jueves, 13 de diciembre de 2012

¿QUÉ PODEMOS HACER? - José Antonio Pagola

¿QUÉ PODEMOS HACER? - José Antonio Pagola
LUCAS 3, 10-18

La predicación del Bautista sacudió la conciencia de muchos. Aquel profeta del desierto les estaba diciendo en voz alta lo que ellos sentían en su corazón: era necesario cambiar, volver a Dios, prepararse para acoger al Mesías. Algunos se acercaron a él con esta pregunta: ¿Qué podemos hacer?

El Bautista tiene las ideas muy claras. No les propone añadir a su vida nuevas prácticas religiosas. No les pide que se queden en el desierto haciendo penitencia. No les habla de nuevos preceptos. Al Mesías hay que acogerlo mirando atentamente a los necesitados.

No se pierde en teorías sublimes ni en motivaciones profundas. De manera directa, en el más puro estilo profético, lo resume todo en una fórmula genial: "El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, que haga lo mismo". Y nosotros, ¿qué podemos hacer para acoger a Cristo en medio de esta sociedad en crisis?

Antes que nada, esforzarnos mucho más en conocer lo que está pasando: la falta de información es la primera causa de nuestra pasividad. Por otra parte, no tolerar la mentira o el encubrimiento de la verdad. Tenemos que conocer, en toda su crudeza, el sufrimiento que se está generando de manera injusta entre nosotros.

No basta vivir a golpes de generosidad. Podemos dar pasos hacia una vida más sobria. Atrevernos a hacer la experiencia de "empobrecernos" poco a poco, recortando nuestro actual nivel de bienestar, para compartir con los más necesitados tantas cosas que tenemos y no necesitamos para vivir.

Podemos estar especialmente atentos a quienes han caído en situaciones graves de exclusión social: desahuciados, privados de la debida atención sanitaria, sin ingresos ni recurso social alguno... Hemos de salir instintivamente en defensa de los que se están hundiendo en la impotencia y la falta de motivación para enfrentarse a su futuro.

Desde las comunidades cristianas podemos desarrollar iniciativas diversas para estar cerca de los casos más sangrantes de desamparo social: conocimiento concreto de situaciones, movilización de personas para no dejar solo a nadie, aportación de recursos materiales, gestión de posibles ayudas...

La crisis va a ser larga. En los próximos años se nos va a ofrecer la oportunidad de humanizar nuestro consumismo alocado, hacernos más sensibles al sufrimiento de las víctimas, crecer en solidaridad práctica, contribuir a denunciar la falta de compasión en la gestión de la crisis... Será nuestra manera de acoger con más verdad a Cristo en nuestras vidas.

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Comparte la buena nueva de Jesús. Pásalo.
16 de diciembre de 2012
3 Adviento (C)
Lc 3, 10-18

fuente: 


¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?
Escrito por  Florentino Ulibarri

La vida es...
una oportunidad, aprovéchala;
un sueño, hazlo realidad;
una aventura, sumérgete en ella;
un reto, afróntalo;
una promesa, créela;
un misterio, contémplalo;
una empresa, realízala;
un himno, cántalo;
una oferta, merécela.
La vida es la vida, ¡ámala!

La vida es...
belleza, admírala;
riqueza, compártela;
lucha, acéptala;
semilla, siémbrala;
acción, dirígela;
felicidad, saboréala;
sorpresa, ábrela;
gracia, acógela;
llamada, respóndela.
La vida es la vida, ¡vívela!

La vida es...
saludo de Dios, recíbelo;
tesoro, cuídalo;
compromiso, cúmplelo;
amor, disfrútalo;
desafío, encáralo;
regalo, gózalo;
combate, gánalo;
camino, recórrelo;
encuentro, hazlo realidad.
La vida es la vida, ¡entrégala!

La vida es...
manantial, déjalo que brote;
río, acepta que fluya;
camino, anímate a recorrerlo;
proyecto, embárcate en él ahora mismo;
tapiz, entretéjelo con todos los hilos;
campo, áralo y siémbralo;
hoja en blanco, escríbela:
libro abierto, léelo;
riqueza, compártela.
La vida es la vida, ¡gózala!

Florentino Ulibarri



UN SANTO TRISTE ES UN TRISTE SANTO
Escrito por  Fray Marcos
Lc 3, 10-18

INTRODUCCIÓN
La primera palabra de la liturgia de este domingo, la antífona de entrada tomada de la segunda lectura, es una invitación a la alegría. Claro que esa alegría no se debe a que llega el turrón y los regalos, sino a que Dios es Emmanuel.

Esa alegría, en el AT, está basada siempre en la salvación que va a llegar. Hoy estamos en condiciones de dar un paso más y descubrir que la salvación ha llegado ya porque Dios ya ha llegado, y con su venida a cada uno de nosotros, nos ha comunicado todo lo que Él mismo es. No tenemos que estar alegres porque Dios está cerca, sino porque Dios está ya en nosotros.

La alegría es como el agua de una fuente, la vemos solo cuando aparece en la superficie, pero antes, ha recorrido un largo camino que nadie puede conocer, a través de las entrañas de la tierra. La alegría no es un objetivo a conseguir directamente. Es más bien la consecuencia de un estado de ánimo que se alcanza después de un proceso. Ese proceso empieza por el conocimiento, es decir una toma de conciencia de mi verdadero ser. Si descubro que Dios forma parte de mi ser, encontraré la absoluta seguridad dentro de mí. Las realidades que vienen de fuera, son secundarias, frente a la realidad divina dentro.

EXPLICACIÓN
¿Qué tenemos que hacer? La pregunta es una prueba de la sinceridad de los que se acercan a Juan. Con cuatro pinceladas marca el Bautista la necesidad de cambiar la manera de pensar y de actuar. Tres versículos antes, llama 'raza de víboras' a los que cumplían escrupulosamente con los ritos y las leyes, pero se olvidaban completamente de los demás.

Como Jesús, Juan no quiere saber nada de lo que se cocina en el templo ni del cumplimiento minucioso de las normas legales. La religiosidad que no llega a los demás no es la religiosidad que Dios quiere. En esto coincide totalmente con Jesús.

El Bautista, desde la perspectiva de una religiosidad judía, pide a los que le escuchan una determinada conducta moral para escapar al castigo inminente. Esa conducta no se refiere al cumplimiento de normas legales, como hacían los fariseos (esto es un gran avance sobre la religiosidad oficial) sino a manifestar la preocupación por los demás. En ningún caso hace alusión a la religión, lo que pide a todos es mejorar la convivencia humana.

El evangelio de Jesús propone una motivación más profunda. El objetivo no es escapar a la ira de Dios sino imitarle en la actitud de entrega a los demás. Jesús nos invita a descubrir el amor que es Dios dentro de nosotros y en consecuencia, dedicarnos a obrar conforme a las exigencias de esa presencia.

Para el Bautista, la aceptación de Dios depende de lo que nosotros hagamos. El evangelio nos dice que la aceptación por parte de Dios es el punto de partida, no la meta. Seguir esperando la salvación de Dios, es la mejor prueba de que no la hemos descubierto dentro y seguimos anhelando que nos llegue de fuera.

El poblado estaba en expectación. Una bonita manera de indicar la ansiedad de que alguien les saque de su situación angustiosa. Todos esperaban al ansiado Mesías y la pregunta que se hacen tiene pleno sentido. ¿No será Juan el Mesías? Muchos así lo creyeron, no solo cuando predicaba, sino también mucho después de su muerte.

La explicación que da a continuación (yo no soy el Mesías) no es más que el reflejo de la preocupación de los evangelistas por poner al Bautista en su sitio; es decir, detrás de Jesús. Para ellos no hay discusión posible. Jesús es el Mesías. Juan es solo el precursor.

APLICACIÓN
La seguridad de tener a Dios en mí, no depende de mi perfección. Es anterior a mi propia existencia y depende solo de Él. El no tener esto claro nos hunde en la angustia y terminamos creyendo que solo pueden ser felices los perfectos, porque solo ellos tienen asegurado el amor de Dios. Con esta actitud estamos haciendo un dios a nuestra imagen y semejanza; estamos proyectando sobre Dios nuestra manera de proceder y nos alejamos de las enseñanzas del evangelio que nos dicen exactamente lo contrario.

Dios no forma parte de mi ser para ponerse al servicio de mi contingencia, sino para arrastrar todo lo que soy, a la trascendencia. La vida espiritual no puede consistir en poner el poder de Dios de parte de nuestro falso ser, sino en dejarnos invadir por el ser de Dios y que Él nos arrastre hacia lo absoluto.

La dinámica de nuestra religiosidad actual es absurda. Estamos dispuestos a hacer todos los "sacrificios" y "renuncias" que un falso dios nos exige, con tal de que después cumpla él los deseos de nuestro falso yo.

La verdad es que no hemos aceptado la encarnación ni en Jesús ni en nosotros. No nos interesa para nada el "Emmanuel" (Dios-con-nosotros), sino que Jesús sea Dios y que él, con su poder, potencie nuestro ego. Lo que nos dice la encarnación es que no hay nada que cambiar, Dios está ya en mí y esa realidad es lo más grande que puedo esperar. Ésta tenía que ser la causa de nuestra alegría. Lo tengo ya todo. No tengo que alcanzar nada. No tengo que cambiar nada de mi verdadero ser. Tengo que descubrirlo y vivirlo. Mi falso ser se iría desvaneciendo y mi manera de actuar cambiaría. En Jesús lo hemos visto claro.

Estamos engañados cuando esperamos encontrar la salvación en la satisfacción de deseos referidos a nuestro falso ser. Satisfacer las exigencias de los sentidos, los apetitos, las pasiones, nos proporcionará placer, pero eso nada tiene que ver con la felicidad. En cuanto deje de dar al cuerpo lo que me pide, responderá con dolor y nos hundirá en la miseria. Removemos Roma con Santiago para que Dios no tenga más remedio que darnos la salvación que le pedimos. Muchos, en nombre de la religión, han puesto precio a esa salvación: si haces esto y dejas de hacer lo otro, tienes asegurada la salvación que deseas.

El reconocimiento de Dios, del que hablamos, no es racional ni discursivo, sino vivencial y de experiencia. Ésta es la mayor dificultad que encontramos en nuestro camino hacia la plenitud. Nuestra estructura mental cartesiana, no nos permite valorar otros modos de conocimiento. Estamos aprisionados en la racionalidad que se ha alzado con el santo y la limosna, y nos impide llegar al verdadero conocimiento de nosotros mismos. Así permanecemos engañados creyendo que somos lo que no somos. Pidiendo incluso a Dios, que potencie nuestro falso ser, porque creemos que ahí está nuestra salvación.

La alegría de la que habla la liturgia de hoy, no tiene nada que ver con la ausencia de problemas o con el placer que me puede dar la satisfacción de los sentidos. La alegría no es lo contrario al dolor o al sufrimiento. Las bienaventuranzas lo dejan muy claro. Si fundamento mi alegría en que todo me salga a pedir de boca, estoy entrando en un callejón sin salida. Mi parte caduca y contingente termina fallando siempre. Si me empeño en apoyarme en esa parte de mi ser, el fracaso está asegurado. Cuando el dolor produce tristeza es que no lo estamos asumiendo desde la perspecti¬va de Jesús.

La respuesta que debemos dar hoy a la pregunta: ¿qué debemos hacer?, es muy simple: Compartir. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Tengo que adivinarlo yo. Ni siquiera la respuesta de Juan nos puede tranquilizar, pues en la realización de una serie de obras puede entrar en juego la programación y entonces nos tranquilizará solo en parte. No se trata de hacer esto o dejar de hacer lo otro, sino de fortalecer una actitud que me lleve en cada momento a responder a la necesidad concreta del otro que me necesita. Se trata de que desde el centro de mi ser fluya humanidad en todas las direcciones.

La salvación, hoy como ayer, consiste en un convencimiento vivencial de lo que significa ser humano. No alcanzaré mayor grado de humanidad por ponerme nuevos capisayos (obras buenas, oraciones...), sino por dejar que fluya, desde dentro, mi verdadero ser. No tengo que entrar en la dinámica de una programación para llegar a ser. Tengo que descubrir lo que soy para actuar como lo que realmente soy. Solo sacando fuera lo falso que tengo dentro iré alcanzando paso a paso, mayores cotas de humanidad.

Meditación-contemplación

No preguntes a nadie lo que tienes que hacer,
inmediatamente caerás en una programación.
Descubre tu verdadero ser y ahí encontrarás sus exigencias.
Tu meta tiene que ser alcanzar tu plenitud.
.......................

Solo podrás crecer como ser humano
si tus relaciones con los demás son cada día más humanas.
No hay otro camino para alcanzar la meta.
Necesitas al otro para ser tú en plenitud.
...................

Todos los esfuerzos en el ámbito religioso
tienen que terminar en los demás.
Ninguna otra práctica puede tener sentido
si no desemboca en la preocupación por el hermano.
....................

Fray Marcos



VIENE EL SEÑOR
Escrito por  José Enrique Galarreta

El pasaje de Lucas, continuación del texto leído el domingo pasado, muestra la respuesta del pueblo a la predicación de Juan. Hay varios detalles muy significativos:

La predicación de Juan ha sido una tremenda amenaza:
"Dad fruto válido de arrepentimiento y no os pongáis a deciros: 'Nuestro padre es Abrahán', pues yo os digo que de esas piedras puede sacar Dios hijos para Abrahán. El hacha ya está aplicada a la cepa del árbol: el árbol que no produzca frutos será cortado y arrojado al fuego".

Y el auditorio reacciona impresionado pidiendo instrucciones sobre lo que hay que hacer. Es muy notable fijarse en quiénes son las personas que, según Lucas, responden bien al Bautista: "la gente", algunos publicanos, unos soldados. El término usado por Lucas es "la gente", que no se identifica con "el pueblo entero" sino con las gentes normales, en contraposición con los estratos superiores de la sociedad. Y con ellos, dos representantes de personas tenidas como "de mal vivir", publicanos y soldados, temidos como exactores y/o violentos y, ciertamente, personas nada religiosas en el sentido corriente de la palabra.

La respuesta del Bautista es moral, no convencional ni cultual: compartir los bienes con los necesitados, ser justos, no extorsionar...

Y finalmente, Juan anuncia que lo suyo sólo es preparación. Después de él viene algo superior, incomparablemente superior, que será "espíritu y fuego", con que se anuncia la Buena Noticia que está por llegar.

R E F L E X I Ó N
"Viene el Señor", mensaje-resumen del Adviento. Y dos reacciones ante esa "venida": La primera es la que proclama Juan Bautista, "el último profeta". El Bautista tiene una concepción justiciera del Mesías. Está anunciando "los últimos tiempos" con la imagen de la cosecha. Viene el juez definitivo, viene el día temible. Es un anuncio terrorífico. "Cambiad de conducta si no queréis que vuestra vida acabe en desastre".

Esta interpretación es válida, pero no es la Buena Noticia.
Es válida. En efecto, el ser humano puede echarse a perder. Y esto puede entenderse - y ya no es tan válido - como una amenaza divina. Además de las dificultades normales de la vida, hay un juicio sobre las acciones de los humanos.

Un ser humano no puede vivir satisfecho fijándose sólo en lo superficial. Todas las alegrías son pasajeras, todas las satisfacciones son mediocres. El corazón del ser humano solamente se siente feliz cuando no piensa en su caducidad. Y sobre todos pesa la presencia inevitable de lo desagradable, lo doloroso, la enfermedad y la muerte. Y esto, por hablar solamente de lo que sucede al ser simplemente humano, prescindiendo de lo que los humanos producimos a los otros humanos: la explotación, la miseria, el hambre generalizado, el genocidio... tan presentes en el mundo como los mismo males "naturales".

Sobre todo eso pesa además, la amenaza de lo religioso: para los males del mundo se da solamente el consuelo de que "en la vida eterna no habrá ya males", pero condicionado a un comportamiento moral correcto, que se presenta como difícil y - frecuentemente - reservado a unos pocos privilegiados muy bien informados que disfrutan de ayudas divinas excepcionales, la minoría selecta de los que se salvan, los "elegidos". Casi podríamos decir que, según una interpretación bastante habitual, además de todos los sufrimientos de la vida, te espera el sufrimiento eterno.

Pero no es ésta la Buena Noticia. La Buena Noticia no es que haya acciones correctas o incorrectas, eso es viejo. La Buena Noticia no son los Diez Mandamientos; eso también es viejo. La Buena Noticia no es que al final hay un juicio y que cada uno es responsable de sus obras. Eso pertenece al mundo de lo jurídico, aplicado a la religión, y es viejo, muy viejo.

La Buena Noticia del Reino es otra manera de entender al ser humano y a Dios, propia y exclusiva de Jesús. Ante ella, lo de Juan está a la altura de las correas de las sandalias, es agua comparada con el fuego del espíritu. La Buena Noticia es de qué parte está Dios, qué pinta Dios en todo eso.

El ser humano es un "Hijo en proyecto", un peregrino, a veces ciego y a menudo enfermo, que necesita ayuda para realizar su camino. Dios es esa ayuda. Dios lo lanzó al camino, lo engendró por el amor con que las madres engendran a sus hijos, y lo saca adelante, como los padres sacan adelante a sus hijos. Hay Palabra de Dios para curar la ceguera y hay Espíritu de Dios para empujar hacia adelante.

Esta Buena Noticia es Liberadora. Nos libera de varios intolerables pesos que abruman nuestra vida:
- Nos libera ante todo del temor a Dios. Dios no pesa como una amenaza: podemos contar con Él. Es el que saca de la esclavitud, el que hace pasar el mar, el agua y el pan del desierto, la lámpara que hace posible caminar, el padre del Hijo perdido, el pastor ...

- Nos libera del temor al pecado. Jesús hace un análisis profundo de la sicología del pecado y no se fija precisamente en la culpabilidad y la desobediencia, sino en la ceguera y la esclavitud. Dios no es "el que castiga al pecador" sino "el que quita el pecado". No es el juez, es el médico. Así, son mis pecados los que me amenazan, no Dios. Mis pecados me echan a perder; Dios me salva de eso.

- Nos libera de la trivialidad de la vida, de "tirar la vida", de dejarnos fascinar por las pequeñas satisfacciones, de que la vida no sirva para nada. Hay un destino, hay un sentido, hay una tarea que hacer, que no está en sufrir y resignarse mirando a la vida eterna, sino en trabajar para construir el Reino, la humanidad soñada por Dios, aquí y para siempre.

- Nos libera del "problema del mal". No somos capaces de entender por qué hay mal en el mundo y en nuestra propia vida, pero sabemos qué tenemos que hacer frente al mal del mundo y sabemos que todo ha de acabar en la victoria del amor de Dios. Respecto al mal, Dios no está "arriba y fuera", disponiendo o consintiendo, sino "abajo y dentro", luchando y animando nuestra lucha de liberación, contra los males radicales -el pecado-, y contra los males añadidos,- todos los dolores del mundo.

Esta Buena Noticia es la que resplandece en Jesús, en sus Parábolas, en sus curaciones y, sobre todo, en su manera de ser, de vivir, de comportarse con las personas, de relacionarse con "El Padre". La Buena Noticia es Jesús, el Primer Ciudadano del Reino: en Él vemos cómo es Dios y cómo es el ser humano lleno del Espíritu.

Es interesante comprobar quiénes reciben la predicación de Juan y la Buena Noticia de Jesús. Los mismos: "la gente", "los publicanos", "los soldados"... Es decir, los que se sienten necesitados de liberación, los que se sienten acorralados por los pecados... Y no los sabios, los sacerdotes, los teólogos, los ricos, los reyes, que no quieren ser liberados de nada; les basta lo que tienen...

"Viene el Señor", mensaje básico de Adviento, puede entenderse como una amenaza. Pero significa "VIENE JESÚS", y entonces es un alivio. Jesús lo cambia todo. Ahora, hasta podemos volver a tomar la imagen de Dios-Juez como una Buena Noticia, porque sabemos quién es el Juez. Podemos decir: ¡Qué alivio, mi juez es Dios, sólo Dios, el que me conoce y me quiere más que mi madre!

Por todo esto, podemos hacer nuestras las palabras de los primeros textos:

"Alégrate, lanza gritos de gozo, está en medio de ti tu Salvador"

"Estad siempre alegres en el Señor, el Señor está cerca".

José Enrique Galarreta SJ

O R A C I Ó N
(De la carta a los Romanos, C.8)

Todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.
No hemos recibido un Espíritu de esclavos para vivir en el temor
sino un Espíritu de Hijos, que nos hace clamar: "Abbá, Padre".
Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra?
El que no escatimó a su propio Hijo sino que lo entregó por nosotros,
¿cómo no nos dará con Él todo lo demás?
¿Quién será el acusador de los Hijos de Dios? Si Dios absuelve, ¿quién condenará?
¿Acaso Jesucristo, el que murió y resucitó
y está a la diestra de Dios intercediendo por nosotros?
¿Quién nos apartará del amor de Cristo? Ni la muerte ni la vida,
ni presente ni futuro, ningún poder, ninguna criatura
nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Jesucristo, nuestro Señor.



UNA INMENSA SIMPATÍA - sobre el Concilio Vaticano II
Escrito por  José Arregi

"La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo".

Así se expresaba Pablo VI en la sesión pública de la clausura del Concilio Vaticano II, el 7 de diciembre de 1965, hace 47 años. Y presumo que la mención de aquella parábola de Jesús –en la que el sacerdote y el levita del templo pasan de largo ante el herido y un samaritano hereje o pagano, lleno de compasión, cuida de él hasta que se cura– pudo resultar para muchos padres conciliares tan provocadora como para el piadoso escriba que escuchaba a Jesús.

Es como si el papa les dijera: "Hermanos, el mundo moderno es como ese caminante herido, ante el que tanto tiempo hemos pasado de largo, como si estuviera perdido y nos fuera a contaminar. Pues dejémonos contaminar. Es hora de que pasemos del templo y de los dogmas a la misericordia y la compasión de los heridos. Curemos heridas. Pero no solo eso, hermanos. No solo hemos de acercarnos al mundo moderno para curar sus heridas, sino también para aprender de él y tal vez dejarnos curar, pues también nosotros estamos heridos. Somos hermanos heridos de todos los heridos del mundo, del mundo en el que somos, del mundo que somos. Su camino es nuestro camino. Sus fracasos son nuestros fracasos. Sus éxitos, nuestros éxitos. Pero el mundo moderno también es tal vez como ese samaritano que llevamos siglos condenando como impío y enemigo. Esta parábola nos provoca, hermanos. No nos humilla, pero sí nos invita a una gran humildad: he aquí que a ese samaritano heterodoxo o increyente se nos pone como modelo. La espiritualidad del samaritano y una inmensa simpatía: ésta es, hermanos, mi conclusión del Concilio".

No es que Pablo VI fuera un Hans Küng, el teólogo más joven y crítico del Concilio. Aquel papa no era ni siquiera un Rahner o un Congar, mucho más moderados. Y a veces la duda y el miedo se apoderaban de él y entonces se aferraba a la tradición y apelaba a su autoridad absoluta, pensando que así salvaba a la Iglesia (como muy pronto se vería, por ejemplo, en su lamentable decisión de imponer la Humanae Vitae, la prohibición de todos los medios "artificiales" de anticoncepción, contra el parecer de los teólogos expertos y contra el episcopado de no pocos países).

Pero aquel hombre creía en el Espíritu, alma del ser humano y de todos los seres. Y el Espíritu universal le ensanchaba la mente y el corazón. De modo que prosiguió en su alocución: "Una corriente de afecto y de admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno (...). El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo, en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores; en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza; sus valores no solo han sido respetados, sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas". Y a quienes (el actual papa entre otros), ya antes de la clausura del Concilio, expresaban reticencias sobre su resultado final y lamentaban que se hubiera limitado a proclamar un mero humanismo, Pablo VI les dijo: "Nuestro humanismo se hace cristianismo. Para conocer a Dios es necesario conocer al hombre. Hay que enseñar a amar al hombre para amar a Dios".

¡Cómo han cambiado, 47 años después, la letra y la música, el mensaje y el tono de las declaraciones de la jerarquía eclesiástica! ¡Ojalá nos hablaran así los obispos! ¡Ojalá hablara así el portavoz de la Conferencia Episcopal Española! ¡Ojalá recuperara la Iglesia esta fe en el mundo moderno, esta fe en los hombres y mujeres de hoy, esta fe en el Espíritu que habita en todas las criaturas, y sufre y goza con ellas, en ellas! ¡Ojalá recuperara la Iglesia la fe en su fe, y se pareciera a Jesús! ¡Ojalá percibiéramos en cada una de sus palabras, y también en su rostro y su tono, una huella amable del Misterio de Dios que no es sino eso: la simpatía universal que todo lo transforma, sana, salva.

José Arregi

Para orar
(De la llamada "Oración del payaso")

Mi alforja está vacía,
Mis pies sucios y heridos,
Mis entrañas yermas, mis ojos tristes,
mis flores mustias y descoloridas.
Solo mi corazón está intacto...

Me espanta mi pobreza,
pero me consuela tu ternura.
Estoy ante ti como un cantarillo roto;
pero con mi mismo barro,
puedes hacer otro a tu gusto...

Acepta la ofrenda de este atardecer...
Mi vida, como una flauta, está llena de agujeros...,
pero tómala en tus manos divinas.
Que tu música pase a través de mí
y llegue hasta mis hermanos los hombres;
que sea para ellos ritmo y melodía
que acompañe su caminar,
alegría sencilla de sus pasos cansados...