domingo, 8 de abril de 2012

DOMINGO DE PASCUA: Y si no puedo bailar, esta no es mi Resurrección!



JESÚS TENÍA RAZÓN

¿Qué sentimos los seguidores de Jesús cuando nos atrevemos a creer de verdad que Dios ha resucitado a Jesús? ¿Qué vivimos mientras seguimos caminando tras sus pasos? ¿Cómo nos comunicamos con él cuando lo experimentamos lleno de vida?

Jesús resucitado, tenías razón. Es verdad cuanto nos has dicho de Dios. Ahora sabemos que es un Padre fiel, digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte. Le seguiremos llamando "Padre" con más fe que nunca, como tú nos enseñaste. Sabemos que no nos defraudará.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios es amigo de la vida. Ahora empezamos a entender mejor tu pasión por una vida más sana, justa y dichosa para todos. Ahora comprendemos por qué anteponías la salud de los enfermos a cualquier norma o tradición religiosa. Siguiendo tus pasos, viviremos curando la vida y aliviando el sufrimiento. Pondremos siempre la religión al servicio de las personas.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios hace justicia a las víctimas inocentes: hace triunfar la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, el amor sobre el odio. Seguiremos luchando contra el mal, la mentira y el odio. Buscaremos siempre el reino de ese Dios y su justicia. Sabemos que es lo primero que el Padre quiere de nosotros.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos. Empezamos a entender por qué estabas siempre con los dolientes y por qué defendías tanto a los pobres, los hambrientos y despreciados. Defenderemos a los más débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y olvidados por la religión. En adelante, escucharemos mejor tu llamada a ser compasivos como el Padre del cielo.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora empezamos a entender un poco tus palabras más duras y extrañas. Comenzamos a intuir que el que pierda su vida por ti y por tu Evangelio, la va a salvar. Ahora comprendemos por qué nos invitas a seguirte hasta el final cargando cada día con la cruz. Seguiremos sufriendo un poco por ti y por tu Evangelio, pero muy pronto compartiremos contigo el abrazo del Padre.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora estás vivo para siempre y te haces presente en medio de nosotros cuando nos reunimos dos o tres en tu nombre. Ahora sabemos que no estamos solos, que tú nos acompañas mientras caminamos hacia el Padre. Escucharemos tu voz cuando leamos tu evangelio. Nos alimentaremos de ti cuando celebremos tu Cena. Estarás con nosotros hasta el final de los tiempos.

José Antonio Pagola



¿Y SI DIOS FUERA...?

¿Y si Dios fuera “el viento”
que penetra por la nariz y por todos los poros
hasta oxigenarnos los pulmones y el espíritu?

¿Y si Dios fuera “el silencio”
que envuelve cada noche en papel de celofán
nuestros sueños azules y locos?

¿Y si Dios fuera “el río”
que baña y refresca nuestros pies cansados
y calma nuestra sed de vida y ternura
en este mundo peregrino?

¿Y si Dios fuera ”la roca firme”
que se alza en el horizonte
y que protege a vecinos y transeúntes
de tormentas, calores, huracanes y nieves?


¿Y si Dios fuera “el perfume”
que llena nuestra vida de gozo y placer
sin pedirnos nada?

¿Y si Dios fuera “el fuego”
que quema y consume nuestras entrañas
para que resplandezcan esas pepitas de oro escondidas?

¿Y si Dios fuera “la música”
que nos invita a cantar y bailar en las plazas
rompiendo todas las reglas con alegría?

¿Y si Dios fuera “el rocío”
que nos refresca cada día la historia y la vida
para que andemos despiertos y erguidos?

¿Y si Dios fuera “el mendigo”
que nos tiende su mano
sin atreverse a confesar sus miedos y sus hambres?

¿Y si Dios fuera “el emigrante”
que expone su vida en toda travesía
y que ya no sabe dónde asentarse
porque le hemos confiscado todas sus creaciones?

¿Y si Dios fuera “el niño”
que desde las ventanas de su cuerpo
nos hace carantoñas de plastilina?

¿Y si Dios fuera “el seno materno”
que todos necesitamos
para nacer y volver a nacer a esta vida
que nos ofrece ser hijos, hermanos y libres?

¿Y si Dios fuera “el grito”
de los pueblos oprimidos en la tierra
que viven y mueren ignominiosamente
reclamando un puñado de libertad?

¿Y si Dios fuera “Jesús de Nazaret”
muerto y resucitado hace dos milenios,
y en la actualidad estandarte de vida y esperanza
de pobres, humildes, misericordiosos y perseguidos?

¿ Y si Dios fuera a la vez
viento, silencio, perfume,
fuego, música, rocío, río,
mendigo, niño, grito,
roca firme, emigrante, seno materno,
¡Jesús el Nazareno!?

¿Y si tú y yo también fuéramos Dios
–dioses en miniatura– con la responsabilidad
de convertir este mundo inhóspito
en un “reino” de paz y de fraternidad?

¿Y si Dios fuera ¡todo!,
todo lo que vemos,
sentimos,
ignoramos,
y deseamos?

Florentino Ulibarri






JESÚS ALCANZÓ LA VIDA ANTES DE MORIR

En este día de Pascua, debemos recordar aquellas palabras de Pablo: "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, somos los más desgraciados de todos los hombres."

Aunque hay que hacer una pequeña aclaración. La formulación condicional (si) nos puede despistar y entender que Jesús podía resucitar o no resucitar, lo cual no tiene sentido porque Jesús había alcanzado la VIDA antes de morir. Y él fue consciente de ello.

Él era el agua viva, dice a la Samaritana, Él había nacido del Espíritu, dice a Nicodemo; él vive por el Padre; él es la resurrección y la Vida... Ya en ese momento cuando habla con sus interlocutores, está en posesión de la verdadera Vida.

Eso explica que le traiga sin cuidado lo que pueda pasar con su vida biológica. Lo que verdaderamente le interesa es esa VIDA con mayúscula que él alcanzó durante su vida, con minúscula.

En ningún caso debemos entender la resurrección como la animación de un cadáver. Esta interpretación es posible gracias a una antropología griega (alma–cuerpo), que no es la judía.

Además da por supuesto que el cuerpo es algo estable y fijo, lo cual es falso. El cuerpo se compone de unos sesenta billones de células. De ellas, unos quinientos millones se renuevan cada día. Parece que al cabo de unos diez años el cuerpo se ha renovado totalmente. ¿Qué es lo que permanece?

Por otra parte, la reanimación de un cadáver, da por supuesto que los despojos del fallecido mantienen una relación especial con el ser que estuvo vivo. La realidad es que la muerte devuelve al cuerpo al universo de la materia de una manera irreversible. La posibilidad de reanimación es la misma que existe de hacer un ser humano partiendo de los elementos atómicos y moleculares que componen su cuerpo, lo cual no tiene ningún sentido ni para los hombres ni para Dios.

Pero no debo quedarme en la resurrección de Jesús. Debo descubrir que yo estoy llamado a esa misma Vida.

A la Samaritana le dice Jesús: El que beba de esta agua nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la Vida eterna.

A Nicodemo le dice: Hay que nacer de nuevo; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es Espíritu. El Padre vive y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me coma, (el que me asimile), vivirá por mí. Yo soy la resurrección y la Vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre.

¿Creemos esto? Entonces, ¿qué nos importa todo lo demás?

Jesús, antes de morir, había conseguido, como hombre, la plenitud de Vida del mismo Dios, porque había muerto a todo lo terreno, a su egoísmo, y se había entregado por entero a los demás, llega a la más alta cota de ser posible como hombre mortal.

Este admirable logro fue posible, después de haber descubierto que esa era la meta de todo ser humano, que ese era el único camino para llegar a hacer presente lo divino. Esta toma de conciencia fue posible, porque había experimentado a Dios como Don.

Una vez que se llega a la meta, es inútil seguir preocupándose del vehículo que hemos utilizado para alcanzarla. Lo fisiológico no es más que un instrumento que debemos utilizar para conseguir el fin.

Es de capital importancia que entendamos bien la liturgia de Pascua. No está diciéndonos algo sobre Jesús que tenemos que celebrar y agradecer. Está diciéndonos mucho sobre nosotros mismos aquí y ahora.

Nos está diciendo que en cada uno de nosotros, hay muchas zonas muertas que tenemos que resucitar.

Nos está diciendo que debemos preocuparnos por la vida biológica, pero no hasta tal punto que olvidemos la verdadera Vida y así arruinemos la misma vida natural.

Nos está diciendo que tenemos que estar muriendo todos los días y al mismo tiempo resucitando, es decir pasando de la muerte a la Vida.
Si al celebrar la resurrección de Jesús no experimentamos nosotros una nueva Vida, es que nuestra celebración ha sido un folclore más de tantos como representamos en la vida.

Meditación-contemplación

Yo soy la resurrección y la Vida.
Resurrección y Vida expresan la misma realidad, no son cosas distintas.
No hay Vida sin resurrección y tampoco resurrección sin Vida.
En la medida que haga mía la Vida,
estoy garantizando la resurrección.
..................

No te preocupes de lo que va a ser de ti en el más allá.
Además de ser inútil, te llevará a una total desazón.
Lo importante es nacer de nuevo y vivir desde esa nueva VIDA.
Todo lo demás ni está en tus manos ni debe importarte.
...................

Deja que la VIDA que ya está en ti, se haga algo real en tu vida.
Deja que todo tu ser quede empapado de ella.
Deja que Dios Espíritu (fuerza) sea tu verdadero ser.
Entonces podrás decir como Jesús:
Yo y el Padre somos uno.

Fray Marcos

“NO TENGAN MIEDO… ¡ALÉGRENSE!”

“Ha resucitado”: Ese es el grito que dio origen a la comunidad cristiana. No sabemos qué fue exactamente lo que vivieron aquellos primeros testigos. En todo caso, se trató –por usar nuestro lenguaje- de una experiencia transpersonal, es decir, de una vivencia que trascendió el mundo de los objetos y de los sentidos, el nivel de la mente y del yo.

En la Quietud transmental y en el Silencio transegoico, “contemplaron” la Identidad del resucitado y descubrieron que la muerte no es sino un “paso” en el que se desvela lo que realmente somos y siempre hemos sido.

Vivida la experiencia como una certeza inobjetable –evidente, aunque mística, es decir, acaecida fuera de los parámetros espaciotemporales-, tenían luego que comunicarla a los demás. Y es ahí donde nacieron los relatos que han llegado hasta nosotros. Relatos en los que –como sabe cualquiera que ha vislumbrado la verdadera naturaleza de lo Real- será absolutamente imposible plasmar la realidad de lo vivido. Un relato de ese tipo es el que conocemos con el nombre de la “Transfiguración”.

El que leemos hoy pertenece al último capítulo del evangelio de Mateo. Y, como todos los demás, se trata de una elaboración cuidada, que se fue desarrollando en los años –más de cincuenta- que transcurrieron desde la muerte-resurrección de Jesús hasta el momento en que se redacta el evangelio. En ese proceso relativamente largo, el grito (pregón o “kerigma”) inicial de la experiencia –“ha resucitado”- se convierte también en catequesis, que quiere ofrecer un mensaje y proponer unas pautas de comportamiento.

Las protagonistas de la narración que nos ocupa son dos mujeres, aunque sólo haya quedado registrado el nombre de una de ellas: María Magdalena.

Es un dato notable que las primeras testigos de la resurrección son las mismas que lo habían sido también de la muerte. Y más notable todavía que se trate precisamente de mujeres. Sabemos que en la sociedad judía el testimonio de la mujer carecía de valor probatorio. Esto parece indicar que nos hallamos ante un dato seguro: el autor del evangelio no hubiera “inventado” un testimonio sin valor para atestiguar nada menos que la resurrección de Jesús.

Con ello, parece que pueden extraerse, al menos, dos conclusiones:

1) María Magdalena –y quizás otras discípulas- vivieron “algo” que fue reconocido como auténtico,
2) la mujer ocupaba un papel relevante en aquella primera comunidad.

El relato tiene cuidado en señalar que la puesta en marcha de las mujeres no nace de la fe, sino, en todo caso, del afecto hacia el muerto Jesús: van únicamente “a ver el sepulcro”. Está oscuro –es madrugada-, sobre todo en su interior; sin embargo, el primer día empieza a alborear. La resurrección de Jesús es Luz y es Principio de todo: se trata de una “nueva creación”.

(Esto no significa, como pensaría una mente mítica, que quienes no creen en Jesús se hallan al margen de la Luz y del Origen. En una perspectiva no-dual, lo que se afirma de Jesús es nada menos que el desvelamiento de lo Real: lo que siempre ha sido y es. Los cristianos hemos accedido a ello a través de la adhesión a Jesús; otros lo harán por otros cauces. Pero tanto unos como otros compartimos la misma y única Realidad, más allá de los nombres que le demos y de las formas que usemos para referirnos a ella).

Apenas iniciado el relato, empiezan a producirse signos teofánicos: figura del ángel, temblor de la tierra, aturdimiento de los centinelas… Se trata de signos que hablan de la presencia de lo divino. El ángel –metáfora de Dios- se sienta sobre la piedra que pretendía encerrar a Jesús en la muerte. El mensaje es radiante: la muerte no tiene poder para retener la Vida. Viniendo a nosotros, eso significa que únicamente teme la muerte quien no ha descubierto que, más allá del nivel relativo del yo, su verdadera identidad es la Vida misma, que se expresa en él en una forma concreta.

El mensaje –no podía ser de otro modo- es de confianza (“no temáis”) y, más tarde, puesto ya en labios del propio Jesús, de alegría (“alegraos”). Indudablemente, aquél que llega a percibir su identidad profunda no puede no vivir en la confianza y en el gozo…, por más que puedan aparecer “olas” de miedo o de tristeza en un nivel superficial. Serán, en todo caso, olas pasajeras que no afectarán a la vivencia de fondo.

Y con el mensaje de confianza, el contenido que deben transmitir a los discípulos (ellos y nosotros): verán (veremos) al Resucitado en Galilea. “Galilea” es el lugar que hace referencia directa a la práctica de Jesús. Una práctica en la que, en síntesis, destacan dos aspectos por encima de cualquier otro: la compasión –“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6,36)- y la Conciencia unitaria –“El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30)- en la que él vivía. Según aquellas palabras, podrá “ver” a Jesús quien viva en ese nivel de conciencia “unitaria” (transpersonal), que se manifiesta como compasión.

Por el contrario, si permanecemos reducidos al nivel mental, lo más probable es que nos aferremos a una lectura literalista de los textos de las apariciones, como si de ese modo se “asegurara” la verdad de la resurrección de Jesús. Pero, en realidad, ¿a quién le preocupa “probar” la resurrección? Precisamente a quien nunca podrá hacerlo: a la mente (el yo). ¿Cómo podría la mente entender una realidad que es transmental? Por decirlo con toda claridad: ni la mente ni el “yo” podrán “ver” a Jesús.

Sin embargo, cuando se acalla la mente y se accede al nivel de conciencia transpersonal, caracterizado por el modelo no-dual de cognición, no es que haya respuesta a esa cuestión, sino que es la cuestión misma la que se evapora. En la perspectiva no-dual, tanto el yo como la muerte son “anécdotas” pasajeras; lo que emerge es la Vida que siempre es. Parafraseando a Ken Wilber, puede afirmarse que, al experimentar la simple sensación de Ser, la certeza de la Vida (de la resurrección) no es difícil de alcanzar, sino imposible de evitar. Es en ese nivel de conciencia donde se “ve” a Jesús, en la apercepción de la “Identidad compartida”.

Se trata, por tanto, de ir haciendo el tránsito desde el modelo mental (dual, cartesiano, egoico) de conocer al modelo no-dual (que trasciende la mente). Por eso, quiero terminar este comentario con unos breves textos sufíes, marcados por la no-dualidad.

“Cada imagen pintada
en el lienzo de la existencia
es la forma del mismo artista.
Eterno Océano que
vomita nuevas olas.
"Olas" es el nombre que les damos,
pero en realidad sólo hay mar"
(Fakir-al-Dîn 'Iraqui, poeta persa, s.XIII).

"El Océano es el Océano
como lo es desde la Eternidad,
y los seres contingentes sólo olas y corrientes.
No dejes que las olas y las brumas del mundo
te velen a Aquél que adopta la forma de esos velos"
(Mu`ayyid al-Dîn Jandî, s.XIII).



Y, para terminar, en este domingo de la Resurrección, quiero regalaros un antiguo y hermoso texto budista, que en realidad contiene y expresa la Sabiduría perenne, sabiduría no-dual. Con él, quiero que vaya mi felicitación para cada uno y cada una, y mi deseo de experimentar más y más la No-dualidad que somos, la permanente Unidad en la variada y hermosa Diferencia:

Namasté.

Yo honro el lugar dentro de ti donde el Universo entero reside.
Yo honro el lugar dentro de ti de Amor y Luz, de Verdad, y Paz.
Yo honro el lugar dentro de ti donde
cuando tú estás en ese punto tuyo,
y yo estoy en ese punto mío,
somos sólo Uno.
Enrique Martínez Lozano



EN TI RESUCITA TODO

Tú dices: "Yo soy la resurrección y la vida",
y todo cambia ante nuestros ojos.
Nuestra tierra, escenario de odio y violencia,
se convierte en semilla de tu Reino.
En sus surcos Tú trabajas.
La Iglesia, envejecida y desfigurada por tantos años,
se renueva con la brisa de tu Espíritu.
Fiel a tu Evangelio, sorprende a propios y extraños.
Nuestra comunidad, débil y pequeña,
surge como almendro en flor en este mundo.
Tú la proteges de inclemencias.
Nuestra fraternidad, tantas veces rota y violada,
renace al calor de tu palabra comprometida.
De su luz Tú sacarás el sol.
Nuestra vida, torpe y tan poco valorada,
la estimas como tu gloria y mejor alabanza.
Ni una gota quieres que se pierda.
Nuestra alegría, que tan pronto pasa,
Tú la guardas como tesoro precioso.
Con ella revistes tus moradas.
La muerte ya no pone término a nuestra historia,
porque en ese término Tú siembras el comienzo.
¡El comienzo de una vida sin término!
En Ti resucita la tierra.
En Ti resucita nuestra historia.
En Ti resucita nuestra fe y nuestra espera.
En Ti se hunde todo
y se yergue, sola, la vida.


- Florentino Ulibarri -





“Desde el centro del mundo, en el que Él se adentró al morir, construyen las nuevas fuerzas una tierra transfigurada. En lo más profundo la realidad ya ha sido vencida, la banalidad, el pecado y la muerte pero se requiere todavía el pequeño tiempo que llamamos la historia después de Cristo hasta que en todas partes, y no solo en su cuerpo, se deje ver lo que ya ha acontecido realmente.


Porque Él no comenzó a salvar, a curar, a transfigurar el mundo en los síntomas de la superficie sino en las raíces más internas, nosotros, gentes de la superficie, pensamos que no ha pasado nada. Porque aún siguen corriendo las aguas del sufrimiento y de la culpa suponemos que aún no ha sido vencido el manantial del que brotan. Porque la maldad sigue trazando arrugas en el rostro de la tierra, deducimos que en el corazón más profundo de la realidad ha muerto el amor.


Pero todo es apariencia, aunque la tomemos por la realidad de la vida. Resucitado, está en el esfuerzo anónimo de todas las criaturas que, sin saberlo, se esfuerzan por participar en la glorificación de su cuerpo. Está en cada lágrima y en cada muerte como el júbilo y la vida escondidos que vencen cuando parecen morir. Por eso nosotros, hijos de esta tierra, tenemos que amarla. Aunque sea todavía terrible y nos torture con su penuria y su sometimiento a la muerte”.


Karl Rahner, SJ.
fuente: http://vocacionesjesuitas.blogspot.com/