lunes, 12 de septiembre de 2011

Montan destierro jesuita


La Independencia comenzó a fraguarse con su salida, sostiene dramaturgo
Periódico Reforma, Silvia Isabel Gámez
http://www.reforma.com/cultura/articulo/624/1247159/

Ciudad de México  (12 septiembre 2011).- La noche del 24 de junio de 1767 se cumplió en la Nueva España la orden del monarca Carlos III: los jesuitas debían ser hechos prisioneros y enviados a Veracruz en un plazo de 24 horas. La expulsión incluía a enfermos y moribundos, todos debían ser embarcados, cargando como únicos bienes sus libros de rezo.


Este momento histórico, que significó para México un cataclismo cultural, es recuperado por el dramaturgo José Ramón Enríquez en la obra La expulsión, dirigida por Luis de Tavira.


Un proyecto que reúne a ambos artistas 18 años después de su última colaboración, en la puesta de Jubileo.


"La medida significó el desmantelamiento del proyecto educativo (jesuita) en la Nueva España y el abandono de las misiones del norte, a las que nunca más se atendió", señala De Tavira. 


Con su salida, agrega Enríquez, el norte quedó desierto, y los indígenas perdieron a los defensores de su lengua y de su historia. Los motines de criollos e indios en favor de los jesuitas, que eran sus maestros y confesores, motivaron una dura represión. "Yo creo y sostengo en la obra que la Independencia comenzó a fraguarse con su expulsión".


Son 13 cuadros escritos en verso que inician cuando el novicio José Ignacio profesa sus votos en Tepotzotlán. Después vivirá la expulsión de la Compañía de Jesús, el exilio en Bolonia, la supresión de la orden en 1773, su restitución en 1814, y el regreso, en 1826, a un México ya independiente. La mayoría de los personajes son reales, y muchas de sus palabras son exactas. 


"Los jesuitas vivieron una contradicción", expone De Tavira. "Si como súbditos de España habían sido desterrados, y como súbditos de la Iglesia los habían suprimido, ¿en dónde sustentar toda una vida entregada a una causa? Al buscar su razón de ser, la encuentran en la conciencia de ser mexicanos".


Es por eso, afirma, que La expulsión trata de unos mexicanos que, en segundo lugar, eran jesuitas. Otro tema fundamental que atraviesa la obra es cómo era vista la Nueva España por la Ilustración europea, que consideraba a sus nativos estúpidos y de instintos bestiales. 


"Consiste el ser felices, para ellos, en no pensar jamás, permanecer pasivos, dormir mucho", asegura el filósofo Cornelius de Pauw en un enfrentamiento verbal con el humanista jesuita Francisco Xavier Clavigero, quien ante tanta ignorancia decidí escribir la historia del México antiguo.


"Clavigero se aferra a su patria. Desde el exilio se afirma mexicano, no español, y ya tampoco jesuita", plantea De Tavira. "Ahí es donde empieza realmente la mexicanidad", sostiene Enríquez.


Para los creadores, este proyecto, producido por Enrique González Torres, ex rector de la Ibero, cobra mayor significación puesto que ambos fueron jesuitas y tuvieron que dejar la orden tras enfrentarse a la jerarquía de la Iglesia. A De Tavira le fue negado continuar en la Compañía a la que perteneció una década por su condición de hombre de teatro. "Me conmueve entender el dilema existencial que vivieron aquellos a quienes de pronto les suprimieron la orden, sin opción. Qué les quitaron y qué no les pudieron quitar".


Al director, fueron los jesuitas quienes lo empujaron a estudiar teatro en la época de apertura del Concilio Vaticano II, tras descubrir su interés por la tragedia griega. Lo suyo fue un camino de "inspiración y de obediencia", dice, al que años después le pidieron renunciar. 


"Para mí no había marcha atrás, simplemente lealtad al llamado. Yo digo que no cambié; se arrepintió la Iglesia. Sigo en el teatro", señala. "Siempre creí en la posibilidad de ser jesuita en el teatro".


Enríquez permaneció un año en la orden, donde hizo los llamados ejercicios espirituales de San Ignacio. "Que asumieras aun dentro de la castidad una sexualidad distinta, no lo aceptaban", recuerda. "Yo no tenía por qué negar que fuera gay o pedir que me curaran, ese fue el problema". Al salir, asumió causas políticas y sociales, y nunca dejó de ser cristiano.


"Estos jesuitas", cuenta sobre los protagonistas de su obra, "se la jugaron incluso sin una orden religiosa que los sostuviera. Por encima de la estructura burocrática de la Iglesia tenían una razón de ser, una misión como cristianos, y eso me emociona".


Reencuentro 


Después de dirigirlo en su debut, a los 10 años en Clotilde en su casa, de Jorge Ibargüengoitia, Luis de Tavira vuelve a contar en un reparto con su hijo José María, que interpreta en La expulsión al personaje de José Ignacio, hilo conductor de la historia. "Es un estupendo actor", asegura el director. 


Basado en la figura de José María Ignacio Amaya (1747 1828), este jesuita vivió lo suficiente para volver a México tras el restablecimiento de la orden, lo que no ocurrió con el humanista Francisco Xavier Clavigero (1731-1787), fallecido en Bolonia, y que en la obra es interpretado por Emilio Echavarría.


Participan también Miguel Flores, que interpreta tanto al confesor del rey Carlos III, fray Joaquín de Eleta, como al defensor de los jesuitas Domingo Valcárcel, y Rodrigo Murray, que da vida al virrey Marqués de Croix, y al "ilustrado" Cornelius de Pauw.