martes, 10 de abril de 2012

Entrevista a José Antonio Pagola sobre la situación actual de la Iglesia


Lleva años vigilado. Los libros de José Antonio Pagola, que se venden como rosquillas, sufren todo tipo de censuras eclesiásticas, pero él no siente “resentimiento”. Al contrario, los conflictos le ayudan a vivir su fe de una forma “más desnuda”. Siempre libre, le duele la actual situación de involución eclesial y el “abandono del Concilio”. Pero, siempre positivo, cree en una Iglesia “más indignada” y “más samaritana”, al tiempo que se alegra por el proceso de paz que se está viviendo en Euskadi y pide que no se desgasten “palabras tan hermosas y evangélicas como perdón y reconciliacion”.

Después de tantos años de oscuridad y sufrimiento, ¿siente que la paz en Euskadi ha llegado para quedarse?

Sí. Ahora la hemos de ir consolidando día a día. Hemos sufrido tanto que no podemos volver a caer de nuevo en un horror parecido. Nos hemos visto frustrados tantas veces, que no podemos sino trabajar con todas nuestras fuerzas por conseguir una convivencia digna, más sana, más dialogante.

¿Reconciliación y perdón tienen que ir de la mano para conseguir la paz definitiva?

Tengo la sensación de que estamos desgastando e, incluso, manipulando estas palabras tan hermosas y tan evangélicas. Las declaraciones públicas honestas son necesarias, pero yo creo más en los pequeños pasos de distensión y acercamiento que se dan día a día en los ayuntamientos, en los bares y en diferentes ambientes de los pueblos… Creo también en la tarea educadora y concienciadora de organismos como Baketik, desde el santuario franciscano de Aránzazu, o en esa docena de encuentros entre miembros de ETA y sus víctimas, que está impulsando la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias en la cárcel de Nanclares de la Oca. Es necesario crear un clima en el que, dejando a un lado ideologías fanáticas y partidismos viscerales, aprendamos a sentir mucho más el sufrimiento ajeno. No superaremos el mutuo recelo si no nos sentimos más unidos en la búsqueda de un futuro más digno y humano para todos. Yo creo en esos miles de personas buenas y sensatas, que nos pueden arrastrar hacia una convivencia reconciliada.

¿Hay resistencias a la reconciliación también dentro de la Iglesia?

A nadie le oigo decir que está en contra de la reconciliación, pero siempre ha habido entre nosotros creyentes de diverso signo político en los que la propia ideología tiene más fuerza que la fe para configurar su comportamiento práctico.

¿La Iglesia vasca ha estado mediatizada por la violencia, que tapó su excelente labor pastoral?

Creo que la actividad de ETA ha dañado gravemente y durante largos años la convivencia de este pueblo, la imagen real del País Vasco, el desarrollo económico, la información veraz, la tarea educativa y también el quehacer de la Iglesia. Yo pude conocer de cerca el esfuerzo que tuvimos que hacer para impulsar la renovación conciliar, sin asfixiarnos en el clima de asesinatos, Estados de excepción, redadas de presos, secuestros inhumanos, polémicas alimentadas por intereses ajenos a la verdad…

¿La involución eclesiástica, al menos en España, está poniendo en sordina al Vaticano II?

Sí. A mi juicio, el abandono del Concilio es uno de los hechos más deplorables en la Iglesia actual. Es un drama que la Iglesia pretenda caminar hacia el futuro, en medio de una sociedad plural y secularizada, de espaldas a la perspectiva, las líneas de fuerza y el espíritu del Concilio. Si el Vaticano II ha sido, según Juan Pablo II, la mayor gracia que ha recibido la Iglesia en el siglo veinte, estamos cometiendo un grave pecado contra esa gracia. En muchos lugares la gracia del Concilio no está llegando al pueblo de Dios.

¿Cómo recuperar la ilusión pastoral de aquella primavera eclesial?

No hay que pensar en un nuevo Concilio ni esperar el liderazgo de un Papa renovador. Tampoco podemos soñar en recetas mágicas. Necesitamos conocer, cuanto antes, un clima más sano y amable, introducir en la Iglesia la confianza, sentirnos unidos en un proyecto de fondo con el que nos podamos identificar todos. Este clima sólo lo puede generar Jesús. La reacción vendrá de los sectores más evangélicos de la Iglesia: los grupos de gente sencilla, reunida en torno al evangelio de Jesús. Es ahí donde se está gestando ahora mismo una ilusión nueva por una Iglesia más evangélica. Creo que desde esos pequeños grupos se va a caminar en las próximas décadas hacia una nueva fase de cristianismo más fiel a Jesús y a su proyecto del reino de Dios.

¿Hay un intento por parte de un sector de la jerarquía, capitaneada por el cardenal Rouco, de cambiar la línea pastoral de la Iglesia vasca? ¿Tan mal lo hicieron ustedes hasta ahora?

Probablemente, las cosas no son tan simples. El cambio drástico de orientación pastoral no es un episodio de las diócesis vascas. Está sucediendo en bastantes diócesis de España, de Europa y Latinoamérica… Este cambio no se está produciendo como resultado de una evolución de la reflexión postconciliar. Es fruto de una estrategia decidida a espaldas de las iglesias diocesanas: designación de obispos de perfil no conciliar, consignas muy precisas de actuación pastoral, marginación de las generaciones de presbíteros del Concilio, imposición de un estilo de gobierno más autoritario, debilitamiento de los Consejos Presbiterales, impulso de prácticas preconciliares… Probablemente, todo esto nació de la voluntad de corregir abusos y desviaciones después del Concilio, pero es evidente que se ha ido demasiado lejos. Como decía K. Rahner poco antes de su muerte, yo también creo que sólo se trata de una «ola pasajera de resistencia al Concilio». Antes de muchos años, se impondrá una mayor sensatez evangélica y eclesial.

¿Por qué el Jesús de la historia asusta todavía en ciertos ambientes eclesiásticos?

El miedo a Jesús ha existido siempre. Es un fenómeno casi inconsciente, pero muy explicable. Jesús hace a las personas más libres; atrae hacia el amor, no hacia las normas; llama a sus seguidores a colaborar en el proyecto del reino de Dios, no en cualquier estrategia pastoral; nos recuerda que los últimos han de ser los primeros; centra a sus seguidores en lo esencial del Evangelio, no en prácticas y devociones secundarias… Nada hay más peligroso para una Iglesia que busca seguridad, orden y disciplina, que una corriente fuerte de seguidoras y seguidores de Jesús, que recuperan su espíritu, su fuego y su pasión por el reino de Dios.

¿Cómo lleva los vetos, directos o indirectos, a su obra por parte de algunos jerarcas?

Poco a poco, me voy dando cuenta de que es lo mejor que me ha podido ocurrir al final de mi vida. Estos conflictos me están llevando a un contacto más vital con Jesús, pues me obligan a vivir mi fe con más verdad y de manera más desnuda. Si no me apoyo en Jesús, mi vida y mi trabajo no tienen en estos momentos ningún sentido. Además, no soy capaz de sentir resentimiento contra nadie. No es ascesis. Es un regalo que me ha hecho Dios a través de mi madre. Ella era así.

¿Con Rajoy la Iglesia vivirá mejor?

A la Iglesia no le ha de preocupar si vivirá mejor o peor, sino cómo estará más cerca de los que viven mal y cómo mostrará mejor el rostro bueno de Dios a tanta gente necesitada de aliento y esperanza. Si piensa en Rajoy o en Zapatero, ha de ser para no dar a ningún César lo que sólo es de Dios. Y de Dios son los pobres y los pequeños: de ellos es el reino de Dios. Estos tiempos están pidiendo una Iglesia más indignada y solidaria, que defienda a los que no tienen empleo, a las familias sin ingreso alguno, a los desahuciados… Nadie ha de ser sacrificado a ningún mercado, a ningún poder financiero.

¿Cómo puede recuperar nuestra Iglesia la credibilidad y la confianza social, perdidas según todas las encuestas?

La gente empezará a creer en nosotros el día en que no nos preocupemos tanto de nuestra credibilidad. No podemos seguir viviendo en medio de los sufrimientos, contradicciones y conflictos de esta sociedad con «la ilusión de inocencia» propia de «espectadores» que pretenden estar casi siempre por encima del bien y del mal. La sociedad creerá en nosotros si nos ve vulnerables y cercanos, aceptando nuestros errores y torpezas, pero sufriendo de verdad junto a los que sufren. En la Iglesia hemos de preguntarnos de quiénes nos preocupamos, además de preocuparnos de nosotros mismos. Sólo la compasión hará a la Iglesia más humana y creíble. El día en que descubramos el mundo con los ojos de Jesús y tratemos a las personas como las trataba él, la gente se acercará a la Iglesia. ¿Cómo creerán hoy en la Iglesia las mujeres maltratadas si no sienten nuestra indignación y nuestra defensa?

¿A qué obedece el miedo que se palpa entre los teólogos, los religiosos y las organizaciones eclesiales más abiertas y proconciliares?

Creo que no todo es miedo. En ambientes que yo conozco, percibo un clima complejo de desconcierto, pena, decepción, orfandad, cansancio… Hay comunidades y grupos cristianos que se sienten marginados o suplantados, en su propia parroquia, por otros grupos y movimientos. Se sienten perdedores. Saben que les toca sufrir, sin que apenas nadie escuche su sufrimiento. Recientemente he podido ver las lágrimas en dos militantes de la Pastoral Obrera que se sienten postergados por la Iglesia. Pero conozco también con qué fe acuden muchos a Jesús para encontrar aliento y fuerza, cómo oran algunas comunidades religiosas por esta Iglesia que les hace sufrir… Estos «granos de trigo», caídos en tierra… darán un día mucho fruto.

¿Dónde están los profetas de la Iglesia española a los que cantaba otrora Ricardo Cantalapiedra?

Tal vez, lo más preocupante es que no se les echa en falta. Pedimos vocaciones para el servicio presbiteral porque hay pocos curas, pero no pedimos que surjan profetas. ¿No los necesitamos? Hoy, una vez más, corremos el riesgo de caminar hacia el futuro, privados de espíritu profético. Más aún. Corremos el riesgo de organizarnos de manera anti-profética, quedándonos ciegos para discernir los signos de los tiempos y sordos para escuchar lo que el Espíritu de Jesús nos está diciendo a las iglesias. Sin profetas, es difícil que la Iglesia tome conciencia de su pecado e infidelidad a Jesús. Pero, tal vez, lo que necesitamos es comunidades proféticas donde aprendamos a vivir con indignación, con compasión solidaria, con gestos liberadores, con libertad de espíritu, defendiendo a los últimos, acogiendo incondicionalmente a todos, sembrando en la sociedad signos de esperanza. Este espíritu profético sólo puede nacer de Jesús al contacto con su Evangelio.

¿Es pecado ser nacionalista? Porque eso es lo que sostienen sectores eclesiales más conservadores.

Todo el mundo sabe que ser nacionalista no es pecado. Ni en Bilbao, ni en Barcelona, ni en Santiago de Compostela ni en Toledo o Madrid.

¿Qué siente ante la proliferación de noticias sobre las intrigas vaticanas?

Tristeza e indignación. Suelo pensar en Jesús, que, al llegar a Jerusalén, se echa a llorar diciendo: «¡Si comprendieras los caminos de la paz! Pero tus ojos siguen cerrados». No sé si en el Vaticano se siente necesidad de conversión. Sus oídos no escuchan las llamadas que constantemente se le hacen en nombre del Evangelio. Sus ojos están cerrados: no ven los caminos que nos podrían llevar hacia una Iglesia más fiel a su único Señor. Y, sin embargo, intuyo que un intento lúcido y responsable de conversión, promovido por el Papa, encontraría prácticamente la aprobación entusiasta de todos los obispos de la Iglesia universal.

Para defender a los que más sufren la crisis y a los desempleados, ¿no tendría que hacer «un gesto fuerte» la Iglesia española y su jerarquía?

La crisis va a ser larga. Nos puede hacer a todos más humanos y más solidarios. Para la Iglesia, para la Jerarquía y para todos nosotros, puede ser un tiempo de gracia. Sería un error publicar cartas pastorales y exhortaciones para luego permanecer más o menos como espectadores de la crisis. Es el momento de dar pasos decisivos hacia una Iglesia samaritana. En primer lugar, hemos de aprender a relacionarnos de manera más directa con los sufrimientos que está generando la crisis (familias desahuciadas, sin ingreso alguno, necesitados privados de atención social, inmigrantes sin futuro alguno…). En segundo lugar, hemos de «recortar» nuestros presupuestos y nivel de vida para poder compartir más lo nuestro con los necesitados. Cada uno sabrá qué «gestos fuertes» puede hacer. Creo que, en los próximos años, podemos aprender a vivir de manera más austera y más sana, renunciando a muchos gastos superfluos y encontrando cauces sencillos pero eficaces para ayudar a gente que lo está pasando muy mal.
RESUMEN:

“Hemos sufrido tanto que no podemos volver a caer de nuevo en un horror parecido”

“Estamos desgastando e, incluso, manipulando palabras tan hermosas y tan evangélicas como perdón y reconciliación”

“Dejemos a un lado ideologías fanáticas y partidismos viscerales, y aprendamos a sentir mucho más el sufrimiento ajeno”

“Hay creyentes en los que la propia ideología tiene más fuerza que la fe”

“La actividad de ETA ha dañado gravemente y durante largos años la convivencia de este pueblo y tambien el quehacer de la Iglesia”

“El abandono del Concilio es uno de los hechos más deplorables en la Iglesia actual”

“En muchos lugares la gracia del Concilio no está llegando al pueblo de Dios”

“La reacción (frente a la involución) vendrá de los sectores más evangélicos de la Iglesia”

“Necesitamos introducir en la Iglesia la confianza y un clima más sano y amable”

“Al igual que Rhaner, creo que sólo se trata de una ‘ola pasajera de resistencia al Concilio’”

“No soy capaz de sentir resentimiento contra nadie”

“Los conflictos con la jerarquía me obligan a vivir mi fe con más verdad y de manera más desnuda”

“Creo que en las próximas décadas llegaremos a una nueva fase de cristianismo más fiel a Jesús”

“Hay una estrategia no conciliar decidida a espaldas de las iglesias diocesanas”

“Pronto se impondrá una mayor sensatez evangélica y eclesial.
El miedo a Jesús ha existido siempre”

“Nada hay más peligroso para una Iglesia que busca disciplina, que una corriente fuerte de seguidoras y seguidores de Jesús”

“Estos tiempos están pidiendo una Iglesia más indignada y solidaria”

“Nadie ha de ser sacrificado a ningún mercado, a ningún poder financiero”

“La gente empezará a creer en nosotros el día en que no nos preocupemos tanto de nuestra credibilidad”

“El día en que tratemos a las personas como las trataba Jesús, la gente se acercará a la Iglesia”

“Sólo la compasión hará a la Iglesia más humana y creíble”

“Percibo en la Iglesia un clima complejo de desconcierto, pena, decepción, orfandad, cansancio…y miedo”

“Lo más preocupante es que no se echa en falta a los profetas”

“Todo el mundo sabe que ser nacionalista no es pecado”

“El Vaticano no escucha las llamadas que constantemente se le hacen en nombre del Evangelio”

“Un intento lúcido y responsable de conversión, promovido por el Papa, encontraría prácticamente la aprobación entusiasta de todos”

“La crisis nos puede hacer a todos más humanos y más solidarios”

“Es el momento de dar pasos decisivos hacia una Iglesia samaritana”