lunes, 14 de mayo de 2012

Reconstruye mi Iglesia - Cristián del Campo

Siempre es bueno hacer un ejercicio de autocrítica, para sacudirnos de cegueras o fanatismos, comparto algunos textos que me parecieron interesantes:

Desde Chile:
“Reconstruye mi Iglesia”
CRISTIÁN DEL CAMPO
Capellán de Un Techo para Chile y Un Techo para mi País.

Unos 800 años atrás el joven Francisco de Asís oyó que el mismo Cristo le decía: “reconstruye mi Iglesia que está en ruinas”. Cuenta la historia que el pobre de Asís se lo tomó bien en serio y literalmente comenzó a reparar distintas iglesias y capillas. Hasta que comprendió que la reparación era más profunda: era la reconstrucción espiritual de una Iglesia cargada de opulencia y mareada con tanto poder. Ocho siglos después, necesitamos emprender otra reconstrucción que surge del profundo amor que le tenemos a nuestra Iglesia, pues lo que hemos vivido en estos últimos años nos tiene que llevar a reaccionar. A 50 años del inicio del Concilio Vaticano II, que abrió las ventanas de la Iglesia para que entrara viento fresco, hoy es nuestra oportunidad.

Para no abundar en puras generalidades y atendiendo a nuestro contexto chileno, humildemente, propongo 10 ideas:

1.- Primera lección del Concilio: volver a la fuente que es Jesucristo. Nada de lo que digamos o hagamos puede ir en contra de lo más esencial que nos vino a transmitir: el amor a Dios se expresa en el amor al prójimo. Podrán faltar muchas cosas, pero jamás la acogida, respeto y cariño que todo hombre y mujer merece.

2.- Aún más: Jesús amó a todos, pero preferentemente a los más excluidos y despreciados. Sin esa opción nuestra fe no es cristiana. Por eso, no solo hay que rechazar las últimas declaraciones del Cardenal Medina, sino reprenderlo. Porque Jesús no dudó en “pararle los carros” al primer Papa, cuando éste quiso llevar las cosas por un camino que no era el de Dios.

3.- Bien nos vendría un tiempo comunitario de penitencia, convocado por nuestros Pastores, que exprese nuestra necesidad de purificación. Y que esa purificación se exprese luego pidiendo perdón a los que más hemos ofendido y dañado, e intentando reparar lo que más se pueda el daño ocasionado.

4.- Abrir en la Iglesia mayores espacios de participación verdaderos y efectivos. Propongo para partir una política de affirmative action con las mujeres, que asegure su liderazgo en comisiones, consejos y secretariados.

5.- Ser capaces de distinguir entre aquello que podemos discutir de aquello verdaderamente incuestionable, encarnando así la máxima de San Agustín: en lo esencial, unidad; en la duda, libertad; en todo, caridad.

6.- Que ninguno de nosotros, curas o laicos, se ponga a tirar piedras desde la vereda de enfrente, como si esta Iglesia no fuera su Iglesia. Amarla es aportar activamente desde dentro con fidelidad y libertad.

7.- Sentarnos a hablar, junto con los laicos, de temas pastorales claves: acogida a homosexuales y parejas homosexuales, comunión a separados, fertilización asistida y métodos no naturales de anticoncepción. Y que lo que la experiencia pastoral nos regala a diario, nos sirva de insumo para dialogar con el Magisterio.

8.- Que los curas seamos evaluados, por ejemplo, en lo que predicamos dominicalmente. Basta ya de prédicas largas, aburridas, con lenguaje decimonónico y desconectadas de la realidad. Y sobre todo, ojo con los que quieren pasar por paladines de la ortodoxia, disfrazando opiniones personales en lo que el Magisterio nunca ha sostenido.

9.- Que los laicos no le echen la culpa al empedrado y se la jueguen por formarse para ser adultos en la fe, y no sigan por la vida con 30, 50 ó 70 años con lo mismo que aprendieron en el colegio o en la catequesis de la parroquia ¿Cuál es la última carta pastoral o encíclica que leímos? Si no nos informamos mínimamente, no haremos más que “repetir como loros” lo que dice el último titular del diario o lo que se comenta en Twitter.

10.-  Apostar a que nuestra credibilidad como Iglesia se recuperará en la medida que “arranquemos hacia adelante”: abriéndonos en vez de replegarnos, conversando en vez de callarnos, confiando antes que desconfiando que la sociedad secular avanza también en la búsqueda de la verdad, de la justicia y de una mayor humanidad.

Hay mucho más, ciertamente. La lista queda abierta para ser discutida y completada.

Francisco de Asís no la tuvo fácil. Tuvo que combatir el statu quo, los miedos a la pobreza, el vértigo hacia lo novedoso, la resistencia hacia lo distinto. Pero Francisco persistió porque Dios se lo había pedido. Y de tanto insistir se encontró en el camino con otros compañeros que soñaban lo mismo, con Clara de Asís, y con miles y millones que reconstruyeron la Iglesia porque la amaban.





Desde Perú:
La iglesia catolica está secuestrada

Por Victor Vich 

La iglesia católica vive tiempos oscuros. Ha sido tomada por un conjunto de fundamentalistas que no toleran la diferencia de opiniones ni el debate intelectual, que han sustraído toda autocrítica personal del mensaje realmente incómodo del hijo de Dios y cuyo único objetivo parece ser la pura ambición económica y el poder político. “Mi reino no es de este mundo” (Jn. 18, 36), dijo Jesús y lo dijo para subrayar que el modelo de vida que proponía era completamente distinto a las viles pasiones que mueven a los hombres. Jesús nunca se refirió a las pasiones de índole sexual sino a aquellas más humanas que buscan juicios, ambicionan propiedades, se seducen con sortijas y mitras, y que gozan de ejercer poder sobre los demás.

Hoy la iglesia no la dirigen personajes que admiremos por su humildad ni por su compromiso ante los hombres. Tampoco los admiramos por su inteligencia ni por su producción teológica ni por su diálogo con la cultura universal. Hoy muchos de los sacerdotes tienen una pésima formación académica que no es producto de la duda que el verdadero conocimiento trae consigo sino de la paporreta de los dogmas y la normativa. Las mejores clases sobre Nietzsche que yo escuché fueron las de Vicente Santuc. Hoy, por el contrario, muchos nuevos sacerdotes no saben nada de filosofía, nada de ciencias sociales y casi nada de literatura. En mi colegio, sin embargo, los jesuitas nos hacían leer a César Vallejo y a Jorge Eduardo Eielson; a José María Arguedas y a Luis Hernández. Nos llevaban al teatro a ver Collacocha y disfrutaban con nosotros de los Beatles y de Pink Floyd. También nos llevaban a cortar caña en las haciendas azucareras del norte y a deshierbar café en la selva de Cajamarca. Pero hoy es aún peor: muchos de los sacerdotes actuales pueden llegar a admirar a un dictador corrupto de la misma manera en que están fascinados con una imagen de plástico como aquella del morro solar. Han perdido sentido estético y parecen haber olvidado las propias palabras de Jesús: “No todo el que dice señor, señor, entrará al reino de los cielos (Mt. 7, 21)”.

Hoy muchos sacerdotes vuelven a vestirse de negro, a usar cuellos cerrados y se ve en ellos una manifiesta voluntad de diferenciarse del resto como si fueran personajes “superiores” y tuvieran garantizado el paraíso divino. No los vemos trabajando con la gente y promoviendo mejores vínculos entre las personas sino obsesionados en controlar el cuerpo de la mujer y en juzgar la vida sexual de todos nosotros. Hoy tenemos a un conjunto de inquisidores que ha adquirido mucho poder y que está empobreciendo a la tradición católica. Yo me formé en otra iglesia, con sacerdotes -como el padre Gastón Garatea- que entregaban su vida al servicio de los demás y que sabían bien que el mensaje de Cristo era un mensaje liberador situado más allá de la dialéctica entre la ley y su transgresión. Ni ley, ni trasgresión: solo un mensaje de verdadera humildad y de real compromiso con los demás sin importar sus credos o sus opciones privadas. Un mensaje de profunda solidaridad humana. Casi nada de eso vemos en la iglesia de hoy: la han secuestrado.