viernes, 24 de junio de 2011

Intervención de Javier Sicilia en Diálogo por la Paz


Intervención de Javier Sicilia en Diálogo por la Paz

Buenos días.

Señor Presidente; señora Primera Dama; señora Procuradora; señores Secretarios de Estado y demás servidores públicos que lo acompañan; buenos días, compañeros de viaje; buenos días a quienes nos escuchan y ven.

Antes de empezar este diálogo quiero leerles unos versos de Jaime Sabines:

Queremos decirles que no somos enfermeros, padrotes de la muerte, oradores de panteones, alcahuetes, pinches de Dios, sacerdotes de penas.

Queremos decirles que a ustedes les sobra el aire.

Y por ello pido a todos los presentes guardar de pie un minuto de silencio por todas las víctimas de esta guerra atroz y sin sentido.



(MINUTO DE SILENCIO)


Lamento, señor Presidente y funcionarios que lo acompañan que estemos aquí para dialogar en el primer ejercicio de varios que queremos tener con todos los poderes, gobiernos y partidos políticos, sobre un asunto que si la clase política hiciera lo que debe hacer no habría tenido lugar.

Habernos movilizado para llegar a este Castillo de Chapultepec, cuya historia de claros oscuros es también la historia de México, en él residió el imperio de quienes se equivocaron, creyendo que con las armas extranjeras se resolverían los problemas de México, pero también en él se firmaron los tratados de paz de El Salvador.

Ojalá que hoy encontremos también un camino para la paz en nuestro querido México.

Habernos movilizado hasta aquí para recodarles su deber habla muy mal de las instituciones y del dinero que gastamos en ellas.

Contra las fundadas dudas de que el diálogo no servirá de nada lo hemos aceptado porque estamos convencidos de que el diálogo es fundamental como una práctica de la democracia para construir los caminos de la paz, que son los más difíciles de recorrer.

Si no somos capaces de construirlos, lo que nos aguardará será esta espantosa violencia que ya vivimos, pero multiplicada exponencialmente. Lo hemos aceptado también porque creemos que, a menos que el corazón se haya oscurecido a grados demoníacos un hombre puede escuchar todavía el latido humano de su corazón.

Por ello, lo que diremos aquí las víctimas de la guerra entre ustedes y los narcotraficantes, una guerra que no es nuestra, pero que nosotros padecemos en carne viva no será grato, pero sí verdadero, propositivo y firme.

Es verdad, señor Presidente, que ustedes no son responsables del pudrimiento de las instituciones políticas del país que se formaron de manera mafiosa, aunque han participado en ese mismo pudrimiento.

Les recuerdo la manera en que llegaron al poder y los compromisos que para lograrlo hicieron con facciones que a lo largo del tiempo se han ido corrompiendo y que sólo sirven a sus propios intereses.

Pero son responsables de haber tratado el problema de la droga no como un asunto de salud pública, sino de seguridad nacional y por lo mismo de haberse lanzado, junto con esas instituciones que no responden a la seguridad de los ciudadanos, que en muchos sentidos están cooptadas y que en otros sentidos se hacen una con los criminales, a una guerra que tiene al país en una emergencia nacional.

El Estado mexicano está fallando en su obligación de proteger a su gente y defender sus derechos.

Por eso, señor Presidente, en su función de Estado ustedes son corresponsables, junto con los gobiernos de los estados de 40 mil muertos, miles de desaparecidos y miles de huérfanos.

Es decir, son corresponsables, independientemente de los criminales del dolor, de la muerte y del sufrimiento de miles de familias en nuestro país, más aún cuando ese mismo Estado vuelve a victimizar a quienes buscan justicia y los dejan en el abandono y el olvido.

Ustedes, señor Presidente, son responsables de haber declarado esta guerra junto a un Ejército que además no existe, porque está formado por criminales, sin haber hecho antes una profunda reforma política y un saneamiento de las instituciones.

Desde hace décadas, en aras de disputar la riqueza material y el poder, este país y sus instituciones, olvidamos el verdadero quehacer humano: construir las mejoras formas sociales para compartir nuestra experiencia colectiva de vida.

Este olvido no sólo se ha vuelto trágico, sino sistémico. Dejó que la impunidad se asentara en nuestro suelo, y la convirtió en un factor funcional para la sobrevivencia y el quehacer político de los grupos que disputan el poder.

En ese suelo que ha dejado de estar bajo nuestros pies, se ha fortalecido una concepción criminal del poder.

Aquí, señor Presidente, nos encontrarnos 23 víctimas. Una muestra emblemática de miles de víctimas inocentes de la delincuencia, del Ejército, de la policía, de los vínculos que hay entre algunos elementos de los aparatos de justicia con el crimen.
Hay, también, familiares de policías muertos en el cumplimiento de su deber, y tratados con la misma impunidad, secuestrados y secuestradas, desaparecidos y desaparecidas, acribillados y acribilladas, torturadas y torturados, asesinados y asesinadas, violadas y destrozadas.

Ustedes nos dirán que muchas de esas víctimas son criminales. Sin embargo, nosotros les decimos que aunque lo fueran, porque nadie nace criminal, son también víctimas que hay que hay que reconocer para saber de dónde provienen y qué no les dio el Estado, y qué nos les dimos la sociedad, para haber fracturado sus vidas.

Sólo así pode hacer la justicia que hemos perdido, y rehacer el tejido social, que día con día se desagarra, hasta hacernos perder el suelo que debería estar bajo nuestros pies.

Aquí, señor Presidente, vean bien nuestros rostros, busquen bien nuestros nombres, escuchen bien nuestras palabras. Estamos una representación de víctimas inocentes.

Les parecemos bajas colaterales, números estadísticos, el uno por ciento de los muertos. De cara a esa justicia que reclamamos, venimos hasta aquí, en primer lugar, a que reconozcan la deuda que el Estado mexicano tiene con las víctimas, con sus familias, y la sociedad entera.

Por eso, en su calidad de Representante del Estado, señor Presidente, está obligado a pedir perdón a la Nación, en particular, a las víctimas.

En segundo lugar. Hemos venido hasta aquí, a que nos haga justicia.

En el primer punto del documento que leímos el 8 de mayo en el Zócalo de la Ciudad de México, y que constituye el Pacto Nacional Ciudadano, exigíamos, para empezar, esa justicia, la solución de los casos emblemáticos, de los cuales se ha ido resolviendo sólo el de mi hijo y de sus amigos asesinados en Morelos. En qué momento, ponga usted una fecha inminente y pronta, se resolverán los otros. Algunos de los cuales, como el de la familia Le Barón, el de la familia Reyes Salazar o el de las familias de la Guardería ABC, un crimen que lleva el sello de las complicidades delictivas que hay en funcionarios de gobierno y en los partidos políticos llevan años sin resolverse.

En tercer lugar. A que juntos detengamos esta guerra y busquemos condiciones para la paz con justicia y dignidad.

En este marco general, exigimos del Poder Ejecutivo Federal:

Uno. Nuestro derecho a la verdad, a la justicia y a la no repetición. Su base debe ser la visibilidad de las víctimas, la garantía de que los crímenes no vuelvan a suceder y la reparación por los daños generados por el Estado mexicano, reparación que debe incluir acciones para la memoria histórica.

Sin la memoria y la historia de nuestro horror, seremos un pueblo sin dignidad ni futuro e indemnizaciones a las familias inocentes.
Tenemos derecho a la verdad. Para ello, exigimos que usted proponga la creación de un organismo ciudadano autónomo, puede ser una Comisión de la Verdad, de la Justicia y de la Reconciliación, o una Fiscalía Social de la Paz.

Su función deberá ser establecer y vigilar el cumplimiento del quehacer político en la visibilización de todas las víctimas, sean inocentes o culpables, y en el seguimiento de sus casos, lo que incluye los resultados de las investigaciones y las sentencias, además de delitos que abarcan redes de complicidad de las autoridades con el crimen.

Tenemos derecho a la reparación de daños, es decir, a la justicia que se nos ha negado. Para ello, necesitamos que en ejercicio de sus atribuciones, proponga una Ley de Atención y Protección a Víctimas que debe ser aprobada lo más pronto posible por todos los todos los Poderes de todas las entidades, y generar así una política pública, instituciones, normas y recursos, especializada en la atención, el acompañamiento y la protección de las víctimas, mediante un programa que obligue a las autoridades correspondientes a reparar lo que la guerra y la impunidad ha causado en miles de familias.

Adicionalmente, es indispensable la puesta en marcha del mecanismo de protección a defensores de derechos humanos y periodistas. Es vergonzoso mundialmente lo que sucede en México con los defensores de las víctimas.

Tenemos derecho a la garantía de la no repetición de los crímenes. Para ello, se debe, junto con la ciudadanía, establecer mecanismos para sancionar a los funcionarios involucrados en redes de complicidad o delitos de omisión.

Tenemos con nosotros un video de los dolores que recogimos durante la Caravana del Consuelo, le pedimos, señor Presidente, que se comprometa a pasarlo en todas las escuelas secundarias y preparatorias, y se hagan mesas de discusión y análisis con los alumnos a fin de recuperar esta memoria y de ayuda a que esto no se repita nunca.

Dos. Nuestro derecho como ciudadanos a una redefinición de la estrategia de seguridad. Para ello es necesario terminar con el enfoque militarista de combate al crimen organizado mediante un enfoque más amplio y estructural que contenga:

A. El diseño de una estrategia que parta de los conceptos de seguridad humana y ciudadana y con un énfasis absoluto en los derechos humanos y no en la seguridad de las instituciones, como hasta ahora, para nuestra desgracia se ha hecho.

B. La creación de estrategias alternativas y ciudadanas que con el apoyo del Estado y en acuerdo con las necesidades de cada lugar apunten a la reconstrucción del tejido social y conduzcan al retiro paulatino del Ejército de las calles.

En este sentido es de suma importancia no sólo tomar en cuenta las necesidades y exigencias de cada entidad federativa y erradicar el uso indebido del fuero militar, como lo han señalado organismos internacionales de derechos humanos, sino también rescatar las experiencias comunitarias y autogestivas de defensa ciudadana.

C. Abrir la discusión para la despenalización del consumo de ciertas drogas y la reducción de su demanda, de esa manera se abordará el problema de su consumo de manera integral.

D. Es urgente crear controles democráticos de nuestras policías, por ejemplo, un auditor policiaco independiente de la Policía Federal, un mecanismo que, en relación con las pruebas de confianza, haga un seguimiento de las actividades de todos aquellos que no la pasaron, no sabemos dónde están nuestros policías que no pasaron la confianza y eso es grave.

E. Darle a la educación de los jóvenes, son ellos la mayoría de los que están muriendo y de los que se vuelven el ejército de reserva de la delincuencia, mayores posibilidades...

Exigimos, por lo tanto, recursos de la misma magnitud que se entregan a las Fuerzas de Seguridad para la educación de nuestros hijos y probar armas verdaderamente eficientes de educación.

No podemos aceptar que las opciones para nuestra juventud sean la migración, la miseria, o la violencia. No podemos, además, señor Presidente, seguir comprometiendo la educación, y con ella el presente y el futuro de nuestros niños para mantener los privilegios de esa máquina electoral llamada el SNTE.

Tres. Nuestro derecho a decidir y a ser tomados en cuenta mediante un mecanismo de democracia participativa y de democracia efectiva. En este punto coincidimos con algunas de sus posiciones, señor Presidente.

Exigimos a los partidos políticos y a nuestros representantes en el Congreso de la Unión generar las condiciones para contar con la revocación de mandato, el referéndum, la consulta y la iniciativa ciudadana, el plebiscito, el voto blanco, candidaturas ciudadanas, reelección y limitación del fuero.

Exigimos una renovación profunda del sistema político mexicano, una renovación que permita empoderar a la ciudadanía en los asuntos del Gobierno, y permita así poner un coto a la partidocracia que tanto daño nos está haciendo, y que provocará que nuestras próximas elecciones, sean las elecciones de la ignominia.

Todo esto, señor Presidente, dadas las condiciones de emergencia nacional en la que todos nos encontramos, es de la mayor urgencia y usted, en lo que concierne al Ejecutivo, tiene la responsabilidad de dar respuestas claras y decisivas para esta justicia y esta paz que nos han arrancado.

Muchas gracias