jueves, 30 de mayo de 2013

EN MEDIO DE LA CRISIS - José Antonio Pagola


EN MEDIO DE LA CRISIS - José Antonio Pagola

La crisis económica va a ser larga y dura. No nos hemos de engañar. No podremos mirar a otro lado. En nuestro entorno más o menos cercano nos iremos encontrando con familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas de desahucio, vecinos golpeados por el paro, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación.

Nadie sabe muy bien cómo irá reaccionando la sociedad. Sin duda, irá creciendo la impotencia, la rabia y la desmoralización de muchos. Es previsible que aumenten los conflictos y la delincuencia. Es fácil que crezca el egoísmo y la obsesión por la propia seguridad.

Pero también es posible que vaya creciendo la solidaridad. La crisis nos puede hacer más humanos. Nos puede enseñar a compartir más lo que tenemos y no necesitamos. Se pueden estrechar los lazos y la mutua ayuda dentro de las familias. Puede crecer nuestra sensibilidad hacia los más necesitados. Seremos más pobres, pero podemos ser más humanos.

En medio de la crisis, también nuestras comunidades cristianas pueden crecer en amor fraterno. Es el momento de descubrir que no es posible seguir a Jesús y colaborar en el proyecto humanizador del Padre sin trabajar por una sociedad más justa y menos corrupta, más solidaria y menos egoísta, más responsable y menos frívola y consumista.

Es también el momento de recuperar la fuerza humanizadora que se encierra en la eucaristía cuando es vivida como una experiencia de amor confesado y compartido. El encuentro de los cristianos, reunidos cada domingo en torno a Jesús, ha de convertirse en un lugar de concienciación y de impulso de solidaridad práctica.

La crisis puede sacudir nuestra rutina y mediocridad. No podemos comulgar con Cristo en la intimidad de nuestro corazón sin comulgar con los hermanos que sufren. No podemos compartir el pan eucarístico ignorando el hambre de millones de seres humanos privados de pan y de justicia. Es una burla darnos la paz unos a otros olvidando a los que van quedando excluidos socialmente.

La celebración de la eucaristía nos ha de ayudar a abrir los ojos para descubrir a quiénes hemos de defender, apoyar y ayudar en estos momentos. Nos ha de despertar de la “ilusión de inocencia” que nos permite vivir tranquilos, para movernos y luchar solo cuando vemos en peligro nuestros intereses. Vivida cada domingo con fe, nos puede hacer más humanos y mejores seguidores de Jesús. Nos puede ayudar a vivir la crisis con lucidez cristiana, sin perder la dignidad ni la esperanza.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Despierta en las conciencias la solidaridad hacia los que sufren. Pásalo.
2 de junio de 2013
El Cuerpo y la Sangre de Cristo (C)
Lucas 9, 11 -17




VENID A MÍ
Escrito por  Florentino Ulibarri

Los que estáis arruinados,
los que habéis fracasado
ante los demás y ante vosotros,
los que sólo portáis miseria,
los que no valéis para quienes seleccionan
ni contáis para quienes mandan,
los olvidados fuera de las campañas,
los que sólo recibís golpes,
los últimos, los parias,
los nadie de la historia...
venid a mí, que quiero cobijaros
a la sombra de mis alas.

Los marginados de todo lo bueno,
los humillados por uno u otro motivo,
los sin recursos humanos y económicos,
los que os tenéis que vender cualquier precio
y sois moneda devaluada en todo momento,
los que os habéis quedado sin techo
y dormís en la calle entre cartones,
los que solo tenéis deudas y desahucios,
los cansados y agotados de vivir
y de escuchar siempre lo mismo...
venid a mí, que soy vuestro refugio,
y me complace vuestro descanso.

Niños de la calle y de nadie,
inmigrantes a la deriva,
parados al sol, cabizbajos,
enfermos sin tratamiento,
ancianos apartados,
jóvenes a la deriva,
los no reconocidos como ciudadanos,
los tristes y agobiados,
personas que sufrís violencia,
todos los que no sois queridos ni echados en falta ...
venid a mí, que soy vuestra libertad,
y recobrad vuestra dignidad.

Hambrientos de pan y de justicia,
de dignidad y de respeto,
de salud y de ternura,
de paz y de buenas noticias,
de vida y de felicidad...
sedientos de ternura y caricias,
de roce y compañía,
de abrazos y protestas,
de vino y fiesta,
de casa y mesa.
de la dignidad vuestra...
venid a mí, y saciad vuestra hambre y sed
sin miedo y sin falsos respetos.

Todos lo que sentís la vida,
día a día, como una pesada carga:
los rechazados,
los perseguidos,
los olvidados,
los excluidos,
los extranjeros,
los sin papeles,
los que sólo tenéis seguro que sois pobres,
gente sin voz, sin prestigio, sin nombre...
venid a mí, descargad vuestros fardos,
comed, bebed y descansad.

¡Todo lo que soy y tengo es vuestro! 

Florentino Ulibarri



LA PLENITUD HUMANA CONSISTE EN DEJARSE COMER
Escrito por  Fray Marcos
Lc 9, 11-17

Es muy difícil no caer en la tentación de decir sobre la eucaristía lo políticamente correcto y dispensarnos de un verdadero análisis del sacramento más importante de nuestra fe. Son tantos los aspectos que habría que analizar, y tantas las desviaciones que hay que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto el mensaje del evangelio, que lo hemos convertido en algo totalmente ineficaz para una verdadera vida espiritual.

En una tribu primitiva, el más espabilado descubrió un día la manera de hacer fuego. El inventor quiso hacer partícipes a otras tribus de las enormes ventajas que la manipulación del fuego podía reportar. Cogió los bártulos y se fue a la tribu más cercana. Reunió a la comunidad y les explicó la manera de hacer fuego y como se podía utilizar para mejorar la calidad de vida. La gente se quedó admirada al ver aparecer el fuego. Les dejó los instrumentos de hacer fuego y se volvió a su tribu.

Unos años después, volvió a la aldea. Cuando lo vieron llegar, todos mostraban su alegría y le condujeron a una pequeña colina apartada del poblado. Allí habían construído un hermoso monumento, donde habían colocado los instrumentos de hacer fuego. Toda la tribu se reunía allí, para adorar aquellos instrumentos tan maravillosos. Pero... ni rastro de fuego en toda la aldea. Su vida seguía exactamente igual que antes. Ninguna ventaja habían extraído del fuego.

Lo último que se le hubiera ocurrido a Jesús, es pedir que los demás seres humanos se pusieran de rodillas ante él. Él sí se arrodilló ante sus discípulos para lavarles los pies; y al terminar esa tarea de esclavos, les dijo: "vosotros me llamáis el Maestro y el Señor. Pues si yo, el Maestro y el Señor os he lavado los pies, vosotros tenéis que hacer los mismo". Esa lección nunca nos ha interesado. Es más cómodo convertirle en objeto de adoración, que imitarle en el servicio y la disponibilidad para con todos los hombres.

Hemos convertido la eucaristía en un rito puramente cultual. En la mayoría de los casos no es más que una pesada obligación que, si pudiéramos, nos quitaríamos de encima. Se ha convertido en una ceremonia rutinaria, que demuestra la falta absoluta de convicción y compromiso. La eucaristía era para las primeras comunidades el acto más subversivo que nos podamos imaginar. Los cristianos que la celebraban se sentían comprometidos a vivir lo que el sacramento significaba. Eran conscientes de que recordaban lo que Jesús había sido durante su vida y se comprometían a vivir como él vivió.

El mayor problema de este sacramento hoy, es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente la esencia de la eucaristía, que es precisamente su aspecto sacramental. Con la palabreja "transustanciación" no decimos nada, porque la "sustancia" aristotélica es solo un concepto que no tiene correspondencia alguna en la realidad física. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son ritos mágicos ni son milagros. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

El signo.- Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda la capacidad de comunicación, que los seres humanos hemos desplegado, es a base de signos. Todas las formas de lenguaje no son más que una intrincada maraña de signos. Con esta estratagema hacemos presentes mentalmente las realidades que no están al alcance de nuestros sentidos. En la eucaristía manejamos dos signos.

El Pan partido y preparado para ser comido, es el signo de lo que fue Jesús toda su vida. El signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido y re-partido, es decir en la disponibilidad en la que se encuentra para poder ser comido. Jesús estuvo siempre preparado para que todo el que se acercara a él pudiera hacer suyo todo lo que él era. Se dejó partir, se dejó comer, se dejó asimilar; aunque esa actitud tuvo como consecuencia última que fuera aniquilado por los oficiales de su religión.

La sangre derramada. Es muy importante tomar conciencia de que para los judíos, la sangre era la vida misma. Con esta perspectiva, está haciendo alusión a la vida de Jesús que estuvo siempre a disposición de los demás. No es la muerte la que nos salva, sino su vida humana que estuvo siempre disponible para todo el que lo necesitaba. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente no pertenece a lo esencial. Se trata de una connotación secundaria que no añade nada al verdadero significado del signo.

La realidad significada.- Se trata de una realidad trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Por eso tenemos necesidad de los sacramentos. Dios no los necesita, pero nosotros sí, porque no tenemos otra manera de acceder a esas realidades. Esas realidades son eternas y no se pueden ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Están siempre ahí. En lo que fue Jesús durante su vida, podemos descubrir esa realidad, la presencia de Dios en él. En el don total de sí mismo descubrimos a Dios que es Don absoluto y eterno.

El primero y principal objetivo al celebrar este sacramento, es tomar conciencia de la realidad divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Toda celebración que no alcance, aunque sea mínimamente, este objetivo, se convierte en completamente inútil. Celebrar la eucaristía pensando que me añadirá algo (gracia) automáticamente, sin exigirme la entrega al servicio de los demás, no es más que un autoengaño.

En la eucaristía se concentra todo el mensaje de Jesús, que es el AMOR. El Amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: don total, amor total, sin límites. Al comer el pan y beber el vino consagrados, estoy completando el signo. Lo que quiere decir es que hago mía su vida y me comprometo a identificarme con lo que fue e hizo Jesús, y a ser y hacer yo lo mismo.

El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando "como a Jesús", sino cuando me dejo comer, como hizo él.

El ser humano no tiene que liberar o salvar su "ego", a partir de ejercicios de piedad, que consigan de Dios mayor reconocimiento, sino liberarse del "ego" y tomar conciencia de que todo lo que es, está en lo que hay de Dios en él. Intentar potenciar el "yo", aunque sea a través de ejercicios de devoción, es precisamente el camino opuesto al evangelio. Solo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestra religiosidad que solo pretende acrecentar el yo, y para siempre.

La comunión no tiene ningún valor si la desligamos de signo sacramental. El gesto de comer el pan y beber el vino consagrados es el signo de nuestra aceptación de lo que significa el sacramento. Comulgar significa el compromiso de hacer nuestro todo lo que ES Jesús. Significa que, como él, soy capaz de entregar mi vida por los demás, no muriendo, sino estando siempre disponible para todo aquel que me pueda necesitar.

Todas las muestras de respeto hacia las especies consagradas están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir despreciando o ignorando al prójimo, es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia. A Jesús hay que descubrirlo en todo aquel que espera algo de nosotros, en todo aquél a quien puedo ayudar a ser él mismo, sabiendo que esa es la única manera de llegar a ser yo mismo.

Meditación-contemplación

La Única Realidad es el Amor (Agape) que es Dios y está siempre en ti.
Los signos son solo medios para llegar a la realidad significada;
Pero son indispensables para nosotros los humanos.
Lo esencial es descubrir esa Realidad y vivirla.
........................

Si descubro que ese AMOR me identifica con Él,
mi verdadero ser ya no soy yo sino Él.
Mi actuar no será ya mío, sino el de Él.
Solo por ese camino entraré en la dinámica del amor.
..................

En cada eucaristía que celebre,
debo sentir dentro de mí, lo que se significa en el rito.
Al comulgar, manifiesto y fortalezco la intención
de ser como Jesús, pan que se deja comer.
...............

Fray Marcos



BUENOS DISCÍPULOS
Escrito por  Mari Patxi Ayerra

Presentamos, junto al pan y el vino que recarga nuestras energías, las peticiones por nuestros hermanos del mundo entero y por todos nosotros:

Para que tu alimento, que compartimos en cada eucaristía, nos dinamice, nos aliente, nos dé osadía y fortaleza para seguir siendo tus seguidores con cara alegre, gesto optimista y entusiasmo vital, como los primeros cristianos.
Haznos buenos discípulos, imitadores tuyos, Señor.

Para que sepamos manejar bien las emociones y desterrar de nosotros la ira, acortar los enfados, frenar las críticas y los resentimientos.
Haznos buenos discípulos, imitadores tuyos, Señor.

Para que todos los cristianos vivamos el espíritu de las bienaventuranzas, siendo alegres, misericordiosos, compasivos y comprometidos con el bien común.
Haznos buenos discípulos, imitadores tuyos, Señor.

Por todos los que se dedican a la vida contemplativa y por todos los que distraídos con otros dioses, no tienen tiempo para contemplarte.
Haznos buenos discípulos, imitadores tuyos, Señor.

Por todos los que viven atentos a los hermanos, se comportan solidariamente y gastan parte de su vida en que los demás vivan mejor.
Haznos buenos discípulos, imitadores tuyos, Señor.

Atiende nuestras oraciones y vete poco a poco cambiando nuestros corazones para hacerlos más parecidos a ti. Amén.

Mari Patxi Ayerra



JESÚS SE VIO COMO PAN
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 9, 11-17

Tomad, comed y bebed: mi cuerpo es pan, mi sangre es vino.

La celebración tradicional de la Fiesta del Corpus se ha centrado en la "Presencia real de Cristo en el pan y en el vino", llevando, como punto máximo de la celebración, a la adoración del Santísimo Sacramento, su exposición pública, la procesión en la custodia...

Estas manifestaciones han oscurecido notablemente el centro del mensaje, desplazando la celebración de la Eucaristía hacia una adoración del dios oculto, misteriosamente presente en el pan (el vino ha sido completamente desplazado en la fiesta tradicional).

En nuestro comentario vamos a prescindir de este sentido tradicional, para centrarnos en lo que los mismos textos sugieren, y en una reflexión preferente sobre la eucaristía.

El pasaje de Lucas se incluye en un contexto cuyo tema general es la pregunta fundamental: "¿Quién soy Yo?". En los versos inmediatamente anteriores se dice: "Unos decían que era Juan resucitado de la muerte; otros, que era Elías aparecido; otros, que había surgido un profeta de los antiguos". Herodes comentaba: 'A Juan, yo le hice degollar, ¿quién será éste de quien oigo tales cosas?'"

Jesús sigue predicando a la gente y muestra, en este signo, quién es Él. El párrafo siguiente contiene la pregunta de Jesús a los discípulos, "¿Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?", y la profesión de Pedro, "Tú eres el Mesías de Dios". Inmediatamente después, Jesús predice su muerte y resurrección, y, dando sentido a todo, el relato de la Transfiguración, que manifiesta a Jesús como "el que ha de venir", el que anunciaron los profetas (Elías y Moisés), el Hijo.

La multiplicación de los panes y los peces tiene por tanto el sentido de anunciar en un signo evidente la presencia del Reino en Plenitud. Como El Señor dio de comer a su pueblo en el desierto (el maná, las codornices), como los profetas antiguos multiplicaron la harina y el aceite (Elías, Eliseo), Jesús se presenta como alimento abundante, como plenitud.

Este texto, complejo y discutido, nos lleva a algunas consideraciones para entenderlo mejor.

1. La multiplicación de los panes es el único milagro que se narra en los cuatro evangelios.

2. Mateo y Marcos hablan de dos multiplicaciones de panes y peces. Todos los autores van estando de acuerdo en que se trata de dos relatos del mismo hecho.

3. Parece que Juan maneja fuentes propias, parecidas a los sinópticos, pero diferentes.

4. Como en todas las narraciones de "milagros", nuestro sentir actual se resiste. El milagro nos produce más resistencia que fe. Sin embargo, todos los estudios serios coinciden en reconocer que ésta no es una narración fingida por las primeras comunidades como vehículo de una catequesis, sino que tiene una raíz histórica indudable. En un lugar deshabitado, Jesús dio de comer a mucha gente con unos pocos panes y peces.

5. Los evangelistas presentan este suceso como un "hecho mesiánico", en varios sentidos.

En paralelo con los relatos de otros milagros, como manifestación de la "presencia del Reino": ya está aquí la promesa. En este sentido parece haber sido entendido el signo por los presentes, hasta el punto de querer hacer Rey a Jesús. Esto provoca la huida de Jesús, la posterior controversia en Cafarnaúm, la promesa del Pan de Vida, y el abandono de la gente desilusionada por este nuevo Mesías no político, que termina en la frase de Jesús a los discípulos "¿También vosotros os queréis ir?"

En paralelo claro con otros relatos bíblicos tales como el maná en el desierto, los panes de Eliseo, y bastantes otros, claramente aludidos por los narradores para "interpretar el signo" como abundancia, alimento de Dios en el desierto.

6. El sentido final de estos textos lo da el evangelio de Juan, que lo incluye en la gran catequesis del capítulo sexto acerca del pan de vida. Se ha interpretado este texto como una catequesis eucarística, pero debe entenderse más correctamente. Como indicábamos en la fiesta del Jueves Santo, la interpretación habitual se fija en que "este pan es Jesús", pero el sentido original es más sencillo y más fuerte: "Jesús es pan".

"Este pan es Jesús" conduce a una filosofía de la presencia de Cristo en las especies sacramentales, que lleva finalmente a la adoración.

"Jesús es pan" lleva a una definición básica de Jesús, entregado hasta dar la vida para ser alimento de muchos. Esto lleva a identificarse con Él y hacer de nuestra vida una entrega como la suya.

El pasaje sirve para negar el mesianismo tradicional. Los signos que usa Jesús son importantes fijándonos sobre todo en los que no usa: Jesús se está manifestando como el Enviado de Dios; pero no usa como signo el legado poderoso, los atributos regios, los resplandores, las armas, los tronos, los vestidos: usa como signo el pan. Todas las religiones, Antiguo Testamento incluido, están dispuestas a reconocer a Dios en un templo suntuoso, en unos ornamentos espectaculares, en vasos sagrados de oro... Jesús no: se reconoce a Dios en el pan, en el vino. Granos y espigas machacados para alimentar. Apenas podemos darnos cuenta, con nuestras mentes embotadas de tanta religión filosófica, de la trascendencia de ese cambio.

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Los ojos son un maravilloso instrumento, un prodigio de técnica asombroso... pero no son más que eso. Nos permiten captar la superficie de las cosas, la materia.

Los ojos de Jesús eran capaces de leer las cosas hasta el fondo. Los ojos de Jesús le permitían ver a su Padre en todas las cosas, en la semilla, en el pastor, en la levadura, en los administradores, en la sal... en todo. Los ojos de Jesús entendían el mensaje de las cosas, leían La Palabra en todo lo que veían.

Jesús, desde pequeño, admiraba el milagro del pan y del vino. Sabía su historia:

o los minúsculos granos de trigo tirados en tierra, desaparecidos, muertos
o la sorpresa del pequeño brote verde, tan tímido
o el prodigio de la espiga, esbelta y frágil, que va amarilleando al sol
o la abundancia contenida, apretada, de las docenas de pequeños granos, hijo renacidos del viejo grano muerto y enterrado
o el molino implacable, que parece matar sin piedad a los granos indefensos
o la harina, la flor de harina tan pura que podía presentarse como ofrenda al Señor
o y el milagro del pan.

Jesús niño veía a su madre amasar, poner en la masa un pellizco de la del día anterior, dejar que reposara. Jesús niño llevaría la masa ya fermentada al horno común - ¿esperaría un poco o se iría a jugar, o a echarle una mano a José...? – y volvería a casa cantando, con la hogaza abrazada para sentir su calor, embriagado de su aroma, reprimiendo las ganas de darle un pellizco en el camino, cuesta arriba, de su casa empotrada en la roca.

El milagro del pan, nacido de la muerte del grano de trigo. Nacido para morir y dar vida.

Partir el pan y repartirlo al empezar la comida... Esto lo haría José, bendiciendo al Señor por el don tan precioso. Y Jesús, con su trozo de pan en la mano, pensaba sin duda en el grano desaparecido meses antes en la tierra, multiplicado por la fuerza sagrada de su propia alma vegetal, por el poder y la sabiduría del Padre de los Cielos, que ahora, con el primer mordisco, iba a desaparecer para siempre y transformarse en su propio cuerpo.

En Nazaret había viñedos. Cuidar las cepas, podarlas, quitarles los parásitos... esperar al otoño, que la vendimia es la última de las recolecciones. Y la fiesta. La vendimia ha sido siempre en todas partes tiempo de fiesta. Arrancar los racimos, como mutilando a las vides generosas, acarrearlos al lagar. Los ojos de Jesús se llenaron muchas veces de la imagen de los granos oscuros pisoteados, sangrantes, aplastados por los pies de todos, los suyos propios también sin duda, y de su sangre oscura derramada, embriagadora.

Y echar un trago para quitar la sed, para entonarse un poco, brindar con los amigos para estrechar la amistad, para celebrar mejor la fiesta... Jesús asistía a bodas, como todo el mundo. Y no hay boda sin fiesta, y no hay fiesta sin vino. La copa pasaba de mano en mano, en gesto de comunión en la alegría. Cuando los ojos de Jesús se asomaban al borde de la copa, adelantando a sus labios, veía en el rojo espejo del vino la historia de aquella sangre de los granos de uva, arrancados a su madre la vid, que dentro de nada se juntarían a su propia sangre para hacerla caliente y generosa, encendida y festiva como el vino mismo.

Jesús se comprendió en el pan, se comprendió en el vino. Sembrarse, madurar escondido y en silencio, sumergirse hasta el fondo de la madre tierra y de sus hijos los hombres, las mujeres, los niños, los enfermos... que son tierra fecunda, masa blanda, jugo lleno de vida quizá por fermentar. Ser para otros alimento y alegría. Desaparecer en los otros, fundido en lo más íntimo del ser ajeno, alentando, dando calor y fuerza desde dentro.

No sabemos cuándo ni cómo supo Jesús que para eso estaba en el mundo: para sembrarse, para morir en el invierno bajo tierra, para ser pisado y estrujado hasta que no quedase de él más que un pellejo sin nada que exprimir.

Y unas horas antes de morir, en la cena que él sabía que iba a ser la última, Jesús se vio a sí mismo, encima de la mesa, en forma de pan, en forma de vino. Y lo dijo: "mi cuerpo entregado es pan, mi sangre derramada es vino" . Era ya de noche, hablaron mucho rato. Jesús se puso al fin de pie y les dijo: "Levantaos, vámonos de aquí" . Y él sabía que iba al molino, al lagar, a ser machacado y estrujado para ser pan y vino de muchos.

Y las palabras para el futuro: "haced esto en mi recuerdo". "Esto" es compartir el pan y el vino en torno a la mesa, comulgar con Jesús y con todos los que comulgan con Jesús, formar un solo pan, un solo vino para alimento del mundo.

Los seguidores de Jesús hemos heredado su respeto por el pan. Nuestros abuelos nunca cortaban una hogaza sin haber hecho sobre ella, con el mismo cuchillo, la señal de la cruz.

Y una vez al año, hoy, CORPUS CHRISTI, nos quedamos sobrecogidos en la contemplación del pan y del vino, y volvemos a ver en ellos el cuerpo molido y la sangre estrujada de Jesús, como Él mismo se vio, sobre la última mesa, en su última cena con sus amigos.

José Enrique Galarreta



CENA FRATERNAL O SACRIFICIO
Escrito por  José Enrique Galarreta

La fiesta del Corpus se ha ido centrando, a lo largo del tiempo, en la adoración del Santísimo Sacramento, es decir, el reconocimiento y veneración del pan consagrado que ya no es pan sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Quizá sea oportuno hacer hoy algunas consideraciones sobre este tema. En él subyace una manera de entender y explicar la Eucaristía y el sacrificio de la Misa.

Es frecuente, en terminología clásica, hablar de "el santo sacrificio de la Misa". Más aún, la última instrucción vaticana ("Redemptionis Sacramentum") sobre los abusos en la celebración eucarística insiste preferentemente sobre este aspecto. Hay en la iglesia de hoy dos tendencias en la interpretación de la eucaristía:

· La que la considera ante todo 'banquete', la cena del señor que sus discípulos siguen celebrando.
· La que la considera ante todo como 'sacrificio', renovación sacramental del sacrificio de Cristo.

La primera es ante todo una reunión fraternal, en la que la comunidad que sigue a Jesús se alimenta de la Palabra, de la Oración, del Perdón, y renueva su entrega al Reino comulgando con Jesús con los mismos signos que Él eligió.

La segunda ante todo es un rito celebrado por representantes de Cristo, que ofrecen de nuevo a Dios la víctima inmolada por los pecados.

La primera es la continuación histórica de "la fracción del pan", llamada también "la cena del Señor" celebrada por las casas en las primeras comunidades, de la que tenemos constancia por los Hechos de Apóstoles y las Cartas de Pablo.

La segunda es una interpretación teológica, que hace de la celebración una renovación sacramental del sacrificio de Cristo en la cruz.

Este segundo modelo es el que tiene preferencia en la teología tradicional-tridentina, el que se detalla en el ritual, y el que se prefiere en la instrucción vaticana.

Sin embargo, no es más que una interpretación teológica, de la que se puede prescindir porque es elaboración humana.

La interpretación de la muerte en cruz como Sacrificio es una manera judaica de interpretar y explicar la muerte de Cristo. Se toma como referente los sacrificios del Templo de Jerusalén, especialmente los sacrificios expiatorios, en que un animal es sacrificado en el altar por los pecados del pueblo. Se entiende así a Jesús como la Víctima por cuya muerte nuestros pecados son perdonados. Esta interpretación ha sido común en la Iglesia, y está constantemente presente en las expresiones del Misal Romano.

Sin embargo, para muchos creyentes, es bastante insatisfactoria, por varias razones:

1. Porque parece que Dios exige cobrar para perdonar, y porque el precio que cobra – la muerte en cruz de su Hijo – es atroz. Parece que el salvador es el Hijo, mientras que el Padre es sólo el justo Juez, que exige que se paguen penas por los pecados cometidos. Todo esto exigiría una revisión teológica a fondo del concepto de "Redención".

2. Porque parece que es la muerte de Jesús lo que salva, y no su vida entera.

3. Porque parece que sustituye el antiguo templo y los antiguos ritos por un nuevo templo y unos nuevos ritos, cuando en los Evangelios y en los Hechos hay muy poco pie para esta interpretación.

4. Porque esta interpretación ha llevado de hecho a una celebración en la que los fieles apenas hacen otra cosa que asistir a un rito celebrado por los sacerdotes, y aunque siempre se habla de participar, esto son casi sólo palabras, de manera que se llega a admitir que el sacerdote celebre a solas. (De paso, hay que recordar que en los Hechos no aparece la figura del sacerdote como "celebrador" de la eucaristía)

La interpretación de la muerte de Jesús como sacrificio es una imagen tomada de los sacrificios del Antiguo Testamento. Y es una imagen, sólo una imagen. Pero ha sido transformada: la imagen sustituye a la realidad y se convierte ella misma en realidad.

Con ello, la esencia de la muerte en cruz no está en la entrega de Jesús a su misión, su consecuencia y su valor que le hacen llegar hasta el final, sino la eterna disposición de Dios que lo elige como víctima y se vale de la maldad de unas personas para que se consuma un misterioso sacrificio.

La salvación se convierte en algo jurídico, un decreto de perdón emitido por el Juez declarando pagadas las culpas.

Buena parte de la teología tradicional escolástica y postridentina interpreta los símbolos como conceptos, habla del perdón en términos jurídicos, aplica nociones del Antiguo Testamento para entender a Jesús... Y a muchas personas no nos gusta.

La muerte de Cristo como sacrificio de una víctima para conseguir el perdón de Dios nos parece una imagen desafortunada. Y en consecuencia, la interpretación de la Eucaristía como renovación de ese sacrificio no nos parece la manera más adecuada de entenderla.

Semejantes consideraciones son aplicables a la presencia "real" de Cristo en el pan eucarístico. Nunca se ha sabido precisar qué significa "real". La devoción popular lo ha entendido de una manera casi física. La teología metafísica lo ha explicado diciendo que permanecen los accidentes (forma, color, peso...) y cambia la substancia (ya no es pan sino el cuerpo y la sangre de Cristo) y el término "real" viene a significar "verdadero", aunque no se puede explicar mejor.

Esta presencia "real", apoyada en la metafísica de Aristóteles ha llevado a la adoración del pan reservado en el Sagrario y a una concepción de la comunión más bien física. El pan comido por los fieles produce sus efectos "espirituales" una vez tragado y la presencia de Cristo en ellos dura lo que duran las especies sacramentales.

Deberíamos tener en cuenta que tomar prestados de Aristóteles los conceptos "substancia" y "accidente" tiene menos valor aún que tomar prestada del Antiguo Testamento la noción de sacrificio expiatorio.

Pero en lo que se refiere a la "substancia" hay algo peor. La sustancia no existe, es solamente un concepto del que se vale Aristóteles en su explicación del ser, porque no sabe ni física ni química. Nadie usa hoy ese concepto, ni sirve para nada. Por tanto, es igualmente inútil para la "explicación" de la presencia de Jesús en el pan y el vino.

Además, aunque un concepto tomado de la filosofía (pagana) pueda ayudar, pueda agradar a algunos, nunca puede ser normativo, porque Aristóteles, ni ninguna filosofía, nunca puede ser dogma de fe y porque nadie está obligado a ser aristotélico.

La fe puede expresarse con instrumentos intelectuales varios, que nunca son la esencia de la fe sino su ropaje, y pueden cambiar. Hace ya años que el Catecismo Holandés propuso el término "transignificación" en vez de "transubstanciación". A Roma le pareció insuficiente, pero a muchos les pareció más expresivo y lo siguen manteniendo. Y tampoco es más que una forma de explicar, que a muchos les parece más adecuada. Ninguno de los dos términos son dogma de fe, sino explicaciones de lo que creemos.

Hay que recordar que ni Pedro ni Juan ni Pablo sabían nada de transubstanciación, ni de otros términos usados después por la teología. Hay que recordar igualmente que Tomás de Aquino, de quien proceden muchos de los términos de que ahora hablamos, fue considerado una intolerable novedad, y sufrió persecución por sus doctrinas. Más tarde, la Iglesia los aceptó y ahora son la manera oficial de explicar la fe. Pero no son la fe misma, sino un sistema de explicación.

Volviendo a la eucaristía: la iglesia romana ha preferido la imagen de Sacrificio a la de comida fraternal. Pero aquí hay más que formas distintas de explicar.

La cena fraternal es heredera directa de las celebraciones de los seguidores de Jesús. No un símbolo para explicar algo, sino algo real, continuación de las cenas de Jesús. En ella, el pan y el vino son para comer y beber y no transmiten la presencia de Cristo por una especie de poder mágico encerrado en ellos y liberado al ser comidos o bebidos, sino que significan y por eso producen la identificación con Jesús y la comunión con los hermanos.

La imagen de sacrificio, al contrario, no es continuación de nada que celebraran las primeras comunidades sino una interpretación teológica de la muerte de Cristo tomada de ritos del Templo de Jerusalén. Y es perfectamente admisible que a muchos cristianos no les guste nada.

Nos damos cuenta de que hemos entrado en el terreno de las mediaciones. Entre Dios y nosotros hay un mediador, Jesús de Nazaret. En él se expresa, se deja ver, habla, Dios mismo. Éste es un pilar fundamental de la fe cristiana.

Mediador significa alguien que pone en comunicación, que acerca, que pone en contacto. Pero buena parte de la teología se ha convertido en mediadora entre nosotros y Jesús. Entre Dios y nosotros, Jesús. Entre nosotros y Jesús, la teología metafísica. Creo que esta mediación no es correcta. No es mediación para acercar sino para alejar, para poner en medio un obstáculo.

Entre Jesús y nosotros no hay más mediación que sus hechos y sus dichos, que son fáciles de explicar y de entender. Pero la Teología metafísica es una mediación que no nos acerca a Jesús, sino que lo aleja irremisiblemente, de manera que solamente los iniciados en metafísica pueden entender. Esto no es de Jesús.

Este alejamiento producido por las mediaciones se refleja bien en la celebración del Santo Sacrificio. También aquí, el sacerdote es mediador, intermedio entre los fieles y lo que se celebra. Es un intermedio alejador.

En la cena fraterna no hacen falta mediadores porque la comunidad se reúne en el recuerdo del Señor, presente en la Palabra, sentido en la Oración, presente en el Signo.

En el Santo Sacrificio de la Misa son necesarios los mediadores, los sacerdotes, los pontífices, es decir, los que se declaran puentes entre la comunidad y Cristo. Es una falsa mediación: no es mediación para acercar, sino para alejar. Primero se crea el barranco y luego los mismos que lo crean se declaran puentes.

Pero la comunidad cristiana se ha dado cuenta de que los que se dicen puentes no lo son; son más bien el barranco mismo. Ni la teología metafísica, ni el sacrificio redentor ni los sacerdotes que lo ofician son puentes que unen a Jesús, sino barrancos que nos apartan de él. La comunidad cristiana se ha dado cuenta de que Jesús no está al otro lado, sino a este lado del barranco.

Me parece altamente significativo el hecho de que las normas de la Iglesia exigían de los fieles la asistencia a Misa todos los domingos, bajo pena de pecado mortal (y se expresaba diciendo "oír misa entera...") y comulgar solamente una vez al año.

Más aún, según las normas actualmente vigentes, una persona que asiste a misa el domingo, emplea el tiempo de las lecturas, oraciones y homilía en confesarse, y no comulga, ha cumplido correctamente el precepto dominical. Así se desprende de la "Redemptionis Sacramentum".

Pues bien, muchos hoy en la Iglesia estamos convencidos de que la Teología Metafísica tuvo su época, que ya ha pasado, y que hay que volver a la teología parabólica, prescindiendo de las mediaciones filosóficas.

Estamos convencidos de que El Santo Sacrificio de la Misa es una noción más bien Vetero-Testamentaria. Que los sacrificios del Templo no son buenos modelos para la celebración de la eucaristía, que el sacerdote-pontífice no acerca sino que aleja de Jesús, que los ritos del misal romano no nos ayudan sino que nos estorban para celebrar La Cena del Señor.

Estamos convencidos de que la imagen de un Dios vestido de apariencias de pan tiene mucho de mágico, de físico, y de que la filosofía de Aristóteles no nos ayuda nada. Preferimos entender a Jesús diciendo que es grano de trigo enterrado y muerto, granos molidos para ser pan para todos. Preferimos decir que nos alimentamos de Jesús y sentirlo presente en la comunidad que celebra su cena como Jesús mismo la celebró.

La "Redemptionis Sacramentum" habla mucho de abusos en la celebración. Me parece que muchas formas y prácticas que se consideran abusos no lo son, sino más bien "correcciones de abusos".  Los abusos que se deben corregir son, por ejemplo:

· el protagonismo casi exclusivo del sacerdote en la celebración.
· el espectacular despliegue de riqueza en ornamentos, vasos sagrados, locales de culto.
· la utilización de la eucaristía como acto multitudinario y triunfalista, con asistencia pública de reconocidos no-creyentes y personas de comportamientos éticos ajenos al evangelio.
· la utilización de textos del Antiguo Testamento fuertemente contradictorios con las palabras y los hechos de Jesús, que se califican sin embargo como "Palabra de Dios" .
· la represión de toda espontaneidad, de toda participación real, de toda expresión de fe o de fraternidad que no esté prevista en el ritual.
· la imposición de formas rituales idénticas para todas las culturas y todas las situaciones.
· la concepción general de la eucaristía como misterio manejado por intermediarios autorizados, es decir, como alejamiento y sometimiento de los fieles a presuntos poderes sagrados.
· Los denodados esfuerzos de algunos sectores de la Iglesia (jerarcas incluidos) para "volver atrás" en la celebración de la Cena del Señor, pero entendiendo por "atrás" a las tradiciones corruptas y concepciones obsoletas, no a Jesús, que es el "atrás" fundante, la raíz de la Tradición.

Pienso que la costumbre de las primeras comunidades que celebraban la fracción del pan en las casas, aquellas comunidades que "se reúnen en casa de...." y que tanto preocupan hoy a la jerarquía, pueden ser un camino excelente para recuperar la celebración de la eucaristía.

Un camino para que toda la iglesia recupere su mayoría de edad, sienta el espíritu y lo comunique, y se comprometa más personalmente.  Y no creo que haya oposición alguna entre estas celebraciones íntimas y la gran asamblea parroquial. Más bien pienso que ésta debe alimentarse de aquéllas.

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Existen toda una serie de expresiones tenidas por dogmáticas, pero que sólo son modos más bien filosóficos o religiosos de explicar la fe. Son términos que hemos tomado de sistemas filosóficos varios, que no son el mensaje sino su ropaje, no son la fe sino su expresión filosófica.

A esta serie pertenecen:
· la explicación de la Encarnación y la Divinidad de Cristo por medio de los conceptos de Naturaleza, Persona, Hipóstasis;
· la explicación de la Santísima Trinidad por medio de Substancia única y pluralidad de Personas;
· la explicación de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía por medio de los conceptos de Substancia y Accidentes.

Conviene recordar que todas estas explicaciones son intentos de explicar lo que creemos, tomados por la Iglesia a lo largo de los tiempos de muchas fuentes, especialmente de sistemas filosóficos griegos. Pueden ser útiles y son venerables porque han servido a la Iglesia durante mucho tiempo; pero no son más que eso.

En el fondo de estas cuestiones subyace otra, más importante. Que la Teología cristiana ha pasado del mundo vital/simbólico al mundo jurídico/conceptual.

Lo indicamos con algunos ejemplos.

· "Abbá" es una expresión de Jesús que manifiesta su actitud y sus sentimientos ante Dios. Se siente como un hijo ante sus estupendos padres, como se sentía ante José y María. Pero el Dios Padre de nuestro Credo y nuestra teología no es Abbá, cariñoso y cercano, sino el Creador Todopoderoso, lejano, trascendente y temible.
Jesús no estaba definiendo teológicamente a Dios, sino expresando su relación con Él por medio de una comparación, un símbolo.

· De la misma manera, Jesús se siente hijo ante Abbá, pero la Teología ha convertido la filiación en una definición de la segunda persona de la trinidad.
· La misma transformación ha sufrido el Espíritu Santo. El espíritu es el viento, el aliento vital. El espíritu, el viento, el aliento vital de Dios es la presencia activa de Dios en el mundo, en las personas, el que llama a la misión, el que inspira, el que da fortaleza. Es Dios alentando, suscitando, inspirando. Pero se ha convertido en la tercera persona de la Trinidad. Ha dejado de ser un símbolo de la presencia activa de Dios para convertirse en un concepto, una realidad distinta del Padre.

Y así "Creo en Dios Padre" significa "creo en la primera persona de la Santísima Trinidad, el Creador Todopoderoso, Legislador y Juez..." Mientras que debería significar: "Creo que el Creador Todopoderoso... es Abbá, mi mamá".

Y así decimos que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria", pero no decimos: "creo que mi vida, y la vida de Jesús, está llena del aliento de Dios, que inspira, alienta y fortalece".

Hemos transformado los símbolos en conceptos, y así hemos logrado que sean misterios sólo asequibles para los eminentes teólogos... y que resulten poco menos que estériles para la espiritualidad de la gente normal.

José Enrique Galarreta



SANOS Y SALVOS
Escrito por  José Arregi

Los pasados días 23 y 24 de mayo han tenido lugar en San Sebastián las III Jornadas de Espiritualidad y Sociedad, organizadas por la Asociación GUNE, en torno esta vez al tema "Salud y espiritualidad".

Salud y espiritualidad. ¿Quién sabe decir lo que es la salud que tanto anhelamos, o lo que es la espiritualidad que tanto necesitamos? ¿Quién sabe decir la relación tan estrecha y compleja que existe entre ambas? Cada respuesta suscita nuevas preguntas, y de pregunta en pregunta nos vamos abriendo a un concepto más espiritual de salud y a una idea más sana de espiritualidad. Cuando decimos salud, no nos referimos solamente a la salud física. Al decir espiritualidad, de ningún modo me refiero solamente a espiritualidad "religiosa".

En 1948, la Organización Mundial de la Salud definió la salud en términos muy absolutos como "un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades". Quien crea estar así de sano es un inconsciente, y quien se empeñe en estarlo se volverá enfermo por su propio empeño.

Miremos lo que pasa hoy. Nunca ha habido tantos remedios para tantos males, pero nunca hemos sido más vulnerables, pues somos más intolerantes que nunca para el dolor, la muerte, la enfermedad.

Nunca ha habido tantas empresas interesadas no en la salud sino en vender y ganar. Y nunca ha habido tantos hipocondríacos ni tantas visitas a urgencias. Cada spot publicitario ¿no nos vuelve un poco más enfermos? Cuanto mayor es nuestro deseo de pleno bienestar, ¿no es más grande nuestro malestar?

Sin embargo, ¿quién no aspira a ese bienestar pleno, a esa salud? Muchas religiones la han llamado "salvación". Pero las religiones la han remitido al "más allá" de la muerte, y muy a menudo han impedido alcanzar la salvación necesaria y posible aquí, ahora. Demasiadas religiones, demasiadas veces, han enfermado a la gente por la angustia de la culpa y el miedo del castigo. Y una religión que enferma contradice la espiritualidad.

Espiritualidad es respirar en paz, es respetar al otro, es esperar un futuro bueno haciéndolo presente aquí y ahora. Y toda forma –creencia, norma, institución– que impida respirar, respetar, esperar debiera desaparecer.

Las palabras no engañan. Salus en latín significa a la vez "salud" y "salvación". "Salud" y "santo" se dicen también en muchas lenguas con términos derivados de una misma raíz (Heil y heilig en alemán, Health y holy en inglés...). "Sano y salvo", decimos, y es como queremos estar. "Sano" y "santo", podríamos también decir, y es como deberíamos ser. O sano y bueno. O feliz y bueno.

Salud y espiritualidad nos remiten ambos, en última instancia, a esa bondad y bienestar inseparables, que no son incompatibles con dolencias diversas, físicas o psíquicas. La medicina y la espiritualidad, eso sí, deben contribuir a curar todas las dolencias evitables y a sobrellevar en paz las inevitables.

Sanos y salvos y buenos. ¿Pero cómo? No nos bastarán la medicina convencional ni las medicinas alternativas ni todas las terapias, por beneficiosas que sean. No nos bastarán la neurociencia y la genética, por prometedoras que sean. No nos bastarán las farmacias y parafarmacias y herboristerías, por indispensables que sean. Sí, debemos besar con devoción las pastillas que nos curan, pues son tierra sagrada, al igual que nuestro cuerpo herido, y al tomarlas debemos sentirnos pequeños y humildes, pero saber a la vez que tampoco ellas nos bastarán.

Muchas cosas son necesarias para sanarnos, pero no nos sanarán del todo, al menos todavía... ¿Alguna vez sí? No lo sé. Todavía no somos más que un pobre Homo Sapiens al comienzo de su evolución. Y hoy necesitamos, junto a todo lo demás y por encima de todo, aprender a respirar y a vivir en paz, en profunda armonía con nosotros mismos y con todo cuanto es. Y aprender a sentirnos sanos y salvos en el corazón del Misterio, aunque solo estemos al comienzo de la salud y de la espiritualidad.
José Arregi

Para orar
Señor Jesús,
De mi cuerpo gastado, sé tú el fortalecedor.
De la noche que cae, sé tú la luz.
De mis sufrimientos, sé tú el consuelo.
De mis faltas pasadas, sé tú el perdón.
De mi soledad, sé tú el compañero.
De mis rebeldías interiores, sé tú la esperanza.
De mi fe, sé tú la fuente.
De mi amor, sé tú el fuego.
De mis insomnios, sé tú la Presencia.
De mi sonrisa, sé tú la dulzura.
De mis encuentros, sé tú la Palabra.
De mis oraciones, sé tú el Bien Amado.
Señor, yo creo que tú eres la Vida
y que has vencido a la muerte.
Ven a llamar a mi puerta.
El día declina y se hace tarde...
¡Quédate junto a mí!

(M. Hubaut)



EL PAPA QUE NO ESPERÁBAMOS, PERO NECESITAMOS
Escrito por  Patxi Aizpitarte

Han transcurrido dos meses desde que el pasado 13 de marzo, Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y cardenal de la Iglesia, fuera elegido nuevo obispo de Roma y, como tal, papa y líder de una de las grandes confesiones religiosas de nuestros días. Dos meses es un tiempo todavía corto para valoraciones de calado, pero permiten compartir algunas impresiones y realizar ciertas reflexiones.

En primer lugar, compartimos el sentimiento de alegría que la elección del papa Francisco ha causado en la gran mayoría del pueblo cristiano desde que asomó al balcón de la basílica vaticana. Su aspecto bondadoso, su sencillez y espontaneidad, su humildad al pedir a los congregados que rezaran por él causaron en nosotros una sensación de alivio, alegría y esperanza desde este primer momento.

Estos últimos tres meses han sido oxigenantes para quienes se sitúan y tratan de vivir su fe y compromiso eclesial desde una sensibilidad conciliar abierta y dialogante con la cultura actual. Desde que Benedicto XVI anunciara sorpresivamente su renuncia, humanizando positivamente la figura y el quehacer del Papa, éramos muchos los que deseábamos, en medio de cierto escepticismo ante el poder de la maquinaria curial vaticana, que los cardenales se fijaran en alguien que diera un nuevo rumbo a la Iglesia. Así ha sido, gracias a Dios.

Resulta estimulante saber que las intervenciones de un número apreciable de cardenales en las Congregaciones previas al Conclave apuntaron en este mismo sentido y que durante el mismo, fuera ganando fuerza la posición de quienes apostaban por un modelo de Iglesia menos sectario y de mayor sintonía con los pobres, los excluidos y quienes malviven en las periferias del mundo y de nuestras sociedades de bienestar.

Nuestra gratitud al cardenal Hummes, el franciscano brasileño que por lo visto inspiró al nuevo papa el nombre de Francisco, tomando al "poverello" de Asís como santo y seña de su pontificado, y al resto de cardenales brasileños, estadounidenses y latinoamericanos, africanos y europeos, que votando por Bergoglio nos han ofrecido la oportunidad de seguir soñando y trabajando por la Iglesia de Jesús. Si, nos hemos sentido confortados y confirmados en nuestra fe y nuestra sensibilidad eclesial, y supone una gracia en nuestras vidas.

En segundo lugar, a lo largo de estos meses hemos recibido una segunda buena nueva, relacionada esta vez con José Antonio Pagola, sacerdote de nuestra diócesis, teólogo reconocido e investigador apasionado de la figura y persona de Jesús. Como bien sabemos, a lo largo de todos estos últimos años ha tenido que sufrir un verdadero calvario de graves sospechas, prohibiciones y descalificaciones, que él, sin embargo ha sabido sobrellevar con gran categoría humana, eclesial y evangélica. Era hora de que se le hiciera justicia y se levantara el "veto" sobre su excepcional aproximación histórica a Jesús.

No han podido encontrar en su obra afirmaciones que vayan en contra del sentido de fe eclesial y la figura de Jesús. A través de la nueva edición, sigue suscitando el interés de miles de lectores. Es sorprendente el eco que este libro ha adquirido en los creyentes y las comunidades cristianas de Latinoamérica, Europa y otras latitudes del mundo. Así como es impresionante el eco del bien que viene haciendo a tantas personas, más o menos creyentes, que han tenido la ocasión de leerlo, trabajarlo y compartirlo.

En tercer y último lugar, tenemos la impresión que la elección del nuevo papa Francisco ha suscitado una honda preocupación y no poco malestar en algunos miembros de la jerarquía y ciertos sectores y movimientos eclesiales. Seguramente ven en riesgo el poder hegemónico que han mantenido hasta ahora y se sienten incómodos ante la orientación y las decisiones que pueden impulsarse desde el centro romano.

¿Cómo habrán acogido, por ejemplo, estas palabras que Francisco dirigía a sus hermanos de la Conferencia Episcopal Argentina:

"Prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial: mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado".

No es de extrañar, pues, que se sientan incomodados y comiencen a decir, todavía en voz baja, que este papa no es, desde luego, un teólogo fino, que puede hacer afirmaciones arriesgadas, que va a devaluar el papel y la figura que el papa ha tenido como soberano pontífice en la Iglesia, que sus palabras y gestos tienen un cierto sabor populachero, que su sentido pastoral está bastante escorado, tendiendo demasiado hacia lo periférico y dando una relevancia desmedida a los pobres, que su sensibilidad es poco europea, que se fía poco de su curia...

Era de esperar. Proclaman una estima especial por el Papa, pero siempre que este muestre un aprecio y un apoyo hacia ellos. Entre los rasgos de esta sensibilidad eclesial, de corte conservador y preconciliar, están la búsqueda de poder y control a ultranza, y cuando no los tienen se vuelven "malos perdedores".

Esperemos que la sabiduría, la prudencia y la firmeza del papa Francisco sepa poner a cada uno en su sitio y acierte a guiar y acompañar a esta Iglesia de Jesucristo en los pasos que va dando en este comienzo del tercer milenio. Resulta esperanzador saber que pertenece a una de las órdenes religiosas más recias y espiritualmente más fecundas, y que podrá contar con el apoyo de la Compañía en todo momento. Nosotros le acompañaremos con nuestro afecto y oración.

Patxi Aizpitarte