miércoles, 5 de junio de 2013

EL SUFRIMIENTO HA DE SER TOMADO EN SERIO - José Antonio Pagola


EL SUFRIMIENTO HA DE SER TOMADO EN SERIO - José Antonio Pagola
       
Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.

En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también éste acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?

El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, “el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.

No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: “No llores”. Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.

No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”. Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús “lo entrega a su madre” para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.

Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.

En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.

Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net


Red Evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la bendición de Jesús. Pásalo.
9 de junio de 2013
10 Tiempo Ordinario (C)
Lucas 7, 11-17





EN NAÍN Y AQUÍ, SIEMPRE
Escrito por  Florentino Ulibarri

Dos comitivas, Señor.
Una camina alegre,
sonríe
y es portadora de vida;
la otra va triste,
en silencio,
abrumada por la muerte.

Una se acerca a la ciudad,
canta
y mira el horizonte;
la otra se aleja del lugar,
llora
y mira como ausente.

Una entra,
la otra sale;
una va ligera de equipaje,
la otra con paso torpe;
una porta utopías,
la otra ataúdes.

¡Las dos con mucha gente!

Dos comitivas,
nos guste o no nos guste,
como siempre.

Pero Tú,
lleno de ternura,
con las entrañas removidas,
rompiste las barreras
-normas, costumbres, prejuicios, leyes-
que las hacen y mantienen,
y te mezclaste
y las mezclaste
para hacer presente
al Dios de la vida
entre la gente.

¡Eres un gran profeta
y haces que Dios nos visite,
aquí y ahora, en esta tierra!

Florentino Ulibarri




LA VIDA PREVALECE SIEMPRE PORQUE LA MUERTE NO ES NADA
Escrito por  Fray Marcos
Lc 7, 11-17

Celebrada la Ascensión, retomamos el tiempo ordinario, pero como los domingos siguientes tenemos las tres grandes fiestas de Pentecostés, Trinidad y Corpus, aún no habíamos retomado los domingos de ese tiempo litúrgico. Se trata del periodo más largo del año, que nos llevará hasta el nuevo año litúrgico con el Adviento.

Como sabéis, este año no toca leer el evangelio de Lucas. Este evangelio es el que más se preocupa de la vida cotidiana de Jesús: para Lucas, Jesús predica más con lo que hace que con lo que dice. Refleja como ningún otro la reacción de Jesús ante el sufrimiento de la gente, sobre todo de los pobres y marginados; por eso se le suele llamar el evangelio de la misericordia.

El contexto general del evangelio que leemos, es la norma de lo que solía hacer Jesús. Acompañado de sus discípulos, recorre los caminos de Galilea, llevando a todas partes la palabra de Dios y la ayuda a la gente que se siente abandonada.

En Lucas se aprecia mejor esta manera de actuar, porque acompaña siempre los relatos con todo lujo de detalles, que nos permiten adentrarnos en el ambiente en que se producían los "milagros". En el relato que leemos hoy, la gente que acompañaba a Jesús y la que acompañaba a la viuda se aúnan para dar gloria a Dios.

En el evangelio de hoy se nos narra un episodio espectacular, la resurrección del hijo único de una viuda. Es muy difícil precisar en este texto qué es lo que pasó realmente. Sorprende que un acontecimiento como la resurrección de un muerto se narre en un evangelio y se ignore en otros.

La única resurrección que se encuentra en los tres sinópticos es la de la hija de Jairo. Y en los tres se pone en boca de Jesús esta frase: "la niña no está muerte, está dormida".

También nos tiene que hacer pensar el paralelismo que existe entre este texto y la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta por el profeta Elías, que hemos leído en la primera lectura. Con frecuencia se toma el AT como modelo para explicar a Jesús.

De grandes profetas del AT se narraban resurrecciones. Es muy fácil que la tradición intentara con estos relatos potenciar la idea de que Jesús era un gran profeta, que no podía ser menos que lo más grandes del AT. De hecho el relato termina dando gloria a Dios porque ha visitado a su pueblo con el envío de un gran profeta.

En todo caso lo que quieren resaltar no es el milagro en sentido estricto, sino el poder de Jesús de dar vida trascendente, significada en esa vida fisiológica recuperada.

Desde que existen los periodistas y los sucesos se narran según lo que pasó realmente, no se ha vuelto a hablar de resurrección. Aunque es verdad que se ha constatado la vuelta a la vida de personas que se habían dado por muertas.

El principal argumento para superar esta trampa no es que Dios tenga o no tenga poder para hacer tal cosa, sino que es absurdo obligar a Dios a entrar en nuestra dinámica y quedarnos tan contentos porque Él cambia de criterio y vuelve a hacer el mundo tal como nos gustaría a nosotros.

Para valorar este relato debemos tener en cuenta el ambiente en que se narra. Las mujeres no contaban en aquella época. Una viuda no tenía la más mínima posibilidad de desenvolverse ni social ni económicamente. La única salvación de una viuda era el hijo, por eso se resalta que era único, es decir la única esperanza de la viuda. La muerte del hijo de una viuda se consideraba un durísimo castigo de Dios.

En el relato, Jesús quiere dejar claro que en ningún caso la actitud de Dios es la de castigar a nadie, y menos a una pobre viuda.

Con frecuencia encontramos en los evangelios una profunda crítica de un mesianismo milagrero. Sin duda fue uno de los mayores peligros de interpretar equivocadamente a Jesús. En el capítulo 6 del evangelio de Juan, después de la multiplicación de los panes les dice a los que le buscaban para proclamarle rey: "Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros".

Esa tentación es todavía muy fuerte entre nosotros. No hay más que examinar nuestras oraciones litúrgicas o echar un vistazo por Lourdes o Fátima para comprenderlo. Intentamos a toda costa fabricarnos un Dios todopoderoso que acto seguido, ponemos a nuestro servicio. Él accederá a todo lo que le pidamos con tal de que nos comportemos como él quiere.

Es la misma dinámica que tenían los hombres del Paleolítico. Aplacar a Dios, tenerle contento porque de esa manera no empleará su omnipoten¬cia contra nosotros, sino contra otros.

Podemos descubrir un simbolismo profundo entre la muchedumbre que acompaña a la viuda identificados con la muerte y sin solución para esa situación extrema y Jesús y el gentío que le acompaña, que vienen transformados por la vida que él mismo les comunica. La muerte y la vida se encuentran pero la vida es más fuerte que la muerte y termina por envolverles a todos. Todos proclaman la gloria de Dios que les ha llevado a la vida.

Hay un dato en el relato muy interesante. Nadie le pide a Jesús que haga algo por la viuda. Es él el que se siente movido por la compasión (le dio lástima). Este hecho nos hace comprender la calidad humana de Jesús que a su vez, es reflejo de lo que sería Dios si pudiera actuar como nosotros.

La compasión es, para mí, la manera más certera de hablar de una verdadera humanidad. Se ha dicho muchas veces que el mensaje cristiano se resume en el amor. Creo que mucho más acertada sería la palabra compasión para hablar de la misma realidad.

No es preciso tener la capacidad de resucitar a un muerto par ser testigos de la vida y llevar vida a todas partes. Todos tenemos la obligación de llevar alegría y optimismo a donde vayamos.

No son las carencias naturales (dolor, enfermedad, muerte) lo que nos impide ser felices. Es la actitud ante ellas lo que nos impide descubrir las inmensas posibilidades que todos tenemos a pesar de esas limitaciones. Solo si despliego esas posibilidades en mí, estaré preparado para ayudar a los demás a descubrir las suyas, a pesar de sus limitaciones.

La gran tentación es exigirle a Dios que nos saque de nuestras limitaciones. Muchas veces nos ha metido por este callejón sin salida la misma religión. Nuestras limitaciones no son accidentes. No es que a Dios le saliera mal la creación y ahora tiene que andar con parches. Ni el mismo Dios podía hacer una creación sin limitaciones.

Por eso es ridículo creer en un Dios que podría sacarnos de esas situaciones que consideramos insufribles, y que no lo hace porque está encantado viéndonos sufrir. Lo que nos falta no puede anular todo lo que tenemos.

Meditación-contemplación

La muerte no es nada, las limitaciones son ausencia de ser.
Lo real es lo que soy y puedo desplegar.
Si dejo de pensar en mis carencias,
me asombraré de la riqueza que tengo al alcance de la mano.

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También en el orden espiritual es verdad lo dicho.
Empeñarnos en no tener fallos es frustrante,
porque fallos los tendremos hasta la hora de morir.
Fíjate más en todo el bien que puedes hacer cada día.

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Tampoco te dediques a mirar con lupa los fallos de los demás.
Todos son mucho más que esos fallos que puedes detectar en ellos.
Hacerles ver lo bueno que hay en ellos,
puede animarles mucho más a ser mejores.

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Fray Marcos




SER PRESENCIA DE DIOS
Escrito por  Mari Patxi Ayerra

Le pedimos a Dios, que conoce mejor que nosotros nuestras preocupaciones y necesidades, que nos siga llevando de la mano en el vivir cotidiano:
• Por todos los cristianos, por todos los que te nombran de otra manera, Padre y por todos los que no te conocen, para que gocemos de sabernos personas habitadas por Ti.

Enséñanos a presentarte, Dios Padre nuestro.
• Por la iglesia, que sea cada día más liberadora, alegre, misericordiosa y pastora de todas las ovejas.

Enséñanos a presentarte, Dios Padre nuestro.
• Por todos los que tienen puestos de responsabilidad en el bien común, para que lo hagan con corazón fraterno.

Enséñanos a presentarte, Dios Padre nuestro.
• Por los que sufren hambre, soledad, violencia, injusticia, enfermedad y desigualdades, para que nosotros, tu gente, sepamos acompañarles y facilitarles la vida.

Enséñanos a presentarte, Dios Padre nuestro.
• Por todos los desencantados, desilusionados, mal amados, deprimidos, agobiados y malhumorados, para que tú les calientes el corazón.

Enséñanos a presentarte, Dios Padre nuestro.
Buen Padre Dios, haz que seamos una presencia tuya, allá donde estemos cada uno y vayamos contagiando tu paz, tu serenidad, tu justicia y tu misericordia.. Amén.

Mari Patxi Ayerra




LA FE Y LAS RESURRECCIONES DE MUERTOS
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 7, 11-17


Tanto en la primera lectura como en el evangelio se constata que un "profeta" hace un milagro, una resurrección, y que por eso la gente hace un acto de fe: "Dios nos ha visitado, el milagro es una prueba".

Dejo de lado la discusión sobre la historicidad y veracidad de los relatos, porque en el mensaje de los mismos hay algo que me preocupa más. Emperezaré por algunas preguntas:

¿Si no hay milagros no hay fe?

¿Nos consta con certeza que el responsable de esa acción sorprendente es Dios?

Si Dios puede hacer las cosas bien ¿por qué las hace mal?

Todo ello nos va a llevar a dos conclusiones muy importantes para nuestra fe.

La primera trata del conocimiento de Jesús. Precisamente en esta semana (el viernes) la Iglesia ha situado una fiesta, más bien reciente: la del Corazón de Jesús. Y precisamente el evangelio de hoy nos proporciona una pista excepcional: "hijo único de su madre viuda" es la expresión de una tragedia superior entonces a lo que sería hoy. La viuda desamparada no tiene nada, ni derechos, ni modo de vivir, ni personalidad jurídica... nada. Es la figura desamparada de la madre la que conmueve a Jesús.

Los evangelios están llenos de esa expresión: al ver una desgracia, a Jesús "se le revolvieron las tripas" (que la culta traducción eclesial suele expresar con "se le conmovieron la entrañas").

Es el punto débil del carácter de Jesús, y a la vez su motor más poderoso. No puede resistirse, no puede tolerar la desgracia, mucho menos la injusticia, y eso le mueve a actuar aunque sea quebrantando la Ley. Pero ése es su poder, eso es precisamente lo que nos fascina y lo que nos mueve a seguirle, que su corazón no es solamente veraz, valeroso, firme, sino, sobre todo, capaz de com-padecer, de sentir como propios los problemas de los demás.

Y éste es el corazón de su mensaje ¨como a ti mismo". El que sigue a Jesús no hace diferencia entre yo y nosotros, su corazón no se lo permite.

Esta manera de situarse ante los demás es consecuencia de la primera verdad, el descubrimiento fundamental de Jesús y de los que le seguimos: "Dios me quiere más que mi madre", es decir, que al descubrir el corazón de Jesús descubrimos el corazón de Dios: Dios tiene corazón de madre, y eso lo cambia todo, incluso pone patas arriba algunos dogmas que nosotros la iglesia hemos manejado con bastante ligereza.

Pero la segunda consecuencia de la resurrección del hijo de la viuda es la serie de preguntas que se nos plantean. Y una primera pregunta, que a veces se da, es: puesto que podía hacerlo ¿por qué no curó Jesús a todos los leprosos, a todos los ciegos, por qué no resucitó a todos los muertos? La razón es bien sencilla: los límites de su poder están marcados por su humanidad. Jesús es un médico, un sanador y cura lo que encuentra, lo que se le pone delante. ¿Por qué no nos convencemos de una vez de la verdadera humanidad de ese hombre?

Pero la pregunta se levanta hacia Dios. Dios sí puede, ¿por qué no lo hace? ¿Cómo hacemos compatibles los sufrimientos del mundo con la fe en Abba? Y aquí topamos con nuestra propia limitación. La única respuesta que tenemos es la del libro de Job: ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? Es decir, yo no creo en Dios/Abbá porque pueda responder a todas las preguntas. Creo en Abbá porque me fío de Jesús, aunque hay muchas preguntas a las que no puedo responder.

De todos modos, los que creen sólo cuando ven milagros, sospecho que no tienen demasiado bien fundada su fe.

PROFESIÓN DE FE

Yo creo sólo en un Dios:
en Abbá, como creía Jesús.
Yo creo que el Todopoderoso
creador del cielo y de la tierra
es como mi madre
y puedo fiarme de él.
Lo creo porque así lo he visto
en Jesús, que se sentía Hijo.
Yo creo que Abbá no está lejos
sino cerca, al lado, dentro de mí,
creo sentir su Aliento
como un Brisa suave que me anima
y me hace más fácil caminar.
Creo que Jesús, más aún que un hombre
es Enviado, Mensajero.
Creo que sus palabras son Palabras de Abbá
Creo que sus acciones son mensajes de Abbá.
Creo que puedo llamar a Jesús
La Palabra presente entre nosotros.
Yo sólo creo en un Dios,
que es Padre, Palabra y Viento
porque creo en Jesús, el Hijo
el hombre lleno del Espíritu de Abbá.

José Enrique Galarreta




RESPUESTA A LOS MOVIMIENTOS ECLESIALES
Escrito por  Papa Francisco


Creo que todos los aquí presentes sentimos fuertemente el desafío de la evangelización, que está en el corazón de nuestras experiencias. Por esto desearía pedirle, Padre Santo, que nos ayude, a mí y a todos, a entender cómo vivir este desafío en nuestro tiempo. ¿Para usted qué es lo más importante que todos nosotros, movimientos, asociaciones y comunidades, debemos contemplar para llevar a cabo la tarea a la que estamos llamados? ¿Cómo podemos comunicar de modo eficaz la fe hoy?

Diré sólo tres palabras.
La primera: Jesús. ¿Qué es lo más importante? Jesús. Si vamos adelante con la organización, con otras cosas, con cosas bellas, pero sin Jesús, no vamos adelante; la cosa no marcha. Jesús es más importante.

Ahora desearía haceros un pequeño reproche, pero fraternalmente, entre nosotros. Todos habéis gritado en la plaza: «Francisco, Francisco, Papa Francisco». Pero, ¿qué era de Jesús? Habría querido que gritarais: «Jesús, Jesús es el Señor, ¡y está en medio de nosotros!». De ahora en adelante nada de «Francisco», ¡sino Jesús!

La segunda palabra es: la oración. Mirar el rostro de Dios, pero sobre todo —y esto está unido a lo que he dicho antes— sentirse mirado. El Señor nos mira. Mi vivencia es lo que experimento ante el sagrario cuando voy a orar, por la tarde, ante el Señor. Algunas veces me duermo un poquito; esto es verdad, porque un poco el cansancio del día te adormece. Pero Él me entiende. Y siento tanto consuelo cuando pienso que Él me mira.

Nosotros pensamos que debemos rezar, hablar, hablar, hablar... ¡no! Déjate mirar por el Señor. Cuando Él nos mira, nos da la fuerza y nos ayuda a testimoniarle —porque la pregunta era sobre el testimonio de la fe, ¿no?—. Primero «Jesús»; después «oración» —sentimos que Dios nos lleva de la mano—. Así que subrayo la importancia de dejarse guiar por Él. Esto es más importante que cualquier cálculo. Somos verdaderos evangelizadores dejándonos guiar por Él.

Pensemos en Pedro; tal vez estaba echándose la siesta y tuvo una visión, la visión del lienzo con todos los animales, y oyó que Jesús le decía algo, pero él no entendía. En ese momento llegaron algunos no-judíos a llamarle para ir a una casa, y vio cómo el Espíritu Santo estaba allí. Pedro se dejó guiar por Jesús para llevar aquella primera evangelización a los gentiles, quienes no eran judíos: algo inimaginable en aquel tiempo (cf. Hch 10, 9-33). Y así, toda la historia, ¡toda la historia! Dejarse guiar por Jesús. Es precisamente el leader, nuestro leader es Jesús.

Y la tercera: el testimonio. Jesús, oración —la oración, ese dejarse guiar por Él— y después el testimonio. Pero desearía añadir algo. Este dejarse guiar por Jesús te lleva a las sorpresas de Jesús. Se puede pensar que la evangelización debemos programarla teóricamente, pensando en las estrategias, haciendo planes. Pero estos son instrumentos, pequeños instrumentos. Lo importante es Jesús y dejarse guiar por Él. Después podemos trazar las estrategias, pero esto es secundario.

Finalmente, el testimonio: la comunicación de la fe se puede hacer sólo con el testimonio, y esto es el amor. No con nuestras ideas, sino con el Evangelio vivido en la propia existencia y que el Espíritu Santo hace vivir dentro de nosotros. Es como una sinergia entre nosotros y el Espíritu Santo, y esto conduce al testimonio.

A la Iglesia la llevan adelante los santos, que son precisamente quienes dan este testimonio. Como dijo Juan Pablo II y también Benedicto XVI, el mundo de hoy tiene mucha necesidad de testigos. No tanto de maestros, sino de testigos. No hablar tanto, sino hablar con toda la vida: la coherencia de vida, ¡precisamente la coherencia de vida! Una coherencia de vida que es vivir el cristianismo como un encuentro con Jesús que me lleva a los demás y no como un hecho social. Socialmente somos así, somos cristianos, cerrados en nosotros. No, ¡esto no! ¡El testimonio!

Plaza de San Pedro, sábado 18 de mayo de 2013





LA HERENCIA DE JUAN XXIII
Escrito por  Juan José Tamayo


El 3 de junio de 1963 fallecía el papa Juan XXIII. Le lloraron creyentes de todas las religiones: católicos, protestantes, ortodoxos, judíos, musulmanes, budistas, y no creyentes de las diferentes ideologías: comunistas, socialistas, liberales, líderes políticos y gente del pueblo.

El gran mufti de Tiro (Líbano) elogió la personalidad de Giuseppe Roncalli ante una multitud de musulmanes y cristianos portando en la mano la encíclica Pacem in terris como reconocimiento por su contribución a la paz en el mundo.

La noche anterior a su muerte, el gran Rabino de Roma y numerosos judíos se reunieron con los católicos en la Plaza de San Pedro para rezar por el papa. El gesto tenía su justificación. Juan XXIII había adoptado hacia los judíos una actitud bien diferente a la de Pío XII. Sustituyó la oración por los "pérfidos judíos" del Viernes Santo por otra más respetuosa y ecuménica. En la audiencia a un grupo de judíos de Estados Unidos los saludó como José a sus hermanos cuando llegaron a Egipto: "Soy José, vuestro hermano". Los pérfidos se tornaron hermanos.

¿Juan XXIII, un papa de transición? Eso fue lo que mucha gente pensó cuando fue elegido el 28 de octubre de 1958 a punto de cumplir 77 años. Los hechos, empero, desmintieron pronto las primeras impresiones, como puso de manifiesto Time el 17 de noviembre:

"Si alguien esperaba que Roncalli iba a ser un mero papa de transición, hasta la llegada del siguiente, esta imagen se deshizo a los pocos minutos de su elección... Se hizo cargo pisando fuerte como el amo de casa, abriendo ventanas y cambiando muebles...".

Bastaron cuatro años y medio de pontificado para llevar a cabo una verdadera revolución en la Iglesia romana que se convirtió realmente en universal y ecuménica.

La tarea no le resultó fácil. Tuvo que vencer no pocas resistencias dentro de la Curia vaticana, con la que nunca tuvo buenas relaciones, pero tampoco hipotecas que pagar, y hubo de neutralizar a relevantes figuras de la misma, como el cardenal Ottaviani, que estaba al frente del Santo Oficio.

Pero contó también con el apoyo de un sector importante del episcopado, de movimientos cristianos laicos y de cualificados teólogos modernos, algunos de los cuales habían sido condenados por Pío XII y él los llamó para que le asesoraran y le ayudaran a fundamentar el cambio que quería llevar a cabo. La alianza con estos sectores permitió llevar a buen puerto el aggiornamento.

Entre las muchas innovaciones que introdujo destacan dos por su eficacia y trascendencia para el futuro de la Iglesia: el Concilio Vaticano II y la encíclica Pacen in terris.

El Vaticano II no fue una simple ocurrencia o fruto de la improvisación del anciano Roncalli. Era una idea muy meditada. Su secretario personal Loris Capovilla recuerda que Juan XXIII le refirió la "necesidad de un Concilio" dos días después de ser elegido papa: "Habrá un concilio", le anunció. La celebración de "un Concilio ecuménico para la Iglesia universal" fue el principal objetivo de Roncalli, que hizo público el 25 de enero de 1959.

Pero, ¿un concilio, por qué y para qué? La respuesta no estuvo clara desde el principio. Fue perfilándose durante su preparación y, de manera especial, a lo largo de las cuatro sesiones del mismo conforme a las inquietudes y sensibilidades de los obispos y de los asesores teológicos.

En la mente del papa estaba cambiar la forma personalista y autoritaria de gobierno por otra más colegiada y participativa. La reunión de todos los obispos del mundo constituía la mejor oportunidad para analizar los problemas más importantes de la Iglesia, responder a los desafíos que le planteaba la nueva era que se estaba viviendo y poner en marcha una transformación profunda en una doble dirección: la reforma interna de la institución eclesiástica, anclada en el modelo católico-romano medieval, y la re-ubicación en la cultura moderna, a la que había condenado sin haberla escuchado.

Objetivo prioritario del papa era la construcción de la Iglesia de los pobres, pero en el aula conciliar no tuvo el eco que él hubiera deseado. Lo que no se quería era que el Vaticano II fuera en un apéndice del Vaticano I.

El resultado fue un cambio de paradigma en todos los campos: reforma litúrgica, nueva imagen de Iglesia como comunidad de creyentes, colegialidad episcopal, reconocimiento del pluralismo teológico, diálogo cultural, intra-eclesial, inter-eclesial e inter-religioso, libertad religiosa, solidaridad con las esperanzas y las angustias de los pobres y de cuantos sufren, etc.

La encíclica Pacen in terris, publicada mes y medio antes de su muerte, supuso un cambio de paradigma en la Doctrina Social de la Iglesia al reconocer los derechos humanos como inalienables de la persona. Constata la presencia de las mujeres en la vida pública y la toma de conciencia de su dignidad, considera legítima su protesta cuando son reducidas a mero instrumento u objeto inanimado, y defiende sus derechos tanto en la esfera doméstica como en la vida pública. Un paso gigantesco y una buena herencia que sus sucesores no asumieron. ¿Lo hará Francisco?

Juan José Tamayo




El vacío de un muerto
Pedro Miguel Lamet

El silencio y la desaparición de la percepción de nuestros sentidos de una persona querida es la prueba más fuerte para la fe y el enigma mayor de la vida humana. Hace poco Dios se llevó de mi lado a un anciano jesuita con el que diariamente celebraba la eucaristía y compartía el desayuno cada mañana, del que ya hablé en este blog: José Gómez Caffarena.
Hoy quiero compartir el soneto que me inspiró su ausencia:

    DE QUÉ COLOR ES EL AMADO

    Cuando dormido él se fue como una brisa
    y en el jardín soñaba la palmera,
    todo estaba igual que si estuviera
    desayunando al sol de su sonrisa.

    El café, su bastón y la imprecisa
    luz del visillo que le recibiera
    en la ventana tan limpia y prisionera
    añoraban sin él el rezo de su misa.

    ¿Dónde estás, Pepe, ahora y con qué río
    te has marchado de pronto al otro lado
    dejándonos tan solos como un viento

    que se lleva las hojas, y un vacío
    nos arrulla de ausencia el sentimiento?
    ¡Dinos de qué color es el Amado!

    Pedro Miguel Lamet