jueves, 4 de octubre de 2012

CONTRA EL PODER DEL VARÓN - José Antonio Pagola


CONTRA EL PODER DEL VARÓN
Escrito por  José Antonio Pagola
Mc 10, 2-16

Los fariseos plantean a Jesús una pregunta para ponerlo a prueba. Esta vez no es una cuestión sin importancia, sino un hecho que hace sufrir mucho a las mujeres de Galilea y es motivo de vivas discusiones entre los seguidores de diversas escuelas rabínicas: "¿Le es lícito al varón divorciarse de su mujer?".

No se trata del divorcio moderno que conocemos hoy, sino de la situación en que vivía la mujer judía dentro del matrimonio, controlado por el varón. Según la ley de Moisés, el marido podía romper el contrato matrimonial y expulsar de casa a su esposa. La mujer, por el contrario, sometida en todo al varón, no podía hacer lo mismo.

La respuesta de Jesús sorprende a todos. No entra en las discusiones de los rabinos. Invita a descubrir el proyecto original de Dios, que está por encima de leyes y normas. Esta ley "machista", en concreto, se ha impuesto en el pueblo judío por la "dureza de corazón" de los varones que controlan a las mujeres y las someten a su voluntad.

Jesús ahonda en el misterio original del ser humano. Dios "los ha creado varón y mujer". Los dos han sido creados en igualdad. Dios no ha creado al varón con poder sobre la mujer. No ha creado a la mujer sometida al varón. Entre varones y mujeres no ha de haber dominación por parte de nadie.

Desde esta estructura original del ser humano, Jesús ofrece una visión del matrimonio que va más allá de todo lo establecido por la "dureza de corazón" de los varones. Mujeres y varones se unirán para "ser una sola carne" e iniciar una vida compartida en la mutua entrega sin imposición ni sumisión.

Este proyecto matrimonial es para Jesús la suprema expresión del amor humano. El varón no tiene derecho alguno a controlar a la mujer como si fuera su dueño. La mujer no ha de aceptar vivir sometida al varón. Es Dios mismo quien los atrae a vivir unidos por un amor libre y gratuito. Jesús concluye de manera rotunda: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el varón".

Con esta posición, Jesús esta destruyendo de raíz el fundamento del patriarcado bajo todas sus formas de control, sometimiento e imposición del varón sobre la mujer. No solo en el matrimonio sino en cualquier institución civil o religiosa.

Hemos de escuchar el mensaje de Jesús. No es posible abrir caminos al reino de Dios y su justicia sin luchar activamente contra el patriarcado. ¿Cuándo reaccionaremos en la Iglesia con energía evangélica contra tanto abuso, violencia y agresión del varón sobre la mujer? ¿Cuándo defenderemos a la mujer de la "dureza de corazón" de los varones?


José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Ensancha el horizonte de la Iglesia de Jesús. Pásalo.
27 Tiempo ordinario (B)
Marcos 10,1-12
7 de octubre 2012


fuente: 

¡YA NOS CONOCEMOS!
Escrito por  Florentino Ulibarri

Os inventáis hechos,
historias, cuentos,
casualidades y coincidencias...
para justificar vuestras torpes creencias.

Preguntáis en público
no para buscar claridades
sino para mostrar vuestras habilidades
y poner a otros en dificultad.

Soñáis despropósitos,
amáis la risa y el triunfo fácil,
no os interesa la Buena Nueva
y queréis que solucione vuestras ocurrencias...

Así sois los hombres y mujeres:
siempre pensando en ponerme a prueba
en vez de enamoraros y enamorarme,
que es lo que deseo y me gusta.

¡Qué ganas de complicaros la existencia
y de cambiar mi propuesta
para mantener los privilegios
que a otros habéis arrebatado! 

BENDICIÓN A LOS NIÑOS

Como el aire, sois necesarios.
Como el fuego, sustentáis los hogares.
Como la tierra, os mostráis maleables.
Como el agua de un río, así de sonoros y bulliciosos.
Como las flores, tenéis mil colores y perfumes.
Como la luz, aclaráis el camino.
Como el viento nos acercáis al evangelio.
Como el campo sois lugar de cultivo del servicio.
Como la sal, sazonáis el mundo.
Como el grano de trigo...
sois y no sois todavía lo esperado.

Que el Señor, que se hizo pequeño como vosotros,
os bendiga con su corazón, palabra y mano,
para que lleguéis a ser todo lo esperado
sin dejar de ser aire, fuego, tierra, agua,
flores, luz, viento, campo, sal
y grano...,
personas humanas siempre, pequeñas o grandes,
para los que os amamos.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Florentino Ulibarri

EL MATRIMONIO ES EL ÁMBITO IDEAL PARA EL DESARROLLO HUMANO
Escrito por  Fray Marcos
Mc 10, 2-16

Sigue el evangelio en el contesto de la subida a Jerusalén y la instrucción a los discípulos. La pregunta de los fariseos, no es verosímil, ya que el divorcio estaba admitido por todos. Lo que se discutía acaloradamente eran los motivos que podían justificar un divorcio.

En el texto paralelo de Mateo dice: ¿Es lícito repudiar... por cualquier motivo? Esto sí tiene sentido, porque lo que buscaban los fariseos es meter a Jesús en las discusiones de escuela. Al simplificar la pregunta, Marcos está preparando la respuesta, que no entra en las discusiones de los rabinos sino que da pautas para la comunidad en la que se escribió.

EXPLICACIÓN
Los fariseos saben que la enseñanza de Jesús está en contra de toda arbitrariedad que suponga opresión a la persona. La permisividad de Moisés en esta materia, favorecía un machismo que denigraba a la mujer, y conculcaba sus más elementales derechos; por eso, podían sospechar que su respuesta no iba a estar de acuerdo con él.

Marcos habla para un mundo romano, por eso se desmarca del ambiente judío y al final, habla de la posibilidad de que la mujer se divorcie de su marido, cosa impensable en el ámbito judío.

Al remitir al "principio", Jesús está manifestando que la Ley no tiene valor absoluto. Lo único absoluto es la persona y su desarrollo como tal. Toda norma, todo precepto, todo mandamiento, aunque se promulgue en nombre de Dios, solo es un intento de hacer visible esa voluntad de Dios.

Jesús va directamente a la esencia del problema, tratando de descubrir las exigencias más profundas del ser humano (voluntad de Dios). Dios manifiesta su "voluntad", al crear cada cosa, no imponiendo después obligaciones o restricciones.

En casa, La respuesta es para los cristianos, y manifiesta la doctrina de la comunidad: Repudio, divorcio y adulterio son la misma cosa. Esta doctrina está a años luz del pensamiento judío y nos advierte a nosotros del verdadero problema de las relaciones matrimoniales.

Jesús va más allá de toda ley y trata de descubrir la raíz antropológica del matrimonio (el proyecto de Dios) para potenciar lo verdaderamente humano. El ser humano solo puede desplegar su humanidad en compañía, y una estable relación de pareja alcanza el grado más profundo posible de relación humana.

APLICACIÓN
No se puede hablar de matrimonio sin hablar de sexualidad; y no se puede hablar de sexualidad sin hablar del amor y de la familia. Tenemos así los fundamentos, los cuatro pilares sobre los que se construye la verdadera humanidad.

Es decepcionante que en las materias que más pueden afectar a la plenitud humana, la doctrina oficial no haya avanzado ni un milímetro en los últimos siglos. Seguimos proponiendo como "evangelio" lo que no es más que pura ideología farisaica. La inmensa mayoría no hace ya caso a las enseñanzas oficiales, pero los que hacen caso, caen en una esquizofrenia deshumanizadora.

Los evangelios no nos dan la oportunidad de hablar de la sexualidad porque no hablan nunca de ella. Hoy sería un tema de primera magnitud, porque debería ser uno de los pilares del equilibrio psicológico de todo ser humano. No tenemos más que recordar las torturas que hemos padecido todos por causa de enseñanzas exclusivamente represivas que se nos han inculcado.

Bien encauzada se convierte en instrumento de humanidad. Pero como el agua, si nos limitamos a retenerla con un dique, terminará sobrepasándolo y haciendo estragos.

El matrimonio es el estado natural de un ser humano adulto. En el matrimonio se despliega el instinto más potente y envolvente de todo ser humano.

Todo ser humano es por su misma naturaleza sexuado. Bien entendido que la sexualidad es algo mucho más profundo que unos atributos biológicos. Cuánto sufrimiento se hubiera evitado y se puede evitar todavía hoy si se tiene esto en cuenta. La sexualidad es una actitud vital instintiva que lleva al individuo a sentirse hombre o mujer, a veces en contradicción con los mismos órganos.

Para desenmascarar la ideología y mitología que sigue condicionando todo discurso sobre el tema, el mejor camino sería compararlo con otro de los instintos más fuertes, el comer. Los instintos consiguieron asegurar sus objetivos por medio de mecanismos biológicos que producen placer o dolor. Tanto el placer como el dolor no son los objetivos últimos del instinto sino los medios más poderosos para garantizar el objetivo del instinto.

El ser humano tiene dos opciones: o pone toda su capacidad cerebral al servicio de placer, deshumanizando el instinto; o pone su capacidad intelectiva al servicio del objetivo del instinto, humanizándolo y sublimándolo.

A quién se le ocurriría decir que cocinar un alimento para que sea más agradable es pecado. Pues exactamente eso es lo que hemos hecho con la sexualidad. Mientras más agradable sea una comida, más a gusto se encontrarán los comensales y más capacidad tendrá de potenciar la relación humana.

Un verdadero matrimonio debe sacar todo el jugo posible de la sexualidad humanizándola al máximo. Esa humanización solo es posible cuando en la relación los seres humanos potencian la capacidad de darse al otro y ayudarle a ser más humano.

En esta posibilidad de humanización no hay límites. Pero tampoco lo hay en la capacidad de utilizar la sexualidad para deshumanizar y deshumanizarse. La línea divisoria es tan sutil que la inmensa mayoría de los seres humanos no llegan a percibirla con claridad.

La diferencia está en la actitud de cada persona. Siempre que se busca por encima de todo el bien del otro, la relación es positiva. Siempre que se busca en primer lugar el placer personal, incluso a costa del otro, la relación es deshumanizadora.

El matrimonio no es una patente de corso, dentro del cual todo está permitido. Yo he tenido que dejar de decir en las bodas que había más abusos sexuales dentro del matrimonio que fuera de él. Y sin embargo estoy convencido de que es verdad.

Si no viviéramos en sociedad, bastaría con que dos personas se amasen para desplegar su sexualidad. Pero como vivimos en sociedad, es preciso acomodarse a las normas que hacen posible una convivencia verdaderamente humana.

Cuando dos jóvenes deciden ir a vivir juntos sin más explicaciones y sin tener en cuenta su entorno, están haciendo un verdadero disparate antropológico. Antes o después la sociedad les negará la acogida indispensable para poder desarrollar una vida social. Es contradictorio que se salten a la torera las normas más elementales y después exijan derechos que renunciaron de antemano.

El mayor enemigo del matrimonio es el hedonismo que invade todas las parcelas de las relaciones humanas. Este afán de buscar en todo lo agradable, lo que me apetece, lo que me da más placer, lo que menos me cuesta, etc., es lo que nos incapacita para unas relaciones verdaderamente humanas. Esta búsqueda de placer a cualquier precio, arruina toda posibilidad de una relación de pareja.

Desde la perspectiva hedonista, la pareja estará fundamentada en lo que el otro me aporta, nunca en lo que yo puedo darle. La consecuencia es nefasta: las parejas se mantienen mientras se consiga del otro lo que me beneficia a mí.

Esta es la razón por la que más de la mitad de los matrimonios se rompen, sin contar los que ni siquiera se plantean la unión estable sino que se conforman con sacar en cada instante el mayor provecho de cualquier relación personal.

Si una relación de pareja no está fundamentada en el verdadero amor, no tiene nada de humana. Las primeras comunidades cristianas supieron descubrir el riquísimo contenido de una relación de pareja, por eso se le dio a esa unión el rango de sacramento.

El sacramento añade al verdadero amor los signos externos de la presencia de Dios que lo hace posible. Para que haya sacramento, no basta con ser creyente, es imprescindible el mutuo y auténtico amor. Con esas tres palabras, que he subrayado, estamos acotando hasta extremos increíbles la posibilidad real del sacramento.

Un verdadero amor es algo que no debemos dar por supuesto. El amor solo surge en la persona desarrollada como humana. No es puro instinto, no es pasión, no es interés, no es simple amistad, no es el deseo de que otro me quiera.

Todas esas realidades son positivas, pero no son suficientes para el logro de más humanidad. Amar es la capacidad de ir al otro y encontrarme con él como persona para ayudarle a ser más humana, experimentando en el don mi crecimiento en humanidad.

Cuando decimos que el matrimonio es indisoluble, nos estamos refiriendo a una unión fundamentada en un amor auténtico, que puede darse entre creyentes o entre no creyentes. Creer que la indisolubilidad es exclusiva de la Iglesia, es demostrar una supina ignorancia antropológica o pensar en la magia de un rito. Puede haber verdadero amor humano-divino aunque no se crea explícitamente en Dios, o no se pertenezca a una religión.

Es absolutamente impensable un auténtico amor condicionado a un limitado espacio de tiempo. Fíjate bien que hablamos de un amor auténtico, no de un amor perfecto. Una de las cualidades más bonitas del amor, es que puede estar creciendo toda la vida.

El divorcio, entendido como ruptura del sacramento, es una palabra vacía de contenido para el creyente. La Iglesia hace muy bien en no darle cabida en su vocabulario. Solo si hay verdadero amor hay sacramento. Pero el verdadero amor hemos dicho que es indestructi¬ble. La mejor prueba de que no existió auténtico amor, es que en un momento determinado se termina.

Después del rito del sacramento, la liturgia repite las palabras que recuerda hoy el evangelio: "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". Pero yo digo: la mejor prueba de que Dios no ha tenido arte ni parte, es que se separa. Es frecuente oír hablar de un amor que termina. Ese amor, que ha terminado, ha sido siempre un falso amor.

Dicho esto, hay que tener en cuenta que los seres humanos nos podemos equivocar, incluso en materia tan importante como esta. ¿Qué pasa, cuando dos personas creyeron que había verdadero amor y en el fondo no había más que egoísmo? Hay que reconocer, sin ambages, que no hubo sacramento. Por eso la Iglesia solo reconoce la nulidad, es decir, una declaración de que no hubo verdadero sacramento. Y no hace falta un proceso judicial para demostrarlo.

Si en un momento determinado no hay amor, nunca hubo verdadero amor y no hubo sacramento. Si se trata solo de un contrato entre dos seres humanos, debemos aplicar la ley que regula los contratos; y todo contrato admite la posibilidad de rescisión.

Es muy corriente que se confunda el sacramento con el rito. Un sacramento es el resultado de la unión de un signo con una realidad significada. En este sacramento, el signo son las palabras que se dicen mutuamente los contrayentes (a veces olvidamos que son ellos los ministros del sacramente, no el sacerdote). Lo significado es el verdadero amor. Un signo que no significa nada no es más que un garabato sin sentido.

Puede haber verdadero amor sin sacramento. No puede haber sacramento sin auténtico amor.

No tiene importancia decisiva el lugar donde el rito se realice. Que una boda se realice en la Iglesia, o en el ayuntamien¬to, no afecta a lo esencial. Durante siglos no hubo ninguna ceremonia religiosa específica para el matrimonio entre cristianos. Los trámites que había que realizar ante las instancias civiles, eran la única forma externa (signo) del sacramento para dos personas creyentes.

También aquí existe una ignorancia supina cuando se dice: "me caso por lo civil porque por la Iglesia tendría que ser para toda la vida".

Esto no quiere decir que el rito del sacramento no tenga importancia. Los sacramentos son una necesidad humana, no una exigencia de Dios. La realidad material nos entra por los sentidos, sea directamente sea a través de signos. Las realidades trascendentes solo pueden llegar a la mente a través de los signos.

Los sacramentos ni son magia ni son milagros. En el signo del sacramento se hace presente la realidad significada, que no es otra que el AMOR que es Dios. Al hacer presente esa realidad, facilitamos el poder vivir esa realidad trascendente que de otro modo se nos podría escapar.

Meditación-contemplación

El matrimonio es la verdadera escuela del amor.
Pero es también la prueba de fuego para aquilatarlo.
Ninguna otra relación humana llega a tal grado de profundidad.
En ningún otro ámbito se puede expresar mejor el don total.
..................

Las ensoñaciones místicas pueden ser engañosas,
pero no hay nada más auténtico
que una relación verdaderamente humana de pareja,
donde se despliegue la capacidad de darse.
....................

La clave de un verdadero amor no es el equilibrio de intereses,
Sino el descubrimiento del verdadero ser del hombre,
que consiste en darse sin límites al otro
y encontrar en ese don plenitud y felicidad total.
...............

Fray Marcos



JESÚS ES MEJOR QUE LA LEY
Escrito por  José Enrique Galarreta
Mc 10, 2-16

Seguimos en el contexto de polémica. Una vez más, son los fariseos los que hacen una pregunta a Jesús "para ponerlo a prueba". Lo que quieren saber los fariseos es si Jesús piensa como ellos en un asunto delicado y controvertido en la época, y "probarle", a ver si puede fundamentar su opinión con sólidas citas de la Escritura. Esta "prueba" les va a resultar desastrosa: Jesús piensa completamente lo contrario que ellos, y maneja la Escritura mucho mejor.

La doctrina de los fariseos mantenía lo que en la época (en la cultura judaica) era norma común. El marido podía repudiar a su mujer cuando quisiera, simplemente dándole un acta de repudio. Los fariseos lo fundamentaban en un texto del Deuteronomio (Dt 24 1-3), que dice así:

"Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa, y ella sale de la casa y se casa con otro y el segundo también la aborrece, le escribe el acta de divorcio y la echa de casa, o bien muere el segundo marido, el primer marido que la despidió no podrá casarse otra vez con ella, pues está contaminada; sería una abominación ante el Señor: ..."

Es un precepto bastante extraño. En realidad no prescribe nada sobre el divorcio, sino que lo da por supuesto, y legisla acerca de la posibilidad de casarse de nuevo con la divorciada si ella vuelve a quedar libre, por otro divorcio o por muerte del segundo marido, negando esa posibilidad como "abominación", aunque nadie sabe por qué.

La práctica habitual en Israel se regía por este precepto. Debemos advertir que es una norma para los varones: son ellos los que tienen ese derecho, nunca las mujeres. De hecho, el divorcio estaba mal visto, y el derecho se restringía por medio de otros preceptos, como la obligación de devolver la dote al padre de la mujer y otros más, que dificultaban la práctica.

Pero en cualquier caso se trata claramente de un derecho masculino, en el que la mujer se considera de alguna manera "propiedad del varón", sobre la cual él tiene derechos, y que no tiene derechos respecto al marido.

Jesús se muestra mucho más entendido que los fariseos en cuanto a referencias bíblicas sobre el tema. Les ha preguntado a los fariseos qué manda la Ley, y ellos le han respondido qué permite Moisés. Ellos se atienen a un preceptillo dudoso que representa más bien el uso común un tanto permisivo, pero Jesús se remonta a la más profunda concepción, la voluntad primitiva de Dios, expresada en el Génesis, y les cita:

"Hombre y mujer los creó" (Génesis 1,27), que muestra la igualdad de los dos. La mejor traducción sería "varón y hembra los creó"

"Por eso abandonará...y serán los dos una sola carne" (Génesis 2,24) que muestra la unidad de la pareja.

Cuando Jesús dice "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" condena una vez más la mala práctica de los fariseos y doctores de interpretar habilidosamente la Escritura sacándola de su sentido original para hacerla servir a sus intereses de escuela.

Es el mismo reproche que se les hace en Mateo 23 ("ay de vosotros que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino y descuidáis lo más importante de la Ley, la misericordia, la justicia y la fidelidad... ay de vosotros que filtráis el mosquito y os tragáis el camello...") y en el precioso párrafo de Marcos 7,8 (" descuidáis el mandato de Dios para mantener la tradición de los hombres.... Y así invalidáis el precepto de Dios para mantener vuestra tradición; hacéis muchas cosas de éstas").

Jesús por tanto sale en defensa de la mujer diciendo que el varón que la repudia "comete adulterio contra ella". Formulación muy interesante, porque subraya la ofensa del varón contra la mujer indefensa.

Pero inmediatamente se afirma lo mismo en el caso contrario: es decir, se pone en pie de igualdad de obligaciones a los dos sexos, volviendo a la concepción primitiva del Génesis por encima de la interpretación abusiva del Deuteronomio.

Marcos no pone restricción alguna a la prohibición del divorcio. Mateo (19,1) hace una excepción: "salvo en caso de concubinato". Parece que este es un añadido de las primeras comunidades en que se hacían cristianos algunos procedentes del paganismo y tenían varias mujeres, en cuyo caso no solamente era permitido sino obligatorio despedir a las concubinas.

Así lo interpreta la Biblia del Peregrino. Otros autores, (como la Biblia de Jerusalén) traducen "salvo caso de fornicación", y piensan que se muestra aquí la práctica de las primeras comunidades en que la fornicación de uno de los cónyuges llevaba consigo la separación, pero sin que se permitiera un nuevo matrimonio.

R E F L E X I Ó N
La doctrina básica que se expone en el evangelio no requiere mayor explicación. Es clara, y la iglesia la ha mantenido así a lo largo de la historia. Hagamos pues unas breves reflexiones que sugieren estos textos.

Antes de entrar en la materia del texto evangélico, reflexionamos sobre los textos del Génesis y del Deuteronomio. Su contenido es diferente, los preceptos son opuestos. De hecho, los fariseos se basan en el Deuteronomio y Jesús en el Génesis, para sacar consecuencias de actuación que se contradicen.

A partir de esto, debemos reflexionar una vez más acerca de nuestra lectura y comprensión de la Escritura, y sobre el peligro de interpretarla subjetivamente y al pie de la letra. Hay quienes se basan en la afirmación indiscriminada de que "toda la Escritura es Palabra de Dios y por tanto no contiene inexactitud ni error alguno". Esta afirmación no puede admitirse sin más, y esto queda de manifiesto cuando, como en nuestro caso, dos textos se oponen (y esto mismo se repite con alguna frecuencia).

Es necesario recordar que en la Escritura se consigna toda la historia de la fe y de los pecados de Israel, y toda la evolución de esa fe. Hemos llamado a la Escritura la "Crónica del descubrimiento de Dios" por parte de Israel, y en ella encontramos preceptos que muestran una fe primitiva y una moral arcaica, que, movida por la Palabra de Dios, va evolucionando hasta su plenitud en Jesús.

Jesús mismo citó el precepto de "amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo", incompatible con "amarás a tu enemigo". Desde la vieja ley penal del Talión hasta el setenta veces siete hay un largo camino que Israel recorre y del que deja constancia en la Escritura.

Por esto, una cita aislada de la Escritura no puede calificarse sin más de "Palabra infalible de Dios". Es necesario comprenderla en su contexto, y, sobre todo, comprobar si esa línea se culmina en Jesús: en Él, la Palabra de Dios que aparece en el AT. llega a su plenitud, se acaban las provisionalidades y se corrigen las desviaciones.

En el tema del matrimonio, todo esto se aplica de una manera excepcionalmente clara. Si leemos Génesis 16 (la historia de Agar) tenemos la impresión de que se está aceptando sin reticencia alguna la poligamia. Si leemos Deuteronomio 24,1-3 (el texto que citan los fariseos) encontramos una interpretación machista y permisiva que se ha dado en Israel y es defendida por los doctores en tiempos de Jesús. Y si leemos Génesis 1 y 2 nos encontramos con la doctrina que Jesús avala.

Nuestra segunda consideración llevaría a la exposición de la doctrina cristiana sobre el matrimonio, que naturalmente no vamos a exponer extensamente, pero sí en su esencia. El matrimonio cristiano funda la unión de la pareja en el amor, no en la conveniencia social, no en los intereses familiares, no en la atracción corporal.

El amor es más que una atracción, más que un sentimiento, y se distingue radicalmente de la conveniencia y del enamoramiento: cuando éstos han desaparecido, el amor puede seguir e incluso ser más claro y fuerte. El amor de la pareja es una de las clases de amor que existen en el ser humano: amor materno o paterno, amor filial, amor de amistad...

Y cuando se da, supera toda lógica y conveniencia y presenta dos características que todo el mundo reconoce, al menos como ideal: tiende a ser exclusivo y duradero: "sólo tú y para siempre". Se manifiesta en un deseo de la felicidad del otro, en sentirse bien si el otro está bien, aun cuando esto suponga sacrificio propio (o incluso deseándolo).

Tan singularmente humano es este "sentimiento", tan sorprendentemente humanizador, que el pueblo de Israel lo utilizó para "describir" a Dios: como un enamorado, como un novio, como un amante celoso, y aplicó a la relación Dios-Israel el más bello poema de amor, el Cantar de los Cantares, utilizado también, y de qué forma, por los místicos cristianos.

Culminando esta línea, Pablo en 1 Corintios 13 escribe el famoso himno al amor, el mayor y más envidiable de los carismas, y en Efesios 5,25 llega a la hermosa comparación en que el amor de hombre y mujer se presenta como imagen del amor de Dios ("como Cristo ama a su iglesia").

Si todas las cosas del mundo son reflejo de la divinidad, y podemos así contemplar a Dios a través de las criaturas, la mejor "encarnación" de la divinidad y el lugar donde mejor se puede contemplar a Dios es sin duda el amor, el amor de padres a hijos (Abbá) y el amor entre hombre y mujer. Toda esta línea de conocimiento de Dios a través de la contemplación del amor humano culmina sin duda en la expresión de la primera carta de Juan: "Dios es amor" (4,8).

Todo eso ha llevado a la iglesia a entender el matrimonio como sacramento, es decir, como manifestación de Dios, como lugar de presencia activa de Dios, como signo vivo y eficaz del amor de Dios. Tenemos la tentación de entender como sacramento la ceremonia del casamiento. Es insuficiente. Es el estado matrimonial el que es sacramento, lugar de ver a Dios, presencia del amor encarnado.

Considerando todas estas cosas, tan verdaderas y tan hermosas, tiene uno sin embargo la impresión de estar hablando del Paraíso, no de la vida cotidiana. Todo esto se da, se ambiciona, se admite por cualquiera como ideal indiscutible.

Pero en la vida cotidiana se dan también muchas otras realidades inevitables: la pareja mal construida desde el principio, la incompatibilidad descubierta a lo largo del tiempo, la debilidad, las diferentes y difíciles fases de la vida. Situaciones que nadie desea ni pone como ideales, pero que están ahí, y con más frecuencia de la que nos gustaría.

En todos esos casos nos encontramos con la dificultad de que la legislación de la iglesia se ha desarrollado dando por supuesto que se va a realizar en la pareja el ideal del amor. Sin embargo, nos damos también cuenta de que, cuando ese ideal fracasa, deben existir caminos, soluciones para que sea posible la vida humana y cristiana de los que se encuentran en esa situación.

En un mundo en el que, cada vez más, la sexualidad sustituye al amor en vez de expresarlo, y en el que las parejas tienden a constituirse más bien por intereses o deseos ocasionales, la iglesia mantiene el ideal de la pareja por amor como una de las mayores y más positivas y humanizadoras manifestaciones del ser humano llevado más allá de cualquier comportamiento animal, egoísta o mezquino.

Pero también siente, hoy más que nunca, que no se puede hacer del ideal una exigencia exclusiva y que debe ser posible una situación ante Dios y en la Iglesia cuando lo ideal no ha sido de hecho realizable.

PARA NUESTRA ORACIÓN

Los hombres ponemos leyes, dictamos preceptos, y está bien, es necesario. Pero Jesús sabe que la ley sin espíritu es opresión. Para orar sobre esto deberíamos hoy leer el capítulo 8 del evangelio de Juan (v. 1-11) Presentan a Jesús una mujer "sorprendida en adulterio". La ley manda que esas mujeres sean lapidadas. Le preguntan a Jesús qué dice de esto.

Y Jesús opta claramente: salvar a la persona, aunque esto signifique "salvarla de la Ley" (Ver comentario pg 8)

Debemos pensar seriamente si no es éste uno de los problemas de nuestra Iglesia, si no estamos llegando a un punto de ruptura entre el Espíritu y la Ley.

Pero sería escurrir el bulto pensar en este problema como si no fuera un problema interior de cada uno. Si nos consideramos "justificados por el cumplimiento de la Ley" o más bien "movidos por el Espíritu de Jesús". En nuestro interior, no complaciéndonos en los problemas de otros.

José Enrique Galarreta