jueves, 31 de enero de 2013

PRIVADOS DE ESPÍRITU PROFÉTICO - José Antonio Pagola


PRIVADOS DE ESPÍRITU PROFÉTICO - José Antonio Pagola

Sabemos que históricamente la oposición a Jesús se fue gestando poco a poco: el recelo de los escribas, la irritación de los maestros de la ley y el rechazo de los dirigentes del templo fueron creciendo hasta acabar en su ejecución en la cruz.

También lo sabe el evangelista Lucas. Pero, intencionadamente, forzando incluso su propio relato, habla del rechazo frontal a Jesús en la primera actuación pública que describe. Desde el principio han de tomar conciencia los lectores de que el rechazo es la primera reacción que encuentra Jesús entre los suyos al presentarse como Profeta.

Lo sucedido en Nazaret no es un hecho aislado. Algo que sucedió en el pasado. El rechazo a Jesús cuando se presenta como Profeta de los pobres, liberador de los oprimidos y perdonador de los pecadores, se puede ir produciendo entre los suyos a lo largo de los siglos.

A los seguidores de Jesús nos cuesta aceptar su dimensión profética. Olvidamos casi por completo algo que tiene su importancia. Dios no se ha encarnado en un sacerdote, consagrado a cuidar la religión del templo. Tampoco en un letrado ocupado en defender el orden establecido por la ley. Se ha encarnado y revelado en un Profeta enviado por el Espíritu a anunciar a los pobres la Buena Noticia y a los oprimidos la liberación.

Olvidamos que la religión cristiana no es una religión más, nacida para proporcionar a los seguidores de Jesús las creencias, ritos y preceptos adecuados para vivir su relación con Dios. Es una religión profética, impulsada por el Profeta Jesús para promover un mundo más humano, orientado hacia su salvación definitiva en Dios.

Los cristianos tenemos el riesgo de descuidar una y otra vez la dimensión profética que nos ha de animar a los seguidores de Jesús. A pesar de las grandes manifestaciones proféticas que se han ido dando en la historia cristiana, no deja de ser verdad lo que afirma el reconocido teólogo H. von Balthasar: A finales del siglo segundo "cae sobre el espíritu (profético) de la Iglesia una escarcha que no ha vuelto a quitarse del todo".

Hoy, de nuevo, preocupados por restaurar "lo religioso" frente a la secularización moderna, los cristianos corremos el peligro de caminar hacia el futuro privados de espíritu profético. Si es así, nos puede suceder lo que a los vecinos de Nazaret: Jesús se abrirá paso entre nosotros y "se alejará" para proseguir su camino. Nada le impedirá seguir su tarea liberadora. Otros, venidos de fuera, reconocerán su fuerza profética y acogerán su acción salvadora.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde el Espíritu profético de Jesús. Pásalo.
3 de febrero de 2013
4 Tiempo ordinario (C)
Lucas 4, 21-30

fuente: 


DESCONCIERTO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Señor:
Que quienes te buscan a tientas,
te encuentren;
que quienes dudan una y mil veces,
no desistan;
que quienes se extravían en su camino,
vuelvan;
que quienes creen conocerte y poseerte,
sigan buscándote.

Que quienes caminan a tientas y solos,
no se pierdan;
que quienes tienen miedo al futuro,
se abran a la confianza;
que quienes no logran triunfar,
perseveren;
que quienes tienen hambre y sed,
sean saciados.

Que los grandes y poderosos
se sientan vulnerables;
que los amargados de la vida
disfruten de tu presencia y gracia;
que los olvidados de todos
dejen oír su canción;
que tus hijos e hijas
nunca nos saciemos de tus dones.

Que quienes desean y buscan milagros
sepan acogerlos;
que quienes gustan presumir de profetas
acepten a los de su tierra;
que quienes se descubren leprosos
bajen a lavarse a un humilde río;
que quienes tienen pensares ocultos
no se enfurezcan contigo.

Y si tú nos provocas nuevamente
como provocaste
a tus paisanos de Nazaret entonces,
danos la gracia
de entenderte y tolerarte ahora,
y descubrir
quién eres, a pesar de las apariencias
y de tus pobres orígenes.

¡Señor,
ábrete paso entre nosotros
y sigue tu camino
aunque nos escandalicemos!

Florentino Ulibarri



DESDE SU EXPERIENCIA DE DIOS PROCLAMÓ LA VERDAD SIN MIEDO
Escrito por  Fray Marcos
Lc 4, 21-30

CONTEXTO
Recordemos lo que hemos leído el domingo pasado. Jesús llega a la sinagoga de su pueblo y lee un trozo de Isaías; pero cuando llega al pasaje "el año de gracia del Señor ", corta la lectura sin leer lo que sigue en el texto, que dice: "y el día de la venganza de nuestro Dios". Este corte es la clave para entender todo lo que pasa a continuación. Los oyentes conocían perfectamente el texto y muestran su disconformidad con la mutilación que hace Jesús.

Los judíos de aquel tiempo, lo que esperaban de Dios era una salvación del pueblo judíos pero a costa de todos los demás. De todas formas, el texto de Isaías es ya un avance sobre la doctrina oficial, porque habla de "un año de gracia y un día de venganza". Lo que propone Jesús es una liberación para todos. Esto era lo inaceptable para un judío.

EXPLICACIÓN
Hemos leído: "todos le daban su aprobación y se admiraban...". Pero hay una traducción alternativa: El verbo griego (martyreo) = dar testimonio, que en la versión oficial se traduce por "dar su aprobación", cuando está construido con dativo, significa "testimoniar en contra". Por otra parte, (thaumazo) = Admirarse, significa también extrañarse, es decir, una admiración negativa. Entonces la traducción sería:

"todos se declaraban en contra, extrañados del discurso sobre la gracia (para todos) que salía de sus labios".

Así cobra pleno sentido la respuesta de Jesús, que de otro modo, parece que inicia él la gresca provocando al personal. Jesús lo único que hace es responder a la agresividad.

La importancia de suprimir la última frase del texto de Isaías, queda más clara con la explicación que da hoy Jesús. Tiene que rectificar el texto de Isaías, pero menciona a otros dos profetas que avalan esa aparente mutilación. Elías y Eliseo son ejemplos de cómo actúa Dios con relación a los no judíos. Para entenderlo hoy, podríamos decir que Elías atendió a una viuda libanesa y Eliseo a un general sirio. ¡Qué poco han cambiado las cosas! La viuda de Sarepta y Naamán el sirio fueron atendidos por los profetas porque confiaron en Dios, aunque no formaban parte del pueblo elegido.

El evangelista quiere subrayar que este argumento contundente, no solo no les convence, sino todo lo contrario, provoca la ira de sus vecinos que se sienten agredidos porque les echa en cara su ceguera. Este mismo relato en Mateo y Marcos no hace alusión a los dos profetas, lo cual nos hace sospechar que no es originario de Jesús. Los primeros cristianos se esforzaron por hacer ver que Jesús era una continuación del AT; por eso aprovechan cualquier resquicio para demostrar que en Jesús "se cumplen las Escrituras". Creo que Jesús no necesitó el apoyo de la Escritura para justificar su manera de actuar y su predicación.

¿No es este el hijo de José? La única razón que dan los de su pueblo para rechazar las pretensiones de Jesús, es que no es más que uno del pueblo, conocido de todos. A mí me parece muy importante este planteamiento por parte del evangelista. La grandeza de Jesús está en que, siendo uno de tantos, fue capaz de descubrir lo que Dios esperaba de él. Jesús no es un extraterrestre que trae de otro mundo poderes especiales, sino un ser humano que saca de lo hondo de su ser lo que Dios ha puesto en todos los seres. Habla de lo que encontró dentro de sí mismo y nos invita a descubrir en nosotros lo mismo que él descubrió.

La primera oposición que sufre Jesús en este evangelio, no viene de los sumos sacerdotes ni de los escribas o fariseos, sino del pueblo sencillo. Sus paisanos ven que no va a responder a sus expectativas del judaísmo oficial, y se enfadan. Cualquier visión que vaya más allá de los intereses del gueto, (familia, pueblo, nación, etc.) será interpretada como traición a la institución. Las instituciones tienen como primer objetivo la defensa de unos intereses frente a los intereses de los demás. Incluso nuestra manera de entender el ecumenismo, responde a esta dinámica completamente contraria al evangelio.

Los de su pueblo no pueden aceptar un mesianismo para todos. Ellos esperaban un Mesías poderoso que les iba a librar de la opresión de los romanos y a solucionar todos los problemas materiales. Si Jesús se presenta como tal liberador, ellos tenían que ser los primeros beneficiarios de ese poder. Al darse cuenta de que no va a ser así, arremeten contra él con toda su alma. El odio es siempre consecuencia de un amor deseado, pero imposible. El evangelista echa mano del AT para demostrar que los profetas ya habían manifestado esa actitud de Dios a favor de extranjeros en apuros. Quiere decir que su mensaje no es contrario ni ajeno a la Escritura y que las pretensiones de los de su pueblo son una mala interpretación de la misma.

APLICACIÓN
El Dios de Jesús es Amor incondicional, total. No puede tener privilegios con nadie, porque ama a todos infinitamente. Dios no nos ama por lo que somos o por lo que hacemos. Dios nos ama por lo que Él es. Dios ama igual al pobre y al rico, al blanco y al negro, al cristiano y al musulmán, a la prostituta y a la monja de clausura, a Teresa de Calcuta y a Ben Laden... En algún momento de esta escala progresiva nos patinarán las neuronas, es más de lo que podemos aguantar. Nos pasa lo que a los paisanos de Jesús. Mientras sigamos pensando que Dios me ama porque soy bueno, nadie nos convencerá de que debemos amar al que no lo es. Si llego a descubrir que Dios me ama sin merecerlo, y a pesar de lo que soy, tal vez podríamos entrar en la dinámica del amor que Jesús predicó.

Jesús viene a anunciar una salvación de todas las opresiones. Su salvación no va contra nadie, sino a favor de todos. Ahora bien, no debemos ser ingenuos, lo que es buena noticia para los oprimidos, es mala noticia para los que se empeñan en seguir oprimiendo. De ahí que, en tiempo de Jesús, y en todos los tiempos, los que gozan de privilegios, se opongan, con uñas y dientes, a esa práctica liberadora. Con el evangelio en la mano, no caben medias tintas. Si no estamos dispuestos a liberar a los oprimidos, somos opresores. Ahora bien, todos somos oprimidos en alguna medida, y todos oprimimos a los demás, también en alguna medida. Nuestra dirección debe ser: oprimir cada vez menos y ayudar cada vez más a los demás a liberarse de cualquier opresión.

El lema de un cristiano debe ser: ni oprimir ni dejarse oprimir. Jesús nos da hoy un ejemplo de libertad sin límites. No se amilana ni cede un ápice ante la oposición de sus paisanos. La propuesta de un Dios Padre-Madre para todos es para él, irrenunciable. Cualquier otro dios es un ídolo que hay que rechazar porque en vez de liberar esclaviza; aunque pueda ser muy útil para los que pretendan seguir esclavizando en su nombre. Esa utilidad es engañosa, porque aprovecharse de otro en beneficio propio nunca puede ser positivo para el oprimido ni liberador para el opresor.

Tenemos que hacer un esfuerzo por comprender que el opresor no hace mal porque daña al oprimido, sino que hace mal porque se hace daño a sí mismo. El que explota a otro le priva de unos bienes que pueden ser vitales, pero lo grave es que él mismo se está deteriorando como ser humano. El daño que hace, le afecta al otro en lo accidental. El daño que se hace a sí mismo, le afecta en su esencia. El daño que hago a una persona, incluso cuando le quito lo que creemos más preciado, la vida física, no es nada comparado con el daño que me hago a mí mismo deshumanizándome. El que muere por mi culpa puede morir repleto de humanidad, pero yo, al ser la causa de su muerte, me hundo en la más absoluta miseria. Solo una ignorancia profunda me puede llevar a hacerme tanto daño a mí mismo.

¿Hemos caído en la cuenta de que lo único que puede garantizar mi religiosidad, es el servicio a los demás? ¿Nos hemos parado a pensar que sin amor no soy nada? Ahora bien, el único amor del que podemos hablar es el amor a los demás. Sin éste, el amor que creemos tener a Dios, es una falacia. La única pregunta a la que debo contestar es esta: ¿Amo? Sin amor, todos los ritos, todas las ceremonias, todas las oraciones, todos los sacrificios, todas las normas cumplidas, no sirven de nada. Toda nuestra vida cristiana se convertirá en un absurdo si tenemos que concluir que no hemos llegado al verdadero amor.


Meditación-contemplación

"Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba".
Jesús libre entre una multitud enfurecida.
¿Cómo es posible? ¿Dónde está la clave?
Su experiencia interior (yo y el Padre somos uno)
..................................

Tú también puedes alcanzar esa paz total.
Nunca la alcanzarás si la buscas en el exterior.
Si llegas al centro de tu ser, descubrirás la armonía en la unidad.
La conciencia de esa unidad, es la máxima experiencia de un ser humano.
...............................

Todo conflicto nace del exterior.
Nuestra individualidad nos hace tropezar con otras individualidades.
Ese yo que consideras tan consistente, es un montaje de tu mente.
No hay "yo" ni "tú". Todos somos uno en el UNO.

Fray Marcos




VINO A LOS SUYOS Y LOS SUYOS NO LE RECIBIERON
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 4, 21-30


La primera lectura y el evangelio presentan al profeta y a Jesús como fuerza de Dios, presente en el mundo como fuerza que suscita hostilidad, rechazo. Los hombres pueden rechazar la Palabra, y perseguir al Profeta. Pero la fuerza de la Palabra, la fuerza de Dios que está en él es más poderosa que toda la hostilidad del mal y de los hombres. En este contexto podemos leer la vida de Jesús y la vida de los cristianos.



Y en este contexto hemos de leer el mensaje de la carta de Pablo sobre el amor, intentando profundizar en nuestro concepto del amor. La reflexión de Pablo nos lleva a la esencia fundamental de la fe, resumida por Jesús al responder a la cuestión de "¿cuál es el mayor mandamiento?". La respuesta de Jesús es: "AMARÁS a Dios de todo corazón, con toda tu alma y todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se resume toda la Ley y los profetas."



Así pues, es básico entender que toda la fe y la actuación del cristiano se basa en amar. Amar a Dios y amar a los hombres. Lo demás son consecuencias.



Pero no podemos simplificar la palabra "amar". Y para ver de qué se trata, miremos un momento al Evangelio, para ver cómo ama Jesús.



La teoría (Lc 6, 35)

"Amen a sus enemigos, hagan el bien, presten sin esperar nada a cambio. Su premio será entonces grande: serán hijos del Altísimo, porque Él es bueno para con los ingratos y los que hacen el mal."


La práctica de Jesús (Lc 23, 33)

Llegados al lugar llamado "de la Calavera", le crucificaron.... Y Jesús decía: "Padre, perdónales; no saben lo que hacen".


Es sólo un ejemplo. Pero si analizamos todas las relaciones de Jesús con las personas, vemos que siempre están inspiradas en lo mismo: es el Salvador. No mira a sus pecados como obstáculos que le impiden amarles. Su amor por las personas va más al fondo: el pecado intenta interponerse entre el amor de Jesús y la persona: pero no lo consigue. Por más que se le ofenda, él sigue siendo el Salvador.



El origen de todo esto no es la humanidad bondadosa de Jesús. Es la divinidad salvadora. Es Dios quien es así, y se ve en Jesús. Dios es el amor salvador. Toda la creación se entiende sólo desde el amor de Dios, que pretende la existencia de Hijos en plenitud. El pecado no es obstáculo para el amor: convierte el amor en Salvador, en Libertador del pecado. Nuestros pecados intentan interponerse entre nosotros y el amor de Dios, pero no lo consiguen. Y Dios presente entre nosotros es El Salvador, el que quita el pecado del mundo.



De la misma manera, el origen de nuestra postura respecto a los demás no está en nuestra humanidad bondadosa, en un natural afectivo y cordial. Está en que hemos conocido el amor de Dios, vivimos del amor de Dios, nos sentimos queridos por Dios y no sabemos vivir más que salvando, como Dios.



Se trata de un convencimiento, una persuasión, pero sobre todo de una fe, es decir, de una adhesión personal. Acepto el amor de Dios para conmigo, y ya no puedo vivir de otra manera. El amor de Dios lo he conocido en Jesucristo. Cuando he llegado a creer en Jesucristo, he llegado a aceptar a Dios mi Salvador, a fiarme de Él. Creer en Jesucristo no es simplemente estar persuadido de que es un gran hombre, o aceptar su doctrina como satisfactoria. Creer en Jesucristo es aceptarlo como modo de vida, como revelación de Dios, hacer girar la vida en torno de Él. Creer en Jesucristo es ante todo admirar y disfrutar del amor de Dios Salvador que en Él se hace visible. A partir de ahí, mi vida cambia: ya sé por qué vivo, porque Dios me quiere. Ya sé para qué vivo, para que todos le quieran.



Esto es un ideal, un camino, una conversión. Jesús es así; nosotros vamos hacia ahí. Y todo lo que somos y lo que hacemos tiene un carácter de provisional, de "todavía no". Pero caminamos. En este sentido, la justicia, el temor de Dios, el deseo de premio por las buenas obras... tantas cosas, son "carismas provisionales". Pero hay que aspirar a los carismas superiores, hay que aspirar a que nuestro espíritu disfrute del amor de Dios y en consecuencia viva de lleno ese don: amar a los hombres como Dios me ama.



Esta manera de vivir de ninguna manera es fácil. En primer lugar, porque es imposible "de fuera a dentro". No es una norma que hay que cumplir. Si es cumplimiento no llega a ser amor. No se trata de "me porto así porque Dios lo quiere". Se trata de "me porto así porque soy así, soy hijo de mi Padre y no me puedo portar de otra manera". Es el final de la conversión, cuando ya no actúo sometido a mis pecados, a mi egoísmo o mi envidia o mi vanidad... sino libre y salvador, como Hijo.



En segundo lugar, porque en un mundo en que los hombres no se quieren, sino que se hostigan, se arrinconan, se envidian, se roban, se matan, esta parece una manera débil de vivir, expuesta a todo lo que los demás nos quieran hacer.



No nos confundamos. Ni es una blandenguería de carácter, ni es una vocación de corderito manso. Amar por encima de los pecados es una tremenda fortaleza. Servir siempre, perdonar siempre, salvar siempre, requiere una fuerza de espíritu superior a toda fuerza de carácter. Es sólo posible por el Espíritu de Dios actuando en nosotros. Y esta fuerza lleva a ser siempre testigo, liberador de toda injusticia y de todo mal que les suceda a los hijos de Dios, presencia incómoda y a veces intolerable para una sociedad siempre interesada en otros valores, a menudo hostil.



Una vez más, el ejemplo y modelo es Jesús. Una lectura de cualquier evangelio, y más de los cuatro, ofrece una figura de Jesús de impresionante fortaleza. Su amor a todos los débiles va acompañado de un valor a toda prueba y una libertad brillante ante todos los poderosos.



Jesús es capaz de desafiar la ley para curar (leproso Mt 8, 1) de insultar en público al rey (acerca de Herodes, Lc 13, 31) de desenmascarar ante el pueblo a los jefes religiosos y doctores de la Ley (Mt 23, 13), y se juega la vida defendiendo a una mujer ante el acoso judicial de los "justos" (Juan 8, 1). Ninguna debilidad, ninguna blandura. Es pura fortaleza, al servicio de los que la necesitan y en contra de lo que se ponga delante.



Pero Jesús es rechazado. El amor amenaza todos los demás modos de vivir. Jesús es rechazado porque con Él se acaba aquella religión, aquel templo, aquellas clases socio-religiosas. Jesús perjudica a la religión oficial, no interesa a los revolucionarios independentistas, molesta a Herodes, le es indiferente a Pilato... El amor está fuera de lugar y es perseguido, hasta la muerte. "La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la han recibido". Y los de Jesús, como Jesús.



Es sumamente preocupante que la Iglesia sea tan escasamente perseguida en esta sociedad occidental en la que los valores del Evangelio son sin embargo rechazados frontalmente. Y es sumamente reconfortante ver cómo son perseguidos, marginados, los cristianos, personas o grupos, que se toman muy en serio el Evangelio. Es muy normal que los poderes políticos de algunos países en los que la injusticia social es muy fuerte, no toleren a los grupos cristianos que luchan contra esa injusticia. Es lo normal. Lo que no es normal es que en los países de desenfrenado consumo, de búsqueda alucinada del placer y el bienestar material, en los que el único Dios es la economía de mercado y el consumo consiguiente, la Iglesia viva tan tranquila. Lo único que puede hacernos entender este fenómeno es aceptar, con angustia, que la Iglesia esconde la Palabra, ha perdido su fuerza profética y ya no le anuncia al pueblo sus pecados, sino que se limita a tranquilizarle la conciencia.



José Enrique Galarreta


fuente: