jueves, 7 de junio de 2012

EUCARISTÍA Y CRISIS - José Antonio Pagola


EUCARISTÍA Y CRISIS - José Antonio Pagola

Todos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un "refugio religioso" que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.
A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa, sin escuchar las llamadas del Evangelio.
El riesgo siempre es el mismo: Comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón, sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.
En los próximos años se van a ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se nos dictan de manera inapelable e implacable irán haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van empobreciendo hasta quedar a merced de un futuro incierto e imprevisible.
Conoceremos de cerca inmigrantes privados de asistencia sanitaria, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro nada claro... No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.
La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.
No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el Evangelio de Jesús, sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre "el pan nuestro de cada día" sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.

José Antonio Pagola

vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Piensa en quienes se sienten indefensos ante la crisis. Pásalo.
10 de junio de 2012
El Cuerpo y la Sangre de Cristo (B)

YO SERÉ VUESTRO PAN


Estaré con vosotros todos los días.
A cualquier hora y en cualquier lugar.
Siempre. Es mi palabra y mi promesa.

Es tu palabra y tu promesa, Señor

Seré vuestro camino de vida,
la luz que alumbre vuestras noches y días,
el agua que os refresque en vuestras fatigas,
la puerta que os dé entrada y acogida,
la raíz vitalizadora de todas vuestras empresas,
el amigo y guía que siempre os hará compañía...

Es tu palabra y tu promesa, Señor

Pero también seré, y que no os pille de sorpresa,
el fuego que acrisola vuestro ser y pertenencias,
el viento que os empuja siempre fuera,
la verdad que rompe todos vuestros esquemas,
el ladrón que os adelgaza y aligera
y el Señor que os quiere en la tierra.

Es tu palabra y tu promesa, Señor

Y esta es la fórmula de mi definitiva alianza
con vosotros y la Humanidad entera:
vosotros seréis mi cuerpo visible
y mi sangre que da vida;
y yo seré el pan que os alimenta
y el vino que os alegra e ilusiona.

Es tu palabra y tu promesa, Señor

Yo alimentaré vuestro cuerpo
y vuestra esperanza desestimada.
Yo mantendré vuestra llama y amor
y os haré fuertes contra el dolor.
Yo os invito a crecer y madurar
hasta llegar a la sazón.

Es tu palabra y tu promesa, Señor

Vosotros elevaréis, allí donde viváis,
el signo de un Dios comprometido con todos,
siendo pan hecho carne,
vino convertido en sangre,
palabra corporal y verdadera
y encarnación en nuestra historia.

Es tu palabra y tu promesa, Señor

¡Misterio de intimidad humana y divina!
Vosotros seréis, en adelante, mi pascua,
mi presencia tierna y salvadora,
mi encarnación en la tierra,
la buena noticia que todos anhelan,
la primicia de lo que os espera.

Es tu palabra y tu promesa, Señor

Mis brazos para estrechar soledades,
mi boca para clamar contra seculares injusticias
que se clavan en la carne de los más débiles,
mis pies para salir tras los perdidos y olvidados,
mi corazón para latir al unísono
con todos los corazones que desfallecen.

Es tu palabra y tu promesa, Señor

Estaré con vosotros todos los días.
A cualquier hora y en cualquier lugar.
Siempre. Es mi palabra y mi promesa-.

Es tu palabra y tu promesa, Señor

Florentino Ulibarri

LA PLENITUD CONSISTE EN DEJARSE COMER -  Fray Marcos


Es sin duda ninguna, el sacramento más importante de nuestra religión. Pero si Jesús volviera hoy y asistiera a nuestras misas, sentiría la misma indignación que experimentó al ver los trapicheos que se traían los sacerdotes en el templo. Y es que seguimos olvidados de lo esencial, que es hacer presente en nosotros todo lo que significó Jesús con su vida de total entrega a los demás.

La mejor manera de expresar lo que quiero decir, es contaros el relato que he oído (en un vídeo, por supuesto) a Tony de Mello. El hombre más avispado de una tribu descubrió la manera de hacer fuego. Enseñó a todos, la manera de utilizar el fuego y, el pueblo entero, dio un paso de gigante en su evolución. No contento con eso, cogió los bártulos y se fue a la tribu más cercana para que pudieran ellos aprovechar también las ventajas del invento. Les enseñó el proceso y todos quedaron maravillados al ver aparecer el fuego ante sus ojos. Se marchó muy contento por haber ayudado a aquellos hombres. Mucho tiempo después volvió a ver lo que habían avanzado con la utilización del fuego. Cuando les preguntó, ellos muy orgullosos le sacaron del poblado a un lugar maravilloso. Allí había construido un altar donde habían guardado en una urna de oro y piedras preciosas, los instrumentos de hacer fuego. Todos los días iban a adorar aquellos útiles que tenían el poder de reproducir el fuego. Pero no había fuego por ninguna parte. El invento no les había servido para nada...

Para el que quiera entender, sobran los comentarios. Para el que no quiera entender, ningún comentario añadiría nada. Asistimos a misa porque está mandado y para no cometer un pecado mortal. Sin darnos cuenta que el verdadero pecado es asistir a misa sin que eso cambie en nada nuestra actitud vital.

Muchas veces me han protestado ante esta acusación: Yo no vengo a misa porque está mandado, vengo porque me apetece. Aún así es posible que te apetezca asistir a la magia de una celebración donde se realiza un "milagro" tan sorprendente que tranquiliza tu conciencia y te da ciertas seguridades.

He dicho muchas veces que no escribo para que penséis como yo, sino para que penséis. Cuando hace unos años me llamaron al orden, me dijo el vicario episcopal que me examinaba: "Tú tienes que ser como el farmacéutico, que despacha las pastillas a los clientes sin explicarles lo que han hecho en el laboratorio". Mi desacuerdo con esta propuesta es absoluto. El ácido acetilsalicílico produce su efecto en el paciente automáticamente, aunque no tenga ni idea de su composición. Pero los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada que no se puede dar si no contamos con una mente despierta. Sin esa conexión, el rito se queda en puro folclore.

Ya sabemos que, como sacramento, la eucaristía es un signo, no magia. Sabemos también que la eucaristía la celebra la comunidad reunida, aunque esto no está tan claro. La inmensa mayoría de los cristianos sigue pensando que la misa la celebra el sacerdote. Este despiste generalizado es consecuencia de creer que el sacerdote tiene poderes especiales para realizar un milagro. Mientras no superemos esta manera de entender la celebración y el sacerdocio estaremos incapacitados para entender el verdadero significado del sacramento. Jesús dijo: donde dos o más estés reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Nunca dijo: donde haya un sacerdote con poder para consagrar, en el pan me haré presente yo. Es la comunidad reunida la que recuerda a Jesús y le hace presente.

Es muy importante que tomemos conciencia clara de que el signo no es el pan, a secas, sino el pan partido y repartido, preparado para ser comido. El hecho de partir el pan forma parte de la esencia del signo. Jesús se hace presente en ese gesto, no en la materia del pan. Si comprendiéramos bien esto, se evitarían todos los malentendidos sobre la presencia real de Jesús en la eucaristía. El pan consagrado hace siempre referencia a una fracción del pan, es decir, a una celebración eucarística. Sin esa referencia no tiene entidad ninguna.

Lo mismo en la copa. El signo no es el vino, sino el vino bebido, es decir, compartido. Para los judíos la sangre era la vida, (no signo de la vida, como para nosotros, sino la misma vida). La copa derramada es la vida de Jesús puesta al servicio de todos, su vida se da para que todos participen de ella.

La realidad significada no es Jesús sino Jesús como don, es decir, es el AMOR que es Dios, manifestado en Jesús.

Empecemos por aclarar que la palabra hebrea que traducen los textos al griego por "soma", no significa exactamente cuerpo. En la antropología judía del tiempo de Jesús, el ser humano era un todo único, pero podían distinguirse distintos aspectos de ese todo: hombre carne, hombre cuerpo, hombre alma, hombre espíritu. Hombre cuerpo no hace referencia a la carne, sino a la persona como sujeto de relaciones.

El "soma" griego tiene varios significados pero al traducirlo al latín por "corpus", terminó por imponerse el significado material de cuerpo físico y esto distorsionó el mensaje original. Jesús no dijo: Esto en mi cuerpo (físico) sino esto soy yo, esto es mi persona que se ha entregado a los demás. Esta perspectiva nos abre a una nueva comprensión del sacramento.

La eucaristía resume la actitud vital de Jesús, que consistió en manifestar lo que es Dios. Como buen hijo hace presente al padre allí donde está él. Esa realidad significada, por ser espiritual, no está sometida al tiempo ni al espacio. Está siempre ahí, ni se trae ni se lleva, ni se pone ni se quita, ni se crea ni se destruye. Hacemos el signo, no para crearla, sino para descubrir su presencia, y poder así vivir conscientemente nuestra más impresionante profundidad de ser. Salir de la dinámica del milagrito y de la magia, no es tan fácil; exige un esfuerzo mental que muchos no están dispuestos a hacer.

Los primeros cristianos tomaron del griego, por lo menos, seis palabras para indicar distintas realidades que nosotros metemos en el mismo saco de la palabra "amor":

Agape: sería Dios mismo como puro don de sí, pero sin darse, sino atrayendo hacia sí. Lo que llamamos su "amor" al hombre.

Caritas, síntesis del Eros informado por el Ágape. Sería el Amor cristiano.

Filia: amor amistad. Satisface deseos, apegos, ideales.

Eros: amor puramente humano. Placer en la cercanía.

Libido: placer sensible que sigue al Eros. Impulso sexual.

Nomos: relación con el otro a través del estricto cumplimiento de la ley.

El "amor" del que habla el evangelio, referido a Dios, sería el "ágape"; Referido al hombre sería la "caritas".

El amor humano es la relación entre dos personas; y mientras más profunda y estrecha es esa relación, más amor existe entre las dos. Ese amor no anula a las personas, sino que las potencia como tales; de tal modo que es más humana la que es capaz de amar más. Este amor no se puede dar en Dios, porque no hay nada fuera de Él con lo que pueda relacionarse como algo distinto a Él.

El "ágape" no es relación al modo humano, sino la misma realidad de Dios que funde sin confundir, que une e identifica en sí a todos los seres. Dios no es un ser que ama, sino el amor. Un ejemplo podría aclarar estas ideas, un poco difíciles de asimilar. Imaginemos que llamamos amor al calor. Dios no es un ser caliente, ni siquiera imaginado a millones de grados. Dios es el calor que funde todo lo que encuentra haciendo de lo diverso una sola realidad. Toda la creación es una en Dios.

En los evangelios, Jesús no hace hincapié en que ama mucho a su Abba, Padre; sino: "Yo y el Padre somos uno", y "el que me ve a mí, ve a mi Padre". Esa misma es la experiencia de todos los místicos de todas las religiones. S. Juan de la Cruz lo expresa muy bien: "¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!"

Dios no puede hacerse presente en un lugar acotado, sencillamente porque no puede dejar de estar en todo lugar. Tampoco puede estar más presente aquí que allí. Nosotros, como seres humanos que somos, no tenemos más remedio que percibirlo en un lugar. Mas aún, tenemos que acotarlo en un lugar para poder tomar conciencia de su realidad.

Cuando Jesús propone el mandamiento nuevo, Jesús está hablando de las consecuencias que debería tener en nuestra vida, el amor (ágape) del Padre. El fin último de la celebración de una eucaristía, es hacer presente con los signos, este ágape que nos fundiría con Dios y nos abriría a los demás, hasta sentirlos fundidos en Dios también. El hombre tiene el privilegio de poder tomar conciencia de este hecho y vivirlo. El que lo descubre y lo vive no es que esté más fundido en Dios que el que no lo percibe. Simplemente descubre su verdadero ser y disfruta siéndolo.

Meditación-contemplación
Esto soy yo, pan que me parto y me reparto.
Esto tenéis que ser vosotros.
Todo el mensaje de Jesús esta aquí,
todo lo que hay que saber y hay que hacer.
..................
Celebrar la eucaristía no es una devoción.
Su objetivo no es potenciar nuestras relaciones con Dios.
Celebrar la eucaristía es comprometerme con los demás,
es aprender de Jesús, el camino de la entrega.
..................
Si la celebración es compatible con mi egoísmo;
si sigo desentendiéndome de los que me necesitan;
mis eucaristías no son más que un rito vacío.
El pan que Jesús da nos salvará,
si al comerlo, aprendo a dejarme comer como hizo él.
.......................

Fray Marcos

RECIBIRSE Y ENTREGARSE: CONFIANZA Y AMOR - Enrique Martínez Lozano

Mc 14,12-16.22-26

"En una ocasión, un pequeño comerciante soñó que al cabo de pocos días llegaría a la aldea un peregrino que le daría un diamante que le haría rico para siempre.

En efecto, al cabo de poco tiempo se oyó hablar en el pueblo de la llegada de un peregrino, que se había instalado en una cueva a las afueras. El comerciante corrió a buscarlo y, sólo con verlo, le comenzó a gritar que le diera la piedra que tenía. El peregrino rebuscó entre su bolsa y extrajo una piedra. «Probablemente te refieras a esta», dijo, mientras se la entregaba al aldeano. «La encontré en el sendero del bosque hace unos días. Por supuesto que puedes quedarte con ella».

El hombre se quedó mirando la piedra con asombro. ¡Era un diamante, el diamante más grande que jamás había visto, casi tan grande como la mano de un hombre! Lo agarró ávidamente entre sus manos y se marchó corriendo, pero aquella noche fue incapaz de dormir, dando tumbos en la cama hasta la madrugada. Fue a despertar, por fin, al peregrino y le dijo: «Dame la riqueza que te permite desprenderte con tanta facilidad de este diamante»"
(A. DE MELLO, El canto del pájaro, Sal Terrae, Santander, pp. 182-183).

He querido comenzar el comentario al relato del evangelio con este cuento de Tony de Mello, porque me parece que expresa bien la actitud de Jesús: no solo entrega el "diamante" de su vida, sino que lo hace desde la más lúcida libertad y el más gratuito amor.

La llamada "última cena" –el cuarto evangelio lo explicitará todavía mucho más a lo largo de 5 capítulos (del 13 al 17), en lo que se conoce como el "testamento espiritual de Jesús"- nos regala la lectura que el propio Jesús hace de su vida y el sentido que da a su muerte.

Lectura y sentido que pueden resumirse en una sola palabra. En los evangelios sinópticos, esa palabra es "tomad"; en Juan, "entrega". Pero se trata de la misma actitud.

Inmediatamente vienen a la memoria aquellas otras palabras de Jesús, con las que, frente a la búsqueda de poder o de imagen por parte de sus discípulos, define su misión: "Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos" (Marcos 10,42-45). O aquellas otras que recoge el Libro de los Hechos: "Jesús pasó por la vida haciendo el bien" (Hechos 10,38).

Todos los testimonios convergen: la vivencia de la fraternidad, sentida como compasión y vivida como servicio, fue el rasgo característico del comportamiento de Jesús.

Puede decirse con razón que Jesús supo vivir el gran "movimiento trinitario", al que me refería la semana anterior: recibirse y entregarse. Es el movimiento sabio, que nace de la comprensión profunda de quienes somos; más aún, únicamente es posible vivirlo cuando –tematizándolo o no- estamos conectados de un modo consciente a nuestra identidad más profunda. Porque eso es justamente lo que somos: Espaciosidad que se recibe y se entrega.

En contacto consciente, íntimo y permanente con la Fuente donde todo se origina ("el Padre y yo somos uno"), Jesús no hacía otra cosa que ser cauce a través del cual fluía la Vida y el Amor sin límites. Tanto en el gozo de la llamada "primavera galilea", donde todo parecía sonreírle, como en la tragedia final en la que todo parecía desmoronarse por completo, en el más atroz de los abandonos.

En uno y otro momento, no encontramos en Jesús ni apropiación ni evitación de lo que ocurre. Aparecerían seguramente en la superficie sentimientos involuntarios, que pueden llegar hasta la amargura de Getsemaní, pero al permanecer consciente y anclado en su verdadera identidad de no-separación con Todo lo que es, no solo acepta lo que sucede, sino que lo vive desde la entrega confiada.

Ni la libertad ni el amor se mantienen a golpe de voluntarismo. La clave radica en reconocer nuestra identidad más profunda y permanecer anclados en ella.

De hecho, en cuanto nos "desconectamos" –en realidad, nunca hay desconexión, sino solo inconsciencia-, aparece el ego –una pobre idea de quienes somos- y empezamos a organizar toda nuestra existencia desde él, desde sus necesidades y sus miedos.

La egocentración bloquea la entrega, y el miedo hace imposible la libertad y el coraje. Solo cuando volvemos a recuperar la consciencia clara de quiénes somos, dentro de ese único "movimiento" de lo Real que, como la respiración, se recibe y se entrega, empezamos a vivir de nuevo de una manera coherente y gozosa, plena.

En la celebración de la eucaristía, actualizamos la vivencia de Jesús y conectamos con quienes somos en profundidad. Y desde ahí celebramos la Unidad de todo lo que es.

Se trata, pues, no tanto de un "rito religioso" que siguiera teniendo como sujeto al yo que busca salir "fortalecido" de la Misa, sino de la celebración espiritual de la Unidad que compartimos, con Jesús y con todos los seres.

Sin embargo, esa Unidad no podemos celebrarla si permanecemos encerrados en las fronteras del yo, sino cuando venimos a reconocer nuestra identidad más profunda, aquella que incluye y trasciende el cuerpo, la mente y el psiquismo, la Conciencia ilimitada en la que todo, en sus diferencias, es Uno.

En la celebración de la eucaristía, la "memoria" de Jesús activa nuestro propio "recuerdo" y favorece nuestra "vuelta a casa", al "Hogar" compartido, recibiéndonos de la Fuente de la que estamos saliendo constantemente y entregándonos a Ella en todas sus manifestaciones.

Enrique Martínez Lozano

¡ TENEMOS FOTOS DE DIOS ! - José Enrique Galarreta

Jn 6, 51-58

Es parte del discurso del Pan de Vida. Jesús se presenta como el Pan Vivo bajado del Cielo, es decir, el Alimento del Espíritu. Se está hablando pues de la más profunda comunión que puede existir entre dos seres, la participación de la misma vida. De la misma manera que el alimento se hace carne y sangre del que lo toma, así nuestra comunión con El.

Por encima de todas las especulaciones, más allá de toda filosofía, más allá de toda teología por muy docta y santa que sea, lo más bello, lo más importante, lo más profundamente positivo de las fiestas que estamos celebrando, la Trinidad, el Corpus, es que conocemos a Dios y esto cambia de arriba abajo nuestra vida.

Moisés en la tienda del encuentro, la Morada, quería ver su rostro. Y Felipe le pedía a Jesús "muéstranos al Padre y esto nos basta". Jesús le corrige "lo que te basta es que me has visto" ... y no necesitas ver nada más.

Pero no conocen simplemente su rostro, conocen su corazón, y eso sí que nos basta: conocemos el corazón de Jesús, capaz de con-padecer, capaz de decir la verdad a cualquier precio, capaz de comprometerse, capaz de ir hasta el final por cualquiera, por todos. Y ahí conocemos el corazón de Dios.

Aquellos, los testigos, tuvieron el don de ver con los ojos, palpar de cerca ese corazón, quedar fascinados, ser capaces de reconocer en él a Dios. Nosotros lo podemos ver a través de los evangelios, a través de los mejores de la Iglesia... pero hay más, mucho más.

Cuando Jesús se estaba despidiendo, como hacemos cuando nos despedimos, nos dejó su foto, una foto dedicada: el pan y el vino, que no son la foto de su cara, de sus barbas, de sus ojos, sino la foto de su corazón y la dedicatoria: "haced esto en mi recuerdo".

Esa foto no es de papel, y la dedicatoria no es sólo una frase ingeniosa: es algo para tocar, para comer, para beber, y la dedicatoria es una invitación, invitación a la fiesta. Jesús se podía ver, se podía tocar, porque era de carne y hueso – Jesús dijo carne y sangre – y su foto se puede ver, tocar y comer, para metérnosla dentro, para que sirva no sólo para mirar sino para alimentar y enardecer.

El pan para trabajar y el vino para bailar, eso es Jesús, eso es mi Dios. Hay mucho que hacer y mucho que aguantar, mucho por terminar, muchos por ayudar, necesitamos pan. Hay mucho por atreverse, mucho que perdonar, mucho que superar, necesitamos vino. Un buen pan, el mejor pan que se puede pensar, un pan más que de la tierra, un pan amasado por las manos de Dios. Un buen vino, el mejor de la mejor bodega, el que nos hace cantar incluso en medio del peor desierto.

En la cena de despedida de su Hijo, el Padre estaba sacando su mejor vino para mojar su mejor pan, y lo repartió a nosotros, los invitados: "tomad y comed".

Ya no somos débiles, ni tristes, ni sosos, ni apocados, ni temerosos, ni desconcertados. Jesús, su cuerpo que es su humanidad, su sangre que es su corazón abierto, nos dispara hacia el trabajo por el reino, por todos los demás hijos, entusiasmados, seguros, satisfechos por el buen pan, enardecidos por el mejor vino.

"Felipe, ya me has visto, no necesitas más". "Tomad y comed". Con mi pan y mi vino, conmigo, ya no necesitáis más.

Hoy es día de adorar, pero mucho más aún, de comer, de alimentarse, de disfrutar, de paladear el pan, Jesús, de dejarse invadir por la locura del vino, Jesús, y de agradecer, porque el pan y el vino son "bajados del cielo", o sea, regalo de Padre. Gracias, Padre, por tu mejor regalo, Jesús, pan y vino, foto de tu corazón. 

José Enrique Galarreta