jueves, 8 de agosto de 2013

VIVIR EN MINORÍA - José Antonio Pagola



VIVIR EN MINORÍA - José Antonio Pagola

Lucas ha recopilado en su evangelio unas palabras, llenas de afecto y cariño, dirigidas por Jesús a sus seguidores y seguidoras. Con frecuencia, suelen pasar desapercibidas. Sin embargo, leídas hoy con atención desde nuestras parroquias y comunidades cristianas, cobran una sorprendente actualidad. Es lo que necesitamos escuchar de Jesús en estos tiempos no fáciles para la fe.

"Mi pequeño rebaño". Jesús mira con ternura inmensa a su pequeño grupo de seguidores. Son pocos. Tienen vocación de minoría. No han de pensar en grandezas. Así los imagina Jesús siempre: como un poco de "levadura" oculto en la masa, una pequeña "luz" en medio de la oscuridad, un puñado de "sal" para poner sabor a la vida.

Después de siglos de "imperialismo cristiano", los discípulos de Jesús hemos de aprender a vivir en minoría. Es un error añorar una Iglesia poderosa y fuerte. Es un engaño buscar poder mundano o pretender dominar la sociedad. El evangelio no se impone por la fuerza. Lo contagian quienes viven al estilo de Jesús haciendo la vida más humana.

"No tengas miedo". Es la gran preocupación de Jesús. No quiere ver a sus seguidores paralizados por el miedo ni hundidos en el desaliento. No han de perder nunca la confianza y la paz. También hoy somos un pequeño rebaño, pero podemos permanecer muy unidos a Jesús, el Pastor que nos guía y nos defiende. El nos puede hacer vivir estos tiempos con paz.

"Vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino". Jesús se lo recuerda una vez más. No han de sentirse huérfanos. Tienen a Dios como Padre. Él les ha confiado su proyecto del reino. Es su gran regalo. Lo mejor que tenemos en nuestras comunidades: la tarea de hacer la vida más humana y la esperanza de encaminar la historia hacia su salvación definitiva.

"Vended vuestros bienes y dad limosna". Los seguidores de Jesús son un pequeño rebaño, pero nunca han de ser una secta encerrada en sus propios intereses. No vivirán de espaldas a las necesidades de nadie. Será comunidades de puertas abiertas. Compartirán sus bienes con los que necesitan ayuda y solidaridad. Darán limosna, es decir "misericordia". Este es el significado original del término griego.

Los cristianos necesitaremos todavía algún tiempo para aprender a vivir en minoría en medio de una sociedad secular y plural. Pero hay algo que podemos y debemos hacer sin esperar a nada: transformar el clima que se vive en nuestras comunidades y hacerlo más evangélico. El Papa Francisco nos está señalando el camino con sus gestos y su estilo de vida.

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Lucha contra la insensatez. Pásalo
11 de agosto de 2013
19 Tiempo ordinario (C)
Lc 12, 32-48

BIENAVENTURANZAS DEL DISCÍPULO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Dichosos quienes mantienen sus lámparas encendidas
y las comparten y llevan bien altas para que alumbren
y guíen a quienes andan a ras de tierra sin ellas,
perdidos entre laberintos, heridas y quejas.

Dichosos quienes permanecen en vela,
con el espíritu en ascuas y el cuerpo en forma,
y están siempre despiertos y atentos para quien llega
a medianoche, de madrugada o cuando el sol calienta.

Dichosos quienes se comparten y entregan,
y son fieles a mi deseo y palabra más sincera
y saben vivir como hijos y hermanos,
tengan cargos o sólo mandatos en su haber humano.

Dichosos quienes no buscan quedar bien, ni excusa
en el cansancio, la edad y la dignidad,
ni en el tiempo que pasa, ni en el premio que se retarda,
y mantienen su entrega para quienes los necesitan.

Dichosos quienes, estén dentro o fuera,
no tienen miedo a tormentas ni a sequías,
ni a huracanes, ni a calmas sin brisa,
y mantienen abierta su choza o su casa solariega.

Dichosos quienes no les importa ser pocos
y, menos aún, quedarse sin nada,
porque saben que el Padre está con ellos y les ama,
y les regala cada día lo necesario para el camino.

Dichosos quienes respetan y sirven sin queja
a sus hermanos, aunque les sean extraños,
y quienes ni comen ni engordan sus cuentas
a costa de otros pueblos y de sus ciudadanos.

Dichosos quienes se saben enviados
y se sienten, sin agobio, responsabilizados,
y aceptan ser hijos y hermanos de todos,
y al servir no se sienten humillados.

¡Dichosos mis discípulos!
¡Dichosos vosotros!
¡Dichosos quienes necesitan vuestro servicio!

Florentino Ulibarri





DIOS NO VIENE DE FUERA SINO DE DENTRO
Escrito por  Fray Marcos
Lc 12, 32-48

El texto del evangelio de este domingo forma parte de un amplio contexto, que empezaba el domingo pasado con la petición de uno a Jesús: "Dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia". A partir de ahí, Lucas propone una larga conversación con los discípulos que abarca 35 versículos y toca muy diversos temas de difícil integración. Naturalmente se trata de pensamientos dispersos que el evangelista organiza a su manera para ir aclarando las exigencias de Jesús. Sin duda reflejan la manera de ver la vida de la primera comunidad, como lo demuestra la conciencia de ser un pequeño rebaño.

Que el texto utilice a veces, el lenguaje escatológico nos puede despistar un poco. También nos puede confundir que nos hable de talegos o tesoros en el cielo que nadie puede robar, o que Dios llegará como un ladrón en la noche... Este leguaje mítico a nosotros hoy no nos sirve de nada. Dios no tiene que venir de ninguna parte. Está llamando siempre pero desde dentro. No pretende entrar en nosotros sino salir a nuestra conciencia y manifestarse en nuestras relaciones con los demás. Debemos superar la idea de un Dios actuando desde fuera.

El domingo pasado se nos pedía no poner la confianza en las riquezas. Hoy, además, se nos dice en quién hay que poner la confianza para que sea auténtica. No en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe, sino afianzamiento en una actitud que debe atravesar toda nuestra vida. Confiadamente, tenemos que poner en marcha todos los recursos de nuestro ser, conscientes de que Dios actúa solo a través de sus criaturas, y que solo a través de cada una de ellas la creación evoluciona. Ayúdate y Dios te ayudará.

Se trata de estar siempre en actitud de búsqueda. Más que en vela, yo diría que hay que estar despiertos. No porque pueda llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige una atención a lo que está más allá de los sentidos y no es nada fácil de descubrir. El tesoro está escondido, y hay que "trabajar" para descubrirlo.

No se trata de confiar en lo que nosotros podemos alcanzar, sino en que Dios ya nos lo ha dado todo. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros en el momento en que ha decidido darse Él mismo sin limitación ni restricción alguna. Lo único que se espera es que nosotros mismos descubramos ese don y vivamos de él.

Si de verdad hemos descubierto el tesoro que es Dios, no hay lugar para el temor. A las instituciones y a las personas que las dirigen no les interesa para nada la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios ni manipulaciones. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas.

La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad. El miedo paraliza a la persona, que inmediatamente tiene necesidad de alguien que le ofrezca su ayuda, para poder conseguir con gran esfuerzo, aquello que ya poseían plenamente antes de tener miedo.

Cuentan que una madre empezó a meter miedo de la oscuridad a su hijo pequeño. El objetivo era que no llegara nunca tarde a casa. Con el tiempo, el niño fue incapaz de andar solo en la noche. Eso le impedía una serie de actividades que hacía muy difícil desarrollar su vida. Entonces la madre, fabricó un amuleto y dijo al niño: esto te protegerá de la oscuridad. El niño convencido, empezó a caminar en la noche sin ningún problema, confiando en el amuleto que llevaba colgado del cuello. ¡Sin comentario!

Para descubrir el sentido de esa confianza, tenemos que descubrir los errores que hemos desarrollado sobre lo que Dios es. No se trata de un ser externo en el que debo confiar, sino en mi propio ser en lo que tiene de fundamento que me proporciona todas las posibilidades desde dentro de mí mismo. Esto es lo que significa: "vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino".

El dios araña que necesita chupar la sangre al ser humano para salvar su trascendencia, no es el Dios de Jesús. El dios del que depende caprichosamente mi futuro, no es el Dios de Jesús. El dios que me colmará de favores cuando yo haya cumplido la Ley, no es el Dios de Jesús. El Dios de Jesús es don total, incondicional y permanente. Esto es lo que nos tiene que llevar a la más absoluta confianza. Ni siquiera depende de mí lo que Dios me da en todo instante. La fe consiste en fiarse absolutamente de ese Dios.

El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. No tengáis miedo, estad preparados, etc., depende de esta verdad. Si el Reino es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. Nuestra tarea será descubrir el tesoro, todo lo demás vendrá espontáneamente. El Reino es el mismo Dios escondido en lo más hondo de mi ser. Él es la mayor riqueza para todo ser humano. Todos los demás valores que puedo encontrar en mi vida, deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino.

"Dar el reino" aplicado a Dios no tiene el mismo sentido que puede tener en nosotros el verbo dar. Dios no tiene nada que dar. Dios se da Él mismo, pero a nosotros se da antes de que nosotros seamos. De ese modo Dios se convierte en el sustrato y fundamento de mi ser. Sin Él yo no sería nada. Ese don descubierto y vivido es la raíz de todas mis posibilidades de ser humano. Todo lo que puedo llegar a ser más allá de mi pura biología, es consecuencia de esa presencia de Dios en mí que me capacita para llegar a ser como Él.

Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me entendéis bien: Dios no tiene futuro. Es un continuo presente. Ese presente es el que tengo que descubrir y en él lo encontraré todo. No se trata de esperar a que Dios me dé tal o cual cosa dentro de unos meses o unos años. El colmo del desatino es esperar que me dé, después de la muerte, lo que no quiso darme aquí.

La idea que tenemos de una vida futura, desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá, nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma. Lo que proyectamos para el futuro, está ya aquí y ahora a nuestro alcance. Aquí y ahora, puedo vivir la eternidad, puesto que puedo conectar con lo que hay de Dios en mí. Aquí y ahora puedo alcanzar mi plenitud, porque teniendo a Dios lo tengo todo al alcance de la mano.

La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará, sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada, ya lo está haciendo. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que hay en mí. Por eso hay que estar despiertos. Por eso no podemos pasar la vida dormidos. Por eso tenemos que vivir el momento presente, porque cualquier momento es el definitivo, porque en un momento, puedo dar el paso a la experiencia cumbre. Ese sería el momento definitivo de mi vida.

Demostramos falta de confianza y exceso de miedos, cuando buscamos a toda costa seguridades, sea en el más acá sea para el más allá. El miedo nos impide vivir el presente y nos atenaza para esperar el futuro. En realidad solo vivimos cuando perdemos el miedo.

Debemos caminar aunque no tengamos controlado ni el camino ni la meta. Nietzsche dijo: "Nunca ha llegado el hombre más lejos que cuando no sabía a dónde le llevaban sus pasos". Nunca podremos saber cuál es nuestra meta, hasta que no la alcancemos. O tal vez diríamos mejor, que no hay meta en el futuro del ser humano.

Mientras más se acerca a la plenitud un ser humano, más vasto es el horizonte de plenitud que se le abre. Esto que en sí mismo es un don increíble, a veces lleva a la desesperanza, porque la vida humana es siempre un comienzo, un volver a empezar, que puede llegar a ponernos nerviosos, por eso la necesidad de confiar, de fiarse de Otro. Esa fe-confianza no es para después, sino para este instante.


Meditación-contemplación

"No temas, porque Dios te ha dado el Reino".
Si no has descubierto esto, toda religión será inútil para ti.
El único objetivo de toda religión debería ser llevarte al interior,
donde te encontrarás con el mismo Dios como centro de tu ser.
.........................

Una vez descubierto el tesoro, sabrás que todo lo demás es arena.
No te costará ningún esfuerzo poner en él tu corazón
y apartarlo de todo lo que no es auténtico,
Por muy atrayente y reluciente que aparezca.
......................

Antes de descubrirlo, la confianza es imprescindible.
Nadie tira por la borda las seguridades, si no encuentra la total seguridad.
Muchas veces te han dicho que tienes que vender todo lo que tienes.
Pero la realidad es muy tozuda. Nadie da todo por nada.
..........................

Fray Marcos





Los cambios reales del papa Francisco
Pedro Miguel Lamet SJ

Después de su primer gran viaje y sobre todo tras su sorprendente y espontánea rueda de presa en el avión, cabe preguntarse si el papa Francisco ha dado ya pasos reales hacia un pontificado de cambio, o si su trayectoria se reduce a significativos gestos simbólicos de gran fuerza popular y mediática, pero nada más. Si hay algo más allá de sus sonrisas, cambio de vivienda y zapatos, coches menos ostentosos y cercanía visible a la gente en el lenguaje y el contacto físico sin plástico antibalas.

La respuesta más genérica es que sí. Su lenguaje no sólo revela populismo y una aproximación a la terminología actual,  por la que  afortunadamente se entiende a la primera. Contiene un elemento de ruptura que sacude las conciencias y puede suscitar un despertar interior y una nota específicamente nueva: arropar su mensaje optimista, alegre y positivo. Se diría que ha cambiado los continuos palos, condenas y advertencias a los que estábamos acostumbrados, por caldear los ánimos, zarandear  a los fieles y roturar un camino hacia horizontes de esperanza.

A los jóvenes les ha dicho que armen “líos”; a los obispos que no actúen como príncipes, y a toda la Iglesia que abandone viejos clericalismos y deje de mirarse a sí misma para lanzarse a la calle al encuentro de la gente.

Pero además ha comenzado a abordar aspectos doctrinales, en los que la jerarquía católica se había movido desde Juan Pablo II en una suerte de involución revisionista del Concilio y en una predicación del “no” sistemático, con una obsesión dominante por atajar los pecados sexuales con cierto olvido de la moral social y económica.

Se dijo, tras la sorprendente elección de Bergoglio, que el cardenal elegido para ocupar la sede de Pedro era un prelado con una preocupación capital por los pobres, pero conservador en la doctrina. Evidentemente no es un rupturista radical. Su revolución apunta al descalabro interior que provocan las bienaventuranzas,  no un corte con la tradición católica, sino contra el salvajismo egoísta que ha instaurado en nuestro mundo la economía de mercado.

En su viaje a Brasil se ha apuntado explícitamente al Estado laico, porque permite la libertad religiosa. En esto  da un viraje de ciento ochenta grados respecto a Juan Pablo II, que  era un declarado fundamentalista neoconfesional.

En el gobierno interno de la Iglesia ha recalcado una vez más que prefiere ser obispo de Roma a primus inter pares,lo que supone subrayar el aspecto de la colegialidad sobre el viejo-pontífice rey absoluto. Señaló en el avión su intencionalidad ecuménica, pues, como es sabido, la del primado romano es una de las cuestiones que más separa a la Iglesia de otras confesiones. También en este aspecto hay que anotar los pasos ya dados hacia la limpieza del IOR, el banco vaticano y la corrupción interna

¿Y la tan traída y llevada moral sexual? Otro nuevo: la revisión de la comunión de los divorciados y vueltos a casar. Parece que Francisco ha anunciado una puesta a punto del polémico tema de las nulidades canónicas, con una curiosa aproximación a la Iglesia ortodoxa que admite la posibilidad de errores y corrección en la indisolubilidad del primer matrimonio.

Respecto a la mujer, aunque subrayó su importancia en la Iglesia, con el consabido recurso a que la Virgen María es más importante que los apóstoles, reafirmó que la puerta al sacerdocio está definitivamente cerrada por Juan Pablo II. No se han hecho esperar las reacciones de las católicas feministas, que siempre han defendido que, si no hay ordenación de mujeres, nunca habrá igualdad. Si bien el Papa ha insistido en la necesidad de estudiar más a fondo la teología de la mujer y no sería de extrañar que le diera mayor participación en el gobierno de la Iglesia.

Pero la pregunta más explosiva podía poner a Francisco en evidencia: la penosa situación de los homosexuales creyentes que quieren seguir practicando su fe. Recuerda uno de aquellos dilemas que planteaban a Jesús los fariseos: Si el Papa respondía que ejerciendo como homosexuales pueden vivir al mismo tiempo como católicos practicantes, se situaba fuera de la moral tradicional católica. Y si decía lo contrario, se apuntaba a la crueldad que segrega al colectivo gay de la Iglesia. Francisco respondió hábilmente: “¿Quién soy yo para juzgar a un homosexual que quiere ser religioso?” Nadie le puede acusar de cambiar la doctrina y sin embargo abre una puerta: la del santuario de la conciencia. De internis necque  Ecclessia. (“De la intimidad de la conciencia ni la Iglesia puede juzgar”), decían ya los antiguos.

Por tanto el “párroco del mundo”, como lo llaman  ya los italianos, sigue desconcertando, no sólo a golpe de sonrisa o su cartera de mano en la escalerilla, donde llevaba un libro sobre la más pequeña de las santas, Teresa de Lisieux,o su valiente  desafío a todos los killers que hoy andan sueltos, sino poniendo un plus de entrañas de misericordia a una sociedad rígida y heladora, y un gramo de santa locura, arrojo  y entusiasmo, a una Iglesia encapsulada en  el miedo y la norma. No es escaso equipaje para un primer vuelo al contiente de mayoría católica que empieza a flaquear en la fe.





UN NUEVO CREDO
Escrito por  Frei Betto

Creo en el Dios liberado del Vaticano y de todas las religiones existentes y por existir. El Dios que antecede a todos los bautismos, preexiste antes que los sacramentos y desborda todas las doctrinas religiosas. Libre de los teólogos, se derrama gratuitamente en el corazón de todos, creyentes y ateos, buenos y malos, de los que se creen salvados y de los que se creen hijos de la perdición, y también de los que son indiferentes a los abismos misteriosos del más allá de la muerte.

Creo en el Dios que no tiene religión, creador del Universo, donador de la vida y de la fe, presente en plenitud en la naturaleza y en los seres humanos. Dios orfebre de cada ínfimo eslabón de las partículas elementales, desde la refinada arquitectura del cerebro humano hasta el sofisticado entrelazado del trío de cuarqs.

Creo en el Dios que se hace sacramento en todo lo que acerca, atrae, enlaza y une: el amor. Todo amor es Dios y Dios es lo real. En tratándose de Dios, dice bellamente Rumi, no se trata del sediento que busca el agua sino del agua que busca al sediento. Basta con manifestar la sed y el agua mana.

Creo en el Dios que se hace refracción en la historia humana y rescata todas las víctimas de todo poder capaz de hacer sufrir al otro. Creo en teofanías permanentes y en el espejo del alma que me hace ver a Otro que no soy yo. Creo en el Dios que, como el calor del sol, siento en la piel, aunque sin conseguir contemplar o agarrar el astro que me calienta.

Creo en el Dios de la fe de Jesús, Dios que se hace niño en el vientre vacío de la mendiga y se acuesta en la hamaca para descansar de los desmanes del mundo. El Dios del arca de Noé, de los caballos de fuego de Elías, de la ballena de Jonás. El Dios que sobrepasa nuestra fe, disiente de nuestros juicios y se ríe de nuestras pretensiones; que se enfada con nuestros sermones moralistas y se divierte cuando nuestro arrebato profiere blasfemias.

Creo en el Dios que, en mi infancia, plantó una acacia en cada estrella y, en mi juventud, se asomó cuando me vio besar a mi primera enamorada. Dios fiestero y juerguista, el que creó la luna para engalanar las noches de deleite y las auroras para enmarcar la sinfonía pajarera de los amaneceres.

Creo en el Dios de los maníaco-depresivos, de las obsesiones sicóticas, de la esquizofrenia alucinada. El Dios del arte que desnuda lo real y hace resplandecer la belleza preñada de densidad espiritual. Dios bailarín que, sobre la punta de los pies, entra en silencio en el palco del corazón y, comenzada la música, nos arrebata hasta la saciedad.

Creo en el Dios del estupor de María, del camino laboral de las hormigas y del bostezo sideral de los agujeros negros. Dios despojado, montado en un borrico, sin piedra donde reclinar la cabeza, aterrorizado de su propia debilidad.

Creo en el Dios que se esconde en el reverso de la razón atea, que observa el empeño de los científicos por descifrarle su juego, que se encanta con la liturgia amorosa de cuerpos excretando jugos para embriagar espíritus.

Creo en el Dios intangible al odio más cruel, a las diatribas explosivas, al corazón hediondo de aquellos que se alimentan con la muerte ajena. Dios, misericordioso, se agacha hasta nuestra pequeñez, suplica un suave masaje y pide arrullos, exhausto ante la profusión de idioteces humanas.

Creo, sobre todo, que Dios cree en mí, en cada uno de nosotros, en todos los seres engendrados por el misterio abismal de tres personas unidas por el amor y cuya suficiencia desbordó en esta Creación sustentada, en todo su esplendor, por el hilo frágil de nuestro acto de fe.

Frei Betto





EL PAPA QUE VINO DE AMÉRICA LATINA
Escrito por  José María Castillo

Los griegos inventaron la metafísica. Y Grecia está en Europa. Los romanos inventaron el derecho que tenemos. Y Roma está en Europa. Los escolásticos medievales canonizaron la metafísica y el derecho. Y esto también ocurrió en Europa. Por eso Europa engendró el pensamiento dogmático, que es primo hermano del pensamiento absoluto. Y pariente también del pensamiento excluyente. Luego, los grandes conquistadores, que también nacieron en Europa, esgrimiendo las bulas papales (Nicolás V, en 1454, Alejandro VI, en 1493, León X, en 1516, y Pablo III, en 1534), se vieron con el derecho de "hacer esclavos suyos a los habitantes de África" (sic) y de apropiarse del oro y demás objetos preciosos descubiertos en América. Es verdad que la Ilustración puso todo esto patas arriba. Pero no es menos cierto que las estructuras de pensamiento, rectoras de la cultura que produjo (y exportó) Europa, siguen aquí, entre nosotros y con nosotros, dictaminando desde nosotros, los hijos de Europa, cómo tiene que funcionar el mundo. Y, por supuesto, la religión.

Pues bien, aquí es donde yo quería llegar. Porque el hecho es que, hasta el actual papa, todos los papas que en el mundo han sido, nacieron en el Imperio donde había nacido la metafísica y el derecho, la escolástica y los dogmas, el pensamiento absoluto y la coherencia de cada absoluto, enfrentada a todos los que se resisten a admitir o tolerar otras posibles coherencias, que, según se dice ahora, no pasan de ser un "pensamiento débil".

Francisco ha sido el primer papa que ha venido de otra cultura, de otra historia, de otra forma de situarse ante la vida y sus problemas. Francisco, por supuesto, ha leído metafísica y teología escolástica. Pero lo que configura a una persona no es lo que lee o estudia, sino la cultura en que nace, crece y se educa. Francisco no se ha hecho en la cultura de Europa, sino en la de América Latina, donde la vida se afronta de manera que allí un europeo ve cosas que no se acaba de explicar. Yo lo he vivido durante años. He visto "viejitas" que van a misa con velo, medallas y escapularios de los que usaba mi abuela. Mujeres que le rezan a un santo tan ñoño y tan antiguo que da grima verlo. Pero esas mismas mujeres, piadosas de hace dos siglos, acabada la misa, se echan a la calle, armando lío, para defender a un cura "rojete" al que está esposando la policía porque ha defendido a un tipejo que no le ha hecho mal a nadie.

Aquí nos sentimos desconcertados cuando nos dicen que el papa piensa canonizar a Juan Pablo II y a Pío XII. Pero, ¿cómo es posible que quiera hacer eso y, al mismo tiempo, quiera también elevar a los altares a Juan XXIII y a Mons. Romero? En definitiva, ¿qué Iglesia quiere este papa? Seguramente - esto me parece a mí - Francisco quiere la Iglesia que tiene su eje y su consistencia en la bondad con todos, en la acogida y la cercanía a todos, en el respeto y la tolerancia. Ahora mismo hay gente que se pone de los nervios si un obispo no permite la misa tradicional (en latín, de espaldas al pueblo, etc). Es importante que respetemos la misa tradicional y las demás formas posibles (y aceptadas por la Iglesia) para recordar la Cena del Señor.

El papa Francisco no tiene pelos en la lengua para decirle a cada cual lo que tiene que decirle. Pero, lo mismo que dice lo que tiene que decir, con la misma sinceridad deja en paz a los que no piensan como él. Jesús dejó claro que no estaba de acuerdo con los fariseos. Pero comió en casas de fariseos, lo mismo que compartió mesa y mantel con publicanos y pecadores. ¿Y no quedó claro el Evangelio? ¿Cuándo nos vamos a tragar, de una vez, que lo que importa en la vida es la bondad? Francisco, con la mentalidad del continente en el que nació la teología de la liberación de los pobres, está abriendo un camino nuevo, para la Iglesia, para cada uno de nosotros. Francisco no está desconcertado. Lo que ocurre es que nos ha desconcertado a todos los que tenemos más integrado en nuestras vidas el Helenismo que el Evangelio. ¿Os es que pretendemos que un latinoamericano se sitúe ante los problemas de la Iglesia y de la vida como nos situamos los europeos?

Hay quienes piensan que el Francisco no puede con la Curia. Y si puede, ¿por qué no ha tomado ya medidas importantes? He vivido mucho tiempo en América Latina, desde México a Argentina. Y sé muy bien que el sentido del tiempo y de la puntualidad tampoco es allí como lo es en Europa. Cuando preguntas a qué hora empieza el acto y te responden "Ahorita", nadie sabe, ni puede saber, cuándo comienza lo que ya nos impacienta. Decir que Francisco, por su lentitud en la toma de decisiones, está desorientado, eso sí que es desorientación de la buena. Francisco no le ha dicho a nadie que "ahorita reformo la Curia". No es eso. Simplemente insisto una vez más en lo que ya he dicho: Francisco sabe muy bien lo que quiere. Y sabe los pasos que tiene que dar. Pero que nadie tenga miedo. Que si algo va a encontrar en este papa, será respeto. A no ser que nos pasemos de la raya. Me refiero a la raya que divide al "pecado" del "delito". Porque si hablamos de delitos, ya se sabe lo que le espera al delincuente.

Y termino. Apenas he acabado de redactar estas reflexiones, me llega la carta del papa Francisco a los católicos tradicionalistas. Tendré que reflexionar sobre este documento. En todo caso, bendigo a Dios porque este hombre, en el momento que estamos, ha dado en el clavo. Lo más urgente, ahora mismo, es que sepamos respetarnos y unirnos.

José M. Castillo





Francisco y la dignidad de todas las criaturas
Benjamín Forcano

Escribo al son de lo que nos ha venido transmitiendo el papa Francisco en los apretados días de su viaje a Brasil. Lo hago tras sumergirme en la lectura de sus más de 20 discursos dejados caer en lugares y públicos muy significativos, deliberadamente elegidos. Emocionado he visto que este Francisco, poco amigo de discursos formales, llega a todos, con una actitud natural de sencillez y ternura que bien pudiera ser la humanísima del poverello de Asís.

Son muchas las cuestiones que Francisco toca, pero en todas parece acompañarle un mismo acento, todas van unidas por un hilo fundamental, que alcanza y une a todos, sin ofender, sin indicio alguno de presión o dominio, invitando a descubrir y juntar en un todo lo más valioso de todos. Su mirada, su lenguaje, sus brazos, sus palabras transpiran cercanía, luz, esperanza, ilusión, ternura, mucho amor y, también, realismo, audacia renovadora y profética, empuje para salir de la rutina, de lo obsoleto, de lo burocrático y organizativo y saltar a lo apremiante y esencial de lo humanamente descuidado, maltratado y herido.

No es difícil catalogar el mosaico de sus intervenciones. Pero, quiero comenzar por subrayar dos apreciaciones que me parecen subyacentes a todas las demás.
1. El papa Francisco y la dignidad universal de todas las criaturas.

Francisco no es un ser humano aislado, un católico cerrado y proselitista, no empequeñece su mirada al contemplar el mundo pues trata de ser la misma del que lo hizo TODO, sin menospreciar ni excluir a nadie. Tengo la impresión de que, a su lado, estamos alcanzando un punto alto en la conciencia de que todos en el cosmos formamos un todo, dentro del cual somos singulares, necesarios e interdependientes. Nadie puede dominar a nadie, ni nadie puede sentirse excluido por nadie. Entre los humanos, la única soberanía es la del amor, que convierte al primero en último y al señor en servidor.

Venimos de la historia, de una historia cargada de dualismos y hostilidades, de contraposiciones y exclusiones, de dominación y esclavitud, que ha impedido escuchar y gozar el concierto de todas las criaturas, su dignidad y su canto, en especial la de aquélla que siendo tierra (humus=hombre) como todas las demás, ha conseguido en su evolución la conquista del pensamiento, de la responsabilidad, del amor y de la libertad.

La creación entera ha gemido en ese caminar de siglos que acumula avances, logros y éxitos incontables y, a la vez, sufrimientos lacerantes, choques de odio, destrucción y muerte. No aprendíamos a vivir todos con todos, sino que planeábamos erigir y enaltecer la vida de unos a costa de la humillación y sufrimiento de otros. Éramos ciegos, que nos encerrábamos en nuestro yo (individual, nacional, racial, religioso, político...) privados de luz para ver, entender y unirnos en la dignidad y canto de todos. Esa dignidad y ese canto, tantas veces lacerados y acallados, es lo que Francisco quiere descifrar, respetar, admirar y cuidar. Cada parte nuestra es del todo y el todo es parte nuestra. La dignidad es común y el canto es polifónico, y sólo desde una postura abierta y reverencial nos será dado descubrir la belleza de cada uno en el todo y del todo en cada uno.

No todos caminan dentro de la Iglesia católica, pero todos son del Señor, y el Señor es el Alfa y la Omega, el Comienzo y el Fin, y en él cobra consistencia toda vida. La unidad, la relación respetuosa y solidaria, la cooperación y la armonía, el cuidado de unos por otros es lo que llena de esplendor la creación y asegura la afirmación y crecimiento de cada uno en la comunión con todos.

Resulta sorprendente, y delicioso, comprobar los gestos cotidianos que confirman este estilo de Francisco y también sus palabras:
"Estamos aquí para que alaben a Dios no sólo algunos pueblos, sino todos... Tengan el valor de ir contra corriente, de no renunciar a este don suyo: la única familia de sus hijos. El encuentro y la acogida de todos, la solidaridad y la fraternidad, son los elementos que hacen nuestra civilización verdaderamente humana. Ser servidores de la comunión y del encuentro. No queremos ser presuntuosos imponiendo ‘nuestra verdad'. Lo que nos guía es la certeza humilde y feliz de quien ha sido encontrado, alcanzado y transformado por la Verdad que es Cristo y no puede dejar de proclamarla". (Homilía en la catedral de San Sebastián, Río de Janeiro, 27 de julio).

"Es fundamental la contribución de las grandes tradiciones religiosas que desempeñan un papel fecundo de fermento en la vida social y de animación de la democracia. La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad, favoreciendo sus expresiones concretas. La única manera de que la vida de los pueblos avance es la cultura del encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar y todos pueden recibir algo bueno a cambio. El otro siempre tiene algo que darme cuando sabemos acercarnos a él con actitud abierta y disponible, sin prejuicios. Sólo así puede prosperar un entendimiento entre las culturas y las religiones, la estima de unas por las otras sin opiniones previas gratuitas y con el respeto de los derechos de cada una" (Encuentro con la clase dirigente, Teatro municipal de Río de Janeiro, 27 de julio).

"Cristo acoge todo con los brazos abiertos. Él recorre con su cruz nuestras calles para cargar con nuestros miedos, nuestros problemas, nuestros sufrimientos y se une al silencio de las víctimas de la violencia, que ya no pueden gritar, sobre todo los inocentes y los indefensos; Jesús se une a todas las personas que sufren hambre en un mundo que cada día tira toneladas de alimentos; se une a quien es perseguido por su religión, por sus ideas o simplemente por el color de su piel; se une a tanto jóvenes que han perdido su confianza en las instituciones políticas porque ven el egoísmo o la corrupción, o que han perdido su fe en la Iglesia , e incluso en Dios, por la incoherencia de los cristianos y de los ministros del Evangelio" (Vía Crucis en la playa de Copacabana, 26 de julio)

"La cultura brasileña ha recibido mucho de la savia del Evangelio y puede fecundar un futuro mejor para todos. Hacer crecer la humanización integral y la cultura del encuentro y de la relación es la manera cristiana de promover el bien común, la alegría de vivir. El cristianismo combina la trascendencia y la Encarnación; revitaliza siempre el pensamiento y la vida ante la frustración y el desencanto que invade el corazón y se propagan por las calles. El futuro nos exige una visión humanista de la economía y una política que logre cada vez más y mejor la participación de las personas, evite el elitismo y erradique la pobreza. Que a nadie le falte lo necesario y que se asegure a todos dignidad, fraternidad y solidaridad: este es el camino a seguir" (Encuentro con la clase dirigente. Teatro municipal de Río de Janeiro, 27 de julio).

2. El liderazgo de Francisco mana del Evangelio: el que dirige que se iguale con el que sirve.

Desde esa postura cósmica interrelacionada, Francisco llama a todos, cuenta con todos, escucha, quiere y respeta a todos, busca el bien para todos, sobre todo para los más necesitados y pobres, los más abandonados y que más sufren, los jóvenes y los ancianos, y se abre restallante a los dirigentes civiles y eclesiales, les señala su responsabilidad ante esta civilización descabalgada, las metas y valores primarios de su quehacer público y pastoral, sus fallos y traiciones, su necesidad de cambiar pues estamos en un "cambio de época", y muchos por su egoísmo y psicología principesca se han instalado y deshumanizado y hacen estéril la búsqueda del Bien Común y el anuncio liberador del Evangelio.

Quizás nunca como hoy nos es dado entender aquellas palabras de Jesús, cuando responde a la disputa de sus discípulos de saber quién era el más grande entre ellos: "Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros nada de eso; al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven, y el que dirige al que sirve. Vamos a ver: ¿quién es más grande: el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa, ¿verdad? Pues yo estoy entre vosotros como quien sirve". (Lucas 22, 24-27).

Son palabras de ayer y de hoy. Y gozan de la máxima credibilidad. Y son para que, los decididos a seguirle, las apliquen en su vida. Y, ahí, viene la ruptura y el desencanto, el abandono y la vuelta de espalda: no se cumplen, los seguidores no son creíbles y hacen increíble el Evangelio.

Francisco, ese papa descompuesto, descuidado, antiprotocolario, nada ritualista, libre de tantas cadenas puestas al sucesor de Pedro, ha declarado obrar con sencillez, libertad y coherencia. Y ha hecho añicos la pompa, las liturgias solemnes desconectadas de la vida, de la justicia y del amor, ha relativizado normas y más normas que tergiversan, oscurecen y traicionan el Evangelio, normas secundarias, sacralizadas y que olvidan que "El sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado", y que "Justicia y misericordia es lo que quiero y no sacrificio".

"Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se cansen de trabajar por un mundo más justo y solidario. Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo. No es la cultura del egoísmo, del individualismo, que muchas veces regula nuestra sociedad, la que construye y lleva a un mundo más habitable, sino la cultura de la solidaridad; no ver en el otro un competidor o un número, sino un hermano" (25 de julio, en la favela Varginha de Río de Janeiro).

"La dirigencia sabe elegir la más justa de las opciones después de haberlas considerado, a partir de su propia responsabilidad y el interés por el bien común; esta es la forma de ir al centro de los males de una sociedad y superarlos con la audacia de acciones valientes y libres. Quien actúa responsablemente pone la propia actividad ante los derechos de los demás, y ante el juicio de Dios. Este sentido ético aparece hoy como un desafío histórico sin precedentes, además de la racionalidad y técnica, en la situación actual se impone la vinculación moral con una responsabilidad social y profundamente solidaria". (Encuentro con la clase dirigente, Teatro municipal de Río de Janeiro, 27 de julio).

Son muchas las cosas que nos quedan por comentar. Y lo haremos. Pero salta a la vista que este modo de mirar el mundo, tan radicalmente humano y universal, no es el propio del neoliberalismo cínico actual, ni el de muchas políticas vigentes, ni el de las empresas multinacionales.

El obispo de Roma destripa la banalidad de quienes quieren reducir el ser humano a esclavo, robot de consumo o mercancía de cambio. Lo más obvio viene negado, todavía hoy, por una política imperial o colonizadora, a la que le importa un bledo la dignidad humana y sus derechos inalienables.

Pero la naturaleza es la naturaleza y el liderazgo del dinero, del poder, del placer o del éxito, con todas su ramas de promesas y ofertas no realizan al hombre, no sacian sus anhelos, lo prostituyen y no pueden recomponer su dignidad y liberación. Economías o políticas no sujetas al bien y servicio de todos, se convierten en instrumentos de explotación y dominio en manos de unas minorías deshumanizadas y que deshumanizan. El papa Francisco, vestido de sandalias y con la mochila del Evangelio, henchida de justicia, de solidaridad, de ternura y liberación, enciende y propaga un fuego que calcinará la mentira de los ídolos de una sociedad desigual, altanera y bruta, y la reconstruirá sobre la soberanía de la igualdad, de la justicia, de la solidaridad, de la libertad y de la paz. Viene y está para servir, no para tiranizar.

Benjamín Forcano
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