domingo, 29 de diciembre de 2013

ABIERTAS AL PROYECTO DE DIOS - José Antonio Pagola



ABIERTAS AL PROYECTO DE DIOS - José Antonio Pagola

Los relatos evangélicos no ofrecen duda alguna. Según Jesús, Dios tiene un gran proyecto: construir en el mundo una gran familia humana. Atraído por este proyecto, Jesús se dedica enteramente a que todos sientan a Dios como Padre y todos aprendan a vivir como hermanos. Este es el camino que conduce a la salvación del género humano.

Para algunos, la familia actual se está arruinando porque se ha perdido el ideal tradicional de “familia cristiana”. Para otros, cualquier novedad es un progreso hacia una sociedad nueva. Pero, ¿cómo es una familia abierta al proyecto humanizador de Dios? ¿Qué rasgos podríamos destacar?

Amor entre los esposos. Es lo primero. El hogar está vivo cuando los padres saben quererse, apoyarse mutuamente, compartir penas y alegrías, perdonarse, dialogar y confiar el uno en el otro. La familia se empieza a deshumanizar cuando crece el egoísmo, las discusiones y malentendidos.

Relación entre padres e hijos. No basta el amor entre los esposos. Cuando padres e hijos viven enfrentados y sin apenas comunicación alguna, la vida familiar se hace imposible, la alegría desaparece, todos sufren. La familia necesita un clima de confianza mutua para pensar en el bien de todos.

Atención a los más frágiles. Todos han de encontrar en su hogar acogida, apoyo y comprensión. Pero la familia se hace más humana sobre todo, cuando en ella se cuida con amor y cariño a los más pequeños, cuando se quiere con respeto y paciencia a los mayores, cuando se atiende con solicitud a los enfermos o discapacitados, cuando no se abandona a quien lo está pasando mal.

Apertura a los necesitados. Una familia trabaja por un mundo más humano, cuando no se encierra en sus problemas e intereses, sino que vive abierta a las necesidades de otras familias: hogares rotos que viven situaciones conflictivas y dolorosas, y necesitan apoyo y comprensión; familias sin trabajo ni ingreso alguno, que necesitan ayuda material; familias de inmigrantes que piden acogida y amistad.

Crecimiento de la fe. En la familia se aprende a vivir las cosas más importantes. Por eso, es el mejor lugar para aprender a creer en ese Dios bueno, Padre de todos; para conocer el estilo de vida de Jesús; para descubrir su Buena Noticia; para rezar juntos en torno a la mesa; para tomar parte en la vida de la comunidad de seguidores de Jesús. Estas familias cristianas contribuyen a construir ese mundo más justo, digno y dichoso querido por Dios. Son una bendición para la sociedad.

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Anima a las familias a colaborar en el proyecto humanizador de Dios. Pásalo.
29 de diciembre de 2013
La sagrada familia (A)
Mateo 2,13-15. 19-23
BENDICIÓN A LOS NIÑOS
Escrito por  Florentino Ulibarri

Como el aire, sois necesarios.
Como el fuego, sustentáis los hogares.
Como la tierra, os mostráis maleables.
Como el agua de un río, así de sonoros y bulliciosos.
Como las flores, tenéis mil colores y perfumes.
Como la luz, aclaráis el camino.
Como el viento nos acercáis al evangelio.
Como el campo sois lugar de cultivo.
Como la sal, sazonáis el mundo.
Como el grano de trigo...
sois y no sois todavía lo esperado.

Que el Señor, que se hizo pequeño como vosotros,
os bendiga con su corazón, palabra y mano,
para que lleguéis a ser todo lo esperado
sin dejar de ser aire, fuego, tierra, agua,
flores, luz, viento, campo, sal y grano...,
personas humanas siempre, pequeñas o grandes,
para los que os amamos.

En el nombre del Padre,
del Hijo
y del Espíritu Santo.

Florentino Ulibarri





LA FAMILIA, EL MEJOR MARCO PARA LA HUMANIZACIÓN
Escrito por  Fray Marcos
Mt 2, 13-23

La verdad es que el tipo de familia de Nazaret que se nos ha propuesto durante siglos, es muy probable que no haya existido nunca. El modelo de familia del tiempo de Jesús, era el patriarcal. La familia molecular era completamente inviable, tanto social como económicamente.

Cuando el evangelio nos dice que José recibió a María en su casa, no quiere decir que formaran una nueva familia, sino que María dejó de pertenecer a la gran familia de su padre y pasó a integrarse en la familia a la que pertenecía José. El relato de la pérdida del Niño es impensable en una familia de tres.

El valor supremo de la familia patriarcal, era el honor. En la honorabilidad estaban basadas todas las relaciones sociales, desde las económicas hasta las religiosas. Si una persona no pertenecía a un clan respetado, no era nadie. En consecuencia, el primer deber de todo miembro de la familia, era el mantener y aumentar su honorabilidad.

Esto explica las escenas evangélicas donde se dice que su madre y sus hermanos vinieron a llevarse a Jesús, porque decían que no estaba en sus cabales. Querían evitar a toda costa el peligro del deshonor de toda la familia. Lo que pasó después confirmó sus temores.

Las instituciones son entes de razón, son medios que el hombre utiliza para regular sus relaciones sociales. Son imprescindibles para su desarrollo como persona humana.

Como todo instrumento, ni son buenas ni son malas en sí mismas. La bondad o malicia depende de su utilidad para conseguir el fin. Todas las instituciones pueden ser mal utilizadas, con lo cual, en vez de ayudar al ser humano a perfeccionarse, le impiden progresar en humanidad. La familia debe estar al servicio de cada persona que la integran y no al revés.

La familia también puede ser utilizada para oprimir y someter a otros seres humanos.

En los evangelios no encontramos ningún modelo especial de familia. Se dio siempre por bueno el ya existente. Más tarde se adoptó el modelo romano, que tenía muchas ventajas, pues desde el punto de vista legal, era muy avanzado. No sólo se adoptó sino que se vendió después como modelo cristiano, sin hacer la más mínima critica a los defectos que conllevaba. Voy a señalar sólo tres:

No contaba para nada el amor. El contrato era firmado por la familia según sus conveniencias materiales o sociales. Una vez firmado por las partes, no había más remedio que cumplirlo, sin tener en cuenta para nada a las personas.

La mujer quedaba anulada como sujeto de derechos y deberes jurídicos. De un plumazo se reducían a la mitad los posibles conflictos legales. Esto ha tenido vigencia prácticamente hasta hoy. Hasta hace unos años, la mujer no podía abrir una cuenta corriente sin permiso del marido.

El fin del matrimonio era tener hijos. Al imperio romano lo único que le importaba es que nacieran muchos hijos para nutrir las legiones romanas que eran diezmadas en las fronteras. Hoy se sigue defendiendo esta ideología en nombre del evangelio. El número de hijos no tiene por qué afectar a la calidad de una paternidad; siempre que la ausencia de hijos no sea el fruto del egoísmo.

Aunque esos fallos no están superados del todo, hoy son otros los problemas que plantea la familia. La Iglesia no debe esconder la cabeza debajo del ala e ignorarlos o seguir creyendo que se deben a la mala voluntad de las personas. No conseguiremos nada si nos limitamos a decir: el matrimonio indisoluble, indisoluble, indisoluble, aunque la estadística nos diga que el 50 % de ellos se separan.

Dos razones de esta mayor exigencia son:

a) La estructura nuclear de la familia. Antes las relaciones familiares eran entre un número de personas mucho más amplio. Hoy al estar constituidas por tres o cuatro miembros, la posibilidad de armonía es mucho menor, porque los egoísmos se diluyen menos.

b) La mayor duración de esa relación. Hoy es normal que una pareja se pase sesenta o setenta años juntos. En un tiempo tan prolongado, es más fácil que en algún momento surjan diferencias insuperables.

Como cristianos, tenemos la obligación de hacer una seria autocrítica sobre el modelo de familia que proponemos. Jesús no sancionó ningún modelo, como no determinó ningún modelo de religión u organización política.

Lo que Jesús predicó no hace referencia a las instituciones, sino a las actitudes que debían tener los seres humanos en sus relaciones con los demás. Jesús enseñó que todo ser humano debía relacionarse con los demás como exige su verdadero ser, a esta exigencia le llamaba voluntad de Dios. Cualquier tipo de institución que potencie y favorezca esta actitud humana, es válido y cristiano.

Es verdad que la familia está en crisis, pero las crisis no tienen por qué ser negativas. Todos los cambios profundos en la evolución de la humanidad vienen precedidos de una crisis. La familia no está en peligro, porque es algo completamente natural e instintivo.

Como cristianos tenemos la obligación de colaborar con todos lo hombres en la búsqueda de soluciones que ayuden a todos a conseguir mayores cotas de humanidad. Tenemos que demostrar, no solo de palabra, sino con hechos, que el evangelio es el mejor instrumento para conseguir una humanidad más justa, más solidaria, más humana.

Si tenemos en cuenta que todo progreso verdaderamente humano es consecuencia de las relaciones con los demás, descubriremos el verdadero valor de la familia. En efecto, la familia es el marco en que se pueden desarrollar las más profundas relaciones humanas. No hay ningún otro ámbito o institución que permita una mayor proximidad entre las personas. En ninguna otra institución podemos encontrar mayor estabilidad, que es una de las condiciones indispensables para que una relación se profundice.

Podemos estar seguros que las primeras lecciones de humanidad las recibió Jesús en el entorno familiar. Este entorno no se redujo a José y a María; comprendía también a sus hermanos (si los tuvo), a sus primos, tíos y abuelos (sobre todo paternos).

En una familia auténticamente israelita, la base de todo conocimiento y de todo obrar era la Biblia. Sin este trasfondo sería impensable el despliegue de la figura del hombre Jesús. Jesús fue mucho más allá que el AT en el conocimiento de Dios y del hombre, pero allí encontró las orientaciones que le permitieron descubrir al verdadero Dios.

Debemos olvidarnos de espectacularidades externas y descubrir su infancia como la cosa más normal del mundo. Fue una familia completamente normal. Nada de privilegios ni protecciones especiales, ni ellos ni sus vecinos pudieron enterarse de lo que ese niño iba a ser, porque también él fue completamente normal. Es en esa absoluta normalidad donde tenemos que ver lo extraordinario, su vida interior y su cercanía a Dios que era lo que les mantenía unidos y entregados unos a otros, como soporte de la convivencia.

Jesús fue un ser humano, aunque en esa humanidad se estaba manifestando la plenitud de la divinidad. Es Dios el que se hace hombre, no Jesús el que se hace Dios. Si a Jesús le hacemos Dios, nosotros quedamos al margen de ese acontecimiento. Si descubrimos que Dios se hace hombre, podré experimentar que se está haciendo en mí. Este es el verdadero mensaje del evangelio. Esta es la buena noticia que nos aportó Jesús.

Meditación-contemplación

Por encima de todo, el amor que es el ceñidor de la unidad.
La familia es el marco más íntimo de relaciones humanas.
Es, por tanto, el marco privilegiado de humanización.
Ahí debe manifestarse y potenciarse nuestra plenitud humana.
......................

El amor que nos pide el evangelio es un amor efectivo.
Las teorías y las ensoñaciones no llevan a ninguna parte.
Mi relación con los 'próximos' manifiesta el grado de mi amor.
Examinar esas relaciones en la clave de todo progreso espiritual.
.......................

Dentro de mí, en lo hondo de mi ser, debo descubrir esa necesidad de amar.
Los lazos familiares me ayudan a salir de mí e ir al otro.
La familia es el mejor campo de entrenamiento para hacerme más humano.
Si desaprovecho esa oportunidad, no llegaré nunca a amar.
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Fray Marcos





¿QUIÉN ES JESÚS?
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 1, 1-18

Juan (¿?) escribe su evangelio muy tarde, al final del siglo primero. La redacción de este evangelio es obra de sus discípulos, no del mismo Juan, pero la Iglesia ha visto siempre en él el mensaje del discípulo preferido de Jesús, sea éste quien fuere. El autor coloca al principio este formidable prólogo: es un himno de enorme contenido, toda una síntesis de la fe.

Se hace un paralelo entre la aparición de Jesús y la Creación. El Espíritu de Dios que planeaba sobre el Caos es el principio del Libro del Libro del Génesis. Ahora, el Espíritu de Dios es La Palabra, el Logos, Aquel Espíritu puso orden en el Caos sacando la luz de las tinieblas; la palabra viene a manifestar la luz, a sacar de la oscuridad a los hombres. En el principio, la palabra de Dios hizo la vida; ahora, La Palabra volverá a ser vida de los hombres.

Pero los hombres se cierran a la luz: es el drama fundamental que sirve de argumento al evangelio de Juan: La luz, por naturaleza, brilla en las tinieblas, pero - misteriosamente -las tinieblas son capaces de rechazar la luz. Éste será el argumento de la vida de Jesús rechazado por su pueblo, y el argumento tremendo de la vida humana, capaz de preferir el pecado a Dios.

Juan toma después imágenes del Libro del Éxodo. Como El Señor puso su Tienda en medio del campamento de Israel y se hacía visible en la Nube, así Jesús es la presencia de Dios que vuelve a poner su tienda, que acampa entre nosotros y es un peregrino más que avanza con su Pueblo.

Y termina con una frase tremenda: A Dios nadie le ha visto jamás. Ni Abraham ni Moisés ni los Profetas... nadie lo ha visto jamás. Pero en Jesús nuestros ojos pueden verlo, 'podemos tocarlo, tan claramente se manifiesta en ese Hombre la plenitud del Espíritu de Dios. Estas palabras se iluminan mucho con el principio de la primera carta del mismo Juan. (1 Jn 1)

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos es nuestro tema: La Palabra de Vida. La vida se manifestó: la vimos, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Lo que vimos y oímos os lo anunciamos también a vosotros, para que compartáis nuestra vida, como nosotros la compartimos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que se colme vuestra alegría.

El día de Navidad merece algo especial, y los textos de nuestra Eucaristía son especialmente brillantes, pero también especialmente peligrosos. El tema de fondo es el más profundo y trascendente de toda nuestra fe: Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

Y nuestra mente puede tener la ilusión de comprender, dominar, captar enteramente. Jesús, "hombre por parte de madre y Dios por parte de Padre". Dos naturalezas, divina y humana, en una sola persona. Dios se ha hecho hombre... Pero estamos hablando de Dios, de una Realidad completamente superior a todo lo que nuestra mente puede concebir, imaginar o conocer.

Cuando establecemos la afirmación: "Jesús es hombre" entendemos lo que decimos, porque sabemos lo que significan sus dos términos: Jesús - hombre. Cuando decimos "Jesús es Dios", el segundo término nos falla, porque Dios no es captable por nuestra mente, demasiado pequeña para una realidad tan grande.

Así que debemos ser muy humildes y muy cuidadosos en nuestras afirmaciones y ser conscientes de que siempre que hablamos de Dios lo hacemos con nuestros conceptos de tierra, con nuestras capacidades humanas, que solamente adivinan, se aproximan, intuyen por dónde va esa Realidad... sin poder entender.

Por esta razón, para hablar de Jesús hemos acuñado una serie de términos que son siempre metáforas. Hijo de Dios, resplandor de la gloria del Padre, impronta de su ser, sentado a la derecha de Su Majestad... preciosas metáforas, en las que expresamos tanto nuestra intuición como nuestro desconocimiento.

Juan es aún mejor: Jesús es "La Palabra", La Luz, La Tienda de Dios, el Hijo Único... y siguen siendo metáforas. Las metáforas son mucho mejores que los conceptos.

Cuando hablamos de Jesús, o de la Santísima Trinidad, y utilizamos los conceptos de "naturaleza", "persona"... usamos conceptos que funcionan bastante bien para designar lo que nuestra razón elabora a partir de lo que vemos... Pero que se aplican a Dios con muchas dificultades. Es lo mismo decir "Jesús verdadero Dios y verdadero hombre" que decir "Jesús, el hombre lleno del Espíritu, en quien resplandece la divinidad". Es lo mismo.

Nos estamos asomando al misterio de la presencia de Dios en el hombre, que es mucho más de lo que nuestra mente puede explicar y nuestras palabras nombrar. Esto expresaba el Libro del Éxodo, tan gráficamente, cuando prohibía hacer imágenes de Dios, cuando prohibía usar el nombre de Dios, cuando Yahvé decía a Moisés que no podía ver su rostro sin morir.

Los evangelistas reflejan esto cuando narran el descubrimiento de Jesús que hicieron los discípulos. Conocieron a un hombre apasionante, les convenció enteramente y les arrastró, creyeron en él... y se fueron preguntando: "¿quién es este...?"

Y después de la resurrección descubrieron que allí había mucho más que un hombre normal. Le llamaron "el Hijo Único", "el Señor", "el hombre lleno del Espíritu". Para nosotros, en la eucaristía de hoy celebramos la llegada de Jesús, "Dios con nosotros Libertador". Y sin entenderlo bien, sabiendo que supera nuestra capacidad de comprensión, creemos en Él, creemos, con Juan, que es La Palabra hecha carne, y que aunque nadie ha visto jamás a Dios, en él lo podemos conocer.

Pero esto no empaña nada nuestra alegría. Nuestra curiosidad es explicarlo todo, saber cómo es por dentro el mismo Dios, explicar cómo una criatura humana puede ser Dios, entender cómo Dios puede no saber, crecer, sufrir, orar, tener angustia... Así es nuestra mente, llena de curiosidad. La Palabra no satisface esas curiosidades. Algún día veremos cara a cara y entenderemos.

Ahora sabemos algo que nos basta: Dios está con nosotros, tenemos La Palabra, hay luz para vivir, podemos aspirar a ser hijos, somos hijos... y estamos en tinieblas y somos capaces - aunque inexplicablemente - de rechazar la luz y hacernos sordos a la Palabra.

Este es el mensaje que celebramos hoy con radiante alegría: que podemos vivir, que esto tiene sentido, que está pensado por un Padre, que tenemos la fuerza y la luz que necesitamos, que nos podemos fiar de Dios... Todo eso lo vemos en Jesús, en ese hombre nacido de María, natural de Nazaret, al que vemos comer y cansarse, orar, sufrir y morir. En él conocemos a Dios.

Es magnífico que las lecturas de hoy no nos limiten a la ternura del niñito recién nacido, sino que nos lleven hasta el fondo del mensaje: ¿quién ha nacido? Ha nacido nuestra fe en Dios Libertador.

Nos hemos librado del temor a la muerte, del temor al pecado, del temor a que la vida no tenga sentido, del temor a tirar nuestra vida y que no sirva para nada, del miedo a Dios. Ha nacido el que nos ha enseñado todo eso.

Mirando a Jesús hemos conocido mucho mejor a Dios y nos hemos conocido mucho mejor, es como si en la oscuridad hubiesen encendido una luz y ahora ya podemos caminar.

José Enrique Galarreta SJ





TÍS TÍ ARE
Escrito por  Dolores Aleixandre

Mantengan el suspense sobre el título que lo voy a explicar después. Antes quiero decir algo sobre las dos últimas tonterías que he visto en las vallas publicitarias: una anuncia moda: "Llega tu otoño"; otra es sobre un coche: "De Mi a Mío por 2 euros al día". Las dos coinciden en considerar a sus destinatarios, o sea nosotros, tan irremediablemente estúpidos que sólo nos fijaremos en lo que lleve delante su correspondiente posesivo: mi otoño, mi coche...,misma táctica que en mis documentos, mis descargas, mis imágenes, mi iphone, mi ipad...Y la nueva ola de "yo cuantificado" que se nos viene encima: mis calorías, mis latidos, mi tensión, mis sensores... Y lo malo es que la cosa no es reciente y se remonta a mi infancia: ya entonces el devocionario que usábamos niños y niñas era el "Mi Jesús". No tenemos remedio.

Lo constata Rilke en uno de sus poemas:

"No debes tener miedo, Dios. Ellos dicen mío
a todas esas cosas, tan pacientes.
Son como el viento
que roza las ramas y dicen: árbol mío.
Dicen mío y llaman su posesión
a lo que se cierra cuando se acercan,
al modo que un insulso charlatán
llama acaso suyo al sol y al relámpago...

Y en medio de este pringue pegajoso del yo, mi, me, conmigo y para mí, emerge la "pasarela Belén" por la que vuelven a desfilar, como cada año, unos personajes peculiares con aire de vivir ajenos al tema de los posesivos e incapacitados para decir: mi posada, mi establo, mi pesebre, mi paja, mis pañales, mis ángeles, mis pastores... Y ahora es cuando viene lo del tís tí are del título en griego: "quién cogía qué" sería la traducción en bruto de lo que dice Marcos al contar que los soldados echaron a suertes las vestiduras de Jesús. "Que cada cual coja lo que quiera o pille lo que pueda...", diríamos hoy.

Como si fueran dos páginas distantes del Evangelio pero que al doblarlas coinciden, la escena del comienzo de la vida de Jesús está ya "anticipando tendencia" de cómo van a ser su trayectoria y su final.

Ya desde el principio lo encontramos acampado en un espacio público, abierto y a la intemperie, sin puertas, defensas, cerrojos o alambradas. Qué acierto el del posadero al reservarse el derecho de admisión y no dejar entrar a aquella pareja de indocumentados sin blanca. Que esto no es Lampedusa, oiga, y yo no hago más que seguir directrices europeas y estoy muy satisfecho de haberme adelantado a la "Jornada Mundial contra las Migraciones Indeseables", que debería celebrarse todos los 24-D.

Así que el niño se quedó fuera en plan "indignadito", precursor de los que vendrán después y que sabrán poco de propiedad privada, ese inviolable derecho que permite a algunos "obtener, poseer, controlar, emplear, disponer de, y dejar en herencia tierra, capital, cosas y otras formas de propiedad", según la definición de Wikipedia.

Perteneció al colectivo de los que carecen de estrategias para proteger lo suyo y no consiguen entender las bondades de "lo privado": desde que salió de Nazaret, no supo ya lo que era disponer de casa propia ni de un lugar donde reclinar la cabeza. Pescaba, dormía y cruzaba el lago en una barca de amigos; comía y bebía donde le invitaban y, cuando fue él quien dio de comer a la gente, solo pudo ofrecerles como asiento la hierba de un descampado. Pidió prestados el borrico sobre el que entró en Jerusalén y la sala en la que se despidió con una cena de los que llamaba suyos, porque él sólo usaba los posesivos para decir "mi Padre" y "mis hermanos".

Al morir, echaron a suertes su túnica y volvió a estar tan desnudo como en el pesebre.

Se nos anuncia una gran alegría: nos ha caído en suerte un Niño. Que cada uno coja de él lo que quiera. Y que siga haciendo lo mismo que él hizo en memoria suya.

Dolores Aleixandre RSCJ.
ALANDAR, Diciembre 2013





FELIZ NACIMIENTO
Escrito por  José Arregi

Amiga, amigo, en la claridad de tus días o en medio de tu noche, vuelve a escuchar la voz del ángel de la Navidad: "No temas. Te anuncio una gran alegría".

Y basta la señal más simple: "Os ha nacido un niño". ¿Cuándo no nacen niños, a pesar de la penuria general? En el portal en que vivo, en Arroa Behea, este año han nacido dos: Marena en el segundo, Josu en el cuarto. ¡Y cómo sonríen! ¡Cómo sonríe también Izaro con solo mes y medio, plácida como una isla, luminosa como una estrella!

Cada nacimiento es una señal, un inmenso milagro, una bella promesa, una honda llamada. Vivir es milagro. Solo ser ya es milagro. Y el mayor milagro es la ternura que cuida, nutre, consuela. Eso es "Dios", y no importa que le pongas nombre o que no se lo pongas. Es Lo Que Es. Y es muy distinto de aquello que insinuamos cuando decimos: "Hay lo que hay". No. Lo Que Es, es infinitamente más y mejor que lo que hay. Así lo anuncia el ángel a unos pobres pastores de Belén, al raso en medio de la noche: "No temáis. Os ha nacido un niño. Se llama Jesús: 'Dios salva'. Es Enmanuel: 'Dios con nosotros' ".

Es un lenguaje cristiano y metafórico, dirás. Sí, y se merece una enorme estima, una profunda consideración, ya solo por haber inspirado tantos bellos poemas y melodías, por haber consolado tantas penas de gente pobre, por haber alentado tanta bondad y tanta lucha justa a pesar de todos los fracasos. Yo no quiero prescindir de ese lenguaje de ángeles y pastores, de glorias y pesebres. Yo no quiero prescindir de Jesús, carne humana de Dios, del Misterio del mundo.

Pero tampoco quiero encerrar a Jesús en un pensamiento confesional y exclusivista, como si fuera la única encarnación de Dios. Ni quiero definir a Dios en un esquema dualista, como si fuera un Ente o un Alguien. Es mucho más, es el Misterio Infinito.

Cuando el cristiano confiesa que Dios se hizo carne en Jesús, confiesa en el fondo lo mismo que han expresado todos los creyentes de todas las tradiciones y los poetas no creyentes de todos los tiempos: que cuanto es está habitado por el Infinito indecible, la Belleza que arrebata, la Bondad que abraza, y que siempre podemos confiar a pesar de todo, y recrear el mundo cada día como rehacemos el Belén cada año.

Yo no sé si pones un Belén en tu casa: el ángel, la gruta y los pastores, el burro y el buey, y María y José y el niño Jesús. ¡Todo es tan entrañable! Ponlo a tu manera. Pon bondad y ternura. La vida es dura, el año ha sido difícil, y el futuro... ¿quién sabe qué del futuro? Pero no temas. Cuida tu vida, cuida tu ánimo, cuida a los tuyos, cuida a todos los seres.

Y míralo todo con ojos nuevos. Todo es milagro y promesa de una Presencia. Nada es lo que parece. Todo está sin cesar siendo y renaciendo en Otra Realidad, hacia Otra Realidad presente y posible. Celebra en tu casa el Nacimiento de la vida. Mira los ojos de un niño. Los ojos de un niño bastan para iluminar todas las tinieblas del mundo, de Lampedusa o de Melilla, del África negra o de la Latinoamérica olvidada.

Y todos los seres. Todos los seres anuncian lo mismo que el ángel bueno y alegre de Belén: "No temas, criatura bendita. Tú vienes de la Belleza, vienes de la Bondad. Tu ser es más precioso que todas las piedras preciosas, mucho más que todos los oros, inciensos y mirras. Cree en tu bendición, criatura bendita. Sé bendición, lleva bendición en tus pequeñas manos heridas, en tu pequeño corazón latiente".

Mira: el árgoma y las prímulas o flores de San José ya están floreciendo en el corazón del invierno, alegrando el monte despejado y los caminos sombríos. ¿Lo ves? Mira cada ser como una humilde señal de aquella "Bondad que es la fuente de todas las cosas y que un día será enteramente en todos los seres", como dice el biógrafo que miraba todas las cosas Francisco de Asís, inventor del belén.

Si miras así, nacerás de nuevo, nacerá otro mundo. ¡Feliz Navidad!

José Arregi

Para orar

Todavía "no hay lugar para ellos",
ni en Belén ni en Lampedusa.

¿Navidad es un sarcasmo?
"Si tu Reino no es de este mundo",
¿qué vienes a hacer aquí,
subversivo, aguafiestas?

Para ser el Dios-con-nosotros
has de serlo en la impotencia,
con los pobres de la Tierra,
así, pequeño, sí,
desnudo de toda gloria,
sin más poder que el fracaso,
sin más lugar que la muerte,
pero sabiendo que el Reino
es el sueño de tu Padre,
y también es nuestro sueño.

Todavía hay Navidad,
en la Paz de la Esperanza,
en la vida compartida,
en la lucha solidaria,
¡Reino adentro, Reino adentro!

(Pedro Casaldáliga)





Francisco: Las fronteras de un sueño.
por Pedro Miguel Lamet

No le temblaron las piernas en la capilla Sixtina. Jorge Bergloglio ha confesado que en ese momento decisivo del “sí” sintió una paz que no le ha abandonado desde entonces. Lo refleja su rostro distendido y sonriente, como si esa fuerza interior le acompañara siempre. Y el mundo, creyente o no, parece haberle aceptado con una excelente acogida, incluidos los medios de comunicación que lo proclaman “hombre del año”.

Pero cabe preguntarse si su revolución copernicana por la que intenta retirarse del vértice de la Iglesia, devolviendo la centralidad a la figura de Cristo y recuperar la importancia conciliar de la colegialidad y el protagonismo del Pueblo, así como lanzarla a la periferia, cuenta con todos los apoyos necesarios. ¿Podrá el Papa llevar a cabo su sueño? ¿Qué límites tiene dentro y fuera de la institución? ¿Hasta qué fronteras conseguirá ampliar la apertura eclesial?

Es evidente que no quiere protegerse con antibalas, ni con la mitificación secular de su cargo, ni desde luego tras el fulgor de oropeles. Sin embargo una sorda oposición se va desenmascarando en su entorno. Primero, desde una sociedad dominada por la dictadura del mercado, a la que fustiga sin miedo, acusándola incluso de “matar” a sus víctimas. No olvidemos la frase de Lyndon B. Johnson en 1969 después de leer el Informe Rockefeller: “Lo pobres son un enemigo que quiere lo que nosotros tenemos”. El “Papa de los pobres” ya ha recibido los envites del Tea Party acusándolo de marxista. Aunque afortunadamente Francisco es de los que contesta a pie de titular, dejando claro que dicha ideología está equivocada, pero no las personas, pues muchos marxistas son sus amigos. En este plano sociológico, como en otros, guarda una inteligente equidistancia entre la humanidad y la pureza de la doctrina, la ortodoxia y el diálogo. Su pensamiento es el de Doctrina Social de la Iglesia, pero su corazón no es el de un jefe, sino el de un hermano.

Nadie puede saber hasta qué punto los dueños del poder económico, incluidos sus sicarios mafiosos, llegarán a movilizarse contra él. Pero, como demostró el fundador del cristianismo, no hay mayor fuerza que la debilidad ni palanca más poderosa que el amor. Más de temer son los opositores de dentro. Entre estos han surgido los de menor fuste, los aristócratas del formalismo, los que han dejado de leer el Evangelio para apegarse al mito ritual, a los capisayos, y al alambicamiento del lenguaje eclesiástico. No soportan que un papa se despoje de oro y púrpura, prefiera una pensión a un palacio, y un utilitario a un Mercedes y que además se entienda. Le acusan de “cutre” exactamente como los fariseos a Jesús, un “predicador rural”, que se juntaba con publicanos, lisiados y prostitutas. Esto ha indignado incluso al secretario de su predecesor, que vio en estos gestos un feo a Benedicto XVI, quien por cierto mantiene su admirable silencio.

Más peligrosos son los sectores de la curia, que ha comenzado a reformar de sus escandalosos manejos revelados por los vatileaks. En esto, como en el tema de la pederastia no le tiembla la mano, y ha tenido la inteligencia de no actuar sólo, sino con un comité de ocho cardenales de la Iglesia universal, que le respalda.

Si bien el terreno más pantanoso por donde ha de caminar sigue siendo el de la doctrina. La Iglesia católica sostiene que no se fundamenta sólo en la Revelación, sino también en la Tradición, y esta, acumulada durante siglos, hace que se mueva con pasos paquidérmicos. Ahí tiene clavados miles de ojos avezados en el dogma, la moral, el Derecho Canónico y el “siempre se hizo así”. Sobre todo afilan sus estiletes los casuistas en moral sexual. En esta materia la habilidosa fusión del carisma del de Asís con el sentido práctico del universitario Loyola, junto a un gran conocimiento del mundo actual, le prestan la sabiduría de caminar sobre seguro. Nadie hasta ahora ha conseguido cazarle en un renuncio teológico. Paradigmática en este sentido es su respuesta sobre los homosexuales, comparable a la de Jesús a los que pretendían apedrear a la adúltera.

El próximo sínodo de la familia va a convertirse en la primera tormenta de ideas no meramente consultiva sino deliberativa de este organismo creado por el Concilio. Y la polémica admisión a la comunión de los divorciados, por ejemplo, si se consigue, irá más en la línea de flexibilizar las nulidades, como en la Iglesia Ortodoxa, que en modificar la indisolubilidad. Un misterio sin resolver es si cambiará o no la ley vigente del celibato que, al no ser de “derecho divino”, no pertenece al dogma y es modificable. No deja de ser sintomático que sobre esta cuestión no se haya aún pronunciado.

Me consta que hay un sector feminista de la Iglesia desilusionado por la forma de abordar el papel de la mujer.. No pocas piensan que su marginación en la Iglesia no cesará hasta conseguir su acceso al sacerdocio, puerta cerrada por Juan Pabl II de forma contundente, y que Francisco no abrirá. También ha clausurado la del cardenalato, que algunos veían como viable, puesto que bastaría para ello el diaconado, recurso apuntado hace años por algunos padres sinodales. El papa lo descarta como forma de “clericalismo”.

Pero, si esta frontera resulta infranqueable, el ecumenismo se presenta como un horizonte lleno de promesas. Un papa, gran amigo de judíos en Buenos Aires, que despierta la admiración sincera de líderes de otras Iglesias, y que afirma que las sangres de un protestante y un católico se mezclan en una al derramarse, dice más que al debatir diferencias teológicas.

La gran reforma de Francisco sin embargo es la de devolver al papado un rostro humano y por tanto más divino; la de bajar a la calle y encaminar un ministerio petrino absoluto a un corresponsable “primus inter pares”. El teólogo español Juan de Dios Martín Velasco lo ha expresado con acierto: Si la historia hasta ahora se ha encargado de “eclesializar al cristianismo, Francisco ha emprendido la tarea de recristianizar la Iglesia”. No es poco. Viene a ser tanto como aproximarse a aquellos inspirados versos de Rafael Alberti al San Pedro de bronce del Vaticano: “Haz un milagro, Señor. / Déjame bajar al río, / volver a ser pescador, / que es lo mío.” Un sueño que parece ser real y romper fronteras.

fuente:



Jesús, hijo de Galilea
Jorge Costadoat SJ

La Navidad nos saca del alma los mejores sentimientos. Tal vez el más grande ellos –sentimiento y actitud ante la vida-, es la esperanza. No obstante lo ocurrido en los últimos meses, volvemos a creer en el ser humano. Las derrotas del año, entre Pascua y Año nuevo, ocuparán el lugar que les corresponde. La vida no tiene derecho a humillarnos. Las humillaciones sufridas no debieran nublarnos el porvenir. La Navidad nos recuerda la inmortalidad de nuestra dignidad. La memoria de una mujer humilde, su familia modesta, reaviva en nosotros anhelos de amor y de paz, alienta nuestra esperanza.

María de Galilea, subrayo Galilea, explica la humildad de Jesús. No fue fácil para ella ser humilde. Tampoco lo fue para Jesús. Y, sin embargo, la calidad de la esperanza cristiana depende de la sencillez de una familia de carpinteros. Los “mansos heredarán la tierra”, proclamará Jesús, después de haber discernido en su corazón cómo ser humilde, y después de haber desechado otras posibilidades. La Galilea de entonces fue una zona especialmente humillada. A todo Israel, los romanos le pusieron la bota encima. Pero la Galilea era especialmente pobre, la más oprimida de las provincias.

¿Qué pudo cultivarse en el corazón de los galileos de la época? ¿En el de María y José? La humillación es una experiencia histórica constante. La sagrada familia fue una familia humillada como los fueron los vecinos de Nazaret, de Cafarnaum o de Caná. La humillación, cuando se da, se da. Es un hecho, un daño, una herida que deja cicatriz. Otro asunto es cómo se procesa. Las superaciones de la humillación han podido ser cinco.
+ La rebelión contra los opresores. Los zelotas tomaron las armas contra los romanos. La violencia revolucionaria es una constante en la historia humana. La reacción contra la opresión si no es justa, es comprensible. Fue en Galilea donde fraguó la resistencia violenta contra Roma.

+ Otra salida es la simulación, la identificación con el agresor, la internalización de las ideas y costumbres del imperio de turno por temor a sus soldados o por abrirse un camino de sobrevivencia arribista. Seguramente hubo judíos que cedieron al encanto de la Pax romana. Lo habían hecho ya con la cultura griega.

+ Algo así hicieron los saduceos. Pero en su caso la sumisión no les fue miserable. Las familias aristocráticas y ricas de Jerusalem encontraron la manera de acomodarse a la dominación romana. Sacaron ventaja social y económica a este arreglo. Estuvieron, por cierto, prontas a crucificar a un inocente, si diera señales de ser el mesías. No tolerarían una amenaza a la tranquilidad de Palestina. La acomodación, el arreglo con los poderosos en todas las épocas ha parecido conveniente.

+ Otra posibilidad ha sido tragarse la humillación. Los pueblos oprimidos, con conciencia de tales, han solido interiorizar la violencia y dejar que el odio los mate. El odio pudre y mata. Los oprimidos de entonces, y de todas las épocas, han podido somatizar el miedo y la amargura, doblarse y aceptar resignados el futuro como una fatalidad.
La quinta salida de la humillación es cristiana. Los cristianos en Navidad celebran la humildad. Creen que María, la galilea, inculcó en Jesús esta virtud. Así lo dan a entender claramente los textos bíblicos. María ha debido liberar a su hijo de la vergüenza de ser pobre. La madre debió recordarle una y otra vez que nació en un pesebre. José, su padre, debió enseñarle a manejar con orgullo las herramientas. El niño sacó de ambos la convicción de su dignidad: él supo que no vino al mundo a pedir permiso ni a pedir perdón. Debió aprender lo uno y lo otro, pero no como un encorvado incapaz de mirar a los principales a los ojos. Tampoco como un amargado. Este hombre encaró un día la muerte, no como un cordero llevado al matadero, sino como un joven bendecido por el cielo y las estrellas, un señor al servicio de los miserables y de la reivindicación el honor de su pueblo.

La humillación sigue su curso por siglos. Ejemplos: la mujer traicionada por el marido, y viceversa; los habitantes de Alepo sitiados a fuego y estruendos; los sacerdotes en tiempos catastróficos para su credibilidad. Para ellos, y otros, el Cristo que viene al mundo esta Navidad, al igual que la galilea de Nazaret, debió procesar interiormente la humillación de sus compatriotas: adoró al Dios que levanta a los humildes y abominó a los “dioses” que pisotean al ser humano. Su madre le contagió su amor a los pobres, lo corrigió talvez para que no mirara nunca a nadie hacia arriba ni hacia abajo. Ella hizo de su hijo un hermano; un hombre que, por haber compartido el miedo y el desprecio de los galileos, por haber cosechado en esta región de Palestina la humildad, supo comprender las penosas excursiones de la opresión y perdonarlas; como un samaritano, que sin pretensión alguna de superioridad, devuelve al prójimo la esperanza en la altura exacta de su menosprecio, de su abandono, de su desesperanza o de su desesperación.