sábado, 6 de abril de 2013

De la duda a la fe - José Antonio Pagola



De la duda a la fe - José Antonio Pagola
El hombre moderno ha aprendido a dudar. Es propio del espíritu de nuestros tiempos cuestionarlo todo para progresar en conocimiento científico. En este clima la fe queda con frecuencia desacreditada. El ser humano va caminando por la vida lleno de incertidumbres y dudas. Por eso, todos sintonizamos sin dificultad con la reacción de Tomás, cuando los otros discípulos le comunican que, estando él ausente, han tenido una experiencia sorprendente: "Hemos visto al Señor". Tomás podría ser un hombre de nuestros días. Su respuesta es clara: "Si no lo veo...no lo creo".

Su actitud es comprensible. Tomás no dice que sus compañeros están mintiendo o que están engañados. Solo afirma que su testimonio no le basta para adherirse a su fe. Él necesita vivir su propia experiencia. Y Jesús no se lo reprochará en ningún momento.

Tomás ha podido expresar sus dudas dentro de grupo de discípulos. Al parecer, no se han escandalizado. No lo han echado fuera del grupo. Tampoco ellos han creído a las mujeres cuando les han anunciado que han visto a Jesús resucitado. El episodio de Tomás deja entrever el largo camino que tuvieron que recorrer en el pequeño grupo de discípulos hasta llegar a la fe en Cristo resucitado.

Las comunidades cristianas deberían ser en nuestros días un espacio de diálogo donde pudiéramos compartir honestamente las dudas, los interrogantes y búsquedas de los creyentes de hoy. No todos vivimos en nuestro interior la misma experiencia. Para crecer en la fe necesitamos el estímulo y el diálogo con otros que comparten nuestra misma inquietud.

Pero nada puede remplazar a la experiencia de un contacto personal con Cristo en lo hondo de la propia conciencia. Según el relato evangélico, a los ocho días se presenta de nuevo Jesús. No critica a Tomás sus dudas. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le muestra sus heridas.

No son "pruebas" de la resurrección, sino "signos" de su amor y entrega hasta la muerte. Por eso, le invita a profundizar en sus dudas con confianza: "No seas incrédulo, sino creyente". Tomas renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo sabe que Jesús lo ama y le invita a confiar: "Señor mío y Dios mío".

Un día los cristianos descubriremos que muchas de nuestras dudas, vividas de manera sana, sin perder el contacto con Jesús y la comunidad, nos pueden rescatar de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, para estimularnos a crecer en amor y en confianza en Jesús, ese Misterio de Dios encarnado que constituye el núcleo de nuestra fe.

José Antonio Pagola

7 de abril de 2013
2 Pascua (C)
Juan 20, 19-31


Escrito por  Florentino Ulibarri

¡Salgamos a vivir!
A vivir a la aventura,
a encontrarnos con todos los que caminan,
a gozar de la naturaleza,
a disfrutar en compañía.

¡Salgamos a vivir!
Liberémonos de tantas ataduras
y cenizas que nos anclan a la tierra,
y breguemos por el mar de Galilea
dejándonos llevar por el Viento.

¡Salgamos a vivir!
A llenar la vida de risas y abrazos,
de juegos, sueños y cantos,
de proyectos compartidos
y de los milagros que todos necesitamos.

¡Salgamos a vivir!
Respiremos hondo, bien hondo,
esponjemos nuestro corazón,
despleguemos las alas sin miedo
alcemos el vuelo y volemos alto.

¡Salgamos a vivir!
Aunque la lucha sea dura
y el camino estrecho y largo,
aunque nos ronden la duda y el fracaso
y la muerte nos aceche a cada paso.

¡Salgamos a vivir!
Es la hora de afrontar la vida,
de tallar la piedra y modelar el barro.
de cuidar las flores y saborear los frutos,
y de dejarse ceñir la cintura.

¡Salgamos a vivir!
llevando en nuestras entrañas
la promesa que un día nos hicieron
de los cielos nuevos y la tierra nueva...
¡y sembrémosla a nuestro paso!

¡Salgamos a vivir!
A empujar la vida hasta lo eterno,
a procurar que nada acabe en el olvido,
a vivir como hermanos e hijos
porque Tú estás siempre en medio.

¡Salgamos a vivir y a amar,
a encontrarnos contigo!

Florentino Ulibarri


LA VIDA DIOS ESTABA EN JESÚS Y ESTÁ EN NOSOTROS
Escrito por  Fray Marcos
Jn 21, 1-19

No es posible explicar en qué consiste la experiencia pascual. Se trata de una experiencia interior que, o se tiene y entones no hay que explicar nada, o no se tiene y entonces no hay manera humana de explicarla. Esta simple constatación es la clave para afrontar los textos evangélicos que quieren transmitir dicha experiencia. No hay ni palabras ni conceptos para poder meter la realidad vivida, por eso los primeros cristianos acudieron a los relatos simbólicos.

El objeto de esos textos no es explicar ni convencer, sino invitar a la misma experiencia que hizo posible la absoluta seguridad de que Jesús estaba vivo. Descubriremos la fuerza arrolladora de esa Vida y podremos intuir la profundidad del cambio operado en ellos.

Las autoridades religiosas y romanas no solo pretendieron matar a Jesús, sino borrarle de la memoria de los vivos. La crucifixión llevaba implícita la absoluta degradación del condenado y la práctica imposibilidad de que esa persona pudiera ser rehabilitada de ninguna manera.

La probabilidad de que Pilato condenara a la cruz a Jesús por la mañana y por la tarde permitiera que fuera enterrado con aromas y ungüentos, en un sepulcro nuevo, es nula. Pero es lógico, que los primeros cristianos tratasen de eliminar las connotaciones aniquilantes de la muerte de Jesús. También es natural que, al contar lo sucedido a los que no conocieron los hechos, tratasen de omitir todo aquello que había sido inaceptable para ellos mismos y los sustituyeran por relatos más de acuerdo con su deseo.

En el relato que hoy leemos, nada es lo que parece. Todo es mucho más de lo que parece. Responde a un esquema teológico definido, que se repite en todas las apariciones. No pretenden decirnos lo qué pasó en un lugar y momento determinado, sino transmitirnos una experiencia de una comunidad que está deseando que otros cristianos vivan la misma realidad que ellos estaban viviendo. En aquella cultura, la manera de transmitir ideas, era a través de relatos, que podían estar tomados de la vida real o bien ser construidos para el caso.

"Se manifestó" (ephanerôsen) tiene el significado de "surgir de la oscuridad". Implica una manifestación de lo celeste en un marco terreno.

"Al amanecer", cuando se está pasando de la noche al día, los discípulos pasan de una visión terrena de Jesús a través de los sentidos, a una experiencia interna que les permite descubrir en él lo que no se puede ver ni oír ni tocar.

Seguimos el esquema, de que hablábamos el domingo pasado.

1º Situación dada.- Los discípulos están pescando, es decir, habían vuelto a su tarea habitual. Nada más contrario a una búsqueda específica de algo espiritual. Ajenos a lo que les va a pasar, y por lo tanto, ni lo esperan ni lo buscan.

Los discípulos están juntos, es decir, forman comunidad. No se hace alusión a los doce. Aparece el siete que es un número de plenitud, referido a todas las naciones paganas. Misión universal de la nueva comunidad.

La pesca es la imagen del resultado de la misión. "Aquella 'noche' no cogieron nada". Este dato es de vital importancia para comprender el mensaje. La noche significa la ausencia de Jesús. Sin él, la labor misionera es infructuosa y estéril. Veis cómo el relato distorsiona la realidad a favor del simbolismo. La pesca se hace siempre de noche, no de día. Sin embargo aquella a la que se refiere el relato, se consigue cuando se siguen las directrices de Jesús.

2º Jesús se hace presente.- Toma la iniciativa y, sin que ellos lo esperen, aparece. La primera luz de la mañana es señal de la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje simbólico. Jesús es la luz que permite trabajar y dar fruto. Jesús no les acompaña; su acción en el mundo se ejerce por medio de los discípulos. Las palabras de Jesús son la clave para dar fruto. Cuando siguen sus instrucciones, encuen¬tran pesca y le descubren a él mismo.

3º Saludo.- Una conversación que pretende acentuar la cercanía. "Muchachos" (paidion) diminutivo de "país"=niño. Es el "chiquillo de la tienda". Al darles ese nombre, está exigiéndoles una disponibilidad total.

Por parte de Jesús, la obra está terminada. Él tiene ya pan y pescado. Ellos tienen que seguir buscando y compartiendo ese alimento. Jesús sigue en la comunidad, pero sin actuar directamente en la acción que ellos tienen que realizar.

4º Lo reconocen.- La dificultad de reconocimiento se manifiesta en que sólo uno de los discípulos lo descubre. No el que mejor vista tiene, sino el que está más identificado con Jesús. Reconoce al Señor en la abundancia de peces, es decir, en el fruto de la misión. Sólo el que tiene experiencia del amor de Jesús, sabe leer las señales.

El éxito, es señal de la presencia del Señor. El fracaso delataba la ausencia del mismo. Juan Comunica su intuición a Pedro. Así se centra la atención en éste para introducir lo siguiente.

Pedro no había percibido la presencia, pero al oír al otro discípulo comprendió enseguida. El cambio de actitud de Pedro, reflejado de un modo simbólico en la palabra "se ató". La misma que utilizó el evangelista Juan para designar la actitud de servicio cuando Jesús se ató el delantal en el relato de la última cena.

Se tira al agua después de haberse ceñido el símbolo del servicio, dispuesto a la entrega. Sólo Pedro se tira al agua, porque sólo él necesita cambiar de actitud. Jesús no responde al gesto de Pedro; responderá un poco más tarde.

No ven primero a Jesús, sino fuego y la comida, expresión de su amor a ellos. Son los mismos alimentos que dio Jesús antes de hablar del pan de vida. Allí el pan lo identificó con su carne, dada para que el mundo viva. Es lo que ahora les ofrece. El alimento que les da él se distingue del que ellos logran por su indicación. Hay dos alimentos: uno es don gratuito, otro se consigue con el esfuerzo personal. El primero lo aporta Jesús. El segundo lo deben poner ellos. No tiene sentido comer con Jesús si no se aporta nada.

El don de sí mismo queda patente por la invitación a comer. Su presencia en el don, es tan perceptible que no deja lugar a duda. Es claro el paralelismo con la escena de la multiplicación de los panes. Es el mismo alimento, pan y pescado y las mismas acciones de Jesús. Jesús es ahora el centro de la comunidad, donde irradia la fuerza de vida y amor. Esa presencia hace capaces a los suyos de entregarse como él. Al decirnos que es la tercera vez que se aparece, significa que es la definitiva. No tiene sentido esperar nuevas apariciones..

5º La misión.- Hoy se personaliza la misión en otro personaje, Pedro. Sólo él lo había negado. Había reconocido a Jesús como Señor, pero no lo aceptaba como servidor a imitar. Con su pregunta, Jesús trata de enfrentar a Pedro con su actitud. Sólo una entrega a los demás como la de Jesús, podrá manifestar su amor.

La respuesta es afirmativa, pero evita toda comparación. Jesús usa el verbo "agapaô" = amor-amor. Pedro contesta con "phileô" =querer, amistad. Pedro empieza a comprender. Jesús no es el Señor, sino el amigo.

Apacentar, 'procurar pasto' es comunicar Vida. Jesús le pide la muestra de ese amor. Solo puede hacerse en unión con Jesús. Pedro le había negado porque no estaba dispuesto a arriesgar su vida. Debe renunciar a toda idea de Mesías que no coincida con lo que Jesús es.

"Corderos" y "ovejas" indican a los pequeños y a los grandes. Para la misión Jesús es modelo de pastor, que se entrega por su rebaño. Para la comunidad, es el único pastor.

Al preguntarle por tercera vez, pone en relación este episodio con las tres negaciones de Pedro. Espera de Pedro una rectificación definitiva y total. Ahora es Jesús el que usa el verbo "phileô" me quieres, que había utilizado Pedro. Le hace fijarse en ello y le pregunta si está seguro de lo que ha afirmado.

Ser amigo significa renunciar al ideal de Mesías que él se había forjado. Jesús no pretende ser servido, sino que, como él, sirva a los demás. Pedro comprende que la pregunta resume su historia de oposición al designio de Jesús.

Meditación-contemplación

Jesús se manifestó de esta manera.
No hay nada espectacular en esa presencia.
Solo el discípulo más cercano a Jesús, lo reconoce.
Esta es la clave de todo el relato.
.....................

Si vivo la presencia de Jesús dentro de mí,
lo descubriré en los acontecimientos más sencillos de la vida.
Si no lo he descubierto en mí,
lo buscaré en personas o hechos espectaculares.
..........................

Si pongo amor en las cosas que hago,
estaré haciendo presente al Dios manifestado en Jesús.
La clave no está en la realidad, sino en mi actitud ante esa realidad.
Descubrir esa presencia, es la tarea de todo cristiano.
.........................

Fray Marcos



LA CONFIRMACIÓN DE PEDRO COMO PASTOR DE LA COMUNIDAD
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 21, 1-19

Se trata del capítulo 21, el último del cuarto evangelio, del que se han omitido los cinco últimos versículos, que son la conclusión. Sabemos que este capítulo es un añadido a todo lo anterior, pero que el añadido es tan antiguo como el resto del evangelio y que está escrito en el mismo entorno en que se escribió el resto del evangelio.

El texto presenta varios temas de interés. Ante todo, nos encontramos con la "tradición de Galilea". Ni Marcos ni Lucas hablan de apariciones en Galilea. Mateo y Juan sí, aunque en lugares completamente diferentes y con contenidos que no se parecen en nada.

Esta tradición de Galilea parece ser muy creíble, especialmente porque está al margen de la tradición "oficial" (la contradice de algún modo), que es la que presenta Lucas, en la que la iglesia nace, como no podía ser menos, en Jerusalén. De la misma manera, la tradición oficial coincide mal con el relato más antiguo acerca de la resurrección, el que se contiene en 1 Corintios 15:

"...yo os transmití lo que había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras, que se apareció a Cefas y después a los doce; después se apareció a más de quinientos hermanos de una sola vez, de los cuales la mayoría viven todavía, algunos han muerto; después se apareció a Santiago y después a todos los apóstoles; por último se me apareció a mí...."

Esta divergencia de tradiciones nos recuerda la imposibilidad de reconstruir cronológicamente los hechos, y la necesidad de comprender los textos de la resurrección como relatos de fe, no como crónicas histórico/periodísticas de sucesos.

En el relato de Juan que hoy leemos nos encontramos ante todo con el repetido signo de la pesca milagrosa unido con la vocación personal de Pedro. Exactamente lo mismo que relata el evangelio de Lucas (5,6-11) al narrar la vocación de los primeros discípulos. Pedro y Juan gozan de un protagonismo especial en Hechos, predican juntos, curan juntos... Si este texto se escribe en el entorno de las comunidades joanneas parece claro que tiene la intención de recordar a esas comunidades (¡tan joanneas!) la importancia de Pedro.

Es fuertemente llamativo el paralelismo de este texto con los textos de las negaciones de Pedro. Tres negaciones <> tres preguntas de Jesús. "Aunque todos, yo no" <> "¿me amas más que estos?" Y es la humilde respuesta de Pedro "tú sabes que te quiero", la que es aceptada por Jesús.

Convertirse a Jesús, como Pedro, es algo tan fundamental como la relación entre la elección de Jesús y la condición de pecador. Un eje básico, una clave de nuestra fe.

La primera y más grave acusación contra Jesús fue: "Éste acepta a los pecadores y come con ellos". Y la conclusión fue que no era profeta, no era de Dios.

Los acusadores eran fariseos y su acusación nace de un profundo error teológico y antropológico. Para ellos, Dios acoge a los justos y rechaza a los pecadores. Para ellos, ellos mismos eran justos. Por eso, no necesitaban de Dios más como reconocedor de sus virtudes. Y por eso no necesitaban de Jesús. Los sanos no necesitan médico. Esta línea culmina en el episodio de la adúltera, en que Jesús muestra que todos son pecadores.

Por todo esto, la meta de los fariseos es la justicia y el cumplimiento de la ley. La meta de Jesús es la compasión y la liberación del pecado. Por eso no se pueden convertir, rechazan el Espíritu.

El primer contacto de Pedro con Jesús muestra esa misma mentalidad. En la barca, tras la pesca milagrosa, Pedro exclama: ¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador". Y esta mentalidad pervive en el cenáculo: "Aunque todos te nieguen, yo no". Mentalidad farisaica pura: Dios lejos de los pecadores y yo soy mejor que otros.

Entonces viene la prueba de la fe. Pedro es fanfarrón y demasiado seguro de sí, y niega a Jesús, le traiciona. ¿Dónde habrá quedado la promesa de Jesús de construir su iglesia sobre esa ROCA? La aparición de Tiberíades pone las cosas exactamente en su sitio. Los pecados de Pedro no cambian el corazón de Jesús. Pedro es el pecador confirmado: seguirá siendo pecador en el libro de los hechos y se comportará de forma ambigua en varias ocasiones; será increpado por Pablo por su conducta ... no importa nada de eso. Los pecados de Pedro están cubiertos por otra frase que es la clave: "Señor, tú sabes que te quiero".

Los dos personajes que son constituidos primeros testigos de la resurrección son María Magdalena y Pedro. Y de los dos consta que son pecadores y que se han distinguido en su amor a Jesús. En ellos, muy especialmente en Pedro, sus pecados son más fuertes incluso que su amor. Pero ante Jesús, su amor es más importante que sus pecados.

Todo esto nos hace situarnos en una posición correcta ante Dios. Pecadores queridos por Dios, elegidos por Dios, que cuenta con nosotros como somos para una misión tan grande como hacer presente en el mundo el mismo Espíritu de Jesús. Un espíritu de entrega, de exigencia, de servicio y de perdón, que cuenta con los pecados y los arrolla por la fuerza del amor.

La virtud de Pedro, aquella que le hace ser elegido y confirmado como pastor de la iglesia es su adhesión incondicional a Jesús. Ésta le confirmará, ésta le hará poner toda la vida al servicio de la iglesia, ésta le hará sentirse honrado y feliz cuando es perseguido, le llevará a aceptar humildemente las reprimendas de Pablo, hasta la meta: dar su vida por Jesús crucificado en la persecución de Nerón. Pedro, el pecador.

José Enrique Galarreta SJ




CARTA AL PAPA FRANCISCO
Escrito por  Dolores Aleixandre

Hermano Francisco: nunca pensé que me dirigiría así a un Papa, pero como en tu saludo inicial no nos llamaste "hijos e hijas" sino "hermanos y hermanas", siento que tengo permiso para hacerlo. Y me sale también un tú, aunque llenísimo de respeto, porque no me imagino llamando de usted a un hermano de verdad y el vos argentino no me va a salir.

En el diario "La Nación" del 14 de Marzo he leído que tu elección "ha resultado balsámica" y me ha parecido un adjetivo perfecto para calificar lo que nos está pasando desde que nos saludaste desde el balcón, con aquel tono en el que se mezclaban la timidez y la confianza. Primer efecto balsámico: te vemos distendido y hasta bromista (¡qué maravilla, un papa con sentido del humor...!), sin dar en ningún momento la impresión de estar abrumado por el peso de esa responsabilidad agobiante y desmesurada que los Papas se han ido echando sobre los hombros, como si les tocara a ellos solos encargarse de toda la Iglesia universal. Como si no existieran los otros Pastores, como si el pueblo de Dios fuera un fardo con el que cargar y no una comunidad de hombres y mujeres capaces de iniciativa y con deseos de participar y de colaborar, como soñamos con el Concilio.

Tú, en cambio, estás consiguiendo comunicarnos la convicción de que ese camino que comienzas lo vas a hacer acompañado por todos nosotros. Qué manera tan franciscana por lo sencilla y tan ignaciana por su lucidez de señalar un nuevo estilo eclesial. Porque si lo que deseas es que se nos reconozca por la fraternidad, el amor y la confianza, empiezan a sobrar y a estorbar (hace tiempo que a bastantes ya nos estaban sobrando y estorbando...) tantas conductas, prácticas y costumbres en las que se han ido confundiendo la dignidad con la magnificencia y lo solemne con lo suntuoso. Resulta una sorpresa balsámica sentir que ahora te tenemos como cómplice en el deseo de ir cambiando esas usanzas e inercias que nadie se decidía a declarar obsoletas y ante cuya incongruencia habían dejado de dispararse las alarmas. No son cuestiones irrelevantes, son indicadores que revelan una preocupante atrofia de los sensores que tendrían que haber puesto alerta, hace mucho, de que estaban en contradicción con los usos de Jesús. Así que bienvenida sea esa tarea que emprendes de volver a la frescura del Evangelio y a la radicalidad de sus palabras: ya nos estamos dando cuenta de que, en lo que toca a los pobres, no vas a darnos tregua.

Comienzas tu camino en momentos de extrema debilidad de la Iglesia: lo mismo que aquel joven que huyó desnudo en el huerto, a ella le han sido arrancadas las vestiduras con las que se protegía: secretismo, hermetismo, ocultamiento, negación de lo evidente. Pero es precisamente ahora, cuando aparece desnuda y despojada ante la mirada enjuiciadora del mundo, cuando se le presenta inesperadamente una ocasión maravillosa: la de revestirse por fin, únicamente, del manto de la gloria de su Señor.

Nos has confiado la tarea de sostenerte con nuestra oración y en estos momentos estoy pidiendo para ti unas cuantas cosas: paciencia ante el rastreo que la prensa está haciendo de tu pasado y que es una consecuencia de lo que dijiste a los periodistas: "Habéis trabajado ¿eh?, habéis trabajado...". Pues eso, se han crecido y siguen trabajando. También pido que no te agobien más de la cuenta las expectativas descomunales que estás despertando y que te sientas muy libre (y muy hábil también) para elegir a quienes creas que pueden ayudarte en el gobierno de la Iglesia, aunque suponga un ERE para la curia.

Vas a encontrar muchas piedras en ese camino: críticas, resistencias y hasta zancadillas así que, siguiendo la recomendación de tu preciosa homilía el día de San José, trata de custodiarte un poco a ti mismo. Y por si no aciertas del todo, que se ocupen de ello las santas de la Iglesia de Roma: Cecilia, Inés, Domitila, Tatiana, Agripina, Demetria, Martina, Basilisa, Melania, Anastasia, Digna, Emérita, Martina, Sabina.

Han ido a buscarte casi hasta el fin del mundo y ha sido un acierto: gracias por haber aceptado quedarte, sin poder volver a recoger tus cosas. Menos mal que los zapatos que llevas parecen cómodos.

Muchos nos sentimos ahora responsables de rezar por ti, aunque no seamos de tu diócesis y nos alegra saber que estás también encargado de velar por la Iglesia universal. De pronto, está recobrando sentido llamar Papa al Obispo de Roma.

Que el Señor te bendiga, te guarde y derrame sobre ti el bálsamo de su paz.

Dolores Aleixandre RSCJ
En el nº 2.842 de Vida Nueva.




LA RENOVACIÓN EN LA IGLESIA, TAREA DE TODOS
Escrito por  José María Castillo


El papa Francisco, por las cosas que ha dicho desde el día que fue elegido y, más aún, por su llamativa forma humilde y sencilla de presentarse en público (ya que desde que era arzobispo de Buenos Aires), ha despertado tales expectativas de renovación en la Iglesia, que, con razón, se ha visto en él una evocación de Juan XXIII. El reciente libro de José Manuel Vidal y Jesús Bastante dejan muy claro este aspecto del nuevo papa. Por no hablar de los interminables comentarios, en el mismo sentido, que los medios difunden a diario y que, en cantidades asombrosas, circulan por la red. Es evidente que son muchos los católicos que ven la renovación de la Iglesia, no sólo como una posibilidad, sino incluso como una probabilidad cercana.

Nadie va a poner en duda que esta posible (incluso probable) renovación de la Iglesia es una esperanza excelente, que se debe fomentar en todo cuanto esté a nuestro alcance. Pero, ¡atención!, que esta esperanza de renovación está erizada de amenazas y peligros, que no son ninguna tontería. Ni son, desde luego, problemas imaginarios.

Para empezar, lo más importante de todo es que la renovación de la Iglesia no depende sólo del papa. Por más genial que sea este hombre, por más evangélicamente que viva y por más original y firme que sea en la toma de sus decisiones, la Iglesia es tan enorme, tan compleja y, en no pocos e importantes asuntos, una institución tan complicada, que un solo hombre no puede (ni podrá) renovar la Iglesia como la Iglesia necesita ser renovada, en este momento y tal como están las cosas.

No nos hagamos, pues, falsas ilusiones. La renovación de la Iglesia depende, por supuesto y en medida destacada, de lo que diga y haga el papa. Como depende también lógicamente de la Curia Vaticana. Pero, si es que hablamos en serio de renovación de la Iglesia, no olvidemos nunca que la Iglesia somos todos. Y, por tanto, de todos depende la tan esperada y ansiada renovación.

Al decir esto, no soy tan ingenuo como para estar imaginando que los más de mil millones de creyentes, que formamos parte de la Iglesia, vamos a cambiar de la noche a la mañana. Y así "tendremos servida" la deseada renovación. Es seguro que, si el papa cambia – en su estilo de vida y en sus enseñanzas – la Iglesia cambia y se renueva. Pero, tan seguro como eso, es que, si lo que los católicos esperamos del papa es que diga y haga lo que a cada uno nos conviene o nos interesa, en ese caso el poder renovador del papa quedará limitado, en no pocos asuntos. Y en cosas muy importantes, nosotros seremos los primeros en anular los mejores intentos del nuevo papa.

Hablemos claro y concreto. Si, por ejemplo, los teólogos que hemos sido censurados o incluso apartados de nuestros cargos de enseñanza en seminarios o centros superiores de estudios eclesiásticos, lo que esperamos y queremos del nuevo papa es que nos restituya, en la "¡dignidad perdida!", mal servicio le haremos a la Iglesia.

En la Iglesia llevamos décadas en las que ha sido difícil la convivencia. Nos hemos dividido, nos hemos enfrentado, nos hemos hecho daño unos a otros. Con frecuencia, los que hemos tenido algo de poder (aunque haya sido poco, como creo que es mi caso), seguramente hemos dicho o hecho cosas que han causado sufrimiento y han humillado a otras personas. Si ahora yo espero una renovación de la Iglesia, que consistiría en que el papa me dé a mí la razón y se la quite a los que no piensan como yo, con semejante esperanza no busco, desde luego, la renovación de la Iglesia. Lo que buscaría, en ese supuesto, sería mi propia promoción, mi triunfo sobre los demás. Con lo cual, lo que haría es el más repugnante servicio que se le puede hacer a la causa de Jesús y su Evangelio. Y eso es el peor servicio que se le puede hacer a la Iglesia.

Como es lógico, lo que estoy diciendo debería ser aplicado, con libertad, audacia y transparencia, lo mismo a los grupos progresistas que a los conservadores. Lo mismo a los que quieren más "observancia" que a los que luchan para que en la Iglesia haya más "libertad". En unos y en otros, creo yo, es el respeto, la tolerancia y la bondad los comportamientos que harán posible una Iglesia que se vaya capacitando para bajar, descender, acercarse a los millones de criaturas que no pretenden estar por encima de nadie, sino sencillamente vivir en paz, con honradez, con apertura mental ante las ideas o proyectos de los otros y, sobre todo, una Iglesia cercana a los últimos, identificada con los que menos tienen, acogedora siempre y con todos, tengan las ideas que tengan y crean en las creencias que cada cual ha podido asumir en su vida.

Casa día que pasa, veo esto más claro. Todos sabemos que, en los dos últimos papados, anteriores a Francisco, los grupos más conservadores, precisamente porque la mayoría de los obispos era con esos grupos con los que contaban de manera incondicional, tales grupos han gozados de la cercanía de Roma, de muchos e importantes cargos de la Curia y, por supuesto, del favor de tantos y tantos obispos. Al tiempo que otros grupos – pienso en las comunidades y teólogos afines a la Teología de la Liberación – se han sentido olvidados o, al menos, marginados. Pues bien, si ahora lo que esperamos del nuevo papa es que, en unos casos se mantengan los privilegios o, en otros, se organicen revanchas, más o menos disimuladas, lo que haremos es que, en lugar de colaborar activamente en la renovación de la Iglesia, nos dedicaremos a la indeseable tarea de poner palos en las ruedas del carro de esta Iglesia a la que decimos que amamos, pero a la que en realidad hemos amado mientras ella nos ha mantenido en el candelero.

El fondo del problema está en que la "lógica de la renovación" de la Iglesia no es la "lógica de la razón", sino la "lógica del Evangelio", que es paradójicamente la "lógica del caos". El "desorden" que Jesús provocó con su conducta, con sus conflictos frente al Templo y los dirigentes religiosos de su tiempo. La conducta evangélica que se tradujo en el "miedo a la bondad" y el "miedo a la ternura" que el papa Francisco les dijo a los Jefes de Estado (en la misa de su nombramiento oficial) que tenían que superar.

Por supuesto, que sólo con bondad no se gobierna ni se arreglan las cosas. A veces, hay que tomar decisiones dolorosas. Pero que las tome quien las tiene que tomar. Si cada cual pretende "tomarse la justicia por su mano" y que el papa le dé la razón a él, a sus ideas y a sus intereses, entre todos haremos fracasar a este papa y a todos los "franciscos" que se nos interpongan en el torpe y desorientado camino de nuestros fanatismos. El camino que muchos hemos llevado, incluso con estúpido orgullo, hasta este momento.

José Mª Castillo



Pascua cristiana
Jose Arregi

Pascua significa “paso”, el paso de la vida a la Vida.

Como otras sociedades de agricultores y pastores, los antiguos hebreos celebraban la primera luna llena de primavera: los agricultores comían pan nuevo sin levadura; los pastores, carne de los primeros corderos. La vida revivía, y había que agradecerla. La vida es inmortal, sí, pero frágil, y hay que cuidarla. Eso es la Pascua.

Muchos siglos después, los hebreos añadieron a su fiesta un sentido histórico: el recuerdo de sus antepasados que, guiados por Moisés, se libraron del yugo del faraón. Un Ángel Liberador pasó por las puertas de sus míseros hogares, marcándolas con el signo de la vida y de la libertad. Atravesaron el Mar Rojo y caminaron por el desierto en la esperanza de una tierra que mana leche y miel. Eso es la Pascua: la memoria de la liberación y la esperanza en camino hacia una nueva tierra todavía por alcanzar.

Vino Jesús de Nazaret y su vida fue toda entera pascual, pues pasó la vida haciendo el bien. Liberó a los oprimidos, curó a los heridos, compartió la mesa con justos y pecadores, fue hermano de todos. Encarnó a Dios, pues Dios es el nombre de la Compasión rebelde, solidaria y sanadora en el corazón de la vida. Por eso le mataron. No murió por decreto divino, ni para “expiar” ante Dios las culpas de la humanidad, sino porque pasó la vida liberando la vida y curándola.

Muchos habían visto en él al profeta de los últimos tiempos, el amanecer de un mundo transfigurado, y le habían seguido por los caminos de Galilea, atestados de mendigos y de enfermos. La muerte en cruz de Jesús golpeó la fe de sus seguidores, pero no la destruyó. María de Magdala, Pedro y muchos más proclamaron que Jesús estaba vivo, pues la vida que se da no puede morir en la tumba. La bondad feliz resucita en Dios, es Dios mismo: el Corazón glorioso de la Vida. Y eso es la Pascua: la victoria del bien, aunque solo sea una semilla o un trocito de  levadura.

Luego la teología complicó inútilmente lo que es tan simple y real, tan universal como el bien y la vida. Pusieron el acento en cosas que no habían tenido importancia alguna ni para Jesús ni para sus primeras discípulas y discípulos. Entendieron la resurrección como un hecho histórico y físico sucedido en Jesús por primera y única vez: la súbita desaparición del cuerpo, el sepulcro vacío, la reanimación del cadáver en el más allá, las apariciones físicas solo a unos cuantos… La Pascua pasó a ser un hecho singular del pasado. La fe pascual consistió en “creer que”  Jesús resucitó físicamente de la tumba y que sus discípulos lo vieron y comieron con él pan y pescado.

Pero la Pascua no es eso. No es ése el corazón del mensaje ni de la fe pascual. No fueron un sepulcro vacío o unas apariciones físicas las que llevaron a María de Magdala y a Juan, a Pedro y Pablo y tantas y tantos otros a confesar que Jesús vive. Fue la memoria sanada la que trocó las lágrimas en amor más despojado y más fuerte, el desengaño en esperanza contra toda esperanza. Fueron los ojos del corazón los que lo reconocieron presente en el caminante, en el huésped, en el pan compartido.

Así nació la fe pascual, y sigue naciendo en nosotros cada primavera y cada día. “Santo y feliz Jesucristo” cantaron los primeros cristianos, y aún seguimos cantando, pues en él reconocemos la vida que merece la pena, la vida buena y feliz, la vida humana y divina. Y humildemente seguimos diciendo, a pesar de todo: “El Crucificado vive. Su bondad samaritana vive. Su profecía valiente y arriesgada sigue vigente a pesar de la cruz sangrienta y de la tumba cerrada. Dios vive. Dios es la Bondad poderosa y creadora, como un permanente Big Bang, como un infinito corazón palpitante. Dios es el nombre del poder de la ternura. En él vive el Crucificado, y todas las criaturas crucificadas. La Vida no muere, todos los sepulcros están vacíos, la Compasión es más fuerte que todas las cruces”.

Feliz Pascua, pues, amiga, amigo. Que tu vida sea buena y feliz.

Para orar. BIENAVENTURANZAS DE LA RESURRECCIÓN

“Felices quienes mueren cada día al egoísmo y renacen a una vida nueva. Quienes estén persuadidos de que el odio, la guerra, la maldad y la sinrazón jamás podrán vencer a las fuerzas de la vida.
Felices quienes saben descubrir entre las realidades de la muerte del mundo de hoy signos de vida y esperanza.
Felices quienes alcanzan la convicción, desde su compromiso vital, de que tras las derrotas cotidianas está latiendo la victoria de la vida.
Felices quienes riegan gotas de vida, quienes siembran semillas de vida, quienes alientan deseos de una vida en plenitud.
Felices quienes han logrado percibir, detrás de la muerte de millones de inocentes, el dolor, la rebeldía, la audacia, la llamada a una entrega absoluta por la vida.
Felices quienes han transformado su existencia por los testimonios de los que han derramado su sangre por la vida de otros seres humanos.
Felices quienes creen en el Dios de la vida. Y quienes creen en una nueva humanidad que pueda ser feliz y disfrutar de la vida. Unos y otros, juntos, lograrán que triunfe la pasión por la vida, otra tierra más llena de vida.
Felices quienes descubren paso a paso en su vida que la última palabra no la tiene la muerte, sino la resurrección” (Miguel Ángel Mesa).




Leonardo Boff: “Con el nuevo papa no habrá olor a altares, sino olor a pueblo”

Con el papa Francisco “no habrá nada de olor de altares ni de palacios, sino olor a pueblo”. Así lo afirma el exsacerdote franciscano brasileño Leonardo Boff, un referente mundial de la teología de la liberación, quien no duda en acusar a Benedicto XVI- hoy papa emérito tras renunciar en febrero pasado- de “exterminar” más de 50 años de ecumenismo.

Genésio Darci Boff -Leonardo es su seudónimo-, de 74 años, colgó la sotana en 1992, sofocado por las intensas presiones del Vaticano para silenciarle por su insistencia de difundir la teología de la liberación y su opción preferencial por los pobres, y se retiró de la Orden de los Frailes Menores o franciscanos donde su premisa esencial había sido “hambre de Dios sí, hambre de pan no”.

Desde San José de Costa Rica, a donde ha viajado para una visita académica de una semana, el teólogo asegura a EL PAíS que la elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio es un elemento renovador, después de los papados de Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI (2005-2013), a los que califica de “fundamentalistas”.

Pregunta. ¿Por qué es optimista frente al futuro de la Iglesia Católica con el nuevo papa?

 Respuesta. Porque venimos de una tradición de dos papas muy conservadores. En cierta manera, el cardenal (Joseph) Ratzinger en la última fase de su papado era fundamentalista y claramente fundamentalista. Un papa que descabezó a más de 100 teólogos, altamente represivo, controlador de las doctrinas y sin ningún sentido de carisma, de pueblo, de pastor. Venimos de una tradición que no producía esperanza, más bien miedo, preocupación. La teología no producía prácticamente nada porque era muy vigilada.

Ahora viene uno que es pastor, que dice que lo importante es la opción por los pobres, la justicia social, disminuir las desigualdades, cuidar de la tierra que está amenazada, se pone en medio del pueblo y viene con un mensaje muy claro a los sacerdotes. Los sacerdotes tienen que ser servidores del pueblo, con olor de ovejas. Nada de olor de altares ni de palacios. Sino olor de pueblo. Ha dado señales de que algo va a ser diferente.

P. En 2006, el sacerdote jesuita español Jon Sobrino fue castigado por Benedicto XVI porque supuestamente en sus libros falseó la figura de Jesús y exaltó su humanidad por encima de su divinidad. Roma le prohibió enseñar en instituciones católicas y publicar libros sin previa autorización eclesiástica. Sobrino fue olor de pueblo y no de palacio, pero le castigaron.

R. La reprimenda a Sobrino (se durante casi un año) fue tan dura que entre los teólogos más serios de Roma y de muchos obispos y cardenales encontró grandes críticas. Ratzinger retiró después gran parte de las penas que se le impusieron: le permitieron seguir trabajando, escribiendo y ahora estuvo en Brasil dando charlas. El profesor más importante de cristología de Roma escribió un análisis de la condena a Sobrino, mostrando que era una injusticia intolerable. Roma tuvo miedo y tuvo que retroceder, pero con otros fue implacable, fue cruel y sin piedad, y especialmente con un español, José María Castillo, de Granada, uno de los más brillantes teólogos españoles. Le han silenciado, le han prohibido hablar, escribir, sin darle ninguna razón, sin condenar ningún libro. Simplemente es un castigo personal. Y él casi se desesperó, porque cada uno tiene derecho a saber de dónde viene el golpe. Y ni eso le han querido dejar saber.

P. ¿Podrá el papa Francisco enfrentarse solo a los grandes poderes de este mundo que están incluso insertados en el Vaticano y arremeter esta misión?

 R. Yo creo que solo, no, porque el Vaticano, el papa y los vicarías son verdaderos ministerios. Es un cuerpo de dirección que el papa va a elegir y con el cual va a gobernar la Iglesia. Él ya anunció que va a presidir en la Caridad. El otro [Ratzinger], no: decidió mandar bajo el derecho canónico de una monarquía absolutista con plenos poderes que alejaba todas las demás iglesias y exterminó 50 años de ecumenismo. Ratzinger lleva esa sombra en su biografía, negando el título de Iglesia a todas las demás iglesias y [diciendo] que tienen elementos eclesiales pero no son iglesias, que Iglesia solo es la Iglesia Católica. Pero Francisco, no.

P. ¿Qué diferencias ha marcado con respecto a su predecesor?

R. Primero, no se presentó como papa, se presentó como Obispo de Roma. Eso recupera la tradición del Primer Milenio, donde Roma -porque allí están enterrados Pedro y Pablo- tenía la presidencia de la caridad sobre las iglesias. Y Francisco recupera esa tradición. Cuando habla de Ratzinger y pide oraciones, no dice “vamos a rezar por el papa emérito”. No. Dice: “Vamos a rezar por el Obispo de Roma emérito”. De cierta manera lo rebajó al sentido verdadero, teológico, de que él no pasa de Obispo de Roma y accidentalmente es papa. Porque en el Obispo de Roma cabe el animar las demás iglesias y no está por encima de ellas.

Hay ahí dimensiones teológicas en las que se ve que, como teólogo y jesuita, conoce bien la historia de la Iglesia y sabe utilizar los términos para decir que ahora será un gobierno más colegiado. Y ahí hay dos instrumentos que creó el Concilio Vaticano II (196-1965) y fueron totalmente arrasados. Primero, la colegialidad de los obispos, que son las conferencias continentales con las nacionales para juntos definir su camino. Y en segundo lugar, el Sínodo de los Obispos que, servía para gobernar la Iglesia. Pero (con Ratzinger) fueron reunidos cada tres años como instancia consultiva sin ningún poder de decisión. Y creo que Francisco va a activar eso, que ya está decidido desde el Concilio Vaticano II.