lunes, 14 de marzo de 2011

Meditación sobre el Tsunami - Pedro Miguel Lamet, SJ.


Cuando miraba las escalofriantes imágenes del Tsunami de Japón, me vinieron a la memoria los versos de Jorge Manrique a la muerte de su padre: “Nuestras vida son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir / allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir”. Solo que al revés. En este caso es el mar el que muerde la tierra para arrasar con vidas, casas, fábricas, coches, centrales nucleares.

El pueblo japonés, que tiene un trasfondo de cultura Zen, ha vivido experiencias de enorme dolor como fueron las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Está incluso hecho a los frecuentes terremotos. Pero los cronistas aseguran que muchos esta vez han perdido su calma de máscara de samurai para verse nerviosos, preocupados y desde luego sufrientes ante la tragedia que han vivido y siguen viviendo.

El hecho despierta una monumental meditación sobre el hombre y su vida en la tierra. Hacemos viajes espaciales y conseguimos jubilar un Discovery, llevamos en el bolsillo birguerías tecnológicas de comunicación, conseguiremos sin duda obtener nuevas fuentes de energía y luchar con las enfermedades ahora incurables. Pero seguimos siendo una brizna de impotencia sobre nuestro mundo cuando este se encabrita en un terremoto, una tsunami, una erupción volcánica, un tifón, un tornado o una tempestad.

¿Qué es el hombre? Sin duda una máquina compleja y autónoma que funciona en el espacio y tiempo con capacidad de saltar sobre la espaciotemporalidad gracias al cerebro y de trascender su mundo a través de la contemplación espiritual. Puede crear obras de arte, amar, subsistir en situaciones adversas. Pero llega un momento en que su tiempo se acaba, su tecnología resulta impotente, su genialidad se esfuma y desaparece tragado en una ola, mientras sus casas caen como naipes y sus centrales nucleares se convierten en agentes de mayor destrucción y muerte.

¿Hay salida? La única es romper la burbuja, mirar el mirar, descubrir la índole de apariencia de la materia, desvelar aquí ahora nuestro lado eterno, ahondar en el misterio no conceptualmente, sino desveladoramente, gracias a una intuición que mira al mundo desde lo alto y lo profundo, como parte de un todo en transformación, y no bajo la anécdota de mi cartera, mi casa, mi jardín, mi oficina o mi calendario. Hay un Tsunami cada día, el del hambre que se lleva millares de niño durante un suspiro. Hay un Tsunami de miseria, violencia, guerras, explotación que haría a muchos la muerte apetecible. Son Tsunamis habituales que a nadie o casi nadie importan. Pero que forman parte de esta manera frágil y quebradiza de nuestra existencia. Un instinto de supervivencia nos hace pensar que eso no va conmigo, hasta que viene.

Pero hoy y siempre es hora de tener la alcuza llena y la lámpara encendida, por si el novio se presentara. Aunque en realidad la muerte es parte de la película y el novio está ya aquí.

Pedro Miguel Lamet, SJ.