viernes, 17 de enero de 2014

CON EL FUEGO DEL ESPÍRITU - José Antonio Pagola


CON EL FUEGO DEL ESPÍRITU - José Antonio Pagola

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.

Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.

El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.

Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.

La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.

Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra... no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.

Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco?
José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye  a promover una renovación con Espíritu. Pásalo.
19 de enero de 2014
2 Tiempo ordinario (A)
Juan 1, 29-34
INICIO DE UN TIEMPO EVANGÉLICO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Son tantas y tantas las veces
que has pasado a mi vera
silbando tus canciones,
rozándome con tu brisa,
haciéndome guiños y risas,
deteniendo tu presencia...,
que me siento sin respuesta.

Y son tantas y tantas las veces
que he visto bajar al Espíritu
y posarse en personas anónimas
que caminan por este mundo
buscando la verdad a tientas,
a solas o en compañía fraterna...,
que me avergüenzo de mi inercia.

Por eso, al escuchar de nuevo
esa voz que anuncia tu presencia,
hago un alto en mis sendas,
abro mis entrañas yermas,
me despojo de toda pertenencia
y permanezco atento por si llegas...
y quieres hacerme de tu cuadrilla nazarena.

Florentino Ulibarri



JESÚS ELIMINÓ LA OPRESIÓN DEL MUNDO
Escrito por  Fray Marcos
Jn 1, 29-34

Es curioso que en este segundo domingo del tiempo ordinario, se nos propone en los tres ciclos un evangelio de Juan. La liturgia quiere que sigamos pensando en el bautismo de Jesús. Este texto nos da una teología muy elaborada sobre el tema. Esta teología es lo que nos interesa a nosotros.

Como hacen los sinópticos, pone en labios del Bautista la cristología de su comunidad a finales del s. I, como base y fundamento de la comprensión de Jesús que va a desplegar en su evangelio. Esto no quiere decir que el Bautista tuviera una idea clara de quién era Jesús. Ni siquiera sus discípulos más íntimos supieron quién era, después de vivir con él tres años; menos podía saberlo el Bautista, antes de comenzar su predicación.

Debió durar mucho tiempo la controversia con los seguidores de Juan sobre quién era mayor: Jesús o Juan Bautista. Juan quiere dejar claro que no hay rivalidad ninguna entre Jesús y el Bautista. Para ello nos presenta un Bautista totalmente integrado en el plan de salvación de Dios. Su tarea es la de precursor, es decir preparar el camino al verdadero Mesías.

Fijaros que Juan no narra el bautismo en sí; va directamente al grano y nos habla del Espíritu, que es lo verdaderamente importante en todos los relatos del bautismo de Jesús.

En el relato queda clara la intención del evangelista de considerar al Bautista como el primer testigo de lo que Jesús era. Confiesa a Jesús: como cordero de Dios, preexistente, portador del Espíritu e Hijo de Dios. No se puede decir más con menos palabras.

Está claro que se está reflejando aquí, no solo la experiencia pascual, sino setenta años de evolución cristología en la comunidad de Juan. Es una pena que después, hayamos interpretado tan mal esa experiencia. Hemos reducido la presencia de Dios en Jesús, a una realidad extrínseca, estática y dogmática, quitándole todo lo que tiene de proceso dinámico y humano, para él y para nuestra vida de cristianos.

"El cordero de Dios". Es muy difícil precisar lo que este título significaba para aquella comunidad.

Podían entenderlo en sentido apocalíptico: un cordero victorioso que aniquilará definitivamente el mal (la bestia). Este concepto encajaría con las ideas del Bautista; pero no con las de Jesús.

Podían entenderlo como el Siervo doliente. No hay pruebas de que se hubiera identificado al Mesías con el siervo doliente de Isaías, antes del cristianismo. Juan sí interpretó la figura del Siervo, aplicada a Jesús, pero nunca con el sentido expiatorio de pagar un rescate por nosotros.

Probablemente haría referencia al cordero pascual, que era para el judaísmo el signo de la liberación de Egipto. No tiene connotación sacrificial. Juan quiere decir que por Cristo somos liberados de la esclavitud.

..."que quita el pecado del mundo". Es una frase que manifiesta una cristología muy elaborada. En ningún caso la pudo pronunciar Juan Bautista. Para nosotros es una frase muy interesante, que nos puede llevar a un descubrimiento de lo que aquellos primeros cristianos pensaban de Jesús como salvador. Esta idea no tiene nada que ver con la idea de rescate en la que después se deformó, siguiendo el AT.

El concepto de pecado en el AT debe ser el punto de partida para entender su significado en el NT. Los profetas arremeten contra el pecado de los dirigentes, que olvidándose de la Alianza se erigen en señores que oprimen impunemente al pueblo y le obligan a servirlos a ellos en vez de servir a Dios. Al pecar los poderosos, hacen responsable a todo el pueblo de ese pecado.

Ni en el AT ni en el NT se había desarrollado el concepto de pecado individual que manejamos nosotros. Hoy estamos en el otro extremo del péndulo; no tenemos conciencia de pecado al mantener una injusticia colectiva que clama al cielo.

En la frase que estamos comentando, "pecado", tanto en griego como en latín, está en singular. No se refiere a los "pecados" individuales, tal como los entendemos hoy. En el evangelio de Juan, "pecado del mundo" tiene un significado muy preciso. Se trata de la opresión que las fuerzas del mal causan al ser humano. Es lo único que impide al hombre desarrollarse como persona.

Se trata de la injusticia, la humillación, la esclavitud en el doble sentido moral y físico. Todos los demás pecados se reducen a este: hacer daño al hombre de cualquier forma.

El modo de "quitar" este pecado, no es una muerte expiatoria. Esta idea nos ha despistado durante siglos y nos ha impedido entrar en la verdadera dinámica de la salvación que Jesús ofrece. Jesús quita el pecado del mundo destruyendo la opresión, activa y pasiva, no pagando a Dios una deuda que nosotros habíamos contraído.

Esta manera de entender la salvación de Jesús es consecuencia de una idea arcaica de Dios. En ella recuperamos el mito ancestral del Dios ofendido que exige la muerte del Hijo para satisfacer sus ansias de justicia. Estamos ante la idea de un Dios externo, soberano y justiciero que se porta con Jesús y con nosotros como un tirano. Nada que ver con la experiencia del Abba que Jesús vivió.

Podríamos decir que Jesús, para luchar contra el mal, emprende el camino del cordero, no del toro que embiste con toda su fuerza... El "pecado del mundo" (opresión) no tiene que ser expiado, sino eliminado.

Jesús quitó el pecado del mundo escogiendo el camino del servicio, de la humildad, de la pobreza, de la entrega hasta la muerte. Esa actitud anula toda forma de dominio, por eso consigue la salvación total. Es el único camino para llegar a ser hombre auténtico.

Jesús salvó al ser humano, suprimiendo de su vida toda opresión que impida el proyecto de creación definitiva y total del hombre. Jesús nos abrió el camino de la verdadera salvación, ayudando a todos los oprimidos a salir de su opresión. Cogiéndoles por la solapa y diciéndoles: Eres libre, sé tú mismo, no dejes que nadie te destroce como ser humano; en tu verdadero ser, nadie podrá someterte si tú no te dejas.

En tiempo de Jesús, esta opresión inhumana y deshumanizadora era ejercida no solo por Roma, la potencia ocupante, sino por la casta sacerdotal y los letrados.

Jesús vivió esta libertad durante su vida. Fue siempre libre. No se dejó avasallar ni por su familia, ni por las autoridades religiosas, ni por las autoridades civiles, ni por los guardianes de las Escrituras (letrados), ni por los guardianes de la Ley (fariseos). Tampoco se dejó manipular por sus amigos que tenían objetivos muy distintos a los suyos (los Zebedeo, Pedro).

Esta perspectiva no nos interesa porque nos obliga a estar en el mundo con la misma actitud que él estuvo; a vivir con la misma tensión que él vivió.

No tenemos que oprimir a nadie de ningún modo. No tengo que dejarme oprimir. Tengo que ayudar a todos a salir de cualquier clase de opresión. Jesús quitó el pecado del mundo. Si de verdad quiero seguir a Jesús, tengo que seguir suprimiendo el pecado del mundo. Hoy Jesús no puede quitar la injusticia, somos nosotros los que tenemos que eliminarla.

La religiosidad intimista, la perfección individualista, que se nos han propuesto como meta del camino espiritual, es una tergiversación del evangelio si no hacemos todo lo posible para que nadie sea oprimido.

El presentarse como cordero no vende en nuestros días. En el mundo en que vivimos, si no explotas te explotan; si no estás por encima de los demás, los demás te pisotearán.

Este sentimiento es instintivo y mueve a la mayoría de las personas a defenderse con violencia, incluso antes de que el atraco se cometa. Pero hay que tener en cuenta que esta postura obedece al puro instinto de conservación. Es un sentimiento que está al servicio de la individualidad, del falso yo. Es precisamente ese egoísmo el que tenemos que superar si queremos entrar en la dinámica del amor, es decir, de la verdadera realización humana.

Es el oprimir al otro, no que me opriman, lo que me destroza como ser humano. Jesús prefirió que le mataran antes de imponerse a los demás. Esta es la clave que no queremos descubrir, porque nos obligaría a cambiar nuestra conducta.

Meditación-contemplación

Jesús es el cordero que eliminó del mundo la opresión.
Es el mejor resumen de toda la actuación de Jesús.
Solo actuando como cordero, se puede conseguir ese objetivo.
Arremetiendo contra los demás, se aumenta la violencia.
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Ser cristiano significa repetir las actitudes y manera de actuar de Jesús.
Por más que nos empeñemos no existe otro camino.
Ser libre, ser fuerte, no dejarse dominar, sin emplear la violencia,
he ahí el secreto del que quiera ser cristiano de verdad.
..........................

La fuerza que necesito, la tengo dentro de mí.
Ni instituciones ni ritos ni ceremonias ni doctrinas te darán seguridad.
Si descubro dentro de mí a Dios Espíritu, nada puede hacerme daño.
Esa fuerza ya está en mí, no tengo que esperar a que me la den.
...............................

Fray Marcos


CREO EN JESÚS, EL HOMBRE LLENO DEL ESPÍRITU
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 1, 29-34

Este pasaje, tomado del evangelio de Juan, es la presentación de Jesús, puesta en boca de Juan Bautista. Después del formidable "Prólogo Teológico", el cuarto evangelio recoge la figura del Bautista, deja muy claro que ése no es el Mesías, sino su pregonero, y pone en su boca las palabras que conducen a Jesús, que son las que leemos hoy en el Evangelio.

El texto estuvo históricamente justificado para recuperar para la Iglesia a algunas comunidades de discípulos del Bautista que todavía existían. Estas comunidades mantenían el rito bautismal de Juan Bautista. Se contrapone a este rito el del bautismo cristiano: los cristianos bautizan "en el nombre de Jesús", y el bautismo es una infusión del Espíritu, una incorporación a Jesús.

Jesús, cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

La imagen del cordero se toma del AT, de los sacrificios en el templo. Los israelitas inmolaban animales, vacas, corderos, palomas. Unas veces se quemaban parcialmente en el altar y se comía el resto, era un sacrificio de comunión. Otras veces se quemaban totalmente: era un holocausto, como reconocimiento de la soberanía de Dios o como víctima para expiación de los pecados. Es una víctima inocente, que paga por los pecados de los demás.

Esta imagen, de la víctima sacrificada por los pecados, se aplica a Jesús. Pero Juan se lo aplica al comienzo de su vida pública, no después de que muera en la cruz, aunque el evangelio se escribe mucho después de su muerte, por lo que las palabras pueden no ser de Juan Bautista sino de Juan Evangelista.

De todas formas, la imagen es muy desafortunada. La noción de sacrificio conlleva necesariamente la persuasión de que hay que aplacar a Dios, irritado por nuestros pecados.

Es famosa la imagen, repetida en infinidad de textos en el AT, de Dios aspirando por sus narices el "calmante aroma" del sacrificio, y desistiendo por ello de castigar al pecador.

La imagen supone por tanto toda una teología del pecado y la antecedente concepción de Dios. Dios es el Señor/Legislador/Juez; el pecado es una ofensa, que Dios ha de castigar, a menos que se pague por ella para evitar el castigo.

Pero esta concepción es odre viejo que Jesús rasgó. Dios no es así: Dios es la madre que engendra por amor, se esfuerza en sacar adelante a sus hijos y está siempre ofreciendo gratis su perdón, porque lo que más desea es la salud de sus hijos. Jesús presenta a Dios como médico, como pastor que vuelve al monte a por la oveja, como mujer feliz de encontrar su moneda, como padre del hijo pródigo.

Y el pecado no es ofensa sino oscuridad y enfermedad. Por eso Jesús cura ciegos, toca leprosos para curar, se presenta como luz, como lámpara ... Así que al Padre no hay que pagarle nada, ni suplicarle insistentemente que perdone ... Sólo hay que volverse a Él y dejarse abrazar. Toda una manera nueva y mucho mejor que la del AT.

Y sin embargo parece que para la teología de la redención, a lo largo de siglos en la historia de la Iglesia, el AT es más fuerte que el Evangelio. Parece que la Buena, Buenísima Noticia, la Estupenda Novedad de Jesús nos interesa menos que los ritos y creencias viejas.

Por eso quizá nuestra teología y nuestros rituales están llenos de expresiones y ritos del AT, que Jesús destruyó y nosotros hemos recuperado. Por eso, al principio de la eucaristía, pedimos una docena de veces perdón a Dios y suplicamos la intercesión de todos los santos para conseguirlo. Por eso hemos convertido la comida fraterna en sacrificio, que no se celebra alrededor de la mesa sino mirando a la cruz, imitando actitudes, ritos y fórmulas del AT.

Por eso la cristología ha insistido en el valor sacrificial de la muerte de Cristo, que paga al Padre (apenas cabe pensar expresión más contradictoria que "pagar al padre") lo que nosotros tendríamos que pagar pero no podríamos hacerlo.

Por eso hemos construido toda una teoría de la redención como "satisfacción vicaria", es decir, que Jesús satisface por nosotros, paga en vez de nosotros; y, en resumidas cuentas, el Padre cobra por perdonar.

Aparte de eso, ya es hora que prescindamos de símbolos que significaron algo pero hoy no significan nada. Cordero significa para los judíos "víctima sacrificial". Para nosotros no. Para nosotros no significa más que comida de fiesta. Y si tenemos que explicar los símbolos, resultan inválidos.

Un buen símbolo del sacrificio de Jesús sería, por ejemplo, la vela (el cirio si os resulta más solemne) que se consume para dar luz. Así fue Jesús, se quemó entero para dar luz; y no sólo en la cruz, sino que quemó su vida entera, desde el bautismo. Símbolo excelente, que además se puede aplicar a todos. Las madres se queman por sus hijos. Los empresarios se queman por la empresa... usamos estas expresiones. Quemarse para los demás es la esencia de seguir a Jesús.

Pero los mejores símbolos del sacrificio de Jesús son los que Él eligió al despedirse: el pan y el vino. Granos de trigo enterrados para que haya cosecha, espigas segadas, granos machacados, harina amasada, fermentada, cocida al horno para ser pan... para morir en el que se come ese pan, para que tengamos fuerzas para vivir.

Granos de uva arrancados de la vid, machacados y fermentados para ser vino, vino que morirá cuando lo bebamos y nos dará energía y ardor.

Eso fue Jesús, y así se vio Jesús encima de la mesa de la última de sus cenas con los discípulos. Y así queremos ser nosotros, y por eso comulgamos, juntos alrededor de la mesa, con Jesús/pan/vino.

Jesús quita el pecado del mundo.
Y otra vez reducimos el significado a lo puramente jurídico: como paga por nosotros, ya no debemos nada a Dios, estamos sin pecado. Otra vez el AT, otra vez el odre viejo.

No, Jesús no paga, pero Jesús sí quita el pecado, para eso ha vivido. En primer lugar porque nos desculpabiliza. La Buena Noticia sobre el pecado es que no somos culpables sino víctimas, que más que cometer pecados sufrimos nuestros pecados.

¡Qué más quisiera yo que no ser envidioso, que no ser violento, que no estar esclavizado por mi lujuria! ¡Pero vienen en mis genes, las tengo desde antes de nacer, y me estropean, me esclavizan, no puedo con ellas!

Jesús lo vio muy bien, y por eso cambió "ofensa" por "enfermedad". Jesús cambió "desobediencia" por "error". Y Jesús es luz para que no nos equivoquemos. Es alimento para que no seamos débiles, es sanador para curarnos de enfermedades. Y así es como quita nuestros pecados, sanándonos, alimentándonos, dándonos más luz.

Toda teología es una reflexión sobre la Palabra de Dios. Pero es ridículo reflexionar sobre palabras provisionales, imperfectas, raciales, prescindiendo de la palabra.

Las teologías sobre el pecado, la redención, el sacrificio se han olvidado de reflexionar sobre las parábolas de Jesús, sobre las curaciones de Jesús, y se han dedicado a reflexionar sobre otras palabras, muchas de ellas bien ajenas a la Buena Noticia.

CREO EN JESÚS
¿Hasta dónde llega mi fe, mi confianza en Jesús? ¿me quedaré con sus máximas de sabiduría vital o le seguiré también en su fe? ¿Haré mía su doctrina sobre la convivencia, el respeto, el perdón, el compromiso, la exigencia... o haré mío también su Dios?

Más aún, ¿pensaré de él que es un gran hombre, un gran cerebro, un gran corazón, o seguiré adelante y aceptaré que "Dios estaba con Él", que, en efecto, es verdad que Dios no es una difusa realidad incognoscible y arcana, o un temible Soberano que vigila desde su trono de oro, sino algo semejante a lo que nosotros llamamos "una persona", y está ahí, actuando y promoviendo, hasta el punto de que puede aceptarse que Jesús lo califique de "médico", "pastor", "padre"?

En resumidas cuentas ¿hasta dónde le creo a Jesús, hasta dónde me fío de Él?

Las respuestas pueden ser, son de hecho, variadas y todas ellas respetables. Lo que importa no es tanto si la respuesta es "la correcta" sino que sea consciente.

Hay quien se fía de Jesús como maestro de vida. Sus parábolas por ejemplo son un planteamiento definitivamente válido del ser humano y su convivencia. Si le hacemos caso en esto, crearemos una humanidad mucho más humana, con menos dolor y más sentido. Y punto, no hace falta ir más lejos. Lo demás roza con las mitologías.

Pero se quedan aquí. Afirmar cosas tales como que todo esto es "Palabra de Dios" o que Jesús mismo es una encarnación de una divinidad son formas míticas de expresar la admiración que nos produce tanta sabiduría. Adentrarnos en mundos "divinos" es una aventura excesiva, un delirio de las mentes humanas que a lo largo de la historia ha mostrado demasiadas veces su capacidad de fantasear con lo invisible, de crear mitos y símbolos y luego creérselos como revelación de los dioses.

En el extremo contrario, hay quien acepta (con una ingenuidad que produce cierta envidia) que todo lo que se cuenta de Jesús es lo más lógico y razonable del mundo. Si está lleno (diríamos que "poseído") de la divinidad, todo lo que nos cuenten es razonable: andar sobre las aguas, curar a distancia, saber el futuro, seguir vivo después de la crucifixión... todo es posible para un dios.

Una vez hecho el acto de fe inicial, todo es creíble. Jesús "bajó del cielo" tomando forma humana se hizo semejante a nosotros en casi todo, incluso pasó por el mal trago de la muerte para acercarse a nosotros lo más posible, y "volvió al cielo". Sus acciones y palabras son acciones y palabras de un dios que ha tomado vestido humano. Nada en él es increíble.

En estas dos actitudes, ciertamente extremas, se encarnan los dos polos entre los que nos movemos.

el maestro de sabiduría mitificado – el dios vestido de carne.

Pero son opciones un tanto inquietantes.

Aceptar al maestro de sabiduría hasta ciertos límites, concretamente hasta que empieza a hablar de Dios y de sí mismo, inquieta por su falta de lógica. Es como si nos convirtiéramos en sus jueces: le aceptamos siempre y cuando nos parezca correcto; cuando su mensaje resulta menos compatible con nuestra mentalidad, prescindimos de él: ¿qué pasa?, ¿es fiable en algunos terrenos y delira en otros? ¿Soy yo más sabio y fiable que él para poder juzgar hasta dónde tiene razón?

Aceptar al dios vestido de ser humano produce escalofríos. Se parece demasiado a tantos y tantos mitos de viejas culturas que nos sentimos trasladados a tiempos en que el ser humano ni siquiera pensaba por sí mismo: nos suena a cuentos mágicos, a inventos de sacerdotes que fantasean con los dioses. Pero además, nos suena a lectura reductiva de los evangelios. El hombre de Nazaret que presentan los evangelios no tiene una humanidad aparente: ni sus angustias son propias de un ser divino vestido de humanidad, ni su muerte es una gloriosa apariencia. Jesús de Nazaret fue un ser humano, no una apariencia ni un disfraz de un ser divino.

Los que le conocieron creyeron en él. Primero, como se cree en una persona excepcional. Después, como se cree en un maestro extraordinario. Le aplicaron sus propias esperanzas y formulaciones: el Mesías que esperamos. Mucho de esto se vino abajo cuando murió crucificado. Seguían recordándole como una gran persona, seguían admirando las enseñanzas que le oyeron.... Y la cosa no quedó ahí: llegaron al convencimiento de que "Dios estaba con Él", hasta llegaron a llamarle "Hijo de Dios". Y en esto consiste precisamente la "experiencia Pascual".

Creyeron que Jesús es un trabajo de Dios. Creyeron que a Jesús no se le puede comprender solamente "desde abajo": que ni su enseñanza ni su comportamiento son fruto de un gran cerebro y un gran corazón.

Creyeron que Jesús se explica desde Dios. Llamarle "Hijo de Dios" o "el hombre lleno del Espíritu", decir "Dios estaba con él" o "en él reside la plenitud de la divinidad", identificarlo con Dios... son hermosos intentos de expresar algo que está más allá de las posibilidades del lenguaje, incluso de las posibilidades de comprensión del cerebro. ¡La mente, y las palabras, tienen límites!

Pero todas esas palabras, tomadas del mesianismo de Israel o de la mitología de cualquier cultura, no son más que expresiones de una doble convicción:

Ø Jesús de Nazaret fue un ser humano, no una apariencia. Un ser tan humano como todo ser humano. Su carne es como mi carne, su angustia como mi angustia, su muerte como mi muerte. Toda fe en Jesús que le prive de su humanidad nada tiene que ver con la fe de los testigos.

Ø Jesús de Nazaret fue una presencia de Dios. Como en ningún otro ser humano. Nos hacíamos la pregunta. ¿quién es este hombre? y ahora damos la respuesta: ese hombre es así porque está lleno del Espíritu, es obra del Espíritu. A Jesús no lo explica un cerebro excepcional ni una educación magnífica, ni nada de lo que explica a las personas notables o a los genios. A Jesús lo explica sólo "la fuerza del Espíritu", que "Dios estaba con él"

A aquellas personas que llamamos "los testigos" les importó mucho esa fe en Jesús. Su vida quedó totalmente afectada. La de sus parientes, la de la gente con quienes vivieron, también. Este es el planteamiento que nos preocupa. Si mi fe en "Jesús Hijo de Dios" cambia o no mi vida y la de los que me rodean.

José Enrique Galarreta SJ





¿PODEMOS ESPERAR?
Escrito por  José Arregi

No me refiero a si podemos esperar algo que desearíamos que suceda. Esperar no es estar a la espera.

Tampoco me refiero a si tenemos razones para esperar. No necesitamos razones para esperar. Necesitamos esperar sin razones, como respiramos, como vivimos.

Una flor no se abre ni exhala su perfume por algo exterior, sino por sí misma, por su propia razón de ser, por la misteriosa ley de la vida, con sus propios motivos y fines. Así es todo el universo, y es todo el universo el que se mueve en cada vida.

Nadie ama de verdad porque se lo manden desde fuera, como nadie vive o respira por convicciones ni por motivos extraños a la propia vida, al propio aliento vital. El amor, el aliento, la vida nos mueven por dentro. Un impulso misterioso nos abre y nos atrae, nos empuja a ser, a vivir. Ser significa inter-ser. Vivir significa con-vivir. Basta que el impulso esté vivo y nos dejemos llevar. Amamos porque amamos, respiramos porque respiramos, vivimos porque vivimos. Entonces nos sentimos libres y plenos.

Nadie espera verdaderamente por razones externas: porque Dios exista o porque haya impuesto leyes o hecho promesas, o porque Jesús haya resucitado y corroborado la fe en la vida eterna después de la muerte. Ésas son creencias, y cambian con los tiempos y las culturas. Las creencias, como las leyes, pueden ayudar a sostener la esperanza, pero no la suscitan, no son su fuente. La esperanza verdadera, como la fe auténtica, no depende de creencias y de normas. Esperar es una forma de vivir. Esperar es ser fiel al dinamismo profundo de la vida, dejarse llevar simplemente por el espíritu que nos habita. El Espíritu universal que todo lo une y libera, que todo lo mueve y atrae. Esperar es vivir en respiro y respeto, en libertad y comunión. Esperar es simplemente vivir, dejarse llevar por la secreta ley o, más bien, por el Espíritu de la vida.

Lo expresa muy bien el relato bíblico de la creación, una bella metáfora de la esperanza como energía vital que lo recorre todo y de la esperanza como manera de vivir que lo transforma todo. El relato del Génesis no expone motivos para seguir esperando, sino que nos abre los ojos al movimiento que mueve la creación entera que está creándose, que gime y goza, buscando el Sábado del descanso. Es la esperanza de la creación que nos mueve a todos los seres.

"Al principio creó Dios el cielo y la Tierra" (Gn 1,1). "Al principio" no se refiere a un tiempo pasado, al comienzo temporal absoluto del mundo, que no sabemos ni si existió. Se refiere más bien al fundamento y la fuente permanente del ser y de la vida. La creación no tuvo lugar en algún pasado remoto, sino que está teniendo lugar hoy, aquí, ahora. La creación está en permanente acto, está teniendo lugar sin cesar.

Cada día es el primer día de la creación. Cada instante es el principio. Estamos siendo creados. No estamos acabados y abandonados, no estamos condenados a un plan predeterminado y frío. La creación está dándose y renovándose en cada instante, y una Energía profunda y buena nos acompaña, anima y mueve. En tiempos de desesperanza es bueno recordar y decirnos: "Somos criaturas, estamos siendo amorosamente creados e impulsados a crear. Hay esperanza".

"El Espíritu aleteaba sobre las aguas" (Gn 1,1). "Aleteaba" puede traducirse también por "vibraba". Todo vibra en el universo: vibran las partículas y vibran los átomos, vibran las estrellas y vibran las galaxias, vibran el canto y la danza. Cada sonido es vibración y también el silencio es vibración. Dicen que el Big Bang surgió de la vibración del vacío cuántico. No entiendo lo que eso pueda ser, pero sí entiendo que el corazón de cada ser, pequeño o grande, piedra, planta o animal está vibrando. La vida es vibración.

El Espíritu que aleteaba sobre las aguas es la imagen de la vibración divina que habita y mueve en el corazón de cuanto existe. El Espíritu es la respiración universal. Todo respira, y es el Espíritu divino el que respira en todo, también en el fondo de eso que llamamos materia y que consideramos equivocadamente algo inerte y estático. No hay ninguna oposición entre lo que llamamos materia y lo que llamamos espíritu, pues la materia es una forma de la realidad, la matriz o el soporte de todo ser viviente, sintiente, pensante, consciente, y el espíritu es otra forma de la realidad, la manifestación o la emergencia consciente del soporte que llamamos materia y que, en última instancia, es energía.

Todo es energía, movimiento, relación, y de ahí brotan maravillosamente todas las formas de todos los seres, como de una misteriosa matriz materna. "El Espíritu –o la Ruah, femenina en hebreo– que aleteaba sobre las aguas" es una bella imagen de la matriz o del útero originario fecundo de todo cuanto es. Cuanto existe es amorosamente acogido, fecundado, gestado, portado en ese cálido útero que podemos llamar divino: "Dios".

Mirar de este modo la realidad nos mueve a confiar, esperar, respirar. Mirémosla así: la realidad entera alentada y sin cesar fecundada por el Espíritu materno; la realidad entera cargada de infinitas nuevas posibilidades, cargada de Infinito. Podemos esperar.

José Arregi

Para orar
Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.

Yo nado en el vacío,
del sol tiemblo en la hoguera,
palpito entre las sombras
y floto con las nieblas.

Yo soy el fleco de oro
de la lejana estrella,
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena.

Yo soy la ardiente nube
que en el ocaso ondea,
yo soy del astro errante
la luminosa estela.

Yo soy nieve en las cumbres,
soy fuego en las arenas,
azul onda en los mares,
y espuma en las riberas.

En el laúd soy nota,
perfume en la violeta,
fugaz llama en las tumbas
y en las ruinas yedra.

Yo río en los alcores,
susurro en la alta yerba,
suspiro en la onda pura
y lloro en la hoja seca.

Yo soy sobre el abismo
el puente que atraviesa,
yo soy la ignota escala
que el cielo une a la tierra.

Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.

Yo en fin soy ese espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.

(Gustavo Adolfo Bécquer)



LA OBEDIENCIA AL PAPA, ¿DEBE SER LA MISMA PARA TODOS LOS PAPAS?
Escrito por  José María Castillo

Los católicos estamos asistiendo a un fenómeno nuevo en la Iglesia. Hasta Benedicto XVI, ningún "buen católico" debía poner en duda la sumisión incondicional al papa. Hasta entonces, se mantenía firme la convicción tradicional, que estaba vigente desde el papado de Gregorio VII (s. XI): "Obedecer a Dios significa obedecer a la Iglesia, y esto, a su vez, significa obedecer al papa y viceversa" (J. Daniélou, H. Küng).

Esta idea quedó difuminada y se tambaleó sobre todo en las últimas décadas del s. XVIII con los planteamientos de la Ilustración, la Revolución y la modernidad. Por eso, con la eclesiología ultramontana que se desarrolla entre los años 30 y 70 del s. XIX, se prepararon los ambientes católicos para aceptar sin condiciones las afirmaciones tajantes del Vaticano I, que se mantuvieron firmes hasta el pontificado de Pío XII.

Afirmaciones de obediencia al papa (fuera quien fuera), que se enseñaban en los tratados de eclesiología de Zapelena y Salaverri, los manuales de eclesiología, que aprendíamos, seminaristas y frailes, en casi toda Europa, en América y en todos los centros de estudios eclesiásticos en los que se enseñaba la doctrina católica.

En esta doctrina era central oponerse al laicismo, al relativismo, a la izquierda política y a la revolución mediante un principio fundamental: la soberanía del papa. Porque el papado era fundamento de seguridad y estabilidad para la paz y la religiosidad que defendía la derecha política. Pensar así era capital para un buen católico.

Joseph De Maistre lo dijo en frase lapidaria: "No hay moral pública ni carácter nacional sin religión, no hay religión europea sin cristianismo, no hay cristianismo sin catolicismo, no hay catolicismo sin papa, no hay papa sin la supremacía que le corresponde".

Esta convicción fue difundida por F. Lamennais, L. Bonald, Blanc de Saint-Bonnet, Karl Ludwig Von Hurter, Donoso Cortés y J. L. Balmes (cf. Y. Congar). Estos autores representaban la derecha política y la derecha religiosa. Las dos grandes corrientes fundidas en un sola pirámide cuya cúspide era (y sigue siendo) el papado.

No entro en más datos y detalles de esta historia del pensamiento político y religioso que llegó hasta el concilio Vaticano II. El pensamiento que, en este concilio, fue defendido apasionadamente por los hombres de la Curia Vaticana. Y que se vio cuestionado seriamente por la más sólida teología centroeuropea y los grandes cardenales que la representaban. Las indecisiones de Pablo VI y la firme voluntad restauracionista de Juan Pablo II y Benedicto XVI desembocaron en el caos que impulsó a Joseph Ratzinger a dimitir de su cargo de papa.

La solución a esta crisis del papado ha sido tan inesperada como desconcertante. Un papa, el papa Francisco, que ha desplazado el centro de la Iglesia y del papado: del "ritualismo religioso", que siempre ha fomentado la derecha, a la "bondad evangélica", siempre tan cercana a los últimos de este mundo.

Y lo que estamos viendo ahora en la Iglesia -y en otras muchas gentes que no querían saber nada de la Iglesia- resulta tan lógico como problemático.

Los que antes predicaban la sumisión al papa, como criterio de autenticidad católica, ahora no quieren ni oír hablar del papa. Éstos dan la impresión de que les interesaba más la derecha política que la bondad evangélica.

Hay otros que, por lo visto, querían trepar por la derecha. Y para eso les venía muy bien ser más papistas que el papa. Estos "trepas" han tenido mala suerte. No saben qué hacer ni dónde ponerse en esta nueva situación.

También los hay quienes pretendían trepar por la izquierda. Son los que, desde el día en que Pablo VI publicó la "Humanae Vitae" (sobre la píldora), han andado a la greña con Pablo VI y con los dos papas que le siguieron, sus obispos y sus teólogos. Pero, es claro, ahora no saben cómo trepar. Y se les está notando demasiado. Porque han estado unos meses que no sabían dónde ponerse. Ahora, como es lógico, elogian al papa Francisco tanto cuanto les conviene. Pero no acaban de fiarse. Porque querrían que el papa fulminase a todos los que ellos fulminan.

Por eso, quienes no buscan, tanto en la religión como en la política, nada más que lo que les conviene para instalarse bien en la vida, ésos son los que, desde la tarde de la "fumata bianca" hasta el día de hoy, no acaban de ver, en el papa Francisco, no sólo al hombre que la Iglesia necesita, sino, antes que eso, el "jefe de fila" (Heb 12, 2) que nos está trazando el camino de nuestra creciente humanización, en este mundo tan deshumanizado.

¿Hay que "obedecer" al papa Francisco como a los demás papas? En la medida en que este hombre singular y ejemplar nos acerca al modelo de vida que nos presenta el Evangelio, en esa misma medida, más que "obedecer", lo que tenemos que hacer es intentar parecernos en humanidad y bondad a la desconcertante cercanía al sufrimiento humano que nos enseña cada día el papa Francisco.

En esto, tenemos que ser como este papa y como los demás. En la medida en que éste y todos los otros fueron modelos de humanidad y bondad, es decir, modelos del Evangelio.

José M. Castillo



Un nuevo clima pastoral
Autor: Víctor Codina SJ

El rey está desnudo
En el  conocido cuento de Hans Christian Andersen sobre El traje nuevo del rey, el rey, creyendo estar vestido con un traje maravilloso elaborado por unos grandes sastres, salió a la calle desnudo, enseñando sus vergüenzas, pero nadie se atrevía a decir nada porque temían ofender al monarca y perder sus favores; a mitad del recorrido, un niño se atrevió a alzar la voz y gritó, ante el asombro de todos: ¡el rey va desnudo!

El rey del cuento no representa a una persona sino a un sistema, sea político o  religioso. Pero hasta ahora los “niños” que decían que el rey caminaba desnudo, eran tenidos por imprudentes, utópicos e ingenuos.

Los que proclamaban que “otro mundo es posible” eran ridiculizados por los sensatos economistas y estadistas reunidos en Davos. Cuando H. Küng escribía cartas a los obispos pidiendo reformas en la Iglesia o el jesuita egipcio H. Boulad se dirigía a Benedicto XVI con varias peticiones de cambio, cuando se hablaba del peligro de que la Iglesia se convirtiese en un gueto, o se detectaba un cisma silencioso de gente que abandonaba la Iglesia… los “sensatos” creíamos que exageraban.

Y resulta que ahora Francisco, el nuevo obispo de Roma, es el que, como el “niño” del cuento, dice que el sistema económico liberal, basado en la idolatría del dinero es injusto, pues  enriquece a unos pocos y convierte a una gran mayoría en masas sobrantes; que la actitud de los países ricos ante los emigrantes africanos y asiáticos, muchos de los cuales mueren en el intento de llegar a las costas europeas, es una vergüenza; que vivimos en la burbuja del consumo y con el corazón anestesiado ante el sufrimiento ajeno. Francisco condena las armas químicas y ante los niños muertos en Siria lanza una campaña de oración y ayuno para evitar una nueva guerra; en Brasil les dice a los jóvenes que hagan lío y sean revolucionarios en busca de un mundo mejor y más justo; que el problema de la Iglesia es el desempleo de los jóvenes; que las confesiones religiosas del mundo deben aunarse para resolver el problema del hambre y de la falta de educación...

Francisco se reconoce pecador y pide oraciones; recuerda que la Iglesia necesita una conversión y una continua reforma; que el ambiente cortesano es la lepra del Papado; que la curia es vaticano-céntrica y traslada su visión al mundo; que el clericalismo no es cristiano; que la Iglesia no puede ser restauracionista ni añorar el pasado; que los pastores han de oler a oveja y no convertirse en clérigos de despacho o coleccionistas de antigüedades, ni caer en el carrerismo; que los obispos no pueden estar siempre en los aeropuertos; que la confesión no puede ser una tortura sino un lugar de misericordia; que hay que evitar el centralismo y el autoritarismo en el gobierno de la Iglesia; que no hay que teorizar desde el laboratorio sino experimentar la realidad del pueblo; nos invita a no tener una visión monolítica, a respetar la diversidad, a no ser narcisistas, y a recordar que la Iglesia no es una ONG piadosa sino la casa de Dios que ha de desnudarse de todo lo mundano.

¿Quién hubiera esperado hace algún tiempo que el Papa fuese este “niño” que denuncia que el “rey” camina desnudo por la historia…?

Un Papa cristiano
El dibujante “El Roto”, que publica en el diario El País de España unas viñetas humorísticas, siempre críticas y muchas veces incluso ácidas, dibujó hace poco a un personaje vestido de rojo (¿cardenal? ¿obispo? ¿monseñor?) que exclamaba indignado: “¿Qué calamidad! Ha llegado  un Papa cristiano!”…

Dejando a un lado la ironía sarcástica del humorista, es muy cierto que lo que Francisco dice y hace no es otra cosa que traducir el evangelio al mundo de hoy: estar  más preocupado del hambre del mundo que de los problemas intraeclesiales, hacer que la Iglesia sea un signo del perdón y misericordia de Dios, una Iglesia pobre y de los pobres, ser como un hospital de campaña que sana heridas; que ha de salir a la calle, ir a las fronteras existenciales aun con peligro de accidentes; que respete a los laicos y la dignidad de las mujeres; que viva en una atmósfera de diálogo con todas las confesiones religiosas sin proselitismo, buscando ante todo el bien de la humanidad; que respete la conciencia de cada persona que es la que debe optar por el bien; que no se centre obsesivamente en temas morales como el aborto, el matrimonio de los homosexuales y el divorcio, sino que anuncie la buena noticia de la salvación en Cristo; que camine con otros en medio de las diferencias, en espíritu sinodal y fraterno; que reconozca que todos somos hijos e hijas del mismo Padre y hermanos y hermanas, una Iglesia con entrañas maternales de misericordia, que refleje la ternura de Dios y cuide de la creación… que no se grite ni aclame al Papa Francisco, sino a Jesús.

Al Papa no le tiembla el pulso, ha criticado públicamente a un monseñor implicado en tráfico de divisas, ha apartado de sus cargos a un obispo que ha construido un lujoso  palacio episcopal y a un nuncio acusado de pedofilia.

Se respira un aire nuevo, oxigenante, con olor a Evangelio. Esto que sorprende positivamente a creyentes y no creyentes, comienza a suscitar recelo y miedo en algunos sectores eclesiales que se escandalizan farisaicamente de muchas acciones y palabras del Papa. Algunos le llaman despectivamente “el argentinito” y piden que “lo iluminen o lo eliminen”…

Las florecillas del Papa Francisco
Lo más sorprendente es que el nuevo obispo de Roma ha causado un impacto por sus gestos y símbolos y por sus expresiones gráficas más que por largos discursos o encíclicas que muy pocos leen. Los semiólogos explican la importancia y el impacto de los símbolos para influir y cambiar la mentalidad del pueblo. Francisco ha optado por el método de Jesús que hablaba en parábolas y hacía signos del Reino: sanar enfermos, alimentar al pueblo hambriento, comer con pecadores, lavar los pies a sus discípulos…

La encíclica Lumen fidei, firmada por Francisco pero escrita mayormente por Benedicto XVI, ha tenido poca resonancia, pero en cambio el pueblo creyente y no creyente ha captado sus gestos: besar a un niño discapacitado, lavar los pies a una joven musulmana, comer en Asís con niños con síndrome de Down, lanzar al mar en Lampedusa una corona de flores amarillas y blancas en memoria de los emigrantes fallecidos, usar sus zapatos viejos de antes, no vivir en los Palacios Apostólicos, viajar por Roma en un sencillo y pequeño coche, contestar a las preguntas de un periodista no creyente, invitar a Santa Marta al rabino de Buenos Aires, regalar unos zapatitos al nieto de Cristina Fernández de Kirschner, recibir a Gustavo Gutiérrez, celebrar la eucaristía el día de San Ignacio en la Iglesia del Gesù y llevar un ramo de flores a la tumba del P. Pedro Arrupe, ex General de la Compañía de Jesús que había sido cuestionado y marginado por el Vaticano…

Las florecillas del Papa Francisco recuerdan las florecillas de San Francisco de Asís y las del Papa Juan XXIII. Se ha cambiado el clima eclesial. No sabemos si el Papa Francisco podrá llevar adelante la reforma de la curia y de la Iglesia, pero ha desbloqueado el ambiente, y el invierno eclesial parece ceder a unos sencillos y todavía tímidos brotes de primavera. ¿Volverá la primavera conciliar?

Un icono pastoral latinoamericano
Este Papa venido del Sur, de América Latina, aporta a toda la Iglesia un estilo nuevo pastoral que refleja el caminar de la Iglesia latinoamericana desde Medellín a Aparecida: la opción por los pobres, la denuncia de las estructuras injustas de pecado, el respeto a la fe y religiosidad del pueblo sencillo, la devoción mariana, la sencillez y cordialidad, el cuidado de la Madre tierra, la confianza en la misericordia de Dios que siempre está abierto al  perdón.

Detrás de sus gestos y palabras está su experiencia pastoral y teológica latinoamericana, argentina, sus contactos frecuentes con las villas de miseria y los curas villeros, su sentido de pueblo, ¿el influjo de la teología de Lucio Gera y de Juan Carlos Scannone…?

El programa pastoral del Papa es Aparecida, de cuya última redacción él fue el responsable: discípulos y misioneros de Jesucristo para que el pueblo tenga vida, conversión pastoral, Iglesia en estado de misión, Iglesia casa y comunidad, opción por la formación de laicos, ver en los pobres el rostro de Jesús, pues no se puede hablar de Cristo sin hablar de los pobres… Todo lo de oler a oveja, salir a la calle, ir a las fronteras… huele a América Latina y es un mensaje para todo el mundo, pero en especial para el Continente Americano. No en vano hemos de observar ese detalle significativo de que el Papa ha regalado el documento de Aparecida a varios líderes latinoamericanos.

Desde el Sur de la Iglesia sopla el Espíritu, desde los pobres, los marginados, las mujeres, los jóvenes, los indígenas, desde “el niño” que descubre que el “rey”, sea la sociedad o la Iglesia, está desnudo…

Nos toca ahora proteger la desnudez del “rey”, cubrir sus vergüenzas, instaurar entre todos un mundo más justo y fraterno, una Iglesia más sencilla y comunitaria, más nazarena, que huela a Jesús y a Evangelio.

¡Qué maravilla, tenemos un Papa realmente cristiano!

Acerca del autor
Víctor Codina es sacerdote jesuita y teólogo latinoamericano. Nacido en España, desde 1982 vive en Bolivia. Actualmente es profesor emérito de la Facultad de Teología  de la Universidad Católica Boliviana de Cochabamba, a la vez que mantiene contacto pastoral con comunidades de base y sectores populares.
Sus últimos libros son No extingáis el Espíritu  (Sal terrae, Santander 2008), Una Iglesia Nazarena (Sal terrae, Santander 2010), Diario de un teólogo del posconcilio (San Pablo, Bogotá 2013) y Diosito nos acompaña siempre (Kipus, Cochabamba 2013).