miércoles, 27 de marzo de 2013

Para orar y reflexionar el Jueves Santo

YO SERÉ VUESTRO PAN Y VOSOTROS MI CUERPO 
Escrito por  Florentino Ulibarri 


Hoy es día de celebración y promesas,
por eso os he reunido, amigos y amigas,
y quiero que comprendáis lo que hago.

Estaré con vosotros siempre,
en cualquier lugar y a cualquier hora.
Es mi palabra más entrañable y segura.

Seré vuestro horizonte y camino de vida,
la luz que alumbre vuestras noches y días,
el agua que os refresque en vuestras fatigas,
la puerta que os dé entrada y acogida,
la raíz vitalizadora de todas vuestras empresas,
el amigo y guía que siempre os hará compañía.

Pero también seré, y que no os pille de sorpresa,
el fuego que acrisole vuestro ser y pertenencias,
el viento que os empuje siempre fuera,
la verdad que rompa todos vuestros esquemas,
el ladrón que os adelgace a cualquier hora,
y el Señor que os quiere caminando en la tierra.

Y ésta es la fórmula de mi definitiva alianza
con vosotros y la Humanidad entera:
Vosotros seréis mi cuerpo visible que acoge
y mi sangre que lava y da vida;
y yo seré el pan que os alimente
y el vino que os alegre e ilusione siempre.

Yo alimentaré vuestro cuerpo y esperanza,
os daré ternura y fortaleza,
mantendré vuestra llama de amor viva,
fecundaré vuestras entrañas yermas
para que podáis crecer y madurar
y gozar, así, la plenitud y mi gracia.

Vosotros elevaréis, allí donde viváis,
el signo de un Dios que es todo amor,
pan hecho carne, vino que es mi sangre,
palabra corporal, verdadera y buena,
encarnación en esta historia.
¡Misterio de intimidad humana y divina!

Vosotros seréis, en adelante, mi pascua,
mi presencia viva, libre y liberadora,
mis sacramentos en la tierra,
los continuadores de mi obra,
la buena noticia que todos anhelan,
la primicia de lo que os espera.

Seréis mis brazos para estrechar soledades,
mi boca para clamar contra seculares injusticias
que se clavan en la carne de los más débiles,
mis pies para salir tras los que se pierden,
mis ojos para repartir alegría,
mis oídos para escuchar los gritos y silencios.

Seréis mi corazón para latir al unísono
con quienes están heridos y desfallecen,
mis hombros para hacer posible la acogida
a los que llegan cansados y sin fuerzas.
Y, sobre todo, seréis mi amor y ternura
gratuitos y que no se agotan. 

Y yo estaré con vosotros todos los días.
A cualquier hora y en cualquier lugar.
Siempre. Es mi palabra y mi promesa.

Florentino ulibarri



Acción de gracias

A ti, Dios y Señor nuestro, dirigimos esta plegaria
para bendecir tu nombre y darte gracias
porque estás siempre con nosotros
y nos das la vida que disfrutamos.

Queremos proclamar tu bondad ante el mundo,
para que todos sepan que
por encima de tu poder y tu grandeza
está tu amor infinito, incondicional, de Padre y Madre.

Gracias, Dios santo, porque no tenemos por qué temerte
y sólo nos das motivos para quererte.
Uniendo nuestras voces a las de todo el género humano,
entonamos con alegría este himno en tu honor.

Memorial de la Cena del Señor

Te damos las gracias, Padre santo, de modo muy especial,
por habernos dado como compañero a Jesús de Nazaret.
Sabemos, Señor, que esto no es un altar de sacrificios
sino una mesa a la que Jesús, tu hijo, nos ha congregado
para que celebremos una comida de hermandad
y recordemos su vida consagrada al bien de la humanidad.

Vivir conscientemente esta eucaristía nos compromete,
porque ahora nos toca imitar a Jesús
y poner al servicio de los demás todo lo que somos.
Pero es lo que de verdad, de corazón queremos:
ser fermentos de buena voluntad y buen hacer
para que todos los seres humanos nos sintamos amigos
y más que amigos, hermanos.

Invocación al Espíritu de Dios

Te agradecemos, Dios santo,
la presencia de Jesús en medio de nosotros.
Eso creemos, porque es sencillamente lo que nos prometió
siempre que nos reuniéramos como ahora en su nombre.
Dios invisible, pero presente en toda la inmensa creación,
derrama tu espíritu de amor sobre todos nosotros
para que seamos amigos de la verdad
y la verdad nos haga libres,
para que tengamos entrañas de misericordia
y nos duelan las desgracias que sufren tantos hermanos,
para que siempre estemos disponibles para ayudar a otros,
para que seamos entusiastas constructores de tu Reino.

Queremos hacer una gran iglesia, una iglesia sin fronteras,
una comunidad universal, donde tenga cabida
toda la gente de buena voluntad y buen corazón.
Ensancha nuestras miras, que aprendamos de ti
a entender y a querer a propios y extraños. Todos juntos,
como testimonio de la gran familia que formamos en Ti,
invocamos tu nombre y brindamos en tu honor,
por Jesús y con Jesús, tu hijo, hermano y maestro nuestro.
AMÉN.

Rafael Calvo Beca





HOY RECORDAMOS QUE JESÚS SE DIO TOTALMENTE 
Escrito por  Fray Marcos 
Jn 13, 1-15


Considero la liturgia del Jueves Santo la más significativa de todo el año. Para mí, es la que mejor expresa lo que fue Jesús y su mensaje. Mañana recordaremos la muerte de Jesús, pero hoy se plantea el significado de esa muerte, que es mucho más importante para nosotros que la misma muerte. Ese significado lo encontramos en el relato que los cuatro evangelios hacen de la última cena. La protesta de Pedro, en el relato de Juan, deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada. No podemos reprochárselo, porque tampoco nosotros somos capaces de hacerlo.



Aún no sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. El mismo Jesús le dice a Pedro que no lo puede entender "por ahora". Sabemos que no fue un rito de purificación (antes de comer estaba mandado lavarse las manos, no los pies). No responde a una necesidad urgente (Los discípulos podían seguir con los pies más o menos sucios). Tampoco podemos reducirlo a un acto formal de humildad. Jesús pasaba de todo formalismo. Fue, sin duda una acción profética. La Biblia está plagada de esta manera de trasmitir una verdad profunda, sobre todo en los profetas. Esta es la razón por la que, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena, se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras está encerrado todo lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros.



En el mismo relato que acabamos de leer queda muy clara la importancia que para aquella comunidad tenían los acontecimientos que quieren recordar. Lo pone de manifiesto, la grandiosa obertura con que arranca el texto: "Consciente Jesús de que había llegado su "hora", la de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor en el más alto grado". Pero no es menos sorprendente el final del relato: "¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el "Maestro" y el "Señor"; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros". En estas frases tenemos la clave de la celebración de hoy. No importa que las haya pronunciado el mismo Jesús, es el sentir de la comunidad de Juan y eso es para nosotros lo importante.



Recordamos lo sucedido en la Última Cena, sobre todo la institución de la eucaristía y el lavatorio de los pies. Nuestra reflexión va a comenzar por el lavatorio de los pies. No porque sea más importante que la eucaristía, sino porque espero que esta reflexión nos ayude a comprenderla mejor. En ese gesto, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Si entendemos esta equiparación, estaremos en condiciones de ahondar en el significado de los dos hechos. Lavar los pies era un servicio que normalmente solo hacían los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve. Esto es lo que había hecho Jesús durante toda su vida, pero ahora quiere hacer un signo que no deje lugar a la duda. Es importante el hecho en sí, pero mucho más, lo que quiere significar.



Juan, el más espiritual y místico de los evangelistas, el que más profundizó en el mensaje de Jesús, ni siquiera menciona la institución de la eucaristía. Esto debía hacernos pensar en la importancia del signo de lavar los pies. Sospecho que Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como don, como entrega. "Yo estoy entre vosotros como el que sirve." Jesús no renuncia a ninguna grandeza humana, pero denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder. La verdadera grandeza humana está en parecerse a Dios que se da sin condiciones ni reservas. Todo ser humano, también Jesús, es un proyecto que tiene que ser llevado a la realización completa. Esa plenitud a la que puede llegar, está marcada por su capacidad de darse a los demás.



Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: "Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado". Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer.



Cuando seguimos insistiendo en los diez mandamientos de Moisés o los de la Iglesia, nos quedamos a años luz del mensaje de Jesús. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaros! No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Tenemos que amarnos, eso sí, como Dios ama, como Jesús amó. Una eucaristía celebrada como devoción, que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús. Celebrar la eucaristía es aceptar el compromiso de darse hasta el final. La eucaristía no es más que el signo (sacramento) de la entrega. Si no se da esa entrega, lo que hacemos se queda en un puro garabato.



En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato de la eucaristía, pero evita el peligro de quedarnos en la espiritualización del misterio. Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero significado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Meteos bien en la cabeza, que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dándome a los demás. Yo soy sangre, (vida) que se derrama para todos, que llega a todos, que da vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que se deja empapar por esa Vida.



Las palabras finales son muy importantes. Jesús no dice que repitamos el gesto no para "conmemorar" el hecho, sino para que tomemos conciencia de su significado y lo vivamos.



Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir a todos. Manifestando de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana solo la alcanzaría cuando se diera totalmente, cuando llegara al sacrificio total con la muerte asumida y aceptada. De ahí la profunda relación que tienen los acontecimientos del Jueves Santo con los del Viernes. Jesús des-trozado puede ser asimilado e integrado en nuestro propio ser. Solo cuando muramos a todos nuestros egos, llegaremos a la plenitud del amor.



Aunque Juan no menciona la eucaristía en la última cena, no se ha desentendido de un sacramento que tuvo tanta importancia para la primera comunidad. En el c. 6 del evangelio de Juan, encontramos la verdadera explicación de lo que es la eucaristía. "Yo soy el pan de vida". Para explicar esto, dice a continuación: "Quien viene a mí, nunca pasará hambre; el que me presta su adhesión, nunca pasará sed". Está muy claro que comer materialmente el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo verdaderamente importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre, resumida en el servicio a los demás hasta deshacerse por ellos.



En el mismo c. 6, dice un poco más adelante: "El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me "come" vivirá por mí". Para mí, no hay en todo el NT una explicación más profunda de lo que significa este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también la misma Vida, la definitiva, la trascendente, la que no se verá alterada por la muerte biológica.



Para hacer nuestra esa Vida, tenemos que aceptar la "muerte", no la física (aunque también), sino la muerte a todo lo que hay en nosotros de caduco, de terreno, de transitorio, de individualismo, de egoísmo. Sin esa muerte, nunca podrá haber verdadera Vida. No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo, al elegir la más alta posibilidad de plenitud humana.



Volviendo al lavatorio de los pies. Esta actitud de Jesús a los pies de sus discípulos, pulveriza la idea de Dios "Señor" al que hay que servir. Jesús hace presente a un Dios que no actúa como soberano celeste, sino como servidor del hombre. Dios está a favor de cada hombre no imponiendo su voluntad desde arriba sino trasformando al hombre desde abajo, desde lo hondo del ser humano y levantando al hombre a su mismo nivel.



Todo poder, sobre todo el ejercido en nombre de Dios, es contrario al mensaje de Jesús. Ni siquiera el deseo de hacer bien, puede justificar ponerse por encima de los demás para violentarles.



Meditación-contemplación




Jesús manifiesta lo que es Dios poniéndose al servicio de los demás.


Deshaciéndose, alcanza la plenitud.


Hoy lo descubrimos en el signo del lavatorio y la eucaristía.


Mañana, con la realidad de su muerte.



......................



Jesús dijo: Yo soy pan partido y repartido.


Yo soy sangre (Vida) que se derrama en todas direcciones.


Eso tengo que llegar a ser yo


si quiero alcanzar la plenitud humana.



..........................



Si soy capaz de morir a mi egoísmo,


alcanzaré la plenitud de Vida.


Si soy capaz de darme hasta la muerte,


permaneceré para siempre en la verdadera Vida.



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Fray Marcos






POR LOS HERMANOS 
Escrito por  Mari Patxi Ayerra 

Junto al pan y al vino, hoy elevamos nuestra petición por los hermanos, queriendo tener un corazón universal, más atento a los otros que a nosotros mismos:
o Te pedimos por todas las víctimas de la crisis que están pasando necesidad, estrecheces y paro, para que abramos caminos nuevos de austeridad, compartir y luchar.
Que nos tratemos como hermanos, Padre.

o Por los que no pueden tener vacaciones, por los que tienen jornadas interminables, por los que lo están pasando mal.
Que nos tratemos como hermanos, Padre.

o Por los que están fuera de su tierra y lejos de los suyos, por los que están siendo perseguidos, por los que viven en desamor o en el dolor.
Que nos tratemos como hermanos, Padre.

o Por los que tienen que hacer piruetas con su horario, su economía, su tiempo y su vida, para que se la suavicemos o facilitemos.
Que nos tratemos como hermanos, Padre.

o Por todos tus hijos, a los que amas con pasión, especialmente a los más débiles, pobres o enfermos, para que vivamos atentos a sus necesidades.
Que nos tratemos como hermanos, Padre.

Acoge los gritos de la humanidad que hoy te presentamos y nuestro deseo de vivir como auténticos hijos tuyos, te lo pedimos desde nuestra incoherencia, fragilidad y pobreza, amén.

Mari Patxi Ayerra





SER PAN PARA TODOS 
Escrito por  José Enrique Galarreta 
Jn 13, 1-15


Me parece muy importante el hecho de que el cuarto evangelio omita el relato del pan y el vino y sitúe en el lugar que le correspondería el del lavatorio de los pies. Nos sirve para comprender mejor la intención de este evangelista: ya están narrados y divulgados, desde hace quizá veinte años, los hechos y dichos de Jesús. El cuarto evangelista pretende insistir en lo más significativo, dar más sentido e interpretar teológicamente lo que ya saben los cristianos. En el caso del lavatorio de los pies, da el sentido último de la eucaristía: ponerse a los pies de todos, ofrecerse, integralmente, para ser pan para todos.



La celebración se debe centrar, por tanto, en la Cena de despedida, y en nuestra Cena. Es realmente preocupante la tendencia del pueblo cristiano a reducir los sacramentos a acciones físicas que deben tener el poder de producir efectos por sí mismas, "por su propia virtud", y para el individuo.



En la eucaristía, apenas ponemos el acento en la reunión, en la oración, en el perdón, en el encuentro con la Iglesia... tendemos a poner el acento en la unión personal con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Incluso tendemos a entender la presencia "real" de Cristo en la Eucaristía como una presencia casi "física" del Cuerpo de Cristo en la Hostia y de la Sangre de Cristo en el Vino... que demanda, ante todo, la adoración.



Una hermosa frase de Panikkar lo resume bien: "No es que en la Eucaristía el pan se transforme en Cristo, sino que Cristo es pan, y como tal se le reconoce en la liturgia eucarística". Aplicándolo a la celebración diríamos que no se trata tanto de que nosotros comemos ese pan sino que aceptamos ser pan, grano triturado y entregado para la vida del mundo. Sin esta dimensión de compromiso, de entrega al servicio, ni la vida ni la pasión de Jesús, ni nuestra vida ni la celebración de la eucaristía tienen ningún sentido.



Por esto resultan tan acertadas las lecturas. Nos recuerdan ante todo la celebración, la reunión, la Cena del Señor, que es lo que celebramos cada domingo. Y, por encima de ello, el espíritu de esta celebración, la comunidad de la Iglesia con su Cabeza, en aquello que define precisamente a Cristo, ser pan y vino, servicio que se entrega para dar vida.



Hoy es día para emocionarse. Dios es tan "para nosotros" que lo que mejor le representa es el pan. Jamás nadie ha sido tan osado como Jesús. Jamás nadie se ha atrevido a tanto. Jesús pan molido en la cruz, Jesús nuestro alimento, Jesús levadura de nuestra masa insípida, Dios nuestro pan. Ahora entendemos mucho mejor lo que decimos al rezar: "Danos hoy nuestro pan de cada día"



Es también preocupante que la legislación de la Iglesia haya insistido tanto en asistir a Misa y tan poco en comulgar con Jesús: "Oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar – Comulgar por Pascua Florida" --> los dos mandamientos de la Iglesia que aprendíamos de niños.



Para la teología catequética habitual hace algunos años, la Misa era ante todo "El Santo Sacrificio" y su momento culminante era la Consagración. La teología oficial actual sigue insistiendo fuertemente en el aspecto sacrificial y añade, generalmente a modo de verdadero añadido, el aspecto "convivencial". Pero no es suficiente: el aspecto que llaman pomposamente "convivencial" es lo esencial de nuestra reunión eucarística. El aspecto sacrificial es la esencia de la vida entera de Jesús, y esto se simboliza perfectamente en el pan y el vino. En la misa no estamos ofreciendo a Dios el Sacrificio de Cristo en la cruz. Estamos uniéndonos a la entrega completa de toda la vida de Jesús.



Después de la celebración de la Eucaristía, hay dos costumbres tradicionales y muy hermosas del pueblo cristiano: la veneración del Pan y el Vino de la Eucaristía, y la Hora Santa.



Guardar el Pan y el Vino de la Eucaristía para los enfermos, los ausentes... fue una costumbre que la Iglesia fue adquiriendo. Era lógico venerarlo con sumo respeto. De aquí hemos ido muy lejos, tan lejos que a veces algunos cristianos se parecen mucho a los paganos que creían tener a sus dioses guardados en casa. Nosotros no tenemos a Dios guardado en una cajita, ni Jesús necesita compañía. Jesús está resucitado a la diestra de Dios y Dios está en todas partes, no lo olvidemos.



Nuestra veneración del Pan y el Vino de la Eucaristía debe remontar esas imágenes, que pueden ser válidas, pero que son insuficientes. El centro de nuestra atención es la Celebración de la Cena del Señor, y el Mensaje: Dios es el Pan y el Vino de la Vida, y esto lo hemos descubierto en Jesús. La increíble novedad de ese mensaje es muy superior a todo lo demás. La veneración del Pan y el Vio eucarísticos tienen poco sentido si los desligamos del sentido mismo de la celebración eucarística.



En la "Hora Santa" prevalecen algunas veces en demasía los aspectos sentimentales excesivamente subjetivos e imaginativos. "Acompañamos a Jesús en su desamparo". Está muy bien como aplicación de nuestros sentidos, y nos ayuda a identificarnos con Él, pero hay que ir más lejos, eso no es más que el ambiente: se nos ofrece una magnífica oportunidad de asimilar el profundo mensaje del abandono de Jesús, de su oración angustiada, de la noche del hombre... Y es una preparación magnífica para vivir intensamente la celebración del Viernes.



Tradicionalmente se dedica parte de esta "Hora Santa" a la consideración del lavatorio de los pies. Y es claro que en ese relato del cuarto evangelio se encuentra una admirable síntesis. Tan admirable que, como hemos visto, para el evangelista puede desplazar incluso el relato mismo de la Eucaristía. Se nos muestra, muy acertadamente, que la contemplación de Jesús no termina en el sentimiento, ni en el acompañamiento emocionado: termina en la Misión. "Os he dado ejemplo para que, como yo lo he hecho con vosotros, así también vosotros lo hagáis".



Por eso, la veneración del Santísimo Sacramento y la Hora Santa deben estar orientadas a unir el jueves y el viernes. Comulgamos con Jesús, el que se entrega hasta la muerte, el que sirve hasta la muerte, el que se pone a los pies de todos aunque le cueste la vida.



José Enrique Galarreta