jueves, 22 de agosto de 2013

CONFIANZA, SÍ. FRIVOLIDAD, NO - José Antonio Pagola

CONFIANZA, SÍ. FRIVOLIDAD, NO - José Antonio Pagola

La sociedad moderna va imponiendo cada vez con más fuerza un estilo de vida marcado por el pragmatismo de lo inmediato. Apenas interesan las grandes cuestiones de la existencia. Ya no tenemos certezas firmes ni convicciones profundas. Poco a poco, nos vamos convirtiendo en seres triviales, cargados de tópicos, sin consistencia interior ni ideales que alienten nuestro vivir diario, más allá del bienestar y la seguridad del momento.

Es muy significativo observar la actitud generalizada de no pocos cristianos ante la cuestión de la "salvación eterna" que tanto preocupaba solo hace pocos años: bastantes la han borrado sin más de su conciencia; algunos, no se sabe bien por qué, se sienten con derecho a un "final feliz"; otros no quieren recordar experiencias religiosas que les han hecho mucho daño.

Según el relato de Lucas, un desconocido hace a Jesús una pregunta frecuente en aquella sociedad religiosa: "¿Serán pocos los que se salven?" Jesús no responde directamente a su pregunta. No le interesa especular sobre ese tipo de cuestiones estériles, tan queridas por algunos maestros de la época. Va directamente a lo esencial y decisivo: ¿cómo hemos de actuar para no quedar excluidos de la salvación que Dios ofrece a todos?

"Esforzaos en entrar por la puerta estrecha". Estas son sus primeras palabras. Dios nos abre a todos la puerta de la vida eterna, pero hemos de esforzarnos y trabajar para entrar por ella. Esta es la actitud sana. Confianza en Dios, sí; frivolidad, despreocupación y falsas seguridades, no.

Jesús insiste, sobre todo, en no engañarnos con falsas seguridades. No basta pertenecer al pueblo de Israel; no es suficiente haber conocido personalmente a Jesús por los caminos de Galilea. Lo decisivo es entrar desde ahora en el reino Dios y su justicia. De hecho, los que quedan fuera del banquete final son, literalmente, "los que practican la injusticia".

Jesús invita a la confianza y la responsabilidad. En el banquete final del reino de Dios no se sentarán solo los patriarcas y profetas de Israel. Estarán también paganos venidos de todos los rincones del mundo. Estar dentro o estar fuera depende de cómo responde cada uno a la salvación que Dios ofrece a todos.

Jesús termina con un proverbio que resume su mensaje. En relación al reino de Dios, "hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos". Su advertencia es clara. Algunos que se sienten seguros de ser admitidos pueden quedar fuera. Otros que parecen excluidos de antemano pueden quedar dentro.

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Comparte buenas noticias. Pásalo
25 de agosto de 2013
21 Tiempo ordinario (C)
Lc 13, 22-30


PARA ENTRAR EN TU BANQUETE
Escrito por  Florentino Ulibarri

Danos, Señor,
corazón tierno y pensar lúcido
para andar por los caminos de la vida,
como discípulos,
agarrados a tu Espíritu
y cuidando a tus preferidos.

Reconócenos
en este mundo caótico y roto,
Tú que sabes lo que somos,
como discípulos
que quieren seguirte humildemente
y no quedarse al margen.

Seguiremos,
noche y día, en búsqueda abierta
y generosa entrega a lo que quieras,
como discípulos,
entrando por tu puerta
para sentarnos a tu mesa.

Y cuando venga
gente del sur y norte, este y oeste
pugnando fuerte por su suerte,
como discípulos
queremos ser anfitriones
y sentarnos en los últimos lugares.

Ya en el banquete,
reunidos todos fraternalmente,
cantaremos, comeremos y bailaremos,
como discípulos,
compartiendo lo que somos y tenemos
sin miedos ni preocupaciones.

Florentino Ulibarri



SI "ALGUIEN" QUIERE PASAR, LA PUERTA SE CIERRA
Escrito por  Fray Marcos
Lc 13, 22-30

El texto nos recuerda una vez más, que Jesús va de camino hacia Jerusalén, que será su meta. Sigue Lucas con la acumulación de dichos sin mucha conexión entre sí, pero todos tienen como objetivo ir instruyendo a los discípulos sobre el seguimiento de Jesús.

Jesús no responde a la pregunta, porque está mal planteada. La salvación no es una línea que hay que cruzar, es un proceso de descentración del yo, que hay que tratar de llevar lo más lejos posible. Trataremos de adivinar por qué no responde a la pregunta y lo que quiere decirnos.

No es fácil concretar en qué consiste esa salvación de la que se habla en los evangelios. Ya entonces, pero sobre todo hoy, tenemos infinidad de ofertas de salvación. El concepto hace referencia en primer lugar a la liberación de un peligro o de una situación desesperada. El médico está todos los días curando en el hospital, pero se dice que ha salvado a uno, cuando estando en peligro de muerte ha evitado ese final. Aplicar este concepto a la vida espiritual puede despistarnos. El mayor peligro para una trayectoria espiritual es dejar de progresar, no que se encuentren obstáculos en el camino. La salvación no sería librarme de algo sino desplegar un máximo de plenitud humana durante toda la existencia.

¿Serán muchos los que se salvan? Podíamos hacernos infinidad de preguntas sobre la salvación. De hecho ha habido discusiones teológicas interminables sobre el tema.

¿Para cuándo la salvación? ¿Salvación aquí o en el más allá? ¿Salvación material o salvación espiritual?

¿Quién nos salva? ¿Nos salva Dios? ¿Nos salva Jesús? ¿Nos salvamos nosotros? ¿Salvan las obras o la fe? ¿Salva la religión? ¿Salvan los sacramentos? ¿Salva la oración, la limosna o el ayuno? ¿Nos salva la Escritura?

¿Cómo es esa salvación? ¿Salvación material o salvación espiritual? ¿Salvación individual o comunitaria? ¿Es la misma para todos? ¿Se puede conocer antes de alcanzarla? ¿Podemos saber si estamos salvados?

Tengo casi terminado un libro que trata de responder a todas estas preguntas. Pero resulta que es inútil toda respuesta, porque las preguntas están mal planteadas. Todas dan por supuesto que hay un yo que debe ser salvado. Cuando me di cuenta de que la salvación no es alcanzar la seguridad para un ser individual, sino que consiste en superar toda idea de individualidad, perdí todo interés por terminar el libro y mucho más por publicarlo.

En realidad todos se salvan de alguna manera, porque todo ser humano despliega algo de esa humanidad por muy mínimo que sea ese progreso. Y nadie alcanza la plenitud de salvación porque por muchos que sean los logros de una vida humana, siempre podría haber avanzado un poco más en el despliegue de su humanidad. Todos estamos, a la vez, salvados y necesitados de salvación. Esta idea nos desconcierta, porque lo único que nos tranquiliza de verdad es la seguridad de alcanzarla o de estar ya salvados.

Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Esta frase nos puede iluminar sobre el tema que estamos tratando. Pero la hemos entendido mal y nos ha metido por un callejón sin salida. El esfuerzo no debe ir encaminado a potenciar un yo para asegurar su permanencia incluso en el más allá.

No tiene mucho sentido que esperemos una salvación para cuando dejemos de ser auténticos seres humanos, es decir, para después de morir.

La salvación no puede consistir en la liberación de todo aquello que percibo como carencia, es decir, que alguien me saque de las limitaciones que no acepto porque no me he enterado de que soy criatura y por lo tanto limitada. Esas limitaciones no son fallos del creador sino parte esencial de mi ser.

La salvación tiene que consistir en alcanzar una plenitud sin pretender dejar de ser criatura y limitada. Como esto exige una renuncia a ser perfectos, nunca nos podemos conformar con una salvación que no nos saque de nuestras imperfecciones.

Ni el sufrimiento ni la enfermedad ni la misma muerte pueden restar un ápice a mi condición de ser humano. Mi plenitud la tengo que conseguir con esas limitaciones, no cuando me las quiten.

Lo que se puede añadir o quitar pertenece siempre al orden de las cualidades, no es lo esencial. Pensar que la creación le salió mal a Dios y ahora solo Él puede corregirla y hacer un ser humano perfecto es una aberración que nos ha hecho mucho daño. La salvación no puede consistir en cambiar mi condición de ser humano por otro modo de existencia.

Nuestra religión nos ha metido por este callejón sin salida. No ha convencido de que, con la ayuda de dios, puedo llegar a ser un superhombre. Nada más lejos del mensaje de Jesús. "las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera". Lo que se nos pide es que despleguemos nuestra humanidad a tope, no siendo más que los demás sino precisamente siendo menos.

Para tomar conciencia de dónde tenemos que poner el esfuerzo es imprescindible entender bien el aserto. Debemos desechar la idea de un umbral que debemos superar. No debemos hacer hincapié en la puerta sino en el que debe atravesarla.

No es que la puerta sea estrecha, es que se cierra automáticamente en cuanto alguien pretende atravesarla. Solo cuando tomemos conciencia de que somos nadie, se abrirá de par en par. Mientras no captes bien esta idea, estarás dando palos de ciego en orden a tu verdadera salvación.

No estamos aquí para salvar nuestro yo, sino para desprendernos de él hasta que no quede ni rastro de lo que creíamos ser. Cuando mi falso ser se esfume, quedará de mí lo que soy de verdad y entonces estaré ya al otro lado de la puerta sin darme cuenta.

Cuando pretendo estar seguro de mi salvación o cuando pretendo que los demás vean mi perfección, en realidad estoy alejándome de mi verdadero ser y enzarzándome en mi propio ego.

En realidad, no estamos aquí para salvarnos sino para perdernos en beneficio de todos.

El domingo pasado decía Jesús: "He venido a traer fuego a la tierra, ¿qué más puedo pedir si ya está ardiendo? Todo lo creado tiene que transformarse en luz, y la única manera de conseguirlo es ardiendo. El fuego destruye todo lo que no tiene valor, pero de esa manera purifica lo que vale de veras. Este es el proceso: consumir todo lo que hay en mí de ego y potenciar lo que hay de verdadero ser.

Somos como la vela que está hecha para iluminar consumiéndose; mientras esté apagada y mantenga su identidad de vela será un trasto inútil. En el momento que le prendo fuego y empieza a consumirse se va convirtiendo en luz y da sentido a su existencia. Cuando nos pasamos la vida adornando y engalanando nuestra vela; cuando incluso le pedimos a Dios que, ya que es tan bonita, la guarde junto a Él para toda la eternidad, estamos renunciando al verdadero sentido de una vida humana, que es arder, consumirse para iluminar a los demás.

No sé quienes sois. Toda la parafernalia religiosa que hemos desarrollado durante dos mil años no servirá de nada si no me ha llevado a desprenderme del ego.

El yo más peligroso para alcanzar una verdadera salvación es el yo religioso. Me asusta la seguridad que tienen algunos cristianos de toda la vida en su conducta irreprochable. Como los fariseos, han cumplido todas las normas de la religión. Han cumplido todo lo mandado, pero no han sido capaces de descubrir que en ese mismo instante, deben considerarse "siervos inútiles".

Esta advertencia es mucho más seria de lo que parece. Pero no tenemos que esperar a un más allá para descubrir si hemos acertado o hemos fallado. El grado de salvación que hayamos conseguido se manifiesta en cada instante de nuestra vida por la calidad de nuestras relaciones con los demás.

No se trata de prácticas ni de creencias sino de humanidad manifestada con todos los hombres. Lo que creas hacer directamente por Dios no tiene ninguna importancia. Lo que haces cada día por los demás es lo que determina tu grado de plenitud humana, que es la verdadera salvación.

Meditación-contemplación

He venido a prender fuego a la tierra.
El fuego que Jesús trae, me tiene que consumir a mí.
Mi falso yo, sustentado en lo material,
tiene que consumirse para que surja el verdadero ser.
.....................

Todo lo que trabajemos para potenciar la individualidad,
será ir en dirección contraria a la verdadera meta.
Mientras más adornos y capisayos le coloque,
más lejos estaré de mi verdadera salvación
..........................

Para que surja el oro de mi verdadera naturaleza,
tiene que arder la escoria de mi ego.
La luz que ya existe en el fondo de mi ser,
solo se manifestará cuando arda mi materialidad.
..........................

Fray Marcos



Papa Francisco: "Hará cambios que no pueden ser nunca totales...".
P. Adolfo Nicolás SJ

El P. Adolfo Nicolás,  desde el 2008 es el prepósito general de la Compañía de Jesús a la que pertenece el pontífice, en entrevista con El Tiempo de Colombia, habló sobre su amigo, el Papa Francisco, a quien considera un hombre auténtico y valiente capaz de lograr la renovación que, según él, tanto necesita la Iglesia católica.

¿El carisma del Papa Francisco obedece a su personalidad o a su formación como jesuita?

Son ambas cosas. Ya se sabe que cuando era arzobispo en Buenos Aires era muy cercano a la gente y usaba medios públicos de transporte. Él es consistente con lo que ha sido siempre. Pero eso es solo una parte, porque es jesuita y está metido profundamente en la espiritualidad de San Ignacio, y eso se nota en sus discursos y homilías, en la manera en la que enfoca los problemas; ahí se nota muy profundamente la espiritualidad jesuita.

¿Se puede decir, tal vez, que este pontificado tendrá una línea jesuítica?

Yo no diría eso. Él va a seguir la línea que mejor crea para la Iglesia. En eso es un hombre de gran libertad y no va a seguir dictados de nadie. Pero en su manera de ver los problemas, o de buscar soluciones, evidentemente influirá su formación jesuítica. ¿Hasta qué punto influirá? Eso no lo sabemos.

¿A Bergoglio lo escogieron porque necesitaban a un jesuita como Papa?

No creo que el factor jesuita haya sido muy influyente. De hecho, hay muchas bromas que corren por Roma.

Por ejemplo...

Por ejemplo -es peligroso dar un ejemplo a un periódico-, a un cardenal le preguntaron ‘¿Cómo habéis escogido a un jesuita?'. Y respondió, en broma; ‘Si hubiera sabido que era jesuita, no hubiera votado por él'.

¿Qué buscaban, entonces?

A un cardenal que viniera de fuera de la curia; creo que el sentimiento de reformar la curia era muy claro, y el mismo Francisco ha dicho que todo lo que está haciendo es responder a lo que salió en las congregaciones generales, que son esas reuniones de cardenales en el cónclave. Querían a alguien de fuera que pudiera estudiar los problemas con más libertad, sin ningún ligamen.

Un Papa revolucionario...

Ha sido un gran arzobispo, muy cercano a la gente, muy tradicional en su doctrina pero con la valentía y la creatividad de responder de manera nueva a las necesidades de estos tiempos.

¿Qué representa para los jesuitas tener un papa, teniendo en cuenta todos los problemas que han tenido, durante siglos, con la curia?

Para mí, es mucho más fácil tener ahora un Papa que me entienda, no tener que medir las palabras porque las entiende al estilo jesuita. Cuando nos encontramos hay una tranquilidad de poder hablar. Y eso es muy bueno, muy refrescante.

¿Usted cree que el Papa Francisco realmente puede transformar la Iglesia?

Creo que sí. Por su personalidad; es un hombre muy valiente, es consciente de los problemas y ahora está tratando de consultar, de ver los distintos aspectos que tienen los problemas y de tomar decisiones. No les tiene miedo a las decisiones, o sea, tomará decisiones y hará cambios que no pueden ser nunca totales, porque hace falta preparar la mente de la comunidad para hacer esos cambios. Una persona no puede cambiar el mundo. Creo que después de una reunión con los cardenales, en octubre, habrá decisiones.

¿Qué tipo de decisiones?

Hay una cosa muy clara que salió del cónclave; la reforma de la curia. La curia vaticana está organizada para ayudar al Papa en el gobierno de la Iglesia. Pero a veces, porque el papa ha estado ocupado en otras cosas, las congregaciones (los despachos vaticanos) tienen una tendencia a cierta autonomía. Esta autonomía no es buena para la Iglesia. Los mismos cardenales se quejan de que no hay comunicación en las congregaciones.

¿Modificar las congregaciones vaticanas?

Es algo que el Papa ya está tomando en sus manos, y está actuando directamente. Antes todo tenía que pasar por la Secretaría de Estado, y ya no; esa es una de las cosas que están cambiando.

¿Qué otras cosas puede cambiar en el Vaticano?

Tendrá que estudiar y discernir, por ejemplo, cuestiones sobre bioética, de vida cristiana, pastoral, de matrimonios y divorcios. Creo que ahí él va a actuar de una manera muy pastoral al servicio de la gente y creo que va a ser una bocanada de agua fresca.

Pero, por más liberado que sea, no se pueden esperar grandes cambios, como que vaya a levantar el celibato o el sacerdocio para las mujeres...

Es verdad. No se puede esperar el oro y el moro; porque tenemos un nuevo Papa no podemos esperar que haga todo lo que nos gusta. Él va a ser muy fiel a lo que considera importante en la tradición de la Iglesia y, al mismo tiempo, estará abierto a estudiar temas nuevos. Pero estudiar no significa tomar decisiones.

¿Cuáles cree que son los problemas de la Iglesia?

Son los mismos de la humanidad; el hambre, la pobreza, la violencia, la guerra, la paz; la falta de sentido, de alegría y esperanza.

¿Y cuáles son los retos?

Son los retos del hombre de la calle, que quiere vivir humanamente, pero las situaciones de injusticia, de desigualdad, de falta de atención a los débiles hacen que nuestras sociedades estén estructuradas de una manera muy difícil para los débiles. Creemos que esos retos tocan directamente nuestra vocación cristiana y, por lo tanto, estos nos preocupan.

Al superior de los jesuitas lo conocen como el ‘papa negro' ¿Cómo es llevar ese título?

No es muy bueno. Lo llaman ‘papa' porque supuestamente tiene mucho poder, y el poder no tiene valor evangélico ni religioso; y negro, porque vestía de negro. Pero el color no tiene ningún valor religioso. La primera vez que fui a África, en Costa de Marfil, se me acercó un negro y me dijo; ‘Estoy un poco desilusionado porque nos dijeron que venía el papa negro, pero usted no es negro'.

Por su estilo liberal y de mente abierta, los jesuitas han sido considerados como el ala rebelde de la Iglesia católica. ¿Son rebeldes?

Sé que en la percepción de muchos se ve como si fuéramos rebeldes, pero lo más interesante en nuestra vida no es la rebeldía, sino no tenerles miedo a los problemas. Si hay una situación nueva y un problema nuevo, hay que estudiarlos; esa capacidad de abrirse a problemas nuevos y estudiarlos, para muchos, ya es rebeldía.

¿Qué problemas nuevos?

Cómo están cambiando la civilización y la cultura, por ejemplo.

¿Reconoce que los jesuitas han sido incómodos para algunos sectores?

Que seamos incómodos, sí, lo reconozco; todo intelectual es incómodo. Es incómodo el que es honesto y está abierto al cambio, el que analiza problemas nuevos y hace pensar, porque pensar no es la moneda que a todos les gusta, porque pensar trae dificultades. Pero si es jesuita, espero que sea un pensador. Y nuestra formación va directo a eso; a profundizar en teología, filosofía, en todas las ciencias, en las artes, en cualquier tema moderno o antiguo. Eso es parte de la vida humana, y creemos que la iglesia necesita estar abierta a todo.

¿El Papa es consciente de esa incomodidad?

Sí, y en ese sentido es muy jesuita. Dice; ‘Prefiero una Iglesia con problemas antes que una Iglesia dormida, en la que no pase nada. El que duerme no crea problemas. El que está despierto y hace preguntas, sí.

Entrevista: José Alberto Mojica



UNA IGLESIA SIN SACERDOTES
Escrito por  José María Castillo

Recordemos cómo la Iglesia del primer milenio tuvo un concepto de la vocación sacerdotal muy distinto del que tenemos ahora. Hoy se piensa que la vocación es la "llamada de Dios" para que un cristiano, con la aprobación del obispo, pueda ser ordenado sacerdote. En los primeros diez siglos de la Iglesia, se pensaba que la vocación es la "llamada de la comunidad" para que un cristiano fuese ordenado sacerdote.

Pero ocurre que, en este momento, la escasez de vocaciones es un hecho tan notable que hasta los políticos cristianodemócratas de Alemania han hecho pública una carta en la que piden al episcopado que puedan ser ordenados de sacerdotes hombres casados. Hasta los hombres de la política andan preocupados de lo mal que van las cosas en la Iglesia, entre otros motivos, por la alarmante falta de sacerdotes para atender las necesidades espirituales de los católicos.

Así están las cosas en este momento. Los obispos -ya lo han dicho los alemanes- no están dispuestos a suprimir la ley del celibato. Y menos aún estarían dispuestos a tomar decisiones más radicales en cuanto se refiere al clero, especialmente por lo que respecta a la necesidad de que en la Iglesia haya sacerdotes para administrar los sacramentos.

Yo no sé si los obispos van a ceder en este delicado asunto. Y si ceden, cuándo lo harán. Sea lo que sea de todo esto, me parece que ha llegado el momento de afrontar esta pregunta ¿y si llega el día en que nos quedemos prácticamente sin sacerdotes? ¿sería eso el derrumbe total de la Iglesia?

El cristianismo tiene su origen en Jesús de Nazaret. Pero Jesús no fue sacerdote. Jesús fue un laico, que vivió y enseñó su mensaje como laico. Jesús reunió un grupo de discípulos y nombró doce apóstoles. Pero aquel grupo estaba compuesto por hombres y mujeres que iban con él de pueblo en pueblo (Lc 8, 1-3; Mc 15, 40-41).

La muerte de Jesús en la cruz no fue un ritual religioso, sino la ejecución civil de un subversivo. Por eso la carta a los hebreos dice que Cristo fue sacerdote. Pero este escrito es el más radicalmente laico de todo el Nuevo Testamento. Porque el sacerdocio de Cristo no fue "ritual", sino "existencial". Es decir, lo que Cristo ofreció, no fue un rito ceremonial en un templo, sino su existencia entera, en el trabajo, en la vida con los demás y sobre todo en la horrible muerte que sufrió.

Para los cristianos, no hay más sacerdocio que el de Cristo, que consiste en que cada uno viva para los demás. Ni más ni menos que eso. El sacerdocio cristiano, tal como se vive en la Iglesia, no tiene fundamento bíblico ninguno. Por eso en la Iglesia no tiene que haber hombres "consagrados". Lo que tiene que haber es hombres y mujeres "ejemplares". El "sacerdocio santo" y el "sacerdocio real" del que habla la 1ª carta de Pedro (1, 5. 9) es una mera denominación "espiritual" de todos los cristianos.

Además, en todo el Nuevo Testamento jamás se habla de "sacerdotes" en la Iglesia. Es más, está bien demostrado que los autores del Nuevo Testamento, desde san Pablo hasta el Apocalipsis, evitan cuidadosamente aplicar la palabra o el concepto de "sacerdote" a los que presidían en las comunidades que se iban formando. Esta situación se mantuvo hasta el siglo III.

O sea, la Iglesia vivió durante casi doscientos años sin sacerdotes. La comunidad celebraba la eucaristía, pero nunca se dice que la presidiera un "sacerdote". En las comunidades cristianas había responsables o encargados de diversas tareas, pero no se les consideraba hombres "sagrados" o "consagrados". En el s. III, Tertuliano informa de que cualquier cristiano presidía la eucaristía ("De exhort. cast. VII, 3).

¿Qué pasaría si se acabaran los sacerdotes en la Iglesia? Simplemente que la Iglesia recuperaría, en la práctica, el modelo original que Jesús quiso. Lo que pasaría, por tanto, es que la Iglesia sería más auténtica. Una Iglesia más presente en el pueblo y entre los ciudadanos. Una Iglesia sin clero, sin funcionarios, sin dignidades que dividen y separan. Sólo así retomaríamos el camino que siguió el movimiento de Jesús; un movimiento profético, carismático, secular.

El clericalismo, los hombres sagrados y los consagrados han alejado a la Iglesia del Evangelio y del pueblo. Así lo ve y lo dice la gente. La Iglesia se pensó que, teniendo un clero abundante y con prestigio, sería una Iglesia fuerte, con influencia en la cultura y en la sociedad. Pero a los hechos me remito. Ese modelo de Iglesia se está agotando.

No podemos ignorar todo el bien que los sacerdotes y los religiosos han hecho. Y el que siguen haciendo. Pero tampoco podemos olvidar los escándalos y violencias que en la Iglesia se han vivido y de los que el clero, en gran medida, ha sido responsable.

Pero lo peor no es nada de eso. Lo más negativo, que ha dado de sí el modelo clerical de la Iglesia, es que quienes han tenido el "poder sagrado", se han erigido en los responsables y, de las "comunidades de creyentes", han hecho "súbditos obedientes". La Iglesia se ha partido, se ha dividido, unos pocos mandando y los demás obedeciendo.

En la Iglesia debe haber, como en toda institución humana, personas encargadas de la gestión de los asuntos, de la coordinación, de la enseñanza del mensaje de Jesús... Pero, una de dos; o Jesús vivió equivocado o los que andamos equivocados somos nosotros.

Por supuesto, el final del clero no se puede improvisar. Probablemente el cambio se va a producir, no por decisiones que vengan de Roma, sino porque la vida y el giro que ha tomado la historia nos van a llevar a eso; a una Iglesia compuesta por comunidades de fieles, conscientes de su responsabilidad, unidos a sus obispos (presididos por el obispo de Roma), respetando los diversos pueblos, naciones y culturas. Y preocupados sobre todo por hacer visible y patente la memoria de Jesús.

Ya son muchas las comunidades que, por todo el mundo, a falta de clérigos, son los laicos los que celebran ellos solos la Eucaristía. Porque son muchos los cristianos que están persuadidos de que la celebración de la Eucaristía no es un privilegio de los sacerdotes, sino un derecho de la comunidad. El proceso está en marcha. Y mi convicción es que nadie lo va a detener.

Termino afirmando que, si digo estas cosas, no es porque me importe poco la Iglesia o porque no la quiera ver ni en pintura. Todo lo contrario. Precisamente porque le debo tanto y me importa tanto, por eso, lo que más deseo es que sea fiel a Jesús y al Evangelio.

José María Castillo



Alberto Hurtado: apóstol de la justicia
Jorge Costadoat SJ

Hay pocas cosas que duelan más en la vida que la injusticia. La injusticia duele y hace daño. Nos duele que no se reconozca el valor de nuestro trabajo, que nos paguen una miseria. La injusticia hace daño. Humilla. Lesiona nuestros esfuerzos por vivir y por sobrevivir con dignidad. Injusticias hay de muy diversos tipos. Las injusticias familiares (violencia física y verbal), laborales (maltrato en el trabajo, sueldos miserables), sociales (falta de acceso al sistema de salud y de oportunidades de educación), judiciales (cárcel solo para los pobres) y políticas (violación de derechos humanos y democracia “a medias”), cualquiera de ellas nos indigna. Pues, la injusticia causa pobreza y la pobreza destruye a las personas, el matrimonio y deteriora las posibilidades de desarrollo y paz social.

 El Padre Hurtado, habiéndose preguntado qué haría Cristo en su país herido por la miseria, fue un apóstol de la justicia. No sólo consiguió recursos para socorrer a los más pobres de los pobres: los niños sin hogar y los vagabundos. Luchó contra la injusticia, rescató la dignidad pisoteada de los pobres, denunció el abuso de los malos patrones y procuró la asociación sindical de los obreros para la defensa de sus derechos. Escribió libros, creó la Asociación Sindical Chilena, fundó la revista Mensaje y el Hogar de Cristo. Quería un país cristiano.

Alberto Hurtado se dio cuenta de los grandes peligros de su época. En contra del capitalismo y de la revolución comunista en curso en varios países del planeta, él, inspirándose en la enseñanza social de la Iglesia, promovió un camino distinto: un Orden Social Cristiano, basado en las dos grandes virtudes del amor y la justicia. Pero no quiso caridad sin justicia. Decía: “Muchas obras de caridad  puede ostentar nuestra sociedad, pero todo ese inmenso esfuerzo de generosidad, muy de alabar, no logra reparar los estragos de la injusticia. La injusticia causa enormemente más males que los que puede reparar la caridad”.

El Padre Hurtado tuvo la esperanza de que los hombres de su tiempo alcanzarían la paz social, uniendo la benevolencia a la justicia. Eso sí, le parecía una hipocresía limosnear a los pobres, pero no pagarles un sueldo justo. En su obra Humanismo Social concluye: “Los hombres son muy comprensivos para saber esperar la aplicación gradual de lo que no puede obtenerse de repente, pero lo que no están dispuestos a seguir tolerando es que se les niegue la justicia y se les otorgue con aparente misericordia en nombre de la caridad lo que les corresponde por derecho propio. Debemos ser justos antes de ser generosos”.

Jorge Costadoat SJ