jueves, 22 de marzo de 2012

EL ATRACTIVO DE JESÚS - José Antonio Pagola


EL ATRACTIVO DE JESÚS - José Antonio Pagola

Unos peregrinos griegos que han venido a celebrar la Pascua de los judíos se acercan a Felipe con una petición: «Queremos ver a Jesús». No es curiosidad. Es un deseo profundo de conocer el misterio que se encierra en aquel hombre de Dios. También a ellos les puede hacer bien.

         A Jesús se le ve preocupado. Dentro de unos días será crucificado. Cuando le comunican el deseo de los peregrinos griegos, pronuncia unas palabras desconcertantes: «Llega la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre». Cuando sea crucificado, todos podrán ver con claridad dónde está su verdadera grandeza y su gloria.

         Probablemente nadie le ha entendido nada. Pero Jesús, pensando en la forma de muerte que le espera, insiste: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». ¿Qué es lo que se esconde en el crucificado para que tenga ese poder de atracción? Sólo una cosa: su amor increíble a todos.

         El amor es invisible. Sólo lo podemos ver en los gestos, los signos y la entrega de quien nos quiere bien. Por eso, en Jesús crucificado, en su vida entregada hasta la muerte, podemos percibir el amor insondable de Dios. En realidad, sólo empezamos a ser cristianos cuando nos sentimos atraídos por Jesús. Sólo empezamos a entender algo de la fe cuando nos sentimos amados por Dios.

         Para explicar la fuerza que se encierra en su muerte en la cruz, Jesús emplea una imagen sencilla que todos podemos entender: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». Si el grano muere, germina y hace brotar la vida, pero si se encierra en su pequeña envoltura y guarda para sí su energía vital, permanece estéril.

         Esta bella imagen nos descubre una ley que atraviesa misteriosamente la vida entera. No es una norma moral. No es una ley impuesta por la religión. Es la dinámica que hace fecunda la vida de quien sufre movido por el amor. Es una idea repetida por Jesús en diversas ocasiones: Quien se agarra egoístamente a su vida, la echa a perder; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida.

         No es difícil comprobarlo. Quien vive exclusivamente para su bienestar, su dinero, su éxito o seguridad, termina viviendo una vida mediocre y estéril: su paso por este mundo no hace la vida más humana. Quien se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay una manera más apasionante de vivir que hacer la vida de los demás más humana y llevadera. ¿Cómo podremos seguir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vida?

José Antonio Pagola
SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde el poder de atracción de Jesús. Pásalo.
25 de Marzo de 2012
5 Cuaresma (B)
Juan 12, 20-33

fuentes:

¡QUIERO VER TU ROSTRO!

Tú, mi esperanza,
óyeme para que no sucumba al desaliento.
Tú, mi anhelo,
óyeme para que no me dé por satisfecho.
Tú, vida para mi vida,
óyeme para que no deje de buscarte.

Buscarte día a día,
en soledad y compañía,
en los momentos de euforia y alegría,
y en los de tedio y desgana.
Buscarte compartiendo y recibiendo,
buscando y preguntando,
sirviendo y sembrando,
luchando y amando,
orando y glorificando,
trabajando y estudiando,
dialogando y soñando,
muriendo y creando,
viviendo sin fronteras ni murallas.

¡Te busco, Dios!
¡Quiero ver tu rostro!
¡¡Quiero ver tu rostro!!

Saliste a mi encuentro cuando no te esperaba.
Atravesaste puertas y ventanas,
valles y montañas
ríos y murallas,
desiertos y playas,
calles y plazas,
tugurios e iglesias,
tabernas y fábricas...
Te hiciste el encontradizo.
Me sorprendiste a tu manera.
Me tomaste de la mano
como si nos conociéramos de toda la vida.
Y estuvimos un rato juntos.

Te vi un poco,
te sentí junto a mí.
Quiero conocerte más
y tenerte más cerca.
Quiero sentir el calor de tu regazo,
la ternura de tus entrañas,
la pasión de tu corazón,
la angustia de tu alma,
las palabras de tu boca,
el aliento de tu espíritu...
No te hagas esperar.
Te estoy llamando.
Ábreme y déjame entrar...

¡Te busco, Dios!
¡Quiero ver tu rostro!
¡¡Quiero ver tu rostro!!

 Florentino Ulibarri


Jn 12, 20-33 - Si el grano no cae en tierra y muere, queda infecundo.

SEGUIR A JESÚS ES DAR LA VIDA,
POR AMOR, DÍA A DÍA

CONTEXTO 
Estamos en el capítulo 12 del evangelio de Juan. Después de la unción en Betania y de la entrada triunfal en Jerusalén, y como respuesta a los griegos que querían verle, Jesús hace un pequeño discurso que no responde ni a los griegos ni a Felpe y Andrés.

Versa, como el domingo pasado sobre la Vida, pero desde otro punto de vista. Aquí la Vida solo puede ser alcanzada después de haber aceptado la muerte. También hoy hace referencia a ser levantado en alto, pero aquí para atraer a todos hacia él.

Los “griegos” que quieren ver a Jesús podían ser simplemente extranjeros simpatizantes del judaísmo. El mensaje de Juan en este relato en muy claro: Los “judíos” rechazan a Jesús, y los paganos le buscan.

EXPLICACIÓN
Ha llegado la hora de que se manifieste la gloria de este Hombre. Todo el evangelio de Juan es como una gran lente que concentrara todos sus rayos en la “hora”. Por tres veces se ha repetido en el texto la palabra “hora”; y otras tres veces aparece el adverbio “ahora”.

No se trata de un tiempo cronológico, sino de un cairos, momento decisivo, manifestado en la muerte de cruz. Llegada la “hora”, se manifiesta la gloria-amor de Dios y de “este Hombre”. Reflejar lo que es Dios en su entrega total, será la mayor honra del hijo.

Todos estamos llamados a esa plenitud humana que se manifiesta en el amor-entrega. Ahora es posible la apertura a todos. El valor fundamental del hombre no depende ni de religión ni de raza ni de cultura. Los que buscaban su salvación en el templo, tiene que descubrirla ahora en “el Hombre”.

Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, permanece él solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto. Declaración rotunda y central en el mensaje de Jesús. Dar Vida es la misión de Jesús. La Vida solo se comunica aceptando la muerte. La Vida es fruto del amor, pero el egoísmo es la cáscara que impide germinar esa vida, aunque esté dentro de mí. Amar es romper la cáscara y darse deshaciéndose. La muerte del falso yo es la condición, para que la verdadera Vida se libere.

La verdadera potencialidad está latente hasta que es capaz de la entrega-amor total. La incorporación de todos a la Vida, será la tarea que se impone Jesús y será posible gracias a su entrega total hasta la muerte.

El fruto no va a depender de la comunicación de un mensaje. Dependerá de la manifestación de un amor total. El amor es el verdadero mensaje. “Si no muere, permanece él sólo” El fruto-amor solo puede darse en la nueva comunidad. Esta idea es original de Juan; no se encuentra en los demás evangelistas.

Hoy sabemos que el grano de trigo no muere más que en apariencia. Solo desaparece lo accidental para ser alimento de lo esencial. En la semilla hay vida, pero está latente, esperando la oportunidad de desplegarse. Esto es muy importante a la hora de interpretar el evangelio de hoy. La vida no se pierde cuando se convierte en alimento de la verdadera Vida. La vida biológica cobra pleno sentido cuando se pone al servicio de la Vida espiritual. La vida humana llega a su plenitud cuando trasciende lo puramente natural. Lo biológico no queda anulado por lo espiritual, sino potenciado y "plenificado".

Tener apego a la propia vida es destruirse, despreciar la propia vida en medio del orden este, es conservarse para una Vida definitiva. La plenitud del ser humano está en el amor. Pero si el amor no es total, no podremos alcanzar la meta. El amor tiene que superar el apego a la vida biológica.

En contra de lo que parece, entregar la vida no es desperdiciarla, sino llevarla a plenitud. No se trata de entregarla de una vez muriendo, sino de entregarla poco a poco en cada instante, sin miedo a que se termine. El mensaje de Jesús no conlleva un desprecio a la vida, sino todo lo contrario, solo cuando nos atrevemos a vivir a tope, dando pleno sentido a la vida, alcanzaremos la plenitud a la que estamos llamados.

La muerte al falso yo, no es el final de la vida biológica, sino su plenitud. Consciente de esto y perdido el temor a la muerte, nadie ni nada te puede esclavizar. El evangelista tiene muy claro cuál es el sentido de la muerte de Jesús, que no coincide en absoluto, con el sentido que se le ha dado después.

El que quiera colaborar conmigo, que me siga, y así, allí donde yo estoy, estará también mi colaborador. “Diakonos” significa servir, pero por amor, no servir como esclavo. Traducir por servir y servidor, no deja claro el sentido que el texto quiere dar. Jesús invita a seguirlo en el camino que acaba de trazar, dar la vida. Seguir a Jesús es compartir la misma suerte. Seguir a Jesús es entrar en la esfera de lo divino, es dejarse llevar por el Espíritu.

El lugar donde habita Jesús, es el de la plenitud del amor. Lo manifestará cuando llegue su “hora”. Allí entregando su vida, hará presente el Amor total, que es Dios. No se trata de la muerte física; mucho menos en el género de muerte que él sufrió. Se trata de dar la vida, día a día, en la entrega confiada a los demás.

En Jn 15,13, dice: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos”. Pero el texto griego no dice “bios” ni “zoe”, sino “psijes” que no significa vida biológica, sino vida síquica, es decir lo específicamente humano. El verdadero amor se manifiesta cuando pones todo lo que eres al servicio de los demás.

Ahora me siento fuertemente agitado; ¿Qué voy a decir? “Padre líbrame de esta hora” ¡Pero, si para esto he venido, para esta hora! En esta escena, que los sinópticos colocan en Getsemaní, se manifiesta la auténtica humanidad de Jesús. Nos está diciendo, que ni siquiera para Jesús fue fácil lo que está proponiendo. Se trata del signo supremo de la muerte al “ego”. Se deja llevar por el Espíritu, pero eso no suprime su condición de “hombre”. Su parte sensitiva protesta vigorosamente. Pero está en el ámbito de la Vida, y eso le permite descubrir que se trata del paso definitivo.

Ahora el jefe del orden este va a ser echado fuera. Cuando sea levantado de la tierra, tiraré de todos hacia mí. Como el domingo pasado, identifica la cruz y la glorificación, idea clave para entender el evangelio de Juan. Todos nos tenemos que sentir, no solo llamados, sino empujados hacia la misma meta.

APLICACIÓN 
Muerte y vida se entremezclan y se confunden en el evangelio de Juan. Para entender este lenguaje, hay que tener muy claro que está hablando de dos clases de muerte y dos clases de vida.

Una es la Vida con mayúscula (la espiri­tual y definitiva) como opuesta a la vida con minúscula (la biológica). Y una es la muerte espiritual al falso yo superando todo egoísmo y otra la muerte física, que ni añade ni quita nada al verdadero ser del hombre.

La muerte física no es imprescindible para llegar a la Vida. La muerte al falso “yo”, sí, porque es el único camino hacia la Vida. La vida interior, la vida divina, la vida de Dios en nosotros, es una realidad muy difícil de aprehender, pero a la que hay que llegar para alcanzar la plenitud humana que está más allá de la vida biológica, y de las satisfacciones sensoriales terrenas. Toda vida espiritual es un proceso, un paso de la muerte a la vida, de la materia al espíritu. El mismo mensaje a Nicodemo: hay que nacer de nuevo.

Mi plenitud humana no puede estar en la satisfacción de los sentidos, de las pasiones, de los apetitos, sino que tiene que estar en lo que tengo de específicamente humano; es decir, en el desarrollo de mi capacidad de conocer y de amar. La meta está en el descubrimiento de que mi verdadero ser existe en la medida que me doy a los demás, que la razón de mi existencia lo encontraré en la entrega y en el servicio.

El dolor que causa el renunciar a la satisfacción de la parte inferior de mi ser, la interpreta el evangelio como muerte, y sólo a través de esa muerte se puede acceder a la verdadera Vida. Si nos empeñamos en salvar una, perderemos la otra. Si ponemos todo nuestro ser al servicio de la vida biológica y sicológica, nunca alcanzaremos la espiritual.

Estamos aquí para vivir muriendo. Aceptar la muerte es darse cuenta de nuestra limitación fundamental como criatu­ras, como seres vivos, como animales, y descubrir la posibilidad de ser más en lo que tenemos de específicamente humano. Estoy aquí para llevar a la materia hacia el espíritu, para poner Vida donde sólo había vida.

El gran secreto, revelado en el evangelio, es que el hombre que vive biológicamente, puede acceder a otra realidad que llamamos Vida. Esta es la verdadera meta de un ser humano. El objetivo del hombre es esa Vida con mayúscula, no eliminar la muerte biológica y alcanzar una inmortalidad física.

Si enfocamos todas nuestras energías en la vida terrena, nunca descubriremos la vida espiritual. Esto es lo que el evangelio llama perder la vida. Se malgasta la terrena y no se alcanza la espiritual. El que se empeñe en salvar a toda costa su vida biológica, terminará perdiéndola. Pero dará pleno sentido a esta vida si descubre que puede acceder a otro nivel y encontrar la verdadera Vida.
  
Meditación-contemplación

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere…
Se trata de una condición que no podemos soslayar.
Si queremos dar fruto, es decir, dar sentido a nuestra vida,
tenemos que gastarnos y consumirnos.
…………………

La vela solo cobra sentido cuando está encendida.
Pero si está encendida, se consume.
La rosa al esparcir su fragancia, entrega algo de sí mismo,
y así está manifestando su verdadero ser.
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La vida es movimiento y por lo tanto, energía desplegada.
Puedo consumirla en beneficio del ego (falso yo),
y entonces la malogro.
Puedo consumirla en beneficio de los demás,
y entones consumarla dándole plenitud.
  
Fray Marcos