jueves, 21 de noviembre de 2013

ACUERDATE DE MÍ - José Antonio Pagola



 ACUERDATE DE MÍ - José Antonio Pagola

Según el relato de Lucas, Jesús ha agonizado en medio de las burlas y desprecios de quienes lo rodean. Nadie parece haber entendido su vida. Nadie parece haber captado su entrega a los que sufren ni su perdón a los culpables. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios. Nadie parece ahora intuir en aquella muerte misterio alguno.

Las autoridades religiosas se burlan de él con gestos despectivos: ha pretendido salvar a otros; que se salve ahora a sí mismo. Si es el Mesías de Dios, el “Elegido” por él, ya vendrá Dios en su defensa.

También los soldados se suman a las burlas. Ellos no creen en ningún Enviado de Dios. Se ríen del letrero que Pilatos ha mandado colocar en la cruz: “Este es el rey de los judíos”. Es absurdo que alguien pueda reinar sin poder. Que demuestre su fuerza salvándose a sí mismo.

Jesús permanece callado, pero no desciende de la cruz. ¿Qué haríamos nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos abandonara para siempre a nuestra suerte?

De pronto, en medio de tantas burlas y desprecios, una sorprendente invocación: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. No es un discípulo ni un seguidor de Jesús. Es un de los dos delincuentes crucificados junto a él. Lucas lo propone como un ejemplo admirable de fe en el Crucificado.

Este hombre, a punto de morir ajusticiado, sabe que Jesús es un hombre inocente, que no ha hecho más que bien a todos. Intuye en su vida un misterio que a él se le escapa, pero está convencido de que Jesús no va a ser derrotado por la muerte. De su corazón nace una súplica. Solo pide a Jesús que no lo olvide: algo podrá hacer por él.

Jesús le responde de inmediato: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ahora están los dos unidos en la angustia y la impotencia, pero Jesús lo acoge como compañero inseparable. Morirán crucificados, pero entrarán juntos en el misterio de Dios.

En medio de la sociedad descreída de nuestros días, no pocos viven desconcertados. No saben si creen o no creen. Casi sin saberlo, llevan en su corazón una fe pequeña y frágil. A veces, sin saber por qué ni cómo, agobiados por el peso de la vida, invocan a Jesús a su manera. “Jesús, acuérdate de mí” y Jesús los escucha: “Tú estarás siempre conmigo”. Dios tiene sus caminos para encontrarse con cada persona y no siempre pasan por donde le indican los teólogos. Lo decisivo es tener un corazón que escucha la propia conciencia.
José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la fe en el Crucificado. Pásalo.
24 de noviembre de 2013
Fiesta de Cristo Rey (C)
Lucas 23, 35-43
UN CREDO PARA ORAR

Yo creo en un niño pobre
que nació de noche en una cuadra,
arropado sólo por el amor de sus padres
y la bondad de la gente más sencilla.
Yo creo en un hombre sin importancia
austero, fiel, compasivo y valiente,
que hablaba con Dios como con su madre,
que hablaba de Dios como de su madre,
contando, llanamente, cuentos sencillos,
y por eso molestó a tanta gente
que al final lo mataron,
lo mataron los poderosos, los que se creían "santos".
Yo creo que está vivo, más que nadie,
y que en él, más que en nadie,
podemos conocer a Dios
y sabemos vivir mejor.
Y doy gracias al Padre
porque Él nos regaló este Niño
que nos ha cambiado la vida,
y nos ha dado sentido y esperanza.
Yo creo en ese niño pobre,
y me gustaría parecerme a él.

Escrito por José Enrique Galarreta, SJ.



DESCONCIERTO ANTES DEL REINO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Fuera suena el mundo, sus mercados, sus proyectos,
que dan a unos su fiesta y a otros su lamento.
Escucho. No lo entiendo.

La bolsa, los bancos, los partidos, las empresas...
largas filas de personas cayendo en tierra.
Las cuento. No lo entiendo.

El hambre, el paro, las clases, la xenofobia...
condenan siempre a ser reverso de la historia.
Es claro. No protesto.

Y aparecen las miserias del mundo civilizado:
pateras, desplazados, campos de refugiados...
Me asombro. No protesto

Son muchos y muy diversos lo escenarios:
Lampedusa, el Congo, Afganistán o este barrio...
Lo veo. No reacciono.

En los nuevos calvarios sigue habiendo cruces,
son tantas que nos resultan ya indiferentes.
Lo juzgo. No reacciono.

Por el poder, por el dinero, por la fe, por el coltán
se roba, crucifica y mata sin piedad.
Lo oigo. No respondo.

Los negocios y el mercado imponen sus leyes,
las personas son moneda de cambio siempre.
Lo oigo. No respondo

Los líderes, los políticos, los ricos y esbirros
se creen dioses y dueños, imponen silencio.
Observo. No lo creo.

Levantan sus banderas, sus sonrisas, sus dientes,
sus tanques, su avaricia, sus bancos, sus vientres.
Lo veo. No lo creo.

Viven seguros, construyen su mundo aparte,
sólo ofrecen las migajas de su banquete.
Lo pienso. No lo digo.

Farsantes de feria, se ríen de la justicia,
imponen sus leyes con engaños y consignas.
Lo pienso. No lo digo.

Yo tengo un agujero oscuro y calentito
en el que vivo, como, sueño y estoy tranquilo.
Te rezo muy piadoso.

Pero vienes y me miras y, con tu fuerza viva,
me lanzas fuera para que entienda, crea y diga.
Te miro. Me sorprendo.

Y antes de llevarme a tu reino de gracia y vida
me invitas a comulgar contigo en esta tierra.
Me abrazas. Me sorprendo.

Florentino Ulibarri





EL REINO DE DIOS ES UN REINADO SIN REY
Escrito por  Fray Marcos
Lc 23, 35-43

El último domingo del año litúrgico se dedica a Jesús. Toda la liturgia tiene como principio y como fin al mismo Jesús. Comienza en Adviento con la preparación a su nacimiento, y termina con la fiesta que estamos celebrando como culminación más allá de su vida terrena. Como todo ser humano nació como un proyecto que se fue realizando durante toda su vida y que culminó con la plenitud de ser que expresamos con el título de Rey.

Pero Jesús respondió a Pilato que su Reino no era de este mundo. Pues a pesar de ello, nosotros no estamos de acuerdo con lo que dijo Jesús y le proclamamos Rey del universo. Claro, nosotros sabemos mucho mejor que él, lo que es y lo que no es.

Con el evangelio en la mano, ¿podemos seguir hablando de "Jesús rey del universo"? Un Jesús que luchó contra toda clase de poder; que rechazó como tentación, la oferta de poseer todos los reinos del mundo. Un Jesús que dijo: Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de Dios. Un Jesús que invitó a sus seguidores a no someterse a nadie. Un Jesús que dijo que no venía a ser servido, sino a servir. Un Jesús que dijo a los Zebedeo: "El que quiera ser grande que sea el servidor, y el que quiera ser primero que sea el último. Un Jesús que cuando querían hacerlo rey, se escabulló y se marchó a la montaña; por cierto, con gran cabreo de los apóstoles que se fueron en la barca sin esperarlo. Podíamos hacer más referencias, pero creo que está claro lo que quiero decir.

La palabra Rey, Padre, Hijo, Mesías, Pastor, tienen gran riqueza de significados simbólicos, tanto en el AT como en el Nuevo. Todas están relacionadas entre sí y no se pueden entender separando unas de otras.

La idea de un "rey", en Israel, fue más bien tardía. Mientras fueron un pueblo nómada no tenía sentido pensar en un rey, ni siquiera sabían lo que era. Solo cuando llegaron a Canán y se establecieron en las ciudades conquistadas, sintieron la necesidad de copiar sus estructuras sociales y le pidieron a Dios un rey. Esa petición de un rey fue interpretada por los profetas como una apostasía, porque para el pueblo judío, el único rey debía ser Yahvé. Encontraron la solución convirtiendo al rey en un representante de Dios.

Para erigir a una persona como rey, se le ungía. Es lo que significa exactamente Mesías (Ungido). La unción le capacitaba para una misión: conducir al pueblo en nombre de Dios. De ahí que desde ese momento se le llamara hijo de Dios. Lo propio de un hijo es actuar como el padre, en lugar del padre. También se le llamaba padre del pueblo y pastor del pueblo. Lo mismo que Dios era padre y pastor para su pueblo, el que era elegido como rey era ungido, hijo, pastor y padre. Los primeros cristianos utilizaron todas estas palabras para referirse a Jesús y nosotros podemos seguir utilizándolas como símbolos.

Una clave para entender la fiesta de hoy la podemos encontrar en el mismo evangelio que acabamos de leer. En primer lugar, el letrero que Pilatos puso sobre la cruz, era una manera de mofarse, no de Jesús, sino de las autoridades judías que se lo habían entregado. Es curioso que nosotros hayamos ampliado el ámbito de su realeza a todo el universo. ¿Para escarnio de quién? Los soldados también le colocaron una corona y un cetro para reírse de él. ¿Creéis que Jesús se hubiera encontrado más cómodo con una corona de oro y brillantes y con un cetro cuajado de piedras preciosas? Por desgracia él no está presente para poder protestar por la tergiversación que supone la farsa.

Las autoridades, el pueblo, uno de los ladrones, le piden que se salve; pero Jesús no bajó de la cruz. Desde el bautismo hasta la cruz, le acompaña la tentación de poder. Jesús se salvó de esa tentación, pero no como esperaban los que estaban a su alrededor.

Hoy seguimos esperando, para él y para nosotros, la salvación que se negó a realizar. Nos negamos a admitir que nuestra salvación pueda consistir en dejarnos aniquilar por los que nos odian. La plenitud del hombre es el servicio hasta la muerte. Si seguimos esperando la salvación externa, de seguridad, de poder o de gloria, quedaremos decepcionados como ellos.

Jesús será Rey del Universo, cuando la paz y el amor reinen en todos los rincones de la tierra. Cuando todos seamos testigos de la verdad.

El centro de la predicación y actuación de Jesús fue "el Reino de Dios". Nunca se predicó a sí mismo ni revindicó nada para él. Todo lo que hizo y todo lo que dijo, hacía siempre referencia a Dios.

El Reino de Dios es una realidad que no hace referencia a un rey. Ni Dios ni Jesús pueden hacer nada por implantar su Reino al margen de nuestra actuación. Somos nosotros los que tenemos que hacerlo presente aquí y ahora, como Jesús lo hizo presente mientras vivió entre nosotros. Jesús de Nazaret se identificó de tal manera con ese Reino, que pudo decir: "quien me ve a mí, ve a mi Padre". Esto no lo decía como segunda persona de la Trinidad, sino como ser humano que había llegado a la experiencia fundamental y había descubierto que su auténtico ser y Dios eran uno.

Los cristianos descubrieron esta identificación, y pronto pasaron de aceptar la predicación de Jesús a predicarle a él. Surge entonces la magia de un nombre, Jesucristo. Jesús el Cristo, el Ungido. El soporte humano de esta nueva figura queda determinado por la cualidad de Ungido, Mesías. El adjetivo (ungido) queda sustantivado (Cristo).Lo determinante y esencial es que es "Ungido".

Lo que Jesús manifiesta de Dios, es más importante que el sustrato humano en el que se manifiesta lo divino. Pero debemos tener siempre muy claro que los dos aspectos son inseparables. No puede haber un Jesús que no sea Ungido, pero tampoco puede haber un "Ungido" sin un ser humano, Jesús. Cristo no es exactamente Jesús de Nazaret, sino la impronta de Dios en ese Jesús.

El Reino que es Dios, es el Reino que se manifiesta en Jesús. Para poder aplicar a Jesús ese título, debemos despojarlo de toda connotación de poder, fuerza o dominación. Jesús condenó toda clase de poder. Pero no solo condenó al que somete; condenó con la misma rotundidad a aquel que se deja someter. Este aspecto lo olvidamos y nos conformamos con acusar a los que dominan. No hay opresor sin oprimido.

El reinado de Cristo es un reino sin rey, donde todos sirven y todos son servidos. Cuando decimos: reina la paz, no queremos decir que la paz tenga un reino sino que la paz se hace presente en ese ámbito.

Jesús quiere seres humanos completos, que sean reyes, es decir, libres. Jesús quiere seres humanos ungidos por el Espíritu de Dios, que sean capaces de manifestar lo divino a través de su humanidad. Tanto el que esclaviza como el que se deja esclavizar, deja de ser humano y se aleja de lo divino. El que se deja esclavizar es siempre opresor en potencia, no se sometería si no estuviera dispuesto a someter.

Entre todas las opresiones posibles la religiosa es más inhumana porque es capaz de llegar a lo más profundo del ser y oprimirle radicalmente. Emplear términos militares, como "guerrilleros de Cristo", "cruzados de Cristo", para designar personas o asociaciones que pretenden estar vinculadas a Jesús, es muestra de la más burda tergiversación del evangelio.

En el padrenuestro, decimos: "Venga tu Reino", expresando el deseo de que cada uno de nosotros hagamos presente a Dios como lo hizo Jesús. Y todos sabemos perfectamente cómo actuó Jesús: desde el amor, la comprensión, la tolerancia, el servicio. Todo lo demás es palabrería. Ni programaciones ni doctrina, ni ritos, sirven para nada si no entramos en la dinámica del Reino.

Jesús quiere que todos seamos reyes, es decir que no nos dejemos esclavizar por nada ni por nadie. Cuando responde a Pilatos, no dice "soy el rey", sino soy rey. Con ello está demostrando que no es el único, que cualquiera puede descubrir su verdadero ser y actuar según esa exigencia.

Meditación-contemplación

"No es de este mundo", no quiere decir que es un reino para el más allá.
Quiere decir que no es un reino como los que conocemos aquí.
El reinado de Jesús, es el reinado de Dios.
Es el reinado del amor, del servicio a los demás, de la entrega total.
...................

Cristo es rey porque es Señor de sí mismo.
Lo que hay de Dios en él, gobierna todo su ser.
Nada de lo que él es, queda fuera de la influencia divina.
De igual manera, estás llamado a ser tú mismo, rey.
.................

Jesús le dice a Pilatos: Yo he venido para ser testigo de la Verdad.
Porque es Verdad, porque es auténtico, es Rey de sí mismo.
En él la parte espiritual reina sobre la sicológica y biológica.
Ahí tienes la manera de llegar a ser REY.
...................

Fray Marcos





JESÚS, PUNTO DE ENCUENTRO
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 23, 35-43

La acción se sitúa en el calvario. Jesús está en la cruz, y Lucas subraya el aspecto más hiriente de su muerte: a los ojos de todos, esta es la demostración de que "no era este", es un impostor.

Si él hubiera sido el Mesías de Dios, Dios hubiera estado con él. Esto se pone en boca de las autoridades del pueblo, de los soldados romanos, y de uno de los ladrones crucificados con él.

En contraposición, el otro ladrón cree en Jesús y recibe la promesa de la entrada inminente en el reino. Hay en el relato una clara oposición entre la palabra "rey" que figura en el letrero de la cruz como causa de la condena, y la palabra "reino", en donde es aceptado el malhechor. Jesús no es Rey en el primer sentido, pero sí en el segundo.

Es una presentación importante, que no falta en ninguno de los evangelios.

Todo este poderoso conjunto de ideas, expresiones simbólicas, citas bíblicas, nos conduce a una fundamental: Jesús como centro total de nuestro encuentro con Dios.

Podríamos derivar a consideraciones cósmicas, que son muy arriesgadas porque dependen mucho del desarrollo intelectual que nosotros hacemos de La Palabra, e introducen por tanto mucho de nuestra mentalidad y de nuestras filosofías. Nos importa más centrarnos en dos puntos: el mensaje de fondo para nosotros y el valor de las imágenes.

El mensaje de fondo
El centro del mensaje es sin duda nuestra fe en Jesús como visibilidad de Dios, Piedra Angular, Primogénito, lugar privilegiado de Encuentro con Dios, Principio y Fin de nuestra fe. Y éste es el motivo de que se coloque esta fiesta como corona final del año litúrgico.

En realidad, esta fiesta está artificialmente colocada aquí, porque la proclamación de nuestra fe en Jesús se hace en Pascua. La fiesta de Cristo Rey es una reduplicación de la resurrección y la Ascensión, y contiene sus mismos elementos. Pero nos viene bien recapacitar, al final del año litúrgico en esto: para nosotros, toda nuestra fe se resume en Jesús.

Podemos sentirnos más atraídos por una "Cristología ascendente" como la de los Hechos, y tantas frases de Pablo, como la que leemos hoy ("en él quiso Dios que residiera toda la plenitud"), como "el hombre lleno del Espíritu", en el que vemos, sentimos, palpamos, la plenitud de la presencia de Dios.

Podemos sentirnos más atraídos por una "Cristología descendente", como la de Juan ("La Palabra hecha carne que acampó entre nosotros") o la de varios textos de la misma lectura de hoy.

Podemos interpretar todo esto desde muchas filosofías, ("naturalezas, personas, hipóstasis....") con muchas imágenes, ("Primogénito, Verbo, Alfa-Omega, Luz de Luz....") y siempre estaremos haciendo lo mismo: intentar comprender, intentar expresar, intentar simbolizar nuestra fe en Jesús.

Esta fe consiste en que para nosotros Jesús es Presencia de Dios Salvador, lo definitivo. La fe cristiana consiste en encontrarse con Jesús; y, al encontrarse con Jesús, encontrarse con Dios.

No es que nosotros inventamos a Dios, no es que nuestra razón lo descubre, es que lo buscamos porque nuestra naturaleza lo necesita, y nos encontramos con que Él sale a nuestro encuentro. Ese lugar de encuentro es Jesús y por eso, para nosotros, Jesús es todo, principio y fin. Encuentro definitivo.

Por Él nos liberamos del miedo a la muerte, del miedo al castigo, del sin-sentido de la vida, del miedo a Dios, de los ídolos de dioses, de la esclavitud de los preceptos.

Todas las cosas son imágenes de Dios.
El ser humano es una excepcional imagen de Dios. Jesús es la imagen visible de Dios invisible. Todo lo que necesitamos saber de Dios lo vemos en Jesús.

Toda criatura es hija de Dios. Los seres humanos somos hijos de Dios. Jesús es "El Hijo", el hijo por excelencia en quien se reconoce de modo deslumbrante a su Padre, el que muestra con total claridad que Dios es ante todo el Padre.

Él es el Primero, el primero en saber vivir, el primero en saber morir, el primero en dejarnos ver La Vida después de la muerte. En su triunfo triunfamos todos. Al verle resucitado vemos el anuncio de nuestra resurrección, al verle ascendido a la diestra de Dios nos vemos reyes en el reino de Dios.

Todo esto lo expresamos en imágenes. Ninguna imagen debe confundirse con su contenido. Jesús no es luz ni agua, es carne y huesos. Jesús no es pastor, fue carpintero. Y desde luego Jesús no es rey.

Llamar a Jesús "rey" puede no parecernos hoy demasiado acertado, porque para nosotros "rey" tiene una connotación casi exclusivamente política, y es eso precisamente lo que Jesús no es, lo que expresamente rechazó.

Para Israel "Rey" era mucho más que jefe político: era la presencia de Dios pastor, conductor de Israel. Y para nosotros, la realeza no es cosa de reyes de la tierra.

En realidad, Jesús usó la "expresión "reino" en forma paradójica: el reino de Jesús es el reino al revés, el anti-reino, y Jesús es el mesías al revés, al revés de lo que todos entendían, el anti-mesías.

Nos acercaríamos más al sentido de la palabra "rey" si la situamos en terrenos del amor. Entre enamorados "eres mi rey" significa que lo eres todo para mí. Cuando decimos que el niño es el rey de la casa queremos decir que toda la casa gira en torno a él, porque le queremos más que a nada. Por ahí vamos mejor.

En este sentido, debemos usar la primera lectura como contraposición de la tercera.

La primera muestra las esperanzas, falsas, de Israel: el Mesías como nuevo David, de Israel y para el triunfo de Israel.

La tercera muestra a ese Rey crucificado para siempre. El letrero de la cruz tiene razón: el Rey de los Judíos ha muerto, para siempre. El reino no es como los reinos de este mundo, sino precisamente al revés.

CREDO PARA ORAR
Rezamos este credo/oración, porque refleja bien en qué creemos y en qué no creemos...

Yo creo en un niño pobre
que nació de noche en una cuadra,
arropado sólo por el amor de sus padres
y la bondad de la gente más sencilla.
Yo creo en un hombre sin importancia
austero, fiel, compasivo y valiente,
que hablaba con Dios como con su madre,
que hablaba de Dios como de su madre,
contando, llanamente, cuentos sencillos,
y por eso molestó a tanta gente
que al final lo mataron,
lo mataron los poderosos, los santos, los sagrados.
Yo creo que está vivo, más que nadie,
y que en él, más que en nadie,
podemos conocer a Dios
y sabemos vivir mejor.
Y doy gracias al Padre
porque Él nos regaló este Niño
que nos ha cambiado la vida,
y nos ha dado sentido y esperanza.
Yo creo en ese niño pobre,
y me gustaría parecerme a él.

José Enrique Galarreta



MI IGLESIA Y MI CREDO A LOS 60 AÑOS
Escrito por  José Arregi

60 años no son muchos, pero es como si en ellos me hubiera tocado cambiar dos veces de era cultural y vivir en mi vida tres culturas distintas, tres visiones del mundo y tres paradigmas teológicos.

Antes, las eras culturales perduraban milenios; creíamos que el cielo y la tierra estaban inmóviles, y que todo debía regirse por un orden inmutable; la Tierra era el centro del universo, y apenas el sol y la luna giraban lentamente alrededor de ella, para alumbrarnos de día y acompañarnos de noche y marcar los ritmos de la siembra y la cosecha.

Pero hoy sabemos que la tierra gira a 30.000 km. por segundo. Todo en el universo –las galaxias quasi infinitas en número y dimensión, y los átomos quasi infinitos en sus partículas y ondas y vacíos–, todo está unido con todo, y todo se mueve y corre vertiginosamente. Es admirable más que vertiginoso (lo que produce vértigo y estragos es el ritmo del llamado "desarrollo económico").

La cultura agraria se ha prolongado durante diez milenios –algo menos por estas tierras, donde aprendimos más tarde a cultivar la tierra y a criar animales–. Hace solamente doscientos años nació la era industrial, y la modernidad con ella. Pero ya estamos en otra era: en apenas doscientos años, la era industrial se ha transformado en era postindustrial, la era de la información; paralelamente, la cultura moderna, caracterizada por la fe laica en la razón científica y en el progreso, se ha transformado en cultura posmoderna, marcada por el estallido de la verdad, la fragmentación del saber, la evidencia de la incertidumbre y el reconocimiento del pluralismo en todos los campos. En apenas doscientos años, hemos pasado de la premodernidad a la modernidad y de ésta a la posmodernidad.

Así pues, en mis 60 años de vida he conocido tres épocas culturales distintas, muy distintas. Y al decir "épocas culturales distintas", me refiero a mi manera de ser creyente, de sentirme iglesia, de rezar el Credo. Durante casi 20 años, mi fe fue totalmente premoderna: la tierra el centro del universo presidido por Dios, Dios era el Ser y el Señor Supremo, la Biblia y los dogmas habían sido directamente revelados por Dios, lo sagrado era superior a todo lo profano, ser sacerdote era lo más grande, el pecado mortal lo más terrible, y el papa tenía siempre la última palabra.

El estudio de la filosofía y de la teología trajo consigo la duda, no exenta de angustias: había que reconciliar –no pocas veces un poco a la desesperada– la filosofía con la teología, la fe con la razón, el teocentrismo con el antropocentrismo, el poder de Dios con la libertad humana, la gracia con la responsabilidad, lo sagrado con lo profano, la transformación política del mundo con la esperanza del "más allá", la verdad con la tolerancia, la religión con la laicidad, la encarnación única de Dios con el respeto de las religiones no cristianas. Tuve que modernizar mi Credo.

Pero para cuando creí haberlo logrado más o menos durante mis cuatro años del Instituto Católico en París, otro mundo se me abría, o más bien se me imponía. Uno de los detonantes decisivos fue el proceso de elaboración de la tesis doctoral sobre la relación del cristianismo con otras religiones a partir del teólogo suizo Hans Urs von Balthasar. Tres mundos se confrontaron entre sí dentro de mí: la teología básicamente premoderna de Von Balthasar (el cristianismo es la única religión revelada o al menos la única religión de la encarnación histórica de Dios), la teología moderna de Rahner (el cristianismo es la culminación histórica de la revelación y de la encarnación de Dios, que se da también en las otras religiones) y la teología claramente "posmoderna" de Panikkar (Dios tiene muchos nombres y se encarna de muchas maneras en todas las culturas y religiones).

Opté por el tercer modelo más que nada porque los otros me encerraban en un callejón sin salida y sin respiro. Pero el paradigma pluralista era también a su vez como un salto en el vacío, de modo que no había paz en mí (tampoco la hubo en el tribunal ante el que presenté la tesis, en enero de 1991).

En los años posteriores fui buscando dando forma a un paradigma teológico radicalmente pluralista, un paradigma ecológico y liberacionista: Dios no es un Ente, es el alma y el corazón del universo en expansión y en creación permanente sin centro alguno; es el Espíritu o la Ruah de la paz y del consuelo, que gime en la humanidad y en todas las criaturas, hasta la plena liberación, hasta la plena creación.

Nuestra especie humana Homo Sapiens, aparecida hace nada más que 200.000 años en este precioso planeta verde y azul, no es ni el centro ni la cima de la creación, ni siquiera el centro y la cima de este planeta, sino que es –nada más ni nada menos– una manifestación maravillosa y todavía inacabada de la creación en marcha, con un triple cerebro –de reptil, mamífero y humano– no muy bien coordinado entre sí, que no le permite más que una conciencia aún muy dormida y una paz muy frágil; un día desaparecerá, como todas las demás especies, pero seguirá desarrollándose la vida en la Tierra (y en otros planetas probablemente, aunque todavía nada podemos saber).

¿Y Jesús? Jesús –¡bendito sea!– es un individuo admirable de esta nuestra pobre y maravillosa especie humana; fue y sigue siendo –porque la Vida que se da no muere– profeta o sacramento o símbolo o encarnación de la Compasión liberadora y creadora; vivió la indignación y la paz, la rebeldía y la esperanza; no le importó la religión, sino la misericordia; no le importó la culpa, sino la curación; él no se opone ni excluye ni incluye a ningún otro sacramento de la Compasión divina, y será plenamente Cristo o Mesías o liberador, en comunión con todos los profetas y liberadores del pasado y del futuro, cuando todos los sueños que él llamaba "reino de Dios" se cumplan del todo.

Mientras tanto, la vida en la Tierra seguirá; tiene aún por delante miles de millones de años, y muchísimo más en otras galaxias y planetas; y quiero pensar que aquí o en otro lugar aparecerán especies que puedan y acierten a vivir mejor que nosotros, en una paz más estable y en una armonía mayor consigo mismo y con todos los seres, para gloria de la Vida o de Dios.

En eso estoy, ahí me muevo. Nunca había pensado en publicar un librito como éste, hasta que Credo Ediciones se empeñó en ello hace un par de meses, a raíz de mi artículo "100 días de papado" sobre el papa Francisco, de apenas dos páginas. Siguiendo su invitación, he reunido aquí diversos textos, la mayoría de ellos no publicados todavía en forma impresa. Si a alguien le pudieran servir de algo, debe agradecérselo a la casa editorial.

"Mi Iglesia y mi Credo": el título es cuando menos equívoco, y puede parecer presuntuoso. No son de ningún modo "mi" Iglesia ni "mi" Credo. No soy fundador de nada. Los artículos posesivos están de sobra. Y, sin embargo, ¿cómo ser Iglesia hoy si no es buscando ser libre, y cómo rezar el Credo de siempre si no es con aquellas palabras que a cada uno nos lleven hoy realmente a vivir?

José Arregi

Para orar
¡Oh Dios! Somos uno contigo.
Tú nos has hecho uno contigo.
Tú nos has enseñado
que si permanecemos abiertos unos a otros
Tú moras en nosotros.
Que mantengamos esta apertura
y luchemos por ella con todo nuestro corazón.
Que comprendamos que no puede haber
entendimiento mutuo si hay rechazo.
¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón,
plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti
y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser,
nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu.
Tú nos llenas de amor y nos unes en el amor
conforme seguimos nuestros propios caminos,
unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo,
y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor.
El amor vence siempre. El amor es victorioso. Amén.

(Thomas Merton)





UN NUEVO ROSTRO DE DIOS
Escrito por  José Sánchez Luque

El 24 de noviembre se clausura el Año de la fe. El jesuita y catedrático de biología, el malagueño Ignacio Núñez de Castro nos ha ofrecido hace poco una hermosa reflexión sobre los "Retos de la ciencia a la fe y a la nueva evangelización". En su artículo (revista Manresa, oct-dic- 13) afirma que "nuestro lenguaje, imágenes y símbolos sobre el mundo, el hombre y Dios deben ser inteligibles para el hombre y la mujer de hoy".

Y cita, además, al pensador W. Pauli que el año 1927 escribía estas proféticas palabras: "Llegará el día en que los símbolos y las imágenes de la religión tradicional no posean ya una fuerza convincente ni siquiera para el pueblo sencillo". Pienso que está llegando ese día, pero nos resistimos a admitirlo.

Muchos pensadores afirman que nos encontramos de lleno en un segundo tiempo axial, el final del neolítico. Una profunda transformación espiritual es posible y necesaria en nuestro planeta. Pero, ¿qué puede ocurrir con el cristianismo? Nos podemos convertir en un gueto cultural irrelevante si no encontramos esos cauces nuevos para revivir el evangelio y renovar el cristianismo con el fin de que siga siendo levadura y luz para las personas de hoy y del futuro.

Estimo que es urgente para los cristianos hacer otra teología, una teología que vuelva la fe más comprensible y vivible para las personas de hoy. Tenemos que repensar el cristianismo para que sea evangelio liberador. Y no podrá ser liberador manteniendo conceptos y paradigmas del pasado que hoy resultan anacrónicos. No podemos seguir hablando de Dios con imágenes y lenguajes que pertenecen a cosmovisiones superadas. Tenemos que "vivir y sentir - escribía Teilhard de Chardin- un nuevo rostro del hombre y un nuevo rostro de Dios".

Por ejemplo, no podemos hablar de Dios como se hablaba en un mundo estático y determinista, piramidal y geocéntrico. Dios no es un ente, ni es algo, ni es alguien con psicología y sentimientos como los nuestros. Dios no interviene desde fuera cuando quiere. Dios es como la Carne del mundo, el Ser de cuanto es, el Corazón de cuanto late, el Verbo activo y pasivo de toda palabra, el Dinamismo de toda transformación, la Belleza y la Bondad que sostienen y mueven el universo en su infinito movimiento y en su infinita relación.

Tampoco podemos hablar del ser humano como si las ciencias no hubieran demostrado que no tenemos más conciencia y libertad que aquellas de las que nos hacen capaces los genes y las neuronas. La libertad está en camino, como el cosmos, la vida y la conciencia. La libertad es la meta de toda la creación.

¿Y el pecado? ¡Qué absurdo nuestro lenguaje tradicional sobre el pecado, y por lo tanto del perdón! El pecado no es la culpa contraída con una divinidad, sino la herida, el error, la finitud y el daño. Pero somos amados y podemos seguir: eso es el perdón.

Pensemos que los contenidos dogmáticos de nuestra fe están expresados en un idioma entre mágico y mítico. Hay que esforzarse en plantear el mismo contenido pero por medio de modelos cognitivos diferentes. Así la fe podrá ser aceptada por las personas, especialmente los jóvenes, que han superado los anteriores niveles de conciencia. Estamos pasando del platonismo a la física cuántica.

Si santo Tomás de Aquino -el teólogo por antonomasia- levantara la cabeza sería el primero en protestar por seguir manteniendo hoy casi la misma teología de hace ocho siglos. Y nos diría con pena que le hemos traicionado. En efecto, ser fieles a santo Tomás no consiste en repetirle, sino en hacer en nuestro tiempo lo que él hizo en el suyo: repensar el cristianismo para que siga siendo iluminación y consuelo, medicina y liberación para todos y todas.

Alejemos de nuestras mentes el tomismo decadente como nos pedía hace poco el papa Francisco. Busquemos nuevos lenguajes, nuevos paradigmas. Hoy se habla de que se están incubando otros dos cambios de mucha mayor envergadura: en el nivel de conciencia y en el modelo de cognición.

Divulguemos sin miedo las nuevas teologías, inspiradas sin duda en el Espíritu del Resucitado y en los signos de los tiempos. Las magnas marianas y las Mater Dei pueden tener su sentido, pero solo si nos llevan a una profunda renovación evangélica, social y eclesial.

No olvidemos las valientes palabras que el papa Francisco nos ha recordado en varias ocasiones: "Prefiero mil veces una Iglesia accidentada por buscar nuevos caminos a una Iglesia enferma y anquilosada, cerrada sobre sí misma". ¡Cómo nos gustaría que nuestros dirigentes eclesiales tomaran esta actitud como objetivo prioritario en su acción pastoral!

José Sánchez Luque





Sobre la muerte del rockero Lou Reed.

Laurie Anderson -artista, meditadora y esposa de Lou Reed- escribió en la revista Rolling Stone de esta semana una descripción sobre la muerte de su marido de una belleza extraordinaria. Ambos eran estudiantes de Yonge Mingur Rinpoche y habían seguido las enseñanzas budistas sobre la preparación para la muerte y sobre cómo hacer cuando uno de los cónyuges tiene una enfermedad terminal.

Después de que Lou Reed enfermara de cáncer de hígado y otras enfermedades, Anderson escribe: "Tratamos de entender y aplicar las enseñanzas de nuestra maestra Mingyur Rinpoche: 
"Tienes que aprender a sentirte triste sin sucumbir a la tristeza”.

“Cuando su muerte era ya inminente, Lou dejó el hospital y volvió a casa. Como meditadores, nos habíamos preparado para esto -cómo mover la energía desde el vientre, subirla al corazón y de ahí hacia fuera a través de la cabeza. Nunca he visto una expresión con tanta fascinación como la que tenía Lou mientras moría. Sus manos estaban haciendo el movimiento 21 de Taichi, el del "agua que fluye". Sus ojos estaban muy abiertos. Tuve entre mis brazos a la persona que más amaba en el mundo, y estuve hablando con él mientras moría. Su corazón se detuvo. El no tenía miedo. Pude caminar con él hasta el final del mundo. Pude ver la vida -tan bella, dolorosa y deslumbrante- en su máxima expresión. ¿Y la muerte? Creo que el propósito de la muerte es la liberación del amor”.

“En este momento me siento plenamente feliz. Estoy muy orgullosa de la forma en que vivió y murió mi esposo, de su increíble fortaleza y de su gracia. Estoy segura de que regresará a mí en sueños y que en ellos parecerá estar vivo de nuevo. Y de repente me doy cuenta de que estoy aquí sola, de pie, asombrada y agradecida. ¡Qué extraño, emocionante y milagroso es el hecho de que nos hayamos podido ayudar el uno al otro a evolucionar, que hayamos podido amarnos tanto a través de nuestras palabras, nuestra música y la realidad de nuestras vidas”.



"La finalidad de la oración monástica es preparar el camino para que la acción de Dios pueda desarrollar la «capacidad para lo sobrenatural», para la iluminación interior por la fe y por la luz de la sabiduría, en la amorosa contemplación de Dios. Puesto que la finalidad real de la meditación debe ser vista a esta luz, podemos comprender que el tipo de meditación que busca sólo desarrollar la capacidad de razonamiento, reforzar la imaginación y elevar el clima interior del sentimiento devocional tiene poco valor en este contexto."

Thomas Merton, "La oración contemplativa"