jueves, 17 de noviembre de 2011

LO DECISIVO - José Antonio Pagola


LO DECISIVO - José Antonio Pagola

El relato no es propiamente una parábola sino una evocación del juicio final de todos los pueblos. Toda la escena se concentra en un diálogo largo entre el Juez que no es otro que Jesús resucitado y dos grupos de personas: los que han aliviado el sufrimiento de los más necesitados y los que han vivido negándoles su ayuda.

A lo largo de los siglos los cristianos han visto en este diálogo fascinante "la mejor recapitulación del Evangelio", "el elogio absoluto del amor solidario" o "la advertencia más grave a quienes viven refugiados falsamente en la religión". Vamos a señalar las afirmaciones básicas.

Todos los hombres y mujeres sin excepción serán juzgados por el mismo criterio. Lo que da un valor imperecedero a la vida no es la condición social, el talento personal o el éxito logrado a lo largo de los años. Lo decisivo es el amor práctico y solidario a los necesitados de ayuda. 

Este amor se traduce en hechos muy concretos. Por ejemplo, «dar de comer», «dar de beber», «recibir al inmigrante», «vestir al desnudo», «visitar al enfermo o encarcelado». Lo decisivo ante Dios no son las acciones religiosas, sino estos gestos humanos de ayuda a los necesitados. Pueden brotar de una persona creyente o del corazón de un agnóstico que piensa en los que sufren.

El grupo de los que han ayudado a los necesitados que han ido encontrando en su camino, no lo han hecho por motivos religiosos. No han pensado en Dios ni en Jesucristo. Sencillamente han buscado aliviar un poco el sufrimiento que hay en el mundo. Ahora, invitados por Jesús, entran en el reino de Dios como "benditos del Padre".

¿Por qué es tan decisivo ayudar a los necesitados y tan condenable negarles la ayuda? Porque, según revela el Juez, lo que se hace o se deja de hacer a ellos, se le está haciendo o dejando de hacer al mismo Dios encarnado en Cristo. Cuando abandonamos a un necesitado, estamos abandonando a Dios. Cuando aliviamos su sufrimiento, lo estamos haciendo con Dios.

Este sorprendente mensaje nos pone a todos mirando a los que sufren. No hay religión verdadera, no hay política progresista, no hay proclamación responsable de los derechos humanos si nos es defendiendo a los más necesitados, aliviando su sufrimiento y restaurando su dignidad.

En cada persona que sufre Jesús sale a nuestro encuentro, nos mira, nos interroga y nos suplica. Nada nos acerca más a él que aprender a mirar detenidamente el rostro de los que sufren con compasión. En ningún lugar podremos reconocer con más verdad el rostro de Jesús.

José Antonio Pagola 

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Despierta en el mundo la compasión. Pásalo.
20 de noviembre 2011
Fiesta de Cristo Rey (A)
Mateo 25, 31-46

fuentes:

ESTAR AL LADO

Estar al lado...
del hermano que no tiene fuerzas,
del que avanza triste y cargado,
del que se queda caído en la orilla,
del que no puede curar sus heridas,
del que no sabe hacia dónde camina.

Estar al lado...
de la situación que nos abruma,
de la emergencia que surge cada día,
de lo inesperado que nos desborda,
de lo que todos dejan pasar de largo,
de lo que se esconde para que no se vea.

Estar al lado...
de este mundo que es el nuestro,
de esta realidad que es la nuestra,
de este momento que es el nuestro,
de esta Iglesia que es la nuestra,
de este proyecto que nos hace hermanos.

Estar al lado...
de lo que está desfigurado,
de lo que no tiene voz ni peso,
de lo que clama abatido,
de lo que es rechazado por todos,
de lo que ya no sabe qué hacer.

Estar al lado...
de lo que Tú sabes y conoces,
de lo que Tú quieres tiernamente,
de lo que Tú buscas a cualquier hora,
de lo que Tú nos propones,
de lo que Tú estás siempre.

Estar al lado...
humildemente, como me enseñaste,
sin arrogarme privilegios,
con el corazón tierno y atento,
siendo servidor de todos,
como el último de tus amigos,
sintiéndome tu elegido.

Estar al lado...
como hermano solidario,
como anónimo creyente,
como hijo querido,
como aprendiz de discípulo,
como compañero de camino.

Estar al lado, aunque no lo sepamos.
¡Y que venga lo que tiene que venir!

F. Ulibarri

Mt 25, 31-46 
Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber.

HAGAMOS PRESENTE EL REINO QUE ES DIOS

Estamos en el último domingo del año litúrgico, y nos vemos obligados a luchar en dos frentes: La fiesta de “Cristo Rey del Universo” y el 34 domingo del tiempo ordinario, con la lectura de la parábola del juicio final. Los dos temas son extremadamente complicados.

El contexto de la implantación de esta fiesta, nos puede dar una buena pista para interpretar hoy su significado. Fue establecida por Pío XI en 1925, en un momento en que la Iglesia estaba perdiendo poder, prestigio e influencia en la sociedad occidental. La jerarquía seguía oponiéndose a la modernidad y soñaba aún con una “restauración”. Creyó que una fiesta de Cristo Rey ayudaría a recuperar el terreno perdido.

Jesús nunca reivindicó ningún reino para sí. Todo lo contrario, dijo expresamente que, “el que quiera ser primero, sea el servidor”. Afirmó de palabra y con su vida, que él “no venía a ser servido, sino a servir”. Después del ayuno en el desierto, el ser dueño y señor del mundo se le presenta como una tentación. ¿No hemos ocupado el lugar del tentador, cuando, sin pedirle consentimien­to, le hemos dado todos los reinos del mundo?

Jesús criticó todo poder que supusiera cualquier clase de esclavitud o sometimiento de los demás. Después de la multiplicación de los panes, nos dice Juan: "Viendo Jesús que querían echarle mano para proclamarle rey, se retiró a la montaña él sólo."

¿No hemos superado la burla macabra de los soldados, poniéndole una corona de oro, un manto real y un cetro cargado de brillan­tes? O no he entendido nada del evangelio o este cetro y esta corona es mucho más denigrante para Jesús, que la caña y las espinas. Cuando Pilato pone el título sobre la cruz, "Éste es el rey de los judíos", lo hace para burlarse de él y de los judíos. ¿No será también una burla llamarle rey del universo?

La liturgia de este día está encabezada con esta frase: "Jesucristo, Rey del Universo"; pero las lecturas terminan hablando de un pastor. ¿Podéis imagina­ros dos figuras más contradictorias? Ahí está la clave. El evangelio nos dice que el que quiera entrar en el Reino, no tiene que portarse como vasallo de un superior, sino como servidor de los más débiles.

Sin duda, el Reino de Dios fue la principal preocupación de Jesús en su predicación.

La imagen de Dios como rey de Israel se remonta a la época de la entrada en Palestina del pueblo judío. Para un nómada nada podía significar la idea de un rey; pero cuando entran en contacto con las estructuras sociales de la gente que vivía en ciudades, los israelitas piden a Dios un rey. Esto fue interpretado por los profetas, como una traición. Desde entonces se va enriqueciendo esa idea y termina por ser la imagen clave para toda la apocalíptica. El final de la historia será un Reino de Dios que termina por sobreponerse a todos los demás.

Solo en este contexto cultural podemos entender la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo, el contenido que le da es muy distinto. En tiempo de Jesús, el futuro reino de Dios se entendía como una victoria del pueblo judío sobre los gentiles y una victoria de los buenos sobre los malos. Jesús predica un Reino de Dios, del que van a quedar excluidos los que se creían buenos y van a entrar las prostitu­tas, los pecadores, los marginados... Los gentiles están llamados y muchos judíos quedarán fuera.

La característica fundamental del Reino predicado por Jesús es que ya está aquí. No hay que esperar a un tiempo escatológico, sino que ha comenzado ya. "No se dirá ‘está aquí’ o ‘está allá’ porque, mirad, el reino de Dios está dentro de ustedes”. Para mí, esta idea desbarata todo montaje erróneo sobre el reino de Dios.

No se trata de preparar un reino para Dios, se trata de un reino que es Dios. Se trata de hacer presente a Dios entre nosotros, con nuestra manera de actuar, pero después de haber descubierto la presencia de Dios en lo más hondo de nuestro corazón.

No vale la programación. Es un reinado del AMOR. No es un reino de personas físicas, sino de actitudes vitales. Cuando me acerco al que me necesita preocupándome por él, hago presente el Reino de Dios y cuando me preocupo de mí, pisoteando a los demás, excluyo de mi entorno el Reino de Dios.

Cuando Pilato le pregunta si es rey, contesta Jesús: “mi reino no es de este mundo”. No quiere decir que vendrá después o que estará en otro lugar, sino que no tiene nada que ver con lo que se entiende por reino.

Al insistir Pilato, le dice: "sí, soy rey, yo para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad." Esta frase es reveladora. Ser testigo de la verdad, ser auténtico, ser verdad, es la única manera de ser dueño de sí mismo, y por lo tanto de ser dueño de la realidad entera. Jesús es rey de sí mismo y así es Rey en absoluto. Siendo verdad, alcanza la plenitud de humanidad y manifiesta el Reino de Dios.

El Reino de Dios, lo divino que hay en nosotros, es como una fuerza, un fermento, un alma, una luz que transforma la realidad concreta de mi ser y se manifiesta fuera en toda la realidad. Se manifiesta como una cualidad, pero en realidad, es la esencia de mi ser. Yo tengo que esforzarme por hacerla surgir desde lo hondo de mí mismo, aceptando que viene a absorberme.

Es necesario que tras haber cooperado con todas mis fuerzas a hacerla brotar, consienta en la comunión, en la que mi propia individualidad se hundirá y acepte convertirme  en su alimento (Teilhard de Chardin). Mi yo tiene que desaparecer para que permanezca solo la luz que antes me atravesaba. Consumición será igual a consuma­ción.

Después de lo dicho podemos comprender que no se trata de entronizar a Jesús ni antes ni después de morir. Lo Crístico, es decir, lo que significa y encarna la figura de Jesús, es el que tiene que reinar entre nosotros. Cuando decimos: reina la armonía, reina la paz, etc. estamos hablando de una ambiente envolvente que permite su desarrollo. Hablar del reinado de Cristo significa que su espíritu mueve nuestra existencia.  

Viniendo al evangelio de hoy. Después de haber hablado para su comunidad durante muchos capítulos, Mateo amplía ese marco y habla para todas las naciones. Los judíos creían que Dios les aceptaría a ellos y rechazaría a los paganos. Mateo hace otro planteamiento muy distinto: pertenecen al Reino todos los que se han preocupado de los débiles.

El Reino ‘que es Dios’ se hace plenamente presente cada vez que un ser humano actúa desde su verdadero ser. Lo hizo presente Jesús y lo hizo presente Teresa de Calcuta. Que el Reino se haga presente aquí y ahora, depende exclusivamente de ti. Ni siquiera es imprescindible reconocer a Cristo, basta salir al encuentro del hermano que te necesita. Todo ser humano que haya desplegado su verdadera humanidad, hace presente el Reino. Lo único que se tiene en cuenta a la hora de valorar a un ser humano es su humanidad.

Esta parábola no necesita ninguna explicación. Sólo tener en cuenta que se trata de un lenguaje escatológico que no podemos entender literalmente. Nos habla de un común denominador para todos los que quieran pertenecer al Reino.

Fijaos bien, que en esas exigencias no aparece, ni por asomo, connotación alguna religiosa. La pertenencia o no al Reino, no depende de una actitud religiosa, sino de una actitud vital con relación a los débiles. Lo único que se nos pide es la preocupación por el otro. No se nos preguntará si estoy bautizado, si he ido a misa, si he confesado, si he comulgado, si he creído todos los dogmas. Aquello a lo que nosotros damos tanta importancia, Dios no le da ninguna. El servicio al otro no queremos descubrirlo, porque nos obligaría a vivir de otra manera.

En esta parábola podemos encontrar la clave de la encarnación. Dios no se hace un hombre, sino que se hace hombre. El que juzga es el Hombre, el punto de contraste para valorar una vida humana es la similitud con Jesús “el Hombre”.

No tenemos que esperar ningún juicio que se me imponga desde fuera. Mis actitudes van manifestando en cada momento el grado de identificación con el modelo de Hombre. En la medida que me identifique con el modelo, me salvo; en la medida que me separe de él, me voy condenando. No esperes a ser juzgado en un hipotético último día. Este evangelio te está juzgando ahora.

No se trata de esperar que Dios me recompense. La clave para salir de la dinámica de toma y daca con relación a Dios, está en que lo que hacemos con los hambrientos no es más que la manifestación de que hemos descubierto y hecho nuestro el Reino que es Dios.

No llegamos al Reino por hacer esto o dejar de hacer aquello, sino que nos inclinamos al necesitado porque hemos llegado al Reino. No es lo que hagas por Dios lo que te va a salvar. No nos hagamos ilusiones, si no te preocupas del otro, no estás en el Reino.

Hemos conseguido un cristianismo cómodo colocando a Dios en el cielo. Sería demasiado peligroso descubrir a Dios encarnado en cada uno de los seres humanos que nos rodean. Pero no hay escapatoria. Dios es encarnación y lo tenemos que descubrir en las criaturas. “Cada vez que lo hiciste con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hiciste”.

La pregunta de los rechazados deja bien claro que, si hubieran descubierto la presencia de Dios en el necesitado, lo hubieran socorrido.

Meditación-contemplación

A la tarde, te examinarán en el amor, dice S. Juan de la Cruz.
Ama y haz lo que quieras, dice S. Agustín.
Naturalmente, se trata del amor manifestado en obras,
no con relación a Dios sino con relación al que te necesita.
…………………

El amor no es una exigencia que me viene de fuera.
No es una obligación que me impone un ser superior y extraño.
Es la exigencia primera y más profunda de mí ser.
La esencia de mi humanidad consiste en desplegar esa capacidad de amar.
………………..
  
El amor que nos pide Jesús en el evangelio
es fruto de una experiencia de unidad y pertenencia absoluta.
Sin esa vivencia interior, sería una programación inútil.
El amor es el agua que fluye de la fuente espontáneamente, mansamente.

Fray Marcos 

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY
Por amor al hombre
Mateo 25, 31-46
Dios decide anticipar la fecha de la eternidad
Es el día de las paradojas, de las sorpresas.
No nos resulta demasiado difícil admitir que Cristo es rey. Incluso estamos dispuestos a honrarlo, a celebrar sus triunfos.

Pero nos cuesta mucho aprender su «manera» tan insólita, tan distinta, de ser rey. Un rey para los demás, que pone su poder a disposición de los débiles, de los humildes.

Por otra parte, la actitud de ciertos reyes (pastores, sacerdotes, maestros), desde los tiempos de Ezequiel hasta hoy, no nos ayuda demasiado a comprender el estilo de este rey que interpreta su realeza no en términos de poder y dominio, sino de entrega y servicio. Que prefiere a los pobres y a los últimos. Que va en busca de la oveja perdida y cuida con cariño a la que ha sufrido algún contratiempo.

Reconocemos incluso que Jesús es Dios. Pero hoy se nos invita a asombrarnos de que él haya inventado una manera absolutamente nueva, desconcertante, de ser hombre y de ser Dios. Por eso podemos engañarnos al pensar que lo conocemos, después de haber aprendido sus rasgos en los catecismos o en los libros de teología. Pero cuando se trata de «reconocer» su rostro, confundido con los de una multitud de andrajosos, de gente vulgar, nos damos cuenta de que ya no logramos distinguirlo ni prestarle atención.

Creemos que tratamos con él, que tenemos familiaridad con él, cuando estamos en la iglesia. Pero apenas salimos a la calle, hemos de reconocer que estamos siempre bastante lejos de él. Sí, porque el templo de este Dios es el hambre, la sed, la marginación, la prisión, la soledad, la cama de un hospital...

Pronunciamos continuamente su nombre. Pero luego hemos de admitir que, en realidad, no lo conocemos.

Creemos en el juicio final. Y nos hemos familiarizado ya con esa escena, incluso a través de todas esas innumerables representaciones dramáticas de tantos artistas. La hemos «leído» además muchas veces en los pórticos de las viejas iglesias.

Pero parece ser que la preocupación de Cristo no es tanto la de meternos en la cabeza el escenario del juicio que habrá de tener lugar al fin del mundo, como la de advertirnos que «el gran día» es hoy, que el momento decisivo que hay que afrontar es el de ahora, que el examen fatal al que hemos de someternos es hoy, que el cara a cara comprometedor es el que tiene lugar ahora, en este encuentro casual.

Jesús no tiene ninguna intención de hacer que lo veamos de reojo en la sala del tribunal celestial. También afirmó varias veces que no conoce «ni el día ni la hora». Su misión no consiste en satisfacer nuestra curiosidad abriendo ante nuestros ojos una página que anticipe el futuro.

Jesús, más que trasladarnos al final de los tiempos, nos lleva al fin (al significado) del tiempo, nos restituye a nuestro presente para que captemos toda su importancia.

Como si nos dijera: ya estará todo decidido para entonces. Decidido desde hoy. La eternidad se ha anticipado al hoy...


Tropas dispersas
Es realmente extraño este rey. Un rey que no pasa revista a las tropas para que se le rindan honores. Sino que pretende que estén «dispersas» (que es su manera de «reunirlas») por los lugares de la miseria y de la necesidad, empeñadas en la lucha contra el sufrimiento y la pobreza.

Es realmente extraño este Dios. Un Dios que no viene a controlar si hemos rezado todas las oraciones prescritas, si hemos observado todas las leyes, si hemos cumplido con todos nuestros deberes religiosos. Sino que intenta verificar si los hombres son humanos, si los cristianos han aprendido a ser hombres.

Las ideas religiosas corrientes se invierten, las relaciones sufren un duro golpe.

Nuestra actitud ante Dios depende de la actitud que adoptamos con el prójimo.

Lo que somos unos para otros, eso mismo somos para Dios. Sembrar coraje y amor y misericordia dentro de una humanidad desolada por el odio y por la indiferencia significa hacer que crezca la humanidad divina de Cristo, más bien que tributarle honores.


Una sola historia
Y vengamos a la escena grandiosa que nos describe el evangelio. Señalemos algunos puntos.

-Ovejas y cabras. ¿De qué se trata?

Los estudiosos andan divididos en este punto. Para algunos es el juicio de los pueblos como tales, para otros el juicio de los creyentes o bien de todos los individuos sin distinción.

Modestamente creo que se pueden conciliar las tres perspectivas.

-Cristo viene ante todo a dar un sentido a las acciones de los hombres.

Viene no tanto a destruir como a recuperar lo positivo, a dar valor a lo que se ha realizado.

-Nuestro presente adquiere toda su densidad humana, su consistencia, su seriedad, su dimensión de esperanza, precisamente gracias al juicio.

Todo, incluso los gestos más triviales, como el de dar o rehusar un vaso de agua, se convierte en opción eterna, en historia decisiva.

-También un no creyente puede obrar a favor o en contra de Jesucristo, aunque no lo conozca, según decida servir o no servir al hombre.

Matar a un semejante o ayudarle a vivir, oprimir al hermano o liberarlo, ofender a alguien o mostrarle respeto, pisotear la dignidad de un desgraciado u honrarlo, explotar al prójimo o compartir el pan con él, rechazar o acoger a un forastero, contribuir al hambre o al bienestar de los pobres, significa atentar contra el señorío de Cristo o promoverlo.

-Es significativo que en el texto de Mateo falte el verbo amar. Cristo no dice: «... y me amasteis», sino «me disteis de comer, me disteis de beber, me visitasteis, me hospedasteis, me vinisteis a ver... ». Amar es demasiado vago.

«Hicisteis esto». «No hicisteis esto». La línea inexorable del juicio pasa a través de la concreción del «hacer» y del «no hacer».

-El juicio será también la revelación final. Sólo entonces comprenderemos toda la seriedad de la encarnación y las consecuencias correspondientes (Dios nuestro vecino, uno cualquiera de nuestros hermanos, preso, hambriento, mal vestido, extranjero, enfermo...).

En aquel momento tendremos la solemne confirmación, sin sombra de duda, de que el primer mandamiento no es ... sino el segundo. O, si queremos, que la práctica del segundo mandamiento es la práctica del primero.

-Resulta asombroso que los justos reconozcan que... no han reconocido a Cristo en el pobre, en el que pasa apuros. Que no se hayan dado cuenta de que el necesitado al que se dedicaban era... otro. O sea: admitirán que lo hicieron todo por amor al hombre.

Sin embargo, se salvarán igualmente, aunque no hayan logrado descubrir a Cristo en el hermano.

El amor al hombre en cuanto tal, cuando es auténtico, es amor implícito a aquel que se identifica con «el más pequeño de nuestros hermanos».

Carece de importancia lo que veas o dejes de ver bajo el rostro del hermano.

Para él es suficiente que te hayas encontrado ante un rostro de hombre (por muy desagradable que sea) y que, sin pedirle o prestarle más señales de reconocimiento, sin haberle regalado un «embellecimiento» religioso, le hayas abierto la puerta.

Aunque la fe en algunas ocasiones no te haya «sugerido» nada, es esencial que te haya «inspirado» la caridad.

Sucede a veces que algunas personas religiosas confiesan que no han sabido «ver» al Señor en la persona del prójimo.

Siguiendo las indicaciones de Mateo, me siento tranquilo al ver que no tiene importancia lo que uno ha visto o dejado de ver. Lo único que cuenta es lo que uno ha hecho o dejado de hacer.

Ya pensó Cristo en aceptar como propio (y darnos fe de ello) todo lo que hemos hecho «por amor al hombre».

-Paralelamente, también los otros intentarán defenderse diciendo: «¡No sabíamos... que eras tú!».

«No lo sabía» puede ser una justificación válida en el terreno de la fe, no en el de la caridad.

Cuando «sabes» el hambre de alguien, sabes todo lo que tienes que saber.

Cuando ves la miseria, has visto todo lo que tenías que ver. Nadie necesita un «suplemento de instrucciones».

Negarse, no acoger, no dar pasos en dirección al otro, se convierte en una culpa sin excusas.

No es necesario tener un doctorado en teología para practicar la caridad.

Los exámenes de la caridad se superan también con la ignorancia.

-Y puede suceder entonces que un ateo mantenga todos los días una relación de gran familiaridad con Dios; que un samaritano, un hereje, consiga hacer el oficio de cristiano mucho menor que nosotros (que pueda incluso darnos alguna lección a este propósito).

-Pablo, en la segunda lectura, habla de la resurrección como desenlace del duelo dramático en el que se enfrentaron la muerte y la vida.

El pasaje de Mateo nos autoriza a pensar que no resucitaremos solos. Nos acompañará la historia que hemos escrito.
El pasado no queda sepultado. También él nace de la tumba.
Con nosotros resucitarán también nuestros gestos de bondad, de misericordia, de cariño.
La casa de la eternidad se amueblará con nuestros recuerdos más hermosos. Será el mismo Cristo quien se encargue de devolvérnoslos. Serán recuerdos nuestros y «suyos» para siempre.
En el cielo se seguirá contando la historia de la caridad.
La caridad seguirá siendo la única historia gloriosa, cuyas empresas memorables se consignarán a la eternidad.
La historia del Reino no es más que la historia de la caridad.