martes, 21 de junio de 2011

REAVIVAR LA MEMORIA DE JESÚS - José Antonio Pagola


REAVIVAR LA MEMORIA DE JESÚS - José Antonio Pagola

La crisis de la misa es, probablemente, el símbolo más expresivo de la crisis que se está viviendo en el cristianismo actual. Cada vez aparece con más evidencia que el cumplimiento fiel del ritual de la eucaristía, tal como ha quedado configurado a lo largo de los siglos, es insuficiente para alimentar el contacto vital con Cristo que necesita hoy la Iglesia.

El alejamiento silencioso de tantos cristianos que abandonan la misa dominical, la ausencia generalizada de los jóvenes, incapaces de entender y gustar la celebración, las quejas y demandas de quienes siguen asistiendo con fidelidad ejemplar, nos están gritando a todos que la Iglesia necesita en el centro mismo de sus comunidades una experiencia sacramental mucho más viva y sentida.

Sin embargo, nadie parece sentirse responsable de lo que está ocurriendo. Somos víctimas de la inercia, la cobardía o la pereza. Un día, quizás no tan lejano, una Iglesia más frágil y pobre, pero con más capacidad de renovación, emprenderá la transformación del ritual de la eucaristía, y la jerarquía asumirá su responsabilidad apostólica para tomar decisiones que hoy no nos atrevemos ni a plantear.

Mientras tanto no podemos permanecer pasivos. Para que un día se produzca una renovación litúrgica de la Cena del Señor es necesario crear un nuevo clima en las comunidades cristianas. Hemos de sentir de manera mucho más viva la necesidad de recordar a Jesús y hacer de su memoria el principio de una transformación profunda de nuestra experiencia religiosa.

La última Cena es el gesto privilegiado en el que Jesús, ante la proximidad de su muerte, recapitula lo que ha sido su vida y lo que va a ser su crucifixión. En esa Cena se concentra y revela de manera excepcional el contenido salvador de toda su existencia: su amor al Padre y su compasión hacia los humanos, llevado hasta el extremo.

Por eso es tan importante una celebración viva de la eucaristía. En ella actualizamos la presencia de Jesús en medio de nosotros. Reproducir lo que él vivió al término de su vida, plena e intensamente fiel al proyecto de su Padre, es la experiencia privilegiada que necesitamos para alimentar nuestro seguimiento a Jesús y nuestro trabajo para abrir caminos al Reino.

Hemos de escuchar con mas hondura el mandato de Jesús: "Hagan esto en memoria mía". En medio de dificultades, obstáculos y resistencias, hemos de luchar contra el olvido. Necesitamos hacer memoria de Jesús con más verdad y autenticidad.

Necesitamos reavivar y renovar la celebración de la eucaristía.

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
"Hagan esto en memoria mía". Pásalo.
26 de junio de 2011
El Cuerpo y la Sangre del Señor
Juan 6,51-58

fuentes: http://feadulta.com/
y http://eclesalia.wordpress.com/

QUEJAS DEL SEÑOR

Vine a los míos y los míos no me recibieron.
Me hice como uno de ellos y no me conocieron.

Busqué nuevas formas de presencia:
me prolongué en signos visibles,
me quedé en sus templos y en sus casas,
quise estar en el centro de sus encuentros,
pero ellos apenas se dan cuenta.

Me encarné en el pobre y en el que sufre;
quise hacerme presente en sus debilidades:
curar, compartir, acompañar, servir,
ser testigo firme de toda vida, aún de la más débil;
pero ellos se van por otros caminos.

Me ofrecí como alimento –sabroso pan y dulce vino–
pero el banquete les parece insípido y triste.
Me hice palabra buena y nueva,
y ellos la amordazan con leyes y normas.
Les descubrí los manantiales de agua viva,
y vuelven a las pozas y charcas contaminadas.

Tengo cada día una cosecha generosa
de dones y gracias que quiero repartir,
pero nadie la solicita, y me quedo con mis dones.
¡No hay dolor mayor que no poder darse a quien se quiere!

Tal vez equivoqué la estrategia.
Si me hubiera quedado en un lugar solamente,
seguro que todos irían a buscarme y a pedirme.
¡Me tienen al alcance de la mano,
pero ellos prefieren ir a encontrarme
a oscuros y estériles rincones!

A pesar de todo, renuevo mi presencia.
Me quedo con ustedes.
Me quedo en el centro de su vida.
No me busquen lejos.
Búsquenme en lo más profundo de su ser,
en lo más querido de sus anhelos,
en lo más importante de sus tareas,
en lo más cálido de sus encuentros,
en lo más claro de su historia.
Búsquenme en el dolor y en la alegría,
siempre en la esperanza y en la vida.

Los espero.

Florentino Ulibarri

DARSE A LOS DEMÁS, SIN TRUCOS DE MAGIA


La eucaristía es una realidad muy profunda y compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tal vez sea la realidad cristiana más difícil de comprender y de explicar. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su verdadera riqueza.


Para que veáis que no exagero, voy a contar dos anécdotas que me han sucedido en mi relación con dos representantes de la jerarquía.


El primero me dice: “te exigimos que no metas ninguna morcilla en la celebración de la eucaristía”. Todos sabéis lo que es un “morcilla”, además de un embutido, claro. El diccionario dice: “añadido que hace por su cuenta el actor de teatro cuando representa un papel”. Da por supuesto que estoy haciendo teatro y lo que se me pide es que represente bien mi papel. No le contesté.


El otro me dice: “tienes que ser como el farmacéutico, que reparte pastillas al cliente sin contarle el proceso del laboratorio”. Aquí si hubo comentario, porque le dije: “la aspirina produce su efecto automáticamente, aunque el paciente no sepa nada del ácido acetilsalicílico; pero la comunión está a años luz de ese pretendido automatismo. Si el comulgante no se entera de lo que está haciendo, no le servirá de nada”.


Lo grave no es que dos vicarios piensen eso de la eucaristía. Lo gravísimo es que todos hemos pensado –y algunos siguen pensando- así de los sacramentos.


Debemos superar muchas visiones raquíticas o erróneas sobre este sacramento.

1º.- La eucaristía no es magia. Claro que ningún cristiano aceptaría que al celebrar una eucaristía estamos haciendo magia. Pero si leemos la definición de magia de cualquier diccionario, descubriremos que le viene como anillo al dedo a lo que la inmensa mayoría de los cristianos pensamos de la eucaristía:


Una persona revestida con ropajes especiales e investida de poderes divinos, realizando unos gestos y pronunciando unas palabras “mágicas”, obliga a Dios a producir un cambio sustancial en una realidad material como es el pan y el vino.


Cuando se piensa y se dice, que en la consagración se produce un milagro, estamos hablando de magia.


Trento afirma: “La Iglesia designa con el término muy adecuado detransubstanciación esta conversión eucarística”. Pero debemos advertir que “substancia” y “accidente” son conceptos metafísicos; no hacen referencia a ninguna realidad física. Además, esos conceptos no se emplean ya nunca con sentido metafísico.


2º.- No debemos confundir la eucaristía con la comunión. La comunión es sólo la última parte del rito y tiene que estar siempre referida a la celebración de una eucaristía. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa y dejar de comulgar, es sencillamente un absurdo. Ir a misa con el único fin de comulgar, sin ninguna referencia a lo que significa el sacramento, sino buscando una religiosidad intimista, es un autoengaño.


Esta distinción entre eucaristía y comunión explica la diferencia de lenguaje entre los sinópticos en la cena y Juan en el discurso del pan de vida que hemos leído. Juan dice hace referencia al alimento, pero fíjate bien, alimentarse lo identifica con, el que cree en mí, el que viene a mí.


3º.- En las palabras de la consagración, “cuerpo” no significa cuerpo; “sangre” no significa sangre. No se trata del sacramento de la carne y de la sangre físicas de Cristo.

Me explico. En la antropología judía, el ser humano no está compuesto por alma y cuerpo (concepción griega). El hombre es una unidad indivisible, pero podemos descubrir en él cuatro aspectos: Hombre-carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu.


Hombre-cuerpo, para los judíos del tiempo de Jesús, es el ser humano en cuanto sujeto de relaciones con los demás. El concepto más cercano hoy, sería lo que nosotros llamamos persona. Cuando Jesús dice: “esto es mi cuerpo”, está diciendo: esto soy yo, esto es mi persona, estoy aquí para dejarme comer.


En el caso de la sangre: Para los judíos la sangre era la vida. ¡Ojo! No se trata de que fuese símbolo de la vida. No, era la vida misma. Cuando Jesús dice: “esto es mi sangre, que se derrama”, está diciendo que su vida, no su muerte, está entregada a los demás. Todo lo que él es, está al servicio de todos.


4º.- La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Sólo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó en la última cena y que es lo que significa el sacramento.


Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mateo: “donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.


5º.- La comunión nos es un premio para los buenos “que están en gracia”, sino un remedio para los desgraciados que necesitamos descubrir el amorgratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de celebrar el sacramento.


Cuando más necesitamos el signo del amor de Dios es cuando nos sentimos separados de Él. Hemos llegado al absurdo de dejar de comulgar cuando más lo necesitábamos.


6º.- Lo significado en el pan y el vino no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don. El don de sí mismo que ha manifestado durante toda su vida y que le ha llevado a su plenitud, identificándole con el Padre. Ese es el verdadero significado que yo tengo que hacer mío.


Queda claro que la eucaristía no es un producto más de consumo que me proporciona seguridades a cambio de nada. Podemos oír misa sin que eso nos obligue a nada, pero no se puede celebrar la eucaristía impunemente. No se puede salir de misa lo mismo que se entró, es decir, como si no hubiera pasado nada. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que la he reducido a simple rito folclórico.


7º.-Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que repitamos el significado de lo que acaba de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer... Haced también vosotros esto. Entregad la propia persona y la propiavida a los demás como he hecho yo.


8ª.- los signos de la eucaristía no son el pan y el vino sino el pan partido y el vino derramado. Durante siglos, se llamó a la eucaristía “la fracción del pan”. No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer.


Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, porque Dios es don infinito, entrega total a todos y siempre. Esto tenéis que ser vosotros. Si queréis ser cristianos tenéis que partiros, repartiros, dejaros comer, triturar, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás. Una comunión sin este compromi­so es una farsa, un garabato, como todo signo que no signifique nada.


Todavía es más tajante el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo esto es mi vida que se está derramando,consumiendo, en beneficio de todos.


Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tenéis que hacer vuestra, mi propia vida. Tenéis que vivir la misma vida que yo vivo.


Nuestra vida sólo será cristiana si se derrama, si se consume, en beneficio de los demás. En la Eucaristía estamos confesando que ser cristiano es ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas.


Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que Jesús quiso expresar en la última cena.


Celebrar la eucaristía es comprometerse a ser fermento de unidad, de armonía, de amor, de paz.


La eucaristía es un sacramento. Y los sacramentos ni son milagros ni son magia. El concilio de Trento dice: “Es común a la santísima Eucaristía con los demás Sacramentos, ser símbolo o significación de una cosa sagrada”.


Se produce un sacramento cuando el signo (una realidad que entra por los sentidos) está conectado con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. Esa realidad significada, es lo que nos debe interesar de verdad.


La hacemos presente por medio del signo. No se puede hacer presente de otra manera. Pero las realidades trascendentes, ni se crean ni se destruyen; ni se traen ni se llevan; ni se ponen ni se quitan. Están siempre ahí. Son inmutables y eternas.

La eucaristía concentra todo el mensaje de Jesús.


El ser humano no tiene que salvar su "ego", a partir de ejercicios de piedad sinoliberarse del "ego" que es precisamente lo contrarío. Sólo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestro yo individual y egoísta que se cree independiente del resto de la creación.


Imaginad una habitación llena de globos; si los pinchamos todos descubriremos que lo único que marcaba la diferencia, la fina película de caucho coloreado, no era prácticamen­te nada. Todos eran sustancialmente lo mismo, aire, el mismo aire.

Meditación-contemplación


El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

No se trata sólo de comer, sino de asimilar lo comido.

Si como sin asimilar, se producirá indigestión.

Si comulgo y no me identifico con lo que ES Cristo, me engaño.

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Si no llego a lo significado, no hay sacramento que valga.

Si me quedo en el signo, no hay contenido espiritual.

Realizado el signo, que entra por los sentidos,

queda por hacer lo importante: descubrir y vivir lo significado.

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Jesús dijo con toda claridad: “El que viene a mí, no pasará hambre,

el que me presta su adhesión nunca pasará sed”.

La verdadera comunión no está en el signo

sino en vivir la unidad con Dios y con los demás, como hizo él.

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Fray Marcos



"Oración de una lamparilla"
(La experiencia de vivir y morir junto al sagrario)

"Celebrar el Corpus Christi no es exhibirle encerrado en oro y plata. Eso es reducirle a inmisericorde y ostentosa hechura humana. Celebrar el Cuerpo de Cristo es alegrarse de haberle encontrado, de tratarle e imitarle" (Jairo del Agua).

"Dios ama la luz de las lamparitas de los hombres más que a las grandes estrellas" (Tagore).

"Fuego he venido a traer a la Tierra y ¿qué he de querer sino que se encienda?" (Lc 12,49).

Quiero ser, Señor, tu lamparilla
y a tu lado desgastarme.
Quiero a tus pies postrarme
como simple florecilla.
Y, queriendo, regalarme
como tierna margarita.

Déjame estar a tu vera
y, en silencio, acompañarte.
Y con mis luces besarte,
al menos desde aquí fuera.

Mi corazón parpadea
con emoción al mirarte
y de ganas de abrazarte
late mi luz y cimbrea.

Aquí, Señor, quiero quedarme
reluciendo en tus pupilas.
Y temblar cuando me miras.
Y, agradeciendo, licuarme.

Déjame, Señor, gastarme
convertido en lucecilla.
Y, como dócil semilla,
a tu mano abandonarme.

Déjame ser fiel testigo
de tu Presencia callada.
Y, al ondear mi guirnalda,
susurrar que estoy contigo,
velándote en este pan,
molienda de puro trigo.

¡Que no es pan!
¡Que eres Tú mismo!
Que de creerte yo tiemblo
y me derrite el cariño.

Déjame muda alabarte
en permanente vigilia.
Y acariciar tu mejilla.
Y esa lágrima enjugarte.

Que transformar yo quería
el helor de tus hermanos,
el arrastrar de sus pasos
y su falta de ardentía.

¡Dame de albor unos brazos
que desaten esos lazos
de tibiezas anudados!

¡Posa mi brizna en sus manos,
relumbra con esta cera,
siembra mi pobre vela
y enciende de amor sus vasos!

Me consume de tu Casa el celo.
De tu altar me devora el fuego.
¡Quisiera quemar el mundo
y ayudarte en tu deseo!

Pequeña y poca cosa
me sé y me siento,
mas lo que soy yo te entrego.

Tú, mi Bien, pusiste
en mi fanal una chispa,
que cuando arde a tu vista,
ansía ser una hoguera,
y temblando balbucea
que te quiere, que se quema.

Yo no soy digna, Señor,
de estar aquí, en tu Casa,
mas di una palabra tuya
y plena será mi llama.

"Adoremus in eternum
-mi corazón bate fuego,
hierve mi ser aquí dentro-
Santísimum Sacramentum".

¡Adoremos, adoremos!
Porque, mi Dios,
yo te quiero.
Y de ansias de adorarte,
de ser tuya y de abrazarte,
yo me consumo y me muero.

Jairo del Agua
fuente: http://blogs.periodistadigital.com/jairodelagua.php