miércoles, 27 de marzo de 2013

Para orar y reflexionar el Viernes Santo

A TI GRITAMOS, SEÑOR
Escrito por  Florentino Ulibarri

Como viajeros perdidos y sin rumbo
en un desierto ardiente y sin agua,
a ti gritamos, Señor.

Como peregrinos con los pies destrozados
que no encuentran albergue,
a ti gritamos, Señor.

Como náufragos varados
en una costa abandonada,
a ti gritamos, Señor.

Como mendigos hambrientos
que extienden la mano para recibir alimento,
a ti gritamos, Señor.

Como ciegos sin lazarillo
que tropiezan con todo lo que hay en el camino,
a ti gritamos, Señor.

Como enfermos crónicos
que ya no saben qué es la salud,
a ti gritamos, Señor.

Como emigrantes sin papeles
en un país que no conocen,
a ti gritamos, Señor.

Como refugiados en campamentos
que pensaban eran lugar seguro,
a ti gritamos, Señor.

Como prisioneros inocentes
arrojados en cárcel húmeda y maloliente,
a ti gritamos, Señor.

Como pobres sin derechos
a los que nadie hace caso,
a ti gritamos, Señor.

Como personas desahuciadas de sus casas
por la prepotencia de unos y la desidia de otros,
a ti gritamos, Señor.

Como ciudadanos siempre olvidados
que no pueden ejercer sus derechos,
a ti gritamos, Señor.

Como personas torturadas
por haber acogido a otra de etnia distinta,
a ti gritamos, Señor.

Como los padres y madres que no pueden hacer nada
cuando les arrebatan sus hijos,
a ti gritamos, Señor.

Como el niño a quien roban su único trozo de pan
mientras sus padres yacen a su lado,
a ti gritamos, Señor.

Como el joven obligado a matar
para que no le maten,
a ti gritamos, Señor.

Como esa persona inocente
convertida en chivo expiatorio de nuestros desmanes,
a ti gritamos, Señor.

Como tú, Señor, que en lo alto de la cruz osaste gritar
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?",
a ti gritamos, Señor.

Florentino ulibarri





DIOS ESTÁ EN LA ALEGRÍA Y EN EL DOLOR
Escrito por  Fray Marcos
Jn 18, 1 a 19, 42

Las distintas partes en que se divide la liturgia del Viernes Santo, expresan perfectamente el sentido de la celebración. La liturgia de la palabra nos pone en contacto con los hechos que estamos conmemorando y su anuncio profético en el AT. La adoración de la cruz nos lleva al reconocimiento de un hecho insólito que tenemos que tratar de asimilar y desentrañar. La comunión nos recuerda que la principal ceremonia litúrgica de nuestra religión, es la celebración de una muerte; no porque ensalcemos el sufrimiento y el dolor, sino porque descubrimos la Vida, incluso en lo que percibimos como muerte biológica.

Se han dicho tantas cosas (y algunas tan disparatadas) sobre la muerte de Jesús, que no es nada fácil hacer una reflexión sencilla y coherente sobre su significado. Se ha insistido, y se sigue insistiendo tanto en lo externo, en lo sentimental, que es imposible olvidarnos de todo eso e ir al meollo de la cuestión. No debemos seguir insistiendo en el sufrimiento. No son los azotes, ni la corona de espinas, ni los clavos, lo que nos salva. Muchísimos seres humanos has sufrido y siguen sufriendo hoy más que Jesús. Lo que nos marca el camino de la plenitud humana (salvación) es la actitud interna de Jesús, que se manifestó durante toda su vida en el trato con los demás. Ese amor manifestado en el servicio a todos, es lo que demuestra su verdadera humanidad y, a la vez, su plena divinidad.

Si Jesús hubiera muerto de viejo y en paz, no hubiera cambiado nada de su mensaje ni las exigencias que se derivan de él. ¿Qué añade su muerte a la buena noticia del evangelio? Aporta una increíble dosis de autenticidad. Sin esa muerte y sin las circunstancias que la envolvieron, hubiera sido mucho más difícil para los discípulos, dar el salto a la experiencia pascual.

La muerte de Jesús es sobre todo un argumento definitivo a favor del AMOR. En la muerte, Jesús dejó absolutamente claro, que el amor era más importante que la misma vida. Si la vida natural es lo más importante para cualquier persona en sano juicio, podemos vislumbrar la importancia que tenía el amor para Jesús. Aquí podemos encontrar el verdadero sentido que quiso dar Jesús a su muerte.

La muerte de Jesús en la cruz, analizada en profundidad, nos dice todo sobre su persona. Pero también lo dice todo sobre nosotros mismos si nuestro modelo de ser humano es el mismo que tuvo él. Además nos lo dice todo sobre el Dios de Jesús, y sobre el nuestro si es que es el mismo. Descubrir al verdadero Dios y la manera en la que podemos relacionarnos con Él, es la tarea más importante que puede desplegar un ser humano. Jesús, no solo lo descubrió él, sino que nos quiso comunicar ese descubrimiento y nos marcó el camino para vivir esa realidad del Dios descubierto por él.

La buena noticia de Jesús fue que Dios es amor. Pero ese amor se manifiesta de una manera insospechada y desconcertante. El Dios manifestado en Jesús es tan distinto de todo lo que nosotros podemos llegar a comprender, que, aún hoy, seguimos sin asimilarlo.

Como no aceptamos un Dios que se da infinitamente y sin condiciones, no acabamos de entrar en la dinámica de relación con Él que nos enseñó Jesús. El tipo de relaciones de toma y daca, que seguimos desplegando nosotros con relación a Dios, no puede servir para aplicarlas al Dios de Jesús. El Dios de Jesús que se deshace, nos obliga a deshacernos.

Un Dios que siempre está callado y escondido, incluso para una persona tan fiel como Jesús, ¿qué puede aportar a mi vida? Es realmente difícil confiar en alguien que no va a manifestar nunca externamente lo que es. Es muy complicado tener que descubrirle en lo hondo de mi ser, pero sin añadir nada a mi ser, sino constituyéndose en la base y fundamento de mi ser, o mejor que es parte de mi ser en lo que tiene de fundamental. Todo lo que soy y todo lo que puedo llegar a ser, ya me lo ha dado Dios.

Nos descoloca un Dios que no va a manifestar con señales externas su preocupación por el hombre; sin darnos cuenta de que al aplicar a Dios relaciones externas, le estamos haciendo a nuestra propia imagen. Naturalmente, al hacerlo, nos estamos fabricando nuestro propio ídolo. Nuestra imagen de Dios, siempre tendrá algo de ídolo, pero nuestra obligación es ir purificándola cada vez más. Dios no es nada fuera de mí, con quien yo pueda alternar y relacionarme como si fuera otro YO, aunque muy superior a mí. Dios está inextricablemente identificado conmigo y no hay manera de separarnos en dos.

Un Dios que nos exige deshacernos, disolvernos, aniquilarnos en beneficio de los demás, no para tener en el más allá un "ego" más potente (¿los santos?), sino para quedar incorporados a su SER, que es ya ahora nuestro verdadero ser, no puede ser atrayente para nuestra conciencia de individuos y de personas. "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece sólo, pero si muere da mucho fruto". Este es el nudo gordiano que nos es imposible desenredar. Este es el rubicón que no nos atrevemos a pasar.

También nos dice todo sobre el hombre, la muerte de Jesús deja claro que su objetivo es manifestar a Dios. Si Él es Padre, nuestra obligación es la de ser hijos. Ser hijo es salir al padre, imitar al padre de tal modo que viendo al hijo se descubra y se conozca perfectamente como es el padre. Esto es lo que hizo Jesús, y esta es la tarea que nos dejó, si de verdad somos sus seguidores. Pero el Padre es amor, don total, entrega incondicional a todos y en todas las circunstancias. No solo no hemos entrado en esa dinámica, la única que nos puede asemejar a Jesús, sino que vamos en la dirección contraria. Nuestra pretensión "religiosa" es meter a Dios en la estrategia de nuestros egoísmos; no solo en esta vida terrena, sino garantizándonos un ego para siempre.

A ver si tenemos claro esto. No se trata de un mal trago que tuvo que pasar Jesús para alcanzar la gloria. Se trata de descubrir que la suprema gloria de un ser humano es hacer presente a Dios en el don total de sí mismo, sea viviendo, sea muriendo para los demás. Dios está sólo donde hay amor. Si el amor se da en el gozo, allí está Él. Si el amor se da en el sufrimiento, allí está Él también. Se puede salvar el hombre sin cruz, pero nunca se puede salvar sin amor. Lo que aporta la cruz, es la certeza de que el amor es posible, aún en las peores circunstancias que podamos imaginar. No hay excusas.

El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le costaría la vida, es la clave para comprender que la muerte no fue un accidente, sino un hecho fundamental en su vida. El hecho de que le mataran, podía no tener mayor importancia; pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones que la vida, nos da la verdadera profundidad de su opción vital. Jesús fue mártir (testigo) en el sentido estricto de la palabra.

Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su plena consumación. En ese instante puede decir: "Yo y el Padre somos uno". En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios. Dios está allí donde hay verdadero amor, aunque sea con sufrimiento y muerte. Si seguimos pensando en un dios de "gloria" ausente del sufrimiento humano, será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús. Dios no puede abandonar al hombre, y menos al que sufre. El que esté callado (en todos los sentidos) no quiere decir que nos haya abandonado.

Al adorar la cruz esta tarde debemos ver en ella el signo de todo lo que Jesús quiso trasmitirnos. Ningún otro signo abarca tanto, ni llega tan a lo hondo como el crucifijo. Pero no podemos tratarlo a la ligera. Poner la cruz en todas partes, incluso como adorno, no garantiza una vida cristiana. Tener como signo religioso la cruz, y vivir en el más refinado de los hedonismos, indica una falta de coherencia que nos tenía que hacer temblar. Para poder aceptar el dolor no buscado, tenemos que aprender a aceptar el sacrificio voluntario.

Tenemos que reflexionar mucho sobre esa muerte para comprender el profundo significado que tuvo para él y para nosotros.

Meditación-contemplación

La muerte de Jesús es signo de amor (Vida)
porque la misma Vida de Dios estaba en él,
No le importó morir para manifestar ese amor.
Para él, la Vida, era más importante que la vida.
.................

La clave de una vida cristiana (humana)
está en vivir a tope la verdadera Vida.
Conservando en su justo aprecio la vida, con minúscula.
solo entonces descubriré que la vida biológica no es el valor supremo.
...................

Si la VIDA es lo primero,
todo lo que somos y más aún todo lo que tenemos,
tiene que estar subordinado a ella.
Desaparece el sentido del sacrificio.
Lo que antes era renuncia, ahora se convierte en el mejor negocio.
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Fray Marcos




ORACIÓN UNIVERSAL
Escrito por  Rafael Calvo Beca

Oremos, hermanos y hermanas, por nosotros la iglesia: por el papa, los obispos y todo el pueblo cristiano.
Dios de bondad, deseamos que la fuerza de tu Espíritu nos llegue a cuantos integramos la iglesia, para que no seamos signo de poder y riqueza, sino que por el contrario estemos siempre del lado de los desheredados de este mundo y sirvamos eficazmente a la implantación de tu reino.

Que nunca nos falte tu ayuda,
te lo pedimos por tu hijo Jesús. Amén.

Oremos, hermanos, por todas las personas creyentes del mundo, no importa si se dirigen a Dios llamándole Yahvé, Dios, Alá o por cualquier otro nombre, para que sean fieles a sus creencias y éstas les hagan crecer como personas justas y responsables.

Dios único y de todos, que estás por encima de todas las religiones y nos amas a todos por igual, te prometemos profundizar en nuestra espiritualidad y vida interior, para que cada uno de nosotros llegue a la verdadera plenitud humana.

Que nunca nos falte tu ayuda,
te lo pedimos por tu hijo Jesús. Amén.

Oremos, hermanos, por quienes no creen en Dios, por quienes no han podido o no desean reconocer la existencia de la divinidad.

Dios Padre Creador del Universo, querríamos contribuir a que cada hombre y cada mujer, con independencia de su creencia, quiera y pueda construir su vida en el amor y la justicia hacia quienes les rodean y en el respeto hacia la naturaleza.

Que nunca nos falte tu ayuda,
te lo pedimos por tu hijo Jesús. Amén.

Oremos, hermanos, por los que gobiernan, por los políticos, por quienes detentan el poder fáctico, por los jueces, por quienes ejercen cualquier tipo de poder o responsabilidad sobre los demás.

Dios de la Libertad, nos proponemos hacer que el destino de todos los habitantes de la Tierra esté en manos de personas responsables y honestas, elegidas libremente, que pongan por encima de intereses políticos o económicos los intereses de sus pueblos y desarrollen políticas que busquen la paz, la cultura y la libertad.

Que nunca nos falte tu ayuda,
te lo pedimos por tu hijo Jesús. Amén.

Oremos, hermanos, por los empobrecidos, por los marginados, por los que están solos, por los que sufren, por todos los crucificados del mundo.

Dios misericordioso, deseamos fervientemente llevar el consuelo a los que lloran y sufren, acompañarles en su dolor, y ante todo solucionar sus problemas y hacerles verdaderamente felices.

Que nunca nos falte tu ayuda,
te lo pedimos por tu hijo Jesús. Amén.

Roguemos finalmente por todos nosotros, para que nuestros lazos en la fe se plasmen en cariño mutuo dentro de la comunidad y juntos luchemos codo con codo en la construcción de otro mundo mejor.

Madre y Padre nuestro, bendice a todos tus hijos, infúndenos alegría de vivir, sed de justicia, perseverancia en la oración, constancia en el compromiso y paciencia en el camino de la cruz.

Que nunca nos falte tu ayuda,
te lo pedimos por tu hijo Jesús. Amén.

[Del libro "60 encuentros eucarísticos"]





COMULGAR CON EL CRUCIFICADO
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 18, 1 a 19, 42

Cada año se nos ofrece la oportunidad de vivir el desafío de la cruz. Jesús muere en la cruz rechazado por los jefes del pueblo, ejecutado por orden del procurador romano, como un sedicioso, sin muerte de profeta, con todos los signos externos tradicionales del rechazado de los hombres y del mismo Dios. Para sus enemigos, ésta fue la suprema confirmación de que no era el Mesías verdadero, sino un impostor. Para sus propios discípulos, supuso la gran crisis de su fe. La expresa muy bien el relato de los dos de Emaús: "nosotros esperábamos que él iba a ser el libertador de Israel, pero ya van dos días que murió..."

Y es así, en efecto, con la muerte de Jesús en la cruz muere todo mesianismo davídico triunfante. Tenían razón los sacerdotes: no era éste el que esperábamos. Pero era éste el que debían esperar. Por esta razón tantos textos de la resurrección insisten en que Jesús les hace entender las Escrituras, les enseña a leerlas, les abre la mente para comprender. Eso es lo que debemos esperar del Viernes Santo: que nos abra la mente para entender y aceptar a Jesús y al Dios de Jesús.

Ante el Jesús de Getsemaní y de la cruz, que clama a su Padre desde un profundo desamparo interior, y es denostado por sus enemigos que le retan a que baje de la cruz, muere definitivamente la imagen de Jesús falso hombre, deidad disfrazada de humanidad, dotada de especiales poderes que utiliza cuando le viene bien. Jesús muere porque ha resultado peligroso para los poderes religiosos que manejan a su vez a los poderes políticos. Los motivos de su muerte son bien humanos: su delito han sido sus curaciones y sus parábolas. Pero los sacerdotes han entendido muy bien, quizá fueron los que mejor entendieron a Jesús: si lo de Jesús triunfa, se acabó su poder, su templo, su status. Jesús se enfrentó a todo eso y fue crucificado porque ellos eran más poderosos. Así, sin más. La humanidad de Jesús resplandece en la Pasión de manera singular.

Pero con esa muerte murieron también para siempre los sacerdotes, los ritos del Templo, la religión/poder, la opresión religiosa del pueblo por sus jefes, la teología para sabios iniciados, la santidad reservada a los puros, la ley como ocasión de condena, el servicio a Dios bajo temor... todo eso murió. Los que creyeron en Jesús se libraron de todo eso. También a ellos intentaron matarlos, aunque tuvieron que contentarse con ser expulsados de la Sinagoga. Y para nosotros, los que dos mil años más tarde seguimos a Jesús, todas esas cosas han muerto también.

Jesús muere por los pecados, a causa de los pecados. Lo llevan a la muerte la desdeñosa pureza legal de los fariseos, la dogmática engreída de los escribas, la conveniencia política y económica de los sacerdotes, la razón de estado, el desinterés por la justicia de los gobernantes, la indiferencia del pueblo que aspira sólo a un mecías guerrillero, la cobardía de sus seguidores. Por todos esos pecados muere Jesús. Es decir, por la soberbia, la envidia, la venganza, la comodidad, la cobardía... los mismo pecados que hay en cada uno de nosotros, los que pueden causar nuestra muerte como personas y la de la humanidad como tal.

Por eso, una lectura de la muerte de Jesús entiende que el pecado es más poderoso que el Inocente, que el mal prevalece sobre el bien. Pero no es verdad. En los que siguen a Jesús se muestra que el pecado puede ser vencido, pero desde dentro, desde la conversión, desde el seguimiento. En ellos queda claro que Jesús puede quitar el pecado, que es verdaderamente el Libertador.

Jesús crucificado muestra qué es el triunfo: llegar hasta el final, realizar su labor por encima de todo miedo y conveniencia, entregarse a la gente pese a quien pese, y cueste lo que cueste. Jesús crucificado muestra que es más que un hombre normal: es el hombre lleno del Espíritu, y es el Espíritu el que le hace capaz de ir hasta el final. Jesús pudo evitar su muerte. Simplemente, con no subir a Jerusalén a celebrar la Pascua. Simplemente con no pernoctar aquella noche en Getsemaní. Jesús pudo perderse en los desiertos del este y buscarse la vida en Petra o en la corte de Persia; facultades tenía de sobra para ello. Fue a la muerte porque aceptó dar la vida, anunciar el mensaje en el mismo Templo de Jerusalén. Jesús se entregó libremente, y una vez detenido y atado, ya no pudo escapar. Por eso, los jefes judíos se sintieron confirmados en que no era el Mesías. Por eso, sus discípulos estuvieron a punto de no creer en él. Y por eso, precisamente por eso, porque pudo escaparse y no lo hizo y porque cuando lo ataron ya no pudo escapar, por eso precisamente creemos nosotros en él, en el Hombre lleno del Espíritu.

En este crucificado descubrimos nosotros cómo es Dios. Por Jesús crucificado conocemos a su Padre, por Jesús crucificado podemos llamar a Dios Padre. Seguimos sintiendo la tentación de exigir al Todopoderoso un milagro en favor de su hijo. Seguimos añorando a los dioses milagreros. Seguimos deseando que a los santos todo les vaya bien y no tengan por qué sufrir. En resumen, seguimos pensando que la religión es una excepción de la vida, un continuo milagro, una magia aparte de lo cotidiano. Y Jesús crucificado nos muestra a la religión como la fuerza para asumir la vida hasta el final, como entrega al Reino con todas sus consecuencias.

Ante todo esto, ¡que ridícula queda aquella teología que entiende la cruz como el sacrificio sangriento con el cual Jesús paga por nosotros la deuda del pecado para que el Padre nos perdone! Es como si Jesús fuera el bueno, capaz de aplacar con su sangre al Juez hasta entonces implacable. Pero nosotros sabemos que Jesús es así porque está lleno del Espíritu, es decir "porque se parece a su Padre", porque es el Hijo. En la cruz conocemos al Padre. En la cruz conocemos el amor, y su verdadera naturaleza: más que un sentimiento, una capacidad de entrega hasta la muerte. Y en ese amor de Jesús reconocemos que es el Hijo, en el corazón de Jesús reconocemos el corazón del Padre. Y es por todo esto por lo que en la pasión y muerte de Jesús resplandece no sólo la humanidad sino la divinidad. Nos han malacostumbrado a entender que Dios resplandece en relámpagos luminosos y esplendores rituales. No, Dios resplandece en el corazón de ese hombre, en su impecable veracidad, en su inagotable capacidad de con-padecer, en su valor, en su consecuencia hasta el final. La divinidad no es un añadido que anula a la humanidad, sino la fuerza del Viento de Dios que potencia a la humanidad hasta límites insospechables.

PARA COMPLETAR LA CELEBRACIÓN DEL VIERNES SANTO

La celebración del Viernes Santo tiene cuatro partes:
la lectura de la Palabra,
la oración,
la adoración de Cristo Crucificado
la comunión.

SEGUNDA PARTE: LA ORACIÓN UNIVERSAL
Después de la lectura de la Pasión, hacemos una larga oración, en la que concluimos a todas las personas del mundo. Reunida ante Jesús crucificado, la Iglesia entra en oración, agrupando ante Él todas las necesidades de la humanidad, de los que creen en Jesús y de todos, creyentes y no creyentes.

Es un momento enormemente intenso, puesto que ponemos ante la muerte de Cristo todo el mundo, como acogiéndolos a todos junto a Jesús crucificado, y pidiendo por la salvación de todo el género humano.

Sugiero que, en cada una de las oraciones, se sustituya el "Dios todopoderoso y eterno" por "Dios y Padre nuestro".

TERCERA PARTE, LA ADORACIÓN DE LA CRUZ
La cruz, el patíbulo en que está colgado Cristo muerto, es el escándalo. Que alguien muera ahí es para que todos odiemos la cruz, la aborrezcamos como símbolo vivo de la humillación de Jesús.

Pero desde la fe, la cruz se convierte en la demostración máxima de la entrega de Jesús: Jesús fue consecuente hasta el final, por eso creemos en Él. Más aún, en esa entrega de Jesús conocemos a Dios mismo. Jesús es capaz de ir hasta el final, hasta la misma cruz, por la fuerza del mismo Dios que estaba en Él. Por eso veneramos su cruz, porque en ella hemos podido conocer mejor de qué es capaz el amor de Cristo y el amor de Dios. Por esto, la adoración de la cruz es la superación del máximo obstáculo para nuestra fe.

"Por la cruz a la resurrección" se convierte así en la síntesis profunda de la vida del cristiano. La aceptación de la cruz como elemento de salvación es la aceptación de la vida en servicio, como aceptación de la voluntad de Dios sobre nosotros. Es la aplicación de las lecturas de Filipenses y de Hebreos. Adoramos hasta el patíbulo de Cristo, porque el Espíritu de Dios ha podido dar sentido hasta a esa muerte infamante.

La adoración de la cruz es un signo de respeto y amor por algo tan unido al momento más dramático de la vida de Jesús. Pero tiene más sentido. Es la aceptación de la vida como cruz, la profesión de fe en que la cruz no es final sino camino. En la cruz que adoramos está Jesús muerto; solamente podemos adorarla porque sabemos que Jesús no está muerto, que ahora, mientras le contemplamos muerto, está vivo y sentado a la diestra de Dios.

CUARTA PARTE, LA COMUNIÓN
Hoy no se celebra la Eucaristía. La Iglesia lo ha hecho así como señal de duelo. Hoy no hay "celebración". Es una antigua costumbre, más o menos razonable. Pero los cristianos echaban de menos la comunión, y desde hace algunos años se la incluye en la celebración. Ha sido, sin duda, una concesión a la devoción popular por "comulgar", pero especialmente oportuna y llena de sentido, hoy quizá más que nunca.

La comunión no parece tener mucho sentido desplazada de la celebración de la Eucaristía pero tiene hoy una significación muy especial.

Hoy, Viernes Santo, con el recuerdo vivido y cercano de Jesús entregado hasta la muerte en cruz, comulgar adquiere un significado muy especial: se trata de comulgar con Él, en el sentido más profundo de la palabra comulgar; estar de acuerdo, estar con él, aceptarlo, adherirse a Él.

Esta comunión con Jesús subraya, hoy más que nunca, el sentido de compromiso que tiene la fe. Comulgar con Jesús significa aceptar una invitación: Jesús se sentía hijo y vivió como hijo; Jesús entregó su vida para que nos enterásemos de que somos hijos y viviéramos como hijos; Jesús invitó, y sigue invitando a vivir así. Comulgar significa aceptar: aceptar que soy hijo, aceptar vivir como hijo, aceptar el encargo de anunciar esto, de preocuparse por los hijos.

Siempre es así la comunión, pero hoy parece que este aspecto de adhesión a Jesús queda subrayado de manera muy especial, porque se hace en el momento en que contemplamos lo que le costó a Jesús todo eso.

Aceptar a Dios a pesar de la cruz, del mal de la vida y del mundo.
Aceptar que la cruz de los demás es mi cruz y estar dispuesto a compartirla.
Aceptar que la cruz es sólo camino, pero no final.
Aceptarlo porque creemos en Jesús, el Hijo entregado hasta la muerte.

Como siempre y más que nunca, hoy se trata de que "comulgamos con el crucificado". Nuestra adhesión a él significa la aceptación de sus criterios y sus valores, los que le llevaron hasta la muerte.

Comulgar hoy significa cambiar de bando: pasar de estar con los crucificadores a estar con los crucificados. Pasar de ser crucificador a ser, quizá, crucificado.

Comulgar es, hoy más que nunca, una opción por Jesús, con todas las consecuencias que pudiera llevar. Una hermosa frase de Pablo lo resume bien: por la cruz de Cristo, el mundo (sus criterios y valores ) son para mí como un crucificado, y así, como un crucificado soy yo también para ellos, como lo fue el mismo Jesús.

Tuvo mucha razón el pueblo cristiano cuando reclamó que el Viernes Santo no podía pasar sin comulgar con el crucificado.

José Enrique Galarreta




LA CRUZ
Escrito por  Rafael Calvo Beca

Acción de gracias

A Ti, Dios y Padre nuestro, levantamos nuestro espíritu
y entonamos en tu honor esta acción de gracias.
Eres amor y nos has amado antes de que existiéramos.
Por amor lo has creado todo y lo sostienes:
en Ti somos y en Ti vivimos, esa es nuestra fe.
Sentimos que eres más Padre y Madre que Señor.
Y nos pesa que te hayamos imaginado como juez justiciero
cuando únicamente quieres de nosotros que seamos felices
y cuidemos de los hermanos que sufren más penalidades.
Queremos prestarte nuestros brazos y en tu nombre
bajar de la cruz a los crucificados de hoy,
curar sus heridas, consolarlos
y compartir con ellos los bienes que disfrutamos.
Aunque no necesitas de nuestras alabanzas, Padre Dios,
te dedicamos este himno de bendición a tu mayor gloria...

Memorial de la Cena del Señor

Gracias, Padre santo, te damos gracias por tu hijo Jesús,
que con su trayectoria de vida que culmina en la cruz
y con su palabra, ha llenado de sentido nuestra existencia y nos ha iluminado el camino que nos lleva a Ti.
Gracias, Padre, porque hemos encontrado en tu hijo Jesús
la fuerza precisa para comprometernos en su seguimiento.
Al recordar sus enseñanzas y cómo las plasmó en su vida,
vemos que la cruz y el sacrificio personal no son la meta,
que lo que nos pide Dios es que seamos todos felices,
aunque también nos pide que seamos capaces de asumir las renuncias que sean precisas para conseguirlo.
Pero también sabemos, por Jesús, nuestro buen maestro,
que la mayor felicidad está en darse desinteresadamente,
que sólo alcanzaremos nuestra plenitud humana,
superando nuestros egoísmos
y vaciándonos en favor de la humanidad.

Invocación al Espíritu de Dios

Tenemos presente toda la vida de Jesús,
comprometida hasta la muerte,
y nos llena de alegría y esperanza creer que vive en Ti.
Queremos ser fieles al mensaje que nos legó tu hijo Jesús,
queremos imitarle, queremos copiar su estilo de vida,
su forma de amar y entregarse a los demás.
Envíanos tu Espíritu, Dios y Padre nuestro,
para que no nos angustien los sacrificios que nos exija
y nos alegre la felicidad que habremos sabido repartir.
Nos unimos ahora en espíritu
a cuantos ya pasaron por este mundo y permanecen en ti,
y con el aval de ser amigos de tu hijo Jesús y seguirle,
brindamos a tu mayor gloria,
igual que haremos toda la eternidad,
en Cristo, por Cristo, con Cristo.
AMÉN.

Rafael Calvo Beca