jueves, 7 de marzo de 2013

CON LOS BRAZOS SIEMPRE ABIERTOS - José Antonio Pagola


CON LOS BRAZOS SIEMPRE ABIERTOS - José Antonio Pagola

Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.

Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado "reprimida" en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía "la parábola del hijo pródigo", pero nunca la han escuchado en su corazón.

El verdadero protagonista de esa parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: "Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado". Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.

A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.

El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre "lo vio" venir hambriento y humillado, y "se conmovió" hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.

Enseguida "echa a correr". No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. "Se le echó al cuello y se puso a besarlo". Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.

El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Sólo Dios acoge y protege así a los pecadores.

El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.

Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que en el misterio último de la vida hay Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la Buena Noticia de Dios. Pásalo.
10 de marzo de 2013
4 Cuaresma (C)
Lucas 15, 1-3. 11- 32

AQUÍ ESTOY OTRA VEZ, PADRE
Escrito por  Florentino Ulibarri

Me levantaré e iré,
sé a dónde y a quién.
No es la primera vez que vuelvo
a la casa que un día dejé
arrogante y sin mirarte
poniendo a prueba tu corazón de Padre.
Y tú me sorprenderás, nuevamente,
con tu acogida, como siempre.

Aquí estoy otra vez, Padre.

Te dejaré ser Padre,
reconoceré mis veleidades,
renunciaré a la excusa,
lanzaré silencios que griten;
aceptaré abrazos y besos,
permitiré que me laves como a un niño,
que hagas fiesta en mi nombre,
que me regales anillo y traje...

Aquí estoy otra vez, Padre

No vuelvo a tientas, vuelve el hijo;
el que se marchó de casa
y malgastó tu hacienda,
el que te hirió el corazón
y rompió tus planes,
el que quiso olvidarte
con juergas y fiestas,
el de siempre...

Aquí estoy otra vez, Padre.

Vengo como me ves,
como ya sabes;
por necesidad,
herido y con hambre,
porque sólo en ti halla paz
mi pobre y vacío ser
que ha fracasado en su huida
y en sus veleidades.

Aquí estoy otra vez, Padre.

Florentino Ulibarri



PADRE ES EL QUE ES CAPAZ DE DARLO TODO
Escrito por  Fray Marcos
Lc 15, 1-32

La liturgia propone la parábola del "hijo pródigo" con la intención de que nos identifiquemos con el hijo pródigo. Pretende hacernos tomar conciencia de nuestros pecados, e invitarnos a la conversión. Es una propuesta válida, pero parcial, porque la parábola no va dirigida a los publícanos y pecadores, sino a los fariseos y letrados que murmuraban de Jesús porque acogía a los pecadores.

Se trata de un relato ancestral presente en todas las culturas. Es un producto del subconsciente colectivo que expresa realidades escondidas de nuestro ser. Es un prodigio de conocimiento psicológico de la persona humana y un alarde de experiencia religiosa. Los tres personajes represen¬tan distintos aspectos de nosotros mismos.

La comprensión de esta parábola ha sido para mí una verdadera iluminación. He visto reflejada en ella de manera sublime todo lo que debemos aprender sobre el falso yo y nuestro verdadero ser. Pero también, la necesidad de interpretar la parábola, no desde la perspectiva de un Dios externo a nosotros sino desde la perspectiva de un Dios que se revela dentro de nosotros mismos. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que perdonar, acoger e integrar todo lo que hay en mí de imperfecto y engañoso. Ser verdadero hijo no es vivir sometido al padre o alejado de él, sino imitarle hasta identificarse en él.

El padre es nuestro verdadero ser, nuestra naturale¬za esencial, lo divino que hay en nosotros. Es la realidad que tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser y de la que tanto hemos hablado últimamente. No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros, formando parte de nosotros mismos y que se relaciona con nosotros desde nuestro centro. Esa verdadera realidad que somos está siempre abierta y esperando abrazar todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera fundir todo el hielo que encuentra en nosotros. Esa realidad fundante, nunca lucha contra nada sino que lo intenta abarcar todo e integrarlo en ella misma.

El hijo menor simboliza nuestro "yo", nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que realmente somos. Es la ola que se siente capaz de vivir sin el océano, porque lo considera una cárcel. Quiere seguir siendo "yo". Opone resistencia a todo lo que no es ella y cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, tarde o temprano, surge la inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por ese camino nunca podrá satisfacerle.

El hijo mayor representa también nuestro "ego", pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado todavía con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su naturaleza egocéntri¬ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio. Sigue creyendo que la individualidad es imprescindible y no puede aceptar el verdadero ser de los demás, porque no se ha identificado con su verdadero ser. El "yo" y el "ser verdadero" aún siguen separados.

El Padre que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior y en los demás (el hermano). El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder al Padre. No es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre. Todos tenemos que dejar de ser "hermano menor", y "hermano mayor", para convertirnos finalmente en "Padre".

La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado, nos ha hecho interpretar la parábola de una manera unilateral. Es un error llamar a este relato la parábola del "hijo pródigo". No va dirigida a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios. Se trata de defender la postura de Jesús para con los publicanos y pecadores, que manifiesta lo que es Dios para todos nosotros, seamos "buenos" o "malos". En la manera de actuar con los dos hijos, el Padre de la parábola hace presente a Dios; de la misma manera que Jesús al acoger a los pecadores está haciendo presente a Dios.

Normalmente hemos considerado la parábola como dirigida a los "hijos pródigos". Da por supuesto que todos tenemos mucho de hijo menor, que es el malo. La verdad es que el mayor no sale mejor parado que el menor y debería ser objeto de una atención más cuidada.

Es relativamente fácil sentirse hijo pródigo. Es fácil tomar conciencia de haber dilapidado un capital que se nos ha entregado antes de haberlo merecido. Como el hijo menor, es fácil tomar conciencia de que hemos renunciado al padre y a la casa, hemos deseado que estuviera muerto para heredar, hemos traicionado a la familia, hemos renegado del entorno en que se había desarrollado nuestra existencia. Todo para potenciar nuestro egoísmo, para satisfa¬cer nuestro hedonismo a costa de lo que se nos había entregado con amor. El fallo estrepitoso del hijo menor y la situación desesperada a la que ha llegado, facilita la toma de conciencia de que ha ido por el camino equivocado.

Es más difícil que descubramos en nosotros al hermano mayor, y sin embargo, todos tenemos muchos más rasgos de éste que del menor. Con frecuencia, no entendemos el perdón del Padre para con los pródigos, nos irrita y molesta que otras personas que se han portado mal, sean, a la postre, tan queridas como nosotros.

No percibimos que rechazar al hermano es rechazar al Padre. No solo no nos sentimos identificados con el Padre, sino que intentamos, por todos los medios, que el Padre se identifique con nosotros; cosa que no le pasa por la cabeza al hermano menor. Desde esa perspectiva tampoco descubrimos que tenemos que regresar al Padre. Por eso la parábola deja en un suspense inquietante la respuesta del hermano mayor. No nos dice si el hijo hace caso al padre y se incorpora a la fiesta. Esto nos tiene que hacer pensar.

El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debería ser el motivo de alegría para uno y para otro.

Llegar a ser Padre, no supone ignorar nuestra condición de hermano menor y mayor, hay que aceptarlo, hay que saber convivir con lo que aún hay en nosotros de imperfecto. Debemos intentar superarlo, pero mientras ese momento llega, hay que aceptarlo y sobrellevarlo desplegando el amor incondicional del Padre. Tanto el hermano menor como el hermano mayor que hay en cada uno de nosotros, deben ser objeto del mismo amor.

La parábola no exige de nosotros una perfección absoluta, sino que nos demos cuenta de que nos queda un largo camino por recorrer. Lo que pretende es ponernos en el camino de la verdadera conversión: la superación de todo egoísmo e individualismo.

El descubrimiento de que somos el hermano menor y a la vez, el hermano mayor, nos tiene que hacer ver el objetivo de la parábola, que es el Padre. Todos estamos llamados a dejar de ser hermanos e identificarnos con el Padre como Jesús. (Aquí podemos descubrir un profundo significado de la frase de Jesús: "Yo y el Padre somos Uno"). Nuestra maduración personal tiene que encaminarse a reproducir la figura del Padre. "Sed misericordiosos como vuestro padre es misericordioso". El relato nos tiene que hacer ver, que siempre habrá en nuestra vida, etapas que hay que superar por imperfectas.

Permanecer alejados de nuestro verdadero ser es alejarse de Dios y caminar en dirección opuesta a nuestra plenitud. Pero vivir junto a Dios sin conocerlo, es hacer de Él un ídolo y alejarse también de la meta. Lo malo de esta opción es que seguiremos creyendo que caminamos en la verdadera dirección, lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar. Esta es la causa de la ineficacia de nuestras conversiones.

Meditación-contemplación

Yo y el Padre somos UNO.
Es la mejor expresión de lo que fue Jesús.
Tú también eres UNO con Dios, pero todavía no te has enterado.
El día que lo descubras, esa frase saldrá también de lo más hondo de tu ser.
.............................

Descubre lo que hay en ti de hermano menor:
Me dejo llevar por el hedonismo individualista.
Busco lo más fácil, lo más cómodo, lo que me pide el cuerpo...
Mi objetivo es satisfacer las exigencias de mi falso "yo".
...............................

Descubre lo que hay de hermano mayor:
Busco la cercanía de Dios, pero fabrico un Dios a mi medida.
Un Dios que me quiera, porque soy mejor que los demás
y me debe ese amor que le exijo.
..........................

No busques modelos fuera, todos son falsos.
El único modelo debe ser Él, que no está "en los cielos" (en las nubes),
sino en lo hondo de tu ser,
esperando ser descubierto, vivido y manifestado.
......................

Fray Marcos




ORACIÓN DE PETICIÓN
Escrito por  Fray Marcos

¿QUÉ SENTIDO TIENE LA ORACIÓN DE PETICIÓN?
A la atención de Fray Marcos.

Buenos días. Todas las semanas leo tus comentarios al Evangelio del domingo, con los que sintonizo plenamente. Después de leer el correspondiente al día 3 de marzo, ha vuelto a surgir en mí el tema de la oración, que cíclicamente me cuestiono. Y por eso me tomo la libertad de consultarte.

Como bien dices en tu comentario: "...Resulta que Dios, por ser "acto puro", por estar haciéndolo todo en todo instante, no puede hacer nada en concreto. No puede empezar a hacer nada, porque una acción es enriquecimiento del ser que actúa, y si Dios pudiera ser más, antes no sería Dios. Tampoco puede dejar de hacer nada de lo que está haciendo, porque perdería algo y dejaría de ser Dios..."
Entonces, ¿qué sentido tiene la oración de petición?
Muchísimas gracias por tu atención.

Mar

Si haces la oración para informar a Dios de alguna carencia, no tiene ningún sentido.
Si la haces para cambiar la actitud de Dios y que se ponga de tu parte, no tiene ningún sentido.
Si la haces pensando que, por ser buena, Dios tiene que hacerte caso, no tiene ningún sentido.
Podíamos seguir poniendo condicionales hasta el infinito, y la respuesta sería siempre la misma.

Pero toda oración, también la oración de petición, es mucho más que una petición. Solo el hecho de acordarnos de Dios es ya algo muy positivo. Pero si además reconocemos nuestras limitaciones y que Él está más allá de nuestra contingencia, si descubrimos que está por encima de nuestras pequeñeces y está siempre de nuestra parte, pero no para sacarnos las castañas de fuego, sino como trasfondo que puede dar sentido a mi sufrimiento, entonces la oración de petición puede ser un apoyo muy importante para seguir creyendo y confiando, a pesar de unas circunstancias adversas.

El contacto con Dios puede ayudarme a afrontar una situación difícil y hacer todo lo que esté de mi parte para superarla. Es más, puede hacerme ver que, pase lo que pase, mi obligación es superarla.

Así, la oración de petición es útil, precisamente porque Dios no responde a mis requerimientos. Esto me puede ayudar a dejar a Dios ser Dios y tratar de conformarme con ser criatura. No tiene ningún sentido pedirle a Dios que me saque de mis limitaciones, porque dejaría de ser criatura.

Si creo que Dios ha escuchado mi oración y me concede esto o aquello, mi actitud materialista ante Él no cambiará, y aunque crea que me ha hecho un favor, mi salud espiritual seguirá siendo infantil.

Sigue rezando, pero, cuando hagas oración, trata de escuchar tu misma lo que dices a Dios. Descubre tus carencias, acepta tu limitación y trata de tomar conciencia de que Él está en ti para que tú puedas superarlas.
Un abrazo,
Marcos

¿PUEDE SUFRIR DIOS?
A la atención de Fray Marcos.

El texto siguiente pertenece a tu comentario al evangelio de este domingo.
"Pero resulta que Dios, por ser "acto puro", por estar haciéndolo todo en todo instante, no puede hacer nada en concreto. No puede empezar a hacer nada, porque una acción es enriquecimiento del ser que actúa, y si Dios pudiera ser más, antes no sería Dios. Tampoco puede dejar de hacer nada de lo que está haciendo, porque perdería algo y dejaría de ser Dios."

No es la primera vez que haces estas o similares afirmaciones. Pertenezco a una comunidad de base. Y hemos comentado varias veces esas expresiones.

La definición de ACTO PURO referida a Dios, pensamos que no debería utilizarse. Hace unos días en el libro "El Rostro Humano de Dios" el teólogo González Faus rechaza expresamente esa expresión referida a Dios. José Mª Castillo siempre ha rechazado cualquier tipo de "definiciones" referidas a Dios como p.e. Todopoderoso, etc.

Si Dios es "Acto puro", todo lo tiene ya hecho, ni puede sufrir (aunque sea un antropomorfismo) con los que sufren (aquello de "tuve hambre, y me disteis...") ni puede tener deseos, porque eso -como se afirma en ese texto- supone una imperfección. Por este camino llegamos al Dios impasible.

Puede que estemos equivocados, o que no hayamos entendido el sentido de esas afirmaciones teológicas. Pero... ¿merece la pena creer en ese dios?

Esperamos una explicación más creíble o digerible. Gracias. Un abrazo,

José

Por supuesto que no deberíamos emplear esa expresión ('acto puro') para referirnos a Dios. Ni esa ni ninguna otra, porque todas serían la expresión de una idea de Dios, no de Dios. Si la utilizo, es para demostrar, partiendo de la más tradicional teología, que aplicar a Dios actos puntuales no tiene ni pies ni cabeza.

Claro que Dios no puede sufrir con los que sufren. Estaría bueno que lo que es Dios dependiera de nosotros. Para Dios todo está en armonía en todo momento. El mal y el dolor que nosotros constatamos no es más que una falta de perspectiva. El mal absoluto no existe; lo que pasa es que estamos incapacitados para superar el maniqueísmo que está incrustado en nuestro cristianismo hasta los tuétanos.

De todas maneras, yo escribo y hablo, para hacer pensar, no para que el que me lee o escucha piense como yo. Sobre todo, tratándose de Dios, todo pensamiento es relativo.
Un abrazo,
Marcos




EL PADRE USURPA EL ROL DE LA MADRE
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 15, 1-32

El evangelio de hoy nos ofrece la oportunidad de meditar la perla de las Parábolas de Jesús. Vamos a hacerlo a fondo. En primer lugar, ofrecemos unas notas al texto de la parábola que ayuden a su comprensión.

El contexto es la murmuración de los "justos". Estamos ante la mayor revolución de Jesús: que no te quiere Dios porque eres bueno, sino porque le necesitas.

El hijo menor se marcha. En esto consiste el pecado: preferir el mal engañados por su apariencia de bien. En el fondo "marcharse lejos del Padre". Y a esto conduce el pecado: a echar a perder la vida, a hacer del hombre algo miserable. Se arrepiente sólo por hambre: en casa estaba mucho mejor. No conoce a su padre: cree que tiene que convencerle para que le perdone. (Por eso se fue, porque no le conocía).

El padre no perdona, no razona, simplemente, se lleva un alegrón indecible. Y no piensa más que en celebrar, en tirar la casa por la ventana. "Porque ha vuelto a la vida".

El hijo mayor es "justo", cumple bien con sus obligaciones, respeta a su padre, pero no se alegra de que haya vuelto su hermano. "Aunque hable las lenguas de los ángeles, si no tengo amor, no soy nada". "No te das cuenta de que eres feliz, de que estás en casa, de que es tuyo todo lo de tu padre" "pero nuestra alegría no era completa, porque faltaba tu hermano"...

Diríamos que no hay nada que comentar, que no hay más que leer, admirar, y dejarse penetrar de la Palabra. Y es lo que debemos hacer: releer una y otra vez el texto evangélico y dejar que el Espíritu de Jesús nos vaya invadiendo. Sin embargo, es tanto el contenido y tan revolucionario, que necesariamente debemos explicarlo un poco.

Ante todo, Jesús es el mejor narrador de todos los tiempos. Es el Maestro de los maestros al inventar narraciones para hablar de Dios. Jesús es el que sabe hablar de Dios, porque le conoce. Jesús es el que sabe hablar del hombre, porque le conoce.

Lo primero que se nos ofrece es sin duda una preciosa definición del pecado y de la conversión.

¿Qué hay en la casa del padre? Trabajo, cariño, responsabilidad, sentirse bien, tener alimento, ser alguien, ser hijo.

¿Qué hay lejos de la casa del Padre? Engaño, apariencia de felicidad, todo insatisfactorio y perecedero. El hijo pequeño ha cometido un grave error. Le ha parecido que hay cosas mejores que trabajar en la Casa del Padre. Es una definición del pecado: un grave error, sentirse atraído por algo que, a la larga, te va a decepcionar, te va a hacer desgraciado. Y sobre todo, no ser nadie, haber perdido la dignidad y la identidad.

¿Por qué quiere el hijo volver? Por hambre. Porque se acuerda de que en casa de su Padre se estaba mucho mejor. Ni siquiera por su Padre, ni por cariño. Porque se acuerda de lo bien que estaba en su casa.

Hasta aquí, Jesús nos ofrece todo un tratado de sicología del pecado y de la conversión. El pecado es error: pensamos que fuera de la Ley de Dios se está mejor. Buscamos la felicidad fuera de lo que Dios propone. Debilidad y error que conduce al ser humano a la indignidad y a la pérdida de identidad.

Pero el mensaje es mucho más amplio y profundo: el mensaje básico no es el hijo, sino el padre. El mayor de los errores del hijo es que no conoce a su padre. Piensa que tendrá que rogarle, que convencerle, que quizá consiga ser admitido como un criado... ¡Qué sorpresa, cuando empieza a recitar su cantinela "padre, he pecado contra el cielo y contra ti..." y se da cuenta de que su padre ni le escucha, sino que grita de alegría a todo el mundo, que traigan buena ropa, que maten el ternero, porque mi hijo ha vuelto!

Quizá hayamos olvidado que la parábola es paradójica. Tuvo que sonar muy mal ante aquel auditorio acostumbrado a que el "Paterfamilias" fuese ante todo "el amo", el que imparte justicia, el conservador de la hacienda. Para todos los oyentes, el que tiene razón es el hijo mayor, que es trabajador, fiel a su casa, justo. La misericordia esperable sería que el hijo que vuelve fuese admitido en casa como peón... por pura bondad. Entonces podríamos hablar de un padre justo y misericordioso... Pero el padre de la parábola es mucho más que eso.

Ese padre que destroza la herencia, perjudica los intereses del hermano justo y trata al hijo pequeño "como si no hubiese pasado nada" (y todavía mejor) no es un buen ejemplo para el orden ni para la educación de los hijos ni para el mantenimiento de la estabilidad de la hacienda familiar. El padre de esta parábola usurpa el rol de la madre, que debería estar ahí para interceder por el hijo descarriado; pero no hace falta, porque el padre no es el paterfamilias justo sino la madre emocionada por el regreso del hijo.

La parábola se inscribe pues junto a las otras en que el mensaje radica precisamente en "Dios no hace justicia", como los viñadores de la última hora o la invitación al banquete, y a los hechos de Jesús en que prefiere a los pecadores antes que a los justos. Los pecadores que se acercan a Jesús son acogidos inmediatamente, aunque no hagan nada por "merecer" el perdón, como la mujer adúltera.

Lo esencial en la parábola es sin duda que el hijo es restituido a su condición de hijo sin ningún mérito propio; solamente porque el Padre está deseando hacerlo así. En cuanto el hijo da pie para ello, recibe la plenitud del cariño del padre: no tiene más que acercarse, aunque sea sólo por hambre, y encontrará al Padre feliz de recuperarle como hijo.

Y éste es el secreto: no se trata de perdonar cosas pasadas y decir que no tienen importancia, sino de recuperarle como hijo. No estamos ante un tribunal "blando" que quita importancia a los errores o maldades anteriores. Esto deformaría esencialmente la imagen del padre. Se trata de que no estamos ante un tribunal, sino ante el estupendo milagro de que el cariño del Padre ha recuperado a un hijo.

Ha recuperado a un solo hijo. Al otro hijo no parece poder recuperarlo ni el cariño del padre: seguirá viviendo en el árido reino de la justicia. No olvidemos que estas parábolas las provocan los fariseos y escribas que murmuran porque Jesús acoge a los publicanos y pecadores que acuden en masa a Él.

Demasiadas veces seguimos viendo a Dios como Amo y como Juez. Jesús ha revelado lo más íntimo de Dios con otras imágenes: médico y papá.

Demasiadas veces seguimos pensando en nuestros pecados como delitos, ofensas cometidas contra Dios. Jesús ha revelado lo más íntimo del pecado: enfermedad y error.

Demasiadas veces hemos concebido esta vida como un lugar en que hemos de pasarlo lo mejor posible dentro de las molestas restricciones que nos imponen las leyes del Amo, esperando resignadamente la catástrofe final de la muerte. Jesús ha revelado que esta vida es trabajar por los hermanos esperando la vuelta a Casa, donde todo llegará a su plenitud (es decir, a la normalidad).

Dios es papá, que nos quiere porque es Él así, no porque seamos maravillosos. Las madres no quieren a sus hijos porque sean guapos. Les quieren, sin más. Así es Dios: nos quiere, sin más. La madre enseña al hijo lo que es bueno, informa, corrige, cura... No se trata de delitos, ni de perdones, ni de leyes. Se trata de que quiere la felicidad del hijo. Si el hijo hace mal, la madre no se indigna, se apena. Si el hijo "vuelve", la madre no perdona, se lleva un alegrón.

Jesús no ha pagado al eterno padre la deuda de nuestros pecados. Porque no hay deuda, sino enfermedades, porque el Padre no necesita ser pagado de nada, porque la Salvación no es iniciativa de Jesús, sino del Padre, porque Jesús no es el bueno que apacigua al juez, sino el Hijo en quien resplandece toda la bondad del Padre. Ya es hora de que cambiemos de religión, y nos fiemos de una vez de la Buena Noticia.

Y si alguien cree que esta manera de entender a Jesús es permisiva, que ancha es Castilla, que no hay que preocuparse por los pecados... es que no se ha enterado de nada. Porque nada hay más exigente que el amor. Porque todas las leyes y obligaciones del mundo se quedan pequeñas y ridículas ante la exigencia que supone el querer, porque la madre hace mil veces más que aquello a lo que está obligada, y lo hace disfrutando, y cuanto más tiene que esforzarse más disfruta, porque el amor sólo se satisface dando y esforzándose.

Y ésa es la vida y la religión a la que Jesús llama, infinitamente más exigente que todos los preceptos, infinitamente más satisfactoria que todos los premios, infinitamente más humana y más divina, porque Jesús conoce a Dios y al hombre, y ha establecido una relación entre ellos objetiva, no basada en lo que nosotros nos imaginamos de Dios y del hombre, sino en lo que Dios y el hombre son en realidad.

En resumen, un cristiano se define por haber aceptado la misión: ¿quieres trabajar en las cosas de tu padre? Decir que sí es vivir como hijo, metiéndose en todos los líos de los demás hijos, porque eso, los hijos, son "las cosas de mi padre". Si alguien piensa que esto es permisivo, hablamos diferente idioma.

Así que hemos dado con una hermosa descripción de "El Reino". El Reino es "estar en las cosas de mi padre". Y de aquí surge una sana, sencilla y comprometedora teología de la ecología y de la solidaridad, tan lejana de esas teologías trinitarias y cristológicas tan presuntuosas como estériles.

José Enrique Galarreta SJ



¿UNA 'PRIMAVERA VATICANA'?
Escrito por  Hans Küng

La primavera árabe sacudió toda una serie de regímenes autoritarios. Ahora que ha dimitido el papa Benedicto XVI, ¿será posible que ocurra algo similar en la Iglesia católica, una primavera vaticana?

Por supuesto, el sistema de la Iglesia católica, más que a Túnez o Egipto, se parece a una monarquía absoluta como Arabia Saudí. En ambos casos, no se han hecho auténticas reformas, sino concesiones sin importancia. En ambos casos, se invoca la tradición para oponerse a la reforma. En Arabia Saudí, la tradición solo se remonta a 200 años atrás; en el caso del papado, a 20 siglos.

Ahora bien, ¿es cierta esa tradición? En realidad, la Iglesia vivió durante un milenio sin un papado de tipo monárquico absolutista como el que conocemos.

Fue a partir del siglo XI cuando una “revolución desde arriba”, la “reforma gregoriana” iniciada por el papa Gregorio VII, nos legó las tres características históricas del sistema de Roma: un papado centralista y absolutista, un clericalismo forzoso y la obligación del celibato para los sacerdotes y otros clérigos seglares.

Los esfuerzos de los concilios reformistas del siglo XV, los reformadores del siglo XVI, la Ilustración francesa en los siglos XVII y XVIII y el liberalismo del siglo XIX tuvieron éxito solo en parte. Incluso el Concilio Vaticano II, de 1962 a 1965, a pesar de abordar muchas preocupaciones de los reformadores y los críticos modernos, se vio obstaculizado por la curia, el órgano rector de la Iglesia, y no logró poner en práctica más que parte de los cambios exigidos.

Hoy, la curia, que también es un producto del siglo XI, sigue siendo el principal obstáculo para cualquier reforma de fondo de la Iglesia católica, cualquier acuerdo ecuménico con las demás iglesias cristianas y religiones mundiales y cualquier actitud crítica y constructiva frente al mundo moderno.

No podemos engañarnos con las grandes masas. Detrás de la fachada, la casa está viniéndose abajo

Con los dos últimos papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI, se ha producido un fatal regreso a los viejos hábitos monárquicos de la Iglesia.

En 2005, en una de sus escasas muestras de audacia, Benedicto mantuvo una amigable conversación de cuatro horas conmigo en su residencia de verano, en Castelgandolfo, cerca de Roma. Yo había sido colega suyo en la Universidad de Tubinga y también su crítico más feroz. Durante 22 años, después de que criticara la infalibilidad del Papa y me retirasen la autorización eclesiástica para dar clase, no habíamos tenido el menor contacto privado.

Antes del encuentro, decidimos dejar de lado nuestras diferencias y hablar de temas sobre los que podíamos estar de acuerdo: la relación positiva entre la fe cristiana y la ciencia, el diálogo entre religiones y civilizaciones y el consenso ético entre fes e ideologías.

Para mí, y para todo el mundo católico, la entrevista fue una señal de esperanza. Pero, por desgracia, el pontificado de Benedicto estuvo marcado por crisis y malas decisiones. Logró irritar a las iglesias protestantes, los judíos, los musulmanes, los indios de Latinoamérica, las mujeres, los teólogos reformistas y todos los católicos partidarios de las reformas.

Los mayores escándalos de su papado son conocidos: para empezar, el hecho de que Benedicto reconociera a la archiconservadora Sociedad de San Pío X del arzobispo Marcel Lefebvre, que se opone de manera rotunda al Concilio Vaticano II, y a un personaje que niega el Holocausto, el obispo Richard Williamson.

Luego estuvo la inmensa ola de abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes, que el Papa ayudó en gran parte a encubrir cuando era el cardenal Joseph Ratzinger. Y después el caso Vatileaks, que reveló un espantoso número de intrigas, luchas de poder, corrupción y deslices sexuales en la curia, y que parece ser una de las principales razones por las que Benedicto ha decidido abandonar.

Esta primera dimisión de un papa en casi 700 años deja al descubierto la crisis fundamental que se cierne sobre una Iglesia anquilosada. Y ahora, todo el mundo se pregunta: ¿Será posible que el próximo Papa, a pesar de todo, inaugure una nueva primavera para la Iglesia católica? No se pueden ignorar las desesperadas necesidades de la Iglesia. Existe una desastrosa escasez de sacerdotes, en Europa, Latinoamérica y África. Son muchísimas las personas que han dejado la Iglesia o han emprendido una “emigración interna”, sobre todo en los países industrializados. Ha habido una inequívoca pérdida de respeto hacia obispos y sacerdotes, el distanciamiento, en particular, de las mujeres jóvenes, y la incapacidad de incorporar a los jóvenes a la Iglesia.

No debemos dejarnos engañar por el poder mediático de los grandes acontecimientos papales de masas ni por los aplausos enloquecidos de los grupos juveniles católicos. Detrás de la fachada, la casa está viniéndose abajo.

Una encuesta muestra que el 85% de los católicos son partidarios de dejar que los curas se casen

En esta dramática situación, la Iglesia necesita un Papa que no viva desde el punto de vista intelectual en la Edad Media, que no defienda ningún tipo de teología, liturgia ni constitución eclesiástica propias de la época medieval. Necesita un Papa abierto a las preocupaciones de la reforma, a la modernidad. Un Papa que defienda la libertad de la Iglesia en el mundo no solo mediante sermones sino luchando con hechos y palabras por la libertad y los derechos humanos dentro de la Iglesia, por los teólogos, por las mujeres, por todos los católicos que desean decir la verdad abiertamente. Un Papa que no siga obligando a los obispos a obedecer una línea oficial reaccionaria, que ponga en práctica una democracia apropiada dentro de la Iglesia, construida según el modelo del cristianismo primitivo. Un Papa que no se deje influir por ningún otro “Papa en la sombra” del Vaticano como Benedicto y sus leales seguidores.

La procedencia del nuevo Papa no debería ser un factor crucial. El Colegio Cardenalicio debe elegir al mejor, sin más. Por desgracia, desde la época del papa Juan Pablo II, se emplea un cuestionario para hacer que todos los obispos sigan la doctrina oficial de Roma en los asuntos polémicos, un proceso sellado por el voto de obediencia incondicional al Papa. Por eso, hasta ahora, no ha habido disidentes públicos entre los obispos.

Sin embargo, la jerarquía católica ha recibido advertencias sobre la brecha existente entre ella y los seglares en asuntos importantes relacionados con posibles reformas. Una encuesta reciente en Alemania muestra que el 85% de los católicos son partidarios de dejar que los curas se casen, el 79%, de que los divorciados puedan volver a casarse por la Iglesia, y el 75%, de que las mujeres puedan ordenarse. Probablemente, las cifras serían similares en muchos otros países.

¿Será posible que tengamos un cardenal o un obispo que no esté dispuesto a seguir por la misma senda trillada de siempre? ¿Alguien que sepa lo profunda que es la crisis de la Iglesia y conozca vías para salir de ella?

Estas preguntas deben discutirse abiertamente, antes del cónclave y durante él, sin que nadie amordace a los cardenales, como se hizo en 2005 para que se atuvieran a las directrices.

Soy el último teólogo en activo de los que participó en el Concilio Vaticano II (junto con Benedicto) y, como tal, me pregunto si no será posible que haya al comienzo del cónclave, igual que hubo al comienzo del Concilio, un grupo de cardenales valientes que se enfrenten a los miembros más inflexibles de la jerarquía católica y exijan un candidato dispuesto a aventurarse en nuevas direcciones. ¿Tal vez a través de un nuevo concilio reformista o, mejor aún, una asamblea representativa de obispos, sacerdotes y seglares?

Si el próximo cónclave elige a un Papa que vuelva a lo de siempre, la Iglesia nunca experimentará una nueva primavera, sino que caerá en una edad de hielo y correrá el peligro de encogerse hasta convertirse en una secta cada vez más irrelevante.

Hans Küng es catedrático emérito de Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga y autor del libro de próxima publicación ¿Puede salvarse la Iglesia?
Traducción del inglés de María Luisa Rodríguez Tapia.
©2013 The New York Times. Distribuido por The New York Times Syndicate.