jueves, 15 de septiembre de 2011

MIRADA ENFERMA - José Antonio Pagola


MIRADA ENFERMA - José Antonio Pagola

Jesús había hablado a sus discípulos con claridad: "Buscad el reino de Dios y su justicia". Para él esto era lo esencial. Sin embargo, no le veían buscar esa justicia de Dios cumpliendo las leyes y tradiciones de Israel como otros maestros. Incluso en cierta ocasión les hizo una grave advertencia: "Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios". ¿Cómo entendía Jesús la justicia de Dios?

La parábola que les contó los dejó desconcertados. El dueño de una viña salió repetidamente a la plaza del pueblo a contratar obreros. No quería ver a nadie sin trabajo. El primer grupo trabajó duramente doce horas. Los últimos en llegar sólo trabajaron sesenta minutos.

Sin embargo, al final de la jornada, el dueño ordena que todos reciban un denario: ninguna familia se quedará sin cenar esa noche. La decisión sorprende a todos. ¿Cómo calificar la actuación de este señor que ofrece una recompensa igual por un trabajo tan desigual? ¿No es razonable la protesta de quienes han trabajado durante toda la jornada?

Estos obreros reciben el denario estipulado, pero al ver el trato tan generoso que han recibido los últimos, se sienten con derecho a exigir más. No aceptan la igualdad. Esta es su queja: «los has tratado igual que a nosotros». El dueño de la viña responde con estas palabras al portavoz del grupo: «¿Va ser tu ojo malo porque yo soy bueno?». Esta frase recoge la enseñanza principal de la parábola.

Según Jesús, hay una mirada mala, enferma y dañosa, que nos impide captar la bondad de Dios y alegrarnos con su misericordia infinita hacia todos. Nos resistimos a creer que la justicia de Dios consiste precisamente en tratarnos con un amor que está por encima de todos nuestros cálculos.
Esta es la Gran Noticia revelada por Jesús, lo que nunca hubiéramos sospechado y lo que tanto necesitábamos oír. Que nadie se presente ante Dios con méritos o derechos adquiridos. Todos somos acogidos y salvados, no por nuestros esfuerzos sino por su misericordia insondable.

A Jesús le preocupaba que sus discípulos vivieran con una mirada incapaz de creer en esa Bondad. En cierta ocasión les dijo así: "Si tu ojo es malo, toda tu persona estará a oscuras. Y si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!". Los cristianos lo hemos olvidado. ¡Qué luz penetraría en la Iglesia si nos atreviéramos a creer en la Bondad de Dios sin recortarla con nuestra mirada enferma! ¡Qué alegría inundaría los corazones creyentes! ¡Con qué fuerza seguiríamos a Jesús!

José Antonio Pagola
 vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la Noticia de un Dios Bueno. Pásalo.
18 de septiembre de 2011
25 Tiempo ordinario(A)
Mateo 20,1-16

fuentes:
http://feadulta.com/http://eclesalia.wordpress.com/



A TU MANERA

Saliste, Señor,
en la madrugada de la historia
a buscar obreros para tu viña.
Y dejaste la plaza vacía
–sin paro–,
ofreciendo a todos trabajo y vida
–salario, dignidad y justicia–.

Saliste a media mañana,
saliste a mediodía,
y a primera hora de la tarde
volviste a recorrerla entera.
Saliste, por fin, cuando el sol declinaba,
y a los que nadie había contratado
te los llevaste a tu viña,
porque se te revolvieron las entrañas
viendo tanto trabajo en tu hacienda,
viendo a tantos parados que querían trabajo
-salario, dignidad, justicia-
y estaban condenados todo el día a no hacer nada.

A quienes otros no quisieron
tú les ofreciste ir a tu viña,
rompiendo los esquemas
a jefes, patrones, capataces, obreros y esquiroles…,
a los que siempre tienen suerte
y a los que madrugan para venderse
o comprarte… ¡quién sabe!

Al anochecer cumpliste tu palabra.
A todos diste salario digno y justo,
según el corazón y las necesidades te dictaban.
Quienes menos se lo esperaban
fueron los primeros en ver sus manos llenas;
y, aunque algunos murmuraron,
no cambiaste tu política evangélica.

Señor, sé, como siempre,
justo y generoso,
compasivo y rico en misericordia,
enemigo de prejuicios y clases,
y espléndido en tus dones.

Gracias por darme trabajo y vida,
dignidad y justicia
a tu manera…,
no a la mía.

Florentino Ulibarri




DIOS ES PARA TODOS IGUAL, ES AMOR, DON INFINITO





CONTEXTO

También hoy el evangelio va dirigido a la comunidad. Los primeros cristianos eran judíos, aunque poco a poco se fueron agregando paganos y de otras religiones. Cuando se escribió este evangelio, las comunida­des llevaban ya muchos años de rodaje pero seguían incorpo­rándose nuevos miembros. Los más veteranos, seguramente reclamaban privilegios, porque naturalmente habían conseguido una perfección que los neófitos no podían tener.

Esta parábola intenta advertir a los cristianos de su comunidad que no es ningún privilegio haber accedido a la fe antes que los demás. Este sentimiento de superioridad estaba muy arraigado en el pensamiento judío. Ellos eran los elegidos y los privilegiados. Dios no podía tratar a los demás como tenía obligación de tratarlos a ellos.

También hoy nos hemos saltado todo el capítulo 19. El contexto inmediato es muy interesante.

Jesús acaba de decir al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga.

A continuación, Pedro se destaca, una vez más, y dice a Jesús: “Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué tendremos?”.

Jesús le promete cien veces más, pero termina con esa frase enigmática: “Hay primeros que serán últimos, y últimos que serán primeros”.

Inmediatamente después viene el relato de hoy, que repite al final la misma frase, pero invirtiendo los términos; dando a entender que la parábola es una demostración de que la frase de marras se hace realidad, y que nadie debe hacerse ilusiones.

Las lecturas de los tres últimos domingos han desarrollado el mismo tema, pero en una progresión de ideas interesante:

  • el domingo 23 nos hablaba de la corrección fraterna, es decir, del perdón al hermano que ha fallado
  • el 24 nos habló de la necesidad de perdonar las deudas sin tener en cuenta la cantidad
  • hoy nos habla de la necesidad de compartir con los demás sin límites, no con un sentido de justicia humana, sino desde el amor.

Todo un proceso de aproximación al amor que Dios manifiesta con cada uno de nosotros.

EXPLICACIÓN

El relato de hoy es una mezcla de alegoría y parábola. Esto hace más difícil una interpretación adecuada. Sabéis que en la alegoría, cada uno de los elementos del relato significa otra realidad concreta. En la parábola, es el conjunto el que nos lanza a otro nivel de realidad a través de una quiebra en el mismo proceso lógico de la historia narrada.

Está claro, por ejemplo, que la viña hace referencia al pueblo elegido, y que el propietario hace referencia a Dios mismo. Pero también es cierto que en el relato, hay un punto de inflexión cuando dice: “Al llegar los primeros pensaron que recibirían más”. Quiere resaltar la  “injusticia” de pagar a todos los jornaleros el mismo salario.

Desde la lógica humana, no hay ninguna razón para que el dueño de la viña trate con esa deferencia a los de última hora. Por otra parte, el propietario de la viña actúa desde el amor absoluto, cosa que solo Dios puede hacer.

Tal vez lo que nos quiere decir la parábola es que una relación de toma y daca con Dios no tiene sentido. El trabajo en la comunidad de los seguidores de Jesús, tiene que imitar a ese Dios, y ser totalmente desinteresado. Si tomásemos en serio esta advertencia, ¿qué quedaría de nuestra religiosidad?

La parábola trata de resolver un problema que se plantea desde una visión mítica de Dios y del hombre. Dios sería el soberano y señor que tendría al hombre como siervo y jornalero. Si tomamos conciencia de que Dios está identificado con el ser humano, no fuera y en alguna parte del universo, no tiene sentido hablar de retribución o paga.

Tiene mucha miga la frase: “Los últimos serán primeros y los primeros serán últimos”. En realidad lo que nos está diciendo es que toda escala para valorar a los seres humanos, pierde su consistencia a la hora de ser valorados por Dios. Los criterios humanos son siempre insuficientes para enjuiciar el grado de pertenencia al Reino de Dios.

APLICACIÓN

Debemos de ser muy cautelosos a la hora de aplicar a nuestra vida esta parábola.Jesús no pretende dar una lección de relaciones económicas o laborales. Cualquier referencia a ese campo en la homilía de hoy no tiene mucho sentido.

Jesús está hablando de la manera de comportarse Dios con nosotros, que está más allá de toda justicia humana. Que nosotros podamos imitarle es otro cantar.

Desde los valores que manejamos en nuestra sociedad, es imposible entender la parábola. Hoy todo el mundo trabaja para lograr desigualdades; es decir para tener más que el otro, estar por encima y así diferenciarse de él.

Esto es cierto, no solo respecto a cada individuo, sino también a nivel de pueblos y naciones. Incluso en el ámbito religioso se nos ha inculcado que tenemos que ser mejores que los demás para recibir un premio mayor. Esta ha sido la filosofía que ha movido la espiritualidad cristiana de todos los tiempos. Lo que propone la parábola es algo completamente distinto. Una vez más, el evangelio está sin estrenar.

Se trata de romper, en la comunidad, los esquemas en los que está basada la sociedad que se mueve únicamente por el interés. Como dirigida a la comunidad, la parábola pretende  unas relaciones humanas que estén más allá de todo interés egoísta de individuo o de grupo. Los Hechos de los Apóstoles nos dan la pista cuando nos dicen: “lo poseían todo en común y se distribuía a cada uno según su necesidad”.

Tampoco se trata de imaginar que los últimos se aplicaron a trabajar más duro que los demás, de tal manera que el propietario lo que paga son los resultados y no las horas de trabajo. Si pensamos así, hacemos polvo el verdadero sentido de la parábola, que pone precisamente el acento en la gratuidad del salario de los que no trabajaron lo suficiente para ganarlo.   

En realidad lo que está en juego es una manera de entender a Dios completamente original. Tan desconcertante es ese Dios de Jesús, que después de veinte siglos, aún no lo hemos asimilado. Seguimos pensando en un Dios que retribuye a cada uno según sus obras.

Una de las trabas más fuertes que impiden nuestra vida espiritual es creer que podemos y tenemos que merecer la salvación. El don total de Dios es siempre elpunto de partida, no algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo.

Hoy tenemos datos suficientes para ir incluso más allá de la parábola. No existe retribución que valga. Dios da a todos los seres humanos lo mismo, porque Dios se da a sí mismo y no puede partirse. La misma Escritura dice "Dios no da el Espíritu con medida".

Dios no tiene partes. No tiene nada que dar, porque nada puede existir fuera de Él. Y si no tiene partes, se tiene que dar entero, es decir, infinitamente.

Es una manera equivocada de hablar, decir que Dios nos concede esta o aquella gracia. Dios está totalmente disponible a todos. Lo que tome cada uno dependerá solamente de él.

Fijaros bien: si Dios pudiera en un momento determinado darme algo en orden a mi plenitud y no me lo diera, dejaría de ser Dios. Dios no puede ser cicatero.

Yo tengo que ser capaz de abrirme al don de Dios; no es que Dios tenga que hacer algo, dependiendo de mi comportamiento.

La obra salvadora de Jesús no está encaminada a cambiar la actitud de Dios para con nosotros; como si antes de él, estuviésemos condenados por Dios, y después estuviésemos salvados. La salvación de Jesús consistió en manifestarnos el verdadero rostro de Dios y cómo podemos responder a su don total.

Jesús no vino para hacer cambiar a Dios, sino para que nosotros cambiemos con relación a Dios, aceptando su salvación. No sigamos empeñándonos en meter a Dios por nuestros caminos. ¡Entremos de una vez por los suyos!

Con estas parábolas el evangelio pretende hacer saltar por los aires la idea de un Dios que reparte sus favores según el grado de fidelidad a sus leyes, o peor aún, según su capricho. Por desgracia hemos seguido dando culto a ese dios interesado y que nos interesaba mantener.

Nada tenemos que “esperar” de Dios; ya nos lo ha dado todo desde el principio. Intentemos darnos cuenta de que no hay nada que esperar y abrámonos a su don total, que es ya una realidad, aunque no lo hayamos descubierto.

El mensaje de la parábola de hoy es, en el sentido más estricto, evangelio, es decir, buena noticia: Dios es para todos igual; para todos es amor, don infinito. Cuando decimos para todos, queremos decir para todos sin excepción.

Los que nos creemos buenos, los que creemos y cumplimos todo lo que Dios quiere, lo veremos como una injusticia; seguimos con la pretensión de aplicar a Dios nuestra manera de hacer justicia. Cómo vamos a aceptar que Dios ame a los malos igual que a nosotros. Caería por tierra toda nuestra religiosidad que se basa en ser buenos para que Dios nos premie o por lo menos, para que no nos castigue.

El evangelio propone cómo tiene que funcionar la comunidad (el Reino). ¿Sería posible trasladar esta manera de actuar a todas las instancias civiles?

Si se pretende esa relación imponiéndola desde el poder, no tendría ningún valor salvífico. Pero si todos los miembros de una comunidad, sea del tipo que sea, lo asumieran voluntariamente, sería una riqueza humana increíble, aunque no partiera de un sentido de trascendencia.




Meditación-contemplación


“No te hago ninguna injusticia”
No es fácil comprender desde nuestra lógica humana
las razones que tiene el amor para actuar sin motivación aparente.
Debemos descubrir que el amor que Dios me tiene
nunca puede tener su fundamento en mí, sino sólo en Él.
…………………..

Esa actitud de amor que Dios manifiesta conmigo,
es la que tengo que imitar yo para con los demás.
Esta es la clave de todo el evangelio.
No tenemos que amar para que Dios nos ame,
sino amar como Dios nos ama y porque Él ya nos ama.
…………………

“Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”.
Para poder imitar a Dios, primero debemos conocerlo.
Lo que Jesús intenta una y otra vez en el evangelio
es llevarnos a ese descubrimiento del verdadero Dios.



Fray Marcos 



EL JORNALERO QUE LLEGÓ AL AMANECER





La enfermedad de nuestra hija arruinó mi vida.

Yo había nacido en Galilea, en una aldea cerca de Caná y heredé de mis antepasados un viñedo espléndido, plantado hacía más de cien años y que iba pasando de padres a hijos. Me casé, tuve hijos y mi vida transcurría en paz según las palabras del  Profeta: “Habitarán cada uno debajo de su parra y de su higuera” (Mi 4,4).

Pero mi hija menor comenzó a padecer una extraña enfermedad de la que nadie parecía conocer ni el origen ni el remedio y tuve que peregrinar de médico en médico, sin que sus costosos tratamientos, que acabaron por arruinarnos, lograran sanarla.

La niña murió y tuve que vender mi viña para pagar mis deudas; el día en que se selló el contrato de venta, sentí que me arrancaban junto con ella las raíces de  mi esperanza. Tuve que entregar también a mis acreedores la casa de mis padres.

Mi esposa y yo abandonamos el pueblo que nos había visto nacer para trasladarnos a un barrio mísero en las afueras de Caná, con la esperanza de que, como era tiempo de vendimia, alguno de los propietarios me daría trabajo de jornalero.

Al amanecer me presenté en la plaza y cuando a primera hora llegó el dueño de uno de los mejores viñedos, señaló con su dedo a diez hombres que, como yo, esperaban en silencio. Oí que ajustaba el salario en un denario pero a mí debió considerarme viejo y con pocas fuerzas y no me eligió.

Volvió a mediodía para llevarse a los pocos que quedaban y yo me senté  en una esquina de la plaza con la cabeza hundida entre mis brazos, escondiendo de las miradas de los demás mi humillación y mi vergüenza.

A media tarde volvió, se acercó a mí y me preguntó:

-      “¿Nadie te ha contratado?”.
     “Nadie, señor”, le respondí tragándome el orgullo.
     “Ven entonces a trabajar a mi viña”.

Le seguí asombrado porque faltaba sólo una hora para la caída del sol y me puse a recoger racimos con la torpeza de quien nunca ha trabajado con sus manos, acostumbrado a dar siempre órdenes a otros.

Cuando los capataces dieron la señal de fin de trabajo y ordenaron que nos fuéramos acercando a cobrar el salario empezando por los que habíamos llegado los últimos, pensé que me pagaría sólo unos céntimos. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando vi que el dueño ponía en mi mano una moneda de un denario.

Le miré con asombro agradecido y cuando se cruzaron nuestras miradas sentí que sus ojos penetraban hasta lo más hondo de mi tragedia con un respeto y una compasión que nunca antes había experimentado.

     “Vuelve mañana”, me dijo y, mientras me alejaba, oí las protestas de mis compañeros al ver que  cobraban lo mismo que yo.

El amo no pareció alterarse ante sus quejas y dijo:

-      “¿Es que no ajusté con vosotros un salario justo? Si quiero darle a ese otro lo mismo que a vosotros ¿por qué os enfadáis?  ¿O es que vais a impedirme ser bueno y actuar con generosidad con quien yo quiera?”.

“Ser bueno, actuar con generosidad…” Eran unas palabras y una conducta a las que no estaba acostumbrado y que me invitaban a salir de los criterios estrictos de la retribución para respirar un aire que me era desconocido.

No lo dudé ni un instante. Al día siguiente, antes de que amaneciera, ya estaba yo trabajando en la viña y, cuando llegó el amo, había ya llenado con racimos varias espuertas.

     “No me pagues este tiempo de más. También yo quiero tener un corazón bueno como el tuyo”, le dije.

Y leí en su mirada la alegría de haber conseguido contagiar a otro el misterio de su gratuidad.


Dolores Aleixandre
(Un tesoro escondido. Las parábolas de Jesús. Ed CCS. p.21)