jueves, 15 de diciembre de 2011

La Anunciación


El calor del mediodía me adormeció y no lo sentí llegar. Pero abrí los ojos y estaba allí, a mis pies, en medio de una luz rosada. ¿Estaba allí, en verdad? Sí, no lo soñé. Debió de entrar por la puerta de atrás, que mis padres dejarían abierta, o acaso saltando la barda  del huerto, esa barda que cualquier muchacho brinca sin esfuerzo.

¿Quién era? No lo sé, pero, estoy segura, estuvo aquí, en este mismo corredor, arrodillado a mis pies. Lo vi y lo oí. Acaba de irse. ¿O debería decir mejor disolverse? Sí: arrodillado a mis pies. No sé por qué se arrodilló, pero no lo hacía burlándose de mí. Desde el principio me trató con tanta dulzura y reverencia, y mostró tanto respeto y humildad que la zozobra que me invadió al ver, tan cerca, a un extraño, se evaporó como el rocío con el sol. ¿Cómo es posible que no sintiera aprensión estando a solas con un forastero? ¿Con alguien que, además, entró quién sabe cómo al huerto de mi hogar? No lo comprendo. Pero todo el tiempo que el joven estuvo aquí, hablándome como se habla a una mujer importante y no la modesta muchacha que soy, me sentí más protegida que rodeada de mis padres o que en el Templo, los sábados.

¡Qué hermoso era! No debería decirlo así, pero lo cierto es que nunca había visto a un ser tan armonioso y suave, de formas tan perfectas y voz tan sutil. Apenas sí podía mirarlo; cada vez que mis ojos se posaban en sus tiernas mejillas, en su limpia frente o en las largas pestañas de sus grandes ojos llenos de bondad y de sabiduría, sentía en mi cara un amanecer caluroso. ¿Eso será, magnificado a todo el cuerpo, lo que sienten las muchachas cuando se enamoran? ¿Ese calor que no viene de afuera, sino de adentro del cuerpo, del fondo del corazón? Mis amigas del pueblo hablan de eso a menudo, yo lo sé, pero cuando me acerco a ellas se callan pues saben que soy muy tímida y que ciertos temas –ése, por ejemplo, el amor– me confunden tanto que mi cara se pone roja y empiezo a tartamudear. ¿Es malo ser así? Esther dice que, por apocada y vergonzosa, nunca sabré qué es el amor. Y Deborah trata siempre de animarme: «Tienes que ser más audaz o tu vida será triste».
Pero el joven Rosado decía que yo soy la elegida, que, entre todas las mujeres, me han señalado a mí. ¿Quién? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Qué cosa buena o mala he hecho para que alguien me prefiera? Yo sé muy bien lo poco que valgo. En la aldea hay muchachas más lindas y hacendosas, más fuertes, más ilustradas, más valientes. ¿Por qué me elegirían,  pues, a mí? ¿Por ser más reservada y asustadiza? ¿Por mi paciencia? ¿Por llevarme bien con todo el mundo? ¿Por el cariño con que ordeño a nuestra cabrita y la alegría que me causan los quehaceres simples de cada día, como asear la casa, regar el huerto y preparar la comida de mis padres? No creo tener más méritos que ésos, si es que lo son, y no defectos. Deborah me dijo aquella vez: «Tú careces de aspiraciones, María». Tal vez sea cierto. Qué voy a hacer si así nací: me gusta la vida y el mundo me parece bello tal como es. Por eso dirán que soy simple. Sin duda lo soy, pues siempre he evitado las complicaciones. Pero algunos anhelos sí tengo. Me gustaría que mi cabrita no se muriera nunca, por ejemplo. Cuando me lame la mano pienso que un día se morirá y entonces se me empuña el corazón. No es bueno sufrir. Me gustaría, también, que nadie sufra.

El joven decía cosas absurdas, pero de manera tan melodiosa y cándida que no me atreví a reírme. Que me bendecirían, a mí y al fruto de mi vientre. Eso decía. ¿Sería un  mago, tal vez? ¿Estaría con esas palabras formulando un conjuro a favor o en contra de algo, de alguien? No supe preguntárselo. A sus palabras sólo atiné a balbucear lo que contesto cuando mis padres me aleccionan o reprenden: «Está bien, haré lo que me corresponda, señor». Y me cubrí el vientre con las manos, asustada. ¿El «fruto de mi vientre» querrá decir que tendré un hijo? Qué dichosa me sentiría. Ojalá fuera un varón tan dulce y misterioso como el joven que vino a verme.

No sé si alegrarme o apenarme por esa visita. Presiento que a partir de ella cambiará mi vida. ¿De qué manera? ¿Será para mi bien o mi desgracia? ¿Por qué, en medio del regocijo que me causa recordar las dulces palabras de ese joven, siento, de pronto, miedo, como si se abriera súbitamente la tierra y divisara a mis pies un abismo erizado de monstruos espantosos al que me quieren obligar a saltar?

Dijo cosas bonitas, que sonaban muy lindo, pero difíciles de comprender. «Destino extraordinario, destino sobrenatural», entre otras. ¿A qué se refería? Mi manera de ser me predispone más bien a lo ordinario, a lo común. Todo lo que destaca o desentona, cualquier gesto o acción que violente la costumbre o la normalidad, me inhibe y desarma. Cuando alguien, en mi delante, se excede y hace el ridículo, se me inflama la cara y padezco por él. Sólo me siento cómoda cuando advierto que los demás no me notan. «María es tan discreta que parece invisible», juega conmigo Raquel, mi vecina. A mí me gusta oírselo decir. Es cierto: para mí, pasar desapercibida es ser feliz.

Pero eso no significa que carezca de sueños y de sentimientos. Sólo que nunca me he sentido atraída por lo extraordinario. Mis amigas me dejan asombrada cuando las oigo quisieran viajar, tener muchos siervos, desposar a un rey. A mí esas fantasías me intimidan. ,¿Qué haría yo en otras tierras, entre gentes distintas a las mías, oyendo otros idiomas? Y qué lamentable reina sería yo, que pierdo la voz y me tiemblan las manos cuando hay algún desconocido oyéndome. Lo que le pido a la vida es un marido honrado, unos hijos sanos y una existencia tranquila, sin hambre y sin miedo. ¿Qué quiso decir el joven con «destino extraordinario, sobrenatural»? Mi timidez me impidió responderle lo que debí: «Yo no estoy preparada para eso, yo no soy ésa de la que habla usted. Vaya donde la bella Deborah, más bien, o donde Judith, que es tan resuelta, o a casa de Raquel, la inteligente. ¿Cómo puede usted anunciarme a mí que seré reina de los hombres? ¿Cómo decir que me rezarán en todas las lenguas y que mi nombre cruzará los siglos como los astros el cielo? Usted se equivocó de muchacha y de casa, señor. Yo soy muy poca cosa para esas grandezas. Yo casi no existo».

Antes de irse, el joven se inclinó y besó el ruedo de mi túnica. Un segundo, vi su espalda: había en ella un arco iris, como si se hubieran posado allí las alas de una mariposa.

Ahora se ha ido y me ha dejado la cabeza llena de dudas. ¿Por qué me trató de señora si aún soy soltera? ¿Por qué me llamó reina? ¿Por qué descubrí un brillo de lágrimas en sus ojos cuando me vaticinó que sufriría? ¿Por qué me llamó madre si soy virgen? ¿Qué está sucediendo? ¿Qué va a ser de mí a partir de esta visita?

-capítulo: El Joven Rosado -
del libro El Elogio de la madrastra.
Mario Vargas Llosa.