viernes, 8 de julio de 2011

SALIR A SEMBRAR - José Antonio Pagola



SALIR A SEMBRAR - José Antonio Pagola

Antes de contar la parábola del sembrador que «salió a sembrar», el evangelista nos presenta a Jesús que «sale de casa» a encontrarse con la gente para «sentarse» sin prisas y dedicarse durante «mucho rato» a sembrar el Evangelio entre toda clase de gentes. Según Mateo, Jesús es el verdadero sembrador. De él tenemos que aprender también hoy a sembrar el Evangelio.


Lo primero es salir de nuestra casa. Es lo que pide siempre Jesús a sus discípulos: «Id por todo el mundo...», «Id y haced discípulos...». Para sembrar el Evangelio hemos de salir de nuestra seguridad y nuestros intereses. Evangelizar es "desplazarse", buscar el encuentro con la gente, comunicarnos con el hombre y la mujer de hoy, no vivir encerrados en nuestro pequeño mundo eclesial.


Esta "salida" hacia los demás no es proselitismo. No tiene nada de imposición o reconquista. Es ofrecer a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús y conocer una Buena Noticia que, si la acogen, les puede ayudar a vivir mejor y de manera más acertada y sana. Es lo esencial.


A sembrar no se puede salir sin llevar con nosotros la semilla. Antes de pensar en anunciar el Evangelio a otros, lo hemos de acoger dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades y nuestras vidas. Es un error sentirnos depositarios de la tradición cristiana con la única tarea de transmitirla a otros. Una Iglesia que no vive el Evangelio, no puede contagiarlo. Una comunidad donde no se respira el deseo de vivir tras los pasos de Jesús, no puede invitar a nadie a seguirlo.


Las energías espirituales que hay en nuestras comunidades están quedando a veces sin explotar, bloqueadas por un clima generalizado de desaliento y desencanto. Nos estamos dedicando a "sobrevivir" más que a sembrar vida nueva. Hemos de despertar nuestra fe.


La crisis que estamos viviendo nos está conduciendo a la muerte de un cierto cristianismo, pero también al comienzo de una fe renovada, más fiel a Jesús y más evangélica. El Evangelio tiene fuerza para engendrar en cada época la fe en Cristo de manera nueva. También en nuestros días.


Pero hemos de aprender a sembrarlo con fe, con realismo y con verdad. Evangelizar no es transmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote, no como "clonación" del pasado, sino como respuesta nueva al Evangelio escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo .No es el momento de distraer a la gente con cualquier cosa. Es la hora de sembrar en los corazones lo esencial del Evangelio.


José Antonio Pagola

vgentza@euskalnet.net


Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS

Siembra el Evangelio de Jesús. Pásalo.

10 de julio de 2011

15 Tiempo ordinario (A)

Mateo 13,1-23


fuentes: http://feadulta.com/

y http://eclesalia.wordpress.com/





SEMILLAS DEL REINO

Sois semillas del Reino
plantadas en la historia.
Sois buenas
y tiernas,
llenas de vida.
Os tengo en mi mano,
os acuno y quiero,
y por eso os lanzo al mundo:
¡Perdeos!

No tengáis miedo
a tormentas ni sequías,
a pisadas ni espinos.
Bebed de los pobres
y empapaos de mi rocío.

Fecundaos,
reventad,
no os quedéis enterradas.
Floreced
y dad fruto.
Dejaos mecer por el viento.

Que todo viajero
que ande por sendas y caminos,
buscando o perdido,
al veros,
sienta un vuelco
y pueda amaros.
¡Sois semillas de mi Reino!

¡Somos semillas de tu Reino!

Florentino Ulibarri

DIOS SE NOS DA COMO SEMILLA

QUE HA DE FRUCTIFICAR


Hoy no hay un contexto especial, porque Mateo agrupa siete parábolas en un solo capítulo, el 13 que hoy comenzamos a leer. Es muy poco probable que Jesús haya dicho todas estas parábolas de una sentada. Seguramente tienen razón Marcos y Lucas al colocarlas en distintas circunstancias.

Lo cierto es que la parábola es un género literario muy apropiado para hablar de realidades trascendentes. Al partir de conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, trata de proyectar nuestra conciencia hacia una realidad que va más allá de lo normal. La parábola, por estar pegada a la vida misma, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo y las culturas.


Muchas veces hemos recordado que toda la Biblia es teología narrativa, pero en las parábolas descubrimos que no hay más que eso: una sencilla narración. El relato en sí no significa nada. A mí, si no soy labrador, nada me importa que la semilla nazca y dé fruto. Pero ese relato, en sí anodino, se convierten en símbolo de un mundo distinto del que habito. Las imágenes desplegadas dan que pensar, cuestionan mi manera de ser, me dicen que otro mundo es posible y esperan de mí una respuesta vital.

Esta propuesta sólo se puede hacer con un relato. El mensaje espiritual no se deja atrapar en conceptos. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. En esa quiebra se encuentra el verdadero mensaje. En la parábola del sembrador, la ruptura se produce al final. En la Palestina del tiempo de Jesús, el diez por uno, se consideraba una excelente cosecha. Pues bien, tu tierra puede llegar a producir el ciento por uno. ¡Una locura!


El objetivo de las parábolas es sustituir una manera de ver el mundo miope y torpe, por otra abierta a una nueva realidad llena de sentido y de futuro. Obliga a mirar a lo más profundo de sí mismo y a descubrir posibilidades insospechadas.


La parábola es un método de enseñanza que permite no decir nada al que no está dispuesto a cambiar, y a decir más de lo que se puede decir con palabras, al que está dispuesto a escuchar. Quien la oye, tiene que hacer realidad la utopía del relato y empezar a vivir de acuerdo con lo narrado.


La explicación que los tres evangelistas ponen a continuación, no aporta nada al relato. Las parábolas no admiten explicación. Jesús no pudo caer en la trampa de intentar explicarlas. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. La parábola exige una respuesta personal no retórica, sino vital; obliga a tomar postura ante la alternativa de vida que propone.

Los exegetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueronel sembrador y la semilla. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. No; hay que sembrar a voleo, sin preocuparse de donde cae. La semilla debe llegar a todos. En línea con la primera lectura (Isaías 55,10-11), pretende que se descubra la fuerza de la semilla en sí, aunque necesita unos mínimos para desarrollarse.


No debemos dar ninguna importancia a la cantidad de respuestas. La intensidad de una sola respuesta puede dar sentido a toda la siembra. La sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís o de una Teresa de Calcuta. Por eso Jesús pudo decir: el Reino ya está aquí, yo lo hago presente. Tenemos que tratar de comprender que el Reino puede estar creciendo cuando el número de los cristianos está disminuyendo. La plena manifestación del Reino puede depender sólo de mí.


Más tarde se dio a la parábola un cariz distinto, insistiendo en la disposición de los receptores, y dando demasiada importancia a las condiciones de la tierra. Estaalegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido original y haciéndola más moralizante. Aún en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras, mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar. En el mismo terreno hay tierra buena, piedras y zarzas.


No debemos identificar la “semilla” con la Escritura. Lo que llamamos “Palabra de Dios”, es ya un fruto de la semilla. Es la manifestación de una presencia que ha fructificado en experiencia personal. La verdadera “semilla”, es lo que hay de Dios en nosotros. Lo importante no es la palabra, sino lo que la palabra expresa. Esa semilla lleva millones de años dando fruto, y seguirá cumpliendo su encargo. El Reino de Dios está ya aquí, y está en acción, pero su manera de actuar es paciente. Dios no actúa nunca violentando la creación.


En este sentido más profundo del concepto de “Palabra de Dios”, podemos recordar el prólogo de Juan. “En el principio ya existía La Palabra”; “y la palabra era Dios”; “y La Palabra (Logos) se ha hecho carne”, es decir, Dios es encarnación. Lo que Dios hace una vez, lo está haciendo siempre. Dios está en cada una de sus criaturas y se manifiesta en todas ellas como algo tan cercano que constituye la base de todo ser.


No debemos dar a entender que nosotros los cristianos somos los privilegiados que hemos recibido la semilla (Escritura). Dios se derrama en todos y por todos de la misma manera. Pero Dios no se nos da como producto elaborado, sino como semilla, que cada uno tiene que dejar fructificar.


En esta parábola podemos descubrir el sentido dinámico de la existencia humana. El domingo pasado el evangelio nos había dicho que ni la sabiduría ni el poder ni la virtud eran el principal valor para Jesús. Generalmente caemos en la trampa de creer que dar fruto es hacer obras grandes. La tarea fundamental del ser humano no es hacer cosas, sino hacerse. “Dar fruto” sería dar sentido a mi existencia de modo que al final de ella la creación entera estuviera un poco más cerca de la meta, gracias a mi presencia en ella.


Esa meta de la creación es la UNIDAD. Yo no tengo que dar sentido a la creación; se trataría de evitar que por mi culpa pierda el sentido que ya tiene. En el fondo, mi tarea sería no entorpecer la marcha de la creación entera hacia la consecución de su objetivo final.


Teilhard de Chardin desarrolló la intuición de Pablo y nos hizo ver con gran lucidez cuál era esa meta del universo. La materia camina hacia la espiritualización. En toda la materia hay una chispa de Espíritu que es la que tiene que desplegarse hasta formar una inmensa hoguera que engulla toda la creación y consuma lo que es escoria. Ante esta visión grandiosa, resultan completamente ridículas nuestras raquíticas aspiraciones moralizantes.


Jesús nunca puso el acento en el cumplimiento de normas y preceptos. Su tarea consistía en ofrecer a todo el que encontraba en su camino, una oferta de salvación que ya estaba en él mismo: tomar conciencia de lo divino que nos habita y vivir en armonía con esa realidad.


Y como se trata de alcanzar la unidad en el Espíritu, esa plenitud de ser no la puedo encontrar encerrándome en mí mismo, sino descubriendo al otro y potenciando esa relación con el otro como persona. Y digo como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar.


Cuando hago esto no me hago más humano, sino menos, porque me estoy deteriorando como ser humano. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego yo mis mejores posibilidades de ser. Hemos llegado a lo que tenía que ser la esencia de lo humano: el amor-entrega.


“El que tenga oídos que oiga”. Esa advertencia vale para nosotros hoy igual que para los que la oyeron de labios de Jesús. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía comprender el mensaje de Jesús. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos, los que nos mantienen atados a falsas seguridades, que nos sigue ofreciendo una religión muy alejada de los orígenes. El aferrarnos a esas seguridades es lo que sigue impidiendo una respuesta al mensaje, adecuada a nuestra situación actual.


El evangelio es fácil de oír, más difícil de escuchar y cada vez más complicado de vivir.

Descubrir cuál sería el fruto al que se refiere la parábola sería la clave de su comprensión. El fruto no es el éxito externo, sino el cambio de mentalidad del que escucha. Se trata de situarse en la vida con un sentido nuevo de pertenencia una vez superada la tentación del individualismo egocéntrico. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo mimo, con los demás y con las cosas.


Todos debemos hacer un cuidadoso análisis para descubrir lo que impide que la semilla dé fruto en cada uno. La dureza del camino, las piedras, las zarzas son ejemplos que nos deben guiar en la búsqueda de nuestros propios impedimentos. A mí el ansia de riquezas o poder no me dice nada; pero el afán de tener siempre razón puede arruinar mi vida espiritual.


Debemos tener claro que si la semilla no da fruto, es porque algo se lo impide. La tierra es siempre buena si no se interponen obstáculos para que la semilla germine.


Meditación-contemplación

“El resto cayó en tierra buena y dio grano”.

“Dios no da el Espíritu con medida” (Jn 3, 34)

Dios se da totalmente, absolutamente, siempre y a todos.

Experimenta esta verdad y cambiará tu vida.

……………

Descubrir a Dios como amor dinámico,

es la base de toda experiencia religiosa.

Todo lo que Dios es, lo tienes a tu alcance.

Todo lo que tú eres y puedes ser, depende de ese don.

…………….

Recibe la semilla y deja que se desarrolle en ti.

No intentes tirar de ella para que crezca más deprisa.

Todo crecimiento tiene su propio ritmo.

Ten confianza, en la semilla ya está el árbol completo.

…………….

Fray Marcos



LOS PELIGROS DE LA ORACIÓN

Me llegó un correo electrónico invitándome a rezar por la paz, haciéndolo todos los días a la misma hora durante un minuto. Parece que durante la Segunda Guerra un consejero de Churchill hizo la misma invitación a los ingleses y pararon los bombardeos. Parece tan sencillo y cuesta tan poco dedicar un minuto por día a dicha convocatoria que creo que vale la pena intentarlo.

Pero, más allá de si creemos o no en los efectos milagrosos de la oración, me doy cuenta de que rezar es peligroso. Esto lo aprendí hace años, en la película “Tierra de Sombras” que relata la vida de C. S. Lewis. En un diálogo que éste mantiene con su obispo sobre si estaba rezando o no luego de la muerte de su esposa, Lewis responde: “no puedo evitar rezar, pero la oración no cambia a Dios, me cambia a mí”.

He meditado sobre esta frase muchas veces, dándome cuenta que cualquier oración tiene un enorme poder transformador. Por eso no dudo en el poder de la oración, sino dónde se ejerce dicho poder. Dejando de lado el tema de la energía, que me resulta nuevo y del cual prácticamente no sé nada, diría que disponernos a orar es disponernos a ser transformados. Por eso considero que es muy peligroso.

En el caso concreto de la invitación a orar por la paz, el poder de la oración sobre mí sería el de hacerme consciente de todas mis acciones contrarias a la paz. Pero no a la paz como algo abstracto, sino a lo concreto de las pequeñas cosas cotidianas. Al estado de mi corazón con respecto al mandamiento de amar a los enemigos, aunque también debería mirarme con respecto a los amigos que muchas veces son las víctimas de mi corazón no pacificado.

Arrancar de mi vida todas las cizañas que me impiden reconocer a Jesús en el otro, sobre todo en el diferente, es el desafío de orar por la paz. Y cuando oramos por los más necesitados, por los hambrientos, por los excluidos estamos orando para ser capaces de acciones concretas que ayuden a personas concretas a salir de su pobreza o exclusión.

Rezar no es, según creo yo, acudir a un Dios todopoderoso que va a intervenir desde afuera para arreglar los desaguisados que nosotros mismos inventamos, sino que es abrirnos a la Presencia que mora en cada uno de nosotros y en toda la creación, con la disponibilidad para ser transformados.

Menudo peligro el de abrir nuestras puertas, dejar que se desmoronen las paredes que nos construimos para protegernos de los demás.

“El Espíritu sopla donde quiere”, dice el Evangelio, y alguien dijo: “sopla donde le dejan”.

A dejarle soplar entonces, aunque se lleve con su viento nuestras comodidades, nuestras certezas, nuestras ideologías. Aunque nos deje desnudos frente a la vida con las únicas armas de la confianza, la libertad y el amor.

Aunque nos demos cuenta de que para que haya paz, o para que nadie pase hambre, ni frío, ni soledad tengo que “salir de mi tierra” y “hacerme prójimo” de los que parecen no tener ningún valor. De aquellos que considero una amenaza, ya sea por la inseguridad de la violencia que hoy estamos viviendo o porque con su sola presencia son como una espada que se clava en mi corazón y me pide a gritos que haga algo y me deja sintiéndome impotente. O me cierra aún más para no sufrir y sigo siendo la otra cara de la moneda de la violencia.

Dios actúa desde abajo y desde adentro, no desde arriba y desde afuera. Dios actúa a través mío y tuyo y hasta que no aceptemos esto no nos haremos responsables por las cosas que pasan en el mundo y que nosotros podríamos cambiar siendo de verdad discípulos de Jesús. Todos los que hoy tenemos “cinco panes y dos peces” tenemos la enorme responsabilidad de multiplicar y redistribuir los bienes para que nadie se quede sin sentarse a la mesa.

A rezar entonces, con entusiasmo y sin parar, pero dispuestos a conseguir aquello que pedimos con nuestras acciones concretas: “porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estaba desnudo, enfermo, preso… ¿Cuándo Señor? Os aseguro que cuando lo hicisteis por el más pequeño de mis hermanos, lo hicisteis conmigo”. (Mt 25, 35-40).

Patricia Paz
ECLESALIA

Salmo del Corazón

Quiero compartir mi corazón contigo, Señor Jesús.
Quiero hacer de mi corazón pan tierno y fresco,
hogaza de labrador compartida en la mesa de todos,
donde no hay puestos porque no hay primero.
Dejo en la mesa mi pan hecho migas, y el mantel manchado en rojo como recuerdo.
Dejo mi silla de paja que espera al hombre que siempre ocupa el último lugar como puesto.


Mi corazón, Señor del alba, se hace mesa,
mantel blanco de amistad para los pueblos.
Mi corazón, Señor Jesús,
se siente solo cuando tu medida
no lo llena dentro.
Mi corazón se arruga y sufre
y llora cuando el Amor no enciende
mi amor en fuego.

Tú eres el mar. Yo soy la playa.
Tú eres la ola que inunda mi arena llevada al viento.
Mi corazón lo hiciste para ti, Señor del alba,
y no es feliz si tú no eres, al fin, su Centro.
Tú eres amor, por eso buscas, peregrino,
mis amores perdidos en ídolos de paja y hierro,
que se esfuman y se vengan como dioses extraños
a las manos que del mano nos hicieron.


Yo busco la verdad y sólo
encuentro verdades.
Busco el amor, y sólo
en migajas lo encuentro.
Busco la belleza y se hace
noche en el camino
Busco la libertad
y me siento prisionero.
Busco el bien, y el mal se me hace
uña a la carne y me duele vivir
en este duelo.

No quiero más verdades,
que busco la Verdad que ilumine mi vida
y le dé un Proyecto.
No quiero más amores,
que el Amor que busco es Amor de manantial
con vida sin término.
No quiero más bellezas,
que Belleza es sólo aquella que no muere con el tiempo.
No quiero más libertades,
que ser libres es vivir en el interior del corazón que has hecho.
Tú, Señor del alba, mi Bien, mi creación nueva,
donde juntos soñaremos en silencio.


No quiero un corazón de piedra, duro y podrido,
que golpee a cada paso y sepa a estiércol;
un corazón de piedra que muera solo entre las ruinas perdidas
de un destierro.
No quiero un corazón de piedra que viva frío entre los hielos,
las nieves de los viejo.
Quiero un corazón que sea humano, hecho de carne,
como el tuyo nacido de la mujer y el silencio,
que es pureza virginal y es Espíritu,
hecho hombre para perder el corazón sin dueño.


Dame un corazón, Señor Jesús, manso y humilde,
donde haya espacio para el que llegue corriendo,
que mis manos enjugarán las gotas de sudor
y refrescarán el cansancio y acompañarán el sueño.
Dame un corazón que sueñe mundos sin conquistar,
que viva la utopía del hombre nuevo.

Dame un corazón que sea feliz conmigo mismo,
que aprenda a quererse para querer sin ruegos.
Dame un corazón que sepa perdonarse siempre,
para comprender y perdonar primero.
Dame un corazón orante como el tuyo que se abra al Padre,
que es Padre nuestro.