miércoles, 13 de junio de 2012

CON HUMILDAD Y CONFIANZA - José Antonio Pagola


CON HUMILDAD Y CONFIANZA - José Antonio Pagola

A Jesús le preocupaba mucho que sus seguidores terminaran un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtenían el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante es que no olviden nunca cómo han de trabajar.
Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea, les anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. No es posible abrir caminos al Reino de Dios de cualquier manera. Se tienen que fijar en cómo trabaja él.
Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar. No vivirán pendientes de los resultados. No les han de preocupar la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más.
Después de siglos de expansión religiosa y gran poder social, los cristianos hemos de recuperar en la Iglesia el gesto humilde del sembrador. Olvidar la lógica del cosechador que sale siempre a recoger frutos y entrar en la lógica paciente del que siembra un futuro mejor.
Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el Proyecto de Dios en el ser humano. La  fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como "un grano de mostaza" que germina secretamente en el corazón de las personas.
Por eso, el Evangelio solo se puede sembrar con fe. Es lo que Jesús quiere hacerles ver con sus pequeñas parábolas. El Proyecto de Dios de hacer un mundo más humano lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda.
En la Iglesia no sabemos en estos momentos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente a dogmas religiosos y códigos morales. Nadie tiene la receta. Nadie sabe exactamente lo que hay que hacer. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús.
Tarde o temprano, los cristianos sentiremos la necesidad de volver a lo esencial. Descubriremos que solo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él.


José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la fuerza del Evangelio. Pásalo.
17 de junio de 2012
11 Tiempo ordinario(B)
Marcos 4, 26-34



SEMBRAR


Quien siembra
siembra con esperanza,
aunque el terreno
no sea el mejor
y tenga piedras,
zarzas,
calveros,
lugares yermos,
pisados caminos
y aves en el cielo al acecho.

Quien siembra
siembra con esperanza,
aunque no sea dueño
del tiempo,
de las lluvias,
de las heladas,
de los vientos,
de las sequías,
ni de los calores
que secan el terreno.

Quien siembra
siembra con esperanza,
aunque no distinga
la semilla,
ni entienda
los procesos
de germinación,
ni los milagros encerrados
en la simiente
que lanza a la tierra.

Quien siembra
siembra con esperanza,
aunque solo esparza
en la tierra y en los corazones
semillas pequeñas,
semillas sin prestancia,
semillas de mostaza,
pues sabe que el Señor
del campo y de la semilla
confía en él y en su tarea.

Quien siembra
siembra con esperanza,
aunque no sea suya la semilla,
ni el terreno,
ni sea dueño del tiempo,
ni sepa de climas;
aunque la experiencia le diga
que hay cosechas que fracasan
a pesar del cuidado
y de cántaros de gracia,

Quien siembra
vive la esperanza,
sueña en parábolas,
lanza buenas nuevas,
goza la temporada
y anhela la cosecha;
pero, a veces, las preocupaciones
le hacen pasar las noches en claro,
y nada se soluciona
hasta que se duerme en tu regazo.

¡Saldré a sembrar
para continuar tu tarea
y cuentes historias
que florezcan en gracia!



Florentino Ulibarri



DEJA CRECER LA SEMILLA QUE HAY EN TI
Mc 4, 26-34

Todos los exegetas están de acuerdo en que el Reino de Dios es el centro de la predicación de Jesús. Lo difícil es concretar en qué consiste esa realidad tan escurridiza. La verdad es que no se puede concretar, porque no es nada concreto. Tal vez por eso encontramos en los evangelios tantos apuntes desconcertantes sobre esa misteriosa realidad. Sobre todo en parábolas, que nos van indicando distintas perspectivas para que podamos ir intuyendo lo que puede esconderse en esa expresión aparentemente simple.

Podríamos decir que es un ámbito que abarca a la vez lo humano y lo divino. Todo el follón que se armó en el primer cristianismo a la hora de concretar la figura de Jesús, nos lo armamos nosotros a la hora de definir qué significa ser cristiano. El Reino es, a la vez, una realidad divina que ya está en cada uno de nosotros y una realidad terrena que consistiría en su manifestación en nuestra existencia terrena. Ni es Dios en sí mismo ni se puede identificar con ninguna situación política, social o religiosa.

No debemos caer en la simplicidad ingenua de identificarlo con la Iglesia. Como dice el evangelio: "no está aquí ni está allí". Tampoco puede estar solamente dentro de cada uno de vosotros, porque si está dentro, se manifestará fuera. Esa ambivalencia de dentro y fuera, de divino y humano es lo que nos impide poder encerrarlo en conceptos que no pueden expresar realidades aparentemente contradictorias. Para nuestra tranquilidad debemos recordar que no se trata de comprender sino de vivir y ese es otro cantar.

Me habéis oído decir muchas veces que las parábolas no se pueden expli¬car. Solo una actitud vital adecuada puede ser la respuesta a cada parábola. Como la postura espiritual de cada uno va cambiando, la parábola me va diciendo cosas distintas a medida que voy profundizando en mi camino.

Creo que tampoco los elementos que constituyen las dos del evangelio de hoy necesitan aclaración alguna. Todos sabemos lo que es una semilla y cómo se desenvuelve en su desarrollo hasta producir la planta completa. Si acaso, recordar que la semilla de mostaza es tan pequeña que es casi imperceptible a simple vista. Tal vez por eso es tan adecuada para precisar la fuerza del Reino, que tampoco se puede percibir.

La planta que va apareciendo lentamente no viene de fuera sino que es consecuencia de una evolución interna de los elementos que ya estaban ahí. Este aspecto es muy importante, porque nos obliga a pensar, no en algo estático sino en un proceso que no puede tener fin, porque su meta es el mismo Dios.

El Reino que es Dios está ya ahí, en cada uno y en todos a la vez, pero su manifestación tiene que ir produciéndose paulatinamente a través del tiempo y del espacio. Nuestra tarea no es producir el Reino, sino hacerlo visible.

Las dos parábolas tienen doble lectura. Se pueden aplicar a cada persona, en cuanto está en este mundo para evolucionar desde las increíbles posibilidades con las que nace hasta la plenitud que tiene que ir consiguiendo a través de su vida. Y también se puede aplicar a la humanidad en su conjunto.

Hoy estamos muy familiarizados con el concepto de la evolución y podemos entender que los seres humanos no hemos dejado de avanzar en nuestro caminar hacia una vida cada vez más humana. La advertencia para nosotros hoy es que no debemos conformarnos con un progreso material sino aspirar a mayor humanidad.

Otra reflexión interesante es que no podemos pensar en una meta preconcebida. Desde lo que cada uno es en el núcleo de su ser, debe desplegar todas las posibilidades sin pretender saber de antemano a dónde le llevará la experiencia de vivir. En la vida espiritual es ruinoso el prefijar metas a las que tienes que llegar. Se trata de desplegar una Vida y como tal, es imprevisible, porque toda vida es, ante todo, respuesta a los condicionamientos del entorno. No pretendas ninguna meta, simplemente camina hacia delante.

En cada una de las dos parábolas que hemos leído, se quiere destacar un aspecto de esa realidad potencial dentro de la semilla. En la primera, su vitalidad, es decir, la potencia que tiene para desarrollarse por sí misma. En la segunda quiere destacar la desproporción entre la pequeñez de la semilla y la planta que de ella sale. Parece imposible que de una semilla apenas perceptible, surja, en muy poco tiempo una planta de gran altura. En ambos casos, lo único que necesita la semilla es un ambiente adecuado para desplegar su vitalidad.

Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si, de verdad, hemos descubierto y aceptado el Reino de Dios y si le hemos rodeado de unas condiciones mínimas indispensables para que pueda desplegar su propia fuerza. Si aún no se ha desarrollado, la culpa no será de la semilla, sino nuestra, por impedírselo de alguna manera. La semilla se desarrolla por sí sola, pero necesita un mínimo de humedad, de luz y de temperatura para poder desplegar su vitalidad latente. La semilla con su fuerza está en cada uno. Solo espera una oportunidad.

Con demasiada frecuencia olvidamos que no somos nosotros los que desarrollamos el Reino, sino que él se desarrolla en nosotros. Incluso los que tenemos como tarea hacer que el reino se desarrolle en los demás, olvidamos ese dato fundamental. No tenemos paciencia para dejar tranquila la semilla, o intentamos tirar de la plantita en cuanto asoma y en vez de ayudarla a crecer, lo que hacemos es desarraigarla. O damos por perdida la semilla antes de que haya tenido tiempo de germinar.

También puede hundirnos en la miseria el ansia de producir fruto sin haber pasado por las etapas de crecer como tallo, luego la espiga y por fin el fruto. También la vida espiritual tiene su ritmo y hay que procurar seguir los pasos por su orden. La mayoría de las veces nos desanimamos porque no vemos los frutos de nuestro esfuerzo. Debemos tener paciencia. Cada paso que demos es un logro y en él ya podemos descubrir el fruto, aunque nos parezca que no llega nunca.

El Reino no es ninguna realidad distinta de Dios mismo. Es la semilla divina la que está sembrada en cada uno de nosotros. Ella es la que tiene que desarrollarse y hacerse visible externamente. El Reino de Dios no es nada que podamos ver ni tocar. Es una realidad espiri¬tual. Ahora bien, si está o no está en nosotros lo tenemos que descubrir a través de las obras. Si actuamos de una manera, demostramos que el Reino está en nosotros. Si actuamos de otra demostramos que el Reino aún no se ha desarrollado.

Jesús experimentó dentro de sí mismo esa Realidad y la manifestó en su vida diaria. Toda su predicación consistió en proclamar esa posibilidad. El Reino de Dios está dentro de nosotros pero sin descubrirlo. Jesús hace referencia a esa realidad constantemente. Creo que aún hoy, nos empeñamos en identifi¬car el Reino de Dios con situaciones externas. La lucha por el Reino tiene que hacerse dentro de nosotros mismos. Solo cuando lo hayamos dejado crecer dentro, se manifestará al exterior a través nuestro.

Estas dos parábolas desbaratan el afán moralizante que ya enseña la oreja en muchas partes de los evangelios. No nos dicen lo que tenemos que hacer, y mucho menos lo que no tenemos que hacer. Parece más bien que nos invita a no hacer y dejar que otro haga. Este aspecto me encanta, porque creo que nadie tiene derecho a decir a otro lo que tiene que hacer o dejar de hacer. Lo importante está en descubrir lo que somos y actuar o dejar de actuar según las exigencias de nuestro verdadero ser. Decían los escolásticos que el obrar sigue al ser. Ser más y aparentar menos. Tal vez debemos olvidarnos de muchas normas que hemos cumplido mecánicamente y tratar de que lo que nos hace más humano surja de lo hondo de nuestro ser y no de las programaciones recibidas de fuera.

Meditación- contemplación

El Reino de los cielos no se parece a nada.
Solo tú puedes crearlo y mantenerlo.
Dios en ti será siempre único e irrepetible.
La manera de manifestarlo será siempre original.
..........................
El Reino nunca será el fruto de una programación.
No surgirá por muchas doctrinas que atesores.
No lo encontrarás en los ritos litúrgicos.
Tampoco es producto del cumplimiento de unas normas morales.
........................
Surgirá de una intuición de lo que en realidad eres,
manifestada en tus relaciones con los demás;
cuando dejes de considerarte como un yo aislado
y descubras que eres uno con toda la Realidad.
...............................

Fray Marcos


EL REINO DE DIOS: PLENITUD QUE SE DESPLIEGA
Mc 4, 26-34

El "reino de Dios" constituye el núcleo del anuncio de Jesús, su pasión y su utopía: es lo que ocupaba su corazón, lo que vivió y lo que proclamó.

Anuncia que "está cerca" (Marcos 1,15), que se halla ya "dentro de vosotros" (Lucas 17,21) y que se hace presente en su propio actuar (Mateo 20,28).

Y lo explicita a través de parábolas, la mayoría de las cuales están centradas expresamente en él: "el reino de Dios se parece a...; es como...".

Si no queremos, por tanto, perdernos lo que constituye la centralidad del mensaje evangélico, tenemos que empezar por comprender el significado de esa expresión, en el momento en que vivimos.

Cada vez somos más conscientes de que toda realidad profunda, no solo es paradójica –la paradoja no expresa sino los límites de la mente, "plana" por su propia naturaleza-, sino que es susceptible de diferentes niveles de lectura, por ser portadora de significados múltiples.

Para empezar, me parece que –dentro de un lenguaje religioso-, "reino de Dios" puede entenderse como el mundo tal como Dios lo sueña. En este nivel de lectura, su opuesto sería el "reino del mal". Desde esta perspectiva, construir el reino –la tarea a la que nos sentimos convocados los discípulos de Jesús- equivale a favorecer el bien de todos los seres, en todos los sentidos. Justo aquí se enraíza el mandato del maestro y la vivencia de la compasión, eje central de su mensaje.

Desde otro ángulo cercano, podría traducirse "reino de Dios" como "fraternidad" que, según la intuición de Jesús, arranca o se funda en la experiencia de filiación: podemos vivirnos como hermanos porque nos experimentamos hijos de la misma Fuente (Abba: Padre querido).

La fraternidad, pues, nace, no del voluntarismo ético –aunque requiera esfuerzo-, sino de la comprensión de quienes realmente somos. Es precisamente esa "nueva consciencia" la que hace posible unas nuevas relaciones y unas nuevas estructuras.

Tal como aparece en el evangelio, el "reino de Dios" hace referencia a un nuevo tipo de sociedad, basada en unas relaciones nuevas, caracterizadas por la fraternidad, sentida como compasión y vivida como servicio (de quien busca, "no ser servido, sino servir", como el propio Jesús: Marcos 10,45).

Desde otra perspectiva, "reino de Dios" es sinónimo de Plenitud. Se comprende que, al plantearlo desde la mente, se haya proyectado al "más allá" de la muerte. Por una razón simple: para la mente –para el yo-, la plenitud se imagina posible únicamente en el futuro. Sin embargo, en la medida en que somos capaces de acallar los pensamientos –de dejar de identificarnos con ellos- y experimentamos el presente, caemos en la cuenta de que la Plenitud, sencillamente, es.

Plenitud es otro nombre del Presente; otro nombre, por tanto, de Dios. Es el "reino de Dios".

Me parece importante subrayar que estos niveles de lectura son diferentes, pero no contradictorios. Y, en su convergencia, nos permiten una comprensión mayor.

En la expresión "reino de Dios" volvemos a encontrar las "dos caras" de lo Real: la Plenitud que ya es, desplegándose o expresándose en la historia manifiesta; el Vacío y la forma; el Ser y los entes; el Misterio inmanifestado y las manifestaciones concretas... Y todo ello, sin ningún tipo de dualismo, sino en el Abrazo integrado de la No-dualidad en el que se reconocen, a la vez, las diferencias en las formas y la identidad o unidad compartida.

Desde esta perspectiva y con esta clave, las parábolas de Jesús resultan sabias e iluminadoras. Como una semilla que germina, crece, fructifica..., a pesar de cualquier apariencia en contra, el Misterio de Lo que es se despliega imparable en una "lógica" que se le escapa a nuestra mente y, con frecuencia, la desconcierta, pero que es Sabiduría.

En un imperceptible granito de mostaza, se encuentra ya la planta capaz de cobijar a los pájaros. De un modo similar, en la medida en que somos capaces de ver el "reino de Dios" en lo más cotidiano, ahí mismo, en su núcleo, encontramos toda Vida y todo "cobijo".

Ahora bien, no podremos comprender el "reino de Dios" hasta que no lo seamos. O con más precisión: hasta que no descubramos que constituye nada menos que nuestra verdadera identidad.

Una ola puede "saber" cosas sobre el océano, pero únicamente lo "conoce" cuando descubre que el océano no es "otra realidad separada", sino su naturaleza más profunda.

El "reino de Dios" es otro nombre de nuestra verdad última. Con razón decía Jesús que estaba "dentro de nosotros" (Lucas 17,21). Así como la ola no es sino la misma agua que se "manifiesta" en una forma concreta, nosotros somos "formas" en las que se expresa lo Real.

El despliegue que se ofrece a nuestra vista es ya el reino de Dios; aparece como "semilla" que va germinando y creciendo, pero contiene en sí todo lo que es.

En la medida en que lo comprendemos, nos reconocemos "en casa" ("cobijados"). Y en esa misma medida, lo irradiamos. Porque nuestra práctica, en ese caso, no será una condición para que el reino llegue, sino una expresión de que el reino ya está y siempre ha estado. Solo nos falta verlo, reconocerlo, caer en la cuenta...

Al final, venimos a descubrir que las parábolas de Jesús se refieren a nosotros mismos y nos revelan nuestra verdadera identidad.

Enrique Martínez Lozano
www.enriquemartinezlozano.com