lunes, 29 de abril de 2013

ULTIMOS DESEOS DE JESÚS - José Antonio Pagola


ULTIMOS DESEOS DE JESÚS - José Antonio Pagola

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y acobardados. Todos saben que están viviendo las últimas horas con su Maestro. ¿Qué sucederá cuando les falte? ¿A quién acudirán? ¿Quién los defenderá? Jesús quiere infundirles ánimo descubriéndoles sus últimos deseos.

Que no se pierda mi Mensaje. Es el primer deseo de Jesús. Que no se olvide su Buena Noticia de Dios. Que sus seguidores mantengan siempre vivo el recuerdo del proyecto humanizador del Padre: ese “reino de Dios” del que les ha hablado tanto. Si le aman, esto es lo primero que han de cuidar: “el que me ama, guardará mi palabra...el que no me ama, no la guardará”.

Después de veinte siglos, ¿qué hemos hecho del Evangelio de Jesús? ¿Lo guardamos fielmente o lo estamos manipulando desde nuestros propios intereses? ¿Lo acogemos en nuestro corazón o lo vamos olvidando? ¿Lo presentamos con autenticidad o lo ocultamos con nuestras doctrinas?

El Padre les enviará en mi nombre un Defensor. Jesús no quiere que se queden huérfanos. No sentirán su ausencia. El Padre les enviará el Espíritu Santo que los defenderá de riesgo de desviarse de él. Este Espíritu que han captado en él, enviándolo hacia los pobres, los impulsará también a ellos en la misma dirección

El Espíritu les “enseñará” a comprender mejor todo lo que les ha enseñado. Les ayudará a profundizar cada vez más su Buena Noticia. Les “recordará” lo que le han escuchado. Los educará en su estilo de vida.

Después de veinte siglos, ¿qué espíritu reina entre los cristianos? ¿Nos dejamos guiar por el Espíritu de Jesús? ¿Sabemos actualizar su Buena Noticia? ¿Vivimos atentos a los que sufren? ¿Hacia dónde nos impulsa hoy su aliento renovador?

Les doy mi paz. Jesús quiere que vivan con la misma paz que han podido ver en él, fruto de su unión íntima con el Padre. Les regala su paz. No es como la que les puede ofrecer el mundo. Es diferente. Nacerá en su corazón si acogen el Espíritu de Jesús.

Esa es la paz que han de contagiar siempre que lleguen a un lugar. Lo primero que difundirán al anunciar el reino de Dios para abrir caminos a un mundo más sano y justo. Nunca han de perder esa paz. Jesús insiste: “Que no tiemble su corazón ni se acobarde”.

Después de veinte siglos, ¿por qué nos paraliza el miedo al futuro? ¿Por qué tanto recelo ante la sociedad moderna? Hay mucha gente que tiene hambre de Jesús. El Papa Francisco es un regalo de Dios. Todo nos está invitando a caminar hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su Evangelio. No podemos quedarnos pasivos.

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Construye la amistad en el interior de la Iglesia. Pásalo.
5 de mayo de 2013
6 Pascua (C)
Juan 14,23-29

- Difunde los últimos deseos de Jesús para sus seguidores -

fuente:
http://sanvicentemartirdeabando.org/
http://eclesalia.wordpress.com/
http://feadulta.com/







CONFIANDO EN TU PROMESA
Escrito por  Florentino Ulibarri

Tengo mis puertas y ventanas abiertas
para que entres en mis entrañas
y descoloques y centres mi corazón
en tus proyectos y ofertas.

Escucho, en silencio y con asombro,
el rumor de tantos ángeles humanos
que sugieren tu presencia y rostro
con sus gestos, hechos y abrazos.

Creo en tu creación manifiesta,
creo en tu promesa y esta tierra,
creo y gozo las primicias del Reino:
me siento tocado por tus obras y signos.

Acojo tu paz buena y gratuita
para no vivir con miedo y angustiado
ahora que te vas a la casa del Padre.
¡Y espero que vengáis a vivir conmigo!

Por eso, me dejo conducir por tus caminos
con tus regalos –gubia y Espíritu-
hacia esos lugares olvidados y rotos
para ser testigo de tus pasiones y mimos.

Así, aunque me encuentre perdido,
siento que mi vida tiene sentido
y me desborda la alegría de ser testigo
pobre y herido, pero bendecido.

Florentino Ulibarri





DIOS NO ES NUESTRO HUÉSPED, SINO LA ESENCIA DE MI SER
Escrito por  Fray Marcos
Jn 14, 23-29

Seguimos en el discurso de despedida. El tema del domingo pasado era el amor manifestado en la entrega a los demás. Terminábamos diciendo que ese amor era la consecuencia de una experiencia interior, relación con lo más profundo de mi mismo que es Dios. Hoy nos habla el evangelio de lo que significa esa vivencia intima. La Realidad que soy, es mi verdadero ser. El verdadero Dios no es un ser separado que está en alguna parte de la estratosfera sino el fundamento de mi ser y de cada uno de los seres del universo.

Recordemos que el discurso de despedida del evangelio de Juan es un montaje teológico que pone en boca de Jesús lo que había sido la experiencia de la comunidad durante setenta años. Eso lo hace mucho más interesante aún, que si hubiera sido pronunciado por Jesús. Nos habla de cómo entendía y practicaba aquella comunidad el seguimiento de Jesús. No se trataba de seguir a un líder que desde fuera les marcaba el camino, sino de descubrir la experiencia más profunda de Jesús, y repetirla en cada uno de los cristianos.

En estos siete versículos podemos descubrir las dificultades que encuentra el ser humano cuando trata de expresar la experiencia interior. Por cada afirmación que se hace en lo versículos que hemos leído hoy, encontramos en el evangelio otra que dice exactamente lo contrario. Es la mejor prueba de que las expresiones sobre Dios no se pueden entender al pie de la letra porque nunca son apropiadas. Necesitan interpretación porque los conceptos no son adecuados para expresar las realidades trascendentes. En este orden puede ser verdad una afirmación y la contraria. El dedo y la flecha pueden apuntar los dos a la luna.

En Jn 15,9 dice: Como el Padre me ha amado así os he amado yo, permaneced en mi amor. Aquí dice: "si alguno me ama le amará mi Padre..." ¿Quién ama primero?

Jesús había dicho que iba a prepararles sitio en el hogar del Padre, para después llevarles con él (14.2). Ahora dice que el Padre y él mismo vendrán al interior de cada uno.

Les había advertido: "como me persiguieron a mí, os perseguirán a vosotros (Jn 16,2). Ahora nos dice: "la paz os dejo, mi paz os doy".

Nos había dicho: yo y el Padre somos uno (10,30). Quien me ve a mí ve a mi Padre (14,9). Ahora nos dice: El Padre es más que yo.

No os dejaré huérfanos, volveré para estar con vosotros (14,18). Y ahora nos dice que el Padre mandará el Espíritu en su lugar.

Digerir estas aparentes contradicciones es una de las claves para entender la experiencia pascual.

Insisto, una cosa es el lenguaje y otra la realidad que queremos manifestar con él. Dios no tiene que venir de ninguna parte para estar en lo hondo de nuestro ser. Está ahí desde antes de existir nosotros. No existe "alguna parte" donde Dios pueda estar, fuera de mí y del resto de la creación. Dios es lo que hace posible mi existencia. Soy yo el que estoy fundamentado en Él desde el primer instante de ser. El descubrirlo en mí, el tomar conciencia de esa presencia, es como si viniera. Esta verdad es la fuente de toda religiosidad.

El hecho de que no llegue a mí desde fuera ni a través de los sentidos, hace imposible toda mediación. Es más, todo intermediario, sean personas, sean instituciones, me alejan de Él más que me acercan. En el AT, la presencia de Dios se localizaba en un lugar, la tienda del encuentro o el templo. La "total presencia" debía ser una de las características de los tiempos mesiánicos. Desde Jesús, el lugar de la presencia de Dios es el hombre. Dentro de ti lo tienes que experimentar; pero también descubrirlo dentro de cada uno de los demás seres humanos. Pero ¡ojo! La presencia surge de dentro, pero no será únicamente interna.

El Espíritu es el garante de esa presencia dinámica: "os irá enseñando todo". Por cinco veces, en este discurso de despedida, hace Jesús referencia al Espíritu. No se trata de la tercera persona de la Trinidad, sino de la divinidad como fuerza (ruah). "Santo" significa separado; pero no separado de Dios, sino separado de las actitudes del mundo. Si esa Fuerza de Dios no nos separa del mundo (opresión), no podremos comprender el amor.

"Os conviene que yo me vaya, porque si no, el Espíritu no vendrá a vosotros." Ni el mismo Jesús con sus palabras y acciones fue capaz de llevar a los apóstoles hasta la experiencia de Dios, que les ayudaría a descubrir al mismo Jesús. Mientras estaba con ellos, estaban apegados a su físico, a sus palabras, a sus manifestaciones humanas. Todo muy bonito, pero que les impedía descubrir la verdadera identidad de Jesús. Al no ver a Dios en Jesús, tampoco descubrieron la realidad de Dios dentro de ellos. Cuando desapareció, se vieron obligados a buscar dentro de ellos, y allí encontraron lo que no podían descubrir fuera.

El Espíritu no añadirá nada nuevo. Solo aclarará lo que Jesús ya enseñó. Las enseñanzas de Jesús y las del Espíritu son las mismas, solo hay una diferencia. Con Jesús, la Verdad viene a ellos de fuera. El Espíritu las suscita dentro de cada uno como vivencia irrefutable. Mientras el Espíritu no nos separe del mundo, no podremos comprender las enseñanzas de Jesús. Esto explica tantas conclusiones equivocadas de los discípulos durante la vida de Jesús. Las palabras (aunque sean las de Jesús) y los razonamientos no pueden llevar a la comprensión. El Espíritu les llevará a experimentar dentro de ellos la misma realidad que Jesús quería explicar. Entonces no necesitarán argumentos, sino que lo verán claramente.

"Paz" era el saludo ordinario entre los semitas. No solo al despedirse, sino al encontrarse. Ya el "shalom" Judío era mucho más rico que nuestro concepto de paz, pero es que el evangelio de Juan hace hincapié en un "plus" de significado sobre el ya rico significado judío. La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno. Es la armonía total, no solo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. Sería el fruto primero de unas relaciones auténticas en todas direcciones. Sería la consecuencia del amor de Dios en nosotros, descubierto y vivido. La paz no se puede buscar directamente. Es fruto del amor. Solo el Amor descubierto dentro y manifestado, lleva a la verdadera paz.

Deben alegrarse de que se vaya, porque ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es ninguna tragedia. Será la manifestación suprema de amor, por lo tanto, será la verdadera victoria sobre el mundo y la muerte. El Padre es mayor que él porque es el origen. Todo lo que posee Jesús procede de Él. Aquí tampoco habla la segunda persona de la Trinidad; estaríamos poniendo en boca de Jesús una herejía. No olvidemos que Jesús, para el evangelista, es un ser humano a pesar de su preexistencia: "Tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos..." También en Jesús, Dios se manifiesta en lo humano, pero Dios no es lo que se ve ni lo que se palpa ni lo que se oye de Jesús. Dios está en Jesús, pero es otra cosa.

"El Padre es más que yo". Dios se manifiesta y se vela en la humanidad de Jesús. La presencia de Dios en él, no es demostrable. Está en el hombre sin añadir ni obrar nada. El verdadero Dios es siempre un Dios escondido. Decía Pascal: "Toda religión que no afirme que Dios está oculto, no es verdadera". Un sufí persa de la Edad Media lo dejó bien claro:

Calle mi labio carnal,
habla en mi interior la calma
voz sonora de mi alma
que es el alma de otra alma
eterna y universal.
¿Dónde tu rostro reposa
alma que a mi alma das vida?
Nacen sin cesar las cosas,
mil y mil veces ansiosas
de ver tu faz escondida.

En la Biblia existe una tensión entre la trascendencia y la inmanencia de Dios. El hombre no puede ver a Dios sin morir. No puede ser representado por ninguna imagen. No puede ser nombrado. Pero a la vez, se presenta como compasivo, como pastor de su pueblo, como esposo, como madre que no puede olvidarse del fruto de su vientre. En el NT, se acentúa el intento de acercar a Dios al hombre. Los conceptos de "Mesías", "Siervo", "Hijo de hombre", "Palabra", "Espíritu", "Sabiduría", incluso "Padre", son todos ejemplos de ese intento. No se trata de una simple cercanía, sino de una identificación absoluta de Dios con cada uno.


 Meditación- contemplación

"Vendremos a él y haremos morada en él".
Jesús descubrió esa presencia absoluta de Dios.
Todo lo que vivió y enseñó, fue consecuencia de esa experiencia.
Sabía que era la clave para que el hombre alcanzase plenitud.
...................

Sin experiencia interior no hay posibilidad de salvación.
Sin identificación con lo divino no puede haber verdadera humanidad.
Sin descubrir el tesoro que hay dentro de ti,
nunca estarás dispuesto a vender todo lo demás para adquirirlo.
.......................

Debo preocuparme mucho menos por los que hago.
Tengo que dedicar mis energías a descubrir lo que soy.
Lo que haga, será inevitablemente, consecuencia de lo que creo ser.
Una vez más estoy ante la alternativa: programación o vivencia.
......................

Fray Marcos





HAZNOS DE LOS TUYOS, SEÑOR
Escrito por  Mari Patxi Ayerra

Presentamos en el altar, junto a nuestras vidas, las necesidades propias y ajenas que queremos presentar a Dios, para que nos vaya ayudando a conseguirlas:

• Por cada cristiano que hay en el mundo, para que viva su fe con alegría y plenitud, a la luz de tu Espíritu, de forma que sea una persona dinamizadora, festiva, coherente y despierte en los demás deseos de conocerte y seguirte.
Haznos de los tuyos, Señor

• Por los niños y jóvenes que no han oído hablar de Ti, para que te descubran, te disfruten y puedan sentir el gozo del consuelo, apoyo e impulso de tu espíritu hacia el amor y la justicia.
Haznos de los tuyos, Señor

• Por los padres y abuelos que quieren transmitir su fe a los suyos y no saben cómo hacerlo de forma adecuada, para que les des sabiduría, espiritualidad y experiencia de Ti que te contagien y transmitan..
Haznos de los tuyos, Señor

• Por los que apenas saben de Ti y creen que la felicidad está en lo que se tenga o se acumule, para que vivan un encuentro con tu Espíritu que les remueve el corazón.
Hazlos de los tuyos, Señor

• Por los gobernantes, los poderosos y la iglesia, para que tu Espíritu haga que trabajen juntos para el bien común de todos los pueblos, especialmente para los más necesitados.
Hazlos de los tuyos, Señor

Tú, Señor, conoces lo que necesitamos y soñamos. Recoge nuestras oraciones y haz de nosotros fieles seguidores de tu Espíritu de Amor, para que donde estemos cada uno seamos un poco mejor. Amén.

Mari Patxi Ayerra





LA IGLESIA ES UNA COMUNIDAD DE PECADORES EN CAMINO DE CONVERSIÓN
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 14, 23-29

El evangelio es un fragmento del "Sermón de la Cena", el largo testamento de Jesús en la noche del Jueves Santo. En la despedida, Juan coloca en labios de Jesús el resumen final de su mensaje: guardar la Palabra, amar como Dios nos ama, recibir el Espíritu de Jesús, permanecer en la paz.

Juan es capaz de hacer formidables síntesis. Su evangelio es una reflexión final de la fe de los Testigos, y todo en su mensaje se relaciona y se hace un solo mensaje: Dios-amor habla en Jesús y mora en los que aceptan a Jesús: el Espíritu está en ellos: cuando Jesús no está, el Espíritu sí que está, y la Iglesia siente la paz, aun en medio de la ausencia de Jesús y de las persecuciones.

Este es un domingo para renovar nuestra fe en la Iglesia, para profundizar, más allá de lo que vemos y criticamos, para ver en el fondo de la Iglesia la Presencia del Espíritu de Jesús. Es un domingo para avivar nuestra fe en Dios, en Jesús, en la Iglesia y en la Humanidad.

Partamos de la imagen de Juan en el Apocalipsis: el final es el triunfo de Dios. El final de la Iglesia y de la humanidad es "la ciudad perfecta", donde no hay llanto ni muerte, ni hace falta templo ni luces de astros, porque Reina Dios en todos.

Esta visión, sin embargo, es un símbolo limitado, muy material. Ha servido para imaginarnos el cielo como una corte real, todos pasmados en la contemplación de la divinidad. Son símbolos muy externos. La realización humana en Dios no es estar en un lugar sino el resultado final de la conversión. Dios no reina desde fuera y desde arriba, sino desde dentro. El triunfo de la humanidad es la desaparición del pecado y de la condición temporal del hombre, la desaparición de la fe. No podemos dejar que estas imágenes sustituyan a su propio mensaje.

Pero las imágenes nos ofrecen la posibilidad de hacer un acto de fe en el triunfo de Dios, en el destino de la humanidad, en que esta Iglesia que ahora vemos tan manchada está llena de ese Espíritu que allí será una evidencia, una vez superados los pecados de la propia Iglesia.

Porque la Iglesia no es una comunidad de santos. Es una comunidad de pecadores en camino de conversión. Y menos mal que es así: si fuera una comunidad de santos, yo no podría formar parte de ella. Es una comunidad de gente como yo, con pecados como los míos. Y los pecados de todos afean el rostro de la Iglesia y obstaculizan nuestra fe y la de los demás.

Esta es la imagen que nos muestra, con tanta claridad, el libro de los Hechos. Una Iglesia con dudas, tensiones y disputas. No tienen demasiado claros ni siquiera algunos aspectos esenciales de la fe cristiana: hay en ella facciones diferentes, los judaizantes, los helenizantes, los discípulos de diversos maestros.

Pero es una comunidad que se caracteriza por algo sumamente básico: atienden al Espíritu, oran para encontrar la Palabra, y el Espíritu se muestra en la comunidad, superando los intereses y las obcecaciones de cada uno. El Libro de los Hechos debería ser conocido a fondo por todos los cristianos. Es una formidable meditación sobre la Iglesia.

Pero lo más hondo de todo este Espíritu se expresa en el Evangelio de Juan. Una vez más, resuena la imagen del Libro del Éxodo: "Haremos morada en él". La Morada era la Tienda de Dios en medio de las tiendas de su pueblo. Jesús es presentado por Juan en el prólogo de su evangelio como "La morada de Dios entre los hombres". Ahora la Palabra se hace más íntima. Nosotros somos la Morada de Dios. Nosotros... si está en nosotros el amor, porque ésa es la señal de los cristianos, en eso se nota si Dios está aquí. Y en nada más.

Jesús está hablando a un grupo que necesita aún convertirse a su mensaje. Han entrado en el cenáculo discutiendo sobre quién es el mayor, y han preguntado a Jesús si es ése el momento en que va a instaurar su reino: no se han enterado de nada. Jesús les ha contestado lavándoles los pies. Y Juan coronará el mensaje en su primera carta dejando claro que el amor no es un sentimiento, sino obras, servir a los hermanos. Así - sólo así - se muestra la presencia de Dios, en nosotros y en la Iglesia. Así - sólo así - se muestra que, ahora que Jesús no está, su Espíritu está en la Iglesia.

Es importante el último mensaje: la paz. No es simplemente la tranquilidad, la satisfacción. Es que no tenemos miedo de que Jesús no esté. La Iglesia no depende de los pecados, ni siquiera de los aciertos de los hombres, ni siquiera de sus propios pastores. La Iglesia es obra del Espíritu, y el Espíritu de Jesús está aquí. Y sigue vivo el amor, el servicio, la búsqueda de la Palabra. La Palabra es cada vez más escuchada, el servicio es cada vez más atendido, la Eucaristía es cada vez mejor celebrada: la Iglesia está viva, animada por el Espíritu de Jesús.

CREO EN LA IGLESIA

Creo en Jesús, el hombre lleno del Espíritu,
Morada de Dios entre los hombres.
Creo en el Espíritu de Jesús,
el Espíritu de Dios que en Jesús se hizo visible,
Espíritu que nos hace clamar: "Abbá, Padre".
Creo en la Iglesia,
comunidad de los que creen en Jesús,
que vive de su mismo Espíritu.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
he conocido a Jesús.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
escucho y recibo la Palabra,
y experimento el perdón.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
celebro el recuerdo de Jesús / pan
y comulgo con él
y con todos los hombres mis hermanos.
Y pido a Dios por nosotros, la Iglesia,
para que sea una, santa, universal, apostólica,
para que se deje llevar por el Espíritu,
para que sirva a todos los hombres
y pueda así ser para todos
la Buena Noticia de Jesús.

José Enrique Galarreta





TESTAMENTO
Escrito por  José Ignacio González Faus

Este 2013 cumpliré los ochenta. La cifra da cierto vértigo. Aunque en Herejías del catolicismo actual digo que me gustaría seguirlo con un comentario al Credo, no sé si esto será posible. Por eso anticipo mi credo personal.

1. Desde hace ya casi medio siglo, el tema de la fe se enmarca para mí en estas dos frases, una de un cristiano y otra de un no creyente. La primera es la profecía de Emmanuel Mounier: en el futuro los hombres no se dividirán según crean o no en Dios, sino según la postura que tomen ante los pobres. La otra es la estrofa impactante de Atahualpa Yupanqui: «hay cosas en este mundo más importantes que Dios: que un hombre no escupa sangre pa que otros vivan mejor», a la que he visto siempre como un buen resumen del modo como Dios se reveló en Jesucristo (hay cosas en este mundo más importantes que yo...).

2. Esta visión de la fe se estructura en dos líneas maestras del Nuevo Testamento.

2.1. La primera, en positivo, es el repetido mandamiento del amor fraterno que no solo atraviesa el texto bíblico sino que está presente en casi todas las religiones, aunque en el Nuevo Testamento adquiere una melodía particular: es un viejo mandamiento que se convierte en «nuevo» porque resume e interpreta todos los demás mandamientos. Y es un mandamiento explícitamente universal: de modo que no se trata sólo de amar a «mis» hermanos sino de que todos los seres humanos son hermanos míos: el adjetivo «fraterno» no limita sino que amplía el mandamiento del amor. El «prójimo» no es el cercano a ti sino aquel a quien tú debes aproximarte, dice Jesús en una parábola.

2.2. Y en negativo, la visión del dinero como el gran enemigo de Dios. Visión que atraviesa los evangelios («no podéis servir a Dios y al dinero»), los textos paulinos («la codicia es idolatría» y «la raíz de todos los males es la pasión por el dinero») y los joánicos («si alguien tiene bienes de la tierra y ve a su hermano pasar necesidad y no le socorre, el amor de Dios no está con él»).

3. Este doble resumen de mi fe (mejor que de resumen, hablaría de «corazón» porque la realidad humana abarca otros muchos aspectos) tiene hoy, a veinte siglos de distancia del mundo de Jesús, un imprescindible componente estructural (no solo personal), que no cabe desconocer. Si desde aquí miro hoy a nuestro mundo, podría escribir otro Manifiesto que comenzara: «Un fantasma recorre el mundo». Pero ahora, dicho en serio (y no irónicamente como en el Manifiesto del siglo XIX), ese fantasma, esa gran amenaza no es el comunismo sino el sistema capitalista. Por más que se lo enmascare con bellas palabras de libertad o progreso, el corazón de ese sistema no es más que la riqueza y el poder: la riqueza que da el poder y el poder que da la riqueza. Es un sistema antifraterno cuyas células madre tienden a configurar un mundo donde unos pocos (cada vez más pocos) dominan a la mayoría. Y la hora que vive hoy nuestro mundo es aquella en que está cuajando y tomando cuerpo esa tendencia.

Esa tendencia estuvo detenida en años anteriores por dos factores históricos: el socialismo de la Unión Soviética que, aun con todos sus desastres, asustó al capitalismo y le forzó a hacer algunas concesiones, y el socialismo de la llamada «socialdemocracia» que trató de buscar una vía media entre los otros dos extremos. La caída del pseudoimperio soviético puso fin a ese equilibrio inestable y desató la dinámica totalitaria del capitalismo, permitiéndole mostrar su verdadero rostro. No importa que la gente sencilla pregunte: ¿para qué quieren tanto dinero?, ¿para qué querrá alguien tener treinta y seis mil millones de litros de agua si no podrá bebérselos en toda su vida?... Por elemental que parezca ese tipo de preguntas, es incomprensible para los narcotizados por el dios Mamón.

Desde aquí me parece que nuestra hora histórica marca una tendencia casi imparable, no a «desarrollar al Tercer Mundo» como se decía antes, sino a «tercermundizar» al mundo desarrollado. Hace pocos años comenzamos a hablar ya de «cuarto mundo» (los enclaves de miseria en medio del primero), pero esa expresión se nos va quedando corta y se quedará mucho más corta cuando pase la crisis económica y, como un huracán del Caribe, deje destruida más de la mitad del estado social que creíamos haber montado. El mundo quedará reducido a un uno o dos por cien de la humanidad, inmensamente rico (aunque lleno de luchas internas por derribar al otro), y una gran mayoría humana sometida a una dictadura camuflada de grandes palabras (civilización, progreso, desarrollo, libertad...) que se utilizarán como justificación de la crueldad de esa tiranía. No será improbable que algún día esa mayoría estalle en explosión incontrolable, pero tampoco será fácil porque siempre está ese colchón amortiguador de quienes no pertenecen ni a la minoría de los canallas ni a la mayoría de los infrahumanos, de esos que fueron llamados «el segundo tercio» y que son los que más temen perder su posición cayendo en el abismo de los miserables. Ellos, sin querer, pueden actuar como pararrayos de una revolución desesperada y loca. Y además, los tiranos han dispuesto siempre del antiguo recurso defensivo (panem et circenses: pan y circo) que hoy podríamos traducir como «Ipad y circo».

4. Pero no se trata de hacer profecías. La última conclusión de estas reflexiones es que, si el dinero es el mayor ídolo enemigo del hombre, lo es porque es el mayor enemigo del Dios que reveló Jesús. Igual que capitalismo y democracia son a la larga incompatibles, también lo son capitalismo y fe cristiana. Las iglesias que se preguntan hoy por la descristianización de Occidente no acaban de percibir esto porque ellas mismas han sido cómplices de ese proceso en sus organismos directivos. Los ateos que perdieron la fe tampoco perciben que sea debido a ese proceso del que ellos son solo pequeñas gotas de agua de un tsunami epocal. De este modo, lo que vaya quedando de cristianismo en Occidente será solo un cristianismo no cristiano: fundamentalista en lo dogmático y servidor del dinero en lo moral. Un cristianismo anunciado ya en tantas sectas norteamericanas que son como primeras nubes de la tormenta que acabará viniendo.

5. Al terminar no me queda más que evocar la frase de Ignacio Ellacuria en la manera como yo suelo reformularla: «una civilización de la sobriedad compartida» (Ellacu decía una civilización de la pobreza) es la única oferta de vida que le queda a nuestro mundo. Para creyentes y para no creyentes. Si no nos la tomamos muy en serio, quizá será el momento de leer esos capítulos que cierran los evangelios cambiando todo el discurso anterior de Jesús ( Marcos 13 o Mateo 24), y empezar a comprender que ni este mundo tiene futuro, ni Dios puede tener sitio en un mundo como este.

José Ignacio González Faus