jueves, 24 de octubre de 2013

¿QUIÉN SOY YO PARA JUZGAR? - José Antonio Pagola

¿QUIÉN SOY YO PARA JUZGAR? - José Antonio Pagola

La parábola del fariseo y el publicano suele despertar en no pocos cristianos un rechazo grande hacia el fariseo que se presenta ante Dios arrogante y seguro de sí mismo, y una simpatía espontánea hacia el publicano que reconoce humildemente su pecado. Paradójicamente, el relato puede despertar en nosotros este sentimiento: “Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como este fariseo”.

Para escuchar correctamente el mensaje de la parábola, hemos de tener en cuenta que Jesús no la cuenta para criticar a los sectores fariseos, sino para sacudir la conciencia de “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. Entre estos nos encontramos, ciertamente, no pocos católicos de nuestros días.

La oración del fariseo nos revela su actitud interior: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás”. ¿Que clase de oración es esta de creerse mejor que los demás? Hasta un fariseo, fiel cumplidor de la Ley, puede vivir en una actitud pervertida. Este hombre se siente justo ante Dios y, precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y condena a los que no son como él.

El publicano, por el contrario, solo acierta a decir: “¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador”. Este hombre reconoce humildemente su pecado. No se puede gloriar de su vida. Se encomienda a la compasión de Dios. No se compara con nadie. No juzga a los demás. Vive en verdad ante sí mismo y ante Dios.

La parábola es una penetrante crítica que desenmascara una actitud religiosa engañosa, que nos permite vivir ante Dios seguros de nuestra inocencia, mientras condenamos desde nuestra supuesta superioridad moral a todo el que no piensa o actúa como nosotros.

Circunstancias históricas y corrientes triunfalistas alejadas del evangelio nos han hecho a los católicos especialmente proclives a esa tentación. Por eso, hemos de leer la parábola cada uno en actitud autocrítica: ¿Por qué nos creemos mejores que los agnósticos? ¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no practicantes? ¿Qué hay en el fondo de ciertas oraciones por la conversión de los pecadores? ¿Qué es reparar los pecados de los demás sin vivir convirtiéndonos a Dios?

Recientemente, ante la pregunta de un periodista, el Papa Francisco hizo esta afirmación: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”. Sus palabras han sorprendido a casi todos. Al parecer, nadie se esperaba una respuesta tan sencilla y evangélica de un Papa católico. Sin embargo, esa es la actitud de quien vive en verdad ante Dios



José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a nuestra conversión al Evangelio. Pásalo.
27 de octubre de 2013
30 Tiempo ordinario (C)
Lucas 18, 9-14
Escrito por  Florentino Ulibarri

Asumimos la legalidad social,
la fiscal y ciudadana,
la religiosa y profesional,
y nos jactamos de una ética personal intachable,
nos consideramos justos;
pero algo falla,
pues no acabamos de estar satisfechos
y buscamos justificarnos ante los demás,
ante ti, Señor,
y ante nosotros mismos.

Ya no subimos al templo a orar,
ni creemos en el destino,
ni tememos tu brazo extendido,
y pasamos de los oráculos eclesiásticos;
pero aunque, a veces, busquemos el silencio,
la serenidad, la paz, la interioridad,
no nos atrevemos a entrar
en nosotros mismos
ni a cruzarnos con los demás
siendo compañeros de camino.

Buscamos, como siempre,
los primeros puestos,
triunfo y éxito en lo nuestro,
estar en el centro,
tener todo bien sujeto,
no perder lo ya adquirido
y disponer de una respuesta
que justifique nuestro status;
pero no encontramos lo que necesitamos,
y nos rebelamos.

Nuestra súplica,
aunque exprese verdad,
sigue siendo una farsa,
la farsa del que se esconde al exponerse,
pues busca lucirse
y oculta su debilidad.

De nada sirve renovar gestos,
palabra y piel,
si nuestro corazón se resiste
y se queda al margen.

¡Tú nos quieres como somos,
débiles y pecadores,
antes que fariseos arrogantes!

Florentino Ulibarri





EL PECADO SUPREMO, CREERSE SIN PECADO
Escrito por  Fray Marcos
Lc 18, 9-14

Hoy el contexto literario no tiene importancia. En cambio es vital el contexto social y religioso en que se desarrolla la parábola.

Fariseo, para nosotros tiene, de entrada, una connotación muy negativa; sería una persona falsa, artificial e hipócrita, que lo único que busca es que los demás lo tengan por bueno, sin importarle nada serlo o no. Con esta idea es imposible entender el evangelio de hoy. No, el fariseo del tiempo de Jesús era un hombre piadoso y muy religioso. En realidad era el grupo más religioso y más fiel a la Ley. Hacía mucho más de lo que la Ley exigía, precisamente para garantizar su cumplimiento. Solo si tenemos en cuenta esto, podemos descubrir el profundo alcance de la parábola.

Publicano era en tiempo de Jesús, un judío que se dedicaba a cobrar los impuestos que la potencia ocupante exigía. Parece que la palabra telwnhs (telonés) hacía referencia a los que tenían su puesto en las entradas de las ciudades o en las fronteras para cobrar las tasas establecidas. No era un "moscamuerta" como parece indicar el evangelio. Eran considerados pecadores públicos por dos razones. Primero, porque colaboraban con el imperio romano, y ningún judío podía reconocer otra autoridad que no fuera la de Dios. Segundo, porque se veían obligadas a cobrar más de lo establecido porque no tenían otra retribución.

La introducción a la parábola es esclarecedora: "...por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de si mismos y despreciaban a los demás". Habría muchos fariseos que, siendo cumplidores de la Ley, ni se creían seguros ni despreciaban a los demás. Y habría publicanos que ni se sentían pecadores ni pedían perdón por sus culpas.

La elección de un fariseo y un publicano, sin matizaciones, no es inocente. Como en el caso del buen samaritano, tiene la intención de herir donde más les duele a los fariseos. Seguramente este matiz se debe a la comunidad cristiana una vez rotos los lazos con el judaísmo oficial.

La parábola no necesita explicación alguna. Se entiende perfectamente. El mensaje es revolucionario donde los haya. Trastoca toda la religiosidad de cualquier época. El bueno, el santo es rechazado por Dios. El pecador es aceptado. Esto será siempre un escándalo para los piadosos. Ningún cristiano de hoy sería capaz de presentar una hoja de servicios como la del fariseo del evangelio. Y sin embargo, no le sirve de nada. Ni siquiera en teoría hemos aceptado esta enseñanza. Un "buen" fariseo cumplidor sigue siendo el modelo.

Naturalmente, el fariseo no es rechazado por cumplir la Ley, sino a pesar de cumplirla escrupulosamente. Es rechazado por su actitud más profunda que se manifiesta en tres puntos:

1.- Se cree bueno.
2.- Desprecia a los demás porque no lo son.
3.- Pasa factura a Dios.

Tampoco el publicano es aceptado por obrar mal, sino por su actitud ante Dios:
1.- Reconoce su pecado.
2.- Pide perdón.
3.- Descubre la necesidad de un Dios que tenga compasión.
4.- Confía en ese Dios.

El mensaje es claro. Todas las buenas obras del mundo no sirven de nada si me llevan a una actitud de soberbia o simplemente me hace sentirme mejor que los demás. Esta segunda actitud nos afecta a todos.

Lo verdaderamente importante es descubrir lo que cada uno de nosotros tenemos de fariseo y de publicano. Las dos figuras conviven siempre. De entrada, no hay nadie absolutamente bueno ni absolutamente malo. Pero la mayoría no descubrimos lo que tenemos de malo y nos creemos por encima de los demás. En cambio el que descubre lo malo en sí mismo, está en mejores condiciones para adoptar la postura del publicano que le llevó a ser aceptado por Dios.

Lo más importante no es que consigamos ser perfectos cumplidores sino una actitud de humildad ante Dios y ante los demás. Esto no es nada fácil.

Como individuos estamos todos los días repitiendo la oración del fariseo explícita o implícitamente. Nos creemos con derecho a señalar con el dedo a los demás. Lo más mezquino de esta actitud es precisa¬mente que involucra al mismo Dios en ella: "Te doy gracias..." En realidad, lo que queremos decir es que es el mismo Dios el que tiene que estar agradecido.

No es en primera instancia orgullo ni hipocresía, sino falta absoluta de fe-confianza en Dios. No necesitamos confiar en Dios porque nuestras obras merecen más de lo que Dios nos puede dar. En el fondo, somos ateos porque no necesitamos a Dios para nada.

Como grupo, nunca ha habido tantas sectas en la Iglesia. La tendencia al capillismo de todo pelaje no es más que consecuencia de nuestro fariseísmo. Creemos que nuestra visión del cristianismo es la única auténtica y rechazamos a todo el que no la acepta.

Podemos despreciar a los demás porque son demasiado conservadores y siguen viviendo la religión como en la Edad Media. Pero también rechazamos a otros grupos porque se han embarcado en experimentos novedosos que considero contrarios a la norma.

De la misma manera que el fariseo rechaza a Dios cuando desprecia al publicano, el publicano rechaza al Dios de Jesús cuando desprecia al fariseo. Los dos peligros nos acechan constantemente.

Como iglesia, nos sentimos en posesión de la verdad, y despreciamos a los que no piensan o no actúan como nosotros. Hemos sido a través de la histeria los más intransi-gentes, los más acusadores, los más fanáticos, los más inquisidores, los más fariseos. Nos hemos sentido con derecho a juzgar a todo el mundo y a condenar a todo el que no es de los nuestros. Ninguna otra religión se sintió nunca más segura de sí misma, y ninguna ha despreciado más a las demás. Llegamos a decir (y muchos aún lo mantienen): "fuera de la Iglesia no hay salvación". Ninguna otra frase puede resumir mejor nuestro talante.

Estamos en una situación muy parecida a la que dio origen al fariseísmo allá por el sigo III y II antes de Cristo. El profetismo terminó con un fracaso estrepitoso y había que buscar otra manera de dar confianza a la gente. La utopía fue imposible, hay que volver a la ley. La garantía de la salvación está en el cumplimiento escrupuloso de la Ley.

La década de los sesenta y setenta fue una época de profetismo. Gandi, Lutero King, Oscar Romero, Ellacuría, la teología de la liberación, Juan XXIII, el concilio Vaticano II. Todas las expectativas se estrellaron contra la cruda realidad. El ser humano ha perdido la esperanza en la posibilidad de un mundo mejor. Es el mejor caldo de cultivo del fariseísmo. Nada de aventuras; volvamos al cumplimiento estricto de la Ley. No te preocupes del otro. Sálvate a ti mismo. Lo importante es cumplir la "voluntad de Dios". Despreciar a los demás que no cumplen esta voluntad es también la voluntad de Dios.

La causa de esta actitud no es más que un desconocimiento del hombre y un desconocimiento de Dios. O mejor, sacar las últimas conclusiones de un conocimiento demasiado racional de Dios y del hombre.

Tenemos que descubrir y denunciar con valentía que seguimos vendiendo como evangelio lo que no es más que el ideal griego de perfección, que los padres griegos identificaron con el evangelio. Para aquellos filósofos, la perfección consistía en que la parte superior de hombre, la razón llevara las riendas de la persona. Que nada escapara al control racional. Que apetitos, pasiones, sentidos, fueran regidos y controlados por la mente. Dejarse llevar del instinto era la mejor señal de embrutecimiento. Solo los que conseguían este objetivo podían considerarse plenamente humanos.

El gran peligro de este planteamiento es que en la medida que uno consigue ese objetivo, se siente superior a los demás y los desprecia.

Pero hay ago todavía peor: que no se alcance, a pesar de tenerlo como objetivo; entonces llega la necesidad de simulación. Hacer ver a los demás que lo has alcanzado, se convierte en el objetivo fundamental (fariseísmo de hoy).

Lo que nos dice Jesús está en la antípoda de este planteamiento. El seguidor de Jesús no es el "perfecto", sino el que necesita a un Dios que le ame sin merecerlo. "Las prostitutas, los pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios". No por ser pecadores, sino por reconocerlo humildemente y no despreciar a nadie.

Meditación-contemplación

"Ten compasión de este pecador".
Ninguna otra actitud puede alcanzar el favor de Dios.
Todo lo que soy depende del amor gratuito de Dios.
Este es el mayor de los consuelos.
..........

No tengo que preocuparme de méritos y virtudes.
Simplemente tengo que responder a un amor incondicional y eterno.
Lo que verdaderamente importa, nada ni nadie me lo puede arrebatar.
Los fallos se humanizan al reconocerlos.
..................

Si llegas a descubrir por experiencia (no de oídas) ese amor de Dios,
responderás amando como Dios te ama.
No sólo a Dios, sino a todos aquellos a quienes Él ama.
Este es el único mandamiento.
............

Fray Marcos





UN ERRÓNEO PLANTEAMIENTO RELIGIOSO
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 18, 9-14

Recordemos para empezar el significado exacto de algunas expresiones de la parábola:

§ Fariseo, en sí, no tiene ninguna connotación negativa. Más bien se puede afirmar que eran una clase muy respetada por su escrupuloso cumplimiento de la Ley, aun en sus más mínimos detalles, aunque caían ya en cumplimientos muy literales y "se tenían por santos". El fariseo de la parábola no exagera su cumplimiento, aunque se ve que está satisfecho de sí mismo.

§ Publicano: Recaudador de impuestos. Se comprometía a pagar un tanto al Estado (romano o de Herodes que viene a ser lo mismo). Lo que sacara de más, se lo embolsaba. Se las arreglaban (con ayuda de los soldados) para explotar a la gente y enriquecerse. Clase social absolutamente despreciada, considerada como pecador público, al mismo nivel que las prostitutas. Aparecen dos en el evangelio: Zaqueo y Leví (Mateo), llamado por Jesús a ser uno de los doce, con gran escándalo. El publicano de la parábola se siente abrumado por su situación, no puede salir de ella, y no hace más que pedir a Dios que se apiade de él.

§ La postura normal de oración entre los judíos era de pie, levantando las manos al cielo. En momentos concretos, se postran con el rostro en el suelo como señal de adoración o sumisión absoluta.

§ El fariseo dice que cumple la ley "de sobra". No era obligatorio ayunar dos veces por semana, sino sólo una al año, el día de la Expiación. Tampoco era obligatorio pagar diezmo de todo, sino del grano, el mosto y el aceite.

§ Justificado: Es un término "anterior" a la noción, más jurídica, que se desarrolla luego en la Iglesia a partir sobre todo de Trento. Aquí nos basta con señalar que es sinónimo a "hallar gracia a los ojos de Dios", "quedar a bien con Dios". No se trata por lo tanto del tema de "la justificación por la fe o por las obras". El autor ni lo tiene en la mente.

La parábola es escandalosa. Jesús se atreve a ridiculizar a la gente más respetable, a los más piadosos, a los más cumplidores de la Ley. A nadie le parecería mal la oración del Fariseo, pensarían que tenía razón. Y no era así; su acción de gracias muestra que está satisfecho de sí mismo y que no se tiene por pecador. Es exactamente lo contrario de lo que anuncia Jesús.

Tradicionalmente hemos exagerado la hipocresía de los fariseos, para apartarnos del mensaje profundo. Jesús no rechaza simplemente la hipocresía del fariseo, sino su mismo planteamiento religioso. Este planteamiento consiste en observar rigurosamente todos los preceptos de la Ley de manera que se siente uno justo ante Dios y por tanto mejor que otros que no lo cumplen todo tan bien como yo. Soy santo porque obro bien, por tanto soy mejor que otros. Dar gracias a Dios por todo esto es un sarcasmo.

Todos somos pecadores.

Apenas podemos evitar "sentirnos justos", con "pequeños" defectos. De eso nos solemos confesar: me distraigo en la oración, he murmurado de mi vecina, pierdo la paciencia... Pero no nos acusamos de algo más importante: he recibido millones y sólo rento céntimos.

Porque todo lo que soy me lo ha dado Dios para que trabaje por el Reino... Y a otros no les ha dado casi nada. Y yo, el rico, estoy satisfecho de lo que tengo y doy gracias a Dios. Esta es la misma línea de la parábola de los Talentos.

Paralelamente, seguimos viendo el pecado como culpa. Vemos drogadicción, prostitución, sexualidad desenfrenada, corrupción pública... Y probablemente nos produce horror, y lo condenamos. Condenamos a las acciones y quizá también a las personas. Vemos el pecado cometido. Pero no vemos el pecado padecido. Y no nos preguntamos "por qué ellos sí y yo no". Si nos lo preguntáramos, acabaríamos gritando de corazón a Dios "no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal", porque, en sus mismas circunstancias, nosotros seríamos como esos que nos producen tanto rechazo.

No es primero nuestra virtud, por la que Dios nos recibe: es primero Dios salvador, que nos hace tener esas virtudes. Éste es el error del fariseo. Se cree bueno, y que por eso, Dios le mira con buenos ojos. No sabe que Dios le ha mirado y por eso es bueno. Se ha apropiado del regalo de Dios.

Es sorprendente en el Evangelio la reiteración del tema de que Jesús acoge a los pecadores, los busca, come con ellos, se rodea de ellos, es bien recibido. Sorprendente, reiterativo, escandaloso. La mujer adúltera, la pecadora en casa de Simón, la Magdalena, Zaqueo, Leví, los leprosos... "Éste acoge a los pecadores y come con ellos". Y Jesús: - "No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores". ¿Por qué? Por dos razones:

- porque todos somos pecadores.
- porque Dios es el Médico.

El mensaje de esta Parábola es la mayor revolución religiosa. Dios no es el premio de los buenos y el castigo de los malos: es el médico de los enfermos y el sembrador. Ha sembrado mucho en mí, y cura mis enfermedades... para que yo siembre mucho y cure muchas enfermedades. Mientras no cambiemos de Dios seguiremos sin entender nada. Por eso a Jesús le recibían con entusiasmo los pecadores: este Dios soluciona la vida, no la carga aún más. Este Dios exige a los ricos y cura a los pobres.

No hemos entendido nada de la justicia y la misericordia de Dios. Dice la teología que en Dios todas las cualidades son la misma, que la justicia y la misericordia son lo mismo.

Y lo solemos entender así: Dios es justo, retribuye a cada uno según sus obras, pero es un juez benigno, no es severo, está inclinado a la bondad. Todo esto es mentira. Dios es justo perdonando, porque sabe que lo que llamamos culpa es cruz. Si fuéramos culpables, Dios no sería justo perdonando. Si perdona es porque proclama que no hay culpa. Esto proclama la Palabra ya desde el Libro del Génesis: Eva no peca por maldad, sino por error, porque no puede aguantarse las ganas de comer el apetitoso fruto.

Esto no significa que el pecado no importa, que es indiferente pecar. Al revés. El pecado nos destruye, es la peor de las enfermedades, el antagonista de Dios en toda la Biblia, porque es el antagonista del hombre. El que lleva a Jesús hasta la muerte, como puede llevar a todos los hombres hasta la muerte total. Pero Dios es para resucitar, Dios es para vivir, Dios es para curar, para regar, para iluminar.

Hemos convertido el pecado en una cuestión jurídica. El malo es culpable y debe ser castigado: el bueno tiene mérito y debe ser premiado. La Palabra de Jesús va mucho más adentro: estás enfermo y Dios te cura: estás sano porque Dios te ha curado porque te necesita para trabajar.

Este es un tema profundo de toda la Sagrada Escritura, una de las desviaciones más peligrosas de Israel. Israel siempre se ha tenido por "el pueblo elegido" y ha dado gracias a Dios por ello. Y se equivocaba al entenderlo mal. Se ha creído preferido por Dios, privilegiado por Dios libre y caprichosamente en detrimento de otros pueblos. Se ha creído superior porque conoce la Palabra, conoce la Ley y la practica, y el Señor pelea por él contra sus enemigos.

Este es un mensaje equivocado de toda la Biblia: es el pecado básico de Israel: creer que "Dios es para mí". Cuando la realidad es que Dios le ha elegido para ser luz de las naciones, exigiéndole mucho más que a todos los demás, responsabilizándole mucho más que a todos los demás.

Israel ha sido elegido y dotado como instrumento de Dios Salvador, y se ha apropiado de la salvación para presumir de ser "el pueblo de Dios". Y Dios es de todos y para todos, madre de todos, que ama más al más enfermo, porque le necesita más. Israel, llamado a ser médico y luz, se vanagloria de su luz y de su salud, sin saber que las ha recibido para que cure e ilumine, sin mérito propio alguno.

Es el pecado del Antiguo Testamento, el pecado del Pueblo, el que hará que sea rechazado por Dios, porque no es un instrumento válido. Y ése es, también, uno de los mensajes básicos del Evangelio. La Iglesia, nosotros, somos el Pueblo Elegido... elegido para trabajar más que los demás. Y seguiremos siendo el Pueblo Elegido mientras respondamos bien. Y si no lo hacemos, Dios se buscará otro pueblo, como sucede en Israel.

Esto se muestra también en una desviada concepción del Sacramento de la Penitencia, convertido en un juicio. Llevamos nuestros pecados al tribunal, y el juez, que es blando como un padrazo, nos perdona, siempre que estemos arrepentidos y prometamos no hacerlo más. ¡Triste parodia! Vamos al Sacramento a reconocer que somos pecadores y lo seguiremos siendo, porque no podemos librarnos de nuestra enfermedad así como así, por un acto de voluntad. Vamos a reconocer ante Él que seguimos estando enfermos, y a celebrar, con enorme alegría, que sigue contado con nosotros, que seguimos contando con Él para curarnos. ¡Curioso juez, el sacerdote, que no tiene facultades más que para perdonar!

La cumbre de todo esto es el final de la Parábola del Hijo Pródigo. El hermano mayor es justo, y se indigna de la injusticia que hace su padre al recibir al pródigo. El padre es más que justo, se ha llevado un alegrón "porque estaba perdido y lo hemos encontrado".

Lo aplicamos a la eucaristía. En la eucaristía "subimos al Templo a orar". Y nos encontramos, para empezar, con un rito de acogida en que se anuncia el perdón de los pecados. Buen principio: estamos ahí porque "Éste acoge a los pecadores y come con ellos".

Estamos en la Eucaristía porque contamos con Él para sanar, para responder, para trabajar. No vamos a la Eucaristía porque seamos justos, sino porque Él invita a los pecadores. Y allí estamos, agradecidos y deseando comprometernos con Él. Llevamos a la Eucaristía lo que somos, lo bueno y lo malo, sin temor, lo traemos ante Dios. Y recibimos Palabra, conocimiento de nosotros mismos y de Dios, ánimo para seguir... La Eucaristía es nuestro gran medio de conversión, para convertirnos cada vez más en Hijos.

José Enrique Galarreta SJ





DOMUND, DÍA DE LOS BUSCADORES DE CAMINOS
Escrito por Juan Masiá SJ

Ya empiezan los colores otoñales en los jardines de Kyoto. Incendio de tonalidades amarillas, ocres y encarnadas caldea las maderas del templo Honganji, reflejando la vida de arces y cerezos..

Me detengo ante el pórtico oriental para copiar el lema de la semana, caligrafiado por los monjes de la escuela de Tierra Pura. La Vida te vive, reza la emblemática pincelada. Es una jaculatoria de Shinran, el fundador de la nueva rama que en el siglo XIII revivió con amor familiar la religiosidad anquilosada en las galerías célibes del monacato. Mientras copio el aforismo en el bloc de cabecera, se me acerca sonriente un monje de cuerpo anciano y mirada joven:

- ¿Lee y escribe nuestros ideogramas?

- Ustedes me los enseñaron

- ¿Muchos años en Japón?

- Unos cuarenta

- ¿Arraigado aquí con hijos y nietos?

- No, soy religioso jesuita

- Ah, ya sé, los de Francisco Javier...

(En Japón es cultura general conocer el nombre del misionero navarro. No así la diferencia entre una secta y una orden religiosa).

- Por cierto, dígame, ustedes los jesuitas ¿son católicos o cristianos?

(Me río por dentro, pensando en quienes dirían en mi país que somos heréticos)

- Los jesuitas somos católicos, le respondo, y los católicos son cristianos. Una orden religiosa no es una secta, sino una comunidad comprometida con votos bajo la guía del Papa, para trabajar al servicio de un mundo más humano y más creyente, como buscaba Jesús.

- Un mundo así anhelamos también nosotros, como buscaba el Buda.

- ¿Es muy numerosa su danka? (Danka equivale a la feligresía de una parroquia).

- No excesiva, a pesar del sitio céntrico... (Pero más, sin duda, que toda nuestra diócesis católica de Kyoto).

- ¿No es frustrante pasarse la vida en el extranjero, trayendo de Europa la fe de Jesús a quienes no les interesa? ¿O quizás usted anuncia y vende mejor la mercancía convirtiendo a muchos kyudosha? (Kyudosha siginifica, en japonés, buscador de camino; es el nombre que dan, tanto en templos budistas como en iglesias cristianas, al catecúmeno que viene a aprender sobre la religión).

- No me considero empleado de publicidad y ventas, como los pioneros de ciertos nuevos movimientos sectarios. A Jesús, más que traerle, le busco. Kyudosha, es decir, buscadores de camino somos todos durante toda nuestra vida.

- En eso estoy de acuerdo, contesta el monje. Nosotros decimos que hasta que siguen creciendo las uñas del difunto, somos todos tankyûsha, es decir, exploradores que buscan el Camino del Buda sin acabar de encontrarle.

El monje calla y sonríe significativamente, mientras señala con el dedo a mis pies. Miro al suelo intrigado y luego me quedo mirándole interrogativamente.

- Cuando nos preguntan dónde está el Buda, respondemos: Aquí. La gente mira en torno y ve muchas estatuas de Buda en el templo. Siguen preguntando: ¿Cuál de ellas es el Buda auténtico? Y entonces señalamos a sus pies: El que está donde tú pisas, el que late donde tu corazón late, tan cerca de ti como tu mismo corazón y tan lejos como lo olvidado que tienes su latido.

- Claro, y por eso nos pasamos la vida buscándole.

- Y sin reconocer que nos ha hallado él primero, porque es la Vida que nos vive.

Se aleja despacio en silencio el monje. Contemplo el reflejo del sol de otoño a través de los arces sobre su kimono. Respirando su aura, su imagen se me transforma como en ensueño y me veo caminando junto al Jordán a unos pasos del enigmático buscador de Galilea, pescador de buscadores que pesquen personas vivas para la vida, diciéndonos: ¿Qué buscáis?

Juan Masiá





«EL SEÑOR ESTÁ CERCA»
Escrito por  Rogelio Cárdenas Msps
(Sal 34, 19)

El Señor está cerca... Dios siempre está aquí; junto, dentro, cerca...

Dios nos abraza y nos habita. Está cerca de quienes aman y anhelan, de quienes luchan y se entregan, de quienes lloran y más lo necesitan. Está cerca de quienes padecen las consecuencias de cualquier forma de violencia.

Dios está cerca de los empobrecidos y los abatidos, de las personas a las que nadie se acerca, aquellas que no tienen ni tendrán posibilidades de un empleo digno y justamente remunerado, de vivienda higiénica y segura, de acceso a la enseñanza, de vestido, de alimentación adecuada y de ocio sano. Dios está cerca de los que lloran amargamente por la guerra, las adicciones, el abandono y el rechazo...

Ahora mismo, sea que te des cuenta o no, Dios está muy cerca de ti...

Seamos entonces, a su imagen y semejanza, Iglesia cercana. Salgamos al encuentro de la historia, del mundo, de quienes piensan diferente. Abramos las puertas, no solamente para acoger y dar una cordial bienvenida, también para salir y acercarnos... Tengamos gestos, sencillos pero concretos, de cercanía, cariño y buen humor y dejemos todo signo de autosuficiencia y poderío.

Cristiana no es la persona que se aleja con el pretexto de orar, sino aquella cuya oración le acerca más a Dios y a los demás. Así que, cuando me acerco conscientemente a Dios por medio de la oración, ¿me siento más cerca de Dios y de mi pueblo...?

¿A quién acerco a Dios en mi oración? ¿De quién me siento más cerca? ¿Quién necesita más de nuestra cercanía?

¿Me siento Iglesia, enviada por Jesús para hacerlo presente y acercarse a la gente en su vida cotidiana y en sus dolores y esfuerzos diarios?

¿Me acerco a escuchar y comprender a los demás para amarles, o me acerco para hacerme oír e intentar imponer mi perspectiva?

Dime cómo oras... y te diré quién eres...

Dios bueno, que estás siempre cerca;

Que tu Iglesia, seamos pueblo cerca de quienes sufren.

Que sepamos acercar tu cariño a quienes se sientan lejos.

Que sepamos ser puentes que acerquen a los distanciados.

Hoy concédenos tu Espíritu Santo de comunión, que nos libere de quedarnos en nuestro falso y limitado yo.

Que nos sintamos pueblo sacerdotal y oremos siempre en plural: invocando tu amor poderoso en toda circunstancia, para los demás.

Dios bueno, creemos que estás siempre cerca...

Nos duele y conmueve el dolor de las víctimas en el planeta... estás cerca...

Nos indigna y enojan las consecuencias del egoísmo y la voracidad insaciable... estás cerca...

Nos lastima el llanto de los inocentes... estás cerca...

Cuando miramos la realidad, tan enferma de violencia y soñamos con un mundo más humano y más equitativo y en paz... estás cerca...

Cuando sentimos desde las entrañas el impulso de ponernos de pie, salir de nuestras seguridades, al encuentro de la vida y esforzarnos para que reine la vida... estás cerca...

Cuando la risa y la sonrisa nos inunda, cuando la ilusión y el cariño nos alienta, cuando la esperanza nos hace respirar hondo, cuando la amistad nos acerca... ¡Tú estás cerca!

Espíritu Santo, movidos por ti, nos ofrecemos en comunión con Jesús para que en el mundo reine tu pasión por la vida y reine la cercanía y la fraternidad.

Rogelio Cárdenas, msps