viernes, 24 de agosto de 2012

La ciudad y el desierto - Adolfo Nicolás, SJ.


La ciudad y el desierto
Adolfo Nicolás, SJ.
Provincial del Japón para la Congregación General 32. (año 1975)

La Compañía de Jesús se podría decir que nació en el desierto, como Israel. La convalecencia de Loyola, las tribulaciones de Manresa, el itinerario espiritual del mundo de muchos jesuitas a través de los Ejercicios son experiencias de desierto, porque el desierto es desnudez, despojo, pobreza, confianza en Dios, esperanza y horizontes abiertos, peregrinación y lucha contra el mal y consigo mismo. Allí se dio un encuentro con Dios. Pero la Compañía nació para vivir en la ciudad: “Os seré propicio en Roma”, escuchó San Ignacio, camino de Roma precisamente, del mismo Jesucristo. Y todos sabemos que la ciudad es lo contrario del desierto: desde Enoc, la ciudad de Caín, hasta la gran pecadora del Apocalipsis. Es decir, la ciudad es autosuficiencia, soberbia, seguridad, limitación de horizontes, instalación, lucha entre hermanos. San Ignacio entró en la ciudad con sus compañeros y no fue una decisión fácil, ni mucho menos.

Ignacio no quería perder el desierto que llevaba dentro; por eso no entró hasta que pudo hacerlo siguiendo a Jesucristo con la cruz a cuestas, porque la cruz asume, radicaliza y eleva el desierto, (es) una especie de desierto portátil. Cristo murió en las afueras de la ciudad, en esa zona desmilitarizada, zona de gracia entre el desierto y la ciudad, en la cruz, que se alza entre ambas. Por eso Ignacio llenó de desierto las Constituciones de la Compañía, el despojo de una pobreza sumamente radical, para dejar siempre abierta una zona que sólo Dios puede llenar y que se alimenta de su confianza. El pobre es siempre un alma del desierto que nunca acaba de estar a gusto en la ciudad. Cargó, además, con símbolos inquietantes la obediencia para que las murallas de la ciudad no recortaran los horizontes de un grupo de nómadas del evangelio que tiene al mundo como frontera, y porque en el desierto la unión de las tribus no es la uniformidad ni el espacio, sino la alianza con Yahvé, a cuya llamada no se responde más que obedeciendo. Y la castidad no podía ser sino angélica, porque la vocación del mensajero del Reino es mostrar la cara del amor de Dios, porque es universal, y que lo lleva todo con su transparencia; esto es lo que los ángeles simbolizan en el desierto.

Desde aquí es donde se nos da, pues, estas claves, la identificación con este Cristo; así es como abrimos el espacio de entrar en el mundo con él, con su espíritu, con su acción, con su fuerza, y así mantenemos lúcidos en ese mismo mundo tan contracultural del Evangelio, pero con la fuerza y la presencia personal de Jesús (“Trabajen conmigo”, que nos decía en la contemplación del Reino). Y por eso, ese envío que hace Jesús también cuando se va marcado con el Jesús pobre y humilde: no somos enviados a todas las fronteras del mundo para imponer esa fe, la buena noticia de Dios, sino para dialogar. Así, solamente podemos entrar en actitud de diálogo con los que no piensan así, con lo que no creen, con los que pueden estar muy lejos, con la actitud de diálogo. Si realmente estamos vacíos de nosotros mismos, de ese yo, sólo así se libera uno aun del evangelio como impositivo, como dominación, como el único camino, como lo único que tiene el monopolio de la verdad.

Sabemos que Dios está salvando y está dando más allá de los límites de la Iglesia y de la misma revelación. Por eso esto es lo que hoy día se nos inculca tanto. San Ignacio, como es natural, recurre a la necesidad de tener de Dios para esto, y nos pone un “triple coloquio a Nuestra Señora, para que me alcance gracia de su Hijo y para que yo pueda recibir este proyecto, ese llamamiento de si Hijo”; y lo que pide es, realmente, entrar en esa suma pobreza espiritual y en la pobreza actual, para nosotros también. Segundo, “en estar dispuestos a sufrir por seguir a Jesús, por perder nuestra vida humana natural” nuestro yo, para seguir auténticamente a Jesús. Y así dice rezar un Ave María, pedir lo mismo al Hijo y después al Padre, es decir, a la presencia de toda la ayuda con que contamos en nuestro ser y vivir cristianos: María, el Hijo y el Padre.

Hoy tengo la impresión de que hemos perdido el desierto; nos hemos adaptado de tal manera a la ciudad y a sus exigencias técnicas, productivas, a su sentido común y sus programas, que nos sentimos demasiado a gusto en ella: el que conservemos aún viejas insignias, costumbres, vestimenta, distintivo, no dice nada profundo, basta con mirar en qué va quedando nuestra pobreza, nuestra obediencia y movilidad y unión de los corazones.

Mi esperanza es, pues, que la Congregación General (32) recupere el acceso espiritual, carismático al desierto, que cree un espacio vació, una zona d encuentro con Dios, y que por un momento en nuestra ajetreada vida recupere la libertad de la profunda llamada y redescubra el camino de la cruz que comienza y termina en las afueras de la ciudad: Storta, Calvario. Tendrá que ser una Congregación paciente porque la cruz es conversión y el desierto necesita por lo menos 40 años, que serán años de tentación,; no se pasa el desierto de un golpe con decretos, sino asumiendo y dirigiendo. Por eso tendrá que ser también la aceptación iluminada de un pluralismo de formas y estilo, al servicio de una nueva creación carismática. La unificación legal es siempre un producto de la ciudad; el pluralismo lleva siempre docilidad, apertura, atención al espíritu “la nube del desierto” que protege, ilumina y guía. La unión verdadera será siempre bajo Cristo puesto en Cruz. La Nueva Alianza, que trata de unir unas tribus tan dispersas como las nuestras.