martes, 19 de marzo de 2013

Bienvenido Francisco - artículos diversos de varios autores





Al papa Francisco
Jose Arregi, 
20-Marzo-2013

Querido hermano Francisco: Me alegré como un niño cuando supe que Ud., un jesuita hecho y derecho, había adoptado ese nombre: Francisco. ¡Perfecta combinación!, me dije. Si ha de haber reformas profundas en la Iglesia y el papado –y salta a la vista que ha de haberlas–, aquí tenemos el hombre y el nombre.

Francisco de Asís: humilde y libre, manso y subversivo, y siempre el menor. Ignacio de Loyola: lleno de luz en la mente y de lágrimas en los ojos, maestro y director de almas y de obras, y siempre peregrino. Ambos amaron a Jesús con inmensa ternura y quisieron vivir como él: sin nada y con todos. A tres siglos de distancia –en el umbral del Renacimiento Francisco, en el umbral de la Modernidad Ignacio–, ambos soñaron con que la Iglesia volviera a Jesús, con que aquel imponente aparato de poder y de riqueza erigido en torno a Roma se despojara, se desarmara, se humanizara, se evangelizara, y pudiera ofrecer de nuevo el consuelo y la liberación de Jesús. No sucedió. A Francisco le organizaron una gran Orden, y a Ignacio le utilizaron para la Contrarreforma, y su sueño no pudo ser. Pero sigue en pie, y es más urgente que nunca.

Ud. conoce bien la historia del Poverello que tanto inspiró a Iñigo de Loyola, mientras se reponía de las heridas de su cuerpo y de su espíritu. También Francisco estaba herido y buscaba, y le gustaba retirarse en la penumbra de la capillita semiderruida de San Damián, fuera de la ciudad de Asís, amurallada con sus iglesias y mercaderes. Una tarde, le pareció que los labios de Jesús crucificado le hablaban dulcemente y le decían: “Francisco, repara mi Iglesia, que amenaza ruina”. Y salió contento a mendigar piedras y cuidar leprosos.

Me traslado al atardecer del pasado miércoles día 13, en el momento en que dos tercios de los cardenales reunidos  en la suntuosa Capilla Sixtina le acababan de elegir papa. No alcanzo a imaginar a Jesús de Nazaret, el profeta compasivo y sanador, itinerante y libre, en medio de aquel Cónclave solemne, entre sotanas negras y fajas púrpura, y afuera 5.000 periodistas expectantes y el gentío en la plaza de San Pedro, y la chimenea y las fumatas y las agencias frenéticas del mundo llenando de imágenes y de palabras vacías el vacío espiritual que padecemos. 

Pero vuelvo a la Sixtina y le imagino a Ud., humilde y decidido, ajeno al boato y al show, escuchar de labios de Jesús la misma palabra dulce y exigente que le habló al joven soñador de Asís: “Francisco, repara mi Iglesia, que amenaza ruina. Pero no te empeñas en recuperar las ruinas. Déjalas perderse, y construye algo nuevo, lo que yo soñé: un templo sin piedras, un templo de vida sin torres de poder ni muros sagrados, un templo de corazones libres y buenos”.

Querido hermano Francisco, sus primeros gestos nos han conmovido. Nos ha pedido la bendición y le bendecimos de todo corazón. Pero permítame decirle: ni los gestos personales ni las reformas curiales bastarán. La figura y el sistema del papado es el problema. Deje que las ruinas de una Iglesia del pasado se arruinen del todo. Deje que caiga la enorme cúpula del poder absoluto construido contra el evangelio. Cuanto más tiempo deje pasar, será peor para la Iglesia y para quienes esperan de ella la buena noticia y la presencia de Jesús. Declare solemnemente que no hay otra herejía que la falta de paz y de piedad. Y ponga otra base para construir otra Iglesia plural y tolerante, otra Iglesia democrática desde abajo, desde el Espíritu que sopla donde quiere y en todos. No sea que todo siga dependiendo de un papa que nunca sabemos de quién depende, y dentro de pocos años volvamos a otro Cónclave para que, en el fondo, todo siga igual que en tiempos de san Francisco y san Ignacio.





Jon Sobrino, durante una reciente conferencia. (Javier Bergasa)

DONOSTIA. Jon Sobrino (Barcelona, 1938) 
La plaza de San Pedro estaba abarrotada de gente de todas las razas y colores, con banderas variopintas, con rostros expectantes y sonrientes. La fachada del Templo estaba adornada con esmero calculado. Se dejaban ver también personas vestidas con capisayos y acicaladas como no se ven en las calles de la vida real, en campesinos y señoras del mercado. Imperaba el folklore -en inglés, costumbres populares-, aunque en la plaza de San Pedro, las costumbres eran más sofisticadas y acicaladas que las de los pueblos del terruño español y de los cantones de El Salvador, donde yo me encuentro.

¿Eso es malo?
No, nada de esto era malo, pero no decía nada importante de quién iba a ser el nuevo Papa, qué alegrías y problemas iba a tener y con qué cruz iba a cargar… Sí era chocante el despliegue de suntuosidad alejada de la sencillez de Jesús. Y se adivinaba una cierta jactancia en los organizadores como diciendo todo está saliendo bien. Cuando esta perfección expresa, además, poderío, la suelo llamar la pastoral de la apoteosis.

Pero no todo fue folclórico.
No, algo no fue folclórico ya desde el primer día. Hablo de la vestimenta sencilla del Papa, de la pequeña cruz sobre su pecho donde no había oro ni plata ni brillantes, su oración que, inclinándose, pidió al pueblo antes de bendecirles él a ellos. Son signos pequeños pero claros. Ojalá crezcan como signos grandes y que acompañan a su misión. Clara quedó la sencillez y la humildad.

La elección de Bergoglio resultó una sorpresa total.
Sí, para los no iniciados fue una sorpresa y una gran novedad. El Papa es argentino, el primer Papa de ese país. Y es jesuita, el primer Papa de esa orden. Ambas cosas pueden ser trivializadas, como ha ocurrido en algunos medios. Por eso hay que entenderlo bien. Messi es argentino, pero no todos los argentinos son estrellas. Jesuita fue Pedro Arrupe, pero -y aquí hablo de cosas más serias- no todos los jesuitas somos como él. Al folclore pertenecen también titulares sin mucho ingenio y con pereza mental como; argentino y jesuita. ¿No tendrán otra cosa que decir? Además los momentos folclóricos y mediáticos duran poco. Triste es mantenerlos, o seguir añadiendo detalles intranscendentes, sin acabar de entrar en el fondo del asunto como el Papa, la Iglesia, Dios y nosotros. De los amos de los medios -y de los espectadores- dependerá que lo folclórico siga siendo lo más socorrido.

Estos días, ha hablado con gente que conoce a Bergoglio de cerca.
Sí, yo no soy experto en la vida, trabajo, gozos y sufrimientos de Bergoglio. Y para no caer en ninguna irresponsabilidad he procurado conectarme con personas, a las que no citaré, de Argentina, sobre todo, que han tenido contacto directo con él. Espero comprensión por lo limitado de lo que voy a decir, y pido disculpas si cometo algún error. Bergoglio es un jesuita que ha ocupado cargos importantes en la Provincia de Argentina. Ha sido profesor de Teología, superior y provincial. No es difícil hablar de sus tareas externas. Pero de lo más interno solo se puede hablar con delicadeza y, ahora, con respeto y responsabilidad. Muchos compañeros lo han recordado como persona de hondos convencimientos y temperamento, decidido luchador y sin tregua. Si le hacen Papa, limpiará la Curia, se ha dicho con humor.

¿Le han resaltado su austeridad?
También le recuerdan por su interés desmedido de comunicar a otros sus convicciones sobre la Compañía de Jesús, interés que se podía convertir en posesividad, hasta exigir lealtad hacia su persona. Muchos recuerdan su austeridad de vida, como jesuita, arzobispo y cardenal. Muestra de ello es su vivienda y su proverbial viajar en autobús. Ya obispo, muchos de sus sacerdotes recuerdan su cercanía y cómo se les ofrecía a suplirles en su trabajo parroquial, cuando necesitaban dejar la parroquia para salir a descansar. La austeridad de vida iba acompañada de un real interés por los pobres, indigentes, sindicalistas atropellados, lo que le llevó a defenderlos con firmeza ante los sucesivos gobiernos. Los temas morales le han sido cercanos, y ciertamente el del aborto, lo que le llevó a enfrentarse directamente con el presidente del país.

¿Le han recordado por su opción por los pobres?
En todo ello se aprecia una forma suya específica de hacer la opción por los pobres. No así en salir activa y arriesgadamente en su defensa en las épocas de represión de las criminales dictaduras militares. La complicidad de la jerarquía eclesiástica con las dictaduras es conocida. Bergoglio fue superior de los jesuitas de Argentina desde 1973 hasta 1979, en los años de mayor represión del genocidio cívico militar.

¿Habla de complicidad?
No parece justo hablar de complicidad, pero sí parece correcto decir que en aquellas circunstancias Bergoglio tuvo un alejamiento de la Iglesia Popular, comprometida con los pobres. No fue un Romero -célebre por su defensa de los derechos humanos y asesinado en el ejercicio de su ministerio pastoral-. No tengo conocimientos suficientes, y lo digo con temor a equivocarme. Bergoglio no ofrecía la imagen de Monseñor Angelleli, obispo argentino asesinado por los militares en 1976. Muy posiblemente sí ocurría en su corazón, pero no solía aflorar en público el recuerdo vivo de Leónidas Proaño, Monseñor Juan Gerardi, Sergio Méndez…

Sin embargo, tiene también otra marcada faceta solidaria.
Sí, por otra parte, desde 1998, como arzobispo de Buenos Aires acompañó de diferentes maneras a sectores maltratados de la gran ciudad, y con hechos concretos. Un testigo ocular cuenta que en la misa del primer aniversario de la tragedia de Cromagnon -incendio ocurrido durante un concierto de rock que costó la vida a 200 jóvenes-, Bergoglio se hizo presente y con fuerza exigió justicia para las víctimas. A veces usó lenguaje profético. Denunció los males que trituran la carne del pueblo, y les puso nombre concreto: la trata de personas, el trabajo esclavo, la prostitución, el narcotráfico, y muchos otros. Para algunos, quizás la mayor virtud y la mayor fuerza para llevar adelante su actual ministerio papal es que Bergoglio es un hombre abierto al diálogo con los marginados y desde el dolor. Acompañó con decisión procesos eclesiales en los márgenes de la Iglesia católica, y los procesos que ocurren al borde de la legalidad. Dos ejemplos emblemáticos son la vicaría de curas villeros de los barrios marginales y su apoyo a los curas que deambulaban sin un ministerio digno.

¿Qué le espera al papa Francisco?
Solo Dios lo sabe. El nuevo Papa habrá pensado bien lo que le puede esperar y lo que él deberá, podrá y querrá hacer. Ahora enumeramos algunas tareas que a nosotros, desde El Salvador, nos parecen importantes, y que pueden ser importantes para todos en la Iglesia. También nosotros debemos llevarlas a cabo, pero el Papa tiene una mayor responsabilidad y, ojalá tenga más medios. Las tareas coinciden mucho con las que José Ignacio González Faus ha propuesto recientemente.

¿Cuál sería la más urgente?
La primera -yo creo que la mayor de las utopías- es hacer realidad la utopía de Juan XXIII: La iglesia es especialmente la Iglesia de los Pobres. No tuvo éxito en el aula del Vaticano II, de modo que unos 40 obispos se reunieron fuera del aula, y en las Catacumbas de Santa Domitila firmaron el manifiesto que se ha llamado El Pacto de las Catacumbas.

Usted siempre apunta a la falta de sensibilidad de la Iglesia.
Por lo que muchos dicen, Bergoglio tiene sensibilidad hacia los pobres. Ojalá tenga lucidez para hacer real la Iglesia de los pobres, y que esta deje de ser Iglesia de abundancia, de burgueses y ricos. No le faltarán enemigos, como no faltaron después de Medellín a muchos jerarcas que sí pusieron a los pobres en el centro de la Iglesia. Los enemigos estaban dentro de curias eclesiásticas, y muy poderosamente en el mundo del dinero y el poder. Estos asesinaron a miles de cristianos y cristianas.

Imposible olvidar a Monseñor Romero, mártir latinoamericano.
Ojalá el papa Francisco no se asuste de una Iglesia perseguida y mártir, como las de Monseñor Romero y Monseñor Gerardi. Y los canonice o no, ojalá proclame que los mártires, concretándolos también como los mártires por la justicia, es lo mejor que tenemos en la Iglesia. Es lo que la hacen parecida a Jesús de Nazaret. Para ello no es esencial que canonice a Monseñor Romero, aunque sería un buen signo. Y si el Papa cae en alguna debilidad humana, sea esta estar orgulloso de su patria latinoamericana, sufriente y esperanzada, mártir y siempre en trance de resurrección. Y estar orgulloso de toda una generación de obispos: Leónidas Proaño, Helder Camara, Aloysius Lorscheider, Samuel Ruiz… No llegaron a papas, la mayoría de ellos tampoco a cardenales. Pero de ellos vivimos.

¿Y qué me dice de los problemas que sacuden a la Iglesia y que aparecen en los medios de comunicación?
La segunda de las utopías es afrontar la conocida constelación de problemas al interior de la organización de la Iglesia que esperan solución. Por ejemplo, la muy urgente reforma de la Curia romana. También es necesario que los miembros de la Curia sean preferentemente laicos. Asimismo, es importante que Roma deje a las iglesias locales la elección de sus pastores. Que desaparezcan del entorno papal todos los símbolos de poder y de dignidad mundana, y ciertamente que el sucesor de Pedro deje de ser jefe de Estado, porque eso avergonzaría a Jesús. Hace falta que toda la Iglesia sienta como ofensa a Dios la actual separación de las iglesias cristianas. Hay que pedir al Papa que Roma solucione la situación de los católicos que fallaron en su primer matrimonio y han encontrado estabilidad en una segunda unión. Y, por supuesto, que repiense el celibato ministerial.

Usted tampoco abandona otras reivindicaciones ya clásicas.
Sí tengo otras tres cuestiones. Por un lado, que de una vez por todas arreglemos la situación insostenible de la mujer en la Iglesia. También que dejemos de minusvalorar, a veces menospreciar, al mundo indígena, a los mapuches de América del Sur y a todos los que el Papa irá conociendo en sus viajes por África, Asia y América Latina. Y por supuesto que aprendamos a amar a la madre tierra.

Todo ello con un compromiso en firme que tiene que ver mucho con lo sucedido estos días.

Sí, el compromiso debería ser que el nuevo Papa en el balcón de San Pedro y los millones de personas en la plaza no debieran convertirse en un gran actor, el Papa, y en meros espectadores taquilleros, los fieles.



Cuando el papa Francisco fue acusado de apóstata
Por: Juan Arias | 18 de marzo de 2013

Lo cuenta el hoy papa Francisco, en su libro de conversaciones con el rabino argentino Skorka, Entre el cielo y la tierra, un documento imprescindible para entender lo que piensa el nuevo papa.

Fue invitado un día en Buenos Aires a asistir en el Luna Park a un encuentro de siete mil evangélicos. Le preguntaron si aceptaba que los fieles de la Iglesia evangélica rezaran por él. “Les dije que encantado”, escribe, y añade: “Cuando todos estaban rezando por mi, lo primero que me vino fue ponerme de rodillas”.

Al día siguiente una revista, cuenta Bergoglio, escribió “El arzobispo incurrió en apostasía”.

Su comentario fue: “Para ellos rezar junto a otros sería apostasía”.

Para el que acabaría siendo papa, “incluso con un agnóstico, desde su duda, debemos mirar hacia adelante. Cada cual reza según su tradición, ¿cuál es el problema?”

Dicen que el papa Francisco no renuncia a hacer política. Y es cierto, pero su forma de hacerla arranca de la denuncia de las injusticias sociales. Y eso es lo que asusta a los políticos, ya que se mueve en otro plano.

A este respecto cuenta otra anécdota. Fue a un acto a favor de las víctimas de trata de personas, que acabó convirtiéndose, dice él mismo, en una gran protesta. Cuenta que se juntaron a la manifestación gentes “que no compartían mi fe, pero que compartían el amor por el hermano”.

Bergoglio explica: “No me estaba metiendo en política, me estaba metiendo en la carne de mi hermano, que lo pusieron en la máquina picadora, en una fábrica de esclavos. Los esclavizaban en los talleres clandestinos, esclavizaban a los cartoneros explotados, a los chicos convertidos en mulitos de droga, a las chicas arrastradas a la prostitución”.

El rabino Skark le recuerda que la frase es de Isaías y que dice textualmente: “No te desentiendas de la carne de tu hermano”. El cardenal le dice que es cierto pero que a él le gusta traducirla como “no te avergüences de la carne de tu hermano”.

Cuenta en otro lugar que a veces los cristianos dan una limosna a una mendigo en la calle pero “no tocan su mano, le arrojan la moneda”, dando a entender que eso es “avergonzarse de la carne del hermano”.

Ante la duda de si el papa Francisco será un conservador o un progresista, es interesante leer su conversación con el rabino, sobre el “futuro de las religiones” en el mundo.

El cardenal Bergoglio le pregunta al rabino que cómo se imagina él la religión del futuro. Skark le responde: “Hablar del futuro de la religión es hablar del futuro del hombre, de la historia, de un proyecto político y social”.

¿Y el papa? “Si a lo largo de la historia las religiones han evolucionado tanto, por qué no vamos a pensar que en el futuro también se adecuarán a la cultura de su tiempo? El diálogo entre la religión y la cultura es clave”, afirma.

Para la teología tradicional esa respuesta del papa Francisco esta vez no sería apostasía, sino herejía. Para ella la religión es inmutable y no debe contaminarse con los vientos de la historia.

Si como cardenal, Bergoglio, defendía que la religión caminará y se mezclará con las culturas del futuro para adecuarse más al hombre de cada momento y de cada cultura, las sorpresas que puede dar ahora como papa no parece que serán pequeñas.




Un exprovincial asegura que Bergoglio protegió a los jesuitas
Entrevista con el padre Álvaro Restrepo, exprovincial de los jesuitas

Álvaro Restrepo es exprovincial jesuita y maestro de novicios. Habló con María Isabel Rueda sobre el papa Francisco, de quien afirma que protegió en todo momento a los jesuitas que estuvieron en peligro durante la dictadura de Videla. "Ustedes se van de Argentina porque no puedo responder por la vida de ustedes aquí", les habría dicho Bergoglio a los dos sacerdotes que fueron secuestrados y torturados por los militares, quienes ahora declaran tener "gratitud" hacia el actual Papa. "Un Papa siempre debe ser desconcertante, como Jesús", opina Restrepo, quien conoció personalmente a Francisco.

Usted lo conoció en diversas etapas de su vida, y hasta le dice Jorge Mario. ¿Se considera amigo del nuevo papa Francisco?
Sí, me encontré con él varias veces, afectuosa y respetuosamente. ¿Que si soy amiguísimo? Depende de lo que llamemos amiguísimo. Si salimos a tomar café o mate, no. Lo llamo Jorge Mario porque me refería así a él antes de que fuera papa. Cuando era obispo, en alguna oportunidad le dije ‘eminencia', y él me trataba de ‘¡che, Álvaro, mirá!'. Tuve que bajarme al mismo nivel de familiaridad.

En 1997 usted era provincial de los jesuitas, y lo enviaron a Buenos Aires a resolver una disidencia que le habían armado a Bergoglio, que ya era obispo de Buenos Aires...
No deja de ser extraño que para esa misión escogieran a un provincial colombiano. Pero no diría que fue una disidencia. Eran distintas maneras de pensar.

¿La división fue porque los más ortodoxos se fueron con Bergoglio y los modernos se rebelaron?
Cuando llegué a Argentina pensé eso. Que iba a encontrar a los modernos y a los atrasados. Pero descubrí que era un problema de liderazgos. El argentino es muy afectivo, se entrega, necesita un líder, y en cierto momento nacieron liderazgos distintos. Unos seguían la formación de Jorge Mario y otros eran más nuevos, una generación distinta.

¿Alguna vez se confesó con él?
Una vez lo visité para hacerle una consulta muy personal, de orientación espiritual, que no le puedo decir qué era. Me dio una respuesta muy bonita. Muy especial. "Mira, Álvaro: Si eso que estás pensando es de Dios, se va a cumplir. Si no es de Dios, te va a mostrar que no es por ahí".

¿Y sí estaba de Dios?
(Risas). La cosa salió bien.

¿Podemos decir que Francisco es un papa menos intelectual que Benedicto, que era un teólogo y un filósofo de muchos quilates?
Estaría de acuerdo con que es menos intelectual, pero con una formación teológica y filosófica muy buena, la que nos dan a los jesuitas que no lo deja a uno apenas untadito de eso.

¿Existe el peligro de que el papado aleje a Bergoglio de la gente, de la que ha sido tan cercano?
La Iglesia necesita un buen papa. Un hombre tan apasionado por el evangelio que desconcierte a todos cuantos buscan en el papado al hombre del poder y del mando. El papa debe resultar desconcertante. Como Jesús desconcertó a sus propios seguidores. El día en que el Vaticano sea un punto de encuentro de todos los que sufren, ese día la Iglesia habrá encontrado el buen papa que necesitamos.

¿Está al tanto de la controversia política alrededor del papa, por su pasado durante la dictadura de Videla?
El Nobel Pérez Esquivel ha hecho una aclaración que me dio gran alegría. Dijo que "no hay ningún vínculo que lo relacione (al nuevo papa) con la dictadura".

Otra cosa dice el periodista argentino Horacio Verbitsky. En su libro ‘El silencio: de Paulo VI a Bergoglio', acusa al papa de haber ‘entregado' a dos jesuitas que fueron torturados por la dictadura militar...
Yo conocí a esos dos jesuitas. Uno es Francisco (Franz) Jalics, de origen húngaro, y el otro Orlando Yorio (quien ya murió).

¿Tuvo oportunidad de escuchar sus versiones?
Con Orlando me encontré tiempo después en Montevideo. Fui a visitarlo personalmente un día. Había salido ya de la Compañía, pero siguió de cura diocesano. Jalics se quedó un poco más en Argentina, antes de radicarse en Alemania, y un día fue a verme. Me dijo: "Con Jorge Mario no tengo sino gratitud". Con Orlando las cosas sí quedaron así, con su salida de la Compañía.

El padre Yorio se murió con su versión de que el provincial Bergoglio los había desprotegido, cuando los secuestraron de un barrio muy pobre donde trabajaban.
Él les dijo: "Ustedes se van de Argentina porque no puedo responder por la vida de ustedes aquí".

¿O sea que el padre Bergoglio pudo haber querido sacar a los sacerdotes Jalics y Yorio para protegerlos?
Esa pregunta yo la contestaría afirmativamente ciento por ciento. Prueba de ello está en la carta que tengo, que Jalics manda con motivo de la elección del papa con su testimonio de que "él nos trató bien, y si estamos vivos es por él". Lo defiende mucho.

¿Existe una carta del padre Jalics, uno de los dos jesuitas mencionados, pronunciándose a favor del papa?
Se la voy a traducir del italiano, a su vez traducida del alemán, como me llegó: "Viví en Buenos Aires a partir de 1957. En 1974, movido por el íntimo deseo de vivir el Evangelio y de estar atento a la tragedia de los pobres, con el permiso del arzobispo y del entonces provincial Jorge Mario Bergoglio, y junto con otro confratello (Orlando), fuimos a habitar en una favela, en un barrio miserable de la ciudad. En la situación de entonces, o sea, de guerra civil, fueron muertos por la junta militar, en el espacio de uno a diez años, cerca de 10.000 personas. Guerrilleros de izquierda y civiles inocentes. A causa de informaciones falsas y tendenciosas, nuestra situación fue interpretada mal, aun dentro de la vertiente intereclesial. En aquel tiempo habíamos tomado contacto con uno de nuestros colaboradores laicos porque entró a hacer parte de la guerrilla. Nueve meses después, cuando fue arrestado ese señor, interrogado por los militares, tuvieron conocimiento de nosotros". Continúa Jalics: "En la hipótesis de que hubiésemos tenido algo que ver con la guerrilla, fuimos arrestados. Después de un interrogatorio de cinco días el oficial que había dirigido el interrogatorio nos dijo que nos iba a liberar. En sus palabras: "Padre, porque ustedes de ninguna manera son culpables. Ya les buscaré el modo de que vuelvan a trabajar por los pobres". A pesar del apoyo de esa afirmación de algún modo incomprensible, fuimos sin embargo mantenidos en cárcel cinco meses, encadenados y con los ojos vendados".

¿Y en qué parte habla del papa?
Aquí viene: "Después de ser liberados, no estoy en grado de hacer ninguna declaración en contra del arzobispo Bergoglio. Abandoné Argentina. Después de años tuve la oportunidad de hablar con él sobre lo que había sucedido. Hemos celebrado públicamente juntos la misa y nos hemos abrazado. No queda nada que tenga que ser reconciliado. Y por lo que a mí respecta, lo considero como un incidente absolutamente cerrado. Le deseo al papa Francisco abundancia de bendición en su ministerio".

¿De dónde sacó esa carta?
Me la mandaron de la curia general por medio de un jesuita que trabaja allá. De manera que no es por lavarme las manos, pero recuerdo la charla con Jalics, en la que personalmente me contó que había hablado con Bergoglio, y que todo estaba muy bien.

¿Por razones políticas, están tratando de enlodar al papa Francisco? El régimen de los Kirchner no lo quiere...
Hay muchas personas que han tenido sus contradicciones con Jorge Mario.

¿Algún ala de la Iglesia perdió con la elección de este papa jesuita argentino?
Le respondo lo que en alguna oportunidad me dijo el padre general Kolvenbach: somos muy distintos. Cuando tanta gente de buena voluntad dice que la Iglesia necesita un buen papa, no se refiere a que el nuevo papa tenga que ser conservador, o progresista, de derechas, o de izquierda. Lo que importa es que el nuevo papa sea un hombre libre y decidido. Creo que ése es Jorge Mario.
fuente: 



Bienvenido, Francisco
Por Eugenio Valenzuela, SJ. Provincial de Chile.
"Jorge Mario Bergoglio no ha sido elegido Papa por ser jesuita, sino porque los otros cardenales han percibido en él cualidades espirituales y humanas que lo hacen apto para liderar la Iglesia en tiempos tormentosos...".

La razón de ser de la Compañía de Jesús es estar al servicio de la humanidad 
desde la Iglesia, anunciando la Buena Noticia del Evangelio y sus consecuencias 
ineludibles de promoción de un mundo más justo y fraterno, en diálogo con las 
culturas y otras religiones. Como parte de la Iglesia, está llamada y enviada 
para ir a las fronteras geográficas, sociales y culturales, donde otros no van o 
no pueden ir. Esta es nuestra vocación que un Pontífice tras otro nos han 
encomendado.

Esta vez, un hijo de San Ignacio ha sido llamado para servir, no desde la 
periferia, sino desde el mismo centro de la Iglesia en un momento 
particularmente difícil y desafiante. ¿Qué significado puede tener el que el 
nuevo obispo de Roma sea jesuita?

Jorge Mario Bergoglio S.J. no ha sido elegido Papa por ser jesuita, sino 
porque los otros cardenales han percibido en él cualidades espirituales y 
humanas que lo hacen apto para liderar la Iglesia en tiempos tormentosos. Con 
ello no se desconoce que este pastor ha sido moldeado por la espiritualidad 
ignaciana. Pero su elección no puede estar más alejada de la idea de que con 
ello los jesuitas logramos llegar al poder, alcanzar la cima, conquistar por fin 
el rumbo de la Iglesia. Nada más alejado de la realidad, y por ello nos resulta 
tan desconcertante recibir en estos días felicitaciones por ese motivo o leer 
comentarios de prensa que argumentan en ese sentido. El ministerio petrino para 
el que ha sido elegido este religioso es servir a la unidad de todo el pueblo de 
Dios y no a los intereses de un grupo particular, sea una congregación o una 
región.

En su nombramiento destaca además una segunda novedad: es el primer Papa que 
elige el nombre de Francisco. No deja de ser significativo que el cardenal 
Bergoglio escoja a San Francisco de Asís como su modelo. Sabemos que a este 
santo le tocó ejercer su servicio en tiempos muy difíciles para la Iglesia y sus 
características son bien conocidas: hermano de todos, identificado hasta en los 
estigmas con Jesús de Nazaret a quien quiso servir en pobreza, cercano a los 
marginados y al pueblo sencillo, llamado por Cristo a reformar la Iglesia.

La primera aparición de Francisco en el balcón dejó a todo el mundo cautivado 
por su sencillez y humildad. Invitó a orar con gratitud por Benedicto XVI y 
antes de dar la bendición al pueblo reunido en la Plaza San Pedro, inclinó la 
cabeza y les pidió a los fieles cristianos que pidieran a Dios que lo bendiga en 
su nueva misión. Sus primeras palabras trazan un camino: quiere una Iglesia de 
todos, una Iglesia con mayor colaboración entre todos, más fraterna y más unida. 
Pone el acento en que "este camino lo tenemos que hacer todos juntos en 
fraternidad y en unión".

Esa noche también hubo otros detalles que hablan de él. Así, cuando salió, 
llevaba al cuello la misma cruz pectoral de esos días y no eligió la cruz del 
Papa para las grandes ceremonias ni tampoco se puso la muceta roja que puede 
llevar un Pontífice. Más tarde regresó con los otros cardenales en autobús a la 
Casa de Santa Marta, sin hacer uso del auto destinado habitualmente al Papa. El 
día siguiente de nuevo sorprendió al volver a la Casa Internacional del Clero, 
donde estaba residiendo antes del cónclave, recogió sus pertenencias, pidió la 
factura y pagó la cuenta. Es el rostro de la Iglesia que necesitamos en estos 
tiempos complejos.

Hay finalmente una tercera novedad que me parece de una enorme significación 
respecto de cómo debe ser el papado del tercer milenio. ¿Qué significa el que 
los cardenales y el Espíritu hayan elegido por primera vez en dos mil años a un 
pastor que viene -como él mismo dijo- del fin del mundo? No viene de Europa, del 
centro, del primer mundo, sino de América Latina, del Tercer Mundo, de la 
periferia. Viene de Latinoamérica que concentra al 40% de los católicos, una 
parte significativa de los dos tercios que se encuentran en los países pobres 
del sur. Pienso que esta novedad tiene relación con el Concilio Vaticano II, 
que, según una interpretación de fondo, es un concilio que invita a transitar 
desde una iglesia europea occidental a una iglesia por primera vez mundial. Una 
iglesia que reconoce a las iglesias particulares y que estima como riqueza la 
diferencia entre un cristianismo africano y un catolicismo norteamericano, que 
debe aprender tanto de la novedad de un catolicismo de minoría en India y en 
Vietnam como del catolicismo de mayoría de México y Colombia.

Para reconocer esa diversidad, el Concilio Vaticano II (1962-1965) equilibró 
con la colegialidad de los obispos la afirmación del primado que hizo en el 
Vaticano I (1870).

En ese sentido, preguntarnos sobre el papado es, al mismo tiempo, debatir 
sobre la interpretación y aplicación del Vaticano II. ¿Cómo debe ser el papado 
del tercer milenio? Cómo debe ser su servicio a la unidad de todas las iglesias, 
está indicado en el concilio, "brújula segura para entrar en el tercer milenio", 
como dijo Juan Pablo II. El acontecimiento eclesial más importante de los 
últimos 500 años, desde Trento, nos da las claves. Elegir un Papa argentino, 
diferente, es un paso más en la recepción del concilio que apenas lleva 50 años. 
Él representa la unidad no de los iguales sino la de los diversos.

El nuevo obispo de Roma es un religioso jesuita, que ha elegido el nombre de 
Francisco y viene de lejos. Tres características que pueden ser muy 
significativas para la renovación de la Iglesia que todos esperamos.






Homilía en la misa de inicio de Pontificado del Papa Francisco.

Queridos hermanos y hermanas. 

Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.

Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.

Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).

¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación.

Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.

Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.

Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.

En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.

Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.

Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amén.