ser rescatados de la obligación de servir al Señor, con una cantidad de dinero. La ofrenda era exigida por la purificación de la madre. Lucas nos advierte que José y María tuvieron que conformarse con la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas.

Es inverosímil que un anciano y una profetisa descubrieran en un niño, completamente normal, al salvador esperado por Israel. Pero es muy interesante que dos ancianos del pueblo se hubieran pasado la vida esperando y con los ojos bien abiertos para descubrir el menor atisbo de que se acercaba la liberación para el pueblo. No me extraña que Lucas muestre a María y a José pasmados ante lo que se decía del niño.

Pero la extrañeza carece de lógica, teniendo en cuenta lo que nos había dicho en el capítulo anterior. María tenía que haber dicho a Simeón. Yo ya lo sabía, había dado consentimiento para que en mi seno se encarnara el Hijo de Dios. Además los ángeles y los pastores les habían dicho quién era aquel niño. Una prueba más de que en los relatos de la infancia no tenemos que buscar lógica narrativa, sino impulso teológico.

Simeón va al templo movido por el Espíritu. No solo toda la vida de Jesús la presenta como consecuencia de la actuación del Espíritu, todo lo que sucede a su alrededor está dirigido por el mismo Ruah de Dios que lleva adelante la liberación de su pueblo. La voluntad de Dios se va cumpliendo y se va manifestando paso a paso. Todo lo que sucede en torno a Jesús tendrá como última consecuencia la iluminación del mundo.

Ana aparece más pegada al AT. Identificada con el Templo que era la columna vertebral de toda la espiritualidad judía. Toda su vida al servicio de la institución que mantenía viva la esperanza de una definitiva liberación. Es muy curioso que proclame la grandeza del niño que va a desbaratar esa misma institución y a proponer algo completamente nuevo, para una relación con Dios absolutamente distinta.

Es interesante resaltar que todos los números que se refieren a la edad de Ana son simbólicos. Se casaban a los 14 (dos veces 7). Siete de casada. 84 (12x7) de viuda. El 12 número de las tribus de Israel y el siete, el número más repetido en la Biblia como signo de plenitud. Fijaros que 14+7+84=105. Esa edad era impensable en aquella época. Una muestra más de que los evangelios no buscan historia sino teología.

¿Qué puede significar para nosotros hoy esta fiesta? Me acuerdo cuando se celebraba con gran solemnidad. Era una de las grandes fiestas del año litúrgico. Hoy tenemos que esperar la carambola de que caiga en domingo para poder hacerle algún caso. Vamos a intentar aprovechar esta oportunidad para acercarnos al Jesús que fue tan niño como todos nosotros y vivió la pertenencia al pueblo judío con toda normalidad.

El final del relato es bastante realista y se aparta de toda ensoñación: "El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría". Como todos los niños nació como un proyecto que tiene que ir desarrollándose. Parece que se ha olvidado de todas las maravillas que nos había contado sobre él. Debemos convencernos de que fue un niño completamente normal, que, como todos los niños, tuvo que partir de cero para ir completando su personalidad.

En el relato siguiente, que hace referencia al niño perdido, es todavía más concreto: "Y Jesús iba creciendo en estatura en conocimiento y en gracia ante Dios y los hombres". Lucas lo tiene muy claro: Jesús es un niño normal que tiene que recorrer una trayectoria humana exactamente igual que cualquier otro niño. Por desgracia no es esto lo que hemos oído desde pequeños. El haberle divinizado desde antes de su nacimiento, nos ha separado de su humanidad y nos ha despistado en lo que podía tener de ejemplo.

Que Jesús haya desarrollado su infancia en contacto con una profunda religiosidad judía, es muy importante a la hora de valorar su trayectoria personal. Si no hubiera vivido dentro de la fe judía, nunca hubiera llegado a la experiencia que tuvo de Dios. Esto nos tiene que hacer pensar. Lo que Jesús nos enseño no lo sacó de la chistera como si fuera un prestidigitador. Fue su trayectoria religiosa lo que le llevó a la experiencia de Dios que luego se transformó en mensaje.

Todo lo que Jesús nos contó sobre Dios, lo vivió antes como hombre que va alcanzando una plenitud humana. Su propuesta fue precisamente que nosotros teníamos que alcanzar esa misma plenitud. Su objetivo y el nuestro es el mismo: desplegar todo lo que hay de posibilidad humanizadora en cada uno de nosotros. Esa posibilidad de crecer hasta el infinito está disponible gracias a lo que Dios es en cada uno de nosotros.

Es la misma religión la que a veces nos aparta de ese objetivo. Nos propone otros logros intermedios como meta y así nos despista de lo que tenía que ser el punto de llegada de toda trayectoria verdaderamente humana. Todo lo que no sea esta meta, debemos considerarlo como medio para alcanzar el fin.

Jesús nos marcó el camino recorriéndolo él antes. Por eso sigue siendo tan importante acercarnos lo más posible a su trayectoria humana. Si fuera un extraterrestre caído del cielo, no nos hubiera servido como modelo de humanidad. Siendo uno de nosotros podemos fiarnos de lo que nos dice, porque antes lo vivió él mismo. Ya no tiene mayor importancia lo que hubiera sido antes ni lo que podía ser después de su vida terrena.

Meditación-contemplación

Desde nuestra perspectiva del s. XXI
no es necesario que nadie me presente ante Dios.
Sé que soy más de Él que de mi mismo
y nada sería si pudiera separarme de Él.
............................

Esa realidad desconcertante que me sobrepasa
no puede transformar mi vida si no la descubro.
Una vez descubierta y aceptada,
me abre posibilidades infinitas de ser humano.
................................

Desplegar esas posibilidades es mi fin último.
En la medida que camine hacia esa meta
alcanzaré mayor plenitud humana,
Daré sentido a mi vida Y encontraré la felicidad.
.................................


Fray Marcos





Más que un Papa, más que un Concilio
Por Xabier Pikaza

Muchos están (estamos) sorprendidos con las cosas que dice y que hace el Papa Francisco, en línea de evangelio. Nos parece muy bien, pero pensamos que la Iglesia necesita más que un Papa (aunque un Papa en la línea de Francisco es necesario).

Muchos estamos convencidos de que el Concilio Vaticano II (1962-1965) fue un don para la Iglesia, y que su visión general y sus documentos deben ser actualizados y cumplidos. Pero pensamos que ya no basta un Concilio, pues quizá la era de los concilios episcopales de la Iglesia, que empezó en el palacio imperial de Nicea ha terminado.

Necesitamos algo más, más que papa, más que un concilio...

1. Más que un mero concilio
Resulta comprensible que algunos, en este momento de cambios, deseen la celebración de un nuevo concilio, que diga lo que debe ser la Iglesia y dentro de ella la estructura de la jerarquía, siguiendo el modelo medieval del Concilio de Constanza (1414-1418). Les gustaría que se definieran pronto nuevas estructuras para la iglesia, resolviendo desde arriba temas como el celibato, ordenación de mujeres, poder de los obispos, función del Papa...

‒ No es momento. Ahora, año 2014, cuando la mayoría de obispos de la Iglesia Católica han sido nombrados en una línea muy sacral e incluso fundamentalista, un Vaticano III al que sólo asistirían ellos, sería poco representativo del conjunto de la iglesia y de la dinámica del evangelio. Por otra parte, un concilio cristiano resulta hoy imposible sin la participación del conjunto de las iglesias que están comprometidos desde Jesús al servicio de los pobres, católicos, protestantes u ortodoxos etc.

‒ Empezar desde la vida. Más que un Concilio, que decida desde arriba lo que son o deben hacer los creyentes, queremos iglesias que exploren y busquen caminos de evangelio, desde abajo, mientras sirven a los pobres, en comunión mutua, sin esperar soluciones exteriores. Por eso, con el lenguaje anterior, parece necesario que siga existiendo todavía un tiempo de «caos», para aprender a compartir el sufrimiento de los expulsados y para abrir con ellos un camino de libertad, en el gran bazar del mundo. Nadie (ni dentro ni fuera de la iglesia) tiene que dar a los cristianos autoridad para pensar y celebrar, para organizarse y decidir su vida, pues la autoridad la tienen ellos mismos (cf. Mt 18,15-20), de manera que son concilio permanente.

‒ Contra la endogamia. Un concilio cerrado sobre sí, ocupado sólo de temas internos de la iglesia, sería signo de egoísmo. Lo que importa son los pobres, no un concilio central. Por otra parte, en la medida en que es comunión y servicio de amor, toda la vida cristiana es concilio, es decir, reunión permanente de los convocados por el Espíritu de Cristo, para anunciar el evangelio de la libertad y de la vida. Según eso, el posible Concilio no ha de ser un acto separado, sino expresión de la vida de las iglesias, bazar permanente de contactos múltiples donde hombres y mujeres regalan y comparten su vida (cf. 1 Cor 13).

Éste es el principio de la experiencia cristiana: que la iglesia pueda alzarse y decir humildemente que «los pobres son evangelizados», añadiendo que todos los cristianos pueden reunirse, en un gesto de amor, para comunicarse entre sí, para ofrecer libertad a los oprimidos y expulsados de la vida, proclamando así su fe en el Dios creador, en la línea de Jesús. El auténtico Concilio de las iglesias es su vida diaria, en la que se van creando formas concretas y comprometidas de presencia y servicio a los pobres, a quienes ofrecen palabra y pan, dignidad y comunión de amor.

Estaríamos así ante un Concilio permanente, llamados a crear un lenguaje de comunicación directa (no sacralizada), un lenguaje de salud y apertura a los marginados, uniendo razón y sentimiento, gozo por Dios y compromiso a favor de la vida (desde los pobres y excluidos de la sociedad), partiendo de unas iglesias donde hombres y mujeres de diverso origen comparten la palabra y el pan. Por eso, más que celebrar un Concilio importa ser concilio, promoviendo redes multifocales de comunicación directa y universal, que se expresan en el pan compartido, que no cierran, ni excluyen a nadie, sino que capacitan a todos para recorrer la travesía de lo humano .

NOTA. En ese sentido, ser cristiano es «vivir en concilio», cultivando la unidad que brota de la palabra y de la vida compartida, desde los más pobres. Sólo en ese contexto podrá hablarse de obispos y papas, con otros ministros igualmente importantes. El cristianismo es concilio o red de relaciones que no se pueden cosificar (delegar), de manera que nunca pueda surgir una persona (un Papa) o un comité (autoridad colegiada) que acalle a los demás y hable en su nombre sin haberles escuchado. Este cristianismo conciliar al que aludo no tiene que hacer grandes cosas (alzar catedrales, crear comisiones, ganar guerras), sino simplemente ser puente o cátedra donde todos puedan encontrarse.

Estas cuestiones fueron discutidas en la primera mitad del siglo XV (concilios de Constanza, Basilea, Florencia...), y deben resolverse asumiendo las dos "autoridades" como funciones inseparables y complementarias.

(1) Autoridad conciliar de la comunicación, con el surgimiento de redes que nunca se encierren en sí mismas o actúen de un modo impersonal, pues lo que importa es el contacto inmediato, en el plano de la vida, el encuentro directo, de los ojos con los ojos, de las manos con las manos, de la palabra con la palabra, en afecto corporal y espiritual, simbolizado en el pan compartido.

(2) Autoridad de las personas, volver a los hombres y mujeres insertos en esa red de conexiones y concilios, para recordarnos que son ellos, los hombres y mujeres concretos, los que entregan la vida y la comparten, en esperanza de resurrección; en ese contexto hay que insistir en el valor de las personas (obispos, papa, otros tipos de ministros), pero no por encima de otras personas sino con ellas.

2. Más allá de lo que hay. Más que un mero papa, gran utopía.
Como vengo indicando, hasta ahora ha triunfado un tipo de globalización económico-política, que ha tomado formas helenistas o, mejor dicho, platónicas, con separación de niveles (arriba lo espiritual, abajo lo material) y con estructuras jerárquicas, donde los nobles (los sabios-dignos-superiores) dominan sobre los plebeyos (ignorantes-indignos-inferiores). En estos últimos siglos, ese modelo ha desembocado en un tipo de capitalismo neoliberal, estableciendo un nuevo y más fuerte modelo de separación clasista en el plano económico y técnico, militar y administrativo. Pues bien, en contra de esa tendencia buscamos la catolicidad cristiana, partiendo de la gracia de Dios que se expresa por los pobres.

Por eso, por coherencia histórica y espíritu evangélico, los que se dicen sucesores de Pedro y los dirigentes de las iglesias han de volver al lugar donde estuvo Jesús (y los primeros cristianos: Magdalena, Pedro, Pablo...), entre los hambrientos y marginados del imperio antiguo, para redescubrir y recrear la catolicidad del evangelio, sin tomar para ello el poder, pues si lo tomaran dejarían de ser signo de evangelio .

(( Los cristianos pueden y deben alegrarse del decreto de tolerancia de Constantino, pero sin aceptar en modo alguno su «regalo de poder», es decir, su patronazgo, ni volverse dependientes del imperio para cumplir sus funciones (fue malo que se reunieran en el palacio imperial de Nicea para celebrar su Concilio). En esa línea hay que superar el platonismo espiritualista y jerárquico antiguo (que se olvida de los pobres) y un tipo de ilustración capitalista que igualmente los margina (pues no le importan, de hecho, los hombres reales), para volver a la inspiración del evangelio, como principio de revolución (mutación) humana, desde los excluidos del sistema)).

Lo que une a la Iglesia no son unos "dogmas" propuestos de un modo más o menos helenista (según los concilios), ni unas leyes fijadas en un Código Canónico, ni unos jerarcas superiores, sino la mutación evangélica de Cristo, que se expresa en el amor mutuo y el pan compartido, en un perdón que no se ofrece desde arriba (como efecto de una misericordia clasista), sino desde los mismos pecadores perdonados. En ese contexto se sitúa la declaración fundacional de la primera asamblea o Concilio de Jerusalén, donde los representantes de las comunidades (que no eran obispos), discutieron, dialogaron y terminaron poniéndose de acuerdo en lo fundamental, para declarar: «Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros...» (Hech 15, 28). Este «nos ha parecido...» significa que los cristianos se descubren impulsados por el Espíritu de Cristo y de esa forma «les parece bien» que las comunidades de línea paulina (aceptadas por Pedro) pueden abrirse a los gentiles, pidiéndoles sólo que "se acuerden de los pobres" (cf. Gal 2, 9-10.

Ciertamente, dentro de la comunión compartida del Espíritu puede y debe haber funciones diferentes (cf. 1 Cor 12-14), como aquella que el Jesús pascual confió a Pedro al decirle: «Simón, Simón, he aquí que Satanás ha querido cribaros como al trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no decline; por eso tú, una vez que te conviertas, fortalece a tus hermanos» (Lc 22, 31-32). Pedro cumplió una tarea muy importante en el comienzo de la Iglesia, pero con él debemos recordar a Magdalena y a María, la madre de Jesús, con Santiago y con Pablo y con otros muchos. El Dios de Jesús habla a cada uno, en su intimidad, pero en comunión con otros.

Sin duda, es importante que lo creyentes escuchen de un modo personal la Palabra (a través de la Escritura o por inspiración interna), como han puesto de relieve los cristianos evangélicos. Pero hay que potenciar también la vida de las comunidades, que exploran y tantean, que abren y ofrecen caminos de experiencia compartida (de evangelio), en este tiempo (año 2014) en que muchos nos sentimos amenazados por el sistema, condenados al individualismo o dominados por grupos de presión que quieren imponernos su dictado.

En ese contexto he de señalar que todos los cristianos son sacerdotes, porque el sacerdocio común de los fieles (fundado en la fe y en el bautismo, es decir, en la inserción eclesial) es lo primero. Por eso, la celebración del bautismo y de la eucaristía no es un derecho que los obispos o el Papa conceden a los fieles, al ordenar algunos sacerdotes especiales, sino un elemento esencial de las comunidades, que pueden recibir a nuevos creyentes y celebrar la memoria de Jesús. Por eso debo indicar que no es la jerarquía la que hace posible la eucaristía, sino al contrario: la misma eucaristía, celebrada por el conjunto de la comunidad, reunida en nombre de Jesús, hace posible el surgimiento de una comunidad donde los creyentes poseen y comparten dones diferentes, pero todos al servicio del mismo cuerpo eclesial (cf. 1 Cor 12-14) .





La paloma, la gaviota y el cuervo
Javier Montes sj

El domingo pasado en la plaza de San Pedro el Papa Francisco soltó una paloma blanca tras hacer un llamamiento a favor de la paz. El gesto, seguramente repetido cada año, no ha pasado desapercibido porque en seguida un cuervo y una gaviota atacaron a la paloma en una escena que bien parece una metáfora de la realidad. Y es que la paz, que tanto cuesta ir logrando, es bien débil y frágil.

Cada año, en torno al 30 de enero, aniversario de la muerte de Gandhi, se celebra la semana de la paz. Tristemente, este año, hay que unir Sudán del Sur y la República Centroafricana a los lugares donde la paz se está quebrando y donde miles de inocentes ven peligrar sus vidas. Pues tras años de esfuerzos, equilibrios y negociaciones, la ambición de unos pocos, y los intereses de países ajenos, han hecho que vuelva el terror. Y no hay que irse tan lejos. Cada uno, en nuestros entornos domésticos, laborales, eclesiales o políticos vivimos tensiones que van pueden crecer y cristalizar en una violencia más o menos sutil.

La memoria de Gandhi, como la de Luther King, Ellen Johnson, Malala, Jesús de Nazaret y otras muchas personas que han entregado sus vidas a luchar por la paz, nos recuerda que en esa fragilidad es donde somos más fuertes, y que aunque sea débil y atacada por cuervos y gaviotas, tenemos que seguir trabajando para que en nuestro mundo reine una paz en la que podamos dar lo mejor de nosotros mismos.

 La paloma, la gaviota y el cuervo
Javier Montes sj