jueves, 25 de abril de 2013

AMISTAD DENTRO DE LA IGLESIA - José Antonio Pagola


AMISTAD DENTRO DE LA IGLESIA - José Antonio Pagola

Es la víspera de su ejecución. Jesús está celebrando la última cena con los suyos. Acaba de lavar los pies a sus discípulos. Judas ha tomado ya su trágica decisión, y después de tomar el último bocado de manos de Jesús, se ha marchado a hacer su trabajo. Jesús dice en voz alta lo que todos están sintiendo: "Hijos míos, me queda ya poco de estar con vosotros".
Les habla con ternura. Quiere que queden grabados en su corazón sus últimos gestos y palabras: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que os conocerán todos que sois mis discípulos será que os amáis unos a otros". Este es el testamento de Jesús.

Jesús habla de un "mandamiento nuevo". ¿Dónde está la novedad? La consigna de amar al prójimo está ya presente en la tradición bíblica. También filósofos diversos hablan de filantropía y de amor a todo ser humano. La novedad está en la forma de amar propia de Jesús: "amaos como yo os he amado". Así se irá difundiendo a través de sus seguidores su estilo de amar.

Lo primero que los discípulos han experimentado es que Jesús los ha amado como a amigos: "No os llamo siervos... a vosotros os he llamado amigos". En la Iglesia nos hemos de querer sencillamente como amigos y amigas. Y entre amigos se cuida la igualdad, la cercanía y el apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún amigo es señor de sus amigos.

Por eso, Jesús corta de raíz las ambiciones de sus discípulos cuando los ve discutiendo por ser los primeros. La búsqueda de protagonismos interesados rompe la amistad y la comunión. Jesús les recuerda su estilo: "no he venido a ser servido sino a servir". Entre amigos nadie se ha de imponer. Todos han de estar dispuestos a servir y colaborar.

Esta amistad vivida por los seguidores de Jesús no genera una comunidad cerrada. Al contrario, el clima cordial y amable que se vive entre ellos los dispone a acoger a quienes necesitan acogida y amistad. Jesús les ha enseñado a comer con pecadores y gentes excluidas y despreciadas. Les ha reñido por apartar a los niños. En la comunidad de Jesús no estorban los pequeños sino los grandes.

Un día, el mismo Jesús que señaló a Pedro como "Roca" para construir su Iglesia, llamó a los Doce, puso a un niño en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: "El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí". En la Iglesia querida por Jesús, los más pequeños, frágiles y vulnerables han de estar en el centro de la atención y los cuidados de todos. 

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Construye la amistad en el interior de la Iglesia. Pásalo.
28 de abril de 2013
5 Pascua (C)
Juan 13,31-33a.34-35







¿TE ACUERDAS, SEÑOR...?
Escrito por  Florentino Ulibarri

¿Te acuerdas, Señor, de aquel tiempo
en el que no había dogmas ni credos
y en el que el rostro era la expresión de la fe?

¿Te acuerdas, Señor, de aquel tiempo
cuando las decisiones importantes
se tomaban sin ocultar y con fe?

¿Te acuerdas, Señor, de aquel tiempo
en el que los errores se arreglaban diciendo:
nos hemos equivocado, empecemos otra vez?

¿Te acuerdas, Señor, de aquel tiempo
en el que, cuando las cosas se complicaban,
nos podíamos detener, esperar y dormir para ver?

¿Te acuerdas, Señor, de aquel tiempo
en el que guerras, luchas, peleas, bandos,
sólo significaba arrojarse bolas de papel?

¿Te acuerdas, Señor, de aquel tiempo
en el que tus curas y obispos no tenían poder
y buscaban sólo ayudar a vivir y a creer?

¿Te acuerdas, Señor, de aquel tiempo
en el que todos soñamos alguna vez
con emular proezas de héroes y mártires de la fe?

¿Te acuerdas, Señor, de aquel tiempo
en el que nos contabas hermosas parábolas
para descubrirnos y enseñarnos cómo es él?

¿Te acuerdas, Señor, de aquel tiempo
en el que el diálogo y la libertad eran caminos
necesarios para adentrarnos en la verdadera fe?

¿Te acuerdas, Señor, de aquel tiempo
en el que tu mandato resonaba como novedad
y dejaba marca y gozo en todo nuestro ser?

¿Te acuerdas, Señor, de este tiempo
con tantas contradicciones y tareas pendientes,
pero que sigue siendo el tuyo, el nuestro, el de él?

¿Os acordáis, amigos, de aquel tiempo
en el que la única norma y mandato
era "amaos como yo os he amado"?

Florentino Ulibarri



VIDA, AMOR, UNIDAD FORMAN UNA SOLA REALIDAD
Escrito por  Fray Marcos
Jn 13, 31-35

El evangelio de hoy también está sacado de un discurso de Jesús en el evangelio de Juan; el último y más largo, después del lavatorio de los pies. Es un discurso que abarca cinco capítulos, y es una verdadera catequesis a la comunidad, que trata de resumir las más originales enseñanzas de Jesús.

Como ya he repetido muchas veces, no se trata de un discurso de Jesús, sino de una cristología elaborada por aquella comunidad a través de muchos años de experiencia y convivencia cristianas. En el momento de la cena, los discípulos no hubieran entendido nada de todo lo que el discurso dice.

El mandamiento del amor sigue siendo tan nuevo que está aún sin estrenar. Y no se trata sólo de algo muy importante; se trata de lo esencial. Sin amor, no hay cristiano. Nietzsche llegó a decir: "solo hubo un cristiano, y ese murió en la cruz"; precisamente porque nadie ha sido capaz de amar como él amó. Como decíamos el domingo pasado, solo el que hace suya la Vida de Dios, será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa Vida, es el amor efectivo a todos los seres humanos.

La pregunta que me tengo que hacer hoy es ésta: ¿Amo de verdad a los demás? ¿Es el amor mi distintivo como cristianos? No se trata de un amor teórico, sino del servicio concreto a todo aquel que me necesita.

La última frase de la lectura de hoy se acerca más a la realidad si la formulamos al revés: La señal, por la que reconocerán que no sois discípulos míos, será que no os amáis los unos a los otros.

Hemos insistido demasiado en lo accidental: el cumplimiento de normas, en la creencia en unas verdades y en la celebración de unos ritos, y apenas en lo esencial que es el amor.

Seguimos cometiendo el error de presentar el amor como un precepto. Así enfocado, no puede funcionar. Amar es un acto de la voluntad, cuyo único objeto es el bien conocido. Esto es muy importante, porque si no descubro la razón de bien, la voluntad no puede ser movida desde dentro. Si me limito a cumplir un mandamiento, no tengo necesidad de descubrir la razón de bien en lo mandado, sino solo obedecer al que lo mandó.

Aquí está el error. El que una cosa esté mandada, no me tiene que llevar a mí a cumplirla, sino a descubrir por qué está mandada; me tiene que llevar a ver en ella, la razón de bien. Si no doy este paso, será para mí una programación sin consecuencias en mi vida real.

Ahora es glorificado el Hijo de hombre y Dios es Glorificado en él. Jesús ha lavado los pies a los discípulos. Judas acaba de salir del cenáculo y la muerte de Jesús está decidida. ¿Dónde está la gloria? Allí donde se manifiesta el amor. Ese amor manifestado, es a la vez, la gloria de Dios y la gloria del hombre Jesús.

En el griego profano, "doxa" significaba simplemente opinión, fama. El "kabod" hebreo que traducen por doxa los LXX tenía un significado muy distinto. Por una parte, era la trascendencia y la santidad (majestad) de Dios que el hombre debe reconocer. Por otro, la manifestación de ese ser de Dios en acciones portentosas. Juan mantiene el sentido de "gloria" de Dios, que también atribuye al Hijo. Jesús en todas sus obras, manifiesta la "doxa" de Dios.

Lo original de Juan es que esa gloria no se manifiesta solo en los actos espectaculares de poder, sino en los que expresan sin ambigüedades el Amor-Dios. La gloria de Dios es el Amor manifestado.

No se trata pues, de fama y honor. Tampoco se trata de conceder majestad, esplendor o poder. La gloria de la que habla Juan no es una concesión externa; está en la misma esencia de la persona. Morir por los demás es la mayor gloria, porque es la mayor manifestación posible de amor.

La gloria de Jesús no es consecuencia de su muerte, es la misma muerte por amor. Ni Dios ni Jesús después de morir, pueden recibir otra clase de gloria. La única gloria que podemos dar a Dios es amar como Él ama.

Les llama "Hijitos" (teknia) diminutivo de (tekna). En castellano, el cariño se expresa mejor con el posesivo "hijitos míos". Esta expresión está justificada porque se trata de un momento íntimo y emocionante. Les anuncia su próxima muerte, por eso lo que sigue tiene carácter de testamento.

Lo que Jesús pide a los suyos es un amor incondicional y a todos sin excepción. Todas las normas, todas las leyes tienen que orientarse a ese fin.

Un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado. El "igual que yo" no es solo comparativo, sino originante. Quiere decir que debéis amaros porque yo os he amado, y tanto como yo os he amado.

El Amor-Dios no se puede descubrir, pero se manifiesta en las obras. Se trata de la seña de identidad del cristiano. Es el mandamiento nuevo, por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda así establecida la diferencia entre las dos alianzas. La antigua estaba basada en una relación jurídica de toma y daca con Dios. En la nueva alianza lo único que importa es la actitud de servicio a los demás. No se trata de una ley, sino de una respuesta personal a lo que Dios es en nosotros. "Un amor que responde a su amor" (Jn 1,16).

Jesús no propone como primer mandamiento el amar a Dios, ni el amor a él mismo. No dice: Amadme como yo os he amado. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni Él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada (ni siquiera gloria).

Dios es puro don, amor total. Se trata de descubrir en nosotros ese don incondicional de Dios, que a través nuestro debe llegar a todos. El amor a Dios sin entrega a los demás es pura farsa. El amor a los demás por Dios y no por ellos mismos, es una trampa que manifiesta nuestro egoísmo. El amar para que Dios me lo pague, no es más que una programación calculada. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino con relación a la persona.

Jesús se presenta como "el hijo de Hombre" (modelo de ser humano). Es la cumbre de las posibilidades humanas. Amar es la única manera de ser plenamente hombre. Él ha desarrollado hasta el límite la capacidad de amar, hasta amar como Dios ama. Jesús no propone un principio teórico, y después dice que vamos a cumplirlo todos. Jesús comienza por vivir el amor y después dice: ¡imitadme! El que le dé su adhesión quedará capacitado para ser hijo, para actuar como el Padre, para amar como Dios ama.

En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros. El amor que pide Jesús no es una teoría, ni una doctrina. Tiene que manifestarse en la vida, en todos y cada uno de los aspectos de la existencia. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ni ritos, ni normas morales. El único distintivo debe ser el amor manifestado en todas y cada una de nuestras acciones. La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación.

Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre y cada miembro lo imita, haciéndose hijo y hermano.

"Que se amen unos a otros", se ha entendido a veces como un amor a los nuestros. Algunas formulaciones del NT, pueden dar pie a esta interpretación. No: desde cada comunidad cristiana, el amor tiene que llegar a todos. No se trata de amar a los que son amables (dignos de ser amados), sino de estar al servicio de todos como si fueran yo mismo. Si dejo de amar a una sola persona, mi amor evangélico es cero.

No se trata de un amor humano más. Se trata de entrar en la dinámica del amor de Dios. Esto es imposible, si primero no experimentamos ese AMOR. ¡Ojo! esta verdad es demoledora.

Después de todo lo comentado en esta pascua, podemos hacer un resumen. La Vida, que se manifestó en Jesús, es el mismo Dios-Vida que se le había entregado absolutamente. Ese Dios-Vida, que también se da a cada uno de nosotros, nos lleva a la unidad con Él, con Jesús y con todos los hombres. Esa identificación absoluta, que se puede vivir, pero que no se puede ver, se manifiesta en la entrega y la preocupación por los demás, es decir, en el amor. El amor evangélico, no es más que la manifestación de la unidad vivida.

Meditación-contemplación

"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo."
El amor es la única respuesta posible al Amor, que es Dios.
Como ser humano, Jesús experimentó ese AMOR.
Toda su vida es consecuencia (manifestación) de esta vivencia personal.
.........................

También para nosotros es ese el único camino.
Sin esa experiencia de que Dios es AMOR en mí,
el mensaje evangélico se quedará fuera de mi propio ser
y aceptado solo intelectualmente y como programación.
.........................

El amor que me pide Jesús, no es algo que pueda tener su origen en mí.
Yo sólo puedo ser espejo que refleje lo que Dios es.
No se me exige simpatía o amistad hacia todos.
No se trata de un amor humano, sino del "ágape" divino.
............................

Fray Marcos




MEJOREMOS EL MUNDO
Escrito por  Mari Patxi Ayerra

En la mesa del altar, junto a la vida entregada de Jesús, presentamos nuestras peticiones y deseos por los hermanos y por nosotros mismos:

• Por cada ser humano que pasa hambre o tiene que soportar un trabajo inhumano para conseguir el alimento.
Haz que trabajemos por mejorar el mundo, Padre

• Por cada uno de nosotros, que sabes somos buena gente pero, en muchas ocasiones preferimos no enterarnos de lo mal que viven otros.
Haz que trabajemos por mejorar el mundo, Padre

• Por los que mueven la economía mundial y por las pequeñas acciones solidarias que cada uno podemos llevar a cabo.
Haz que trabajemos por mejorar el mundo, Padre

• Por la iglesia, que siempre esté atenta a la oveja perdida, que es la más pobre, la que más sufre, la que más necesita, la más enferma o la más marginada.
Haz que trabajemos por mejorar el mundo, Padre

• Por que donde haya un cristiano se construya el Amor, el encuentro, la paz y la justicia.
Haz que trabajemos por mejorar el mundo, Padre

Pues que todos nuestros sueños y deseos, sumados a tu Amor de Padre, lleguen a transformar nuestro corazón, amén.

Mari Patxi Ayerra




LA SEÑAL DEL CRISTIANO
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 13, 31-35

El capítulo 13 del evangelio de Juan se centra en el Cenáculo. Empieza con el lavatorio de los pies. Inmediatamente después, Jesús anuncia la traición de Judas, y Judas se marcha. En ese momento empieza el gran Sermón de Despedida, una especie de Testamento de Jesús, del que nuestro evangelio de hoy recoge los primeros versículos.

Se enuncian tres temas básicos: la glorificación de Jesús, el anuncio de su partida, y el mandamiento del amor.

Sería inútil buscar una línea temática común a los tres textos. En estos domingos de Pascua, la primera lectura nos hace conocer la primera Iglesia, tal como aparece en los hechos de los Apóstoles, y las otras dos siguen preferentemente a Juan, en las Cartas, el Apocalipsis y el Evangelio, desarrollando entre todas el mensaje del Resucitado.

Nos centramos en el Evangelio, tan fundamental. En él se expresa bien la "promesa - anuncio" referente a la glorificación del Hijo del Hombre. El tema de la gloria del Padre, de la gloria-glorificación del Hijo, es muy complejo y tendremos que resumirlo al máximo.

La gloria en su primera acepción significa "autoridad". Reconocer la gloria del Señor, dar gloria a Dios, significa reconocer su autoridad. En una segunda acepción se refiere a la manifestación de Dios, envuelta en luz, en nube, en tormenta... Es el sentido de "la gloria de Dios les rodeó", en los pastores de Belén, y lo que se sugiere en los relatos de la Transfiguración.

La gloria de Jesús es por tanto ante todo la glorificación que recibe del Padre, la exaltación, la resurrección. Pero, en Juan, la glorificación de Jesús se hace en la cruz: es su hora, la hora de su gloria, cuando se muestra quién es. La gloria de Jesús es por tanto la manifestación del amor. En el amor entregado hasta el final reconocemos la presencia de Dios. Reconocer la gloria de Jesús es creer en el crucificado, ver en el crucificado la entrega total y, en ella, el corazón de Dios.

No es casual que vaya conectado el tema de la gloria con el mandamiento del amor. La gloria, la manifestación de Jesús y de Dios es que los de Jesús se amen como Él amó. En el amor de las personas se manifiesta el amor de Dios.

Resumiendo al máximo la apologética específicamente cristiana deberíamos decir:
¿Existe Dios? à Mirad cómo se aman.

Y es que no hay fenómeno tan irreductible a la ciega física de la materia que el amor, que contradice (aunque en el fondo diríamos que lleva a plenitud) el egoísmo esencial de todo ser vivo que tiende antes que nada a su propia supervivencia.

Dios es amor y el ser humano también, y en todo amor se muestra que es criatura más que terrena. Es magnífico entender lo de Jesús, lo cristiano, como una evidencia y una potenciación de lo más profundamente humano de lo humano, su "ser semejante a Dios".

No puedo menos de recordar a mi viejo y querido catecismo infantil, cuando preguntaba: "¿Cuál es la señal del cristiano?". Y respondía: "La señal del cristiano es la santa Cruz". Y no puedo menos de sentir temor ante esta afirmación, porque se ha sustituido una señal por otra, y de manera - creo - significativa. La señal del Islam es la media luna, la señal del cristianismo es la cruz... Peligroso. Una señal externa para identificarnos. Es claro que el catecismo no quería decir sólo eso, pero la tentación existe, y conviene que la analicemos en profundidad, porque esto nos comunica con un tema sumamente importante.

Ya desde el principio del conocimiento de Dios, Israel entendió que Dios no era representable. "No harás imágenes de Dios". El Arca de la Alianza se cubría con una tapa dorada, el propiciatorio, flanqueada de querubines en adoración, sobre la cual no había nada. La Nube de Incienso, al elevarse ante el Arca, figuraba la presencia misteriosa del Señor que "ponía los pies" sobre el Propiciatorio.

Representar a Dios es intentar poseerlo, hacerlo a nuestra imagen y semejanza. Nosotros los cristianos representamos a Dios, y así nos va: pintamos la Santísima Trinidad... y provocamos en nuestra imaginación la figura de tres dioses. Los primeros cristianos ni siquiera representaban a Jesús, preferían las imágenes simbólicas. Luego, cedemos a la necesidad de representar, para tener una imagen sagrada a la que adorar. La Palabra nos llamaba a más. De Dios solamente conocemos La Palabra. Lo que pase de ahí tiene el peligro de domesticar a Dios, de someterlo a nuestra imaginación, de crearlo a nuestra imagen y semejanza.

En esta misma línea, el distintivo de los cristianos no es la Santa Cruz, prodigada en las casas, las escuelas, las calles, ni el Sagrado Corazón entronizado o triunfante en lo alto de los montes. Todas esas cosas pueden tener validez cuando expresan lo que sentimos, sólo entonces. Y me parece que deberíamos tener más pudor al proclamar así la fe, cuando hay tantas obras que no se corresponden con tal proclamación.

La señal del cristiano es el amor fraterno. Y el amor es discreto, humilde, conocedor de su insuficiencia, no es jactancioso, no se derrama en palabras, no alardea, no va proclamándose por las plazas, prefiere el silencio, pasar desapercibido, prefiere las obras a las palabras. Jesús es sabio: Jesús no quiere templos para manifestar esplendorosas adoraciones, ni sacerdotes para oficiar ritos iniciáticos, ni oraciones exteriores ostentosas, ni limosnas cara a la galería.

Jesús quiere la conversión del corazón a Dios, y esta conversión empieza por el conocimiento de Dios. Dios no es la encarnación de los poderes ocultos de la naturaleza, ni la explicación del Universo, ni el Amo-Juez justiciero. Dios es un enamorado, Dios es mamá, Dios es el Libertador, Dios es el Médico. Dios es el Creador-engendrador que sigue engendrando hijos y cuidando de ellos.

La primera conversión es convertirse a ese Dios, abandonando todos los demás, que son ídolos, creados por nosotros para poder adorar lo que imaginamos y nos conviene. Convertirse al Dios Verdadero, al Amor Creador Libertador, sentirse querido, dejarse querer, instalarse en el mundo del amor y sentir la necesidad de dar lo que tan pródigamente hemos recibido. Convertirse es entrar en la Familia, más allá de toda ley, exigido desde dentro por la imperiosa necesidad de dar, aceptar al otro con todos sus pecados como mi Madre me acepta con todos mis pecados. La señal del cristiano es ser así.

"En esto conocerán que sois mis discípulos" es una advertencia sobre la eficacia de nuestro apostolado. No vamos a convertir a nadie convenciéndole sino admirándole. No vamos a extender el reino con las armas, ni con la propaganda ni con marketing alguno; lo vamos a extender por contagio, porque el Amor es contagioso, indiscutible.

No vivimos en una sociedad cristiana, por supuesto, pero nunca se ha vivido en ella. Todas las nostalgias de tiempos religiosamente mejores son nostalgias de masivos cumplimientos dominicales, de procesiones espléndidas, de control de las costumbres. Pero nunca ha existido una sociedad de la que pueda decirse que vivía queriéndose. No hemos vivido así: hemos fomentado la guerra, incluso en nombre de Dios; hemos esclavizado a medio mundo, bautizando además a los esclavos; hemos creado la más violenta diferencia y oposición de clases por nuestro afán desmedido de crear riqueza; fomentamos el consumo para crear más riqueza para disfrutar más, aunque cueste la miseria de todo el resto del mundo. Nadie puede decir de nuestra sociedad "mirad cómo se quieren".

Y la Iglesia disminuye, porque los antiguos modos de pertenecer a la iglesia eran muy exteriores, muy de costumbres, y la gente ya no se somete tan fácilmente. El evangelio de hoy nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el futuro de la Iglesia. Si no es presencia del amor de Dios, es que no existe, aunque parezca que hay una organización grande y poderosa que encarna la presencia de un dios sobre la tierra. Donde hay amor fraterno hay Iglesia, sólo allí.

Nuestra pertenencia a la Iglesia pasa por la misma condición. Ya puedo estar apuntado en el libro de los bautismos, ya puedo haber recibido todos los sacramentos, ya puedo cumplir todos los preceptos y todos los mandamientos externos. Podré hasta ser una buena persona honrada y de fiar. Esto todavía no es la Iglesia de Jesús. La Iglesia de Jesús es un conjunto de personas que han descubierto el Amor de Dios y viven de él, estén o no apuntados en un libro, profesen o no profesen todo lo que hay que profesar, sepan o no sepan que el Espíritu de Jesús vive en ellos.

El Espíritu de Jesús es el que nos hace gritar a pleno pulmón "Abbá, Padre", el que nos hace conscientes de ser hijos, el que nos hace sentirnos hermanos, el que nos convierte a vivir en el amor fraternal, el que nos convierte en constructores del Reino. En eso se nota el Espíritu. Todo el que tenga los ojos abiertos puede ver por todo el mundo miles de personas que viven así, sirven así, luchan por liberar, entregan su vida a otros. Está vivo y presente el Espíritu del Amor de Jesús, la señal de los cristianos.

José Enrique Galarreta




TEXTOS SOBRE EL PAPA FRANCISCO.
Los que no se fían de Francisco
José Mª Castillo

Lo que hace y lo que dice este papa está desconcertando tanto a tanta gente en la Iglesia, que cada día aumentan los que, por un motivo o por otro, no se fían de lo que están viendo y oyendo. Es lógico que haya quienes opinan que es pronto para dar un juicio, en el sentido de que estamos viviendo un cambio definitivo o, por el contrario, es pronto para opinar que no tardaremos en ver cómo todo sigue igual que antes. Sea lo que sea y pase lo que pase, lo que no me parece razonable es ponerse ya a sentenciar que no tardaremos en ver que el fracaso de este papa - a primera vista tan innovador - está a la vuelta de la esquina. Y el hecho es que así piensan - y así lo dan a entender - más de dos y más de cuatro, por mucho que intenten disimularlo los que, no sólo no se fían del papa Francisco, sino que en realidad lo que desean intensamente es que se estrelle cuanto antes.

Lo notable es que quienes piensan y sienten estas cosas son los mismos que, hace cuatro días, no soportaban que alguien pusiera en cuestión lo que alguno de los papas anteriores había dicho desde la ventana del palacio apostólico ante la gente congregada en la plaza de San Pedro en Roma. Por lo menos, a partir del día que eligieron como papa a Pablo VI. Porque con Juan XXIII pasaba algo de lo que está pasando ahora con Francisco. Yo estaba entonces en Roma. Y no quiero acordarme de los disparates, y hasta los insultos, que los papistas más papistas del mundo le dedicaban al papa Roncallí. ¿Por qué semejantes insultos, entonces a Juan XXIII y ahora a Francisco, precisamente de parte de quienes se autoproclaman más papistas que el papa?

La respuesta es muy sencilla. Porque el amor al papa es una de las cosas más ambiguas que hay en el mundo. Como es ambigua la obediencia de los que se someten a todo el que les manda que digan y hagan lo que a ellos les gusta, lo que ellos piensan y lo que a ellos les conviene. Esto es antiguo en la Iglesia. Tan antiguo como la Iglesia misma.

Y es que el problema no está en el papa. El problema está en el Evangelio. Concretamente en los valores que presenta y exige Jesús en el Evangelio. Eso es lo que nos tiene que preocupar. Y en eso es en lo que todos los creyentes tenemos que coincidir. Sobre todo, en lo que es central en el Evangelio. Leyendo y releyendo los relatos, que nos dejaron los evangelistas, lo que está fuera de duda es que lo central para Jesús no fue la sumisión al templo y sus dirigentes. Lo que más preocupó a Jesús fue el sufrimiento de los enfermos, el hambre de los pobres, el desamparo de los marginados y excluidos. Todo eso, vivido en la sencillez y simplicidad de un hombre bueno que acogió a todos, lo mismo a un revoltoso como Judas que a un entusiasta como Pedro. En la mesa de Jesús cabían todos. Y, que sepamos, a nadie excluyó, ya fueran justos o pecadores, hombres o mujeres, judíos, galileos o samaritanos.

¿No es esto lo que más necesitamos en la Iglesia ahora mismo? Y si el papa Francisco nos habla de Jesús y nos impulsa a vivir como vivió Jesús, ¿no es esto lo que más necesitamos todos y lo que más necesita la Iglesia? Los que no se fían de Francisco, por favor, que se pregunten por qué se preocupan tanto por lo que hace y dice este papa. ¿Por lo que hizo en tiempos ya pasados? ¿por lo que está haciendo ahora? ¿porque no les da seguridad? ¿en qué? ¿no tienen bastante con el Evangelio? Pues bien, si el papa Francisco nos enseña a vivir la sencillez y la bondad del Evangelio, ¿qué más queremos? ¿qué temores ocultos nos inquietan? ¿no estará el secreto de todo en que nos da miedo afrontar estas preguntas? En cualquier caso, y sea el papa como sea, piense como piense, sea conservador o progresista, tenga la ideología que tenga, si el papa nos habla de los pobres, del sufrimiento de quienes peor lo están pasando, si nos exhorta a tener entrañas de bondad y de misericordia, si nos anima y nos ayuda unirnos en la defensa de la justicia y la igualdad, lo demás, todo lo demás, pasa a un segundo término. Porque, si es que el evangelio dice la verdad, a Dios lo encontramos en el que sufre (Mt 25, 31-46), no en el que coincide con mis preferencias políticas, ideológicas o quizás económicas. Por ahí, ciertamente el papa es libre para escoger lo que prefiera. En todo caso, que nos enseñe a vivir el Evangelio. Lo demás, que cada cual vea lo que más y mejor nos lleva a hacer este mundo más habitable y más humano.
José Mª Castillo




El invierno eclesial ha sido muy largo.
Juan Masiá, sj.

(José Manuel Vidal).- Tras una conferencia en el club Faro de Vigo, presentando su libro "Cuidar la vida" (Rd/Herder), Juan Masiá SJ, se sorprende de que sus palabras hayan resultado nuevas o liberadoras al auditorio: "Es el síntoma desconcertante de lo mal que estábamos", opina, y lo compara con la esperanza que está generando el nuevo Papa. "A todo el mundo le llaman la atención los gestos de Francisco, pero la verdad es que deberían ser lo más normal", afirma.

Experto en Bioética y bloguero de Religión Digital, Masiá reconoce que "el invierno eclesial ha sido un invierno largo", pero ironiza, al mismo tiempo, con las expectativas de cambio radical en la Iglesia que parece que se están abriendo: "A veces presumimos de dar un giro de 360 grados, sin darnos cuenta de que con un giro de 360 grados estamos volviendo al lugar donde estábamos antes".

¿Cómo encontraste la conferencia de ayer?
Me encontré muy a gusto porque se veía un público muy interesado en estos temas.

Dijiste que los religiosos no sois las personas más indicadas para hablar sobre sexualidad, y esto ha causado cierta polémica
Bueno, me parece que no es ninguna novedad y que es bastante evidente. Deberíamos reconocerlo. Después de llevar años en el campo de la ética, de temas sociales y de justicia, etc., una vez me dijeron que el profesor que llevaba la ética sexual se había jubilado, y me pidieron que me encargara yo de esas clases. Mi primera reacción fue decir que no, sobre todo porque creo que una asignatura llamada "ética sexual" no debería existir, sino que debería ser una ética de las relaciones, mucho más amplia en todos los sentidos. También pensaba que un curso así requería de las aportaciones de varios profesores, un psicólogo, un sociólogo, un sexólogo... Interdisciplinariamente, y con un enfoque de la ética que no sea el del semáforo, sino el de la brújula.

¿Te sientes a veces como un liberador de cargas morales? ¿Crees que la gente siente alivio después de oír tus explicaciones sobre la moral sexual?
Sí, pero a mí esto me desconcierta, porque si lo que yo digo resulta liberador o suena nuevo, es síntoma de lo mal que estábamos. Porque creo que lo que digo en este libro no es original (esto no le va a gustar al editor), sino que son cosas de lo más tradicional del mundo, que las podría decir citando a Santo Tomás o citando a la teología moral católica. Que estas cosas resulten novedosas es como lo que está ocurriendo ahora mismo con algunos gestos del Papa Francisco: a todo el mundo le llama la atención su manera de presentarse, pero la verdad es que debería ser lo más normal. Esto quiere decir que estamos acostumbrados a algo bastante anormal.

¿Crees que en la Iglesia de tendría que poner en marcha una campaña liberadora en relación a la moral sexual?
Jesús dice en el Evangelio "no pongáis a la gente más carga de la que vosotros mismos no podéis llevar", y también dice "el que esté cargado y agobiado que venga a mí para que le alivie". Es elemental.

¿Crees que los primeros pasos del nuevo Papa van en esa línea?
Sí, pero con toda naturalidad. Se nota que esta manera de actuar es la misma que él ha tenido antes siendo obispo. Hay muchos obispos así por el mundo, funcionando de esa manera.

En Europa llama mucho la atención este comportamiento, ¿crees que en Latinoamérica, en cambio, la mayoría de los obispos son así? ¿Estamos acostumbrados en España a otro tipo de obispos?
No me voy a meter a criticar lo de aquí, pero puedo decir que en Japón estoy tratando con muchos obispos que me resultan también de ese estilo.

¿El Papa Francisco ha desencadenado un clima de ilusión?
Sí, pero no es nada en comparación con el grandísimo clima de ilusión que se desencadenó con Juan XXIII y con el Concilio Vaticano II, y sin embargo después vino la involución, la marcha atrás, etc. Ahora estamos celebrando los 50 años de la "Pacem in terris". En el documento en el que Benedicto XVI proclamó el Año de la Fe se coloca el catecismo y el Derecho Canónico al mismo nivel, como si fueran del mismo peso y de la misma importancia que los documentos constitucionales del Vaticano II. Esto fue el clímax de la involución de estos últimos veintitantos años (es decir, de los dos últimos pontificados).

¿Crees que ese ciclo ha terminado y que el péndulo eclesial se ha moderado?
Me gustaría esperarlo, pero no querría hacerme excesivas ilusiones.

¿Ése es uno de los riesgos que corre el Papa Francisco, el de despertar demasiadas ilusiones?
Los dos grandes obstáculos con los que tropezaba el Vaticano II eran la dificultad de la reforma de la teología y de la reforma de la Curia. ¿Por qué los presidentes de los dicasterios del Vaticano (por poner un ejemplo) tienen que ser obispos? Si es ordenado obispo debería tener una diócesis. Es algo que teológicamente no tiene sentido. ¿Por qué el obispo es superior al secretario que tiene debajo? ¿Es que Francisco no puede nombrar a una persona por lo adecuada que sea para un cargo? Hay toda una estructura que Benedicto XVI ha criticado a menudo en homilías y discursos: el carrerismo eclesiástico. La teología es otra cosa, y el Papa lo está recordando a través del servicio: que tener un puesto no significa que te pongan una condecoración o que subas en un escalafón. Pero ese tipo de reformas estructurales son mucho más difíciles que un simple gesto.

¿Dónde están las resistencias que Francisco puede encontrara si decide realmente pasar de los gestos a las reformas concretas?
Las reformas ni las hace ni las hará nunca una sola persona, y los obstáculos tampoco con unas poquitas personas. Si la causa de la crisis económica fueran dos o tres personas, se podría decir que son "los malos", pero el mal realmente es el sistema anónimo. La cuestión es cómo se cambia y desde dónde se cambia. Y dentro de la Iglesia es lo mismo.

¿No te conformarías con algún pequeño avance?
Sí, parece que estamos saliendo, como decía Rahner, del "invierno eclesial". Y ha sido un invierno largo. Creo que ahora se respira, es como si por fin pudiéramos oír después de tener los oídos taponados. Creo que ahora tenemos esa sensación.

Si te preguntara el Papa, ¿qué le aconsejarías como primera medida?
Le diría que siga siendo como es. Eso de aconsejar me recuerda a cuando nos reuníamos los religiosos a pensar qué deberíamos cambiar de nuestro estilo de vida, y empezábamos a discutir, y al final lo que se terminaba cambiando era el chocolate del horno. Yo le podría aconsejar cosas sobre la elección de obispos, sobre la mujer en la Iglesia... Pero lo que se necesita es un cambio más radical.

¿Un giro?
Sí, un giro como el del Vaticano II. Cuando salió el documento de la Lumen Pentium, antes de que se votase el texto definitivo, estaba preparado que comenzara diciendo "la Iglesia es luz para el mundo". Pero entonces el cardenal Montini dijo que afirmar que la Iglesia es luz del mundo era demasiado presuntuoso. Que la luz del mundo es Cristo, y la Iglesia un espejo que trata de reflejarlo. Ahí se hizo un giro de 180 grados, cuando el Concilio, en vez de decir que la Iglesia tenía la respuesta para todos los problemas, dijo que Cristo es la luz del mundo, y que nosotros tan sólo aspiramos a reflejarlo. Entonces, tenemos que convertirnos continuamente, y buscar todos juntos la unidad de la humanidad, siendo signo de ella. Pero mira todos los problemas que tenemos ahora, desde el Banco Vaticano a la pederastia... Tenemos que reconocer que no somos el mejor espejo. El Papa Francisco alude a esto, cuando habla de la importancia de reconocer y pedir perdón, en vez de reconocer lo malo del pasado. Esto también es un paso grandísimo. Lo que pasa es que a veces con estos giros, de los que se presume que son de 360 grados, no nos damos cuenta de que realmente, con un giro de 360 grados, estás volviendo al lugar donde estabas antes. Entonces (perdóname la ironía), mejor que los que demos sean de 180 grados.

¿La primavera que parece que viene debe mucho a gente de Iglesia como tú o como Andrés Torres Queiruga, que habéis permanecido dando testimonio y siendo libres en momentos difíciles?
Yo no veo esto como cuando estás en la oposición y de pronto tu partido político sube al poder, y al poco tiempo de estar arriba haces lo mismo que hacían los anteriores. Si Iglesia somos todos, entonces el cambio también es de todos.

Pero esa dinámica no se ha venido aplicando. ¿No es cierto que mucha gente no te considera Iglesia? ¿No te has sentido excluido?
Es que aquí en nuestro país hay un fenómeno un poco peculiar que es esa tradición inquisitorial de los dos extremismos, de la agresividad... En España no ha habido transición cultural, no se ha dado el paso a la capacidad de poder compartir y opinar diferente, tener ideas diferentes y discutirlas, sin que eso signifique ni insultarse, ni tirarse los trastos a la cabeza. Aquello que decía Unamuno de la envidia española. En esto no ha habido transición. Tenemos muy arraigados los fanatismos, y esto se ve también dentro de las instituciones. Como suele decirse, "si entregas la cabeza del bautista, a cambio te dan un premio". Si denuncias a alguien, unos años después tendrás una mitra. A veces se fomenta la denuncia, cartas anónimas, etc. Y eso también es un problema fuera de la Iglesia. La situación política española delata la incapacidad para la democracia, para el debate plural.

¿Le dejarán a Francisco hacer cambios?
Le dejaremos (porque los que pueden impedir no es el grupito de al lado, la Curia, tenemos que incluirnos nosotros). O lo apoyamos, o lo frenamos.

¿Y cómo podemos apoyarlo? ¿Cómo podría hacer él para contentarnos a unos y a otros? ¿Crees que buscará el consenso?
Pero no el consenso de los políticos, que siempre es a medias tintas. Lo que necesitamos es converger en las cosas verdaderamente esenciales. Un ejemplo: hace unos días estaba en un grupo discutiendo sobre la homofobia, y había algunas personas que decían que no se debe llamar matrimonio a la unión homosexual, mientras otros decían que sí. Éste es un tema que jurídicamente y por muchas razones está ahí, y es posible seguir discutiéndolo. Los que dicen una cosa y los que dicen la contraria aducen sus razones, y si no se convencen mutuamente, seguirán pensando igual. Pero hay un punto en el que el más avanzado y el más conservador no pueden menor que estar de acuerdo, y lo digo citando un documento nada sospechoso de "excesiva apertura": el catecismo, que dice que de ninguna manera y bajo ningún concepto se puede ni se debe discriminar por razón de su orientación sexual a una persona. Esto no es debatible. Entonces, con la tranquilidad de estar de acuerdo en algo tan fundamental, podemos seguir hablando de las otras cuestiones sin discutir y sin discriminarnos mutuamente.

¿La dinámica de buscar lo que nos une en vez de lo que nos separa?
Claro. Eso lo decía San Agustín, y a todos se nos llena la boca citándolo pero luego no lo practicamos. En las cosas esenciales, unidad. En lo otro, libertad. Y en todo (añadía), caridad.

¿El hecho de que sea un Papa jesuita llena de orgullo a la Compañía?
Mucha gente aquel día vino a felicitarme porque es un Papa "de los nuestros". Pero eso significa que si fuera un Papa del Opus Dei nos tendríamos que enfadar, es decir, funcionar con etiquetas. Si yo me alegro de que sea un Papa jesuita y unos años después me entristezco de que sea un Papa del Opus, quiere decir que yo no he cambiado nada. Es decir, que el cambio del que estábamos hablando yo no lo he hecho. Me puedo alegrar por cómo es él y por cómo lo está haciendo, pero si me alegro de que sea jesuita es como si me creyera que ahora tengo yo el poder.

¿La Compañía le va a ayudar como ayudó a Juan Pablo II o ha ayudado a Benedicto XVI?
Exactamente igual. Ése es precisamente el sentido del cuarto voto de los jesuitas, que a veces se confunde mucho. Hay quienes piensan que es una cosa de lealtad feudal a la persona, pero tiene que ver con la misión. Cuando Pablo VI dijo "quiero que estéis en la frontera", en el diálogo con el ateísmo... es un compromiso con la misión.

¿O sea que estáis dispuestos a hacer lo que os encargue cada Papa en cada momento?
Sí. Pero no por lealtad al que está arriba en cada momento (y si arriba está otro, me cambio de camisa). La obediencia no va en ese sentido.

Es decir, ¿lealtad a la misión, no a la persona?
Lealtad a la misión encomendada por la persona.

¿Ves el horizonte eclesial con esperanza?
Sí. Pero con el realismo de saber que somos humanos. Siempre están las dos caras, la ambigüedad. La espiritualidad de San Ignacio va en esa línea: reconocer que te has equivocado, consultar con otra persona, cambiar con el paso del tiempo... El encuentro con Jesús te cambia la vida, pero puede llegar un momento en que te des cuenta de que te estás engañando, porque todos nos engañamos. Por eso tenemos que examinarnos y discernir.

¿La revolución vendrá de abajo?
Así al menos no pasaría lo que en otras revoluciones: quienes las hacen en nombre de la liberación, llegan arriba y empiezan a oprimir.

¿No pueden combinarse las dos cosas? ¿No puede la cúpula responder a los deseos de la base?
Claro. Ésa es la manera ignaciana de entender la obediencia: que tanto el que manda como el que obedece obedecen a su vez al Espíritu. Por eso estamos siempre en búsqueda, siempre reformándonos. Y nunca llegamos al final. De forma más pedante y más filosófica, quienes estudiamos teología decimos que el auténtico filósofo nunca presume de haber llegado a la cumbre, y nunca renuncia a seguir subiendo. Eso es muy hegeliano: creer que tienes la verdad, que ya has llegado. Y desde ahí se aplasta a la gente.



SENCILLEZ Y REALISMO: O SEA, UNA IGLESIA NUEVA
Escrito por  José Juan Toharia

Esta vez va en serio: o así lo cree el 52% de los católicos españoles (y más significativamente, el 71% de los que se definen como católicos practicantes), que ven en el estilo personal del papa Francisco y en su declarada opción por una "Iglesia de los pobres" el anuncio de un tiempo nuevo. Incluso, cabría decir, radicalmente nuevo.

Para empezar, el cambio más deseado (lo expresan nueve de cada diez españoles, creyentes o no) es que la Iglesia se sitúe en adelante, sistemáticamente, del lado de los pobres y de los desfavorecidos y no de los ricos y de los poderosos.

Toda una revolución, pues históricamente, la Iglesia -como institución- rara vez (si es que alguna) se ha visto en la tesitura de tener que optar por uno de estos dos bandos: siempre ha aparecido alineada con el segundo de ellos. Además, el 85% de los españoles (y el 70% de los católicos practicantes) querrían ropajes y ceremoniales litúrgicos más austeros y no de "alta costura" eclesiástica: los zapatos remendados del nuevo Papa se elevan así a la categoría simbólica de ejemplo a seguir.

Además, mayorías muy claras (tanto entre la población general, como entre el 73% de la misma que se declara católica, y también entre el concreto 17% que específicamente se define como "católicos practicantes") desean que en este anunciado tiempo nuevo la Iglesia se sostenga exclusivamente con las aportaciones voluntarias, que el Papa viva permanentemente (como ha empezado ya a hacer Francisco) en una residencia sencilla, que la Iglesia deje de tener un banco propio y que, renunciando a toda apariencia de poder temporal, ponga fin a la existencia del Estado Vaticano (este último punto es el único en que la opinión de la católicos practicantes no concuerda con la del resto de los españoles).

Y por lo que respecta en concreto a España, el apoyo de nuestra ciudadanía a los posibles cambios que cabría desear es generalizadamente masivo y mayoritario tanto entre no creyentes como entre creyentes.

De forma unánime se espera una actitud de absoluta intransigencia por parte de la jerarquía de la Iglesia en los casos de pederastia que impliquen a eclesiásticos. No puede sino escandalizar, a creyentes y no creyentes, la prudencia y tacto con que, por lo general, estos casos han solido ser tratados, sobre todo si al tiempo se recuerda la trompetería desaforada -e incluso en algún caso ridículamente excesiva y aun paranoide- de algunos de nuestros prelados en temas como el aborto o el matrimonio homosexual (¡hay quien a este respecto ha llegado incluso a sugerir la existencia de una conspiración urdida desde el exterior para socavar nuestra moral colectiva!).

De forma masiva, los españoles (católicos practicantes incluidos) desearían ver a la Iglesia superar lo que a estas alturas no resulta sino una mojigatería pacata (de tan tenue, por no decir nula, sustentación dogmática) que le lleva a rechazar el divorcio o el uso de anticonceptivos. Nada mina más el crédito social de una institución que su empecinamiento por mantener, aunque sea nominalmente, normas de comportamiento que, en la realidad, no sigue prácticamente nadie (y esto es algo que quizá ayude a entender por qué, si el 73% de los españoles se reconocen como católicos, solo sean un 17% los que digan ser efectivamente practicantes).

Pero hay más: incluso entre los propios católicos practicantes resultan ser más numerosos quienes creen que el concepto de familia no tiene por qué referirse exclusivamente a la constituida por un hombre y una mujer (52% frente a 40%), y son tantos los que creen que una pareja del mismo sexo está capacitada para criar a un niño como quienes creen que lo está más una pareja compuesta por personas de distinto sexo.

Entre el conjunto de la población, y entre los católicos poco o nada practicantes, en estos dos puntos las mayorías a favor de las primeras opciones son abrumadoras.

Por otra parte, los españoles desean un nuevo Concordato (84%), que se ponga fin al trato preferente que la Iglesia Católica recibe del Estado en general (73%) y, específicamente, en materia fiscal (82%). Y por último, quizá el deseo más complicado de ver cumplido por más que sea expresado por el 88% de los católicos (y por el 73% de los que específicamente se definen como practicantes): que se acabe con la actual discriminación de la mujer en el gobierno de la Iglesia.

Comparando estos datos con la prédica (y la práctica) habitual de nuestros prelados el desencuentro adquiere magnitudes siderales. No puede así extrañar que, desde hace años ya, la idea mayoritaria (75%) entre los españoles (incluso entre los propios católicos practicantes -49%-) sea que la Iglesia española no ha sabido adaptarse a nuestra sociedad actual.

Es decir, que cada vez entiende menos los problemas que tienen los españoles, que cada vez es, por ello, menos capaz de proporcionarles orientaciones oportunas y viables y, llegado el caso, el adecuado apoyo y consuelo. Porque tal y como están las cosas -y según expresa nuestra ciudadanía- la imagen que ahora transmite la Iglesia no puede resultar menos acorde con el mensaje que aspira a transmitir: su rostro es de dureza y condena (51%) más que de bondad y perdón (33%).

José Juan Toharia
catedrático de sociología, presidente de Metroscopia.
El País