jueves, 29 de septiembre de 2011

¿ESTAMOS DECEPCIONANDO A DIOS? - José Antonio Pagola


¿ESTAMOS DECEPCIONANDO A DIOS? - José Antonio Pagola


Jesús se encuentra en el recinto del Templo, rodeado de un grupo de altos dirigentes religiosos. Nunca los ha tenido tan cerca. Por eso, con audacia increíble, va a pronunciar una parábola dirigida directamente a ellos. Sin duda, la más dura que ha salido de sus labios.

Cuando Jesús comienza a hablarles de un señor que plantó una viña y la cuidó con solicitud y cariño especial, se crea un clima de expectación. La «viña» es el pueblo de Israel. Todos conocen el canto del profeta Isaías que habla del amor de Dios por su pueblo con esa bella imagen. Ellos son los responsables de esa "viña" tan querida por Dios.

Lo que nadie se espera es la grave acusación que les va a lanzar Jesús: Dios está decepcionado. Han ido pasando los siglos y no ha logrado recoger de ese pueblo querido los frutos de justicia, de solidaridad y de paz que esperaba.

Una y otra vez ha ido enviando a sus servidores, los profetas, pero los responsables de la viña los han maltratado sin piedad hasta darles muerte. ¿Qué más puede hacer Dios por su viña? Según el relato, el señor de la viña les manda a su propio hijo pensando: «A mi hijo le tendrán respeto». Pero los viñadores lo matan para quedarse con su herencia.

La parábola es transparente. Los dirigentes del Templo se ven obligados a reconocer que el señor ha de confiar su viña a otros viñadores más fieles. Jesús les aplica rápidamente la parábola: «Yo les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Desbordados por una crisis a la que ya no es posible responder con pequeñas reformas, distraídos por discusiones que nos impiden ver lo esencial, sin coraje para escuchar la llamada de Dios a una conversión radical al Evangelio, la parábola nos obliga a hacernos graves preguntas.

¿Somos ese pueblo nuevo que Jesús quiere, dedicado a producir los frutos del reino o estamos decepcionando a Dios? ¿Vivimos trabajando por un mundo más humano? ¿Cómo estamos respondiendo desde el proyecto de Dios a las víctimas de la crisis económica y a los que mueren de hambre y desnutrición en África?

¿Respetamos al Hijo que Dios nos ha enviado o lo echamos de muchas formas "fuera de la viña"? ¿Estamos recibiendo la tarea que Jesús nos ha confiado de humanizar la vida o vivimos distraídos por otros intereses religiosos más secundarios?

¿Qué hacemos con los hombres y mujeres que Dios nos envía también hoy para recordarnos su amor y su justicia? ¿Ya no hay entre nosotros profetas de Dios ni testigos de Jesús? ¿Ya no los reconocemos?


José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la llamada de Jesús. Pásalo.
2 de octubre de 2011
27 Tiempo ordinario (A)
Mateo 21,33-43


fuentes:
http://feadulta.com/
y http://eclesalia.wordpress.com/




LA VIÑA DE MI AMIGO


Mi amigo tenía una viña en fértil collado.
Como hábil labrador la entrecavó, la despedró,
y plantó buenas cepas;
la rodeó con una cerca,
construyó en medio una atalaya
y un lagar para recoger el fruto de la cosecha.

Mi amigo amaba su viña
tanto como su casa solariega,
pero tuvo que ausentarse por sus múltiples tareas.
Antes de irse nos eligió e hizo de su cuadrilla
y nos dejó al frente de su viña;
nos marcó nuestro trabajo,
llenó nuestra existencia de tiempo y riqueza,
y nos regaló sus propias herramientas.

Él, que tan bien nos conoce,
creía que estando solos,
sin dioses que nos miren y controlen,
trabajaríamos mejor.

Pasaron años y cosechas,
pero mi amigo no olvidaba su viña
y quiso probar los frutos de su heredad predilecta.

Envió a sabios criados que no lograron nada;
envió a criados dialogantes que volvieron al instante;
envió a criados fuertes que volvieron con las espaldas marcadas;
envió a profetas que nadie escuchaba;
envió a su hijo, el que había sido camarada
y elegido a los labradores...

Pero éstos lo mataron con saña,
se creyeron dueños de la viña
y se dieron a la buena vida.
Olvidaron su tarea,
y la viña, en vez de olorosa uva,
empezó a dar agrazones en toda circunstancia.

¿Qué hará  mi amigo ahora con su viña y los labradores?

¡Pues contarles, una y otra vez, la historia,
para ver si la entienden y se convierten,
y logra un final feliz, que es lo que él quiere!

Señor, estén mis oídos atentos
a escuchar tu palabra.

Florentino Ulibarri


Mt 21, 33-43

"Arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos"


LA RESPONSABILIDAD DEL PODER:
NOS AFECTA A TODOS



CONTEXTO

El mismo contexto que el domingo pasado. Recordad: purificación del templo, protesta airada de los sacerdotes… A lo que Jesús responde con tres parábolas muy parecidas en su significado último. Una la hemos leído el domingo pasado, “los dos hijos enviados a la viña”, otra la leeremos del domingo que viene y la que leemos hoy, tal vez la más provocadora. Al rechazo de los jefes religiosos responde Jesús, según Mateo, con suma crudeza.

Se narra ya en el evangelio de Marcos, del que parece que copian Mateo y Lucas con pequeñas variantes. Cuando se escriben estos evangelios, hacia los ochenta del siglo I, ya se había producido la destrucción de Jerusalén y la total separación de los cristianos de la religión judía. Era muy fácil anunciar todo lo que había sucedido ya. También se había producido e interpretado la muerte de Jesús, que es uno de los elementos sustanciales del relato.

Estamos al final de la vida de Jesús y ya se ve claro el fracaso de su predicación ante la cerrazón de los dirigentes religiosos. A pesar de ello se mira al futuro (ya presente) y se da una salida airosa al mesianismo de Jesús. Eso sí, a costa del rechazo del pueblo de Israel. Esto no es probable que Jesús lo tuviera tan claro como los cristianos de la comunidad de Mateo.

EXPLICACIÓN

No se trata propiamente de una parábola, sino de una alegoría, donde, a cada elemento metafórico, corresponde un elemento real. El propietario es Dios. La viña es el pueblo elegido. Los labradores son los jefes religiosos. Los enviados una y otra vez, son los profetas.  El hijo es el mismo Jesús. Los frutos que Dios espera son, para Isaías, derecho y justicia; para los primeros cristianos es el amor. El nuevo pueblo, donde los dirigentes tienen que entregar frutos, es la comunidad cristiana.  

El relato del evangelio es copia, casi literal, del texto de Isaías. Pero si nos fijamos bien, descubriremos matices que cambian sustancialmente el mensaje. En Isaías el protagonista es el pueblo (viña), que no ha respondido a las expectativas de Dios; en vez de dar uvas, dio agrazones. En Mateo los protagonistas son los jefes religiosos (viñadores), que quieren apropiarse de los frutos e incluso de la misma viña. No quieren reconocer los derechos del propietario. La crítica de la parábola de hoy está dirigida a los jefes religiosos.

Como el domingo pasado, como el anterior, se nos habla de la viña. Era una de las imágenes más utilizadas en el AT para referirse al pueblo elegido. Seguramente, Jesús recordó muchas veces en su predicación, el canto de Isaías a la viña; sin embargo, no es probable que la relatara tal como la encontramos en los evangelios. No solo porque en él se da por supuesto la muerte de Jesús y el total rechazo del pueblo de Israel a la primera comunidad cristiana, sino también porque a ningún judío le podía pasar por la cabeza que Dios les rechazara para elegir a otro pueblo. Por lo tanto, está reflejando una reflexión de la primera comunidad cristiana muy posterior, cuando la ruptura entre la naciente Iglesia y la religión judía está consuma­da y la interpretación de la vida y muerte de Jesús había sido asimilada por la experiencia pascual.

“Se os quitará la viña y se dará a otro pueblo que produzca sus frutos”. Una manera muy bíblica de justificar que los cristianos se consideraran ahora el pueblo elegido. Esto era inaceptable y un gran escándalo para los judíos que consideraban la Ley y el templo como la obra definitiva de Dios, y ellos, sus destinatarios exclusivos. El relato no sólo justifica la separación, sino que también advierte a las autoridades de la comunidad que pueden caer en la misma trampa y ser rechazada por no reconocer los derechos de Dios.

Recordemos que entre la Torá (Ley) y el mensaje del Jesús, existe un peldaño intermedio que a veces olvidamos, y que seguramente hizo posible que la predicación de Jesús prendiera, al menos en unos pocos. Recordad las veces que se dice en el evangelio: “para que se cumplieran las escrituras”. Ese escalón intermedio fueron los profetas, que dieron chispazos increíbles en la dirección correcta; aunque no fueron escuchados.

“La piedra desechada por los arquitectos es ahora la piedra angular”, da por supuesto la apreciación cristiana de la figura de Jesús. Jesús no pudo contemplar el rechazo del pueblo judío como la causa de su propia muerte. Jesús nunca pretendió crear una nueva religión, ni inventarse un nuevo Dios. Jesús fue un judío por los cuatro costados, y nunca dejó de serlo. Si su predicación dio lugar al nacimiento del cristianismo, fue muy a su pesar. El traspaso de la viña a otros sobrepasa con mucho el pensamiento bíblico. En el AT el pueblo de Israel es castigado, pero siempre permanece como pueblo elegido

APLICACIÓN

Tendremos verdadera dificultad en aplicarnos la parábola si partimos de la idea de que aquellos jefes religiosos eran malvados y tenían mala voluntad. Nada más lejos de la realidad. Su preocupación por el culto, por la Ley, por defender la institución, por el respeto a su Dios era sincera. Lo que les perdió fue la falta de autocrítica y confundir los derechos de Dios con sus propios intereses. De esta manera llegaron a identificar la voluntad de Dios con la suya propia y creerse dueños y señores del pueblo. Si la viña no es propiedad de los arrendatarios, tampoco pueden serlo los frutos.

Los destinatarios de la parábola son los jefes religiosos. No se pone en duda que la viña de frutos. Se trata de criticar a los que se aprovechan indebidamente de los frutos que corresponden al Dueño.

Claro que podemos y debemos hacer una crítica de nuestra religión. A Jesús le mataron por criticar su propia religión. Atacó radicalmente los dos pilares sobre los que se sustentaba: el culto del templo y la Ley.

Tenemos que recordar a nuestros dirigentes, que no son dueños, sino administradores de la viña. La tentación de aprovechar la viña en beneficio propio es hoy la misma que en tiempo de Jesús, y no tenemos que escandalizarnos de que en ocasiones, nuestros jerarcas no respondan a lo que el evangelio exige. Por lo menos, los sumos sacerdotes y los fariseos se dieron cuenta de que iba por ellos. No estoy tan seguro de que hoy los dirigentes sean capaces de aplicarnos el cuento.

La historia demuestra que es muy fácil caer en la trampa de identificar los intereses propios o de grupo, con la voluntad de Dios. Esta tentación es mayor, cuanto más religiosa sea la comunidad. Esa posibilidad no ha disminuido un ápice en nuestro tiempo. El primer paso para llegar a esta actitud es separar el interés de Dios del interés del hombre. El segundo es oponerlos. Dado este segundo paso ya tenemos todo preparado para machacar al hombre en nombre de Dios. Que es lo que hacían aquellos jefes religiosos.

¿Qué espera Dios de mí hoy? Naturalmente, es un modo de hablar, porque Dios no puede esperar nada de nosotros porque nada podemos darle. Él es el que se nos da totalmente y no podemos devolverle nada. Lo que Dios espera de nosotros no es para Él, sino para nosotros mismos. Lo que Dios quiere es que todas y cada una de sus criaturas alcance el máximo de sus posibilidades de ser. Como seres humanos que somos, tenemos que alcanzar nuestra plenitud precisamente por aquello que tenemos de específico, nuestra humanidad.

Dios espera que seamos plenamente humanos. ¿Pero no somos ya seres humanos? No. Somos un proyecto, una posibilidad. Desde que nacemos tenemos que estar en constante evolución. Jesús, como ser humano, alcanzó esa plenitud y nos marcó el camino para que todos podamos llegar a ella. Según él, ser más humano es ser capaz de amar más. La preocupación por el otro (derecho, justicia) es el camino para alcanzar la meta.

Si se adjudica la viña a otro pueblo, es para que produzca sus frutos. Es la conclusión general que podríamos sacar de todo el relato. Ahora bien, ¿de qué frutos nos habla el evangelio?

Los fariseos eran los cumplidores estrictos de la Ley.  El relato de Isaías nos dice: “esperó de ellos derecho y ahí tenéis asesinatos; esperó justicia y ahí tenéislamentos.” En cualquier texto de la Torá hubiera dicho: esperó sacrificios, esperó un culto digno, esperó oración, esperó ayuno, esperó el cumplimiento de la Ley.  Pedir derecho y justicia es la prueba de que el bien del hombre es lo más importante.

Jesús da un paso más. No habla ya de “derecho y justicia”, que ya era mucho, sino de amor, que es la norma suprema.

La denuncia nos afecta a todos en la medida que todos tenemos algún grado de autoridad religiosa, y todos la utilizamos buscando muestro propio beneficio en lugar de buscar el bien de los demás. No solo el superior autoritario que abusa de sus súbditos como esclavos a su servicio, sino también la abuela que dice al niño: si no haces esto, o dejas de hacer aquello, Jesús no te quiere.

Siempre que creamos tener algo de lo que los demás carecen, Dios espera que lo pongamos al servicio de todos. Siempre que utilizamos nuestra superioridad para aprovecharnos de los demás, estamos apropiándonos de los frutos que no son nuestros.

El evangelio nos da la única alternativa posible al desastre de la historia: hacer del amor la piedra angular. Edificar sobre Cristo (amor) es la única salida para una humanidad que avanza a trancas y barrancas hacia su plenitud.



Meditación-contemplación


¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho?
Si en nuestro interior descubrimos alguna queja contra Dios,
no hemos entendido nada de lo que Dios es para nosotros
y nuestra relación con Dios será inadecuada.
………………….

El primer paso seguro hacia Dios
es descubrir experimentalmente que Él ya ha dado todos los pasos hacia mí.
Toda nuestra vida espiritual consiste en responder a ese don total.
Cualquier otra actitud es engañosa.
…………….

Para nosotros, Jesús es el ejemplo supremo.
Su punto de partida fue descubrir que Dios era “abba”.
Que quiere decir: padre, madre, hermano, origen, meta…
Sentirnos fundamentados en Él será el salto definitivo.
……………..


Fray Marcos






¿UN SACRAMENTO ANTI GALLINERO?

Hay gallineros que tienen travesaños a diferentes niveles para acomodar a las gallinas. En esos gallineros, las gallinas encaramadas en el palo de arriba se alivian sobre las gallinas de los palos inferiores, y las pobres gallinas del último palo abajo reciben las descargas de todas las de arriba.
Nadie puede negar que nuestro mundo sea un gigantesco gallinero de ese tipo. En las altas esferas de la organización internacional, unos cuantos humanos se ufanan como dioses, mientras, más abajo, más de mil millones de otros se arrastran como escarabajos en abismos de lodo. Entre los dos extremos se afana una masa que, por temor a rodar con los últimos, libra una agotadora lucha de cada instante para trepar siempre más hacia arriba.
A veces los de abajo se rebelan contra los de arriba, pero cuando logran que algunas gallinas caigan, otras las remplazan enseguida sólo para dejar más sólido el sistema del gallinero. Por cierto, a lo largo de la historia, no faltaron valientes que arremetieron directamente contra esa estructura, pero todos fueron aplastados por ella. Jesús fue uno de ellos.

Jesús es ese hombre que pasó a sus seguidores este aviso: “Fijáos cómo los gobernantes de las naciones actúan como dictadores y los que ocupan cargos abusan de su autoridad. Entre vosotros no será así: el más grande se hará el servidor de todos… A nadie llamaréis “padre, maestro o doctor…” (Mt 20, 25-2; 23,1-12).

Durante los tres años de su vida pública, Jesús luchó hasta el extremo contra el sistema del gallinero. Esa misma noche en que lo secuestraron para matarlo, estando compartiendo una última comida con sus compañeras y compañeros más íntimos, se levantó de repente, luego se arrodilló ante cada una y cada uno de ellos y les lavó los pies. Cuando terminó de lavarles los pies, les dijo: “Yo os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho” (Juan 13,15).
Esto fue su testamento.

Lavar los pies a los de abajo es un gesto fuerte, provocador, desestabilizador. Es un gesto sumamente “significativo”, que interpela, llama la atención, cuestiona a gritos. Jesús lo deja a los suyos como un “signo”, como una marca, un componente esencial de la identidad de ellos. Como “un…sacramento”, diría yo - y no como un ritual que cumplir diez minutos al año en la celebración del Jueves santo…

Con ese gesto “subversivo” (no es exagerada la palabra) Jesús nos está diciendo que ¡al tacho con las clases sociales, los primeros puestos, los decretos, los títulos, los encajes, las tiaras, los sombreros puntiagudos y todos los oropeles de los poderosos! “Vosotros no sois de ese mundo” (Juan 15, 19; Mateo 23, 3-7). En el mundo de Jesús no cabe el sistema de clases, rangos y honores junto con todos sus abusos y “daños colaterales”…

Pensándolo bien, no faltaba ni “materia” ni “forma” para que el lavado de los pies fuera asumido como un sacramento mayor en la Iglesia, pero no ocurrió. A la Iglesia no le pareció oportuno constituirse como un “signo eficaz” para que las naciones vean que se puede ser parte integrante del mundo sin ser una copia o una versión santiguada del mismo.
En el “mundo” que Jesús denuncia, es común que los gobernantes, empresarios, banqueros, patrones, curas importantes, funcionarios y estrellas de toda índole se vean a sí mismos como seres superiores y miren a los demás como sus sirvientes o como simples engranajes de su sistema, pero en el mundo que él promueve, todo aquello tiene que ser cambiado de arriba abajo.

En ese mundo, que él llama “el Reino”, las personas pueden desempeñar papeles distintos, pero todas tienen la misma dignidad. Si bien las funciones se reparten de acuerdo a las capacidades de los individuos, en ningún caso se otorgan a unos más derechos que a otros. La misma función de autoridad no es de mando sino de servicio. Todos son iguales y nadie es más importante que los demás.

En realidad, el “mundo” que Jesús denuncia es ese mismo viejo régimen de la selva que millones de veces se ha reciclado, y que ha logrado abrirse paso hasta nosotros con la ayuda a veces de disfraces lindos como la democracia, el progreso, la justicia social, la paz o… la fe, pero sin jamás alterar un solo pelo de su sacrosanta estructura de gallinero.“Entre ustedes no será así”, dice Jesús. Ustedes no se pondrán de rodillas ante ningún santo padre, no besarán el anillo de ninguna eminencia y no se harán los “fieles y obedientes servidores” de ninguna autoridad o potencia. Serán todos hermanos y hermanas, y nada más.

De haber tomado tan siquiera un poco en serio ese signo (o ese “sacramento”) que Jesús nos dejó en su testamento, tal vez los cristianos hubiéramos llegado a ser una luz en este mundo de la mentira, del hambre y de las guerras. Todas las personas y los pueblos sedientos de dignidad, de justicia, de respeto y de igualdad tendrían su mirada puesta en nosotros. Seríamos la esperanza de la humanidad.

Seríamos un “sacramento de salvación” como lo planteó el Concilio Vaticano II, ya difunto... Y la Iglesia de Jesús dejaría de ser la sacristía de un gran gallinero en el cual los de abajo siguen lavando los pies de los de arriba.

Eloy Roy