miércoles, 7 de septiembre de 2011

VIVIR PERDONANDO - José Antonio Pagola


VIVIR PERDONANDO - José Antonio Pagola

Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».

Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido un "Canto de venganza" de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: "Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete". Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.

En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net


Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde el perdón y la paz de Jesús. Pásalo.
11 de septiembre de 2011
24 Tiempo ordinario(A)
Mateo 18, 21-35

fuentes:
http://feadulta.com/
y http://eclesalia.wordpress.com/


SETENTA VECES SIETE

Señor:
Somos un poco de todo y de nada.

Somos hermanos y extraños,
hijos y siervos,
deudores y prepotentes,
compañeros y enemigos de camino,
solidarios pero también indiferentes,
ciudadanos e indefensos,
cómplices y demasiado pacientes.
Somos un poco de todo y de nada.

Somos intento de diálogo y palabra vacía,
huella y piedra de tropiezo,
memoria y olvido,
protesta y enigma,
prestamistas y eternos deudores,
suplicantes de tu perdón y yermos para concederlo,
indefensos creadores de murallas.
Somos un poco de todo y de nada.

Somos audaces y cuitados,
víctimas y verdugos de nosotros mismos,
a veces soñadores, otras rastreros,
firmes y volubles,
lloricas empedernidos y de corazón duro,
tramposos y jueces de nuestros hermanos,
llenos de agujeros e impermeables.
Somos un poco de todo y de nada.

Señor, somos y no somos.
Estamos confundidos.
Somos mártires de nada.
Somos claroscuros.
Somos pecadores conscientes.
Perdónanos y acrisólanos
aunque necesites
setenta veces siete
repetirte.

Florentino Ulibarri

ENSÉÑANOS A PERDONAR


CONTEXTO

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mateo sigue con la instrucción sobre cómo comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad.


El perdón no es más que una de las manifestaciones del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo real.


EXPLICACIÓN

La frase del evangelio, "setenta veces siete", no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud, que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa.

Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús, hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.


La parábola no necesita explicación, como todas. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda. El empleado es incapaz de perdonar una minucia.


Al final del texto, encontramos un rebotazo del AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.


En el evangelio encontramos con mucha frecuencia esa incapacidad de aceptar plenamente el Dios de Jesús, que es sobre todo Padre. Eran judíos y les costó Dios y ayuda aceptar toda la originalidad de Jesús.


También nosotros nos encontramos mucho más a gusto con el Dios del AT. Ese Dios que premia y castiga nos permite a nosotros hacer lo mismo con los demás. Esta es la razón por la que nos sentimos tan identificados con Él. Primero hemos fabricado un Dios a nuestra imagen, y después nos hemos conformado con imitarle.


APLICACIÓN

El perdón solo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Los razonamientos nunca nos convencerán de que tenemos que perdonar.


Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón del evangelio. El ego necesita enfrentarse al otro para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.


Para entrar en la dinámica del verdadero perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la única realidad descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro.


Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.


Por ese camino descubriremos que perdonar, no es hacer un favor al otro, sino entrar en una dinámica de verdadero amor, que te permite paz, armonía interior y bienestar.


Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien y repeler el mal.


La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno lo que en realidad es malo. Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón. Como seres humanos nos cuesta mucho menos tolerar una ignorancia que perdonar una mala voluntad.


“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. ¿No os parece un poco ridículo que Dios esté condicionado por nuestras propias acciones? Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando porque está identificado con cada uno de nosotros. Su amor es siempre perdón porque llega a nosotros sin merecerlo.


Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. No al revés.


Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida que nosotros perdonamos.


¡Qué difícil nos resulta armonizar el perdón con la justicia! Nuestra cultura occidental que pretendemos superior a las demás, tiene fallos garrafales. Claro que nuestra cultura es fruto del cristianismo; pero olvidamos que se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por la justicia romana. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada al que vivió Jesús.


En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces solo esconde nuestro afán de venganza; eso sí, con todas las de la ley.


Nuestro mezquino sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón.


Es completamente descabellado pensar, que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia.


La justicia no consiste en que una persona perjudicada, consiga perjudicar al agresor. Difícil será que escapemos de esta dinámica. Seguiremos utilizando los mecanismos de la justicia para dañar al otro.


Lo que pedimos en el Padrenuestro, entendido al pie de la letra, es un solemne disparate. No se trata de un simple defecto de trascripción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: "Del vengativo se vengará el Señor". "Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas".


Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenues­tro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: "...Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14).


Aunque hayamos repetido esta idea durante veinte siglos, no corresponde al Dios de Jesús. No tenemos que escandalizarnos de que se diga esto de Dios, pero tampoco debemos renunciar a seguir acercándonos a la verdad. ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?


Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás.


Si yo amo solamente a las personas que son amables no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables por sus cualidades no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano.


Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.


No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano, también el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad.


La dinámica del perdón responde a la más profunda necesidad psicológica del ser humano de un horizonte para poder seguir viviendo. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos cada día, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que la actitud de Dios sigue siendo la misma, que me sigue queriendo y sigue queriendo lo mejor para mí, tiene que llevarme a la recuperación de mi propio ser, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave.


La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado, es descubrir que aquellos a quienes ofendí me han perdonado. Solo cuando estoy convencido de que Dios y los demás me han perdonado, estaré dispuesto a perdonarme a mí mismo y recuperaré la paz interior, imprescindible para poder seguir adelante.


Meditación-contemplación


Si vivo en la superficie de mi ser (ego)

el perdón que nos pide Jesús, será imposible.

Si descubro que el ofendido y el ofensor somos uno,

no hay ofensor ni ofendido ni ofensa.

…………….

Solo desde esa profundidad desaparecerá la ofensa.

No hay nada que perdonar ni nadie a quien perdonar.

Cualquier otra solución no pasará de artificial e inútil.

O se convierte en refuerzo de nuestro ego.

……………

Descubrir lo que me identifica con Dios y con los demás,

es el único camino de superación de toda tensión.

La religión de toma y da acá

es contraria al verdadero amor que es unidad.


Fray Marcos



EL SACRAMENTO DEL PERDÓN AL PRÓJIMO:
VISIÓN NEUROPSICOLÓGICA

Nos referimos al perdón otorgado a alguien por quienes nos sentimos ofendidos y en relación con el resentimiento -o incluso el odio- que abrigamos hacia él por lo que consideramos ofensa recibida.

Es importante el aspecto religioso del perdón al prójimo, como lo manifiesta en simbólicas consecuencias la parábola del servidor despiadado (Mt. 18, 32-35): “Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonare cada uno a su hermano de todo corazón”.

Pero consideramos de mayor calado vital y trascendencia para quien lo concede, la dimensión neuropsicológica del mismo. Cada pensamiento, cada emoción, cada conducta, tiene su eco negativo o positivo en el cerebro, inundando de sustancias neuroquímicas el organismo: todas ellas de incuestionable impacto en la vida física, mental y social del individuo. Y también ¿cómo no? en la espiritual.

En el cerebro, afirman hoy los neuropsicólogos, se asientan los cimientos del espíritu, siendo aquel a la vez su motor y su arquitecto.

Toda actividad mental crea nuevas redes neuronales, inductoras y facilitadoras posteriormente de nuevos comportamientos resonantes de dicha actividad. El acto del perdón no es ajeno a este principio y hace que cambien la energía y las estructuras físicas de nuestras células y de cuanto de este hecho físico se deriva.

El hombre debe ser trabajado necesariamente desde el hombre. Y a ello nos invitan hoy, como herramientas más eficaces, las Ciencias neurológicas, la Psicología y las experiencias meditativas.

El Budismo, por ejemplo, concibe el perdón como una necesidad para prevenir pensamientos dañinos que puedan alterar nuestro bienestar mental: “su práctica nos libera de ataduras que amargan el alma y enferman el cuerpo”.

Perdonaríamos con más facilidad si fuéramos conscientes de las secuelas negativas que el no hacerlo –y positivas si lo hacemos- tiene para nuestro organismo y, en consecuencia, para nuestro vivir y crecer de cada día.

El perdón es particularmente necesario cuando hay de por medio sentimientos de odio y de rencor. Sobre todo, porque a quien más daño hacen es a quien los guarda.

Alguien ha dicho con sentido del humor y mucho realismo que “el odio es el veneno que uno ingiere para que el odiado se muera”: mientras el otro vive plenamente ajeno al problema.

Como la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas, gritamos constantemente llenos de viejos resentimientos contra los que consideramos nuestros enemigos: “¡Que le corten la cabeza!”, “¡Que le corten la cabeza!”, sin percatarnos que la única cabeza que termina cayendo de los hombros es la propia.

Un elemento clave para poder perdonar a los demás es la capacidad de condonarse a sí mismo, ya que todo perdón nace del autoperdón. Pero la mayor parte de nosotros deambulamos harto frecuente cargados con nuestra mochila sentimental repleta de resentimientos ligados a un pasado que no podremos ya cambiar: como el capitán Rodrigo de Mendoza en La Misión, que arrastra indefinidamente el fardo de sus armas y bagajes –símbolo de sus pecados- incapaz de perdonarse.

Finalmente cabe considerar la dimensión social del perdón, incuestionablemente la más trascendental: su proyección sobre los demás y, por supuesto, sobre cuanto nos rodea. Liberándome yo del resentimiento y del odio libero también a los demás -y al Mundo entero- de la contaminación tóxica que entrañan.

Somos en cierto modo colas de cometa cargadas de detritus cuyos efectos se proyectan más directa o indirectamente en todos los espacios. Y recordemos que ya en la antigüedad estos fenómenos meteóricos eran vistos a menudo como mensajeros de catástrofes. En nuestra metáfora, hoy sabemos que lo son.

Por otra parte perdonar no significa estar de acuerdo con lo que pasó, ni darle la razón al que ofendió. Simplemente significa tomar conciencia del hecho, dejar de lado todo cuanto causó el dolor y el dolor mismo, y finalmente aceptarlo como algo que pertenece ya a los anales de nuestra personal biografía.

Del Sacramento del Perdón al Prójimo -el auténticamente cristiano-, como signo, lo importante es lo significado. Es decir, lo que ocurre física, psíquica y espiritualmente en quien lo otorga.

Vicente Martínez