miércoles, 17 de abril de 2013

ESCUCHAR Y SEGUIR A JESÚS - José Antonio Pagola


ESCUCHAR Y SEGUIR A JESÚS - José Antonio Pagola

Era invierno. Jesús andaba paseando por el pórtico de Salomón, una de las galerías al aire libre, que rodeaban la gran explanada del Templo. Este pórtico, en concreto, era un lugar muy frecuentado por la gente pues, al parecer, estaba protegido contra el viento por una muralla.

Pronto, un grupo de judíos hacen corro alrededor de Jesús. El diálogo es tenso. Los judíos lo acosan con sus preguntas. Jesús les critica porque no aceptan su mensaje ni su actuación. En concreto, les dice: "Vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas". ¿Qué significa esta metáfora?

Jesús es muy claro: "Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco; ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna". Jesús no fuerza a nadie. Él solamente llama. La decisión de seguirle depende de cada uno de nosotros. Solo si le escuchamos y le seguimos, establecemos con Jesús esa relación que lleva a la vida eterna.

Nada hay tan decisivo para ser cristiano como tomar la decisión de vivir como seguidores de Jesús. El gran riesgo de los cristianos ha sido siempre pretender serlo, sin seguir a Jesús. De hecho, muchos de los que se han ido alejando de nuestras comunidades son personas a las que nadie ha ayudado a tomar la decisión de vivir siguiendo sus pasos.

Sin embargo, ésa es la primera decisión de un cristiano. La decisión que lo cambia todo, porque es comenzar a vivir de manera nueva la adhesión a Cristo y la pertenencia a la Iglesia: encontrar, por fin, el camino, la verdad, el sentido y la razón de la religión cristiana.

Y lo primero para tomar esa decisión es escuchar su llamada. Nadie se pone en camino tras los pasos de Jesús siguiendo su propia intuición o sus deseos de vivir un ideal. Comenzamos a seguirle cuando nos sentimos atraídos y llamados por Cristo. Por eso, la fe no consiste primordialmente en creer algo sobre Jesús sino en creerle a él.

Cuando falta el seguimiento a Jesús, cuidado y reafirmado una y otra vez en el propio corazón y en la comunidad creyente, nuestra fe corre el riesgo de quedar reducida a una aceptación de creencias, una práctica de obligaciones religiosas y una obediencia a la disciplina de la Iglesia.

Es fácil entonces instalarnos en la práctica religiosa, sin dejarnos cuestionar por las llamadas que Jesús nos hace desde el evangelio que escuchamos cada domingo. Jesús está dentro de esa religión, pero no nos arrastra tras sus pasos. Sin darnos cuenta, nos acostumbramos a vivir de manera rutinaria y repetitiva. Nos falta la creatividad, la renovación y la alegría de quienes viven esforzándose por seguir a Jesús.

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Llama a seguir a Jesús. Pásalo.
21 de abril de 2013
4 Pascua (C)
Juan 10, 27-30

fuente:
http://sanvicentemartirdeabando.org/
http://eclesalia.wordpress.com/
http://feadulta.com/



TÚ ERES EL BUEN PASTOR
Escrito por  Florentino Ulibarri


Nos llamas por nuestro nombre
y nos reconoces por mil gestos y detalles
que llevas grabados en tus pupilas.
Dispuesto a dar la cara y la vida
por nosotros, a pesar de nuestras tonterías,
tus palabras son nuestra seguridad.
Tú eres el buen pastor.


Pastor enérgico que nos sacas del aprisco
y nos pones en camino contigo
en búsqueda de otros pastos y fuentes.
Nos haces repudiar las doctrinas enlatadas,
los ritos repetidos y sin sentido;
y nos dices: Id donde el corazón os lleve.
Tú eres el buen pastor.

Andábamos despistados por ahí,
cada uno en su casa, para sí y a lo suyo,
cuando Tú nos llamaste a tu comunidad.
En tu compañía, al caminar juntos,
hemos abierto los ojos y el corazón
a nuevos y refrescantes horizontes.
Tú eres el buen pastor.

Contigo pasamos de la sumisión
a la fe gozosa y personal,
del gregarismo a la comunión,
del miedo a la libertad,
del individualismo a la solidaridad,
del temor a la filiación.
Tú eres el buen pastor.

Contigo hemos roto el silencio
y nos atrevemos a levantar la voz,
a la denuncia y a la contestación;
y también al canto y a la alabanza
porque bulle la vida en nuestras entrañas
y late de esperanza nuestro corazón.
Tú eres el buen pastor.

Florentino Ulibarri



COMO JESÚS, PODEMOS HACER NUESTRA LA MISMA VIDA DE DIOS
Escrito por  Fray Marcos

Jn 10, 27-30

En la lectura del evangelio, hemos terminado con las apariciones, pero seguimos con un texto profundamente pascual. Juan nos habla de Vida definitiva, que es la clave del tiempo pascual. Es una pena que al hablar de vida eterna sigamos pensando en una vida biológica en el más allá. La verdad es que los evangelios nos hablan de una Vida que hay que vivir aquí y ahora, y que está por encima de la biológica. Parece mentira el poco caso que hacemos al evangelio cuando no está de acuerdo con nuestras expectativas. En el evangelio de Juan está muy claro: "Hay que nacer de nuevo. Hay que nacer del Espíritu".

Para poder entender los cuatro versículos que hemos leído hoy, hay que tener en cuenta todo el discurso que sigue a la curación del ciego de nacimiento: Jesús como puerta, Jesús como modelo de pastor. El pastor modelo da la vida a las ovejas. Ésta es una de las claves del relato. Bien entendido que "dar la vida" no significa aquí dejarse matar, sino "matarse" en beneficio de los demás mientras se vive.

En efecto: en griego hay tres palabras para designar "vida": "Bios" y "Zoê", que significan vida biológica, y "psykhê" que significa la personalidad sicológica. Aquí el griego, dice psykhê. Quiere decir que no se refiere a dar la vida biológica muriendo, sino a entregarse como persona durante la vida.

La imagen del pastor en muy frecuente en el AT, sobre todo para designar la solicitud de Dios para con su pueblo. También se emplea para hablar de los dirigentes que actúan en su nombre. Jesús dijo a los dirigentes judíos lo mismo que leemos en Ezequiel:

"¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! Os coméis su enjundia, os vestís con su lana, matáis las más gordas, y las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis las débiles, ni curáis las enfermas ni vendáis las heridas; no recogéis las descarriadas ni buscáis a las perdidas y maltratáis brutalmente a las fuertes. Los quitaré de pastores de mis ovejas, para que dejen de pastorearse a sí mismos."

Siempre ha pasado lo mismo.

Debemos tener en cuenta que en el evangelio de Juan no habla Jesús sino los cristianos de finales del siglo I, que expresan lo que aquella comunidad pensaba sobre Jesús. No concibo a Jesús creyéndose pastor de nadie. Como ser humano, Jesús llega a su plenitud por las relaciones con los demás. Pero unas verdaderas relaciones humanas solo son posibles entre iguales. Porque nunca se creyó más que nadie, sino al servicio de todos, se presenta ante nuestros ojos como modelo de relaciones humanas. Relación entrañable con los demás hombres, de tal manera que se preocupa por todos como un pastor auténtico se preocupa por cada una de las ovejas.

Después de decir que ellos no son ovejas suyas, describe con todo detalle qué significa ser de los suyos, les está acusando de no querer seguirle, comprometiéndose con él al servicio del hombre. No se trata solo de oír a Jesús, se trata de escuchar. La mayoría de las veces oímos y aceptamos solamente lo que está de acuerdo con nuestros intereses. No estamos abiertos a la novedad, sobre todo si lo nuevo nos hace salir de nuestras seguridades. Escuchar significa acercarse sin prejuicios y aceptar lo que nos dice, aunque eso suponga cambiar nuestras convicciones. Seguirle es estar dispuesto a darse a los demás como Jesús y como Dios se dan. Es aceptar que cada uno de los demás es lo que más me importa.

"Y ellas me siguen". No basta escuchar, hay que ponerse en movimiento y entrar en la nueva dinámica. La buena noticia de Jesús consiste en manifestar que hay una nueva manera de afrontar la existencia humana, una manera de vivir que esté más de acuerdo con las exigencias profundas del ser humano. Esa será la manera de cumplir lo que Dios espera de nosotros. La voluntad de Dios está ya en mí. Jesús no nos pide ser borregos sino ser personas adultas y responsables de sí mismos y de los demás.

Y yo les doy Vida definitiva. La Vida trascendente y que está por encima de las limitaciones de lo terreno. La Vida que el mismo Jesús, demuestra haber recibido y desplegado en él. La consecuencia primera de seguirle es alcanzar esa Vida definitiva, Vida en el Espíritu. Esto es lo verdaderamente importante para nosotros. Lo que pasó en Jesús tiene que pasar también en mí. Éste es el meollo del misterio pascual.

Como modelo de pastor, defiende a los suyos con todo su ser, no pasarán a manos de ladrones y bandidos. Ponerse en las manos de Jesús equivale a estar en las manos del Padre. "No hay quien se libre de mi mano; lo que yo hago, ¿quién puede deshacerlo? (Is 43,13)

La frase más sublime, y que mejor refleja la conciencia que la comunidad de Juan tenía de Jesús, es ésta: "Yo y el Padre somos uno". Hoy sabemos que los discursos de Juan no son originales de Jesús, por lo tanto no tiene sentido pensar que esa frase exprese su conciencia de ser la segunda persona de la Trinidad. Para nosotros, tiene mucha más importancia si caemos en la cuenta de que fue la experiencia de la comunidad de Juan, la que llegó a la increíble conclusión de que el hombre Jesús era reflejo fiel de lo que era Dios.

Una de las pocas palabras que podemos asegurar que pronunció el mismo Jesús, es la de "abba". Así y todo, el concepto de padre que nosotros usamos en el aspecto humano, no es suficiente para expresar lo que Dios es para Jesús y para cada uno de nosotros. Los padres biológicos nos han trasmitido la vida, pero esa vida que recibimos de ellos, en un momento determinado se hace independiente y sigue sus propios derroteros. En el caso de la Vida, que Dios nos comunica, se trata de su única Vida, que se convierte en nuestra propia Vida sin dejar de ser la de Dios. Por lo tanto no hay posibilidad de independencia.

El ser humano Jesús había llegado a una experiencia de unidad total con Dios. Ya no había ninguna diferencia entre lo que era él y lo que era Dios en él, porque de él, de su falso yo, no quedaba absolutamente nada. Fijaros que para dar sentido a una adhesión a su persona, se muestra él mismo totalmente volcado sobre el Padre. Relacionarnos con Jesús es relacionarnos con Dios. Esta es la razón por la que, el Jesús que predicó el Reino de Dios, se convirtió, enseguida, en el objeto de la predicación de los primeros cristianos.

Jesús, como nuevo santuario, hace presente al Padre. No olvidemos que el dialogo se dirige a los "judíos" en el Templo, y en la fiesta de la Dedicación. El Padre se manifiesta en Jesús que realiza su obra creadora llevando al hombre a plenitud. No hay nada en Jesús que se encuentre fuera de Dios. Todo en él es expresión del Padre. Esa identificación excluye toda instancia superior a él mismo. Los judíos no pueden encontrar nada en qué apoyarse para juzgarle. Ante él, solo cabe aceptación o rechazo, que es aceptar o rechazar a Dios.

Jesús, al entregar su vida, viviendo para los demás, está identificándose con lo que es Dios. Se manifiesta como Hijo que hace todo lo que hace el Padre. Así manifiesta su condición de Hijo: hace todo lo que ve hacer al Padre. Al dar la vida muriendo, manifiesta, en plenitud, la verdadera Vida, que es la misma de Dios. Esa misma Vida es la que comunicará a los demás. Dios se la está comunicando a él y él la comunica a los que le siguen. Jesús es así manifestación de Dios y modelo de Hombre. Donde hay amor hasta el límite, hay Vida sin límite. Para quien ama como Jesús amó, no hay muerte. Por eso la entrega de la vida es algo espontáneo. Es la disponibilidad total que le constituye como Hijo.

Si Jesús promete la Vida al que escuche su voz, quiere decir que les está ofreciendo la misma Vida que él ha recibido del Padre. La vida que se trasmite del padre al hijo, es la misma vida del padre. Por eso se puede hablar de una identificación total con el Padre. Recordemos las palabras de Juan en el discurso del pan de vida: "El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me come vivirá por mí".

Son realidades que nos desbordan si tratamos de comprenderlas con la inteligencia, solo cuando nos decidimos a vivirlas, se harán patentes y claras; lo mismo que vivimos la vida biológica sin saber explicar lo que es. Ésta ha sido la experiencia de todos los místicos.

Meditación-contemplación

Jesús da VIDA DEFINITIVA porque es UNO con el Padre.

Son dos aspectos eminentemente pascuales.

No se trata de una Vida para el más allá.

Se trata de participar aquí y ahora de la misma Vida de Dios.

....................



Desde la vida biológica, en la que me encuentro,

debo acceder a la Vida Divina, que también está en mí.

A esta VIDA no le afecta la muerte,

por eso, cuando la vida biológica termina, AQUELLA continúa.

.....................


Tener fe, consiste en confiar en esta promesa de Jesús.

Es pasar ya, desde ahora, a esa Vida Nueva.

Nacer de nuevo a una Vida que ya no terminará.

Ahí encontraré la verdadera salvación.

........................

Fray Marcos




 LA PERSECUCIÓN, UNA CONSTANTE DE LA PRIMERA IGLESIA
Escrito por  José Enrique Galarreta

Jn 10, 27-30

En estos domingos el evangelio está tomado de Juan. Terminados los textos correspondientes a la resurrección, en los domingos 4, 5 y 6 se hace una selección de textos que expresan el contenido de nuestra fe en Jesús. El pasaje de hoy muestra la imagen de Jesús-Pastor, que cuida de sus ovejas. Es la misión que ha recibido del Padre.

El texto culmina en una nueva profesión de fe en Jesús, tan característica de la cristología de Juan ("Yo y el Padre somos Uno").

Esta unidad de Jesús con el Padre puede llevarnos a disquisiciones de tipo metafísico, pero no está pensada desde esa óptica. Los versos siguientes lo aclaran bien. Los judíos quieren apedrearle acusándole de que "siendo hombre te haces Dios". Pero Jesús rechaza la acusación. Cita la Escritura (salmo 82,6) para mostrar que a los enviados por Dios se les llama dioses y argumenta que esto es más válido aún con él, que es "el que el Padre consagró y envió al mundo".

Juan usa varias veces la fórmula: "Yo estoy en mi Padre y el Padre está en mí". Para nosotros, la expresión más comprensible de esta teología sería otra frase del mismo cuarto evangelio en que Jesús, respondiendo a Felipe en la última cena, le dice:

"Tanto tiempo llevo con vosotros y ¿aún no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre."

Y, aparte de las consideraciones que se puedan hacer sobre cómo entendemos la naturaleza divina de Jesús, nos muestra un mensaje fundamental de nuestra fe: conocemos a Dios en Jesús. Y en esto consiste la esencia de nuestra fe: no solamente en que admiramos a Jesús y lo aceptamos y seguimos como maestro, sino que creemos que él es el Mediador, aquel hombre en quien podemos ver y oír a Dios.

Los textos de los Hechos y del Apocalipsis (y marginalmente también el evangelio) nos presentan una constante de la primera iglesia: la persecución. Fueron primero las autoridades judías de Jerusalén (lectura de Hechos del domingo pasado). En Jerusalén morirán por su fe en Jesús Esteban y Santiago. Ahora son las de las sinagogas de Antioquía y se repetirán varias otras veces. La predicación de Pablo estará llena de ellas. Y cuando la fe en Jesús se extienda por todo el Imperio Romano, se desatarán contra los cristianos otras persecuciones aún más terribles. Pedro y Pablo morirán en Roma en la persecución de Nerón. El Apocalipsis entero está escrito para confortar a los cristianos y mantener su fe en tiempos de persecución.

Y no es de extrañar, puesto que Jesús fue el primero. Jesús fue rechazado, y es éste un mensaje importante del cuarto evangelio: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron". La gente prefería un Mesías político, los fariseos y escribas lo tuvieron por hereje y pecador, los sacerdotes vieron en él un peligro para su religión y su poder, y el poder político prefirió matar a un inocente antes que enemistarse con las autoridades judías.

Más tarde, los intelectuales, los políticos, los adoradores de otros dioses, seguirán la persecución.

Esta constante en la vida de Jesús y en la vida de la iglesia nos lleva a dos consideraciones. En primer lugar, por qué. En segundo lugar, cómo nos afecta a nosotros.

Jesús es perseguido y la iglesia es perseguida porque van contra los criterios del mundo, lo que Juan llama "el mundo", "las tinieblas", lo que Pablo llama "la carne", "el cuerpo". Ser hijo de Dios, construir el reino, son desafíos a los que centran sus intereses en el poder, la posesión y disfrute de bienes... Andar por el mundo austeramente, sin mentir, sin perjudicar, respetando a los débiles, cuidando la naturaleza, dando la cara por la justicia... molesta. Cuando lo hizo Jesús molestó tanto que lo quitaron de en medio. Ésta es una de las dimensiones existenciales del Reino: la oposición de "el pecado", por llamarlo con un nombre genéricamente aceptado. En frase de Pablo:

"Todos los que quieran vivir religiosamente, como cristianos, sufrirán persecuciones" (2 Timoteo,3,12)

La segunda cuestión es nuestra situación ante la persecución. Es impensable que vivir los criterios del evangelio en un mundo que se rige por los opuestos no cueste ningún precio. En una sociedad tan "civilizada" como la nuestra el precio no será la condena a muerte, desde luego. Pero quizá sea no medrar en la empresa, no ser bien visto por el entorno social, no ser comprendido por tu familia, por tus padres o por tus hermanos o por tus hijos... Si hacemos una apuesta valerosa por una vida austera, por un compromiso por los más pobres, por una fidelidad absoluta a que sólo se sirve a Dios si se sirve al prójimo... no podemos esperar que nos traten como a personas "normales", porque molestaremos.

Pero nos encontramos con el sorprendente fenómeno de que esto no sucede. Y la consecuencia es estremecedora: no sucede porque nuestro compromiso con el evangelio es deficiente. Una de nuestras deficiencias más llamativas es la separación que hacemos entre la fe y el compromiso. Nos han atiborrado de dogma y de cumplimientos cultuales, pero seguir a Jesús es vivir como Él.

La historia de la Iglesia sabe mucho de personas, obispos, papas, órdenes religiosas... impecablemente ortodoxas y ajenas a toda austeridad de vida, a todo compromiso con la justicia, a todo sentimiento de servicio. Ésa ha sido, no pocas veces, una Iglesia ortodoxísima, pero escasamente seguidora de Jesús; y desde luego, no perseguida. Y no hablo de la Iglesia como institución oficial, ni de las Jerarquías de la Iglesia, sino de todos nosotros la iglesia, tengamos en ella el puesto que tengamos.

Cada uno sabrá, analizando a fondo su espíritu, qué persecuciones le costaría seguir a Jesús. Habrá, desde luego, una persecución desde dentro, la rebelión de "la carne" contra "el espíritu". En un mundo como el que vivimos, tan solicitados por innumerables "valores" que no son los de Jesús, cobran mayor fuerza que nunca conceptos como "vencerse a sí mismo", "elegir la senda empinada". Y creo que nos es especialmente aplicable eso de "no podéis servir a dos señores". Cada uno deberá hacerse la pregunta: "¿qué me cuesta mi fe?". Si no me cuesta nada es que no vale nada.

Me temo también que los dos señores a los que servimos son por un lado la fe teórica, la que profesamos en el Credo de la Misa, tan teológico y tan ignorante de toda práctica, y, por otro, nuestra condescendencia con los valores normales de nuestra sociedad. Servimos al primer señor porque tranquiliza nuestra conciencia religiosa. Y servimos al segundo porque nos apetece. El maridaje de estos dos señores se completa con el descubrimiento tranquilizador de Dios Padre.

Nuestra mediocridad no importa, puesto que Dios me seguirá perdonando. Y una vez más hemos dejado a Dios Padre en pura teoría, porque Dios Padre significa que somos hijos, responsables de su obra, de su reino, y si no lo somos todo pierde su significado.

El mundo entero vive una coyuntura histórica en la que la fuerza del pecado multiplicada por la ciencia y la tecnología está poniendo ya en peligro la subsistencia de la humanidad y hasta del planeta. Cada vez más pobres y cada vez más explotados. Cada vez más corrupción en los ámbitos del poder. Cada vez más peligro de que el planeta sea inhabitable... Los que quieran seguir a Jesús tendrán que tomarse en serio la salvación de la humanidad.

También ellos disponen de la ciencia y de la tecnología y de todo lo que el ser humano posee para multiplicar la eficacia del Espíritu. Si creemos que Jesús es el Salvador, o nos convertimos en salvadores, en creadores y defensores de humanidad, o no somos de Jesús. Aunque cueste persecución. Más bien, mejor si la cuesta.

Estas consideraciones, sin embargo, no deben hacernos olvidar el marco completo del mensaje de Jesús. Nuestra incorporación al Reino, nuestro seguimiento de Jesús, no se agota ni siquiera se define preferentemente por la cruz, la persecución. La cruz, la persecución son el precio, pero sólo el precio de "El Tesoro". Lo de Jesús sigue siendo "la Gran Noticia", y el estado de ánimo del que sigue a Jesús es siempre la alegría, la paz, la gratitud. Vendemos un campo, pero porque hemos encontrado un tesoro.

Haciendo una aplicación, con todo respeto y temor, a la vida misma de Jesús, podemos pensar que de ninguna manera se puede pensar en mejor vida, más satisfactoria, más plena, más humana y divina. Su destino es el mejor, y su satisfacción interior tuvo que ser radiante. A pesar de los trabajos, a pesar de las persecuciones, a pesar de la cruz. Porque estaba en el Reino, estaba en las cosas de su Padre. Pero es siempre una satisfacción, una alegría y una paz que nacen de dentro, no se reciben de fuera. Es esto también un modelo perfecto para nosotros. Por encima de todas las satisfacciones que vienen de fuera, lo nuestro es sentirnos bien desde dentro. Mejor que buscar tesoros pequeños y perecederos, buscamos servir a los hijos de nuestro Padre. Y nos encontramos con que, a cualquier precio, en medio de cualquier persecución, no se cambia ni se enturbia la fuente profunda de nuestro bien-estar, que nace de la seguridad de poseer el tesoro, de estar donde debemos estar, en las cosas de nuestro Padre.


José Enrique Galarreta



Francisco, Papa Todopoderoso
Jorge Costadoat, SJ. (Chile)

El Papa Francisco ha acumulado poder como para realizar importantes cambios en la Iglesia. En estos momentos es casi todopoderoso. Tener poder, sin embargo, es inquietante. El poder se puede usar para imponerse a los demás o para exponerse a los demás, para oírlos, para interpretarlos, para representarlos y dejarse vencer por sus legítimos anhelos.

Francisco ha sido elegido con una inmensa cantidad de votos. Los cardenales lo respaldan. Le han confiado la reforma la Curia romana. Habrán visto en él un hombre libre y capaz para emprender esta compleja tarea.

Además,  Francisco ha ganado la simpatía de la mayoría de los católicos. Sus gestos de humildad y cercanía a la gente le han valido un apoyo multitudinario. Su predilección por los pobres, sus ansias de una iglesia pobre y sus comportamientos de persona común y corriente, expresan infinitamente mejor el sentido del Evangelio que los salones, los oros y los inciensos. Hay esperanzas de cambio, quién lo duda. No esperanza de seguridades. De cambios y no de vueltas al pasado. El Papa ha ganado poder popular para hacer las transformaciones que la mayoría de los católicos quiere.

Francisco, por último, desencadena las expectativas de respeto y de autonomía de las iglesias locales y regionales, humilladas por el trato que les ha dado la Curia romana. Humilladas, pero sobre todo impedidas de inculturar la Iglesia Católica en sus propias culturas. Muchos obispos y presidentes de conferencias episcopales deben ver con muy buenos ojos que el Papa establezca con ellos relaciones como las que el Vaticano II propuso y no logró. El Concilio apostó por un funcionamiento colegial del episcopado mundial. El Vaticano II apostó por la horizontalidad y la comunión entre los obispos, por el diálogo y la colaboración. Lamentablemente los últimos papas no pudieron revertir el poder del monocentrismo y el verticalismo pre-conciliar. Benedicto no tuvo fuerzas para doblarle la mano a la Curia. Sucumbió a sus malas artes. Pero Benedicto sí tuvo sensatez e inteligencia para despejarle el camino al sucesor que tendrá que reformarla.

Los obispos latinoamericanos, y los demás católicos latinoamericanos representados por ellos, hemos sido víctimas de la prepotencia de la Curia. El último gran bochorno fue la adulteración que se hizo de los documentos de la Conferencia episcopal reunida en Aparecida (2007). Unos fueron los textos que los obispos redactaron, aprobaron y enviaron a Roma; otros los que volvieron de Roma, con alteraciones leves y graves. Pero, ¿cuánto más han debido soportar nuestros pastores? No lo sabemos. ¿Cuántas acusaciones anónimas? ¿Robos de papeles, espionajes, delaciones y zancadillas…? Todas las malas prácticas de que fue víctima Benedicto XVI, perfectamente han podido ser sufridas por los episcopados y conferencias de las distintas partes del mundo.

El Papa Francisco tiene en este momento un enorme poder. Lo tiene para cambiar la Curia, pero talvez también para hacer cambios muchísimo mayores. Levantemos la mirada. Francisco simboliza los cambios que reclama la Iglesia desde el Tercer Mundo. La Iglesia tercermundista tiene ansias de ser una iglesia digna y pobre. No basta con ser católicos en países periféricos e insignificantes. También en estos países hay sectores de fieles que más querrían ser occidentales y pertenecer a una iglesia de tradiciones culturales europeas. Pero los católicos animados por los impulsos renovadores del Concilio Vaticano II, especialmente los latinoamericanos convencidos de la necesidad de inculturar el Evangelio en las culturas locales del continente y hacerlo de acuerdo a la “opción de Dios por los pobres”, tienen hoy puesta su mirada en un Papa que los puede sacar de la humillación de ser tratados como cristianos de segunda categoría.

¿Cómo podría ocurrir algo así? ¿Cómo podría este Papa empezar a hacer cambios mucho más importantes que reestructurar la Curia? Lo principal será volver al Evangelio. Lo cual requerirá, en este caso, de mucha inteligencia, creatividad, paciencia y espíritu de lucha. Habrá enemigos. Los hay.

Hemos dicho que Francisco tiene en estos momentos tres grandes poderes. Es casi todopoderoso; los numerosos votos, la popularidad y el favor muy probable de los obispos locales. Lo decisivo será -no hay que engañarse- ejercer estos poderes en la clave del “poder” de la cruz. Francisco conoce el poder de la pobreza. La pobreza, la cruz y el despojo de la voluntad de poder, paradojalmente,  no solo son los medios a través de los cuales aquellos tres poderes podrían ser puestos al servicio de un anuncio del Evangelio auténticamente cristiano. Pues no basta juntar fuerzas y aplicarla contra viento y marea para cambiar la Iglesia.  La Iglesia de Cristo realmente cambiará cuando ella anticipe el Reino de Dios en comunidades en las cuales los más pobres, con su cultura y su dignidad, sean efectivamente protagonistas y dueños de la Iglesia como de su casa.

Pues bien, para que algo así ocurra se ofrece, precisamente en estos momentos, una vía de gobierno que Francisco podría tomar. Si el Papa más que gobernante de la Iglesia mundial opta por ser “obispo de Roma”; si en vez de arreglar la Curia para controlar mejor a las iglesias regionales y locales; si continúa por la senda de la humildad y evita la tentación de la papolatría, las demás iglesias podrán respirar y sacar personalidad propia. Hasta ahora las demás iglesias han sido presas del miedo. Sus representantes suelen ser vigilados y acusados. El miedo impide a muchos obispos y sacerdotes correr riesgos, inventar alternativas pastorales, prescindir de benefactores que les quitan libertad… Si Roma cambia el modo de relación con las demás iglesias, si confía en ellas, si les da libertad para inculturar su fe en categorías y símbolos propios, llegaremos a tener una Iglesia verdaderamente católica, es decir, universal y plural.

¿Qué Curia se necesita para que algo así suceda? Una Curia que renuncie definitivamente a la Cristiandad (recurso a los Estados, ánimo hegemónico y doctrinas uniformantes) y al estilo cortesano (liturgias pomposas, tradicionalismos hueros, protocolos complicados, palabras acaracoladas); una Curia que fomente el surgimiento y fortalecimiento de diversas maneras de ser católicos. Esto ocurrirá, podría ocurrir, si el Papa Francisco devuelve dignidad y libertad a la Iglesia dispersa en el planeta. Si las iglesia locales y regionales de América Latina, Asia, Europa, Africa y Oceanía se convierten en protagonistas en pleno derecho de ejercer su bautismo, de pensar con autonomía, de elegir sus autoridades,  se realizarán cambios realmente importantes. Cambios mayores.

Jorge Costadoat, SJ



LA “TEOLOGÍA POPULAR”, OTRA FORMA DE HACER TEOLOGÍA
Escrito por  José María Castillo

Hay dos formas de hacer teología: La teología “especulativa” y la teología “narrativa”. Estas dos formas de hacer teología están ya presentes en el Nuevo Testamento. El ejemplo más claro de una teología marcadamente especulativa es la teología de San Pablo. Como el ejemplo más destacado de una teología narrativa se encuentra en los evangelios. No se trata de que cada una de estas dos formas de hacer teología sea excluyente de la otra. El problema no está en eso.

Como es lógico, la diferencia más evidente está en que, mientras que la teología especulativa se elabora a base de ideas, doctrinas, verdades, dogmas…, la teología narrativa consiste en relatos que presentan hechos, al menos presuntamente históricos, por más que necesiten la debida hermenéutica, según el “género literario” en el que está redactado cada relato. No se puede leer lo mismo en la narración de un milagro que la de una parábola, por poner un ejemplo sencillo.

Pero entre la teología especulativa y la teología narrativa que tenemos en la Iglesia, existen diferencias que son mucho más de fondo. Ante todo, la teología narrativa, al estar constituida por una serie de relatos, tiene obviamente una “estructura histórica”. Mientras que la teología especulativa, al estar elaborada sobre enseñanzas, doctrinas y especulaciones, tiene una “estructura filosófica”.

Como advirtió acertadamente Bernhard Welte, en el caso de la teología narrativa (histórica), nos preguntamos “lo que sucede” (o ha sucedido, was geschah), en tanto que, en el caso de la teología especulativa (filosófica), en lo que nos fijamos es en “lo que es” (was ist). Los verbos “ser” y “suceder” (acontecer) determinan y configuran ambas teologías. Hay personas que preguntan: ¿Jesús es Dios? (teología especulativa). Como hay quienes (menos) que se preguntan: ¿qué sucede donde Dios se hace presente? (teología narrativa). Y es que, como entiende cualquiera, la teología especulativa centra su atención en el “ser”, mientras que la teología narrativa se interesa sobre todo por el “acontecer”.

A la teología especulativa le preocupa, más que nada, el “dogma”. A la teología narrativa le interesa sobre todo la “ética” (la conducta, la moral, la forma de vivir).

Ahora bien, con esto llegamos al fondo del problema. La teología narrativa (la de los evangelios), al estar situada en el ámbito de la historia, no tiene más remedio que empezar interesándose por “lo humano”, lo que sucede en la historia, en el espacio y el tiempo. Es, por tanto, una teología que se hace “desde abajo”.

Por el contrario, la teología especulativa (la de Pablo), al empezar situándose fuera de la historia, por eso mismo toma como punto de partida “lo divino”, lo que no podemos pensar sino como “lo trascendente”, más allá del espacio y el tiempo, “desde arriba”. Y esto es justamente lo que hizo Pablo, ya que él no conoció al Jesús terreno, sino que empezó su itinerario de creyente y su apostolado desde el Resucitado, el Señor de la Gloria (Rm 1, 4).

De ahí que Pablo explica los hechos históricos más fuertes (por ejemplo, la muerte de Jesús), no desde lo que aconteció en Galilea o en Jerusalén, sino desde el estremecedor decreto divino según el cual Dios hizo a Jesús “pecado” (2 Cor 5, 21) y “maldición” (Gal 3, 13) por nuestros pecados y por nuestra salvación. Ya que, según la carta a los hebreos, “sin derramamiento de sangre, no hay perdón” (Hb 9, 22).

El fondo del problema, por tanto, con el que tropezamos en la teología especulativa, está en que, de pronto y para empezar, nos vemos metidos de lleno en un ámbito de realidad que nos trasciende y que, por eso mismo, es para nosotros un conjunto de realidades, de ideas, de problemas y posibles soluciones que no entendemos, ni podemos alcanzar a explicar. Sencillamente porque nos trascienden.

De ahí que la teología, la religión y la catequesis constituyen un conjunto de saberes que, a la mayoría de la gente, ni le dicen casi nada, ni le interesan, ni le resuelven los problemas que de verdad preocupan a tantos y tantos ciudadanos, sobre todo entre las generaciones jóvenes. Quizá son muchos los que oyen hablar de Dios, de la Religión y de la Iglesia como “elementos extraños a la vida”, que alguien (o algo) pretende introducir en sus vidas aportando nuevas complicaciones, más bien que soluciones, a una vida que ya se ha puesto demasiado complicada.

La “Teología Popular”

La propuesta que hace la “Teología Popular” no se limita al intento, casi desesperado, de explicar la teología de siempre, la teología dominante en la Iglesia, tal como quedó estructurada desde los siglos XI y XII, pretendiendo explicar aquella forma de pensamiento, de hace casi 800 años, en un lenguaje sencillo, popular y al alcance de todo el mundo. Es evidente que todo lo que se haga en ese sentido merece nuestro reconocimiento y nuestro elogio.

Pero, tan evidente como eso, es que, si la Teología Popular se limita a simplificar el lenguaje, manteniendo básicamente la misma estructura y los mismos contenidos, con eso no llegaremos muy lejos. Ni de esa forma arreglaremos la mayor parte de los problemas que mucha gente tiene con la Religión y con la Teología. Entonces, ¿qué hacer?

La propuesta de la Teología Popular consiste en optar decididamente por la “teología narrativa”.

El evangelio de Juan dice: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). Esto quiere decir que el Dios trascendente, al que jamás hemos visto ni podemos ver, al que no conocemos ni podemos conocer, se nos ha manifestado en Jesús. En el hombre Jesús, que es el Dios “hecho carne” (Jn 1, 14), es decir, hecho humanidad y, por tanto, al alcance de nuestra limitada condición humana. Por eso Jesús pudo decirle al apóstol Felipe: “el que me ve a mí, está viendo al Padre” (Jn 14, 9).

O sea, a Dios lo vemos, lo escuchamos, lo palpamos, en Jesús, en su forma de vida, en sus costumbres, en lo que le interesaba o agradaba y en lo que no le interesaba y le desagradaba. Es decir, en el gran relato de los evangelios es donde conocemos a Dios, lo que nos dice Dios y lo que quiere Dios.

Pero aquí es importante hacer todavía algunas aclaraciones. Ante todo, conviene tener en cuenta que la Teología Popular no se limita (o no debe limitarse) a explicar cada texto, cada relato, como siempre se ha hecho en las clases de exégesis bíblica. Por supuesto, es importante conocer bien y poder precisar lo que dicen (y lo que no dicen) los textos de los evangelios. Pero con eso no basta. Lo decisivo es aprender cómo Dios se nos “representa” en las narraciones que nos relatan cómo vivió Jesús y cómo quiso Jesús que vivamos los seres humanos.

Y lo que se dice de Dios, hay que decirlo igualmente de la fe, de la salvación, de la esperanza… De todo cuanto Dios, en Jesús, nos quiso decir y en él descubrimos.

Esto supuesto, el asunto capital, para la Teología Popular, está en esto: lo que nos presenta la teología narrativa, que encontramos en los evangelios, es el gran relato de un conflicto: el conflicto de Jesús con la Religión establecida en su tiempo y en la cultura de su pueblo. Jesús se enfrentó a los Sumos Sacerdotes, a los Maestros de la Ley, a los Senadores del pueblo, al Templo, a las normas y tradiciones…

Jesús fue un hombre profundamente religioso, como lo demuestra su frecuente e intensa relación con el Padre del Cielo, su intimidad única con el Padre (Mt 11, 27; Lc 10, 22), su insistente oración en la soledad de campos y montañas, la presentación repetida y constante del Padre como ejemplo y modelo de vida (Mt 5, 43 – 46; Lc 15, 11 – 32).

Pero sabemos, por los relatos evangélicos, que la intensa religiosidad de Jesús fue una “religiosidad alternativa”. Es decir, lo determinante de la religiosidad de Jesús no fue la fiel observancia de los ritos. Para Jesús, más importante que la sumisión a los ritos fue siempre la felicidad de los seres humanos, la dignidad de las personas, la bondad y la cercanía en su relación con todos los que se ven maltratados por la vida o por la sociedad.

Dicho esto, es decisivo caer en la cuenta de la distancia que Jesús mantuvo siempre en su relación con la exacta observancia de los ritos. No olvidemos que “los ritos condensan todo el sistema de signos de una religión” (G. Theissen). De ahí que, en este asunto, hay que afrontar el problema del comportamiento que, con tanta frecuencia, caracteriza a las personas religiosas.

¿En qué consiste este problema? El ámbito primario del comportamiento del “homo religiosus” es el “rito”, no es el “ethos”. Es decir, las personas muy religiosas suelen centrar más su atención y su interés en la exacta observancia de los ritos que en las exigencias que se derivan del Evangelio y que se deben traducir en bondad, respeto, tolerancia y ternura con todos.

¿Por qué esta prioridad del rito sobre el ethos en el homo religiosus? Porque los ritos son acciones que, debido al rigor en la observancia de las normas, constituyen un fin en sí (G. Theissen).

Ahora bien, desde el momento en que ocurre eso, el interés del sujeto se centra en la observancia de las normas básicas que son vinculantes para todos y que constituyen el kosmos, el “orden”, que ofrece seguridad y libera del miedo al kaos, el “desorden”, que se traduce en violencia. Ésta es la razón por la que la Religión es “orden”, en tanto que el Evangelio es “desorden”. Jesús, de hecho, fue condenado y ejecutado como un subversivo y un agitador (Jn 18, 30; 19, 12; Lc 23, 2. 5).

He aquí la razón que explica por qué la gente muy religiosa -y no digamos los “profesionales” de la Religión- con frecuencia producimos y reproducimos pautas de conducta de una violencia reprimida que no imaginamos. Una violencia de la que casi nunca somos conscientes. Pero una violencia que llevamos dentro y de la que no tenemos ni idea e incluso ni la sospechamos. El Evangelio es una clave capital de lectura para la toma de conciencia de este fenómeno tan singular como desconcertante.


La Teología Popular en tiempos de un papado para el pueblo

La elección del ex-jesuita argentino Jorge Bergoglio (el papa Francisco), para ser sucesor de Benedicto XVI en el papado, ha sido una noticia inesperada, que está dando mucho que hablar y que pensar. Lo que más llama la atención, en el nuevo papa, es su desconcertante sencillez, su bondad, su cercanía a todos y, sobre todo, su insistente preocupación declarada por recuperar una Iglesia pobre, al servicio del pueblo, especialmente de los pueblos más necesitados de la tierra.

Pues bien, en tiempos de un papado para el pueblo, lo más lógico es que tengamos una Iglesia para el pueblo. Y si, efectivamente, esto es así, parece razonable pensar que la teología que mejor podrá justificar y sustentar a una Iglesia así, será una Teología Popular. La teología que nos evoca constantemente el recuerdo de Jesús. El recuerdo que nos impulsa al kaos del Evangelio, la fuerza profética que nos libera del kosmos de la violencia que es, de hecho, una incesante y criminal agresión contra los más débiles de este mundo.

Es verdad y es evidente que, al plantear así la teología y su razón de ser en la Iglesia, nos acosa el miedo a desviarnos de (o perder) la “ortodoxia dogmática”. Por eso parece conveniente terminar esta presentación de la Teología Popular recordando un texto de J. B. Metz:

“La fe dogmática o fe confesional es el compromiso con determinadas doctrinas que pueden y deben entenderse como fórmulas rememorativas de una reprimida, indomeñada, subversiva y peligrosa memoria de la humanidad.

El criterio de su genuino carácter cristiano es la peligrosidad crítica y liberadora, y al mismo tiempo redentora, con la que actualizan el mensaje recordado, de suerte que ‘los hombres se asusten de él y, no obstante, sean avasallados por su fuerza’ (D. Bonhoeffer).

Las profesiones de fe y los dogmas son fórmulas ‘muertas’, ‘vacías’, es decir, inadecuadas para la mencionada tarea de salvar la identidad y tradición cristianas en el recuerdo colectivo, cuando los contenidos que traen a la memoria no ponen de manifiesto su peligrosidad -¡para la sociedad y para la Iglesia!-; cuando esta peligrosidad se difumina bajo el mecanismo de la mediación institucional, y cuando, en consecuencia, las fórmulas sólo sirven para el automantenimiento de la religión que las transmite y para la autorreproducción de una institución eclesial autoritaria que como transmisora pública de la memoria cristiana ya no afronta la peligrosa exigencia de dicha memoria”.

En tiempos de un papado en el que el papa da signos evidentes de estar dispuesto a afrontar esta “peligrosa exigencia”, la Teología Popular produce la impresión reconfortante de recuperar su actualidad.

José María Castillo




Jorge Manzano SJ - La religión y filosofía, la razón y la fe, no se excluyen
Por Juan Carrillo Armenta

Haber recibido el Premio Jalisco al mérito humanístico, en diciembre del año pasado, es un buen pretexto para volver a hablar del incansable Jorge Manzano. Se le conoce en los pasillos del ITESO y de la Universidad de Guadalajara (investigador del Departamento de Filosofía desde 1996) como sacerdote jesuita, profesor de filosofía y, en otros círculos, como chamán.

Repasa cómo, después de estudiar Ingeniería química y a punto de dedicarse a su profesión, de pronto el superior de los jesuitas anuncia que la orden está en un aprieto. Dos sacerdotes acababan de morir y necesitaban refuerzos de emergencia para dar Filosofía.

¿Así entró al mundo de la filosofía?
Entré como refuerzo de emergencia y ya no puede salirme. Me di cuenta que a los 40 años ya no había marcha atrás. Entonces decidí amar a la filosofía. Fue un amor tardío. Dar clases es lo que más me gusta y la actividad central en torno a la cual gira todo.

¿No se excluyen religión y filosofía, razón y fe?
Para mí no se excluyen. Hay varias maneras de ser sacerdote, y una es ésta. La mayoría trabaja en una iglesia: dicen misa, atienden los diferentes servicios. Yo nunca hago nada de eso. Bueno, a veces, por suplencia. La filosofía es muy celosa. A los sacerdotes se les relaciona con los ritos. Esa es una parte, pero no es exclusiva ni su característica principal… creo.

¿Cuáles son sus autores favoritos?
Platón, Nietzsche, Kierkegaard y Hegel. Yo digo que son dos técnicos y dos rudos. Los técnicos son Platón y Hegel, y los rudos, Kierkegaard y Nietzsche. Técnicos, porque tienen un sistema y una escuela, y se puede saber por dónde va su pensamiento. En cambio Kierkegaard y Nietzsche no se sabe por dónde va su pensamiento. No tienen un sistema, no hay una escuela de ellos.

Puedo entender la relación entre Platón, Kierkegaard y Hegel, pero… ¿Nietzsche?
Ese es mi trabajo: saber qué puntos comunes tocan, en qué difieren. Porque no digo que sean igualitos, no. Estoy preparando un libro sobre estos cuatro, cómo se relacionan y qué podemos sacar de provecho de ellos.

El chamanismo también le atrae mucho: ¿qué es lo que más le gusta?
Ayudar a los demás a resolver sus problemas. Hay cosas llamativas, como darse cuenta de lo que ha vivido otra persona, aunque no lo diga. Claro que eso es delicado. Se llama “leer” a otra persona, que sólo puede hacerse con permiso de la misma y cuando sea un bien para ella. Por ejemplo, si alguien tiene pánico a la oscuridad, y no sabe por qué, me da permiso que yo lo “lea”. Entonces se descubre su problema, para superarlo. Eso mismo hacen los mara’acames huicholes cuando “ensueñan” al paciente y le van dando medios para que solucione el problema.

¿Así le hace usted?
Un poco, porque como lleva mucho tiempo hacer esto, tal vez toda la vida, uno queda siempre de aprendiz.

Así ha resuelto muchos problemas, incluidos los de posesiones. ¿No es así?
Especialmente lo de posesiones.

¿Qué va a hacer con los 80 mil pesos que le dieron con el premio?
Ya los doné a al grupo Carpe Diem. ¿Por qué lo hice? No sé, pero lo hice. Me siento comprometido con eso. Queremos convertir a Guadalajara en un gran centro de espiritualidad y de cultura avanzada, es decir, abrir el diálogo con otros muchos. El dinero servirá para cubrir los gastos del Segundo diálogo multicultural, en nuestra ciudad, en 2014.



¿Cree usted en los milagros? - Frei Betto

Desde el surgimiento de la agricultura, cuando el ser humano ya no dependía de la fase recolectora y extractiva, se trató de domesticar la naturaleza, ponerle límites, desviar su curso, exigir que siga, no sus leyes intrínsecas sino nuestra lógica volteada hacia el lucro.

Por lo cual encauzamos ríos, reducimos el ímpetu de los mares, rompemos la oscuridad de la noche, logramos hacer volar lo que es más pesado que el aire.

La razón moderna desencantó al mundo. Y la primera víctima fue el milagro, que la ciencia trata de expulsar del mundo y de la mente humana.

La creencia en el milagro revela cierta noción de Dios. ¿Será él como un encantador que, habiendo cometido errores en su obra, necesita a cada momento correr para acá y para allá a fin de corregir defectos imprevistos? ¿Libra él de la enfermedad a los hijos preferidos y no a los marginados? ¿Permanece atento a quien expone más súplicas y premia su insistencia con el milagro?

La razón moderna considera que sólo la ignorancia acepta milagros en el orden natural de las cosas. Que hay milagro cuando se desconocen las leyes de la naturaleza, igual que se llama magia a lo que esconde o provoca un truco.

Lo que hoy es considerado como milagro, ¿será esclarecido mañana por la ciencia, como lo hace el Fantástico en sus reportajes sobre el origen ordinario de hechos extraordinarios

Hay teólogos que restringen la acción divina al hecho de la Creación. Dios, al crear, habría dotado a la naturaleza de leyes que, cual un mecanismo de reloj, funcionan sin que el relojero tenga que intervenir. Si se dan imperfecciones en la creación no son culpa de Dios. Hay que buscar las causas en la acción humana sobre la naturaleza y en nuestra ignorancia, que percibe como defecto lo que para Dios sería un mero y previsible efecto.

Las Iglesias adoptan una posición ambigua ante el milagro. Unas admiten la omnipotencia divina, el poder de Dios para obrar cambios sustanciales en el rumbo natural de las cosas y, al mismo tiempo, miran con escepticismo cualquier suceso que, por su carácter extraordinario, sea tenido como milagro.

Las Iglesias neopentecostales estimulan la fe de sus fieles a través de milagros sucesivos, especialmente los que restablecen la salud. Pero las Iglesias históricas ya sospechan ante tanta profusión de milagros. Hasta el punto de que el Vaticano, en los procesos de canonización, nombra un “abogado del diablo”, encargado de rebatir fenómenos que la fe identifica como milagrosos.

Muchos aceptan que Dios tiene la capacidad de obrar milagros. Un Dios mágico capaz de extraer de su chistera omnipotente todo tipo de curaciones y de bendiciones. Un Dios dispuesto en todo momento a contradecir e incluso a subvertir las leyes de la naturaleza que él mismo estableció. Un Dios hecho a nuestra imagen y semejanza.

¿Qué hizo Moisés en aquel mundo politeísta para convencer al faraón de que Yavé era un Dios especial, diferente de los demás? Le presentó una serie de milagros. Y al convencerse de que el faraón se mantenía obstinadamente apegado a sus dioses egipcios recurrió a las diversas plagas.

El Dios espectáculo es tan paradójico como el Dios utilitario. Mientras en el dólar norteamericano está grabada la inscripción “En Dios confiamos” (In God we trust), los soldados nazis llevaban inscrito en la hebilla del cinto “Dios está con nosotros” (Gott mit uns).

¿Y el Dios de Jesús con quién está? ¿Cuál es su posición en todo esto? Jesús actuaba con discreción, pedía a sus discípulos que no hicieran alarde en cuanto a su identidad, y cuando curaba no atribuía el mérito a sí mismo sino a la fe: “Tu fe te ha salvado”.

El verdadero milagro de Dios es la presencia de Jesús entre nosotros. Presencia nada espectacular (nace en un pesebre y muere asesinado en una cruz) e incómoda (choca con las autoridades religiosas y políticas). No era el orden de la naturaleza lo que le interesaba cambiar sino el corazón humano. Quedo a la espera de que Dios le cambie a él…

Es frecuente encontrar a alguien que tenga fe en Jesús. Lo raro es toparse con alguien que tenga la fe de Jesús, que lo llevó a posicionarse en defensa de los oprimidos en nombre de un Dios amoroso y misericordioso.

Sin duda la vida humana es el mayor de todos los milagros. Sin embargo no nos llama la atención. No creemos en él. Somos muy indiferentes a tantas vidas segadas precozmente por la miseria y la violencia.

Frei Betto


CREDO PERSONAL
(por José Luis Sampedro)


Creo en la Vida Madre todopoderosa
Creadora de los cielos y de la Tierra.

Creo en el Hombre, su avanzado Hijo
concebido en ardiente evolución,
progresando a pesar de los Pilatos
e inventores de dogmas represores
para oprimir la Vida y sepultarla.

Pero la Vida siempre resucita
y el Hombre sigue en marcha hacia el Mañana.

Creo en los horizontes del espíritu
que es la energía cósmica del mundo.
Creo en la Humanidad siempre ascendente.
Creo en la vida perdurable.
Amén.

- José Luis Sampedro -