miércoles, 20 de marzo de 2013

ANTE EL CRUCIFICADO - José Antonio Pagola



ANTE EL CRUCIFICADO - José Antonio Pagola

Detenido por las fuerzas de seguridad del Templo, Jesús no tiene ya duda alguna: el Padre no ha escuchado sus deseos de seguir viviendo; sus discípulos huyen buscando su propia seguridad. Está solo. Sus proyectos se desvanecen. Le espera la ejecución.

El silencio de Jesús durante sus últimas horas es sobrecogedor. Sin embargo, los evangelistas han recogido algunas palabras suyas en la cruz. Son muy breves, pero a las primeras generaciones cristianas les ayudaban a recordar con amor y agradecimiento a Jesús crucificado.

Lucas ha recogido las que dice mientras está siendo crucificado. Entre estremecimientos y gritos de dolor, logra pronunciar unas palabras que descubren lo que hay en su corazón: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Así es Jesús. Ha pedido a los suyos "amar a sus enemigos" y "rogar por sus perseguidores". Ahora es él mismo quien muere perdonando. Convierte su crucifixión en perdón.

Esta petición al Padre por los que lo están crucificando es, ante todo, un gesto sublime de compasión y de confianza en el perdón insondable de Dios. Esta es la gran herencia de Jesús a la Humanidad: No desconfiéis nunca de Dios. Su misericordia no tiene fin.

Marcos recoge un grito dramático del crucificado: "¡Dios mío. Dios mío! ¿por qué me has abandonado?". Estas palabras pronunciadas en medio de la soledad y el abandono más total, son de una sinceridad abrumadora. Jesús siente que su Padre querido lo está abandonando. ¿Por qué? Jesús se queja de su silencio. ¿Dónde está? ¿Por qué se calla?

Este grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento, queda en labios del crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: Dios nuestro, ¿por qué nos abandonas? ¿no vas a responder nunca a los gritos y quejidos de los inocentes?

Lucas recoge una última palabra de Jesús. A pesar de su angustia mortal, Jesús mantiene hasta el final su confianza en el Padre. Sus palabras son ahora casi un susurro: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu". Nada ni nadie lo ha podido separar de él. El Padre ha estado animando con su espíritu toda su vida. Terminada su misión, Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitará.

Esta semana santa, vamos a celebrar en nuestras comunidades cristianas la Pasión y la Muerte del Señor. También podremos meditar en silencio ante Jesús crucificado ahondando en las palabras que él mismo pronunció durante su agonía.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a celebrar la Pasión y la Muerte del Señor. Pásalo.
24 de marzo 2013
Domingo de Ramos (C)
Lucas 22,14-23,56


PARA ENTRAR EN TU PASCUA / ES LA HORA DE LA VIDA NUEVA
Escrito por  Florentino Ulibarri

PARA ENTRAR EN TU PASCUA
Pasar de nuestros refugios a la plaza,
del silencio a la denuncia,
del miedo a la valentía,
de la mentira a la verdad,
de la seguridad a la intemperie,
del sueño a la vigilia,
de la estupidez a la sabiduría,
de la cerrazón a la apertura,
de la petición a la alabanza,
de la ley al Evangelio...

Pasar de nuestro mundo a la aldea de enfrente
de la indiferencia al compromiso,
de la cobardía al coraje,
del odio al perdón,
de la tristeza a la alegría,
del rencor a la reconciliación,
del ruido al silencio,
del desarraigo al arraigo,
de la posesión al compartir,
de la esclavitud a la libertad...

Pasar de nuestros dominios al reverso de la historia,
del agobio a la paz,
de la injusticia a la justicia,
de la indeferencia a la solicitud,
del egoísmo al amor,
del poder al servicio,
de la oscuridad a la luz,
del temor al gozo
de la sorpresa al seguimiento,
del desaliento a la esperanza...

Pasar de nuestro mundo a tu regazo,
de nuestra soledad a tu compañía...
¡Soltar lastre!
y preparar así tu pascua,
para pasar de la muerte a la vida.  

ES LA HORA DE LA VIDA NUEVA
PREGÓN PARA LA SEMANA SANTA

Es hora de entrar en la noche sin miedo,
de atravesar ciudades y pueblos,
de quemar lo viejo y comprar vino nuevo,
de quedarse en el corazón del mundo,
de creer en medio de la oscuridad y los truenos.
¡Es la hora de la vida nueva!

Es hora de levantarse del sueño,
de salir al balcón de la vida,
de mirar los rincones y el horizonte,
de asomarse al infinito aunque nos dé vértigo,
de anunciar, cantar y proclamar.
¡Es hora de la vida nueva!

Es hora de romper los esquemas de siempre,
de escuchar las palabras del silencio,
de cerrar los ojos para ver mejor,
de gustar su presencia callada,
de andar por los desiertos.
¡Es hora de la vida nueva!

Es hora de despertar al alba,
de descubrir su presencia entre nosotros,
de iniciar caminos nuevos,
de andar en confianza,
de pasar a la otra orilla.
¡Es la hora de la vida nueva!

Es la hora de confesar la vida,
de hablar poco y vivir mucho,
de arriesgarlo todo apostando por Él,
de sentarse a la mesa y calentar el corazón,
de esperar contra toda esperanza.
¡Es la hora de la vida nueva!

Es la hora del paso de Dios por nuestro mundo
lavando los pies y las heridas más íntimas,
acercándose a nuestras miserias y sembrando esperanza,
levantando la vida que se cae o es derribada
llenando de semillas nuestras alforjas vacías.
¡Es la hora de la vida nueva!

Florentino Ulibarri






MUERTE, POR AMOR, EQUIVALE A VIDA
Escrito por  Fray Marcos
Lc 19, 28-44

La liturgia de este domingo es desconcertante. Empieza celebrando una entrada "triunfal" (Lc 19,28-40), y termina recordando una muerte ignominiosa (Lc 22,14 a 23,56). Es francamente difícil armonizar estos dos momentos de la vida de Jesús. Podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue muerte. Todos los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de la actividad pública de Jesús. La muerte en la ciudad santa es considerada como la meta última de toda su vida.

En la vida de Jesús se vuelve a escenificar el Éxodo, el paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida (pascua, paso). Allí iba a dejar patente el amor incondicional de Dios al hombre, manifestado en el servicio hasta la muerte.

¿Por qué fracasó Jesús tan estrepitosamente? Porque la salvación que él ofrece no coincide con la salvación que esperamos la mayoría de los humanos. Jesús pretendió llevarnos a la plenitud, pero en nuestro verdadero ser. Nosotros nos empeñamos en salvar nuestro ser engañoso, nuestro "ego".

Para nada nos interesa acomodarnos a la "voluntad" de Dios; preferimos que Dios se acomode a lo que nosotros queremos. Dios "quiere" para nosotros lo mejor. Ni siquiera puede querer lo menos bueno. Y nosotros estamos tan pegados a nuestra contingencia, que seguimos creyendo que en la individualidad está nuestro futuro. No hay que entender la voluntad de Dios como venida de fuera. Lo que Dios quiere es la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser.

El fracaso humano de Jesús en su intento de instaurar el Reino de Dios, nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido de las limitaciones humanas. Si nuestro primer objetivo es evitar el dolor a toda costa y buscar el máximo placer posible, nunca podremos aceptar la predicación de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no lo libró del dolor ni de la muerte. Interpretar este aparente abandono extremo de Jesús por parte de Dios, sería la clave de nuestro acercamiento a su pasión y muerte y sería la clave también para interpretar el dolor humano y tratar de darle el verdadero sentido, que escapa a la mayoría de los mortales y está más allá de toda sensiblería.

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Peor aún si la consideramos condición para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad de los hombres. Fue el deseo de poder y el afán de someter a los demás, lo que hizo inaceptable el mensaje de Jesús. El pecado del mundo es la opresión.

Lo que Dios esperaba de Jesús fue su total fidelidad, es decir, que una vez que tuvo experiencia de lo que Dios era, no dejara de manifestarlo a cualquier precio. La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Una vez que vivió como vivió y predicó lo que predicó, era lógico que lo eliminaran por insoportable.

Dios no está solo en la resurrección, está siempre en el hombre, también en el dolor y en la muerte. Si no sabemos encontrarlo ahí, seguiremos pensando como los hombres, no como Dios. Es ésta una lección que no acabamos de aprender. Seguimos asociando el amor de Dios con todo lo placentero, lo agradable, lo que me satisface. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios, es decir a ausencia de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo, sobre todo, en el dolor y la limitación.

Los textos de la Pasión no son una crónica de sucesos, sino teología extraída de unos hechos, que al relatarlos no tienen como objetivo principal informarnos sino trasmitir la teología sobre la muerte de Jesús que fueron elaborando los primeros cristianos. Aunque hay grandes diferencias entre los cuatro evangelios, el relato de la pasión es la parte en que más coinciden los cuatro. Esto se debe a que fue el primer relato que se redactó por escrito, seguramente, como catequesis. Por eso quedó fijado muy pronto en sus rasgos generales, que reflejan después los evangelistas con su propia peculiaridad en sus respectivas redacciones. Dentro del marco recibido por la tradición, cada uno le da su propio matiz.

La pasión de Lucas tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Marcos u otra más antigua que ya utilizó el mismo Marcos, le da un toque de humanización muy significativo. Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. Incluso los paganos quedan de alguna manera justificados. Hay en el relato muchos personajes que están con Jesús y pretenden ayudarle. El mismo Jesús se relaciona con algunos con total comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando. Lucas elimina de su relato todos los extremismos y presenta una pasión más humana.

Para nosotros hoy, lo verdaderamente importante no es la muerte física de Jesús, ni los sufrimientos que padeció. A través de lo que conocemos de la historia humana, miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de la figura de Jesús en ese trance, fue su actitud inquebrantable de vivir, hasta sus últimas consecuencias, lo que predicó. Para nosotros, lo importante es descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para él, para los discípulos y para nosotros.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, etc. no eran gente depravada que se opusieran a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía, de buena fe, ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva, en la Ley de Moisés. Para ellos defender la Ley y el templo, era defender al mismo Dios.

La pregunta que se hacían era esta: ¿era Jesús el profeta, como creían algunos de los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo y le llevaba fuera de la religión judía? La respuesta no era sencilla. Por una parte veían que Jesús iba contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofeta. Pero por otra parte, los signos que hacía eran una muestra de que Dios estaba con él. El desconcierto de los discípulos ante la condena y muerte de Jesús, tiene mucho que ver con esa confrontación de sus representantes religiosos. ¿A quién debían hacer caso, a los representantes legítimos de Dios, o a Jesús, a quien los sacerdotes consideraban un blasfemo?

¿Por qué murió? Solo indirectamente podemos aproximarnos a la actitud que Jesús adoptó ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco. Pronto se dio cuenta de que los jefes religiosos querían eliminarlo. Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que eso le acarrearía la muerte. Sabía que el pueblo que no le entendía, dejaría de seguirle. Pero también sabía que los jefes religiosos no se iban a conformar con no hacerle caso. Sabiendo todo eso, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Que le importara más ser fiel que salvar la vida, es lo que debemos valorar. Eso es lo que Dios esperaba de él, y eso es lo que tuvo siempre claro.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Para los apóstoles, fue el imprescindible revulsivo que les llevó al descubrimiento del verdadero Jesús. Durante su vida lo siguieron como amigo, maestro, profeta, pero estaban muy lejos de conocer el verdadero significado de la persona de Jesús. A ese descubrimiento no podían llegar a través de lo que oían y lo que veían; se necesitaba un proceso de maduración interior. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquél Jesús de Nazaret, al Señor, Mesías o Cristo y al Hijo...

En esto consistió la experiencia pascual. Si queremos entender la muerte y la resurrección de Jesús, todos tenemos que seguir ese mismo camino de la vivencia interior. No hay explicación racional posible ante los acontecimientos que vamos a celebrar.

Meditación-contemplación

Jesús, con su muerte, manifestó que la VIDA estaba en él.
Si la VIDA (Dios) estaba en él, ¿qué podía temer de la muerte fisiológica?
La muerte ni añade ni quita nada a su verdadero SER.
La muerte no le puede arrebatar un ápice de VIDA
................................

La verdadera Vida está ya en mí.
Lo único que tengo que hacer es descubrirla.
Toda "muerte" (entrega, servicio) es signo de Vida.
Todo egoísmo (opresión, dominio) es signo de "muerte".
..........................

La Vida-Amor es el fundamento de mi ser.
No la encontraré en lo superficial y accidental.
Sólo entrando dentro de mí, muy adentro, más adentro;
descubriré lo esencial de mí mismo.
.......................

Fray Marcos



UN MESÍAS DIFERENTE
Escrito por  José Enrique Galarreta SJ
Lc 19, 28-44

La celebración de hoy tiene dos partes: la procesión de los ramos y la eucaristía, que deben unirse en un único mensaje. Tenemos la tendencia a celebrar la entrada triunfal independizándola de la Pasión y Resurrección. Pero forman un conjunto: no sólo los sucesos son un todo sino el mensaje es único. Nuestra tendencia es celebrar una entrada triunfal, asemejándola demasiado a la entrada de un rey terreno que triunfa de sus enemigos. Más que una entrada triunfal es una entrada mesiánica, y no del mesías que el pueblo y sus jefes esperaban, sino del siervo sufriente que no viene a hacer triunfar al estado sobre sus enemigos sino a convertir los corazones a Dios.

Aunque los rasgos de la entrada mesiánica han sido magnificados por los redactores de los textos, para mostrar su fe en Jesús Señor, todavía podemos descubrir en los textos la modestia de la entrada de Jesús en Jerusalén, y los símbolos de su negación a conformarse con la imagen mesiánica al uso (el borrico como cabalgadura). El cuarto evangelio subraya mucho la actuación de Jesús que se niega a entrar como Rey y viste su entrada con todos los signos de su porfiada negación del Mesianismo Davídico.

No podemos olvidar la secuencia completa de los hechos tal como la narra el evangelio de Lucas que se propone como final de la procesión de los ramos:

Entrada mesiánica (bajando el monte de los olivos)
Llanto por Jerusalén (al acercarse a la ciudad)
Purificación del Templo
Enseñanza a diario en el Templo.
Los jefes se ratifican en acabar con él.

Del conjunto de los textos se puede concluir:

• Jesús acepta la entrada mesiánica (no va a pie como todos los días...). Pero se preocupa de imponer los signos externos que muestran su rechazo al mesianismo regio triunfal.
• Jesús anuncia en ese momento el rechazo de Jerusalén y su destrucción. "Toma posesión" del Templo (que será destruido) pero no para triunfar en él sino para purificarlo y enseñar en él.

Es por tanto importante que nuestra celebración de este "suceso" no degenere en superficiales aclamaciones triunfalistas [los dos salmos que se ofrecen para acompañar la procesión (23 y 46) parecen incitar más bien a una celebración triunfal, exterior].

Como siempre, los evangelios se preocupan de subrayar que los discípulos no se han enterado de gran cosa, y siguen pensando en quién es el mayor y en sillones ministeriales a la derecha y la izquierda del Rey. Los mismos textos, y especialmente la profunda elaboración del cuarto evangelio, nos muestran a los discípulos entusiasmados por un triunfo exterior, y a Jesús empeñado en dar sentido interior a su mesianismo.

Este año leemos la Pasión según Lucas. Y resulta interesante mostrar las peculiaridades de este evangelista en el relato de la Pasión del Señor.

Lucas es el único que menciona:
• la disputa de los discípulos por quién es el mayor, en la Cena (en paralelo con el lavatorio de los pies, de Juan).
• la frase "haced esto en recuerdo mío", en la Cena.
• la aparición del ángel confortador en Getsemaní.
• la calificación de "agonía" y el sudor de sangre en Getsemaní.
• Jesús mira a Pedro cuando ya éste le ha negado.
• la presencia de Jesús ante Herodes. Como en los Marcos y Mateo, Jesús está mudo durante todo el "interrogatorio civil", pero esto se señala más en Lucas por silencio ante Herodes.
• las hijas de Jerusalén en la Vía Dolorosa.
• la primera palabra de Jesús: "Padre, perdónales..."
• el perdón del buen ladrón.
• no cita el "¿por qué me has abandonado?"
• la última palabra de Jesús: "Padre, en tus manos ..."
• señala la hora de la muerte de Jesús.
• indica que las mujeres que están con Jesús son "las que le habían seguido desde Galilea".

En todo lo demás, su relato es muy semejante al de los otros dos Sinópticos, más especialmente al de Marcos, aunque más de una vez cambia el orden de los acontecimientos.

Sería importante que la lectura de la Pasión en el contexto de la Eucaristía lleve a los fieles, más allá del sentimiento, hacia la conversión: en su modo de vivir y en su compromiso con otros.

Jesús y el éxito
En un día en que vamos a celebrar procesiones triunfales, con palmas y cánticos, con los sacerdotes revestidos de preciosos ornamentos de rojo y oro, conviene recordar cómo se situó Jesús ante eso que nosotros llamamos triunfo.

Un triunfo es lo que esperaban los que le seguían desde el lago, desde el Jordán. Les dejó tan fascinados que lo dejaron todo y le siguieron porque estaban convencidos de que era el Mesías esperado, el Ungido del Señor. Lo esperaban todo de él. Pero esperaban mal. Esperaban un nuevo David, el rey por excelencia, el Ungido por excelencia, el conquistador, el unificador, el que tenía que devolver a Israel la Soberanía, la paz, la preeminencia sobre las naciones, la paz, la abundancia. El que haría que todas las naciones vinieran a adorar a Dios en su (¿de Él o de ellos?) Santo Templo de Jerusalén. El Mesías, luz de las Naciones y gloria de tu pueblo Israel. Y los discípulos son, naturalmente, como todos. Todo Israel – los que esperan al Mesías – esperan así.

Durante toda su vida pública, Jesús se esfuerza lo indecible para alejarse de esa imagen. Oculta sus milagros, que le están dando fama de legendario curador todopoderoso, evita la propaganda, huye de los que le quieren hacer rey, anuncia reiteradamente que su final es la muerte en cruz rechazado por los jefes. Nadie le cree. Los discípulos, que le siguen más que nadie, los que menos.

La subida a Jerusalén es penosa: Jesús predicando constantemente en contra del mesianismo acostumbrado; la gente imperturbable, los discípulos cada vez más lejos del pensamiento del Maestro, hasta pidiendo sillones ministeriales. Hasta podemos adivinar un conato de triunfalismo davídico en la organización por los discípulos de la entrada en Jerusalén, estropeada por Jesús al dirigirse al Templo y armar el mayor escándalo de su vida. Jesús se ha pasado la vida entera desmontando la idea de triunfo que impera en el pueblo y en sus amigos.

Pero no bastará: para romper definitivamente esa idea será necesaria la cruz: entonces se romperá en mil pedazos la fe de los discípulos: han podido con él, lo han matado... luego Dios no estaba con él. Nosotros esperábamos que éste sería el Libertador de Israel, pero lo han rechazado los jefes del pueblo, lo han eliminado... Nosotros esperábamos pero, ya no esperamos. Fue necesaria la muerte en cruz para que los discípulos perdieran la fe vieja. Y ahí nació la fe. Todos los relatos de la resurrección insisten en lo mismo: re-conocerle, re-leer la Escritura.

Re-conocerle, volver a conocerle, conocerle de nuevo. Antes no le conocían, sólo se imaginaban quién era basados en una falsa lectura de la Escritura. Jesús resucitado les enseña a leer las Escrituras, y entonces empiezan a conocerle, empiezan a descubrir que la salvación de Dios no viene del triunfo político, de la aclamación social, de la imposición desde arriba, de la religión desde fuera. La resurrección es ante todo una terrible conversión/inversión de criterios. Y la esencia de esa conversión es: es el crucificado el que nos merece fe, no el Rey David poderoso y triunfante.

El éxito de Jesús consiste en que es capaz de ir hasta el final, de ser consecuente hasta el final, de no echarse atrás, en no ceder a ninguna tentación mesiánica. El éxito de Jesús consiste en no querer triunfar como lo esperan todos.

Importante para nosotros la iglesia hoy, que seguimos queriendo triunfar por fuera, por poder, por prestigio, por influencia social, por espectáculo. Importante para cada uno de nosotros la iglesia. El mesianismo davídico fue una grave tentación para Jesús, una grave dificultad para los primeros seguidores, y es hoy una terrible tentación para nosotros la iglesia y más aún para los que la gobiernan. Y hoy que hablamos de nueva evangelización, tenemos que pararnos a pensar y preguntarnos: ¿Qué pretendemos? ¿Volver a ser numerosos, poderosos, dueños de la conciencia de la gente? ¿Volver a llenar los templos en grandes celebraciones y las calles con procesiones esplendorosas?... ¿A qué llamamos evangelizar?

La señal del cristiano es la santa cruz
La señal del cristiano es la santa cruz. El discípulo, como su maestro. Si a Él le crucificaron, a sus seguidores también. Y les crucificarán los mismos: el dinero, el poder y los dioses.

Jesús no dio ningún motivo "revolucionario" para que le matasen. No fue un agitador social ni un líder político ni un guerrillero. No lo mataron por eso, aunque le acusaron de eso, calumniándole, para que los romanos quisieran matarle. Lo mataron por ser un revolucionario mucho mayor: por creer en un Dios distinto, por considerar a todos iguales, por preferir a los pequeños, por pasar del poder y del dinero.

Y por eso no nos matan a nosotros. Porque seguimos creyendo en los dioses, porque no consideramos a todos iguales, porque no preferimos a los pequeños, porque no pasamos del poder y del dinero. Jesús era peligroso, nosotros no. No nos parecemos; así de sencillo.

El Dios de Jesús es peligroso, porque no se sienta arriba con poder para juzgar, sino que está debajo para sustentar, dentro para fermentar. Y eso no vale para asentar en los dioses el poder y la dignidad. Esto no les gusta nada a los sacerdotes, porque su dignidad se deriva directamente de la dignidad de dios, y si dios no está arriba, ellos tampoco.

Para Jesús todas las personas son iguales porque todos son hijos. Ni por ser rico ni por ser pobre se es más ni menos. Esto no les gusta nada a los ricos. Es muy incómodo tener un hermano pobre, compromete, afea, es fuente de numerosas molestias. Tampoco les gusta del todo a los pobres: es molesto que el rico sea mi hermano, no podremos odiarle y matarle sin sentir remordimientos. Es mucho más sencillo que sea sin más mi enemigo.

Para Jesús son antes los pequeños, sencillamente porque necesitan más. Y las madres y los médicos y los pastores y los maestros ... emplean más tiempo y más esfuerzo en los que necesitan más. Esto no les gusta nada a los grandes, porque les impiden disfrutar en paz de su grandeza, les llena de preocupaciones, no pueden quedarse sin más con lo que Dios les ha dado, se sienten responsables y por tanto despojados de su libertad. Y sobre todo, se sienten desprestigiados. Ser grande ya no es un mérito adquirido, una bendición de Dios, sino un compromiso, un talento, una responsabilidad.

Pasar del poder y del dinero es de locos. Todo el mundo corre enloquecido tras el poder y el dinero. Hay que comprar cosas para disfrutar de cosas, hay que tener poder, prestigio, status, influencia ... Meta de la vida. ¿A qué loco se le ha ocurrido que el poder y el dinero no son buenos? ... Pues, a Jesús, que ha descubierto algo tan sencillo como esto: el poder y el dinero son bienes pegajosos, tienden a apoderarse del que los tiene y lo deshumanizan. A Jesús, que observa que el poder y el dinero son difícilmente compatibles con la compasión, la sencillez y la libertad.

Poder para servir a los pequeños, dinero para aliviar a los pobres ... Entonces, ¿para qué quiero el poder y el dinero? ... Nuestra cultura ha resuelto a veces el problema con mucha inteligencia: la limosna, el porcentaje: el 90% del poder y el dinero para mí, para mi satisfacción: el 10% para justificarme y conseguir mejor imagen. O sea, también para mí.

Un gobernante que use el poder para servir a la gente, sobre todo a los más pequeños, no genera riqueza y poder para sus amigos, no reparte más que cargas ... no durará mucho en el poder; será crucificado como gobernante.

Un empresario que tiene menos interés en los beneficios que en el nivel de vida de los obreros sirve mal a la clase empresarial. Será crucificado.

Un matrimonio que gasta poco, que no renueva el guardarropa en cada estación, que tiene más de dos hijos, que no cambia de coche cada dos años, que pierde todos los días varias horas con sus hijos, que reduce su consumo a lo razonable, que recicla, que reutiliza, que comparte... es odioso; parece que te esté echando en cara todos los días cada cosa que haces... ni siquiera se puede hablar con ellos de las cosas normales. Será marginado, sutilmente, cotidianamente... Será crucificado.

Un cura que no predica de la iglesia y sus dogmas y órdenes sino de Jesús y sus compromisos, que no hace teología dogmática sino que cuenta parábolas, que no manda en su iglesia sino que anima, aconseja, invita, carga con lo menos atrayente, se mete en los líos de la gente... no llegará a Obispo. Será crucificado.

Y así tantos y tantos. Todos los que quieran vivir piadosamente, siguiendo a Jesús, sufrirán persecución. Todos, menos nosotros, que seguimos a Jesús estupendamente bien, creemos lo que hay que creer, esperamos lo que hay que esperar, cumplimos lo que hay que cumplir según lo mandan los representantes de Cristo en la tierra, y vivimos tan ricamente, ajenos a la compasión, respetados por el poder y por el dinero, disfrutando aquí del ciento por uno y seguros del premio de la vida eterna, y tan lejos de la cruz como sea posible. Aunque, eso sí, la exhibimos por todas partes, la llevamos colgadita al cuello, la besamos. Bonitas cruces, de madera, de plata, de marfil, adornadas con brillantes, obras de arte quizás. La única palabra que se me ocurre ahora es "farsa".

Quizá sea precisamente hoy, durante la procesión de los ramos, cuando nos tenemos que preguntar: ¿qué estamos celebrando? ¿qué triunfo celebramos? ¿por qué estamos contentos y llevamos palmas y cantamos himnos triunfales?

Que cada uno se responda. Con hacerse la pregunta quizá sea ya suficiente.

José Enrique Galarreta SJ




SOBRE EL PAPA FRANCISCO:
PUEDA SER ÉL
Koldo Aldai 

¿Quién dijo que estaba todo perdido? Seguramente nos equivocamos al pensar que dentro de la vetusta institución no había nada que hacer, que bajo las sotanas de la Jerarquía no podía medrar ninguna esperanza, que entre tanto anciano purpurado elegido a dedo, no había posibilidad de renovación alguna... Y sin embargo estos días hemos podido comprobar que sí se abría rendija para el aire fresco, que había mármol para esos humildes zapatos negros, margen para un Papa argentino y además jesuita. Al día de hoy, el mayor cambio posible, sereno y tranquilo, en el seno de la Iglesia católica está en marcha y no podemos por menos que saludarlo. Un antiguo escepticismo se va rindiendo felizmente día a día ante el monitor de la televisión. Cierta e inocente generosidad llama a nuestra percepción desconcertada. Hemos visto, los estamos viendo en cada una de las comparecencias públicas de Francisco y estamos comenzando a creer...

Cuando salió a la luz la biografía del nuevo Papa, en tantos aspectos marcando una positiva diferencia, algo me transportó a la orilla del mar. Se abalanzó sobre mi mente el recuerdo de tantos amigos cristianos de Donosti, ligados a la familia y al Foro espiritual de Estella. Me acordé de toda esa buena gente que merece en Roma alguien con toda la fuerza del amor que ellos/as llevan dentro. Esos cristianos que han devorado durante años el Jesús de Pagola casi a escondidas, que añoran las libertades que siempre gozaron con Uriarte y Setién, todos esos cristianos cuyo desbordado anhelo no termina de entrar en los sermones oficiales, entre los párrafos siempre estrechos de los catecismos, esos cristianos genuinos que se han ajustado a lo impuesto, cuyo espíritu se ve encarcelado en el dogma establecido y que por lealtad no dieron un paso fuera del perímetro eclesiástico..., necesitaban un Papa, como todo apunta, puede ser Francisco I. Su sencillez, cordialidad y voluntad de cambio abre cuanto menos una ventana a la esperanza.

Todos esos cristianos que cargaban con tanto "amén" a lo que les llegaba desde arriba, que ya no sabían dónde buscar brisa renovada, que esperaban de la jerarquía una apertura, una inclusividad, una flexibilidad que no terminaban de llegar, que querían ver en el Papa un reflejo auténtico del Nazareno..., pueden estar en vísperas de su hora.

Lo llevaban toda su vida buscando, por supuesto mereciendo. Lo habían llamado en tantas cerradas noches, en la hondura de tantas crisis, en tantas fervientes oraciones... y hay más que evidencias de que puede haber llegado. El Papa que rechazaba limusinas y viajaba en "colectivo", que vivía en un sencillo apartamento y se hacía su propia comida, que frecuentaba a los pobres y lavaba los pies a los enfermos..., puede ser el Papa por el que ha suspirado toda esta buena gente de fe.

Ojalá final feliz en esta larga historia, en la recta final de demasiadas frustraciones... No hablamos de saltos al vacío, de rupturas incomprensibles con el pasado, nos referimos a gestos cargados de significado como los que ya ha protagonizado el nuevo Papa. Se trata de ese toque de sano humor, de alejarse del dogma y volver al corazón, se trata de bajar a la calle y caminar a pie y compartir fe, de guiños sinceros de encuentro para con los líderes de las otras religiones... Hoy leemos la buena nueva en los periódicos de que llegó a Roma viajando en clase económica, con los zapatos que le regaló la viuda de un sindicalista. ¿Será que las ganas tan grandes de cambios que abrigamos redactan ya su historia? ¿Será que no sabemos dónde volcar toda la esperanza acumulada, dónde saciar toda la sed de cambio que no cabe en nuestras gargantas...?

Nos han terminado de contagiar esos cristianos del mañana soportando durante tanto tiempo la asfixia de lo caduco, esos incondicionales del evangelio y su apuesta silente de a largo plazo, esos seguidores de un tal Jesús que piden liderazgo de incondicional amor, de celeste talla. A fuerza de ejemplaridad han hecho nuestras sus esperanzas. Pueda estar Francisco I a la altura de tanta sincera aspiración despertada, a la par de tan irrefrenable expectativa. Pueda estar al nivel de lo que el mundo y la cristiandad necesitan. Quiera el Cielo que suponga el inicio de una profunda renovación, de una nueva era en la Iglesia. Por esa Iglesia abierta, hermana, solidaria, sencilla, con rostro también de mujer, fiel al legado eterno del Nazareno..., que esos entrañables católicos y tantos otros también deseamos.
Koldo Aldai



The Economist : ¿Quiénes son los jesuitas, exactamente?
19 de marzo 2013

La elección del Papa Francisco el 13 de marzo fue sorprendente por varias razones. Es el primer papa de América del Sur, convirtiéndose en el primero proveniente de un país no europeo desde el siglo 8. También es el único Papa que toman el nombre de Francisco que evoca la humildad de San Francisco de Asís, un monje italiano del siglo 12. Lo más sorprendente de todo, él es el único Papa de la Compañía de Jesús, orden religiosa que data del siglo 16. Pero ¿quiénes son los jesuitas, exactamente?

Dentro de la iglesia católica romana, hay dos tipos de sacerdotes: el clero secular y los que forman parte de las órdenes religiosas. El primer grupo que se conoce como sacerdotes diocesanos, y que a menudo (aunque no siempre) trabajan en una parroquia, de la que son responsables ante el obispo local. Entran al seminario, a la escuela de teología, y no hacen votos de pobreza o de recluir a sí mismos del mundo exterior. En muchos sentidos, son la cara pública de la iglesia católica. Las órdenes religiosas, por el contrario, tienen una mayor autonomía de la iglesia central. Ellos no están bajo la jurisdicción de un obispo (que a su vez ha sido nombrado por el Papa) y pueden vivir completamente excluidos de la sociedad secular, en función del orden al que pertenecen. Los monjes, como los dominicos, benedictinos, cistercienses, franciscanos y trapenses viven dentro de sus congregaciones, en los monasterios, aunque a menudo están en contacto con instituciones educativas. Sólo en Gran Bretaña los benedictinos enseñan en Ampleforth College, una escuela pública en el norte de Inglaterra, mientras que los dominicos cuentan con el  Blackfriars Hall, un colegio de Oxford.

La Compañía de Jesús es otra orden religiosa. Creado por Ignacio de Loyola, un ex soldado español, en 1540, en la actualidad hay más de 12.000 sacerdotes jesuitas, uno de los mayores grupos de la iglesia católica romana. Conocidos como la "caballería ligera o de avanzada" después de la marca militar de su fundador (que descubrió su vocación, se afirma, después de leer un libro sobre la vida de los santos cuando se recupera de las heridas de guerra) la orden hace hincapié en la educación, en el  aprendizaje de idiomas, y la necesidad de la evangelización misionera en la vida de un sacerdote. Ellos trabajan en iglesias dentro de las ciudades y pueblos o escuelas administradas y colegios. A diferencia de los sacerdotes diocesanos, que pueden completar sus estudios en cuatro o cinco años, los jesuitas estudian durante 12 años y sólo se ordena cuando están entrados en los treintenas. Asociado con los aspectos más liberales del catolicismo, tienden a no llevar a cabo misas en latín. Al pasar a ser jesuitas, también prometen no volver a tomar posesión del cargo eclesiástico, como un obispado, a no ser ordenado por el Papa.

Este último voto es una de las razones por la elección del Papa Francisco fue particularmente sorprendente. Según Brendan Callaghan, maestro de Campion Hall, un colegio jesuita en Oxford, muchos jesuitas pensaban que no volvería a ver a uno de ellos en oficinas papales, aunque algunos, como el Papa Francisco, fue ordenado arzobispo. Acostumbrados a estar un poco al margen de la jerarquía de la iglesia, los jesuitas están marcados por cuestionar, y en ocasiones, tener una actitud desafiante hacia la oficina central de la iglesia. Poner foráneo a la cabeza de una institución sumida en dificultades y frente a una disminución de afiliación es un paso valiente. Y quizá, envía señales de los cambios que estarán por venir.