jueves, 28 de abril de 2011

PASCUA: NUEVO INICIO - José Antonio Pagola


NUEVO INICIO - José Antonio Pagola
Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero ya no está Jesús con ellos. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. No pueden escuchar sus palabras llenas de fuego. No pueden verlo bendiciendo con ternura a los desgraciados. ¿A quién seguirán ahora?

Está anocheciendo en Jerusalén y también en su corazón. Nadie los puede consolar de su tristeza. Poco a poco, el miedo se va apoderando de todos, pero no le tienen a Jesús para que fortalezca su ánimo. Lo único que les da cierta seguridad es «cerrar las puertas». Ya nadie piensa en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Sin Jesús, ¿cómo van a contagiar su Buena Noticia?

El evangelista Juan describe de manera insuperable la transformación que se produce en los discípulos cuando Jesús, lleno de vida, se hace presente en medio de ellos. El Resucitado está de nuevo en el centro de su comunidad de seguidores. Así ha de ser para siempre. Con él todo es posible: liberarse del miedo, abrir las puertas y poner en marcha la evangelización.

Según el relato, lo primero que infunde Jesús a su comunidad es su paz. Ningún reproche por haberlo abandonado, ninguna queja ni reprobación. Sólo paz y alegría. Los discípulos sienten su aliento creador. Todo comienza de nuevo. Impulsados por su Espíritu, seguirán colaborando a lo largo de los siglos en el mismo proyecto salvador que el Padre encomendó a Jesús.

Lo que necesita hoy la Iglesia no es sólo reformas religiosas y llamadas a la comunión. Necesitamos experimentar en nuestras comunidades un "nuevo inicio" a partir de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Sólo él ha de ocupar el centro de la Iglesia. Sólo él puede impulsar la comunión. Sólo él puede renovar nuestros corazones.
No bastan nuestros esfuerzos y trabajos. Es Jesús quien puede desencadenar el cambio de horizonte, la liberación del miedo y los recelos, el clima nuevo de paz y serenidad que tanto necesitamos para abrir las puertas y ser capaces de compartir el Evangelio con los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Pero hemos de aprender a acoger con fe su presencia en medio de nosotros. Cuando Jesús vuelve a presentarse a los ocho días, el narrador nos dice que todavía las puertas siguen cerradas. No es sólo Tomás quien ha de aprender a creer con confianza en el Resucitado. También los demás discípulos han de ir superando poco a poco las dudas y miedos que todavía les hacen vivir con las puertas cerradas a la evangelización.
José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net
fuentes: http://feadulta.com/ y http://eclesalia.wordpress.com/


Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la paz del Resucitado. Pásalo. 1 de mayo de 2011
2 Pascua (A)
Juan 20, 19-31

CINCO LLAGAS ACTUALES

Hambre y subdesarrollo.
Torturas y esclavitudes.
Guerras y terrorismo.
Inmigración y violación de derechos.
Sida y drogadicción.

Son cinco llagas actuales
que sangran y no cicatrizan
en este cuerpo que es nuestra tierra.

Son cinco llagas dobles
que golpean nuestras conciencias
pero hacen poca mella.

Son cinco llagas abiertas
por los clavos y estructuras
que atraviesan nuestra historia.

Son cinco llagas sangrantes
en dos tercios de las personas
que viven y sueñan con tus promesas.

Son cinco llagas profundas
al hablar de hermandad
y celebrar tu presencia.

Si metemos en ellas nuestra mano
-corazón, cabeza y conciencia-
dejaremos de ser incrédulos de tu presencia.

Florentino Ulibarri

Mira la Pascua
Jose Arregi

Cuentan que fueron a anunciarle a un rabino que había llegado el Reino de Dios. El rabino abrió la ventana, se asomó fuera y dijo: “No es verdad, porque no veo que haya cambiado nada”. Lo que veía contradecía la presencia del Reino, y es difícil rebatir lo que ven los ojos. Pero ¿acaso el rabino veía todo?

Otro rabino, abriendo la ventana y asomándose fuera, podría haber dicho: “Es verdad, ya ha llegado. He aquí el Reino. Los campos reverdecen, los pájaros crían, los niños juegan, el corazón se compadece, los pobres se levantan, las heridas sanan, los enemigos se perdonan. Ha llegado el Reino de Dios. Mis propios ojos lo ven”.

Nos gustaría que el segundo rabino tuviera razón, y que el pesimismo del primero no fuera más que un defecto de visión. Sin embargo, y a nuestro pesar, comprendemos de sobra el escepticismo del primero, porque está escrito que, cuando llegue el Reino, desaparecerán las lágrimas. Pero las lágrimas no han desaparecido, y a veces tiene uno la impresión de que, por el contrario, el océano del llanto y de la amargura no hace más que crecer.

Hay demasiado miedo y error, demasiado engaño y robo, demasiada violencia y hambre –la peor guerra es el hambre– para confesar jubilosamente que Dios ES y decir Amén y celebrar la Pascua, celebrar la Vida.

Dadas las dimensiones de la pasión del mundo, la fe del creyente no puede menos de tomarse un tiempo para el duelo, todo el tiempo que haga falta, antes de exclamar al tercer día, como María de Magdala: “¡Rabbuni, Maestro!”.

Al tercer día: no después de cuarenta y ocho horas, sino en cualquier instante –el instante crucial– en que los ojos se abren. En la Biblia hay decenas de hechos que suceden “al tercer día”: es el instante, más allá del tiempo y más acá, en que vemos y palpamos que Dios es el corazón latiente del mundo y que todo es ya distinto de lo que vemos, que el Reino ya se hace presente, que la Pascua amanece, que la vida resucita cada vez que se entrega.

Eso es “el tercer día”, que es cualquier día, pero solo si se ve. La Pascua no ocurrió una vez, hace dos mil años. Ocurre cada vez que renace la vida, y la vida no cesa de renacer ante nuestros ojos.

No hay más que mirar la primavera. Justamente, la Pascua fue en su origen una doble fiesta de primavera: una fiesta de agricultores que celebraban la nueva cosecha, la nueva levadura, el nuevo pan, y otra fiesta de pastores que celebraban la multiplicación de los rebaños y los corderos jugando en las praderas. Luego unieron ambas fiestas, y la fiesta de la naturaleza se convirtió en fiesta de la historia, en sacramento de todas las liberaciones pasadas y futuras.

Cada luna llena de primavera anuncia que la luz ilumina ya la noche, que la liberación se abre paso, se hace pascua a través de la muerte y de sus duelos. La luna nos abre los ojos.

Pero los ojos no siempre ven. Y aun cuando vean, la duda y el duelo nunca pueden desaparecer hasta que se enjugue la última lágrima; la duda y el duelo no solamente preceden, sino que también acompañan y siguen a la confesión del creyente, por más creyente y vidente que sea, o precisamente porque lo es.

La fe verdadera del discípulo, como la de la discípula María, es humilde, y sobria, contenida. “No me retengas. No te quieras adueñar. Atraviesa, camina, sigue. Mira también las lágrimas y acompaña a tus hermanos”.

Sigue mirando las llagas y palpando las heridas, y en el fondo del sepulcro, en el fondo de las heridas… deja que tus ojos miren otros dulces ojos llenos de consuelo que te miran desde más allá del fondo, y deja que el corazón se rinda y descanse y que los labios, inseguros y confiados, digan simplemente: “Señor mío y Dios mío”. Y cree sin ver, o ve precisamente por creer.

Pues es verdad que lo esencial es invisible a los ojos, pero más verdad es aún que nuestros ojos están hechos para ver lo invisible y que solo lo ven cuando el corazón los ilumina desde dentro y desde fuera; sí, desde dentro y desde fuera.

Lo más real es invisible, y nuestros ojos están hechos para verlo con la luz del corazón. O con la luz de la fe, o con la luz de la compasión, o con la luz de la esperanza contra toda esperanza, llámala como quieras. Con nuestros ojos vemos la vida invisible en el tallo que florece, la ternura y la pena en los ojos que nos miran, la magia y el milagro en el solo de la flauta.

Así es como vieron –¿de qué otra forma pudieron ver?– al Resucitado María en el jardín del sepulcro al amanecer, Cleofás y su compañero –o compañera – en la posada de Emaús al atardecer. Jesús resucitado no se les apareció a ellos de manera distinta a como se nos aparece a nosotros.

Lo que pasa es que, en tiempo de Jesús, entre judíos y griegos, abundaban relatos de apariciones de muertos vivos, y así lo cuentan también los evangelios, pero hoy nadie puede creer a la letra tales relatos, tampoco los de los evangelios.

¿Y de qué nos serviría pensar que Jesús –por unas razones que ni siquiera están en los evangelios, sino que hemos fabricado nosotros– se apareciera a ellos de una manera singular, “milagrosa”?

¿A qué llamamos “milagro”? Milagro no es lo extraordinario, menos aún un suceso que rompe las leyes de la naturaleza –que nadie conoce– por voluntad divina –que nadie debe presumir conocer–. No podemos creer en tales milagros.

Pero todo ser es un milagro y, si sabemos mirar, así lo vemos: como una epifanía pascual. Jesús no se apareció a María de Magdala y sus compañeros sino como se aparece la vida y la belleza, el dolor y la ternura, como se aparecen “los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados”.

Jesús se les aparecía y se nos aparece como se nos aparecen los muertos que amamos en la Memoria y el Corazón de Dios, que son lo mismo. Como se nos aparece Dios, la ternura y la belleza invisible y real, corazón de toda realidad.

El corazón tiene deseos, que no se han de desdeñar, si no queremos que la desesperación nos invada, que todos los milagros desaparezcan y que este mundo maravilloso se vuelva sombrío y penoso. El corazón tiene razones que la razón ha de entender. El corazón tiene luces que han abrir los ojos. Es bueno que los ojos se dejen iluminar por el corazón para ver el Reino, la Pascua, al crucificado vivo, a Dios padeciendo y resucitando en la oscuridad de todas las cruces.

Un día, después de muchos días de duelo, María y sus compañeros vieron que el sepulcro estaba vacío, que todas las losas no bastaban para ahogar el Reinado liberador de Dios que Jesús había anunciado y anticipado en su vida, e incluso en su cruz.

No necesitaron abrir el sepulcro, ni necesitaron que desapareciera de él el cuerpo muerto de Jesús. ¿Cómo iban a abrir un sepulcro, si era profanarlo? ¿Y de qué servía embalsamar un cadáver al tercer día, si ya se estaba corrompiendo?

La fe pascual no tiene nada que ver con tales sucesos físicos. La fe pascual consiste en que el corazón ilumina los ojos hasta ver que Dios es siempre compañía de la vida, sobre todo cuando es crucificada, que la vida se transforma siempre cuando se da, que la Pascua ya es presente, aunque sea como semilla, como levadura, como primera gavilla. Y que “merece la pena morir de vida” (Mercedes Navarro).

Amiga, amigo: te deseo que cada día puedas abrir la ventana y exclamar: “¡Oh! Ya ha llegado el Reino”. Y que, si es de noche, te acuestes tranquilo porque ya ha llegado, y que, si es de día, te pongas en camino para hacerlo llegar.

* * *

“No te rindas”

No te rindas, aún estás a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras,
enterrar tus miedos,
liberar el lastre,
retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros,
y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda,
y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma
aún hay vida en tus sueños.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo.
Porque lo has querido y porque te quiero.
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

Abrir las puertas,
quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron,
vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa,
ensayar un canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas
e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños
porque cada día es un comienzo nuevo,
porque esta es la hora y el mejor momento.

Porque no estás solo, porque yo te quiero

Mario Benedetti


JESÚS VIVO ÚNICAMENTE SE DEJA VER

CON LOS OJOS DE LA FE

Si superamos la interpretación de la resurrección como la reanimación de un cadáver, se complica mucho la comprensión de la Pascua.

La experiencia pascual es una vivencia que afectó vitalmente a los seguidores de Jesús, y por tanto cambió su manera de ver a Jesús y a Dios. Es una falta de perspectiva exegética el creer que la fe de los discípulos se basó en las apariciones o en el sepulcro vacío. Los evangelios nos dicen más bien, que para “ver” a Jesús después de su muerte, hay que tener fe. El sepulcro vacío, sin fe, solo lleva a la conclusión de que alguien se ha llevado el cuerpo de Jesús, como hace Magdalena; y las apariciones, a pensar que estamos ante un fantasma.

La resurrección es el concepto con el que los primeros cristianos quisieron trasmitir la manera de ver a Jesús después de su muerte. Esa experiencia de que seguía vivo, y además les estaba comunicando a ellos mismos Vida, no era fácil de comunicar.Antes de hablar de resurrección, en las comunidades primitivas, se habló de exaltación y glorificación. Primero se interpretó a Jesús como el juez escatoló­gico,que vendría al fin de los tiempos a juzgar, es decir a salvar definitivamente a los suyos. Vieron a Jesús como dador de salvación definitiva sin hacer ninguna referencia a la resurrección.

Otra cristología que se puede percibir en algunas comunidades primitivas, es la de Jesús como taumaturgo que manifestó con su poder, que Dios estaba con él. Para ellos los milagros eran la clave de la compren­sión de Jesús. Esta cristología es muy criticada ya en los mismos evangelios, lo cual quiere decir que se quería contrarrestar su influjo.

Otra manera de explicar la experiencia pascual, que no tiene explícitamente en cuenta la resurrección, es la que considera a Jesús como la Sabiduría de Dios. Sería el Maestro que conectando con la Sabiduría preexistente del AT, nos enseña lo necesario para llegar a Dios.

Estas maneras de entender a Jesús después de su muerte, fuero condensándose en la cristología pascual, que encontró en la idea de resurrección el marco más adecuado par explicar la vivencia de los seguidores de Jesús una vez muerto.

En ninguna parte de los escritos canónicos del NT se narra el hecho de la resurrección. La resurrección no puede ser un fenómeno constata­ble empíricamente; no puede ser objeto de nuestra percepción sensorial. Todos los intentos por demostrar la resurrección como un fenómeno constatable por los sentidos, están de antemano abocados al fracaso.

La experiencia pascual sí fue un hecho histórico. Cómo llegaron los primeros cristianos a esa experiencia no lo sabemos. En los relatos pascuales se manifiesta el intento de comunicar a los demás una vivencia íntima, que es intransferible. Desde su universo conceptual fueron elaborando unos relatos que intentan convencer a los demás de lo que ellos estaban viviendo. Desde el nuevo paradigma en el que nos encontramos hoy, no podemos entender el mensaje que quieren trasmitir. Al entenderlo literalmente, tomamos los relatos por crónicas de sucesos y perdemos el verdadero mensaje.

Cómo llegaron los discípulos a esta convicción, tenemos que descubrirlo a través de nuestra propia vivencia de resurrección. Es imposible conocer lo que pudo suceder en el interior de cada uno de ellos. Pero es muy importante que lo planteemos, porque ese mismo proceso tiene que realizarse en nosotros, si queremos entender la resurrección.

El relato que hemos leído hoy, fue escrito hacia el año cien, es decir 70 años después de morir Jesús. Como todos los relatos de apariciones, se ajusta al esquema teológico que es común a todos: una situación dada; aparición repentina; saludo; reconocimiento después de dudar; la misión. El querer entenderlo literalmente, nos priva del verdadero contenido. Es curioso que el relato de hoy no tenga en cuenta para nada el inmediato anterior del evangelio que leímos el domingo pasado. (Magdalena, Pedro y Juan en el sepulcro)

Reunidos el primer día de la semana”. Sigue insistiendo en el primer día de la semana. La creación del mundo había durado seis días. El séptimo descansó Dios. Jesús comienza la nueva creación el primer día de una nueva semana, es decir, el tiempo de otra creación, esta vez definitiva. Esta interpretación teológica vino después de la práctica que muy pronto se hizo común entre los cristianos. Los que seguían a Jesús, todos judíos, empezaron a reunirse después de terminar la celebración del Sábado. Como el paso de un día a otro, se producía a la puesta del sol, al reunirse en la noche, era ya para ellos el domingo. El texto demuestra que en las comunidades cristianas estaba ya consolidado el ritmo de las reuniones litúrgicas (cada ocho días).

Con las puertas atrancadas, por miedo a los judíos”. ¿No eran judíos ellos? En muchos textos de Juan, cuando dice judíos quiere decir fariseos. Cuando se escribió, ya les habían expulsado de la sinagoga, por lo tanto se sentían cristianos, no judíos. El local cerrado delimita el espacio de la comunidad en medio del mundo hostil.

En medio”. No recorrió ningún espacio, su presencia se efectúa directamente. Jesús había dicho: “Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Él es para la comunicad fuente de vida, referencia y factor de unidad. La comunidad cristiana está centrada en Jesús y solamente en él. Jesús se manifiesta, se pone en medio y les saluda. No son ellos los que buscan la experiencia, sino que se les impone.

“Les mostró las manos y el costado”. Los signos de su amor evidencian que es el mismo que murió en la cruz. No hay lugar para el miedo a la muerte. La verdadera vida nadie puedo quitársela a Jesús ni se la quitará a ellos. La permanencia de las señales, indica la permanencia de su amor. La comunidad tiene la experiencia de que Jesús comunica vida.

Recibid Espíritu Santo”. “Sopló" es el verbo usado en Gn 2,7 en la traducción al griego de los 70. Con aquel soplo se convirtió el hombre barro en ser viviente. Ahora Jesús les comunica el Espíritu que da verdadera Vida. Termina así la creación del hombre. "Del Espíritu nace espíritu" 3,6. Esto significa nacer de Dios. Se ha Hecho realidad la capacidad para ser hijos de Dios. La condición de hombre-carne queda transformada en hombre-espíritu.

Tomás no estaba con ellos”. Esta aclaración prepara una lección para todos los cristianos. Separado de la comunidad no tiene la experiencia de Jesús vivo; está en peligro de perderse. Solo unido a la comunidad puedes encontrar a Jesús.

Los otros le decían, hemos visto al Señor”. Significa la experiencia de la presencia de Jesús que les ha trasformado. Les sigue comunicando la Vida, de la que tantas veces les ha hablado. Les ha comunicado el Espíritu y les ha colmado del amor que ahora brilla en la comunidad. Jesús no es un recuerdo del pasado, sino que está vivo y activo entre los suyos. Tenemos aquí otra enseñanza clave. Los testimonios nunca son suficientes, no pueden suplir la experiencia personal de la nueva Vida.

A los ocho días”. Es decir, en la siguiente ocasión en que la comunidad se vuelve a reunir. Jesús se hace presente en cada celebración comunitaria. El día octavo es el día primero de la creación definitiva. La creación que Jesús ha realizado durante su vida, el día sexto, y que tiene su máxima expresión en la cruz, llega a su plenitud en la Pascua. Tomás se ha reintegrado a la comunidad, allí puede experimentar el Amor.

Trae tu dedo, aquí tienes mis manos”. En este relato, la duda está personalizada en Tomás. Las señales son inseparables del nuevo Jesús porque son el símbolo del amor total. Gracias a que posee el Espíritu en plenitud, puede ahora comunicarlo a sus seguidores. La resurrección no le ha separado de la condición humana anterior.

“¡Señor mío y Dios mío!” La respuesta de Tomás es tan extrema como su incredulidad. Se negó a creer si no tocaba sus manos traspasadas. Ahora renuncia a la certeza física y va mucho más allá de lo que ve. Al llamarle Señor y Dios, reconoce la grandeza, y al decir mío, el amor de Jesús y lo acepta dándole su adhesión.

Dichosos los que crean sin haber visto”. Tomás tiene la misma experiencia de los demás: ver a Jesús en persona. El reproche de Jesús se refiere a la negativa a creer el testimonio de la comunidad. Tomás quería tener un contacto con Jesús como el que tenía antes de su muerte. Pero la adhesión no se da al Jesús del pasado, sino al presente. Solo el marco de la comunidad hace posible la experiencia de Jesús vivo, resucitado.

Por exigir esa presencia, la experiencia de Tomás no puede ser modelo. La demostración de que Jesús está vivo, tiene que ser el amor manifestado en la comunidad. El descubrimiento de ese amor, tiene que llevar a la fe en Jesús vivo.

Naturalmente, todos tienen que creer sin haber visto, porque lo que se ve no se cree. Fijaros que Tomás ve el cuerpo de Jesús, pero dice: ¡Señor mío y Dios mío! La resurrección no puede ser objeto de conoci­miento, ni sensorial ni intelectual, sino de fe. Solo experimentando a Cristo Vivo, sabré lo que es la resurrección.

Meditación-contemplación

Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. (Pablo)

Métete esto bien en la cabeza:

Sin experiencia pascual, no hay cristiano posible.

Es necesario un proceso de interiorización de lo aprendido sobre Jesús.

.........................

El difícil paso que dieron los discípulos de Jesús,

del conocimiento externo y sensorial a la experiencia viva,

es el paso que tengo que dar yo, del conocimiento teórico de Jesús,

a la vivencia interna de que me está comunicando su misma VIDA.

...................

El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada.

El mismo Espíritu que descendió sobre él,

me está invadiendo a mí en cada momento.

Si dejo que él tome las riendas de mi ser, me hará vivir su misma Vida.

.........................

Fray Marcos