miércoles, 8 de mayo de 2013

LA BENDICIÓN DE JESÚS - José Antonio Pagola


LA BENDICIÓN DE JESÚS - José Antonio Pagola

Son los últimos momentos de Jesús con los suyos. Enseguida los dejará para entrar definitivamente en el misterio del Padre. Ya no los podrá acompañar por los caminos del mundo como lo ha hecho en Galilea. Su presencia no podrá ser sustituida por nadie. 

Jesús solo piensa en que llegue a todos los pueblos el anuncio del perdón y la misericordia de Dios. Que todos escuchen su llamada a la conversión. Nadie ha de sentirse perdido. Nadie ha de vivir sin esperanza. Todos han de saber que Dios comprende y ama a sus hijos e hijas sin fin. ¿Quién podrá anunciar esta Buena Noticia?

Según el relato de Lucas, Jesús no piensa en sacerdotes ni obispos. Tampoco en doctores o teólogos. Quiere dejar en la tierra “testigos”. Esto es lo primero: “vosotros sois testigos de estas cosas”. Serán los testigos de Jesús los que comunicarán su experiencia de un Dios bueno y contagiarán su estilo de vida trabajando por un mundo más humano.

Pero Jesús conoce bien a sus discípulos. Son débiles y cobardes. ¿Dónde encontrarán la audacia para ser testigos de alguien que ha sido crucificado por el representante del Imperio y los dirigentes del Templo? Jesús los tranquiliza: “Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido”. No les va a faltar la “fuerza de lo alto”. El Espíritu de Dios los defenderá.

Para expresar gráficamente el deseo de Jesús, el evangelista Lucas describe su partida de este mundo de manera sorprendente: Jesús vuelve al Padre levantando sus manos y bendiciendo a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sobre el mundo desciende su bendición.

A los cristianos se nos ha olvidado que somos portadores de la bendición de Jesús. Nuestra primera tarea es ser testigos de la Bondad de Dios. Mantener viva la esperanza. No rendirnos ante el mal. Este mundo que parece un “infierno maldito” no está perdido. Dios lo mira con ternura y compasión.

También hoy es posible buscar el bien, hacer el bien, difundir el bien. Es posible trabajar por un mundo más humano y un estilo de vida más sano. Podemos ser más solidarios y menos egoístas. Más austeros y menos esclavos del dinero. La misma crisis económica nos puede empujar a buscar una sociedad menos corrupta.

En la Iglesia de Jesús hemos olvidado que lo primero es promover una “pastoral de la bondad”. Nos hemos de sentir testigos y profetas de ese Jesús que pasó su vida sembrando gestos y palabras de bondad. Así despertó en las gentes de Galilea la esperanza en un Dios Salvador. Jesús es una bendición y la gente lo tiene que conocer.

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Anima a seguir a Jesús. Pásalo.
12 de mayo de 2013
Ascensión del Señor (C)
Lucas 24, 46-53
¡SALID, AMIGOS Y AMIGAS!
Escrito por  Florentino Ulibarri

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Vosotros sois mis testigos en medio del mundo.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Sed expresión de la ternura del Dios de la vida.

Ternura en vuestro rostro,
ternura en vuestros ojos,
ternura en vuestra sonrisa,
ternura en vuestras palabras,
ternura en vuestras obras,
ternura en vuestra lucha.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Os esperan fuera ciudadanos y vecinos.

Vosotros sois mis manos
para construir un mundo nuevo
de fraternidad, libertad y justicia.

Vosotros sois mis labios
para anunciar a pobres y marginados
la buena noticia de la libertad y la abundancia.

Vosotros sois mis pies
para acudir al lado de las personas
que necesitan gestos de ánimo y palabras de bien.

Vosotros sois mi pasión
para hacerme creíble en vuestras casas y ciudades
y lograr que niños y adultos vivan como hermanos.

Vosotros sois mi avanzadilla
para lograr la primavera del Reino
y ofrecer las primicias a los que más lo necesitan.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Derramad por doquier ternura y vida.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Mirad toda esa multitud que os espera.

Marchad con alegría.
¡Yo os acompaño todos los días!

Florentino Ulibarri





AL TERMINAR SU VIDA HUMANA, JESÚS LLEGÓ A LA META, DIOS
Escrito por  Fray Marcos
Lc 24, 46-53

Hoy debemos tener muy presente la oración de Pablo: "Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de revelación para conocerlo; ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama..." (Ef 1,17-23)

No pide inteligencia, sino espíritu de revelación. No pide una visión sensorial penetrante, sino que ilumine los "ojos" del corazón. El verdadero conocimiento no viene de fuera, sino de la experiencia interior. Ni teología, ni normas morales, ni ritos sirven de nada si no nos llevan a la experiencia interior y no van acompañados de una vida entregada a los demás.

Hemos llegado al final del tiempo pascual. La ascensión es una fiesta de transición que intenta recopilar todo lo que hemos celebrado desde el Viernes Santo. La mejor prueba de esto es que Lucas, que es el único que relata la ascensión, nos da dos versiones: una al final del evangelio y otra al comienzo del los Hechos. Para comprender el lenguaje que la liturgia utiliza para referirse a esta celebración, es necesario tener en cuanta la manera mítica de entender el mundo en aquella épocas y posteriores, muy distinta de la nuestra.

Desde una visión mítica, el mundo estaba dividido en tres estadios: el superior (arriba) estaba habitado por la divinidad. El del medio (el nuestro) era la realidad terrena en la que todos vivimos. El tercero (abismo) era el lugar del maligno y sus secuaces. Desde este esquema, la encarnación era concebida como una bajada del Verbo, desde la altura donde habita la divinidad a la tierra. Su misión era la salvación de todos. Por eso, después de su muerte tuvo que bajar a los infiernos (inferos) para que la salvación fuera total. Una vez que Jesús cumplió su misión salvadora, lo lógico era que volviera a su lugar de origen.

No tiene sentido seguir hablando de bajada y subida. Cambiar la mente de las personas es muy difícil. Pero si no lo intentamos, estaremos transmitiendo conceptos que la gente de hoy no puede comprender.

Una cosa fue la predicación de Jesús terreno y otra muy distinta la tarea que tiene que acometer la comunidad, después de atravesar la experiencia pascual. El telón de fondo es el mismo, el Reino de Dios, vivido y predicado, pero a los primeros cristianos les llevó tiempo. En el caso de Jesús y en el de los apóstoles, el verdadero motor es el Espíritu. Con esa misma "fuerza de lo alto", nosotros tenemos que continuar la obra de Jesús.

Resurrección, ascensión, sentarse a la derecha de Dios, envío del Espíritu son todas realidades pascuales. En todas ellas queremos expresar la misma verdad: el final de "este Hombre" Jesús, no fue la muerte sino la Vida. El misterio pascual es tan rico que no podemos abarcarlo con una sala imagen, por eso tenemos que desdoblarlo para ir analizándolo por partes y poder digerirlo. Con todo lo que venimos diciendo durante el tiempo pascual, debe estar ya muy claro que después de la muerte no pasó nada en Jesús.

Una vez muerto pasa a otro plano donde no existe tiempo ni espacio. Sin tiempo y sin espacio no puede haber sucesos. Todo "sucedió" como un chispazo que dura toda la eternidad. El don total de sí mismo es la identificación total con Dios y por tanto su total y definitiva gloria. No va más. En los discípulos sí sucedió algo. La experiencia de resurrección sí fue constatable. Sin esa experiencia que no sucedió en un momento determinado, sino que fue un proceso que duró mucho tiempo, no hubiera sido posible la religión cristiana.

Una cosa es la verdad que se quiere trasmitir y otra los conceptos y fórmulas con los que intentamos llevar a los demás nuestra verdad. No estamos celebrando un hecho que sucedió hace 2000 años. Celebramos un acontecimiento teológico que se está dando en este momento. Los tres días para la resurrección, los cuarenta días para la ascensión, los cincuenta días para la venida del Espíritu, no son tiempos cronológicos sino teológicos. Lucas, en su evangelio, pone todas las apariciones y la ascensión en el mismo día. En cambio, en los Hechos habla de cuarenta días de permanencia de Jesús con sus discípulos. Quiere decir que para él no tenía ninguna importancia el tiempo cronológico.

Ni Mateo, ni Marcos, ni Juan, ni Pablo hablan de la ascensión como fenómeno físico. Solo Lucas al final de su evangelio y al comienzo de los "Hechos", narra la ascensión como un fenómeno constatable por los sentidos.

Si, como parece probable, los dos relatos constituyeron al principio un solo libro, tendríamos que se duplicó el relato para dejar uno como final y otro como comienzo de sus dos obras. Para él, el evangelio es el relato de todo lo que hizo y enseñó Jesús; los Hechos es el relato de todo lo que hicieron los apóstoles.

Esa constatación de la acción de Dios, primero en Jesús y luego en los cristianos, es una de las claves de todo el misterio pascual y en concreto es la clave para entender la fiesta que estamos celebrando.

El cielo en todo el AT, no significa un lugar físico, sino una manera de designar la divinidad sin nombrarla. Así, unos evangelistas hablan del "Reino de los cielos" y otros del "Reino de Dios". Solo con esto, tendríamos una pista para no caer en la tentación de entenderlo materialmente. Es lamentable que se siga hablando a la gente de un lugar donde se encuentra la corte celestial. Podemos seguir diciendo "Padre nuestro que estás en los cielos". Podemos seguir diciendo que se sentó a la derecha del Padre. Pero entenderlo literalmente nos mete por un callejón sin salida.

Más pistas: Hasta el s. V no se celebró ninguna fiesta de la Ascensión. Se consideraba que la resurrección llevaba consigo la glorificación. Ya hemos dicho que en los primeros indicios escritos que han llegado hasta nosotros de la cristología pascual, está expresada como "exaltación y glorificación". Antes de hablar de resurrección se habló de glorificación. Esto podía explicar la manera de hablar de ella en Lucas. Lo importante de todo el mensaje pascual es que el mismo Jesús que vivió con los discípulos, es el que llegó a lo más alto. Llegó a la meta. Alcanzó su plenitud que consiste en identificarse totalmente con Dios.

La Ascensión no es más que un aspecto del misterio pascual. Se trata de descubrir que la posesión de la Vida por parte de Jesús es total. Participa de la misma Vida de Dios y por lo tanto, está en lo más alto del "cielo". Las palabras son apuntes para que nosotros podamos entendernos. Hoy tenemos otro ejemplo de cómo, intentando explicar una realidad espiritual, la complicamos más. Resucitar no es volver a la vida biológica sino volver al Padre. "Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo para volver al Padre".

Nuestra meta, como la de Jesús, es ascender hasta lo más alto, el Padre. Pero teniendo en cuenta que nuestro punto de partida es también, como en el caso de Jesús, el mismo Dios. No se trata de movimiento alguno, sino de toma de conciencia. Esa ascensión no puedo hacerla a costa de los demás, sino sirviendo a todos. Pasando por encima de los demás, no asciendo sino que desciendo. Como Jesús, la única manera de alcanzar la meta es descendiendo hasta lo más hondo. El que más bajó, es el que más alto ha subido.

El entender la subida como física es una trampa muy atrayente. Los dirigentes judíos prefirieron un Jesús muerto. Nosotros preferimos un Jesús en el cielo. En ambos casos sería una estratagema para quitarlo de en medio. Descubrirlo dentro de mí y en los demás, como nos decía el domingo pasado, sería demasiado exigente. Mucho más cómodo es seguir mirando al cielo... y no sentirnos implicados en lo que está pasando a nuestro alrededor.

En el corto relato que hemos leído hoy, se encuentran todos los elementos que hemos venido manejando en el tiempo pascual:

• la identificación de Jesús;
• la alusión a la Escritura;
• la necesidad de Espíritu;
• la obligación de ser testigos;
• la conexión de la vivencia con la misión de extender el Reino.

Se contrapone la Escritura que funcionó hasta aquel momento y el Espíritu que funcionará en adelante. Recordemos que al inicio de su vida pública, Jesús fue ungido por el Espíritu Santo para llevar a cabo su obra. Los discípulos también tienen que ser revestidos de la fuerza de lo alto para llevar a cabo la suya.

Meditación-contemplación

"Os revestirán de la fuerza de lo alto".
Este es el cambio que percibieron los apóstoles en la experiencia pascual.
Una nueva energía vital que les inunda y les transforma.
Es el "nacer de nuevo" que Jesús había propuesto a Nicodemo.
....................

Esa energía tiene que iluminar todo mi ser.
Como una lámpara se transforma en luz cuando la atraviesa la corriente,
así mi ser se iluminará cuando conecte con lo divino.
Esa iluminación es el objetivo último de todo ser humano.
.....................

No se trata de un mayor "conocimiento" intelectual.
No es la mente la que debe iluminarse, sino el "corazón".
Aquí está la verdadera batalla,
sobre todo, para nosotros los occidentales cartesianos.
...................


Prefacio:

Porque en esta fiesta de la ascensión
celebramos la ausencia definitiva de Jesús,
y la conciencia de que sigue con nosotros.

Su plenitud en Dios
no le impide seguir con nosotros
dándonos su fuerza por medio de su Espíritu.

Por eso....


Fray Marcos




VIVIR PARA LO ESENCIAL
Escrito por  Mari Patxi Ayerra

Buen Padre Dios, que nos das el pan de vida que nos alimenta, hoy te presentamos nuestra oración, para que tú hagas que nuestros sueños se vayan haciendo realidad en nuestra vida y en el mundo que nos rodea:

Te pedimos, Señor que nos ayudes a vivir más atentos a las necesidades del espíritu que a las del cuerpo, dedicando cada día un tiempo para el encuentro contigo.
Enséñanos a vivir para lo esencial, Padre.

Te presentamos ante el altar a todos los que viven solamente dando vueltas a sus cuentas, a sus necesidades, a sus deseos, sin tener en cuenta las necesidades básicas de los más necesitados.
Enséñanos a vivir para lo esencial, Padre.

Ponemos en tu altar a todas las personas desvalidas, enfermas, solitarias, tristes, hambrientas de relación y de fraternidad, para que tú nos ayudes a salir a su encuentro y facilitarles la vida.
Enséñanos a vivir para lo esencial, Padre.

Por los gobernantes, por todos los que tienen poder económico, espiritual, intelectual o laboral, para que practiquen en todo momento la justicia y el Amor.
Enséñanos a vivir para lo esencial, Padre.

Por tu iglesia, para que actúe en el mundo como bálsamo, consuelo, apoyo, crecimiento, compromiso, impulso y serenidad, llenando el mundo de tu Amor, tu perdón y tu gracia.
Enséñanos a vivir para lo esencial, Padre.

Recoge Padre nuestros sueños y deseos, para que vayamos, poco a poco, construyendo tu Reino, ese espacio de Amor, justicia, serenidad y esperanza, Amén.

 Mari Patxi Ayerra




LOS RELATOS DE LA ASCENSIÓN Y SU INTERPRETACIÓN
Escrito por  José Enrique Galarreta

Convendría consultar previamente los comentarios sobre la Ascensión incluidos con las LECTURAS de hoy,

Nuestra mentalidad tiende inmediatamente a preguntarse ¿qué sucedió? Queremos ante todo saber dónde tuvo lugar este suceso, cuándo sucedió, y qué sucedió exactamente. Y esto es una mala postura previa para la lectura de cualquier texto. La pregunta correcta es "¿qué nos quiere decir el autor?" con este relato. Mirándolo desde este punto de vista, los textos son fuertemente coincidentes, mientras que desde nuestra curiosidad por el mero suceso parecen fuertemente divergentes.

El mensaje único de todos los textos es simple: Jesús exaltado como Señor encomienda a los discípulos su misión.

TEMA PRIMERO: LA EXALTACIÓN
Es el tema en que culmina el mensaje de la Resurrección. La Resurrección es presentada siempre como el triunfo sobre la muerte, la liberación del poder del mal. La Ascensión representa la exaltación definitiva, la consagración como Señor. Corresponde, por oposición, a la humillación que representa "despojarse de su condición divina", "hacerse pecado", "humillarse hasta la muerte y muerte de cruz". Es el triunfo último, la proclamación de Jesús Primogénito en quien se revela todo el designio de Dios: su aceptación de la voluntad de salvación del Padre, que pasa por la humillación para llegar a la plenitud.

La humillación es presentada con la simbología básica del "descenso": "bajó del cielo", "descendió a los infiernos"... Paralelamente, la exaltación es presentada con la simbología básica del ascenso: "subió a los cielos". Pero esta exaltación no es simplemente la de un hombre. Es la manifestación definitiva del Hijo, y por tanto, es acompañada con los signos acostumbrados de las teofanías: la nube, la voz, los hombres de vestidos resplandecientes, la "situación definitiva" como Rey del Universo, "sentado a la diestra de Dios".

Encontramos por lo tanto en estos relatos el último acto de fe de los testigos en Jesús, el hombre lleno del Espíritu, que ha aceptado humillarse hasta la muerte y muerte de cruz por cumplir la voluntad de salvación del Padre, que ahora ocupa "su lugar", el que le corresponde por naturaleza.

Pero este simbolismo no termina en Jesús. Jesús es la revelación de Dios, en Él conocemos a Dios; y también la revelación del hombre, en Él conocemos quiénes somos. La Ascensión, como la resurrección y la cruz, se refieren a Jesús como persona y a Jesús como Primogénito, es decir, nos están diciendo también quiénes somos, qué es vivir.

La Sagrada Escritura, leída como "EL LIBRO", es un solo libro, con un argumento: El ser humano creado por Dios como Hijo suyo, apartado de su destino por el pecado (Libro del Génesis), ayudado por Dios para recuperar su condición de Hijo, consiguiéndolo finalmente (Resurrección-Ascensión-Apocalipsis). Este es el argumento de la historia humana, que es una Historia Sagrada, la historia de la pelea de Dios contra el pecado de los hombres, la historia de la Liberación, que empieza en el Paraíso como utopía soñada por Dios, y termina en la ciudad de Dios, del Apocalipsis, como sueño cumplido, como destino de la humanidad, triunfo de Dios.

La Ascensión es "colocar a Jesús donde debe estar", y es un acontecimiento profético, el anuncio de nuestra colocación en nuestro sitio, exaltados a la diestra de Dios, porque "aún no se ha manifestado lo que seremos; pero, cuando se manifieste, veremos a Dios cara a cara".

Es importante que nos acostumbremos a la lectura de los Evangelios superando nuestra propensión a quedarnos en los hechos físicos sensibles. Lo que importa siempre es el significado de los hechos, y eso es lo que constituye el interés fundamental del evangelista. En los relatos de la Ascensión nos preocupa mucho desde dónde despegó Jesús hacia los cielos y a dónde fue, pero lo que importa es que mi destino es Dios y Jesús revela la grandeza del ser humano capaz de alcanzar la divinidad.

TEMA SEGUNDO: LA MISIÓN
El esquema seguido por los evangelistas es un clásico en las "vocaciones de misión" de toda la escritura. Proponemos algunos ejemplos:

ÉXODO 3
Dios dice:"Yo soy el Dios
de tus padres...                     

Vete, que Yo te envío al
Faraón para saques a mi
pueblo de Egipto...     

Yo estaré contigo..."

JEREMÍAS 1
"Antes de haberte
formado te conocía...       

Adondequiera que Yo
te envíe irás...       

Yo estoy contigo..."

MATEO 28
"Se me ha dado todo
poder...

Id por todo el mundo
y anunciad...

Yo estoy con vosotros..."



La Misión aparece como el elemento fundamental de los relatos, que es precisamente lo que recoge el Evangelio de Juan en la aparición a los diez. Recordemos la narración de Juan.

"Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: "Paz a vosotros" Diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Y les dijo otra vez: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonéis los pecados..."

Juan presenta por tanto en una sola escena la constancia de la resurrección, la misión, y la infusión del Espíritu. Y, una vez más, comprobamos que el Evangelio de Juan recoge en síntesis lo fundamental del mensaje ya narrado por los demás.

CONCLUSIONES
La Ascensión no es un hecho físico. "Arriba" está la estratosfera, no la residencia de los dioses. Los astronautas no están más cerca de Dios. "Abajo" ... ¿En qué dirección? ¿A partir del polo Norte o del Polo Sur? ... "Descendió a los infiernos" significa lo mismo que "subió a los cielos", es decir, que humillado hasta la muerte y muerte de cruz, vive exaltado por el poder de Dios; que es Señor de la vida y de la muerte, del pasado y del presente. Es buena la simbología, porque nos ayuda a imaginar, cosas que nuestro conocimiento necesita. Pero no es bueno permanecer en la situación mental de los niños que confunden los símbolos con la realidad. Y es bueno recordar que el Cielo no es un lugar sino el encuentro con una Persona.

Los evangelistas nos proponen ante todo el resumen final de la fe: la fe en Jesucristo, Dios con nosotros Salvador, resumen de toda nuestra fe y fundamento de nuestra misión. Y eso es lo que sucedió, que en Jesús, la Palabra que estaba desde siempre en el seno del Padre, puso su tienda entre nosotros, despojándose de su rango, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y está sentado a la diestra de Dios, dejándonos a nosotros la fuerza de su Espíritu para que llevemos a cabo en el mundo la Misión que su Padre le encomendó. Esa es la realidad, el sentido verdadero de lo que los ojos vieron entonces, y nuestros ojos siguen viendo hoy.

A nosotros quizá no nos guste este modo de expresarse. Pero no se trata de que nos guste. Se trata de que la Palabra está siempre encarnada, y de que ésta es la manera de expresarse de aquellos hombres que fueron los que nos comunicaron la Palabra.

EL MENSAJE DE LA ASCENSIÓN
Hoy se nos invita a inaugurar el "tiempo de espera", que es la vida. Dios "no está". Dios no es una evidencia de los sentidos ni - quizá - de la razón. Pero la vida del hombre no es algo sin sentido. Es un tiempo entre dos presencias: entre Dios y Dios. "¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?. Volverá". La vida plantea al ser humano el profundo interrogante de su sentido. Religión es hallar el sentido de la vida en Dios. Así, se nos invita a encontrar el sentido de la vida en Jesús, mirando atrás, al presente y adelante.

Mirando atrás, porque Jesús es una realidad en el tiempo: una realidad histórica en la que aquellos hombres supieron ver la presencia de Dios: de eso son testigos los primeros discípulos: de la presencia en Jesús del Espíritu de Dios. Por tanto, se ha manifestado el Espíritu de Dios, se ha dejado ver el sentido de la vida. Así, el cristiano se define como creyente en Jesús: el que acepta que en Jesús se ha manifestado el Espíritu de Dios. La fe en la Ascensión no es aceptar que una persona voló a los cielos. Es aceptar que Jesús es el sentido de todo, la revelación de Dios y del sentido de la existencia: el Señor.

Mirando al presente, porque la aceptación de Jesús es la aceptación de la misión. Todos los textos terminan, de una u otra forma, en la Misión. Para eso se nos manifiesta Jesús. El sentido de la vida de los cristianos es diferente: constituidos en el nuevo pueblo de Dios, han sido elegidos para la misión, para dar a conocer a todos lo que han recibido. Se puede no aceptar la misión. Se puede no ser cristiano. El que acepta, es para convertirse en mensajero de Jesús.

Mirando al futuro: "Volverá". No se trata de la ingenua noción de que un día aparecerá físicamente entre resplandores a pedir cuentas. Está bien como imagen, pero nada más. "Volverá": el mundo que vivimos, aparentemente ausente de Dios, va hacia El. Mi vida va hacia El. La humanidad va hacia El. Nosotros nos esforzamos por provocar el encuentro, cada uno el nuestro, y el de todos si es posible. Todos nuestros símbolos no son capaces más que de deformar lo que será el encuentro. Nadie puede describir, pintar, imaginar, simbolizar, a Dios. Nosotros solemos simbolizar la venida con luces, rayos, terremotos... cuando Jesús habló de Dios habló de pastores, médicos, viejecitas, sembradores, pescadores... Eso sí que lo entendemos.

En resumen: Creo en Jesucristo, el Señor, Revelación de Dios y del sentido de la vida: acepto la vida como misión recibida de El, para que todos los hombres le conozcan y salven su vida. Espero mi plenitud, y la de todas las cosas, en Él.

José Enrique Galarreta, SJ.




Francisco ante el desafío del pluralismo
Jorge Costadoat, SJ. (Chile)

No sabemos aún qué sentido tendrá la reforma de la Curia Romana. Está claro que esta es la tarea que los cardenales han dado al Papa Francisco. Pues hay dos maneras de entender los cambios que se deben hacer: se reformará la Curia para que mejore el cumplimiento de su misión o se cambiará su misión, para lo cual se requerirá una Curia muy distinta. En este caso y en aquel, la relación que quiera establecer el nuevo Papa entre la fe y la cultura será decisiva. Francisco se servirá de la Curia para continuar gobernando una Iglesia católica culturalmente occidental o procurará, a través de la misma Curia, que la fe sea inculturada en culturas plurales; se perfeccionará la organización de una institucionalidad eclesiástica mono-cultural o se creará una institucionalidad eclesiástica nueva, orientada a fomentar un catolicismo poli-cultural y poli-céntrico.

A mi juicio esta disyuntiva es decisiva. Tomo posición: en tiempos en que los cristianos descubrimos en el pluralismo un signo de los tiempos, esto es, un crecimiento en la valoración de las diferencias que Dios suscita en esta época, la Iglesia tiene que ser culturalmente plural y, en particular, debe serlo la institución eclesiástica. Esta debe indicar cómo Dios salva y se revela no solo a los católicos, sino en primer lugar a cada ser humano. Pero, ya que también es misión del obispo de Roma velar por la unidad de la Iglesia no será nada fácil, en este caso a Francisco, representar la unidad de las diferencias. ¿Qué hará si los cristianos de Asia, por ejemplo, no quieren un papado que los europeíce? El Papa puede tratar a los cristianos de Asia con simpatía y respeto. Pero, al momento de hilar más fino, pueden surgir diferencias considerables que él no logre integrar a la Tradición de la Iglesia, más aún cuando esta Tradición también debe avanzar con los aportes de las iglesias de los demás continentes.

Benedicto XVI  - y ya antes como el Cardenal Ratzinger-, embistió en contra de la “dictadura del relativismo”. El vio en la fragmentación de la verdad de la cultura actual una amenaza fatal para la humanidad. Si lo verdadero de una persona es relativo a lo verdadero de otra persona, a la larga nadie tendrá la razón; pues si todos creen tener la verdad, y todos sostienen verdades distintas, nadie en definitiva la tendrá. ¡Será la guerra! El Papa emérito vio subyacente a un pluralismo ilimitado la pérdida de Dios, a saber, el principio de la unidad en torno a una única verdad. Cuando el pluralismo oculta tras un respeto a los demás una indiferencia hacia ellos, un dar lo mismo lo que los demás piensen, la convivencia tiene los días contados. Benedicto sostuvo, en contra del pensamiento relativista, la convicción de una convergencia en la “verdad”, como la condición básica de entendimiento entre los seres humanos.

Esto explica que durante su pontificado haya pesado tanto el factor doctrinal. Por un parte afirmó con claridad las “verdaderas” consecuencias del Evangelio; por otra, controló a quienes pudieran haberse apartarse de la enseñanza oficial. Los pontificados de Juan Pablo y de Benedicto tuvieron un marcado talante teológico. El reclamo papal por “la verdad” cumplió una función gubernativa. Mediante ella los papas obligaron a la institucionalidad eclesiástica a cerrar filas, arriesgando, por otra parte, un distanciamiento con el Pueblo de Dios necesitado de orientación, pero también de libertad, de confianza y de protagonismo. Los candidatos a obispos fueron examinados con sumo cuidado. Muchos teólogos sufrieron las consecuencias.

¿Habrá cambio de Curia o cambios en la Curia? ¿Bajará Francisco el énfasis doctrinal a los dicasterios romanos o lo mantendrá? ¿Invertirá la relación de la institución eclesiástica con las iglesias locales o la mantendrá? ¿Aligerará los controles a los intelectuales o los mantendrá?

Estas preguntas son decisivas. Ellas se reducen a una: ¿se abrirá la institución eclesiástica a la diversidad de la Iglesia? La Iglesia dispersa en el mundo es mundana. No puede no serlo. Ella experimenta cambios y transformaciones de los más diversos tipos según se encuentre acá o acullá; a veces avanza y a veces involuciona con la humanidad. Quien lo niega miente o se engaña. Si la institución eclesiástica, por tanto, no se abre a lo que está ocurriendo en el Pueblo de Dios, incluidos los sacerdotes y obispos, no atinará con el anuncio del Evangelio. En vez de ser pertinente será impertinente. Lo cual es muy grave. Así no atinará con el quehacer original e irrepetible de Cristo en la historia a través de su Espíritu. Pero, además, hará daño. Porque forzar la realidad es nocivo. El riesgo de una apertura indiscreta a los cambios acarrea peligros. Pero una cerrazón a los mismos es suicida.

El Papa Francisco ha dicho que prefiere una Iglesia “accidentada” a una Iglesia “enferma”. Escribe a los obispos argentinos: “Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencia; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio”.

Si esta metáfora vale para la institución eclesiástica, es muy preocupante que esta cierre a los católicos a la realidad y los concentre en sí mismos. El obispo de Roma prefiere, no obstante los riesgos, una Iglesia que se exponga al mundo real. ¿Prefiere una Iglesia más dispuesta a buscar la verdad que a proclamarla? ¿Una Iglesia que aprenda a una que enseñe? Hemos de suponer que quiere ambas cosas. Según parece, Francisco no teme tanto al peligro del relativismo como al del fundamentalismo de quienes se creen poseedores de la verdad. Si esto es realmente así, el obispo de Roma tendrá que mediar en el conflicto de las interpretaciones en vez de tratar de suprimirlas.

El pluralismo es un enorme desafío. Los obispos chilenos han apostado por un tipo de pluralismo altamente necesario. Vale la pena recordar sus palabras: “Ni el simple consenso ni las estadísticas dan fundamento suficiente a lo que estimamos valioso. El pluralismo es inmensamente positivo porque nos ayuda a convivir y nos permite asumir diversos puntos de vista, comprendiendo la complejidad de la vida y ensanchando nuestra limitada visión de ella. Ese pluralismo, hecho de respeto y no de silencios, debe ser fomentado porque nos permite buscar con otros la verdad, complementándonos. Es un modo solidario de buscar y profundizar la verdad sin relativizarla. El pluralismo agudiza nuestra razón para llegar al fundamento que hace más razonables para todos lo que proponemos como un valor, sin relativismos y sin fundamentalismos” (Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile, 2012).

Auguramos a Francisco éxito en su tarea de unir sin uniformar, de acoger la diversidad y trabajar por la comunión entre iglesias que puedan legítimamente intentar variadas formas de ser católicas. El Papa latinoamericano representa la apertura. El sabe que si la Iglesia no cambia con los tiempos, se asfixia. El ha leído la parábola de los talentos: es consciente de que la Iglesia no puede ser presa del temor. Prefiere una Iglesia “accidentada” a una parapetada en “verdades” que no reflejan sino miedo a la verdad.

¿Qué tipo de reforma de Curia intentará hacer? Esperamos que el obispo de Roma, acertando en los fines, acierte también en los medios. Si quiere abrir la Iglesia a los cambios y a la diversidad de las culturas, esta Curia, tal como está, ni aun mejorada, sirve. Se necesitará una Curia que se reestructure de acuerdo a una nueva misión.
Jorge Costadoat, SJ.




¿CANONIZARÁ EL PAPA FRANCISCO AL PADRE ARRUPE?
Escrito por  Juan Arias

Me han llegado noticias desde Roma, según las cuales, Francisco, el primer jesuita que llega al pontificado en la historia de la Iglesia, podría ser el que canonizara al jesuita vasco, Pedro Arrupe, que siendo General de la Compañía tuvo un serio enfrentamiento con el entonces papa Juan Pablo II.

El papa polaco, que era sostenido por el Opus Dei, acusaba a Arrupe de haber llevado a los jesuitas a la izquierda, sobretodo en América Latina, y un día lo llamó y le pidió que se arrodillase a sus pies.

Cuando Arrupe se enfermó, a pesar de que el cargo de General entre los jesuitas es vitalicio, como el del papa, pidió a Juan Pablo II permiso para retirarse. El papa que temía que los jesuitas pudieran elegir a otro en la línea liberal y abierta de Arrupe, le negó la petición y le colocó para seguir guiando a la Compañía a un representante suyo.

Los jesuitas entonces obedecieron, como es su lema, pero consideraron aquella intromisión autoritaria de la Santa Sede como una "ley marcial vaticana"

Ahora se especula que el papa Francisco podría ser quien canonizara al papa Wojtyla, que tantos disgustos dio a la Compañía, pero que al mismo tiempo abriría el proceso de beatificación del padre Arrupe.

Se trataría de una coincidencia histórica y simbólica. Y a Francisco le gusta el lenguaje de los símbolos.

Tuve ocasión de poder tratar personalmente al padre Arrupe durante más de un mes, en el momento en que sus relaciones con Juan PABLO estaban al rojo vivo.

Trabajaba yo entonces en la RAT-TV italiana que había inaugurado un programa, de los primeros hechos a color, con el título "Una hora con". Era una hora de programa con un personaje famoso, para hacer de él un retrato completo.

La RAI me encargó de hacer uno de los capítulos del nuevo programa con el padre Arrupe, con el título: "Una hora con el papa negro". Al general de la Compañía de Jesús se le llama aún "papa negro", porque hubo tiempos en la Iglesia en que el jefe de los jesuitas emulaba en poder, dentro de la Iglesia, al papa blanco. Es sabido además que el jefe de los hijos de Ignacio de Loyola es el único General de congregaciones y órdenes religiosas nombrado vitaliciamente, como el papa. Y los jesuitas son los únicos religiosos de la Iglesia que además de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, profesan un cuarto voto de obediencia incondicional al papa.

Ahora que se habla de la posibilidad de beatificar a Arrupe he querido traer a mis lectores un recuerdo personal de las semanas que pasé con él para elaborar aquel programa para la RAI. Fueron muchas horas, lo que nos llevó a poder compartir algunas ideas personales.

Me acompañaba para realizar el programa, un equipo de técnicos de la RAI. Eran todos agnósticos y algunos ateos convencidos. Cuando les dije que íbamos a filmar a Arrupe, dentro de la Casa Generalicia de los jesuitas en Roma, donde era tan difícil entrar, se frotaron las manos. "Nos vamos a divertir un mundo", comentaron.

Los primeros días de la entrevista fueron tranquilos. Arrupe era una persona de una afabilidad extrema. El New York Times lo comparó al papa Juan XXIII. Tenía una luz en sus ojos que chocó enseguida a los técnicos de la televisión.

Poco a poco se fueron soltando y uno llegó a preguntarle si era cierto lo que se decía que los jesuitas eran "hipócritas". Arrupe sonrió y le respondió amable: "Desgraciadamente, muchas veces lo somos". Y allí acabó la provocación.

Hubo un día en el que el grupo de técnicos de la RAI quedó especialmente impresionado. Fue cuando yo abordé con Arrupe el tema de la muerte. Habló con tal naturalidad de aquel "viaje definitivo", como él lo llamaba, como la cosa más natural del mundo sin dramatismos ni misticismos. Solo se sentía en aquel momento el rumor de la cámara filmando.

Nos habló después Arrupe de su experiencia en Japón donde se encontraba el 6 de agosto de 1945 cuando explotó la bomba atómica. Arrupe era médico. Estaba entonces a cargo del Noviciado de los jesuitas y abrió sus puertas para llevar allí a los heridos y quemar a los muertos para evitar contaminaciones.

Contó de la entereza de los japoneses a los que llegó a operar con unas tijeras de cocina, sin anestesia, sin que se les escapara un grito de dolor.

Dicen que fue aquella experiencia de muerte lo que "cambió el alma" de Arrupe, que ya no sería igual después de la tragedia de Hiroshima, vivida en primera persona.

Lo que puedo testimoniar es que, acabado el programa, los técnicos no querían separarse de Arrupe.

Uno de ellos que tenía a una hija gravemente enferma y que era al inicio el que más presumía de ateo y pretendía divertirse con el General de los jesuitas, llegó a llevar, de escondidas de sus colegas, a la Curia generalicia, una carta pidiendo a Arrupe que "rezara por ella". Le incluyó en la carta una foto de la muchacha.

Arrupe, por lo que pude saber de él en aquellas largas semanas de convivencia con él, tenía la convicción de que el Concilio, que había hecho perder a la Compañía unos siete mil jesuitas, fue el que acabó cambiándola.

Una mañana que no pudimos filmar porque el programa era a color y empezó a llover, me quedé a solas con él y me contó que después del Concilio Vaticano II, la Compañía que él dirigía, viendo actuar al Opus Dei, era como mirarse al espejo para decir: "Así fuimos y así no podemos seguir siendo". Se refería a que la Compañía estaba antes del Concilio más interesada y preocupada con las élites de la sociedad que con los pobres.

Y fue entonces cuando Arrupe abrió la Compañía a una "revolución social", permitiendo a sus religiosos mojarse en los movimientos de liberación política de América Latina, que para Juan Pablo II era llevarles "a la izquierda".

Aquello costó a la Compañía caro. Vio a muchos de sus sacerdotes perseguidos y asesinados por los escuadrones de la muerte organizados por los militares.

Hoy, es un papa jesuita, del continente de las Américas, el que pide a la Iglesia que salga de sus palacios y se vaya a mancharse de barro a la periferia del mundo como él lo hacía en Buenos Aires.

De haber estado vivo, Arrupe no habría necesitado arrodillarse a los pies de Francisco para pedir perdón por haber querido, más de 40 años antes, hacer con la Compañía, lo que Francisco exige hoy de la Iglesia.

Nada, pues, de extrañar que pueda ser el primer papa jesuita quien coloque a los ojos del mundo, como ejemplo de santidad, a aquel jesuita vasco que hoy no creería a sus ojos, viendo lo que sus hermanos de hoy están viendo: un papa que ha rechazado los palacios pontificios para vivir en un hotel para religiosos, donde le es más fácil encontrarse con sacerdotes y obispos que llegan de la periferia de la Iglesia con los que nunca se habría encontrado de vivir encerrado en los palacios vaticanos.

Hay quien afirma que no todos los jesuitas hoy están sin embargo felices con la "revolución" del papa Bergoglio. Quizás lo hubiesen deseado más jesuita y menos franciscano. Lo ignoro.

Arrupe era entonces un jesuita genuino, pero con corazón franciscano.

Fue aquel corazón franciscano que había sentido el horror del mundo en Hiroshima y se había llenado de compasión, lo que entonces conmovió a mis colegas ateos de la RAI.

"Para mi las personas no se dividen en creyentes y ateos", me dijo cuando le alerté que los técnicos de la RAI eran agnósticos, y añadió: "A mi me interesa todo lo que de humano hay en el mundo. Estamos todos amasados del mismo barro". Y fue aquello lo que sintieron entonces mis compañeros de la televisión italiana.

Y ese era el Arrupe que yo conocí.

Juan Arias