jueves, 10 de octubre de 2013

CREER SIN AGRADECER - José Antonio Pagola


CREER SIN AGRADECER - José Antonio Pagola
El relato comienza narrando la curación de un grupo de diez leprosos en las cercanías de Samaría. Pero, esta vez, no se detiene Lucas en los detalles de la curación, sino en la reacción de uno de los leprosos al verse curado. El evangelista describe cuidadosamente todos sus pasos, pues quiere sacudir la fe rutinaria de no pocos cristianos.

Jesús ha pedido a los leprosos que se presenten a los sacerdotes para obtener la autorización que los permita integrarse en la sociedad. Pero uno de ellos, de origen samaritano, al ver que está curado, en vez de ir a los sacerdotes, se vuelve para buscar a Jesús. Siente que para él comienza una vida nueva. En adelante, todo será diferente: podrá vivir de manera más digna y dichosa. Sabe a quién se lo debe. Necesita encontrarse con Jesús.

Vuelve “alabando a Dios a grandes gritos”. Sabe que la fuerza salvadora de Jesús solo puede tener su origen en Dios. Ahora siente algo nuevo por ese Padre Bueno del que habla Jesús. No lo olvidará jamás. En adelante vivirá dando gracias a Dios. Lo alabará gritando con todas sus fuerzas. Todos han de saber que se siente amado por él.

Al encontrarse con Jesús, “se echa a sus pies dándole gracias”. Sus compañeros han seguido su camino para encontrarse con los sacerdotes, pero él sabe que Jesús es su único Salvador. Por eso está aquí junto a él dándole gracias. En Jesús ha encontrado el mejor regalo de Dios.

Al concluir el relato, Jesús toma la palabra y hace tres preguntas expresando su sorpresa y tristeza ante lo ocurrido. No están dirigidas al samaritano que tiene a sus pies. Recogen el mensaje que Lucas quiere que se escuche en las comunidades cristianas.

“¿No han quedado limpios los diez?”.¿No se han curado todos? ¿Por qué no reconocen lo que han recibido de Jesús? “Los otros nueve, ¿dónde están?”. ¿Por qué no están allí? ¿Por qué hay tantos cristianos que viven sin dar gracias a Dios casi nunca? ¿Por qué no sienten un agradecimiento especial hacia Jesús? ¿No lo conocen? ¿No significa nada nuevo para ellos?

“¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”. ¿Por qué hay personas alejadas de la práctica religiosa que sienten verdadera admiración y agradecimiento hacia Jesús, mientras algunos cristianos no sienten nada especial por él? Benedicto XVI advertía hace unos años que un agnóstico en búsqueda puede estar más cerca de Dios que un cristiano rutinario que lo es solo por tradición o herencia. Una fe que no genera en los creyentes alegría y agradecimiento es una fe enferma.

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a despertar el agradecimiento a Dios y a Jesús. Pásalo.
13 de octubre de 2013
28 Tiempo ordinario (C)
Lucas, 17, 11-19
EL LEPROSO AGRADECIDO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Señor,
los caminos de la vida
están llenos de sorpresas,
y más si vamos por la periferia
siguiendo tus huellas;
pues aunque tratemos de ocultarlos,
antes o después, se hacen presentes
quienes están condenados,
por nuestras leyes y costumbres,
a ser invisibles.

Y poco importa
que sean leprosos y samaritanos,
o emigrantes, negros, sin papeles,
enfermos crónicos, parados,
mujeres, niños, mayores,
los nadie...,
los que salen a nuestro encuentro
y gritan sus necesidades.
Ellos son, nos guste o no,
seres humanos como nosotros
con la misma dignidad y derecho...

Danos tus ojos,
tu corazón,
tus entrañas,
tu empatía
y compasión más viva...
Y líbranos
de pedirles y exigirles
lo que no les dignifica:
que cumplan nuestras leyes
estrictamente.

Ayúdanos, Señor,
a seguir tus pasos,
a dejarnos sanar
para sanar a los hermanos...

Y si brota el agradecimiento,
que sea desde lo más hondo:
libre,
sincero,
espontaneo...
como el del leproso samaritano.

Florentino Ulibarri





LA SALVACIÓN LLEGA CON EL AGRADECIMIENTO
Escrito por  Fray Marcos
Lc 17, 11-19

Una vez más se nos recuerda el texto que Jesús va de camino hacia Jerusalén, donde se enfrentará al templo, lo que le llevará a la muerte y a la plenitud como ser humano en la entrega total. En esa subida se va haciendo presente la salvación, no solo al final del camino como nos han hecho creer.

Jesús sale al encuentro de los oprimidos y esclavizados de cualquier clase. Se preocupa de todo el que encuentra en su camino y tiene dificultades para ser él mismo. Sin la compasión de Jesús, el relato sería imposible.

Dice un proverbio oriental: cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo. Al seguir empleando títulos de relatos como: la oveja perdida, el hijo pródigo, los diez leprosos, etc., nos quedamos en el dedo y no descubrimos la luna a la que apuntan. Hoy el relato lo deberíamos llamar: de diez leprosos curados uno se salva.

En el relato vemos con toda claridad que la fe abarca no solo la confianza, sino la respuesta, fidelidad. Es la respuesta que completa la fe que salva. La confianza cura, la fidelidad salva. Mientras el hombre no responde con su propio reconocimiento y entrega, no se produce la verdadera liberación. Una vez más queda cuestionada nuestra fe.

Los protagonistas son hoy la lepra, Jesús y un personaje no judío. Los nueve restantes hacen de contrapunto. La lepra era el máximo exponente de la marginación, porque obligaba a los afectados a vivir una marginación deshumanizadora, desde el punto de vista social y religioso.

La lepra es una enfermedad contagiosa que era un peligro para la sociedad entera. Pero al no tener clara la diferencia entre lepra y otras infecciones de la piel, se declaraba lepra cualquier síntoma que pudiera dar sospecha de esa enfermedad. Muchas de esas infecciones se curaban espontáneamente y el sacerdote volvía a declarar puro al enfermo. A esta manera de actuar tan lesiva, Jesús quiere oponer una fe-confianza que debe cambiar también la actitud de la sociedad.

Al tomar como referencia la salvación del samaritano, está resaltando la universalidad de la salvación de Dios; pero sobre todo está criticando la idea que los judíos tenían de una relación exclusiva y excluyente con Dios.

No tiene por qué tratarse de un relato histórico. Los exegetas apuntan más bien, a una historia encaminada a resaltar la diferencia entre el judaísmo y la primera comunidad cristiana. En efecto, el fundamento de la religión judía era el cumplimiento de la Ley. Si un judío cumplía la Ley, Dios cumpliría su promesa de salvación. En cambio, para los cristianos, lo fundamental era el don gratuito e incondicional de Dios; al que se respondía con el agradecimiento y la alabanza. "Se volvió alabando a Dios y dando gracias".

Tenemos datos más que suficientes para afirmar que la liturgia de las primeras comunidades estaba basada toda ella en la acción de gracias (eucaristía) y la alabanza divina.

El relato está muy resumido y escueto, por eso es muy importante distinguir los distintos pasos:

1º.- Súplica profunda y sincera. Son conscientes de su situación desesperada y descubren la posibilidad de superarla. "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.

2º. - Respuesta indirecta de Jesús. "Id a presentaros a los sacerdotes". Ni siquiera se habla de milagro.

3º.- Confianza de los diez en que Jesús puede curarlos. "Mientras iban de camino"

4º.- En un momento del camino quedan limpios.

5º.- Reacción espontánea de uno. "Viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios y dando gracias".

6º.- Sorpresa de Jesús, no por el que vuelve, sino por los que siguieron su camino. "Los otros nueve, ¿dónde están?

7º.- Confirmación de una verdadera actitud vital que permite al samaritano alcanzar mucho más que una curación. "Levántate, vete, tu fe te ha salvado".

En este relato encontramos una de las ideas centrales de todo el evangelio: la autenticidad, la necesidad de una religiosidad que sea vida y no solamente programación y acomodación a unas normas externas. Se llega a insinuar que las instituciones religiosas pueden ser un impedimento para el desarrollo integral de la persona. Todas las instituciones tienden a hacer de las personas robots, que ellas puedan controlar con facilidad.

Si no defendemos nuestra personalidad, la vida y el desarrollo individual termina por anularse. El ser humano, por ser a la vez individual y social, se encuentra atrapado entre estos dos frentes: la necesidad de las instituciones, y la exigencia de defenderse de ellas para que no lo anulen.

Solo uno volvió para dar gracias. Solo uno se dejó llevar por el impulso vital. Los nueve restantes (se supone que eran judíos), se sintieron obligados a cumplir lo que mandaba la ley: presentarse al sacerdote para que les declarara puros y pudieran volver a formar parte de la sociedad.

Para ellos, volver a formar parte del organigrama religioso y social, era la verdadera salvación. Los nueve vuelven a someterse al cobijo de la institución; van al encuentro con Dios en el templo, en los ritos.

El samaritano creyó más urgente volver a dar gracias. Fue el que acertó, porque, libre de las ataduras de la Ley, se atrevió a expresar su vivencia profunda. Este encuentra la presencia de Dios en Jesús. Es más importante responder vitalmente al don de Dios, que el cumplimiento de unos ritos externos.

La verdadera salvación para el leproso llega en el reconocimiento y agradecimiento del don. Los otros nueve fueros curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del entramado religioso. Estamos ante la disyuntiva: salvación material o salvación espiritual.

Sin darnos cuenta nos sentimos inclinados a buscar la salvación en las seguridades y a conformarnos con ella. Incluso no tenemos ningún reparo en meter a Dios en nuestra propia dinámica y convertirle en garante de la salvación que nosotros buscamos, la material.

El cumplimiento de una norma solo tiene sentido religioso cuando estamos de verdad motivados desde el convencimiento. Jesús no dio ninguna nueva ley, solo la del amor, que no puede ser nunca un mandamiento. Ese valor relativo que Jesús dio a la Ley, le costó el rechazo frontal de todas las instancias religiosas de su tiempo. Jesús tuvo que hacer un gran esfuerzo por librarse de todas las instituciones que en su tiempo como en todo tiempo, intentaban manipular y anular a la persona. Para ser él mismo, tuvo que enfrentarse a la ley, al templo, a las instancias religiosas y civiles, a su propia familia. Incluso una institución tan básica como la familia puede anular a la persona e impedirle que sea ella misma.

El seguimiento de Jesús es una forma de vida. La vida escapa a toda posible programación que le llegue de fuera. Lo único que la guía es la dinámica interna, es decir, la fuerza que viene de dentro de cada ser y no el constreñimiento que le puede venir de fuera. La misma definición de Aristóteles lo expresa con toda claridad. Vida = "motus ab intrinseco". No basta el cumplir escrupulosamente las normas, como hacían los fariseos, hay que vivir la presencia de Dios. Todos seguimos teniendo algo de fariseos.

Un ejemplo puede aclararnos esta idea. Cuando se vacía una estatua de bronce, el bronce líquido se amolda perfectamente a un soporte externo, el molde; la figura puede salir perfecta en su configuración externa, solo le falta una cosa, la vida. Eso pasa con la religión; puede ser un molde perfecto, pero acoplarse a él, no es garantía ninguna de vida. Y sin vida, la religión se convierte en un corsé, cuyo único efecto es impedir la libertad. Todas las normas, todos los ritos, todas las doctrinas son solo medios para alcanzar la vida espiritual.

Al celebrar la misa, no sé si somos conscientes de que "eucaristía" significa acción de gracias. Además, en ella repetimos más de quince veces "Señor, ten piedad", como los diez leprosos. La gloria es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que ser un acicate para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que de verdad sea una manifestación comunitaria de agradecimiento y alabanza.

Antiguamente tenía gran importancia litúrgica la celebración de las Témporas en los primeros días de Octubre. Eran unos días de acción de gracias que tenían mucho sentido para la gente sencilla. Al finalizar la recolección de los frutos, se le daba gracias a Dios por todos sus dones.

Meditación-contemplación

"Se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias".
Se trata del último paso del acto de fe.
La confianza produce la curación, pero la fidelidad produce la salvación.
Sería una pena que me conforme con la curación.
................

La respuesta interior al don personal de Dios,
produce el verdadero milagro de la liberación.
La identificación con el Otro, me libera de los otros.
En los demás puedo encontrar seguridades. En Dios encontraré libertad.
..................

Sin reconocimiento del don, no puede haber respuesta.
La principal tarea del ser humano es ese descubrimiento,
que nos llevará a una entrega incondicional en fidelidad.
Mi existencia depende en cada instante de Él.
.........................

Fray Marcos





EL MILAGRO DE LA CONVERSIÓN
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 17, 11-19

Hay autores que piensan que éste no es el relato de un suceso, sino una parábola vestida con imágenes. Para nuestra interpretación, nos es indiferente.

Los "protagonistas" del milagro son diez leprosos. En toda la Biblia se llama genéricamente "lepra" a cualquier clase de afección cutánea, a veces simples erupciones curables.

Estas enfermedades son muy temidas, y el Libro del Levítico se preocupa mucho de ellas en los capítulos 13 y 14. Se consideran, como casi todas las enfermedades, castigo de Dios, y su curación es casi siempre "milagrosa", o fruto de una especial acción de los sacerdotes o los hombres de Dios. Los "leprosos" son estrictamente excluidos, tienen que vivir fuera de poblado, y hacer diversas muestras (tocar campanillas, lamentarse...) para que la gente no se acerque.

Jesús se ha saltado frecuentemente las normas de alejarse de los leprosos. Un episodio característico es el de Marcos 1,40 (paralelo en Mateo 8,4 y Lucas 5,12), en que se dice expresamente que Jesús tocó al leproso, quebrantado el expreso mandato de la ley, que convierte en "impuro" al que toque a un leproso.

Es un tema frecuente en los sinópticos, que lo aprovechan para enfrentar a Jesús con la más terrible de las enfermedades y para mostrar a Jesús por encima de la Ley. Curiosamente, el tema está completamente ausente en Juan.

La respuesta de Jesús es remitirles a los sacerdotes, no para que les curen, sino para que, según manda la Ley, certifiquen que están curados. Diríamos que Jesús "evita los trámites", ni siquiera hace un gesto de curación. Ya están curados, que los sacerdotes lo certifiquen, para que puedan volver a la vida normal.

Pero el énfasis de la narración parece ponerse en la actitud de los curados. De los diez, nueve desaparecen sin más. Uno de ellos, un samaritano (hereje despreciado por los judíos) ni siquiera va a los sacerdotes: vuelve a Jesús agradecido. Jesús insiste precisamente en que es "ese extranjero" el que ha actuado como debía.

Se termina con la consabida expresión: "tu fe te ha salvado". Y, a los otros nueve, ¿qué les ha salvado? No parece que se trate de la curación. De esa curación viene para el samaritano agradecido una salvación más profunda.

"Tu fe te ha salvado" es un tema frecuente en el Evangelio. Lo encontramos en Mateo 8, el episodio del centurión, Mateo 9, el paralítico, y la mujer con flujo de sangre, Mateo 15, la mujer que pide la curación de su hija, Marcos 5, la hija de Jairo, Marcos 9, "creo, Señor, ayuda mi poca fe"... y en innumerables pasajes en que Jesús exhorta a la fe o reprocha la poca fe.

En el evangelio del domingo pasado tuvimos también un breve ejemplo. Allí desarrollamos la idea de la fe, no para mover montañas por capricho, sino para mover la montaña del pecado, para convertir a la humanidad, para construir el reino.

Este es el sentido de la fe en los milagros. No se trata de que un convencimiento profundo "hace milagros", desata las potencialidades ocultas y produce sanaciones sorprendentes. Esto puede ser verdad, pero no es el mensaje. El mensaje es que el milagro es manifestación de que aquí está el Espíritu, el que combate todo mal, el que es capaz de curar todo. Creer en Él, en el Espíritu, en la fuerza de Dios que está en Jesús, es la primera piedra del Reino. Creer en Él nos convierte, nos sana, nos limpia, nos hace criaturas nuevas, hace posible el milagro de los milagros, que vivamos para el Reino.

Y, un vez más, apreciamos el escaso acierto de la elección de los textos de hoy. La palabra "lepra", de la lectura continua de Lucas, ha atraído otro relato de "lepra" del AT, cuyo mensaje apenas tiene nada que ver con el Evangelio.

Los milagros del Antiguo Testamento apenas son otra cosa que "prueba" de que el poder de Dios actúa ahí, de que éste es un profeta verdadero. Los Milagros de Jesús son interpretados frecuentemente así por sus contemporáneos (y aun, en algún caso, por los mismos evangelistas). Pero son mucho más: son la presencia de La Salvación, la revelación de Dios mismo, que es, ante todo, el que sana. Por eso es lo mismo curar que perdonar los pecados: es la presencia del Espíritu, que elimina todo mal.

Una vez más, se nos invita a creer en el Espíritu, en Jesús, el Hombre lleno del Espíritu. Se nos invita a creer en el Espíritu que habita en nosotros. Los efectos del Espíritu son curación. Y es el primer efecto del Espíritu en nosotros: curarnos de nuestras enfermedades. Es la esencia de lo que hemos llamado "conversión", y que explicamos tan mal, de forma tan voluntarista.

Pensamos que convertirse es decidirse a cambiar, hacer un acto de voluntad y elegir libremente obedecer a Dios. Estos son nuestros tristes esquemas filosóficos, tan apartados de la realidad humana. El Evangelio es más humano, porque Dios conoce al ser humano mucho mejor que los filósofos.

Convertirse es que la cercanía de Jesús nos va cambiando. Convertirse es que la presencia del Fuego nos va calentando, la presencia del Agua nos va lavando, nos va fertilizando, la presencia del Espíritu nos va haciendo espíritu, liberándonos del pecado, de la carne, del mundo, que significan lo mismo: todas esas fuerzas que nos esclavizan.

No podemos convertirnos por un acto de voluntad. La prueba está en nuestros ridículos propósitos de enmienda que naufragan de una confesión a otra, de unos Ejercicios Espirituales a otros. No podemos vencer a la enfermedad, a la muerte, al pecado. No podemos vencer la atracción irresistible del fruto del árbol prohibido.

Pero sí podemos acercarnos a la Fuente, a la Llama, a la Palabra. Y eso sí nos cambia. "Si crees, todo es posible". Y ¿qué haremos para creer?. Tratar a Jesús, orar, conectar con la Palabra, celebrar bien la Eucaristía, leer, contemplar, obedecer a los impulsos prácticos del Espíritu, estar atentos, reconocer cuándo actúa en nosotros el Espíritu de Jesús, dar gracias entonces, acudir al Sacramento de la reconciliación para reconocer el poder del mal en mí y escuchar la Palabra de aliento de mi Madre....

Todo esto se resume en la palabra crecer en el Espíritu.

Nosotros, como el samaritano agradecido, sabemos que La Palabra, la Fe, nos ha curado de muchas cosas. Y volvemos a Jesús, agradecidos, porque, inteligentemente, nos damos cuenta de que de Él han nacido todos nuestros bienes. Y escuchamos la Palabra de Dios: ten fe, la Palabra es Poderosa, es tu Liberación.

Es magnífico creer en el Dios de Jesús, el Médico, el Libertador. Nuestra vida tiene demasiadas cargas como para que Dios sea la carga de las cargas. No; la carga peor es el pecado, la envidia y la lujuria y la tacañería y la mezquindad y la pereza y tantas y tantas esclavitudes. Dios es Médico, Pastor, Luz, Libertador de los pecados.

Ese Dios sí que nos hace falta. En ese Dios están deseando creer todos los pobres y los enfermos del mundo. Por eso el Evangelio, lo que tenemos que anunciar, es "La Buena Nueva", "La gran Noticia".

PARA NUESTRA ORACIÓN
Como el leproso agradecido, acudimos a la presencia de Dios, para darle gracias por la salud, por la liberación, por la luz que hemos recibido y recibimos de Jesús.

Creo que Dios es mi Padre,
mi médico, mi libertador
el que lo crea todo para bien,
el que trabaja sin descanso por sus hijos.

Creo más que a mi ojos a su Palabra,
Jesús, el Hombre lleno del Espíritu,
que es luz, camino y verdad,
que es agua, pan y vino,
nacido de María,
entregado hasta la muerte,
vivo para siempre junto a Dios.

Creo en el Espíritu, el Viento de Dios,
porque lo he visto resplandecer en Jesús
y lo sigo sintiendo en mí y en la Iglesia.

Por Jesús y por su Espíritu
creo en el perdón, creo en la humanidad,
creo que en la Iglesia está el Espíritu,
creo que la vida es eterna,
y la espero para mí y para todos,
por el poder y la bondad del Padre
manifestada en Jesucristo, nuestro Señor.

José Enrique Galarreta





CARTA AL PAPA FRANCISCO
Escrito por  José Antonio Pagola
Impulsar la renovación evangélica

Querido hermano Francisco:
Desde que fuiste elegido para ser la humilde "Roca" sobre la que Jesús quiere seguir construyendo hoy su Iglesia, he seguido con atención tus palabras. Ahora, acabo de llegar de Roma, donde te he podido ver abrazando a los niños, bendiciendo a enfermos y desvalidos y saludando a la muchedumbre.

Dicen que eres cercano, sencillo, humilde, simpático... y no sé cuántas cosas más. Pienso que hay en ti algo más, mucho más. Pude ver la Plaza de San Pedro y la Via della Conciliazione llena de gentes entusiasmadas. No creo que esa muchedumbre se sienta atraída solo por tu sencillez y simpatía. En pocos meses te has convertido en una "buena noticia" para la Iglesia e, incluso, más allá de la Iglesia. ¿Por qué?

Casi sin darnos cuenta, estás introduciendo en el mundo la Buena Noticia de Jesús. Estás creando en la Iglesia un clima nuevo, más evangélico y más humano. Nos estás aportando el Espíritu de Cristo. Personas alejadas de la fe cristiana me dicen que les ayudas a confiar más en la vida y en la bondad del ser humano.

Algunos que viven sin caminos hacia Dios me confiesan que se ha despertado en su interior una pequeña luz que les invita a revisar su actitud ante el Misterio último de la existencia.

Yo sé que en la Iglesia necesitamos reformas muy profundas para corregir desviaciones alimentadas durante muchos siglos, pero estos últimos años ha ido creciendo en mí una convicción. Para que esas reformas se puedan llevar a cabo, necesitamos previamente una conversión a un nivel más profundo y radical. Necesitamos, sencillamente, volver a Jesús, enraizar nuestro cristianismo con más verdad y más fidelidad en su persona, su mensaje y su proyecto del Reino de Dios. Por eso, quiero expresarte qué es lo que más me atrae de tu servicio como Obispo de Roma en estos inicios de tu tarea.

Yo te agradezco que abraces a los niños y los estreches contra tu pecho. Nos estás ayudando a recuperar aquel gesto profético de Jesús, tan olvidado en la Iglesia, pero tan importante para entender lo que esperaba de sus seguidores. Según el relato evangélico, Jesús llamó a los Doce, puso a un niño en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: "El que acoge a un niño como este en mi nombre, me está acogiendo a mí".

Se nos había olvidado que en el centro de la Iglesia, atrayendo la atención de todos, han de estar siempre los pequeños, los más frágiles y vulnerables. Es importante que estés entre nosotros como "Roca" sobre la que Jesús construye su Iglesia, pero es tan importante o más que estés en medio de nosotros abrazando a los pequeños y bendiciendo a los enfermos y desvalidos, para recordarnos cómo acoger a Jesús. Este gesto profético me parece decisivo en estos momentos en que el mundo corre el riesgo de deshumanizarse desentendiéndose de los últimos.

Yo te agradezco que nos llames de forma tan reiterada a salir de la Iglesia para entrar en la vida donde la gente sufre y goza, lucha y trabaja: ese mundo donde Dios quiere construir una convivencia más humana, justa y solidaria. Creo que la herejía más grave y sutil que ha penetrado en el cristianismo es haber hecho de la Iglesia el centro de todo, desplazando del horizonte el proyecto del Reino de Dios.

Juan Pablo II nos recordó que la Iglesia no es el fin de sí misma, sino solamente "germen, signo e instrumento del Reino de Dios", pero sus palabras se perdieron entre otros muchos discursos. Ahora se despierta en mí una alegría grande cuando nos llamas a salir de la "autorreferencialidad" para caminar hacia las "periferias existenciales", donde nos encontramos con los pobres, las víctimas, los enfermos, los desgraciados...

Disfruto subrayando tus palabras: "Hemos de construir puentes, no muros para defender la fe"; necesitamos "una Iglesia de puertas abiertas, no de controladores de la fe"; "la Iglesia no crece con el proselitismo, sino por la atracción, el testimonio y la predicación". Me parece escuchar la voz de Jesús que, desde el Vaticano, nos urge: "Id y anunciar que el Reino de Dios está cerca", "id y curad a los enfermos", "lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis".

Te agradezco también tus llamadas constantes a convertirnos al Evangelio. Qué bien conoces a la Iglesia. Me sorprende tu libertad para poner nombre a nuestros pecados. No lo haces con lenguaje de moralista, sino con fuerza evangélica: las envidias, el afán de hacer carrera y el deseo de dinero; "la desinformación, la difamación y la calumnia"; la arrogancia y la hipocresía clerical; la "mundanidad espiritual" y la "burguesía del espíritu"; los "cristianos de salón", los "creyentes de museo", los cristianos con "cara de funeral". Te preocupa mucho "una sal sin sabor", "una sal que no sabe a nada", y nos llamas a ser discípulos que aprenden a vivir con el estilo de Jesús.

No nos llamas solo a una conversión individual. Nos urges a una renovación eclesial, estructural. No estamos acostumbrados a escuchar ese lenguaje. Sordos a la llamada renovadora del Vaticano II, se nos ha olvidado que Jesús invitaba a sus seguidores a "poner el vino nuevo en odres nuevos". Por eso, me llena de esperanza tu homilía de la fiesta de Pentecostés: "La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades y gustos... Tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes, con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos".

Por eso nos pides que nos preguntemos sinceramente: "¿Estamos abiertos a las sorpresas de Dios o nos encerramos con miedo a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?". Tu mensaje y tu espíritu están anunciando un futuro nuevo para la Iglesia.

Quiero acabar estas líneas expresándote humildemente un deseo. Tal vez no podrás hacer grandes reformas, pero puedes impulsar la renovación evangélica en toda la Iglesia. Seguramente, puedes tomar las medidas oportunas para que los futuros obispos de las diócesis del mundo entero tengan un perfil y un estilo pastoral capaz de promover esa conversión a Jesús que tú tratas de alentar desde Roma. Francisco, eres un regalo de Dios. ¡Gracias!

José A. Pagola
Vida Nueva





El Vaticano II para los jóvenes
Jorge Costadoat, SJ.

He sabido que algunos jóvenes, cuando oyen hablar del “Concilio”, piensan que se trata de algo antiguo e, incluso, anticuado. Mi generación, en cambio, considera que al Vaticano II se debe la gran renovación de la Iglesia actual. ¿Qué renovación?, dirán los jóvenes. Tampoco yo podría explicarlo del todo, pues en ese entonces era muy niño. Solo he conocido esta Iglesia, que a unos parece vieja o incomprensible y que para mí necesita renovarse aún más.

 Así las cosas me pregunto: ¿qué tengo yo en común con las nuevas generaciones como para explicarles que el Concilio Vaticano II ha impulsado cambios enormes en la Iglesia, y cambios que todavía tienen que darse? Me cuesta referirme a las generaciones más jóvenes. Tengo la impresión de que vivimos en mundos distintos. Pero, si me detengo a pensar con más profundidad, si miro a mis sobrinos pequeños, cincuenta años menores, caigo en la cuenta de que tenemos en común al menos dos cosas: primero, tanto para ellos como para mí el amor es algo muy importante; segundo, a mí y a ellos nos gustan las papas fritas. Me perdonarán la comparación. Esta me anima a explicar que, a gracias al Vaticano II podemos imaginar que la Iglesia, si se renueva, tiene un enorme porvenir.
El desafío de los tiempos

Cuando los obispos del Concilio (1962 a 1965) fijaron la mirada en el mundo de esa época descubrieron que el gran signo de los tiempos era los grandes y acelerados cambios históricos, derivados del desarrollo de la ciencia y de la técnica, de la expansión del capitalismo y de las luchas por los derechos sociales. También hoy las nuevas generaciones pueden constatar que estas transformaciones continúan siendo el gran signo de los tiempos. Los jóvenes lo experimentan con mayor serenidad. Están mejor preparados que los mayores para surfear las agitaciones de la vida. Tal vez no sienten la angustia de sus padres ante el futuro. Pero, aun así, pueden avizorar que las extraordinarias posibilidades de la actual globalización tienen un reverso: el individualismo, la impersonalización, la provisionalidad de las relaciones humanas y el sentimiento de abandono correspondientes a una inseguridad en las comunidades de pertenencia.
El Vaticano II enfrentó una pregunta muy parecida a la que enfrentamos hoy todos, jóvenes y mayores: ¿cómo viviremos a futuro cambios tan grandes y acelerados? ¿Quiénes serán las principales víctimas de las transformaciones en curso y quién se hará cargo de ellas? ¿Qué reformas tienen que darse en la Iglesia para que ella efectivamente ofrezca orientación a los que buscan sentido a sus vidas y refugio a los que hayan sido excluidos?

Hace cincuenta años la Iglesia hizo un esfuerzo enorme por ajustar su realidad a las     preocupaciones  de su tiempo. Quiso ponerse al día. Lo hizo, curiosamente, yendo hacia atrás. Volvió a las fuentes primeras, al Evangelio y a su propia historia. Así pudo distinguir lo esencial de lo transitorio, la gran Tradición de los tradicionalismos asfixiantes, para intentar luego nuevas respuestas, nuevas maneras de entender y organizarse ella misma de acuerdo a las necesidades que iban surgiendo. Esto que el Vaticano hizo tantos años atrás es lo que la Iglesia tendría que continuar haciendo hoy. En ello han insistido los últimos papas. El Concilio nos ha dejado tarea para rato. La tarea es la misma. Pero, además, son los mismos los aportes del Vaticano II para cincuenta años atrás y para los futuros cincuenta, cien o quinientos por venir. Señalo algunos.

Aportes del Concilio
a)      Una idea dominante fue que Dios quiere y puede la salvación de todos los seres humanos. Esto es fácil de entender para los jóvenes ya que tienen una noción más positiva de Dios y de las demás culturas y religiones. Para los católicos de principios de siglo XX, incluida la jerarquía de la Iglesia, no era tan fácil admitirlo. Entonces se pensaba que “fuera de la Iglesia no había salvación”. Algo así hoy, además de equivocado, parece insoportablemente mezquino. El Vaticano II obligó a creer, por el contrario, que el amor es el principal criterio de la salvación. Fue extraordinariamente audaz. Al afirmar que los fieles de otras religiones o los ateos podrían “salvarse” si amaban y, por el contrario, “condenarse” los católicos por no hacerlo, relativizaron la necesidad de la Iglesia. Lo sabían y, sin embargo, quisieron correr el riesgo de ajustar el discurso y la organización de la Iglesia a esta extraordinaria convicción.

La conciencia de la importancia de “todos” a los ojos de Dios de parte del Concilio, continúa siendo clave y tremendamente actual. ¿Cómo no va a ser decisivo a futuro que haya una autoridad moral, en este caso la Iglesia, que declare que todo ser humano tiene una misma dignidad y que la religión ha de ser un factor de libertad, de justicia y de amor entre los seres humanos, y jamás de sectarismo, de fanatismo y de violencia? La Iglesia hoy, como la de hace cincuenta años, sabe que esta es su misión. No excluye que otras religiones y filosofías también la tengan. Se alegra que los credos converjan en ella. Pero ella sabe que su vocación particular es su lucha para que “todos” tengan lugar en el mundo. Sin lucha, la posibilidad de involucionar al racismo o a pensar que hay seres humanos superiores está allí esperando otra posibilidad. La humanidad conoce retrocesos atroces.

b)      Esto la Iglesia conciliar pretende alcanzarlo a través de un anuncio renovado de Jesucristo. Cualquiera que medite con calma acerca de la necesidad que tenemos de saber quién es el ser humano y qué orientación puede dársele a los increíbles desarrollos culturales alcanzados, caerá en la cuenta de que el Vaticano II tiene gran actualidad. Las ciencias y las técnicas serán siempre un aporte al nivel de los medios. Pero no puede pedírseles más. Sobre el sentido de la vida humana solo pueden decirnos algo importante algunas grandes personalidades, las personas auténticas y, sobre todo, las grandes tradiciones filosóficas y religiosas cuando se abren a la realidad y a sus cambios.

El Concilio reencontró en un estudio más profundo de la Sagrada Escritura al Hijo de Dios encarnado en Jesús de Nazaret como orientación fundamental para el ser humano. Desde entonces se ha subrayado que Cristo es el hombre que revela al hombre su propia humanidad. Pero, además, distinguió la Sagrada Escritura de la Palabra de Dios para enseñar que Dios, que habló en la Biblia, sigue hablando en la historia a través del Espíritu de Cristo resucitado. Por tanto, Jesucristo puede orientarnos con su ejemplo evangélico, pero también dándonos a conocer interiormente por dónde debemos avanzar, cuál es nuestra vocación y el sentido de nuestra vida.

c)      Termino con un tercer aporte teológico del Concilio, contribución que aún tiene que llevarse a la práctica. El Vaticano II ha querido que la Iglesia sea un sacramento de unión y de comunión entre todos los hombres y con Dios; un factor decisivo, en palabras de Pablo VI, de la “civilización del amor”. Desde entonces, ella misma ha debido ofrecer a cualquier ser humano un lugar digno en el mundo. ¡Cuánto se necesita hoy comunidades que nos reconozca como suyos! Necesitamos una que nos dé un nombre al nacer y nos ampare hasta la muerte. El Concilio ha querido que la Iglesia ofrezca una pertenencia definitiva al Cristo que, por representar al Dios que es amor, nos reconoce y reúne en una comunidad. En las comunidades de la Iglesia conciliar, ha pasado a ser decisiva la igual dignidad de las personas. La Iglesia latinoamericana, por su parte, ha llegado a la conclusión de que esto realmente se logra cuando los cristianos optan por los pobres y cuando ella se constituye en la “Iglesia de los pobres”. Allí donde los pobres se sienten en la Iglesia como en su casa.

La Iglesia que el Concilio ha querido debe ser humilde. En ella el bautismo debe considerarse el principal sacramento, de modo que los sacerdotes estén al servicio de todos los bautizados. Esta horizontalidad querida por el Vaticano II, también ha debido darse en relación a los otros pueblos y credos de la tierra. Una Iglesia humilde, en la cual todos pueden ser protagonistas y que reclama este derecho para todos los habitantes del planeta, debiera tener una gran actualidad.

En suma, intuyo que podemos entendernos las diferentes generaciones. Porque todos podemos apreciar que las principales convicciones del Vaticano II están vigentes. Pues si las papas fritas nos unen a jóvenes y a mayores, nos une mucho más el reconocimiento de que el amor es lo más grande, y lo que la Iglesia del Concilio ha querido es amar a la humanidad con un lenguaje nuevo y una organización más acorde con el Evangelio.






¿UN JESÚS PERFECTO?
Escrito por  José Arregi

En mi reciente artículo "Neuroteología" escribí: "Es más que probable que en la Tierra, dentro de muchos millones de años, vivan seres no humanos mucho más inteligentes o "espirituales" que nosotros (y que Buda o Jesús de Nazaret...)". Bastantes personas me han expresado su extrañeza o incluso su disgusto por la referencia a Jesús en este paréntesis. Podría ser que a algunos budistas les haya pasado a la inversa, si es que han leído el texto, pero no me consta. Quiero, pues, explicarme sobre este paréntesis para mis hermanos cristianos.

La pregunta es: ¿No puede un cristiano pensar que, dentro de miles o de millones de años, puedan existir en la Tierra –o que existan ya en otros planetas– seres más espirituales que Jesús de Nazaret?

Empezaré con una reflexión previa. La fe no se juega en lo que pensamos o creemos, sino en lo que vivimos. Lo que pensamos o creemos puede sostener y suscitar la vivencia profunda de la fe. Eso en primer lugar.

En segundo lugar: las creencias, en cuanto pensamientos, han de ser "razonables" o al menos no ser irracionales. Solo podemos "creer" lo que nos parece razonable o "plausible". Por eso cambian las creencias según la cultura, la visión del mundo, las ciencias.

Una creencia que no fuera razonable o que fuera irracional sería un obstáculo para la vivencia de la fe. En realidad, nadie cree nada si por alguna razón no le parece razonable creerlo. A mí no me parece razonable creer que Jesús fuese hijo de madre virgen, y no lo creo, ni ahí se juega mi fe cristiana (¡solo faltaría!); pero si alguien lo cree, es porque por alguna razón –por ejemplo, porque piensa que es una "verdad revelada por Dios"– le parece razonable creerlo así. Los motivos de razonabilidad o plausibilidad son muy diversos, pero nadie puede creer algo que no le parezca razonable creer. Es así de sencillo.

Igual de sencillo es, y por la misma razón, lo que decía en el paréntesis del artículo: si la evolución de la vida sigue –y es innegable que sigue–, el hombre Jesús no puede ser pensado como la forma acabada de la evolución de la vida en general, ni siquiera de la evolución humana en particular.

Según eso, no sería razonable pensar en Jesús como un ser perfecto y acabado, ni siquiera espiritualmente. Pensar a Jesús como un hombre perfecto estaría en contradicción con el dato de la evolución y, en última instancia, con la creencia de la encarnación. Vayamos por partes.

Supongo que nadie imagina a Jesús como un hombre físicamente perfecto. Un cuerpo perfecto no existe. Un Jesús físicamente perfecto no sería humano. Supongo que nadie piensa tampoco que Jesús fue intelectualmente insuperable, ni aun en el caso improbable de que hubiera sido más inteligente que Einstein.

La inteligencia depende de la educación y del ejercicio personal, pero en primer lugar de la capacidad neuronal. Si un día, dentro de miles o de millones de años –por mutación natural o por tecnología genética o neuronal– aparece alguna especie (tal vez exista ya en el universo) con una capacidad cerebral superior al Homo Sapiens actual, esa especie podrá ser más inteligente que Jesús, Homo Sapiens judío de hace dos mil años.

¿Y por qué ese futuro e hipotético ser no podría poseer una psicología más dotada, lograda o equilibrada que Jesús? No conocemos mucho sobre la psicología de Jesús, aunque por lo que sabemos ya nos gustaría tener su emotividad y equilibrio, su fuerza y ternura; ya nos gustaría ser tan buenos y felices como él.

Con todo, ¿sería razonable pensar que su psicología fue perfectamente equilibrada, que jamás sintió angustia ni sentimiento negativo alguno para consigo o los demás, como nos pasa a todos? Si padeces en tu ser, que seguro que padeces, esas angustias y sentimientos negativos, no te preocupes: seguro que Jesús también las padeció. Pero procuró seguir sobreponiéndose cada día y confiando a pesar de todo. Ahí está la grandeza; ése es el camino.

Yo espero, sin embargo, que alguna vez aparecerá o haremos que aparezca un cerebro más logrado que el de esta especie que somos (y que fue Jesús), esta especie que sigue funcionando todavía en buena parte según los mecanismos "primitivos" del cerebro reptil, y que sigue sintiendo todavía los miedos, las rabias y las tristezas propias del viejo cerebro mamífero. Espero que algún día pueblen nuestro querido planeta unos seres más libres de miedos, que se sientan más indemnes y salvados, que sean más felices cuidándose unos a otros más que nosotros. Jesús también lo esperaba –en primer lugar para sí–, aunque él lo llamaba "reino de Dios" y aunque él no entendía el mundo según un paradigma evolutivo como lo entendemos nosotros.

Si pensamos la realidad en un paradigma evolutivo, es lógico pensar la propia espiritualidad –la nuestra y la de Jesús– en ese mismo paradigma. La realización espiritual es una dimensión más compleja y profunda que la salud física o que incluso el equilibrio psicológico. Es la paz y la armonía con el Sí mismo, con el Mundo, con el Otro y con el Todo.

Y esa espiritualidad, como todo cuanto es, depende de todo, emerge de todo. Depende y emerge también, y no en pequeña medida, de los genes y de las neuronas. Por eso digo: ya quisiera yo llegar a la paz y la armonía a las que llegó Jesús, incluso en Getsemaní, incluso en la cruz, pero no tengo por qué pensar que en su ser individual e histórico llegase a la realización plena de la paz, del descanso, del shalom, de la espiritualidad, aunque sí creo –y me parece razonable o al menos no me parece irracional "creer"– que en su muerte llegó a la Vida plena o a Dios.

Espero que alguna vez haya seres en esta Tierra que puedan alcanzar una armonía mayor de la vida particular con la Vida universal, sin tanto esfuerzo ni tanto Getsemaní. También Jesús lo esperó, en primer lugar para sí, aunque quizás alguna vez también desesperó.

Jesús fue un individuo admirable de esta nuestra pobre y maravillosa especie humana, especie maravillosa pero aún incipiente, en evolución hacia una forma todavía desconocida. Jesús fue y sigue siendo profeta, sacramento, símbolo o encarnación de la Compasión liberadora y creadora. Pero en su vida y en su historia particular, en su experiencia y en su conciencia individual, no pudo llegar sino hasta donde su constitución biológica (su ADN y su 1.400 cm3 de cerebro) y toda su cultura le permitieron llegar.

Por eso lo quiero más, y lo confieso testigo y sacramento, admirable en su finitud y particularidad, del Espíritu que goza y gime en la creación entera hasta que Dios sea todo en todas las cosas.

José Arregi

Para orar
Bendito de Dios
en quien el Padre se complace,
tú viniste
a bautizar al ser humano en tu muerte.
Y el Jordán bañó tu cuerpo.
Ven, Señor Jesús,
justicia del Reino.
Que cantemos por tu retorno.

Bendito sea en nombre del Señor
El que viene a salvar a su pueblo!

Roca nueva
de donde brota el Río de la vida,
tú viniste
a saciar a los que creen en ti,
y dejaste abrir tu corazón.

Ven, Señor Jesús,
fuente inagotable.
Que cantemos por tu retorno.
Bendito sea en nombre del Señor
El que viene a salvar a su pueblo!

(Comisión cisterciense francófona)





LA RENOVACIÓN QUE NECESITAMOS
Escrito por  José María Castillo

La comisión de ocho cardenales, que ha designado el papa Francisco, trabaja intensamente estos días para ofrecer a los cristianos un proyecto de renovación de la Iglesia. No sabemos lo que, en concreto, están preparando y, por tanto, lo que nos van a ofrecer. En cualquier caso, y habida cuenta de las muchas quejas que se oyen contra el clero en general, y más en concreto contra la Curia Vaticana, no sería una sorpresa que el proyecto de renovación que se nos están preparando se centrase principalmente en una depuración de los responsables de tantos casos de corrupción y de escándalo, de los que nos vamos enterando. Y, esto supuesto, preparar una renovación del modelo vigente de gobierno en la Iglesia, reduciendo el papel avasallador que actualmente tiene Roma en la toma de decisiones, dando más participación a los obispos, especialmente a las Conferencias Episcopales, en la gestión de los asuntos, y quizá insistiendo en una mayor participación de los seglares (también las mujeres, por supuesto) incluso en altos cargos de gobierno.

Es evidente que, si todo esto se llevara a cabo, los cambios indicados - si no se quedan en letra muerta - representarían un cambio de época en la historia de la Iglesia y del papado. Sobre todo, si el gobierno de la Iglesia recupera el modelo sinodal, que estuvo en vigor durante el primer milenio de nuestra historia eclesiástica. Nadie duda que esto sería un motivo de notable alegría para cuantos deseamos esa "otra Iglesia" más comunitaria, menos jurídica y más participativa.

Pero la pregunta de fondo, que aquí se plantea, nos confronta con la siguiente cuestión. Por supuesto, todo esto es conveniente, es importante, es sobre todo necesario. Pero, resolviendo los problemas administrativos, que se refieren a la gestión y al gobierno de la Iglesia, ¿con eso, nada más, esta Iglesia que tenemos va a responder a las cuestiones de fondo que hoy se plantean tantas personas de buena voluntad, que le buscan un sentido a sus vidas y una solución a este mundo tan desquiciado?

Mi convicción, en este orden de cosas, es la siguiente: la Iglesia no tiene solución mientras no ponga en el centro de su vida el mensaje fundamental y desconcertante del Evangelio. Ahora bien, el problema capital, que aquí encontramos, está en que el centro de la vida de la Iglesia no es el Evangelio, sino la Religión, con sus "dogmas", sus "leyes" y sus "ritos". Esto supuesto, el problema no se resuelve manteniendo los "dogmas", reforzando las "leyes", y haciendo que los "ritos" resulten más solemnes o más fáciles, con tal que se observen. Todo esto no servirá sino para que la Religión cobre fuerza y la gente sea más "religiosa". Pero, si es que ponemos en eso la renovación de la Iglesia, lo que se consigue es que seremos más "religiosos", pero menos "evangélicos".

¿Por qué digo estas cosas? Porque, si algo hay claro en los evangelios, es que Jesús se puso de parte de los enfermos, de los pobres y de los marginados enfrentándose a muerte con la Religión. De manera que este enfrentamiento es central en los evangelios, en la vida y en el mensaje de Jesús. En la Iglesia tenemos miedo a afrontar esta toma de postura que asumió Jesús. Tenemos mucho miedo a que se nos juzgue según el texto tremendo de Mt 25, 31-47. Tenemos miedo a quedarnos sin religión y solamente con lo que hemos hecho o hemos dejado de hacer por los que sufren. Tenemos miedo, sobre todo, a tomar en serio las palabras tremendas que, un día, Dietrich Bonhoeffer escribió desde la cárcel del Tegel, poco antes de ser asesinado por los nazis: "Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8, 17 ("Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias") indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos".

Lo que nos da miedo es quedarnos con esta postura ante Dios. Solamente con esto. Sin dogmas, ni leyes, ni ritos a que agarrarnos, sino únicamente con nuestra identificación con el inmenso sufrimiento de los demás, el inmenso sufrimiento de este mundo en el que tanto se sufre.

José M. Castillo





LA FE EMPIEZA PEQUEÑA
Escrito por  Mari Paz López Santos
Primera Jornada, FEADULTA - 5 octubre 2013

La FE, como la vida, se inicia, tan pequeña, que no se percibe y va creciendo a base de confianza.

La FE, plantada en el seno de nuestra arcillosa tierra, duerme escondida pero latente; y a base del alimento y el agua del Espíritu, un día aparece tímidamente, exhibiendo un verde esperanza, que es fruto de la innegable confianza con la que se dejó hacer, se puso en movimiento y llegó a ser.

La FE es don que hay que poner a funcionar, no es para guardar, es para entregar y compartir.

Y como de FE se trataba la PRIMERA JORNADA FEADULTA, celebrada en Madrid, el pasado 5 de octubre, reconocimos en el transcurso del día, como FEADULTA www.feadulta.com, siguió la misma trayectoria de vida del don de la FE.

Alguien (Rafael Calvo) se puso en marcha, imagino que con esa sensación interna y urgente de que hay que compartir en gratuidad lo que se recibe y a otros puede venirle bien y a muchos nos pone en contacto.

Luego otros se fueron uniendo y colaborando con sus escritos. La cosa se fue haciendo más grande y amigos suyos e, incluso su familia. se fueron implicando. La semilla empezó a crecer y a crecer, incorporando cada vez a más personas, más ideas, más creatividad, todo para entregar, todo para compartir, todo gratis.

En este mundo que vivimos casi nada es gratis, pero al mismo tiempo están surgiendo cada vez más iniciativas que se dan sin que circule el dinero por medio, a las que pueden acceder quienes no podrían hacerlo si fuera tema de compraventa.

La creatividad de muchos en lo mismo es infinita y en FEADULTA eso se está dando. Las más de 150 personas que participamos en la Jornada pudimos darnos perfecta cuenta de la evolución y de la ilusión con que se ha hecho el recorrido de FEADULTA ¡Hay tantas formas de colaborar para que una cosa así salga adelante! Y se demuestra una vez más que "los pequeños" hemos de unirnos y ponernos en marcha, sin esperar, atendiendo al impulso de compartir y animados a aportar una pequeña semilla para que otra forma de vivir en el mundo sea posible.

En la mañana se presentaron a muchos de los colaboradores y otros que no pudieron asistir se hicieron presentes a través de cartas y vídeos. Después hubo una mesa redonda con el tema: Cómo entender y vivir una fe adulta, con Dolores Aleixandre, José Arregui, Julián Mellado, Susana Merino y Alberto Giráldez, seguida de un espacio de preguntas y buen compartir de todos los asistentes.

En la tarde hubo un tiempo sosegado para la oración preparada (música y letra) por Salomé Arricibita y comentada por Teresa Nécega. Y como final una celebración comunitaria presidida por José Arregui, acompañada con música y voces de miembros de los Coros de la Parroquia de Guadalupe.

Entre acto y acto, en un agradable y sencillo ambiente, hubo muchos encuentros y reencuentros e intercambio de direcciones de correo para seguir en contacto, compartiendo lo que tenemos: vida, en forma de escritos, oraciones, saludos, abrazos, etc.

Curiosamente, el sábado 5, fecha de la Jornada de FEADULTA, la Iglesia celebraba la fiesta de Témporas de Acción de Gracias. Habitualmente no creo que muchos nos percatemos de qué va esto de las Témporas pues vivimos alejados de la actividad del campo y esta fiesta, que tiene unos orígenes de lo más profano, la Iglesia la integró como "días de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas la recolección de las cosechas y la vacación, al reemprender la actividad habitual".

La FE, como las plantas, empieza en formato pequeño; empieza en minúscula semilla y va creciendo... hasta convertirse en frondosa planta o en árbol majestuoso.

FEADULTA es ya pequeño árbol como el que figura en la portada del folleto de la Jornada: un árbol de colores, notas musicales, mano que ayuda, voz que se expande y un sólido tronco en color rojo-vida.

Quien tiene FE, planta la semilla, confía y espera, sin preocuparse de qué forma y que color tendrá el fruto... eso sólo Dios lo sabe.

Mari Paz López Santos