jueves, 29 de agosto de 2013

SIN EXCLUIR - José Antonio Pagola

SIN EXCLUIR - José Antonio Pagola

Jesús asiste a un banquete invitado por “uno de los principales fariseos” de la región. Es una comida especial de sábado, preparada desde la víspera con todo esmero. Como es costumbre, los invitados son amigos del anfitrión, fariseos de gran prestigio, doctores de la ley, modelo de vida religiosa para todo el pueblo.

Al parecer, Jesús no se siente cómodo. Echa en falta a sus amigos los pobres. Aquellas gentes que encuentra mendigando por los caminos. Los que nunca son invitados por nadie. Los que no cuentan: excluidos de la convivencia, olvidados por la religión, despreciados por casi todos. Ellos son los que habitualmente se sientan a su mesa.

Antes de despedirse, Jesús se dirige al que lo ha invitado. No es para agradecerle el banquete, sino para sacudir su conciencia e invitarle a vivir con un estilo de vida menos convencional y más humano: “No invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes ni a los vecinos ricos porque corresponderán invitándote... Invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”.

Una vez más, Jesús se esfuerza por humanizar la vida rompiendo, si hace falta, esquemas y criterios de actuación que nos pueden parecer muy respetables, pero que, en el fondo, están indicando nuestra resistencia a construir ese mundo mas humano y fraterno, querido por Dios.

De ordinario, vivimos instalados en un círculo de relaciones familiares, sociales, políticas o religiosas con las que nos ayudamos mutuamente a cuidar de nuestros intereses dejando fuera a quienes nada nos pueden aportar. Invitamos a nuestra vida a los que, a su vez, nos pueden invitar. Eso es todo.

Esclavos de unas relaciones interesadas, no somos conscientes de que nuestro bienestar solo se sostiene excluyendo a quienes más necesitan de nuestra solidaridad gratuita, sencillamente, para poder vivir. Hemos de escuchar los gritos evangélicos del Papa Francisco en la pequeña isla de Lampedusa: “La cultura del bienestar nos hace insensibles a los gritos de los demás”. “Hemos caído en la globalización de la indiferencia”. “Hemos perdido el sentido de la responsabilidad”.

Los seguidores de Jesús hemos de recordar que abrir caminos al Reino de Dios no consiste en construir una sociedad más religiosa o en promover un sistema político alternativo a otros también posibles, sino, ante todo, en generar y desarrollar unas relaciones más humanas que hagan posible unas condiciones de vida digna para todos empezando por los últimos. 

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
No podemos excluir de nuestra vida a los pobres. Pásalo.
1 de septiembre de 2013
22 Tiempo ordinario (C)
Lucas 14, 1. 7-14

ROMPEDOR, COMO SIEMPRE
Escrito por  Florentino Ulibarri

Rompedor
de esas costumbres sociales
que nos favorecen y engrandecen
dándonos seguridad
y manteniéndonos al frente.

Rompedor
de prejuicios e intereses,
tan arraigados en el corazón y la mente,
que marcan diferencias favorables
para engordar el currículo vital.

Rompedor
de toda norma que segrega
y pone donde no quieres a ciegos,
inválidos, emigrantes y pobres,
a quiénes no tienen apellido ni dote.

Rompedor
si te invitamos a nuestra casa,
y si nos invitas a tu banquete;
y si nos invita otro cualquiera,
¡mantienes tu palabra evangélica!

Rompedor
en fiestas y actos oficiales,
en los grandes banquetes
y en las comidas y cenas de siempre,
pues todos los hechos son importantes.

Rompedor
aunque se trate de familiares
o de amigos y vecinos con euro-dólares.
Tú nos quieres vacíos y libres
Para recompensarnos con tus dones.

¡Rompedor, como siempre!

Florentino Ulibarri



SER MÁS, SER MENOS ATAÑE SOLO AL EGO
Escrito por  Fray Marcos
Lc 14, 1.7-14

Hoy tiene mucha importancia el contexto. Un fariseo invita a Jesús a comer. Los judíos hacían los sábados una comida especial a medio día, al terminar la reunión en la sinagoga. Aprovechaban la ocasión para invitar a alguna persona importante y así presumir ante los demás invitados. Jesús era ya una persona muy conocida y muy discutida. Seguramente la intención de esa invitación era comprometerle ante los demás invitados.

Como aperitivo, Jesús cura a un enfermo de hidropesía, con lo cual ya se está granjeando la oposición general (era sábado). También tenemos que tener en cuenta el simbolismo del banquete en todo el AT. Los tiempos escatológicos casi siempre se simbolizan como un banquete.

En el texto que hemos leído, encontramos dos parábolas. Una se refiere a los invitados. Otra se refiere al anfitrión. Se trata de la relación que puedes iniciar tú y la que inicia el otro contigo.

En la primera parábola no se trata de un consejo de urbanidad para tener éxito, pero toma ejemplo de un sentimiento generalizado para apoyar una visión más profunda de la humildad.

Ponerse en el último lugar no debe ser una estratagema para conseguir mayor admiración y honor. La frase: "Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido", puede llevarnos a una falsa interpretación. Jesús aconseja no buscar los honores y el prestigio ante los demás, como medio de hacerse valer. Condena toda vanagloria como contraria a su mensaje. Es curioso cómo conecta este texto con el final del domingo pasado: "Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos".

La segunda parte encierra un matiz diferente. No quiere decir Jesús que hagamos mal cuando invitamos a familiares o amigos. Quiere decir que esas invitaciones no van más allá del egoísmo amplificado a los que están de tu parte. Esa actitud para con los amigos no es signo del amor evangélico. El amor que nos pide Jesús tiene que ir más allá del sentido común y del puro instinto, de los sentimientos o del interés personal.

La demostración de que se ha entrado en la dinámica del Reino está en que se busca el bien de los demás sin esperar nada a cambio. También aquí tenemos que andar con mucho cuidado, porque la frase "dichoso tú porque no pueden pagarte, te pagarán cuando resuciten los justos", puede entenderse como una estrategia para que te lo paguen en el más allá. Esta dinámica ha movido con mucha frecuencia la moral cristiana, pero no tiene nada de cristiana.

En ambos casos, Jesús nos propone una manera distinta de entender las relaciones humanas. Jesús quiere trastocar comportamientos que tenemos por normales, para entrar en una dinámica nueva, que nos tiene que llevar a cambiar la escala de valores del mundo. Ser cristiano es sencillamente, ser diferente. No se trata de renunciar a ser el primero. Todo lo contrario, se trata de asegurar el primer puesto en el Reino. Se trata de buscar el bien de la persona entera, y no solo de la parte biológica.

"El que quiera ser primero que sea el último y el servidor de todos". Jesús no critica el que queramos ser los primeros, lo que rechaza es la manera de conseguirlo. Si no tenemos esto en cuenta, entramos en una falsa humildad que tanto daño ha hecho a propios y extraños.

Ojo con la falsa humildad. Dice Lutero: La humildad de los hipócritas es el más altanero de los orgullos. Muchos han hecho de su falsa humildad una máscara de su vanidad.

Existen dos clases de falsa humildad. Una es estratégica. Se da cuando nos humillamos ante los demás con el fin de arrancar de ellos una alabanza que de otro modo no tendríamos. Otra es sincera, pero también nefasta. Se da en la persona que se desprecia a sí misma porque no encuentra nada positivo en ella.

No es fácil escapar a esos excesos que han dado tan mala prensa a la humildad. Ninguno de los grandes filósofos griegos (Sócrates, Platón, Aristóteles) elogiaron la humildad como virtud; y Nieztsche la consideró la mayor aberración del cristianismo. Para ellos humildad era sinónimo de pusilanimidad.

¿Qué es la humildad? No hay que hacer absolutamente nada para ser humilde. Es reconocer que eres lo que eres, sin más. Ni siquiera tendríamos que hablar de ella, bastaría con rechazar todo orgullo, vanidad, jactancia, vanagloria, soberbia, altivez, arrogancia, impertinencia, etc.

Se suele hacer alusión a Sta. Teresa; pero la inmensa mayoría demuestran no entenderla cuando dicen: "humildad es la verdad". Ella dice: "humildad es andar en verdad". Se trata de conocer la verdad de los que uno es, y además vivir (andar en) ese conocimiento de sí.

También se entiende mal la frase de Jesús, "yo soy la verdad", cuando se interpreta como obligación de aceptar su doctrina. No, Jesús está hablando de la verdad ontológica. Está diciendo que es auténtico, que es lo que tiene que ser.

Siempre que se violenta la verdad, sea por defecto sea por exceso, se aleja uno de la humildad. No se trata de que nos convenzan de que somos una mierda y nada más. Se trata de descubrir nuestras auténticas posibilidades de ser. Humildad es aceptar que somos criaturas, con limitaciones, sí; pero también con posibilidades infinitas, que no dependen de nosotros. Ninguno de los valores verdaderamente humanos debe ser reprimido en nombre de una falsa humildad.

No se trata de creerse ni superiores ni inferiores, sino de aceptar lo que somos en verdad. Si la humildad me lleva a la obediencia servil, no tiene nada de cristiana. En nuestra religión muchas veces se ha apelado a la humildad para someter a los demás a la propia voluntad.

Un conocimiento cabal de lo que somos nos alejaría de toda vanagloria (conócete a ti mismo). No se trata de un conocimiento analítico desde fuera, sino interior y vivencial. La frase no estaba a la entrada de una academia, sino a la entrada de un templo. Para conocerse, hay que tener en cuenta al ser humano en su totalidad. Eso sería la base de un equilibrio psíquico.

Sin conocimiento no hay libertad. La humildad no presupone sometimiento o servidumbre a nada ni a nadie. Sin libertad ninguna clase de humanidad es posible. Tampoco la soberbia es signo de libertad, porque el hombre orgulloso está más sometido que nadie a la tiranía de su ego. No es fácil darse cuenta de esta trampa.

La mayoría de las enfermedades depresivas tienen su origen en un desconocimiento de sí mismo o en no aceptarse como uno es, que viene a ser lo mismo.

Ninguna de las limitaciones que nos afectan como seres humanos, pueden impedir que alcancemos nuestra plenitud. Las carencias sustanciales forman parte de mí. Las accidentales no pueden desviarme de mi trayectoria humana.

Una visión equivocada de sí mismo ha hundido en la miseria a muchos seres humanos. Caen en una total falta de estima y en la pusilanimidad destructora, que les impiden descubrir lo que de bueno y positivo tienen; y por lo tanto les impide desarrollarse.

Ser humilde no es tener mala opinión de sí mismo ni subestimarse. Avicena dijo: "Tú te crees una nada, y sin embargo, el mundo entero reside en ti". Ser humilde significa no creerme más que nadie, pero tampoco menos.

Hoy podemos y debemos ir un paso más allá del evangelio. Al orgulloso no hace falta que nadie le eche en cara su soberbia ni que le castiguen por su actitud. Él mismo se deshumaniza al despreciar a los demás y desligarse de ellos.

De la misma manera, no es necesario que el humilde reciba ningún premio. Si espera ese premio, su humildad no es más que un medio para conseguir lo mismo que el soberbio. Si no espera nada de su actitud o, mejor aún, si ni siquiera se da cuenta de su actitud, es que de verdad está en la dinámica del evangelio, que nos dice por activa y por pasiva que el que se hace pequeño es ya el más grande. No es una enseñanza puntual de Jesús sino una constante en todo el evangelio. Podríamos sacar de él docenas de frases que son casi idénticas a las que hemos leído hoy.

La humildad no va de abajo a arriba sino de arriba abajo. La humildad ante los superiores, la mayoría de las veces no es más que sometimiento y servilismo. No es humilde el que reconoce la grandeza del que está por encima sino el que reconoce la grandeza en el que está por debajo. Ser humilde ante Dios resultaría ridículo. Debemos ser humildes ante los que se sienten por debajo de nosotros; ante todos los desheredados de este mundo.

Meditación-contemplación

"¡Amigo, sube más arriba!"
Esta frase, sacada de contexto, podría ser el lema del hombre terreno.
Pero más allá de lo terreno tú eres más de lo que crees ser.
Nada ni nadie te puede impedir alcanzar esa meta espiritual.
Sólo tú renuncias a alcanzarlo.
.........................

No tienes que hacer nada, ni conseguir nada.
Todo lo que pretendes alcanzar, ya lo tienes.
Todo lo que pretendes ser, ya lo eres.
Solamente tienes que tomar conciencia de ello.
....................

Si descubres esto, dejarás de necesitar la alabanza y admiración de los demás.
No necesitarás aparentar más de lo que eres.
Tu bienestar no dependerá de los otros.
Perderás todo miedo, porque nadie puede arrebatarte lo que eres.
Estarás a la puerta de la felicidad.
........................

Fray Marcos



LO QUE NOS QUITA EL HAMBRE DEL REINO
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 14, 1 y 7-14

El texto ha sido abreviado para su lectura litúrgica. Jesús entra a comer en casa de un fariseo importante. Es sábado y le espían. Entonces cura a un hidrópico y desarrolla su característica enseñanza (el sábado para el hombre - hay que hacer el bien también en sábado). A continuación, el evangelista añade las enseñanzas que hoy leemos.

Éstas son evidentemente de dos clases: las primeras no son más que sabiduría tradicional. A Jesús le parece ridículo ese afán de ocupar los primeros puestos, de darse importancia.

Al final hay dos enseñanzas verdaderamente características de Jesús.

"El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido" conecta con esa repetida y querida enseñanza de Jesús sobre "los primeros y los últimos". Se evidencia el juicio de Jesús sobre aquellos fariseos que se creían importantes, mejores que otros, y hacían manifestación pública de esa convicción. Y se evidencia también el juicio habitual de Jesús sobre las personas.

Primeros y últimos, para nosotros, para la mayoría, se establece según el dinero, la influencia, el poder... Jesús sólo mira al corazón, sabe lo que hay dentro de cada persona y aprecia a cada uno según su apertura al Reino, según su disposición ante Dios.

Por eso son últimos muchos de los "importantes". Por eso son primeros muchos de los insignificantes.

Pero al final, y con escasa conexión con lo anterior, nos encontramos con un texto característico de Jesús. En él encontramos lo que podríamos llamar la lógica absurda de Jesús. ¿No hay que invitar a cenar a los amigos? ¿No es buena una comida familiar...?

Nos encontramos por supuesto ante el género paradójico, tan usado por Jesús. A Jesús le gustan las exageraciones, las paradojas, porque a la gente le gustan también, porque permiten que el mensaje penetre con claridad y agudeza. Hay en los evangelios muchas muestras de este género:

· el camello y el ojo de la aguja;
· si tu ojo te escandaliza, arráncatelo,
· la parábola de los viñadores de la hora undécima,
· el administrador infiel,
· la figura del padre del hijo pródigo...

No se trata de tomar al pie de la letra un mandato, sino de dejar claro un mensaje. Y el mensaje es aquí la radicalidad del Reino. Invitar, ser invitado, comer con los amigos... está muy bien, es incluso necesario y bueno: dar de comer al hambriento está en otra dimensión: es aún mucho mejor.

"Dichoso tú, porque no pueden pagarte" nos asoma al mundo paradójico de las Bienaventuranzas. Llamar "dichosos" a los pobres, a los que sufren... etc., etc. es absurdo. ¿Tenemos que pensar que es bueno estar enfermo, que es bueno no tener para comer...?

Evidentemente, no. Pero lo contrario no es, sin más, correcto. Tener dinero, estar sano etc. puede ser bueno o no serlo. Si conduce al reino, si vale para el reino, es bueno. Si aparta del reino, si impide el reino, es malo. Pero nosotros tendemos a afirmar "dichosos los ricos, dichosos los sanos", sin más, conduzcan al reino o no.

Y además, más al fondo, dinero, salud, amigos, influencias, poder etc. pueden y suele ser las más insidiosas trampas, porque nos llevan a considerar que eso es el reino, el único reino deseable y esperable: salud, dinero, amor, aquí y ahora... haciéndonos además la ilusión de que van a ser para siempre.

Así, la expresión 'dichosos...' de las bienaventuranzas es la forma paradójica, sorprendente, de hacernos caer en la cuenta de dónde está el verdadero valor de todas las cosas.

En el texto de hoy, invitar a los amigos, a los parientes... es un valor. Cenamos juntos para celebrar y confirmar nuestra amistad. Jesús mismo era bien conocido por el valor que daba a sus comidas, porque recibía invitaciones. La eucaristía nació en una cena de despedida con sus íntimos. No, Jesús no está negando el valor de nuestras invitaciones, de nuestras reuniones familiares...

Jesús aprovecha la oportunidad de una comida para volver a exponer la radicalidad del reino: todo eso tiene valor si vale para el reino, y sólo entonces. Dar de comer a los que necesitan comer es un valor claro: sin ninguna mezcla de interés, de instalación, de vanidad.

Esto nos lleva a planteamientos más generales y profundamente inquietantes en nuestra sociedad occidental. Vivimos en una relativa prosperidad, no carecemos de lo necesario e incluso tenemos mucho más de lo que necesitamos, vestimos bien, tenemos dinero en el banco, estamos sanos, nuestro sistema sanitario previene o cura nuestras enfermedades, tenemos amigos, tenemos trabajo...

Y en todas esas cosas encontramos nuestra satisfacción, nuestra paga. "Dichoso tú, porque no pueden pagarte" se aplica muy bien a nuestra situación, en negativo. Jesús mismo lo dijo en otra ocasión: "Ya han recibido su paga" (Mateo 6,5).

Todas nuestras actividades, nuestro modo de vivir, nos retribuyen, llevan consigo su satisfacción... y nos quitan el hambre del reino. La salud, el dinero y todo lo demás son medios estupendos para trabajar por el reino; pero se nos convierten en fines, los usamos para disfrutar de ellos, son nuestros ídolos. Entonces se convierten en males.

Jesús es radical: si algo te perjudica, arráncatelo. Pero esta radicalidad es lógica... si lo primero es el reino.

Una vez más, la imagen del caminante es iluminadora:

cómodas botas de lona o elegantes zapatos de altos tacones,
mochila con lo indispensable o kilos y kilos de...
una cantimplora con agua o varias botellas de licor...

¿Bueno o malo? Según lo que se pretenda:

si pretendemos caminar bien y alcanzar nuestra meta,
o si renunciamos a caminar, a ir a alguna parte, y pretendemos sin más sentarnos a disfrutar.

Interpretando hasta el final la imagen, Jesús entiende que el ser humano es un proyecto: se puede realizar, se puede echar a perder.

Esto es tan importante, tan vital, que todo se debe ordenar a ese fin, la realización del proyecto de persona que cada uno somos. Ese fin polariza todas las demás cosas, que se convierten en medios: medios de realización, medios de fracaso. Es la importancia que Jesús da a la realización de cada persona lo que le hace ser tan radical.

Nuestra sociedad occidental vive en una ficción del paraíso. Por eso, nuestras peticiones a Dios suelen consistir en que esto dure. "Venga tu reino" es la expresión de la inconformidad, del deseo de una realidad, personal y comunitaria, más satisfactoria. Pero solemos conformarnos con menos.

José Enrique Galarreta SJ



El movimiento de Jesús
Jose Arregi

Evidentemente, Jesús no “instituyó” ninguna Iglesia, ninguna “estructura eclesial” propiamente dicha; una doctrina, una liturgia, un gobierno… Jesús puso en marcha un movimiento, que a través de muchas circunstancias y vicisitudes históricas desembocará en iglesias organizadas, y mucho más tarde en una Iglesia centralizada.


Jesús empezó quizá actuando solo, pero pronto reunió un grupo de discípulos en torno a sí. Así lo habían hecho también Buda, Confucio, Sócrates. Y Juan Bautista, de quien Jesús fue discípulo durante algún tiempo.

Un grupo de hombres y de mujeres acompaña a Jesús a todas partes haciendo con él vida itinerante; pero también encontramos un grupo más amplio de personas que, viviendo en sus casas y siguiendo en sus tareas, son sin embargo discípulos de Jesús, le apoyan, lo reciben, le “siguen”. Todos ellos forman el “movimiento de Jesús”.

También nosotros nos sentimos y queremos ser discípulos de Jesús. El reino de Dios nos reúne. El reino nos necesita en grupo, pero también nosotros necesitamos sentirnos acompañados para poder ser profetas del reino.

Nos empuja su movimiento, y queremos empujarlo. Nos mueve la alegría a menudo tan oculta de la misma buena noticia y la esperanza difícil del reino de Dios. Somos Iglesia de Jesús. Pero ¿cómo es la “Iglesia” que Jesús quiso?

En el origen del discípulo y de la Iglesia está la conciencia de haber sido llamado. La voluntad y la decisión de uno son imprescindibles, pero son despertadas por la llamada de otro; por la llamada de Jesús y, en último término, por la llamada de Dios. Eso es lo que significa originariamente el término “Iglesia” (Ekklesia) “comunidad de llamados”.

La llamada de Jesús se presenta de diversas maneras en los evangelios, y es normal, pues el Espíritu actualiza la llamada de Dios de modos muy diversos, según el temperamento y las circunstancias de cada persona.

A veces, son los mismos discípulos los que se acercan a Jesús, porque quieren seguirle; Yendo de camino, alguien le dijo: “Te seguiré a donde vayas” (Lc 9,57).

Otras veces, es Jesús quien llama directamente, con autoridad; “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mc 1,6); “Sígueme” (Mc 2,14).

Es sorprendente. No eran los escribas quienes elegían a sus discípulos, sino a la inversa; eran los discípulos los que solían elegir a sus maestros. En el evangelio no sucede así; en muchos pasajes, es Jesús el que llama a sus discípulos, y lo hace sin rodeos, sin dar explicaciones, sin hacer bellas promesas. Llama directamente, con concisión. Ven sígueme. Todo está en juego, y todo merece la pena, pero no es posible saberlo sin seguirle (cf. Jn 1,39).

Existen también otras diferencias llamativas entre los discípulos de los escribas y los de Jesús; los discípulos de los escribas solían tener con sus maestros una relación temporal, mientras que los discípulos de Jesús tienen con él una relación permanente; los escribas no admitían mujeres discípulas, pero Jesús sí.

Y otras veces, por fin, la invitación a seguir a Jesús llega al discípulo por mediación de otro; “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41), dice Andrés a su hermano Pedro. La llamada llega a Pedro por medio de Andrés, y a Natanael por medio de Felipe. Y así se prolonga y se extiende la llamada de Jesús que constituye la Iglesia.

El ser humano es un ser llamado. Llegamos a ser nosotros mismos gracias a la llamada, la mirada, la palabra de otro. Y en la palabra y en la llamada que nos vienen de otro, vamos percibiendo que el misterio de Dios, totalmente otro y absolutamente íntimo, nos envuelve y nos funda.

En la llamada de Jesús, los discípulos de Jesús han reconocido la llamada de su propio interior, la llamada del pueblo sufriente, la llamada de los tiempos difíciles y, en última instancia, la llamada del Dios grande y cercano que les invita a la fiesta y a la lucha por el reino.

Siempre es Dios el que llama, pero Dios llama siempre por mediaciones: a través del propio deseo y de las propias facultades, a través de la profecía y la compañía de una persona concreta, a través del grito y la necesidad de los sufrientes…

Los discípulos, movidos por la presencia y la promesa de Dios, se convierten en “pescadores de hombres”, es decir, en liberadores de hombres y mujeres, en la esperanza del reino de Dios, en la lucha por el reino de Dios.


DE MARTINI A BERGOGLIO
Escrito por  José Manuel Vidal

El próximo dia 31 de agosto se cumple el primer aniversario de la muerte del cardenal Carlo María Martini, al que podríamos llamar "el Bautista", el precursor, el purpurado que, durante los largos años del "invierno-involución" eclesial mantuvo la antorcha conciliar viva y levantada. Y no era fácil para él. Remar contracorriente sólo está al alcance de los sabios y de los fuertes. Disentir en y desde la Iglesia sólo lo saben hacer los santos y los profetas.

No creo exagerar si digo que, en cierto sentido, Bergoglio es hijo de Martini. De hecho, en el cónclave del 2005, cuando salió elegido Ratzinger, el primer destinatario de los votos que aglutinaba el viejo cardenal (que entró en la Sixtina con bastón, para dar a entender claramente que no era elegible) fueron a parar al entonces cardenal Bergoglio.

A ambos les une, sin duda, su pertenencia a la Compañía. Los dos son "compañeros de Jesús". Los dos vivieron los años de la ilusión del postconcilio y del envío del Padre Arrupe a las fronteras ("a las periferias", que dice Francisco) y a luchar por la "fe y la justicia". Sin contraponerlas, sin separarlas. Como los dos palos de la misma cruz.

Los dos fueron testigos doloridos de la "intervención" de la Compañía por parte del Papa Wojtyla. Y lo sufrieron en silencio, en obediencia, con espíritu de profunda comunión.

Con el paso de los años, en ambos se fue abriendo la idea de que la involución estaba yendo demasiado lejos y demasiado atrás. Martini no dejó de proclamarlo durante toda su vida. Cuando era cardenal de Milán y, después ya jubilado, desde Jerusalén y desde Italia.

"Llevamos 200 años de retraso", decía el purpurado italiano pocos meses antes de morir en una especie de libro-testamento. Y volvía a repetir, una vez más, su sueño de una Iglesia corresponsable, colegial, samaritana, abierta a los signos de los tiempos, con agallas para abordar temas encorsetados cuyo cambio viene pidiendo, desde hace tiempo, el pueblo de Dios. Desde el celibato opcional al sacerdocio femenino, pasando por la comunión a los divorciados vueltos a casar...

¿Soñaba Martini (el rosso que no pudo ser bianco, el Papa in pectore del pueblo) o profetizaba? ¿Soñaba Martini o marcaba la hoja de ruta al Papa que iba a llegar y que él conocía bien?

Porque el caso es que, unos meses después de su muerte, a Roma llegó Francisco. El Papa llamado a reparar la Iglesia. En Roma se está encontrando con muchos "nudos". Algunos profundamente enraizados, resistentes, poderosos, dispuestos a todo para mantener su poder.

La vieja guardia curial romana y de los diversos países católicos del mundo no se lo pondrá fácil. Llevan más de 30 años apuntalando un modelo eclesial de ciudadela acosada y sitiada. Llevan décadas de enroque. Las inercias tienen su peso. Los jefes de las "cordadas" no dejarán fácilmente sus puestos de ordeno y mando. Algunos están dispuestos incluso a morir matando. Y acorralados por el ciclón romano son más peligrosos que nunca.

Tienen querencia al invierno. Les gusta un mundo y una Iglesia en blanco y negro. Una Iglesia justiciera, más madrastra que madre, que separe, mientras crecen, el trigo y la cizaña. Les cuesta renunciar a sus "seguridades", a sus grupos-estufa, a sus botafumeiros siempre humeantes, a su control absoluto...

La inercia les lleva a seguir prohibiendo y mandando cartas e emails (muchos de ellos anónimos) con quejas y denuncias. Reparten carnets de eclesialidad sólo a los suyos y tratan de quitárselos a todos los demás. Y sus denuncias siguen fluyendo, incansables, a Roma. Creen que sigue siendo válido la estrategia de la etapa anterior; denuncia que algo queda... No se dan cuenta o no quieren darse cuenta de que en Roma ha virado el timón, el rumbo es otro y la barca eclesial se dirige hacia nuevos mares claros, abiertos y transparentes. Mares dialogantes, servidores y honestos.

Los capitostes se aferran a sus puestos con uñas y dientes, pero, a su lado, ya ha comenzado la desbandada. Huelen a pasado. Los primeros en darles la espalda han sido sus más devotos, los trepas, los que les doraron la píldora durante todos estos años, los que los convencieron de que eran únicos, imprescindibles, orlados con una "autoritas" especial.

También están virando y les están abandonando los "chaqueteros". Y, por supuesto, los que los seguían con buena voluntad, pero con miedo. Y los pusilánimes que siempre pensaron que el invierno duraba demasiado, pero nunca se atrevieron a sonreír y hacer posible la llegada de la primavera.

Ya les han dejado en masa la inmensa mayoría de los moderados, de los que se quejaban resignadamente y sin grandes algarabías externas. Por falta de valentía y, al mismo tiempo, por no romper el bien sagrado de la comunión eclesial. Les convencieron, durante años, de que la comunión era un tabú que no podía romperse ni en aras del Evangelio ni de la propia conciencia. El mayor bien de la Iglesia estaba por encima de la mayor gloria de Dios. La Iglesia convertida en el Reino de Dios.

Profundamente decepcionados esperaban un nuevo amanecer, que, por fin, ha llegado.

¿Pueden cambiar los curiales de aquí y de allí? Claro que sí. Por muy aferrada que esté al poder, la Curia no puede desobedecer al Papa. Algunos intentarán hacerle la contra, condenados al fracaso. Es el derecho al pataleo, como el de Ottaviani o Siri en tiempos de Juan XXIII y Pablo VI.

Peor, mucho peor, estaba la Curia (la de Roma y la de aquí) entonces. Y los vientos del aggiornamento conciliar acabaron triunfando. Y en pocos años. Es verdad que, entonces, hubo de por medio un Concilio. Pero también lo es que, ahora y, quizás, por vez primera en la Historia, el Papa Francisco tiene el aval y el "mandato" del cónclave y del colegio cardenalicio. Francisco cuenta con el aval de las bases y de la cúpula eclesiástica.

Nunca un Papa tuvo tantos apoyos para llevar a cabo la labor de reforma y reparación eclesial. Y cuenta, además, con referentes de prestigio. Desde el citado Martini, a los cardenales Helder Cámara, Lorscheider o Arns, a los que homenajeó en su reciente viaje a Brasil. O Basil Hume o Quinn y tantos otros.

Y por si fuera poco, Francisco, el jesuita, es un experto en desatar nudos. No en vano su advocación preferida es la de la Virgen Desatanudos. ¡Santa María Desatanudos, ora pro nobis!

José Manuel Vidal



La poesía me salvará
Pedro Miguel Lamet, SJ.

De cuenta en su blog  el periodista portugués Antonio Marujo de unos encuentros que anualmente se celebran en Brasil sobre la mística cristiana y que, tras analizar años anteriores a san Juan de Cruz, san Ignacio de Loyola y santa Teresa, se han centrado este año en la poetisa brasileña Adéila Prado, que llegó a Dios a través de los pequeños detalles de la vida cotidiana.

Como recuerda la publicación  Bariloche2000, Adélia Luzia Prado Freitas (Divinópolis, Minas Gerais, Brasil, 13 de diciembre de 1935) es una escritora cuyos textos retratan lo cotidiano con perplejidad y encanto, orientados por su fe cristiana e impregnados de un aspecto lúdico, una de sus especiales características.

Hija de un trabajador ferroviario, empezó a escribir en 1950, a raíz de la muerte de su madre. Trabajó como maestra durante 24 años, antes de dedicarse profesionalmente a la literatura.

No es fácil acercarse a la escritura deliberadamente rota de Prado, conformada de planos superpuestos, imágenes discontinuas y filosas reflexiones. Bagagem, su libro de 1976, produjo un vuelco en la poesía brasileña por su discurso alejado de lo barroco y más accesible. Todo es claro y limpio en las palabras de la poeta brasileña, la sexualidad es tan natural como una fruta que se dora al sol e invita a comerla. Los textos se deslizan bajo los ojos del lector con fresca tersura.

He aquí uno de sus poemas traducido por la también poeta brasileña Graciela Cross:

Antes del nombre
No me importa la palabra, la palabra común
lo que quiero es el espléndido caos de donde emerge la sintaxis
los sitios oscuros donde nacen: de, sino,
el, sin embargo, que, esta incomprensible
muleta que me apoya.
Quien entiende al lenguaje, entiende a Dios,
cuyo Hijo es Verbo. Muere quien entiende.
La palabra es disfraz de una cosa más grave, sorda-muda,
fue inventada para ser callada.
En momentos de gracia, infrecuentísimos,
se le podrá atrapar: un pez vivo con la mano.
Puro susto y terror.

Adélia era y es una mujer normal: Tuvo cinco hijos, le daba miedo viajar en avión, huía del glamour y preservaba su vida interior. Maestra y catequista, amaba la liturgia y disfrutaba con encontrar a Dios en la cotidianidad. Pensaba que la propia creación de Dios es una creación poética.  “Poesia sois Vós, ó Deus. Eu busco vos servir”, escribía. Se negaba a la tendencia de eliminar la dimensión corporal del ser humano. Hay una relación erótico-afectiva en su poesía con Jhonatan (así nombra a Jesús). No contrapone la experiencia cristiana a la dimensión erótica. “El alma es erótica”, escribe.  Recordemos que antes se escribió El cantar de los cantares y El cántico espiritual de Juan de la Cruz.

Pero sobre todo me impresiona su frase que da  título a este encuentro: “La poesía me salvará”. Me recuerda a Dámaso Alonso que decía que toda poesía, si lo es de veras, es siempre de algún modo religiosa. O aquel artículo de Rahner, prólogo a los poemas del jesuita Jorge Blajot, que hablaba de la poesía como “protopalabra”, una palabra preñada y conjuradora que es el último escalón humano antes de la mística.

He aquí otro sorprendente poema, traducido por Adolfo Montejo Navas:

FIBRIOLACIONES

Tanto da
funeral o festín
todo es deseo
que repercute en mí.
Oh corazón incansable a la resonancia de las cosas,
amo, te amo, te amo,
así triste, oh mundo,
oh hombre tan bello que me paraliza.
Te amo, te amo.
Y una sola lengua,
un solo oído, no absoluto.
Te amo.
Cierta hierba del campo tiene las hojas ásperas
recubiertas de pelos,
te amo, digo desesperada
de que otra palabra venga en mi socorro.
La hierba se estremece,
el amor para ella es brisa.

De O pelicano (1987)

No son buenos tiempos para la lírica. Por eso hay tanto corazón que no es capaz de rastrear a Dios en lo manifestado y se queda en la cáscara de la realidad.

(José Francisco Navarro, SJ ha escrito un hermoso libro sobre ella, La mística de cada de cada día: Poesía de Adeila Prado, Universidad Antonio Ruiz de Montoya / Embajada de Brasil, lima, 2010. Gracias a Navarro tengo la suerte de poseer un ejemplar dedicado por ella)