jueves, 28 de febrero de 2013

ANTES QUE SEA TARDE - José Antonio Pagola


ANTES QUE SEA TARDE - José Antonio Pagola
Lc 13, 1-9

Había pasado ya bastante tiempo desde que Jesús se había presentado en su pueblo de Nazaret como Profeta, enviado por el Espíritu de Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia. Sigue repitiendo incansable su mensaje: Dios está ya cerca, abriéndose camino para hacer un mundo más humano para todos.

Pero es realista. Jesús sabe bien que Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Por eso se esfuerza en despertar en la gente la conversión: "Conviértanse y crean en esta Buena Noticia". Ese empeño de Dios en hacer un mundo más humano será posible si respondemos acogiendo su proyecto.

Va pasando el tiempo y Jesús ve que la gente no reacciona a su llamada como sería su deseo. Son muchos los que vienen a escucharlo, pero no acaban de abrirse al "Reino de Dios". Jesús va a insistir. Es urgente cambiar antes que sea tarde.

En cierta ocasión cuenta una pequeña parábola. Un propietario de un terreno tiene plantada una higuera en medio de su viña. Año tras año, viene a buscar fruto en ella y no lo encuentra. Su decisión parece la más sensata: la higuera no da fruto y está ocupando inútilmente un terreno, lo más razonable es cortarla.

Pero el encargado de la viña reacciona de manera inesperada. ¿Por qué no dejarla todavía? Él conoce aquella higuera, la ha visto crecer, la ha cuidado, no la quiere ver morir. Él mismo le dedicará más tiempo y más cuidados, a ver si da fruto.

El relato se interrumpe bruscamente. La parábola queda abierta. El dueño de la viña y su encargado desaparecen de escena. Es la higuera la que decidirá su suerte final. Mientras tanto, recibirá más cuidados que nunca de ese viñador que nos hace pensar en Jesús, "el que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido".

O que necesitamos hoy en la Iglesia no es solo introducir pequeñas reformas, promover el "aggiornamento" o cuidar la adaptación a nuestros tiempos. Necesitamos una conversión a nivel más profundo, un "corazón nuevo", una respuesta responsable y decidida a la llamada de Jesús a entrar en la dinámica del Reino de Dios.

Hemos de reaccionar antes que sea tarde. Jesús está vivo en medio de nosotros. Como el encargado de la viña, él cuida de nuestras comunidades cristianas, cada vez más frágiles y vulnerables. Él nos alimenta con su Evangelio, nos sostiene con su Espíritu.

Hemos de mirar el futuro con esperanza, al mismo tiempo que vamos creando ese clima nuevo de conversión y renovación que necesitamos tanto y que los decretos del Concilio Vaticano no han podido hasta hora consolidar en la Iglesia.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
 Impulsa la conversión en la Iglesia.  Pásalo.
3 de marzo de 2013
3 Cuaresma (C)
Lucas 13, 1-9
EL HORTELANO HERIDO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Tres años esperó
que aquel árbol bien plantado y altivo
diera higos sabrosos y tiernos.

Tres años de paciencia
aguantando críticas y risas
de expertos, cínicos y amigos.

Tres años de cuidados
abonando y cavando el suelo
con sudor y ternura infinita.

Tres años respetando
los ritmos sabios de la naturaleza
y los consejos de los antepasados.

Tres años ofreciendo
su tiempo, corazón y trabajo
al árbol plantado en su huerto.

Tres años dedicados
a la higuera de sus sueños
para que su apariencia no fuera un engaño.

Tres años temblorosos
sufriendo en silencio su duro desafío
de ser sólo percha de aves de mal agüero.

¡Tres años desgastados!

La cortó, creyendo seguir tus pasos,
y, de repente, vio su corazón verde
y oyó sus gemidos tristes.

Un año más, solo un año,
y hubiera dado el fruto soñado
que en silencio había madurado.

Desde entonces, Señor,
aunque el hortelano sigue contigo,
tiene su corazón herido.

¡Cúrale y enséñale, con ternura,
a esperar como tú esperaste
hasta amar y vencer su resistencia!

Florentino Ulibarri




NUESTRO CONOCIMIENTO IMPERFECTO NOS HARÁ FALLAR
Escrito por  Fray Marcos
Lc 13, 1-9

El mensaje de hoy es muy sencillo de formular, pero muy difícil de asimilar. Con demasiada frecuencia seguimos oyendo la fatídica expresión: ¡Castigo de Dios! El domingo pasado decíamos que no teníamos que esperar ningún premio de Dios. Hoy se nos aclara que no tenemos que temer ningún castigo. Premio y castigo son dos realidades correlativas, si se da una, se da la otra. Si Dios es el que manda la lluvia, la sequía es necesariamente un castigo. Es difícil superar la idea de "el Dios que premia a los buenos y castiga a los malos". La dinámica en la que hemos metido a Dios, es un callejón sin salida, para Él y para nosotros.

La gran teofanía de Yahvé a Moisés, indica el principio de la liberación (Ex 3,1-15). Debemos tener mucho cuidado al leer estos textos. No son relatos históricos tal como entendemos hoy la historia. Los acontecimientos a los que hace referencia sucedieron en el s. XIII a. de C. No se escribieron de una vez, sino que fueron elaborándose durante más de siete siglos. Los primeros relatos fueron orales. En el reinado de David (s. X), aparecieron los primeros escritos. La última fijación de la Biblia se produjo en el siglo V en tiempos de Esdras y Nehemías. Se trata de vivencias plasmadas después de siete siglos de haber ocurrido. No podemos esperar que respondan a los acontecimientos tal como sucedieron.

El éxodo es la experiencia central de todo el AT. Dios salva a su pueblo y en esa salvación, el pueblo se reconoce como elegido por Dios. Fíjate bien, Dios responde a las quejas del pueblo. No es un Dios impasible trascendente que le importa muy poco la suerte de los seres humanos. Es un Dios que interviene en la historia a favor del pueblo oprimido. Así lo creían ellos.

Otra cosa es cómo tenemos que interpretar esa actuación de Dios. Se sirve de los seres humanos para llevar a cabo la obra de salvación. Aunque Moisés se declara incapacitado, es enviado. Esto es muy importante a la hora de aplicar a Dios la liberación. Somos nosotros los responsables de que la humanidad camine hacia una liberación o que siga hundiendo en la miseria a la mayoría de los seres humanos.

"Yo soy el que soy". Estamos ante la intuición más sublime de toda la Biblia, y seguramente de todo el pensamiento religioso: Dios no tiene nombre, simplemente, ES. El nombre de Dios es una expresión verbal: "El que es y será".

En aquella cultura, conocer el nombre de alguien era dominarlo. La enseñanza es que Dios es inabarcable y nadie puede conocerle ni manipularle. Es una pena que, sin tener esto en cuenta, hayamos intentado durante dos mil años, meterlo en conceptos para manipularlo. Las pretensiones de la "teología" han sido y siguen siendo descabelladas. Todos sabemos que el discurso sobre Dios es siempre analógico, es decir: sencillamente inadecuado, y solo "sequndum quid" acertado. Pero a la hora de la verdad, olvidamos esto y defendemos nuestros ridículos conceptos sobre Dios como si se tratara de la mismísima realidad divina.

Partiendo de la experiencia de Israel, Pablo advierte a los cristianos de Corinto, que no basta pertenecer a una comunidad para estar seguro (I Cor 10,1-12). Nada podrá suplir la respuesta personal a las exigencias de tu ser. El ampararse en seguridades de grupo, puede ser una trampa. Esta recomendación de Pablo está muy de acuerdo con el evangelio. Pablo dice: "El que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga." Y Jesús dice por dos veces: "si no os convertís, todos pereceréis". La vida humana es camino hacia la plenitud, que necesita de constantes "rectificaciones": si no corregimos el rumbo equivocado, nos precipitaremos al abismo.

El evangelio de hoy nos plantea el eterno problema, ¿Es el mal consecuencia de un pecado? Así lo creían los judíos del tiempo de Jesús y así lo siguen creyendo la mayoría de los cristianos de hoy. Desde una visión mágica de Dios, se creía que todo lo que sucedía era fruto de su voluntad. Los males se consideraban castigos y los bienes premios. Incluso la lectura de Pablo que acabamos de leer se puede interpretar en esa dirección. Jesús se declara completamente en contra de esa manera de pensar. Lo expresa claramente el evangelio de hoy, pero lo encontramos en otros muchos pasajes; el más claro es el del ciego de nacimiento en el evangelio de Juan, donde los discípulos preguntan a Jesús, ¿Quién peco, éste o sus padres? Para Jesús la relación de Dios con nosotros está en un ámbito más profundo.

Debemos dejar de interpretar como actuación de Dios lo que no son más que fuerzas de la naturaleza o consecuencia de atropellos humanos. Ninguna desgracia que nos pueda alcanzar, debemos atribuirla a un castigo de Dios; de la misma manera que no podemos creer que somos buenos porque las cosas nos salen bien. El evangelio de hoy no puede estar más claro, pero como decíamos el domingo pasado, estamos incapacitados para oír lo que nos dice. Solo oímos lo que nos permiten escuchar nuestros prejuicios.

Insisto, debemos salir de esa idea de Dios Señor o patrón soberano que desde fuera nos vigila y exige su tributo. De nada sirve camuflarla con sutilezas. Por ejemplo: Dios, puede que no castigue aquí abajo, pero castiga en la otra vida... O, Dios nos castiga, pero es por amor y para salvarnos... O Dios castiga solo a los malos... O merecemos castigo, pero Cristo, con su muerte, nos libró de él. Pensar que Dios nos trata como tratamos nosotros al asno, que solo funciona a base de palo o zanahoria, es ridiculizar a Dios y al ser humano.

Claro que estamos constantemente en manos de Dios, pero su acción no tiene nada que ver con las causas segundas. La acción de Dios es de distinta naturaleza que la acción del hombre, por eso la acción de Dios, ni se suma ni se resta ni se interfiere con la acción de las causas físicas.

Desde el Paleolítico, se ha creído que todos los acontecimientos eran queridos y por lo tanto realizados puntualmente, por "un dios" todopoderoso. Pero resulta que Dios, por ser "acto puro", por estar haciéndolo todo en todo instante, no puede hacer nada en concreto. No puede empezar a hacer nada, porque una acción es enriquecimiento del ser que actúa, y si Dios pudiera ser más, antes no sería Dios. Tampoco puede dejar de hacer nada de lo que está haciendo, porque perdería algo y dejaría de ser Dios.

Si no os convertís, todos pereceréis. La expresión no traduce adecuadamente el griego metanohte que significa "cambiar de mentalidad, ver la realidad desde otra perspectiva". No dice Jesús que los que murieron no eran pecadores, sino que todos somos igualmente pecadores y tenemos que cambiar de rumbo.

Sin una toma de conciencia de que el camino que llevamos nos lleva al abismo, nunca estaremos motivados para evitar el desastre. Si soy yo el que voy caminando hacia el abismo, solo yo puedo cambiar de rumbo. Cada uno tiene la responsabilidad de sus acciones. No somos marionetas en las manos de Dios, sino personas, es decir seres autónomos que debemos apechugar con nuestra responsabilidad. La mejor traducción sería: si no aprendes, incluso de los errores, perecerás.

La parábola de la higuera es esclarecedora. La higuera era símbolo del pueblo de Israel. El número tres es símbolo de plenitud. Es como si dijera: Dios me da todo el tiempo del mundo y un año más. Pero el tiempo para dar fruto es limitado. Dios es don incondicional, pero no puede suplir lo que tengo que hacer yo. Soy único, irrepetible. Tengo una tarea asignada; si no la llevo a cabo, esa tarea se quedará sin realizar y la culpa será solo mía. No tiene que venir nadie a premiarme o castigarme. Cumplir la tarea será el premio, no cumplirla el castigo. La tarea del ser humano no es hacer cosas sino hacerse, es decir, tomar conciencia de su verdadero ser y vivir esa realidad a tope. Claro que si ese proceso de concienciación no se traduce en "frutos", será la prueba de que no se ha dado.

¿Qué significa dar fruto? ¿En qué consistiría la salvación para nosotros aquí y ahora? Tal vez sea esta la cuestión más importante que nos debemos plantear. No se trata de hacer o dejar de hacer esto o aquello para alcanzar la salvación. Se trata de alcanzar una liberación interior que me lleve a hacer esto o dejar de hacer lo otro porque me lo pide mi auténtico ser. La salvación no es alcanzar nada ni conseguir nada. Es tu verdadero ser, estar identificado con Dios. Descubrir y vivir esa realidad es tu verdadera salvación.

Meditación-contemplación

No tienes que esperar nada de fuera.
Dios ya te lo ha dado todo, lo que falta lo tienes que hacer tú.
La tarea fundamental está dentro de ti mismo.
Es un proceso de iluminación, de toma de conciencia de lo que eres.
.........................

Convertirse es centrarse.
Presupone la conciencia de estar descentrado.
Si no descubres que tu camino te lleva afuera, a las cosas terrenas,
no estarás motivado para ninguna rectificación.
........................

No intentes cambiar de objetivos fuera de ti. Es perder el tiempo.
La única meta que te puede saciar está dentro.
Céntrate, concéntrate.
Ese es el único camino de conversión.
.......................

Fray Marcos





FRUTOS DE CONVERSIÓN
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 13, 1-9

Se trata de dos sucesos de diferente tipo. Una insurrección de Galileos cruelmente sofocada por Pilato y un accidente laboral durante la construcción de una torre en Siloé. De esas noticias toma pie Jesús para una exhortación a no creerse mejor que otros y dar buenos frutos de conversión.
El final está directamente relacionado con lo anterior. Ante una sociedad satisfecha de ser el pueblo elegido, de ser hijos de Abraham, Jesús habla de frutos. Como siempre, por sus frutos los conoceréis. El relato es parabólico, no hay por qué buscar simbolismos a cada detalle. Es el mensaje global lo que importa: si no da frutos, para nada vale la higuera por muy hermosa que sea.
Pero es interesante repensar el significado de los personajes. Tendemos a identificar a Dios con el amo que está decidido a arrancar la higuera. Personalmente me gusta más identificar al amo con nuestro sentido común y ver una imagen de Dios en el viñador, en su paciencia, movida por su amor a la viña.
Los tres textos de hoy se ordenan en torno a un nivel de urgencia de la Palabra que nos importa extraordinariamente. Se nos plantea el tema básico: la conversión, vista desde un ángulo práctico y de exigencia: "Ya conocemos a Dios, ya sabemos cómo vivir; ahora ¿qué hacemos?".
Y en este contexto, las lecturas de hoy pueden "resumirse", de manera un tanto simple, así:
"Conocemos a Dios, pero esto puede no servir para nada"

Hemos visto cómo el texto del Éxodo presenta el encuentro de Moisés con Dios. Dentro de sus características bastante primitivas, (Dios inspira temor, su presencia delimita un espacio físico sagrado) es el comienzo de la fe de Israel en EL SALVADOR, la fuerza del pueblo, el que está empeñado en la liberación. Y ésta será, como bien conocemos, la más importante de las líneas de fuerza de la revelación, culminada espectacularmente en Jesús: "Tanto amó Dios al mundo..."
El tema se presenta desde el punto de vista de "conocer el nombre de Dios", que equivale a "conocer a Dios". El Antiguo Testamento lo resolvió con toda lógica: "No es posible conocer a Dios sin morir", "no es posible para el ser humano ver el rostro de Dios". Por eso, en La Morada, Yahvé permitirá que Moisés le vea "de espalda". Es preciosa la expresión de Agar, la esclava de Abraham expulsada al desierto con su hijo Ismael, cuando en un ángel le socorre proporcionándole agua y ella, aterrada, se pregunta: "¿Habrán visto mis ojos la espalda de Aquel que me ve?".
Todo esto es superado de manera inconcebible por Jesús. Nuestros ojos lo han visto. Nuestros oídos le han escuchado, nuestras manos han podido palpar. Y no han visto ni palpado terrores, nubes ardientes, lejanías temibles: han visto bondad, compasión, arriesgarse para curar, solidaridad con el pobre, capacidad de entrega incondicional: la revelación de Dios en Jesús pone patas arriba todas las fantásticas y temibles imaginaciones de la Antigua ley.
Pero Pablo retoma el tema desde una perspectiva mucho más personal y urgente: "no todos los israelitas que salieron de Egipto agradaron a Dios". Pertenecer al pueblo, salir de Egipto.... ¿Se creían seguros? ¿Pensaban quizás "somos el Pueblo elegido, somos superiores, estamos salvados, Dios está con nosotros", y esto era toda su religión? Si esto era así, cometieron el mayor error: pensar que "la salvación" es algo que viene de fuera, que religión es pertenecer a un pueblo, conocer a Dios, cumplir unos ritos... No agradaron a Dios.
Y el evangelio de Lucas lo plantea ya de manera polémica y "actual". Le cuentan a Jesús el fin desgraciado de unos "guerrilleros anti romanos" y de un accidente de la torre de Siloé. Jesús aprovecha estos sucesos para una "catequesis" doble:
En primer lugar, a la "gente bien", que ve con malos ojos a los guerrilleros y piensan que bien merecido tienen el castigo. En segundo lugar a los que, superficialmente, piensan que todo mal es "castigo de Dios".
Jesús desarrolla dos ideas: "¿Os creéis mejores que esos guerrilleros?" "¿Os creéis que los males del mundo son los castigos de los pecados?" Y aprovecha la oportunidad para decir: "Vosotros, que sois "los que conocéis a Dios", os creéis 'justos', pero sois como una higuera bien cuidada, en buena tierra, bien abonada.... Si no da fruto no vale más que para leña".
Una más de las "parábolas" vegetales, agrícolas, de Jesús. El sembrador, el grano de mostaza, la cizaña, la cosecha abundante, el árbol bueno y malo... Y prácticamente todas ellas apuntando a un mensaje: frutos.
Es la vertiente exigente, radical y práctica de la Buena Noticia.
"Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer"

Nosotros tenemos la tendencia a pensar que estamos salvados porque hemos tenido suerte, porque Dios nos ha querido más que a otros, porque estamos bautizados, porque tenemos el modo de que se nos perdonen los pecados... Son todo cosas exteriores, que nos vienen de fuera, que no suponen nuestra conversión. Pero pertenecer a la Iglesia, conocer a Dios, participar en la Eucaristía... son la buena tierra, la poda, el riego, el abono de la higuera. Si no dan fruto, no sirve para nada más que "para cansar la tierra". No estamos "salvados"; lo que estamos es bien cuidados, bien abonados, bien podados, bien alimentados... en espera del fruto. Y no podemos menos que recordar en este contexto otras palabras de Jesús: (Mt 23)
"Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de Dios; porque vosotros no entráis, y les impedís la entrada a otros.
"Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas que pagáis el diezmo de la menta y del comino y habéis descuidado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia, la fidelidad.
"Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis el exterior de la copa mientras el interior está lleno de rapiña y de intemperancia......."
Y quizá la más expresiva de todas: (Mt 7,22)
"Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis. «No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y entonces les declararé: "¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!"
Es claro que nuestra situación es más de debilidad que de hipocresía. Pero no pocas veces resulta intolerable la desproporción entre nuestro conocimiento de Dios y la escasa transformación de nuestra vida.
Pienso que la fe sin obras es un tema teológico estéril. Pero pienso también que la mediocridad de nuestra vida, nuestro servicio a dos señores es una característica de nuestra religiosidad que la hace estéril. ¿Qué poder de transformación de la vida tiene de hecho la Palabra de Dios entre nosotros? Sin querer responder a esta pregunta, porque debe ser respondida personalmente, pienso que se debe plantear como test de sinceridad religiosa. Somos cristianos exactamente en la medida en que la Palabra tiene poder para cambiar nuestra vida.
De aquí se derivaría otra consideración más general sobre la Iglesia Católica Romana y su poder de transformación de la sociedad. Hay un texto estremecedor de Dibelius que me parece oportuno citar:
"En mi opinión, la causa del fracaso de la Iglesia en el siglo XIX... hay que buscarla ante todo en el hecho de que la Iglesia siempre estuvo tan estrechamente ligada a los poderes de este mundo que no se atrevió a desatar revoluciones espirituales. El Sermón del Monte es una "cámara del tesoro" de una radical energía espiritual, pero cualquiera que se hubiera atrevido a aplicar esas fuerzas a la civilización o a la existencia humana en el mundo moderno, habría aparecido como si quisiera echar a pique el mundo; y esto hizo que el cristianismo dudara en atreverse.
En esta situación, el cristianismo no era revolucionario, sino relativamente conservador, unas iglesias más que otras. Pero, en conjunto, las iglesias actuaron más bien como "buena conciencia" en lugar de actuar como "conciencia crítica". Prefirieron apoyar el orden reinante en el mundo, en vez de criticarlo: fortalecer a los poderes dominantes, en lugar de oponerse a ellos. La Iglesia, que antaño había sido de los predicadores del Evangelio para la Vida Eterna, se convirtió en un poder de este mundo, monstruosamente conservador."

José Enrique Galarreta