jueves, 24 de noviembre de 2011

LA CASA DE JESÚS - José Antonio Pagola


LA CASA DE JESÚS - José Antonio Pagola

Jesús está en Jerusalén, sentado en el monte de Los Olivos, mirando hacia el Templo y conversando confidencialmente con cuatro discípulos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Los ve preocupados por saber cuándo llegará el final de los tiempos. A él, por el contrario, le preocupa cómo vivirán sus seguidores cuando ya no le tengan entre ellos. Por eso, una vez más les descubre su inquietud: «Miren, vivan despiertos». Después, dejando de lado el lenguaje terrorífico de los visionarios apocalípticos, les cuenta una pequeña parábola que ha pasado casi desapercibida entre los cristianos.

«Un señor se fue de viaje y dejó su casa». Pero, antes de ausentarse, «confió a cada uno de sus criados su tarea». Al despedirse, sólo les insistió en una cosa: «Vigilen, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa». Que cuando venga, no los encuentre dormidos.

El relato sugiere que los seguidores de Jesús formarán una familia. La Iglesia será "la casa de Jesús" que sustituirá a "la casa de Israel". En ella todos son servidores. No hay señores. Todos vivirán esperando al único Señor de la casa: Jesús el Cristo. No lo olvidarán jamás.

En la casa de Jesús nadie ha de permanecer pasivo. Nadie se ha de sentir excluido, sin responsabilidad alguna. Todos son necesarios. Todos tienen alguna misión confiada por él. Todos están llamados a contribuir a la gran tarea de vivir como Jesús al que han conocido siempre dedicado a servir al reino de Dios.

Los años irán pasando. ¿Se mantendrá vivo el espíritu de Jesús entre los suyos? ¿Seguirán recordando su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos? ¿Lo seguirán por el camino abierto por él? Su gran preocupación es que su Iglesia se duerma. Por eso, les insiste hasta tres veces: «vivan despiertos". No es una recomendación a los cuatro discípulos que lo están escuchando, sino un mandato a los creyentes de todos los tiempos: «Lo que les digo a ustedes, se lo digo a todos: velen, estén atentos».

El rasgo más generalizado de los cristianos que no han abandonado la Iglesia es seguramente la pasividad. Durante siglos hemos educado a los fieles para la sumisión y la obediencia. En la casa de Jesús sólo una minoría se siente hoy con alguna responsabilidad eclesial.

Ha llegado el momento de reaccionar. No podemos seguir aumentando aún más la distancia entre "los que mandan" y "los que obedecen". Es pecado promover el desafecto, la mutua exclusión o la pasividad. Jesús nos quería ver a todos despiertos, activos, colaborando con lucidez y responsabilidad.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Despierta la responsabilidad de los seguidores de Jesús. Pásalo.
27 de noviembre de 2011
1 Adviento (B)
Marcos 13, 33-37

fuentes:

DIOS ESTÁ MUY CERCA

¡Vamos, a levantarse,
se acerca nuestra liberación!
Hay signos a nuestro alrededor.
¿No los ven en el barrio, en la fábrica,
en esos que acampan indignados,
en la comunidad, en nuestra propia casa
y en nosotros mismos, sin ir más lejos?
Restréguense los ojos,
miren con esperanza el horizonte,
escuchen las buenas noticias,
déjense despertar por la brisa.
¡Dios está muy cerca!

¡Venga, a levantarse,
alcen la cabeza y el corazón!
La gente se angustia por todo
y anda sin aliento, dando tumbos
de acá para allá, viviendo sin vivir,
cargada de miedos y responsabilidades,
echando a perder su vida,
corriendo tras llamaradas de petate,
espejismos del desierto,
y vagas añoranzas.
Recobremos el aliento.
¡Dios está muy cerca!

¡Ánimo, a levantarse
y permaneced despiertos!
No se les embote la mente
ni desboque el corazón
con tanta preocupación sobreacelerada:
qué nos pasará mañana,
cuánto ganaremos y podremos gastar,
cuándo sucederá eso y porqué,
cómo escaparemos de la red de la moda,
de la fiebre de las rebajas...
Nos toca nadar contra corriente.
¡Dios está muy cerca!

¡Venga, a levantarse,
y caminemos con ilusión renovada!
Estemos atentos al horizonte con serenidad y agudeza.
Vivamos atentos a los susurros,
alientos, gritos y risas
de la humanidad entera.
Dejemos lo vano y lo estéril.
Preparemos nuestras entrañas para al recibir
y solidarizarnos a los que sueñan con la esperanza.
Brotemos a la vida.
Su rocío ya nos llega.
¡Dios está muy cerca!

Florentino Ulibarri


Mc 13, 33-37 - “Mirad, vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento".

DIOS NOS ESPERA

INTRODUCCIÓN
Estamos en el día de Año Nuevo de la liturgia. Comenzamos con el Adviento, que no es solamente un tiempo litúrgico, sino toda una filosofía de vida. Se trata de una actitud vital que tiene que atravesar toda nuestra existencia. No habremos entendido el mensaje de Jesús, si no nos obliga a vivir en constante Adviento.

Lo importante no es recordar la primera llegada de Jesús; eso no es más que el pretexto para descubrir que ya está aquí. Mucho menos prepararnos para la última, que sólo es una gran metáfora. Lo verdaderamente importante es descubrir que está viniendo en este instante.

Todo el AT está atravesado por la promesa y por la espera. Durante dieciocho siglos, desde Abrahán hasta Jesús, el pueblo judío ha vivido esperando que Dios cumpliera sus promesas.

Pero fijaos bien en una cosa: Dios les va prometiendo lo que ellos, en un momento determinado, más ansían.
A Abrahán, descendencia;
a los esclavos en Egipto, libertad;
a los hambrientos en el desierto, una tierra que mana leche y miel;
cuando conquistan las ciudades de Canaán, una nación fuerte y poderosa;
cuando están en el Exilio, volver a su tierra;
cuando destruyen el templo, reconstruirlo; etc., etc..

Curiosamente Dios nunca promete ni da nada, antes que el hombre lo desee. En el AT siempre les promete cosas terrenas, caducas, transitorias, porque es lo único que ellos esperan. Jesús apunta hacia una salvación muy distinta. "He venido para que tengan vida y la tengan abundante."

La trayectoria del pueblo judío debía hacernos reflexionar profundamente. ¿Se trata de un Dios que durante dieciocho siglos les puso la zanahoria delante de las narices o el palo en el trasero, para hacerles caminar según su voluntad? Sería ridículo. Dios nunca hace promesas para el futuro, por la sencilla razón de que ni tiene nada que dar ni tiene futuro. Las promesas de Dios, son hechas por los profetas, como una estratagema para ayudar al pueblo a soportar momentos de adversidad, que ellos interpretaban como castigo por sus pecados.

En contra de lo que se nos ha dicho siempre, nada de lo que anunciaron los profetas, se cumplió en Jesús. Gracias a Dios, porque todos los textos están encaminados hacia una salvación material. Lo único que esperaban de Dios, eran seguridades.

Claro que podemos y debemos entender todas aquellas imágenes como metáforas. ¿Las entendieron así los profetas? Iría en contra de la manera de sentir a Dios en aquel tiempo. Los verdaderos valores del espíritu y el verdadero valor de la persona humana son una absoluta novedad de Jesús para la que no estaban preparados ni los mejores rabinos y especialistas de la Ley. Si algún profeta intuyó esos valores, fue un grito que se perdió en el desierto.

CONTEXTO EVANGÉLICO
Comenzamos el ciclo (B), pero no hay ruptura con el final del (A). El domingo pasado leíamos la última parábola del evangelio de Mt. Hoy leemos lo último del evangelio de Mc. Los dos tienen como trasfondo la última venida de Cristo, que aquellas comunidades creían cercana, y que utilizan para invitar a vivir con coherencia.

EXPLICACIÓN
La clave del relato está en la actitud de los criados. Para provocar esa actitud nos habla de lo inesperado de la llegada del dueño de la casa. Nos quiere decir que Dios está siempre llegando. Él es “el que viene”.

La humanidad vive un constante adviento, pero no por culpa de un Dios que se complace en cocorear y hacer rabiar a la gente obligándole a infinitas esperas antes de darle lo que tanto ansían. Estamos todavía en Adviento, porque estamos dormidos o soñando con logros superficiales, y no hemos afrontado con la debida seriedad la existencia. Todo lo que espero de fuera, lo tengo ya dentro.

“Miren, Vigilen”. Para ver no sólo se necesita tener los ojos abiertos, se necesita también luz. No se trata de contrarrestar el repentino y nefasto ataque de un ladrón. Se trata de estar despierto para afrontar la vida con una conciencia lúcida.

Se trata de vivir a tope una vida que puede trascurrir sin pena ni gloria. Si consumes tu vida dormido, no pasa nada. Esto es lo que tendría que aterrarme; que pueda trascurrir tu existencia sin desplegar las posibilidades de plenitud que te han dado.

La alternativa no es salvación o condenación. Nadie te va a condenar. La alternativa es o plenitud humana o simple animalidad.

“Pues no sabes cuando en el ‘momento’”. En griego hay dos palabras que traducimos al castellano por “tiempo”: “kairos” y “chronos”.

Chonos significa el tiempo astronómico, relacionado con el movimiento de los cuerpos celestes. “La medida del movimiento, según un antes y un después”, como diría Aristóteles.

Kairos sería el tiempo sicológico. Significa el momento oportuno para tomar una decisión por parte del hombre.

Por no tener en cuenta esta sencilla distinción, se han hecho interpretaciones descabelladas de la Escritura. En el evangelio que acabamos de leer, se habla de kairos, es decir del tiempo oportuno. Naturalmente que el hombre, como creatura material, se encuentra siempre en el chronos, pero lo verdaderamente importante para él es descubrir el kairos.

APLICACIÓN
El punto clave de nuestra reflexión debe ser: ¿Esperamos nosotros esa misma salvación que esperaban los judíos? Si es así, también nosotros hemos caído en la trampa. Jesús no podría ser nuestro salvador.

La mejor prueba de que los primeros cristianos, verdaderos judíos, no estaban en la auténtica dinámica para entender a Jesús, es que no respondió a sus expectativas y creyeron necesaria una nueva venida. “Entonces nos salvará de verdad, porque vendrá con poder y gloria”. ¿No os parece un poco ridículo? Precisamente, la médula de su mensaje es que la salvación que Dios nos ofrece, está en la entrega y el don total, no en la gloria y el poder por encima de los demás.

En las primeras comunidades se acuñó una frase, repetida hasta la saciedad en la liturgia: “Maranatha” (ven, Señor Jesús). Vivieron la contradicción de una escatología realizada y otra futura. “Ya, pero todavía no”.

“Ya”, por parte de Dios, que nos ha dado ya todo lo que necesitamos para esa salvación. Si no fuera así, se convertiría en un tirano.

“Todavía no”, por nuestra parte, porque seguimos esperando una salvación a nuestra medida y no hemos descubierto el alcance de la verdadera salvación, que ya poseemos.

Aquí radica el sentido del Adviento. Porque “todavía no” ha llegado la verdadera salvación, tenemos que tratar de adelantar el “ya”. Eso nunca lo conseguiremos, si permanecemos dormimos.

¿Cómo podremos seguir luchando con todas nuestras fuerzas por un mayor consumismo y a la vez convencernos de que la felicidad está en otra parte? Creo que es una tarea imposible. Descubrir esa trampa, sería estar despiertos.

El ser humano sigue esperando una salvación que le venga de fuera, sea material, sea espiritual. Pero resulta que la verdadera salvación está dentro de cada uno. En realidad Jesús nos dijo que no teníamos nada que esperar, que el Reino de Dios estaba ya dentro de nosotros. En este mismo instante está viniendo. Si estamos dormidos, seguiremos esperando.

La falta de encuentro se debe a que nuestras expectativas van en una dirección equivocada. Esperamos que Dios llegue desde fuera. Esperamos actuaciones espectaculares por parte de Dios. Esperamos una salvación que se me conceda como un salvoconducto, y eso no funciona. Da lo mismo que la espere aquí o para el más allá. Lo que depende de mí no lo puede hacer Dios ni lo puede hacer otro ser humano. Esta es la causa de nuestro fracaso. Seguimos esperando que otro haga lo que solamente yo puedo hacer.

También la religión me ofrece salvación, pero sólo puede salvarme de las ataduras que ella mismo me ha colocado. Ninguna institución puede darme lo que ella no tiene.

Dios es la salvación y ya está en mí. Lo que de Dios hay en mí es mi verdadero ser. No tengo que conseguir nada ni cambiar nada en mí auténtico ser, simplemente tengo que despertar y dejar de potenciar mi falso yo.

Tengo que salir del engaño de creer que soy lo que no soy. Esta vivencia me descentrará de mí mismo y me proyectará hacia los demás. Me identificaré con todo y con todos. Mi falso ser, mi individualidad se desvanece. Esa experiencia de salvación transformaría radicalmente mi comportamiento con los demás y con las cosas.

El verdadero problema está en la división que encontramos en nuestro ser. En cada uno de nosotros hay dos fieras luchando a muerte: Una es mi verdadero ser que es amor, armonía y paz; otra es mi falso yo que es egoísmo, soberbia, odio y venganza. ¿Cual de los dos vencerá? Muy sencillo y lógico: vencerá aquella a quien tú mismo alimentes.

Como los judíos, seguimos esperando una tierra que mane leche y miel; es decir mayor bienestar material, más riquezas, más seguridades de todo tipo, poder consumir más... Seguimos pegados a lo caduco, a lo transitorio, a lo terreno. No necesitamos para nada, la verdadera salvación o, a lo máximo, para un más allá.

Si no sientes necesidad no habrá verdadero deseo, y sin deseo no hay esperanza. Hoy ni los creyentes ni los ateos esperamos nada más allá de los bienes materiales. Dios sigue esperando.
Meditación-contemplación
“Despierta tú que duermes, y Cristo será tu luz”.
Para ver se necesita tener lo ojos bien abiertos,
Pero también se necesita una buna luz.
De estas dos realidades tienes que preocuparte.
………………

No se trata de los ojos del cuerpo, sino los del “alma”.
Curiosamente, no se puede ver desde dentro
si no tienes los ojos del cuerpo cerrados
y la razón aparcada para que no se ocupe de los asuntos terrenos.
………………

La luz que puede ayudarte sí puede venir de fuera de ti.
La experiencia interior de los demás
puede ser la mejor luz que ilumine tu vida.
Para nosotros, la experiencia de Jesús, será la mejor guía.
Esa vivencia está más allá de todo lo que se puede decir sobre él.
…………………..


Fray Marcos



Toda nuestra vida es Adviento

Dios está viniendo.
Él viene en su Palabra,
en su Espíritu que nos da la fe,
en los sacramentos de la Iglesia,
en las luchas y alegrías de la vida,
en cada uno de nuestros hermanos,
sobre todo en los más pobres y sufridos.
Hay que saber esperar a Dios.
Hay que saber buscar a Dios.
Hay que saber descubrir a Dios.

Y mira que hay muchos que se cansan de esperar,
porque la vida se ha puesto muy dura
y los poderosos siempre aplastan al pueblo.
Y hay muchos que no saben buscar a Dios
día a día, en el trabajo, en casa, en la calle,
en la lucha por los derechos de todos,
en la oración, en la fiesta alegre de los hermanos unidos,
e incluso más allá de la muerte.

El maíz y el arroz están naciendo, hermosos.
Ha llegado el Adviento.
Luego llegará la Navidad.
Dios está llegando siempre.
Abramos los ojos de la fe,
abramos los brazos de la esperanza,
abramos el corazón del amor.

En ese Dios que siempre viene,
os abraza vuestro hermano.

(Pedro Casaldáliga)

ADVIENTO: CAMINO DE ESPERA Y ESPERANZA

ECLESALIA, 25/11/11.- Se aproxima el adviento. Se le puede poner muchos adjetivos. Primero es “camino”, es decir, movimiento, dinamismo, no estancamiento, no rutina, no inercia. Son palabras que todos los años nos proponemos, pero nos cuesta cumplir. Ese camino que hacemos andando tenemos que hacerlo juntos: acompañados por el hermano, pero con la meta en él, es decir, en Dios.

Flaco favor le hacemos a los demás y a nosotros mismos si nuestro adviento se reduce a la celebración litúrgica. Se quedaría en algo externo, superficial, en el sacrificio, evocando las palabras del profeta Oseas: misericordia quiero, no sacrificio (Os 6, 6)

Si recordamos las palabras de Jesús en el último domingo del tiempo ordinario (cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis), el amor al prójimo es exactamente igual al amor de Dios. Por tanto, lo que no hagamos por los necesitados, por los que sufren, por los perseguidos, por los oprimidos, no lo hacemos por Dios. Esas palabras tan radicales nos urgen a que el camino del adviento lo recorramos, lo vivamos de forma activa. Con el hermano en el centro (luego con Dios en el centro). Esas palabras de Mateo son nuestro mapa para el camino; nuestro bastón será el amor de Dios, que damos a los demás.

¿Qué esperamos en este adviento? ¿Qué debemos esperar? Esperamos al Dios hecho hombre, al Dios como nosotros, al Dios sufriente, al Dios cercano, al Dios que es amor.

Para ese acontecimiento tan trascendental en nuestra vida no solo debemos prepararnos en este adviento sino que toda nuestra vida debe ser un viaje de preparación. Pero con la suficiente madurez como para no poner como excusa ese viaje. Para no escudarnos en una eterna preparación. Un viaje es un medio, no un fin. El fin es la llegada, la meta, donde nos esperan paisajes maravillosos, experiencias maravillosas, personas maravillosas. ¿Cómo nos preparamos? No solo litúrgicamente sino estando al lado del que sufre. Estando al lado del necesitado estaremos al lado de Dios, preparados para lo que nos pida, para lo que necesite de nosotros.

Igual que el camino del adviento es un camino activo, la espera también tiene que serlo. Es decir, una espera con esperanza. Si nuestro mapa es el evangelio y nuestro bastón el amor de Dios, nuestra ropa para ese camino es la esperanza. Una ropa maravillosa que Mateo compara con los lirios del campo. ¿A qué si no se refiere el evangelista? ¿Qué es ese mandato de no preocuparse de nada sino tener esperanza?

Esperanza no solo en un paraíso futuro en el que no haya lágrimas ni llantos. La esperanza evangélica es en el prójimo, en el hombre. Esperanza en que este mundo (formado por hombres) es posible que sea mejor. Esperanza en que nuestra participación en este mundo va a ser fructífera, duradera y merecedora de nuestro esfuerzo.

La esperanza teórica no sirve para nada. La esperanza tiene que adaptarse a nuestro cuerpo, ser cómoda, tenemos que estar cómodos con ella, tiene que ser duradera, de calidad.

Con estas vestiduras, dignas del mismísimo Apocalipsis, con estos ingredientes, estaremos preparados para el viaje de nuestra vida. Una vida a ser vivida en común, compartiendo bienes, amores, generosidades, alegrías, sufrimientos,… Una vida compartida y vivida con el otro, con el otro como centro, con Dios en el centro.

JOSÉ GALLARDO ALBERNI, josegallardoalberni@gmail.com