viernes, 29 de noviembre de 2013

Día 1 en las Islas Marías - Gaviotas y estrellas.

- No siempre habrá Internet, pero hoy tuve chance, comparto unas imágenes e impresiones de la llegada a esta experiencia. Saludos!

Mientras en varias partes del país el frío calaba, en Mazatlán el clima tendía al calor. En ese calor hubo que ir a preguntar y verificar que mi nombre estuviera en la lista para abordar el barco de las Islas. Afirmativo, estaba apuntado. Llegué antes de las 2 de la tarde. Pasar filtros, sacar el IFE, esperar. El barco comenzó a zarpar a las 8 de la noche. Antes, esperar, gritar presente cuando voceaban mi nombre y revisión de maletas.

Hace 13 años abordé un barco, el “Nautla”, que sobrevivió a la segunda guerra mundial, pero no a un incendio en alta mar, mientras iba a las Islas hace algunos años, del que fue náufrago el Pollo Valdez, jesuita que venía de tripulante junto con varios familiares de reclusos. Hoy el barco de las Islas es el “Álvarez”, y al subir nos dan un chaleco salvavidas naranja, que utilicé como almohada. No Hay camarotes para los que visitamos las islas. Las mujeres y niños duermen en el comedor o en la bodega. Los varones arriba, en cubierta.
La máquina que mueve el barco hace ruido de guajolote con gorgoreo continuo, eterno. Me puse tapones hechos con una servilleta, me tomé un dramamine y extendí la cobija que traía. Como enchilada tendido en eslora me recosté. De techo, el inmenso cielo estrellado. Pronto me dormí.

Varias veces me desperté, sacaba mis anteojos, y ahí estaba la osa menor, ese conjunto de astros en forma de cazuela. Somos hijos de las estrellas. También de la tierra, pero antes, parece que la vida se gestó por un aerolito, dicen teorías científicas. Somos polvo de estrellas, polvo enamorado, dice, creo, Ernesto Cardenal. Y ahí estuvieron ellas, presentes en la oscuridad, en el infinito, viéndonos toda la noche. También la luna me acompañaba. A mi derecha, bella, sonreía en el horizonte. Por su posición, me fue guiando como si fuera manecilla de un gran reloj, calculo que cada dos horas me desperté. A eso de las 4 de la mañana, me pareció ver gaviotas revoloteando sobre uno de los mástiles, en efecto, no fue un sueño. 7 gaviotas aprovecharon el raite. Al amanecer y estando a punto de arribar, extendieron vuelo y se repartieron graznando sobre el horizonte. No sé si al regreso del barco vuelvan de vuelta, no somos los únicos en utilizar la tecnología para migrar.

Bajar del barco, otra vez pases de lista y revisiones. Tenía sueño, estaba mareado, la espera desespera. Por fin recorrí el muelle, abajo, un gran cardumen, cientos de peces agrupados, serenos, parecería una procesión circular flotante. Arriba, las gaviotas.

Me esperaba Oscar, heroico, a sus más de 80 años, cojeando como San Ignacio, va y viene por donde le dan permiso para visitar a los internos de las Islas. Llegamos a la casa y me presentó a Mario, un jesuita italiano que pasa la mitad del año en estas latitudes. Vino hace 5 años, en las experiencias de tercera probación. Aquí está su corazón, desde entonces regresa. Lo acompañé a una misa, fue para los que trabajan en cosas de limpieza.

Me cayó rebién el modo de iniciar, sin tantos formalismos y concentrado más en comunicar profundidad y sentido. En la homilía reflexionó sobre una palabra griega: Kénosis. Dios se ha bajado a nivel de cancha a través de Jesús, y Él con sus brazos extendidos se agacha más, para abrazar a todos, para rescatar a todos, para ir por todos, especialmente los que más lo necesitan.

Contó una anécdota, después de su ordenación, allá en su pueblo –cercano a Venecia-, se encontró en la plaza a un amigo agnóstico. Platicando llegaron otros 2, un drogadicto y alguien que tenía deformaciones en la cara. Éstos los invitaron a cenar, Mario que andaba muy cansado dijo que no. Y el amigo no creyente sacó un recorte del periódico local, hablaba del jesuita recién ordenado a quien el obispo lo exhortaba a que fuera a compartir el pan con los más pobres. Y allá fueron, a cenar. Interesante mediador celestial, un ateo fue el ángel que le recordó la misión encomendada. Y así vi a mi compañero, entregado, amigo de todos. Su look de Steve Jobs se veía paseando y saludando a presos, trabajadores, policías, marinos. Para todos tenía chascarrillos y sincera sonrisa. Le pregunté que qué le gustaba de las islas: la camaradería y la “carrilla”. Hoy regresó en el barco que me trajo. En abril espera volver. Lo acompañe al muelle, era noche, lo vi caminar al barco, la vista no alcanzó para ver si en el mástil estaban aquellas 7 gaviotas.

Mayo, SJ.