sábado, 16 de marzo de 2013

¿Qué podemos esperar de un Papa jesuita?

¿Qué podemos esperar de un Papa jesuita?

Un jesuita no descansa y tiene una capacidad constante para cuestionarse
Ángel Manuel Sánchez,
16 de marzo de 2013

O podríamos decir más exactamente que lo fue, porque lleva muchos años sin ejercer como responsable del gobierno y de la formación en la Compañía de Jesús. Por experiencia propia y ajena, la mayor parte de los católicos nos hemos topado con algún jesuita, hemos estudiado con ellos o nuestros hijos, dirigen nuestra parroquia, y lo que es más probable, hemos conocido a los jesuitas indirectamente de esta forma: porque nos hemos apuntado a una tanda de Ejercicios Espirituales, que es el mejor manual para intuir su carisma.
Podría resumir por experiencia propia, que un cristiano no se convierte en un jesuita, más bien se ejercita ó no en ello, y eso se llama Modo de proceder.
Quien hace los Ejercicios no puede aprender de ellos leyendo la obra que en el siglo XVI escribió San Ignacio, tiene que experimentarlos. Pues bien, no cometo creo, error si digo que un jesuita se hace experimentándose y razonando (para ello la formación y el acompañamiento) sobre lo experimentado, que es además de lo vivido, lo real, y también lo concreto. Y encuentra para ello un método y unas herramientas para ayudarle, extraordinariamente eficaces, los Ejercicios y las Reglas de discernimiento de San Ignacio.
No conozco al ex cardenal Bergoglio, pero conozco a los jesuitas, sus enormes virtudes y sus visibles defectos.
Nuestro recién elegido Papa fue maestro de novicios y provincial. Y eso significa dos cosas, es maestro en espiritualidad ignaciana y conoce experimentadamente el gobierno (además el de los difíciles años 70 de Argentina).
Dicen que existen tres tipos de jesuitas (yo personalmente he conocido sólo a los dos primeros) que pueden ser identificados en función de cómo llaman a San Ignacio: 1) los que se dirigen a él con aire venerable, le llaman Padre Ignacio o San Ignacio; 2) los que se dirigen al fundador llamándole Ignacio a secas y; 3) los que le llaman simplemente Nacho.
Probablemente el Papa Francisco está en la línea de los primeros, la de los jesuitas de vieja escuela, aunque seguramente hoy sea un cristiano que tras abandonar funcionalmente la Compañía de Jesús hace años, se ha convertido en un obispo y cardenal que lleva en sí todo lo mejor de los jesuitas, su espiritualidad y su sensibilidad ignacianas, donde lo concreto, lo humano se contempla con grandeza (Amar a Dios en todas las cosas y todas en Él).
Todos los jesuitas que he conocido tienen un denominador común, o varios para ser exactos: todos están moldeados bajo una forma particular de entenderse a uno mismo y a Cristo, a la forma de Ignacio de Loyola. Se ven a sí mismos en discernimiento continuo, y contemplan a Cristo siempre en Misión. Un jesuita no descansa y tiene una capacidad constante para cuestionarse. Funciona espiritualmente como un técnico-ingeniero que revisa una y otra vez la máquina, el método, los resultados. Una capacidad que la Iglesia sólo utiliza visiblemente en un Concilio, pesadamente y mientras que el mundo cambia con rapidez.
Un jesuita es el resultado de una dilatada experiencia de Misión, de tal manera que se puede afirmar que el espíritu misionero constituye el carisma de los jesuitas. Y es que éstos, por el mero hecho de ser metódicos y haber obtenido una sólida y dilatada formación trabajan muy bien, aconsejan bien y son eficientes. Son un auténtico cuerpo de marines preparados para la Misión, cualquiera y en cualquier campo, donde no se encuentran otros, salvo los laicos, claro está. El siglo XXI sigue siendo el siglo de la Cristiandad seglar, del laicado, una cosa que espero no olvide el nuevo Papa.
Ésta es la atmósfera, y la escuela en la que se ha curtido durante años este nuevo Papa, y puede constituir uno de los escasos y desconcertantes elementos para poder comprender en el futuro parte de sus decisiones, porque reconozcamos que es un hombre que nos viene de lejos y desconocemos casi todos. Manejo la hipótesis y no la certeza de que el nuevo Papa actuará en ocasiones como un religioso jesuita.
He citado, desconcertantes, sí. Porque como todo buen soldado de Cristo preparado para la misión de frontera puede adolecer de unos cuantos defectos o carencias:
1. Los jesuitas fácilmente creen en su propia infalibilidad y conciencia de pertenecer a la élite del clero, y ello les conduce a eso que se llama soberbia. Y es que un jesuita convencido de algo se parece a algo así como a un toro enfurecido que cornea todo lo que se mueve.
2. Los jesuitas son especialmente imprevisibles, y cuando uno cree que van por ahí, resultan ir por un lugar totalmente contrario, o sencillamente no se mueven. Mi experiencia con ellos me ha llevado a comprender que no es hipocresía, se llama diplomacia, y ciertamente para la vida se necesita, pero pueden defraudar las expectativas depositadas en ellos.
3. Como de todo buen cristiano se puede recoger de ellos un buen ramillete de contradicciones. Una muy interesante, es que su dedicación a los pobres contrasta con la posesión de universidades y centros educativos de las élites sociales, donde se favorece la brillantez académica a través de un sistema de competición académica que acaba descristianizando a muchos de sus excelentes alumnos, que acaban ocupando puestos clave en la sociedad (todos conocemos casos, desde Gallardón hasta Bárcenas).
Así que la verdad, no creo que entre sus especiales haberes, el nuevo Papa, haya de valorarse especialmente en él el hecho de ser jesuita sobre otras cualidades personales.
El verdadero mérito de este nuevo Papa es, que pese a ser jesuita de formación y patrón, haya adoptado casi contra natura, el nombre de Francisco, y no sea por el infatigable misionero navarro, ni por el experimentado gobernante, amigo del emperador Carlos V. No. El verdadero mérito de este jesuita, es haber elegido como modelo a San Francisco de Asís para llevar el mensaje de Jesucristo a la Humanidad, hambrienta y pobre de Esperanza y de líderes auténticamente ejemplares.
Por eso, deseo lo que él modestamente desea: REZAR POR ÉL, porque si bien decimos que dirige la barca de Pedro, más bien pienso que le toca llevar la Cruz de Jesús, que es la de Pedro, y la tuya y la mía, la concreta de cada uno y todos los unos y unas de este mundo, a los que paraliza el miedo de contemplar un mundo que se desmorona ó que simplemente se transforma en lo que desconocemos.

Fuente:  Religión Digital: