jueves, 11 de julio de 2013

NO PASAR DE LARGO - José Antonio Pagola


NO PASAR DE LARGO - José Antonio Pagola

“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Esta es la herencia que Jesús ha dejado a la humanidad. Para comprender la revolución que quiere introducir en la historia, hemos de leer con atención su relato del “buen samaritano”. En él se nos describe la actitud que hemos de promover, más allá de nuestras creencias y posiciones ideológicas o religiosas, para construir un mundo más humano.

En la cuneta de un camino solitario yace un ser humano, robado, agredido, despojado de todo, medio muerto, abandonado a su suerte. En este herido sin nombre y sin patria resume Jesús la situación de tantas víctimas inocentes maltratadas injustamente y abandonadas en las cunetas de tantos caminos de la historia.

En el horizonte aparecen dos viajeros: primero un sacerdote, luego un levita. Los dos pertenecen al mundo respetado de la religión oficial de Jerusalén. Los dos actúan de manera idéntica: “ven al herido, dan un rodeo y pasan de largo”. Los dos cierran sus ojos y su corazón, aquel hombre no existe para ellos, pasan sin detenerse. Esta es la crítica radical de Jesús a toda religión incapaz de generar en sus miembros un corazón compasivo. ¿Qué sentido tiene una religión tan poco humana?

Por el camino viene un tercer personaje. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece a la religión del Templo. Sin embargo, al llegar, “ve al herido, se conmueve y se acerca”. Luego, hace por aquel desconocido todo lo que puede para rescatarlo con vida y restaurar su dignidad. Esta es la dinámica que Jesús quiere introducir en el mundo.

Lo primero es no cerrar los ojos. Saber “mirar” de manera atenta y responsable al que sufre. Esta mirada nos puede liberar del egoísmo y la indiferencia que nos permiten vivir con la conciencia tranquila y la ilusión de inocencia en medio de tantas víctimas inocentes. Al mismo tiempo, “conmovernos” y dejar que su sufrimiento nos duela también a nosotros.

Lo decisivo es reaccionar y “acercarnos” al que sufre, no para preguntarnos si tengo o no alguna obligación de ayudarle, sino para descubrir de cerca que es un ser necesitado que nos está llamando. Nuestra actuación concreta nos revelará nuestra calidad humana.

Todo esto no es teoría. El samaritano del relato no se siente obligado a cumplir un determinado código religioso o moral. Sencillamente, responde a la situación del herido inventando toda clase de gestos prácticos orientados a aliviar su sufrimiento y restaurar su vida y su dignidad. Jesús concluye con estas palabras. “Vete y haz tú lo mismo”. 

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a reavivar en el mundo la compasión. Pásalo.
14 de julio de 2013
15 Tiempo ordinario (C)
Lucas 10, 25-37



BENDITO SEAS, POR TANTAS PERSONAS BUENAS
Escrito por  Florentino Ulibarri

Bendito seas
por tantas personas sencillas y buenas
que viven y caminan con nosotros
haciéndote presente cada día
con rostro amigo de padre y madre.

Bendito seas
por quienes nos aman sinceramente,
y nos ofrecen gratuitamente lo que tienen
y nos abren las puertas de su amistad,
sin juzgarnos ni pedirnos cambiar.

Bendito seas
por las personas que contagian simpatía
y siembran esperanza y serenidad
aún en los momentos de crisis y amargura
que nos asaltan a lo largo de la vida.

Bendito seas
por quienes creen en un mundo nuevo
aquí, ahora, en este tiempo y tierra,
y lo sueñan y no se avergüenzan de ello
y lo empujan para que todos lo vean.

Bendito seas
por quienes aman y lo manifiestan
y no calculan su entrega a los demás,
por quienes infunden ganas de vivir
y comparten hasta lo que necesitan.

Bendito seas
por las personas que destilan gozo y paz
y nos hacen pensar y caminar,
y por las que se entregan y consumen
por hacer felices a los demás.

Bendito seas
por las personas que han sufrido y sufren
y creen que la violencia no abre horizontes,
por quienes tratan de superar la amargura
y no se instalan en las metas conseguidas.

Bendito seas
por quienes hoy se hacen cargo de nosotros
y cargan con nuestros fracasos
y se encargan de que no sucumbamos
en medio de esta crisis y sus ramalazos.

Bendito sea
por tantos y tantos buenos samaritanos
que detienen el viaje de sus negocios
y se paran a nuestro lado a curarnos,
y nos tratan como ciudadanos y hasta hermanos.

Bendito seas
por haber venido a nuestro encuentro
y habernos hecho hijos queridos,
que podemos contar contigo y con tantos hermanos
a pesar de nuestra torpeza y orgullo.

Florentino Ulibarri



SIN PRÓJIMO NO HAY DIOS QUE VALGA
Escrito por  Fray Marcos
Lc 10, 25-37

Hoy la primera lectura (Dt 30,10-14) no da la clave para entender el evangelio. La voluntad de Dios no viene de fuera, sino que es una exigencia de nuestro ser. Dios no crea al ser humano y luego le impone unas obligaciones. Dios es un "ser" simplicísimo. Lo que Dios quiere, es que despleguemos esas posibilidades (exigencias) que nacen de nuestro ser más profundo. Cuando alguien es capaz de descubrirlas, las propone a los demás como venidas de Dios para darles carácter definitivo. ¡Cuanto fundamentalismo se evitaría si tuviéramos en cuenta esta simple verdad!

El jurista sabía la respuesta, luego no pregunta para aprender, sino para examinar. Jesús se lo hace ver, haciendo que él mismo responda. Lo que no estaba tan claro era quién era Dios y quién era el prójimo. Aquí sí que había y sigue habiendo mucho que aclarar...

Jesús habla de superar la Ley como venida de un Dios que desde fuera y desde arriba nos exige normas de conducta que van en contra de nuestros intereses. Como la primera lectura de hoy, Jesús habla de una ley no escrita que llevamos todos dentro y que hay que descubrir.

Solo Lucas narra esta maravillosa parábola del "buen samaritano". Como todas las parábolas, no necesita explicación. Lo único que exige es "implicación". El oyente tiene que tomar partido después de oírla. Si no lo hace, la narración carece de sentido.

Se nos invita a descubrir una manera nueva de ser humano. No basta ser religioso y tener muy buenas relaciones con el Dios del templo, aunque sea sacerdote o levita, hay que ir más allá y hacerse prójimo. La parábola nos propone dejar de considerarse a sí mismo el ombligo del mundo (egoísmo), y poner en el centro al otro (amor).

En cuanto pregunto "¿Quién es mi prójimo?", doy por supuesto que puede haber alguien que no lo es y que tendríamos que amar solamente a algunos de nuestros semejantes. En algunas formulaciones del AT, el mandamiento del amor al prójimo tenía este sentido. La religión judía nació como un medio de aglutinar un pueblo en torno a un Dios, con unas obligaciones que le permitían asegurar una cohesión interna capaz de superar el egoísmo destructor. Para nada pensaban en un amor universal, sino en un amor a los pertenecientes al pueblo, con la finalidad de defenderse de los que no pertenecían a él y por lo tanto eran considerados enemigos. "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo".

La pregunta también da por supuesto que el ser o no ser prójimo depende del otro, o de circunstancias externas. Fíjate bien que este es el fundamento de la mentalidad legalista que excluye toda aproximación. La ayuda al miserable desde el estricto cumplimiento de la Ley no excluye el sentimiento de superioridad o desprecio. Cumplo lo mandado pero no me involucro para nada en la situación del otro. Simplemente lo hago "por amor a dios". Esta es la trampa donde hemos caído los cristianos. Lo que hizo el Samaritano está a años luz de esta actitud. Se aproxima, lo cura, lo venda, lo lleva a la posada, etc.

El relato es típico de la literatura oriental, pero los personajes implicados en él, lo convierten en provocador. Los oficiales de la religión están demasiado preocupados por la legalidad para preocuparse de los demás. Para el sacerdote y el levita, lo primero era la Ley. Para el samaritano, lo primero era el amor. El hereje, el idólatra, el impuro, odiado precisamente por no ser religioso, no está sujeto a normas morales externas, lleva la ley en el corazón.

La palabra empleada en griego para indicar que se conmueve, se aplica siempre en el NT a Dios o a Jesús. La Vulgata la traduce por "misericordia motus est". Nos indica que el Samaritano se dejó llevar por su verdadero ser desde el interior y acabó actuando como Dios.

La parábola, no deja lugar a dudo sobre lo que Jesús entendía por próximo. Prójimo es todo aquel con quien me encuentro en mi camino. Prójimo es aquel que me necesita.

Estamos equivocados al pensar que el prójimo lo puedo determinar yo. Jesús nos dice que el prójimo se me impone, aunque yo puedo tomar la decisión de escamotear esa presencia e ignorarlo. Cuando me niego a verlo, estoy fallando, buscando excusas para escapar a esa imposición que me saca de mi programación, de mis planes, a veces tan religiosos ellos.

Estamos equivocados cuando pensamos que si me acerco a otra persona para ayudarla, estoy haciendo una cosa buena, pero que si no la ayudo, no pasa nada, porque yo soy libre de ayudarla o de no ayudarla. No vemos como una necesidad el ayudarla, sino como una posibilidad que se me ofrece y que yo puedo aprovechar. No, debemos sentir esa ayuda, como una urgencia de nuestro propio ser.

Con frecuencia soy capaz de programar un prójimo para una hora determinada, pero rechazo instinti¬vamente al que se me impone sin mi consentimiento. Actuamos desde la programación y no desde el amor.

Tanto en el AT como en el evangelio, se entiende a Dios como alguien que existe al margen de la creación. Hoy pensamos que Dios está en las cosas, no al margen de ellas, ni por encima de ellas. Si pudiéramos ver la creación desde Dios veríamos que no se diferencia en nada de ella. La creación es la manifestación de Dios. Vista desde la criatura, sí hay diferencia, pero no por lo que la creación es, sino por lo que no es; por sus limitaciones.

Dios es infinito, la criatura no, ni por separado ni en conjunto. Si en todas las cosas está Dios, es claro que en cualquier ser humano se está manifestando su presencia. Si de verdad estoy interesado en descubrir y reconocer a Dios ya sé el camino.

Aclaremos esta idea con el ejemplo de la luz. La luz no se puede ver. Los espacios intersiderales son inmensos vacíos en absoluta oscuridad, aunque la luz los traviesa. Solo cuando los fotones encuentran a su paso algo material, puedo descubrir los reflejos de la luz en ese objeto. Esto pasa con Dios, no se le puede ver más que reflejado. Para cada uno de nosotros no hay más Dios que el que podemos ver en la creación. La conclusión es clara: No puedo pensar en un Dios al margen de la creación, porque sería un ídolo. Por lo tanto, no puede haber dos mandamientos. Amo a Dios solo en la medida que amo a sus criaturas.

Hay una frase, que empleamos siempre para justificar nuestro egoísmo, pero que es verdadera: "el amor bien entendido empieza por uno mismo". Efectivamente, descubriendo la luz que se refleja en mi propio ser, estaré capacitado para verla en los demás. El Dios que descubro en mí, es el mismo que debo descubrir en los demás. Ya hemos dicho muchas veces que el amor es sólo uno en cada persona. Aunque hay diversas manifestaciones del amor. Si me doy cuenta de lo que soy en el todo, veré al otro insertado en el Todo. Si creo que soy una mónada aislada, veré al otro como algo aislado y por lo tanto como algo distinto de mí, que me impide ser yo, me estorba, y no encontraré motivos para amarlo.

Cuando tenga claro esto, solucionaré el problema de mi egoísmo. Es falsa la creencia de que yo soy una individualidad aislada, que tengo existencia y consistencia propia. Yo, separado del creador y de las demás criaturas, no soy nada. Lo que constituye mi ser y lo que constituye el ser de los demás, es la misma realidad, Dios que está fundamentando mi propio ser y el de los demás. Por tanto, no puedo ir en contra de los demás, sin ir en contra mía y viceversa. El error de que somos algo aislado viene de creer que somos lo que no somos. El día que descubra que no soy eso, habré dado un paso hacia el verdadero amor.

El prójimo está siempre ahí, a tu vera. Descubrirlo y aceptarlo depende sólo de ti. Siempre que te aproximas a otro para ayudarle de cualquier forma, lo estás convirtiendo en próximo. Cada vez que haces a uno prójimo, te estás acercando a ti mismo y te estas acercando a Dios. Cada vez que superas tu egoísmo y pones al otro en el centro, te acercas a la plenitud de humanidad. Siempre que das un rodeo para pasar de largo ante el dolor ajeno, te estás alejando de ti mismo y de Dios. Cuando te desentiendes del otro, estás perdiendo una ocasión de dar sentido pleno a esta vida y convertirla en VIDA.

Oración-meditación

Prójimo es todo aquel que me necesita
y estoy dispuesto a ayudarlo a ser más humano.
No debo pensar solamente en las necesidades materiales.
En nuestro entorno, son más urgentes otras carencias.
.........................

No hay más amor a Dios que el que se manifiesta amando a los demás.
La clave en nuestra relación con Dios, está en el amor al prójimo.
Si creo que puedo amar a Dios desentendiéndome de otro,
es que no he entendido nada del mensaje de Jesús.
.........................

La propuesta de Jesús es de amor incondicional a todos.
Un amor que no se manifiesta, es que no existe.
Si no descubro a la persona que me necesita,
es que no me preocupo del que pasa en mi interior.
.......................


Fray Marcos



EL BUEN SAMARITANO
Escrito por  José Enrique Galarreta

Lc 10, 25-37

Un texto tan conocido, tan usado, que parece que no es posible añadir nada. Sin embargo, con él nos sucede lo que tantas veces en el evangelio: que nunca llegas a agotarlo, siempre hay más. Señalaremos algunos aspectos que a veces pasan desapercibidos y nos parecen importantes.

Aunque Lucas lo sitúa fuera de Jerusalén, en el camino, el contexto en que lo sitúan Marcos/Mateo es la gran polémica en el Templo, previa a la condena definitiva. Han polemizado ya con Jesús los fariseos (el tributo al César) y los saduceos (la resurrección), y han salido derrotados. El legista, un doctor de la Ley muy probablemente de la rama farisea, propone un ejercicio de erudición: cuál de los infinitos (más de seiscientos) mandatos de la Ley es el más importante.

Tema propio de eruditos, bueno para una interminable discusión teórica. Es fundamental darse cuenta del vuelco que da Jesús a la cuestión: lo que importa no es ese conocimiento; lo que importa es cumplir el precepto. Una estupenda lección para nuestra teología, tan preocupada muchas veces por el conocimiento sutil de lo más sublime. (¿Nos atreveríamos a ver en el texto de Colosenses un principio de ese peligro de elucubración cristológica estéril?).

El letrado sabe la respuesta a lo que ha preguntado. Jesús es tan hábil que le deja en ridículo ante todos: queda claro que ha preguntado lo que ya sabe, queda clara su mala intención. El letrado tiene que quedar bien y, otra vez, hace una pregunta teórica: ¿quién es mi prójimo? ¿el extranjero, el samaritano, el publicano...? ¿tengo que amar a esos pecadores, extranjeros, herejes...?. Vuelve a la teoría, vuelve a proponer un "caso de conciencia" apto para largas discusiones.

Jesús vuelve a invertir los terrenos. La conclusión es: "no importa quién es el otro; importa cómo te portas tú". Jesús vuelve a poner la teología al servicio del comportamiento. Pero lo hace de forma agresiva. Ninguna razón había para que el "bueno" de la parábola fuese un despreciado hereje samaritano, ni para que "los malos" fuesen el sacerdote y el levita. Esto suena lo mismo que los milagros hechos gratuita e innecesariamente en sábado. Advertimos en Jesús un postura de provocación, un reto a los letrados, a los sacerdotes.

Y una última clave. El samaritano cumple a la perfección el sublime mandamiento sencilla y simplemente porque "sintió lástima", es decir, es una buena persona, de buen corazón. Innumerables veces aparece la expresión "sentir lástima", "conmoverse", como motivo por el que Jesús cura o enseña. El grave error de los doctores es que conocen maravillosamente la Ley, pero todo se queda en conocimiento. Y un inculto hereje despreciado les supera ampliamente sólo porque lleva la Ley en el corazón, aunque no la conozca, o la conozca mal.

Resuena en esto la gran parábola del Juicio Final, en la que el motivo de la salvación es: "A mí me lo hicisteis, aunque no sabías que me lo hacíais a mí".

Sobradamente conocido por todos que no es posible amar a Dios sin amar al prójimo; sobradamente conocido por todos que lo propio del cristiano es conocer a Dios en Jesús y servir a Dios en los demás; sobradamente entendido y proclamado que la condición "sagrada" de algunas personas no tiene ninguna importancia... resaltemos algunos aspectos básicos.

El conocimiento que no lleva al servicio es una trampa satánica. Se refleja con perfección en la maldición lanzada por Jesús a los escribas: conocen y cumplen todos los miles de preceptos externos, pero esto les impide conocer a Dios y cumplir lo esencial de la ley: la justicia, la misericordia, la fidelidad. Y, sobre todo, les hace creerse superiores, apartarse de los demás, que son pecadores (ellos no). Todo el evangelio está lleno de esta idea. Quizá las dos escenas en que mejor aparece esta postura son el episodio de la mujer adúltera y el del ciego de nacimiento.

Aplicándolo a nosotros: ¿por qué el "Credo" que recitamos en la celebración de la Eucaristía es pura teoría trinitario / cristológica? ¿Por qué no decimos "creo en la austeridad, creo que es mejor dar que recibir, creo en el camino empinado..."?. ¿Por qué, a lo largo de la historia, se ha dado tanta importancia a la ortodoxia y se han consentido pecados históricos tan insultantes como la esclavitud, la explotación de los trabajadores, la destrucción del planeta, el ostentoso poder económico y político de los eclesiásticos...?

No insistiremos en esto: hay mil ejemplos en nuestra concepción religiosa que revela que éste no es un pecado patrimonial de aquellos legistas sino un pecado "original" de la religiones.

Jesús destruye la esencia de "aquella religión". Los doctores que se saben toda la teoría y no tienen buen corazón. Los sacerdotes que controlan el poder por medio del templo. Los santos que lo cumplen todo al pie de la letra y no se conmueven ante las necesidades "ajenas"... ¡Qué retrato de buena parte de nuestra propia religión actual!

Recibe uno la impresión de que Jesús lucha a brazo partido precisamente contra "la religión", es decir, contra esas manifestaciones llamadas religiosas que se dan en todas las religiones, se han dado y se siguen dando hoy en la iglesia, y que son, específicamente, "pecados originales de la religión en sí misma". Más aún: esos pecados originales de la religión son los que mataron a Jesús y los que esterilizan a la Iglesia.

El centro es amar. Demasiadas veces ponemos el centro de lo religioso en entender, aceptar, creer verdades. No es así. El centro no es el cerebro, sino el corazón. El centro no es la teoría sino el comportamiento. El secreto no es la erudición sino la con-pasión. Dios no es un enigma de naturalezas y personas, de procesiones y trascendencias. Dios es Abbá, es decir, Dios es amor. Y el amor no es entender, es sentir, conmoverse, acercarse, dar la mano, ser positivo, aceptar...

No hace falta que nadie suba a las estrellas o viaje a los confines del mar. No hace falta que se escriban bibliotecas enteras sobre la divinidad y la humanidad. El evangelio es Buena Noticia sobre todo porque es sabiduría de los sencillos, evidente para los hombres de buena voluntad. Ni Jesús es complicado, ni la cristología es un crucigrama, ni la divinidad es para especialistas.

"Jesús, lleno del Espíritu, exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado todo esto a los sabios y a los poderosos y lo has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así lo has querido"

PROFESIÓN DE FE
Proponemos un credo no dogmático.
Viene a ser como las bienaventuranzas 
escritas en forma de "le creo a Jesús"

Creo que son felices los que comparten,
los que viven con poco,
los que no viven esclavos de sus deseos.

Creo que son felices los que saben sufrir,
encuentran en Ti y en sus hermanos el consuelo
y saben dar consuelo a los que sufren.

Creo que son felices los que saben perdonar,
los que se dejan perdonar por sus hermanos,
los que viven con gozo tu perdón.

Creo que son felices los de corazón limpio,
los que ven lo mejor de los demás,
los que viven en sinceridad y en verdad.

Creo que son felices los que siembran la paz,
los que tratan a todos como a tus hijos,
los que siembran el respeto y la concordia.

Creo que son felices los que trabajan
por un mundo más justo y más santo,
y que son más felices
si tienen que sufrir por conseguirlo.

Creo que son felices los que no guardan en su granero
el trigo de esta vida que termina,
sino que lo siembran, sin medida,
para que dé fruto de Vida que no acaba.

Y creo todo esto porque creo
en Jesús de Nazaret, el Hijo,
el hombre lleno del Espíritu,
Jesucristo, el Señor.

José Enrique Galarreta SJ



EL PAPA FRANCISCO, PAPA UNIVERSAL
Escrito por  José María Castillo

Acabamos de enterarnos que el papa Francisco piensa canonizar a Juan Pablo II y a Juan XXIII. Ya antes se había dicho que tiene también la idea de beatificar a monseñor Romero. Y ahora sabemos que el papa está pensando beatificar a Álvaro del Portillo, el sucesor de san Josemaría Escrivá de Balaguer en la prelatura del Opus Dei.

Si reflexionamos, por un momento, en que los difuntos, que son elevados al honor de los altares, representan -entre otras cosas- el modelo de la Iglesia que se quiere poner como ejemplo para todos los cristianos, resulta inevitable preguntarse qué idea tiene el papa Francisco sobre el tipo de Iglesia que, en este momento, le conviene al mundo. Porque es evidente que no es lo mismo la Iglesia de Polonia (la de Juan Pablo II) que la Iglesia del Vaticano II (la de Juan XXIII). Ni se parecen mucho la Iglesia que promovía Mons. Romero y la Iglesia que propugna el Opus.

Hace unos días, escribía que "el papa Francisco no tiene marcha atrás". ¿De verdad que no? ¿No estamos viendo que el papa Bergoglio da un paso en una dirección con la misma facilidad con que parece que lo da en la dirección contraria? ¿En qué quedamos, por tanto?

Lo primero, que parece razonable responder a estas preguntas, es que, según la definición del concilio Vaticano I (DH 3064) y la enseñanza del Vaticano II (LG 22), el papa tiene potestad suprema sobre la Iglesia universal. Esto quiere decir lógicamente que el obispo de Roma, en cuanto sucesor de Pedro, es papa de todos los cristianos por igual. Lo mismo de los que se sienten identificados con las ideas de Juan Pablo II o Álvaro del Portillo que quienes se identifican con Juan XXIII o mons. Romero.

Por supuesto, en todo cuanto no toca a la fe, uno se puede sentir más próximo a la manera de pensar, de vivir y de aparecer en público de este papa o del otro. Pero la clave de todo lo que estamos tratando aquí no son cuestiones dogmáticas de fe. Estamos hablando de presuntas intenciones papales. Intenciones que darían pie para sospechar que el papa Francisco quiere un modelo de Iglesia o prefiere otro.

Esto supuesto, lo que está fuera de duda es que el papa Francisco ha dado pruebas sobradas de que prefiere un modelo de ejercer el papado que pretende inspirarse en la sencillez y humildad del Evangelio de Jesús de Nazaret, lo que supone irse despojando de manifestaciones de pompa y boato que poco o nada tienen que ver con la imagen de Jesús que nos ofrecen los evangelios.

Ahora bien, si el papa Francisco es para de todos los cristianos, lo es igualmente de los cristianos de una mentalidad que de los de otra. Francisco se ha encontrado, al ser elegido papa, con una Iglesia dividida y, en no pocos asuntos, una Iglesia dividida en grupos enfrentados. Así las cosas, es obligación del papa no fomentar ni mantener la división y el enfrentamiento, sino todo lo contrario, ayudar a la tolerancia, el respeto, la unión.

Si es que el papa Francisco piensa que lo mejor, para la unión de la Iglesia, es beatificar o canonizar a los personajes enumerados o a otros semejantes, lo que tenemos que hacer los creyentes en Jesús de Nazaret es respetar al papa Bergoglio en sus decisiones. Y no sólo respetarlo, sino, sobre todo, unirnos a él. Y, unidos al papa, ayudarnos todos a recomponer la unidad de la Iglesia.

Por eso -si es que la Iglesia nos importa de verdad- lo único razonable que podemos hacer es dejar de tirar cada uno de la manta con las intenciones de (por lo que sea) quedar por encima de aquellos a quienes consideramos nuestros adversarios. Sólo la unión de todos con todos, en torno a la bondad que aprendemos en el Evangelio de Jesús, podrá ser decisiva para la renovación de la Iglesia.

Sólo quiero añadir, para terminar, que tomar en firme esta postura en la vida nos puede costar mucho, quizá demasiado. Jesús nos enseñó, en el Sermón del Monte, incluso a renunciar al ejercicio de nuestros propios derechos humanos.

En la medida en que nos unamos al papa en esta postura fundamental, en esa misma medida estaremos haciendo lo más eficaz que podemos hacer, en este momento, para el futuro de esa Iglesia por la que todos soñamos. Y que será -si es que se realiza este proyecto- una fuerza de reconstrucción y humanización de este mundo en el que se hará posible vivir con paz y esperanza.

José M. Castillo



Primerísimas impresiones sobre la Lumen fidei
José Ignacio González Faus

Lo que sigue son observaciones a vuelapluma, fruto de una primera lectura rápida de la encíclica. Quede esto muy claro de entrada por si luego aparecen cosas que, en una lectura más lenta, pueden ser matizadas. El mundo mediático tiene grandes ventajas pero a veces hay que pagar ese precio de una dictadura de lo inmediato. A pesar de las “cuatro manos” a las que el hermano Francisco se refirió humorísticamente, la encíclica me ha parecido más bien un texto casi íntegro de Ratzinger, que Francisco ha tenido la delicadeza de hacer suyo y apenas le ha añadido alguna nota, al principio y al final.

Donde más se percibe esto es en el siguiente detalle: Francisco ha tenido en estos meses de sus pontificado una serie de gestos positivos, muy cargados además de simbología y de significado. Pues bien: no he sabido ver en la encíclica un solo párrafo que pudiera ser visto como fundamento teológico de todos aquellos gestos. Del texto actual no brotará un gran deseo de “una Iglesia pobre y para los pobres” sino, a lo más, una Iglesia que puede gloriarse de tener una madre Teresa. Sin percibir (porque la falta de conocimiento de nuestro mundo me parece otro rasgo de la encíclica) hasta qué punto la Madre Teresa por ejemplar y admirable que fuese su caridad, se ha convertido en el opio de las clases altas.

Es muy sorprendente que en la breve historia de la fe que traza el texto, comenzando en Abrahán, se presente a Moisés como si Dios le hubiera llamado sólo para tener un pueblo que le dé culto, y no porque “ha oído el clamor de su pueblo”. Una afirmación así brota de una opción previa (consciente o inconsciente), pero no del texto bíblico: y me parece típica del miedo de Ratzinger a las consecuencias políticas de la fe y de la teología.

Otros tres rasgos muy ratzingerianos, me parece que bañan el texto pontificio. El primero es la obsesión por la síntesis greco-judía como armonía definitiva entre razón y fe. Ratzinger polemiza contra los muchos que afirman hoy que la relación con el Dios bíblico se orienta por la línea de la escucha (el Dios que llama), mientras que en Grecia va por la línea de la visión que es más posesiva. La encíclica pretende que no existe tal diferencia; y aunque es verdad que la luz bíblica se orienta en la línea del amor (como bien afirma la encíclica), el amor es siempre una llamada.

Personalmente, también creo que se desfigura a Grecia cuando se la reduce al “logos”, olvidando que tan griegos como Platón o Aristóteles, son todos los mitos (Prometeo, Ariadna, Sísifo, Orfeo…) cuya riqueza había captado muy bien Nietzsche (a quien aludiré luego). En cualquier caso, yo diría que la síntesis Atenas-Jerusalén no es una síntesis universal y definitiva históricamente; y que quienes hoy propugnan una deshelenización del cristianismo merecerían un poco más de atención.

Otro rasgo muy ratzingeriano es la protesta contra la dictadura del relativismo. La encíclica repite aquí tonos ya muy conocidos en los escritos de Ratzinger, sin haber llegado a percibir, en mi modesta opinión, ni las razones de esa dictadura (entre las que estaría una innegable absolutización sofocante de muchas cosas relativas, por parte de la Iglesia), ni lo que esa dictadura puede tener de válido, como llamada a la humildad y la desinstalación del seguidor que no tiene donde reclinar la cabeza, ni como acaba contradiciéndose a sí misma, porque la absolutización de Mamôn cabe perfectamente en ese relativismo occidental.

Otro rasgo ratzingeriano en esta misma línea es la defensa ante la acusación hecha al monoteísmo como intrínsecamente intolerante. Yo tampoco comparto esa acusación; pero creo que los creyentes, más que a refutarla, estamos llamados a comprender, y combatir, las pendientes indudables que en el monoteísmo pueden llevar a esa intolerancia absolutista, precisamente para protegernos contra ellas, y para poner de relieve de qué Dios se trata cuando hablamos de monoteísmo. Pero ahora no es momento de entrar en estos temas sino de destacarlos como contenidos totalmente ratzingerianos del texto de Francisco.

Finalmente hay un último detalle que me hubiera gustado poder elucidar y es el siguiente: la encíclica comienza con texto muy serio de Nietzsche en una carta a su hermana, que viene a decir: si lo que quieres es una paz cómoda y fácil quédate con la fe, si lo que quieres es la aventura de la vida, déjala la fe. En un principio pensé que el introductor de esa cita era Ratzinger y que esto es un acto innegable de valentía. Ahora dudo de que sea así (y preferiría que no fuera) porque, en realidad, me da la sensación de que la encíclica no logra responder a aquel desafío: al principio parece que sí, porque apunta al amor como fundamento de la fe, y a todo lo que el amor y la confianza en el amor tienen de aventura vital.

Pero poco a poco el texto me parece que va siendo reconducido, otra vez hacia parajes ratzingerianos: la verdad cristiana es el amor (expresión muy bíblica y literal de la carta a los efesios), pero en seguida se añade que el amor cristiano también incluye la verdad (caritas in veritate además de veritas in caritate) estableciendo en equilibrio paritario entre ambas que, en mi opinión, no aceptaría el autor de la primera carta de Juan. Con ello lo que, al final, parece pedírsele al creyente es sólo una adhesión a la Iglesia, a los sacramentos y al magisterio.

Aventuras “liberacionistas” o que “conocer a Yaveh es practicar la justicia” (Jer 22,16) o que aún tenemos que “aprender lo que significa misericordia quiero y no culto”, quedan fuera de la óptica de este texto. Con lo cual acaba siendo una encíclica para dar buena conciencia ilustrada a los sectores más conservadores, sin exigirles ningún cambio de rumbo a lo Zaqueo. Buenísima conciencia porque el texto es intelectualmente muy rico, claro y erudito (hasta con algunas discusiones semánticas, que parecen más propias de un libro que de una carta-encíclica).

Y, sin salir de la cita de esa carta de Nietzsche, tengo la impresión de que, si perteneciera al autor de la encíclica, debió ser contestada no por una exposición teórica de la fe, sino por un análisis más existencial de las dos aventuras: la del creyente y la del que se ha atrevido a “pasar una esponja para borrar el cielo” como el loco de la gaya ciencia.

Hace años leí en Eusebi Colomer (y siento no tenerlo ahora a mano) un texto de Nietzsche que no puedo garantizar ahora, y que pareció significativo: era una carta a la mujer de Wagner (de la que el filósofo anduvo discreta y secretamente enamorado), en la que le decía: no dejé Ud. nunca a Dios porque yo lo dejé y ahora ando perdido. No se trata entonces (entre fe y ateísmo) de la opción entre la placidez burguesa (de un platonismo para el pueblo) y la aventura del re-creador de todos los valores. Se trata de una doble arriesgada aventura: pero no es lo mismo escalar el Pedraforca (o el Everest) cuando en los momentos en que te sientes exhausto y perdido sabes que vas por el buen camino, o cuando en esos momentos debes confesarte que no sabes en realidad a dónde vas. Algo de esto debería estar presente en el texto si la cita primera obedece a su autor y no ha sido un añadido posterior…

Debo concluir repitiendo que todo esto no son más que primeras impresiones rápidas. Ojalá sean completadas por otros, y corregidas si hace falta. En cualquier caso me quedo con el mejor significado de la encíclica: un gesto delicado de Francisco a su predecesor que asume cono propio un gesto de éste para que no quede como un trabajo perdido. Eso sí que es “hacer la verdad en la caridad”.

José Ignacio González Faus